Commando. Autobiografia de Johnny R
Capítulo 8
Johnny con sus gatos en la casa de Los Ángeles [©JRA LLC].
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Casi ni me constipaba; tuve fiebre del heno de chiquillo y eso es todo.
Me pasé la vida completamente convencido de que nunca enfermaría. No me importaba sentarme con los que venían acatarrados y de muchacho fumé marihuana con amigos con hepatitis, y me decía «A mí no me da».
¿Os podéis imaginar cómo me sentí cuando empecé a encontrarme raro en el 97?
Me asusté. Me costaba orinar, y aunque sabía que ese era un síntoma del cáncer de próstata, no sabía nada más. No había cáncer en mi familia, así que creí que podía ser una inflamación de la próstata. Pero empeoró y teníamos que irnos con Linda de algunos sitios porque no podía mear y era incómodo. ¿Cáncer?, no, pero si ni se me ocurría hacerme examinar la próstata cuando iba al médico: si no tenía aún cincuenta años. Así que fui a un nutricionista en Santa Mónica, que ya se me hizo raro porque yo no era de los que iba a algo así, le expliqué mis síntomas y me dijo que lo resolveríamos con una dieta que me prescribió.
Johnny, Tommy y Dee Dee durante una firma de discos en Licorice Pizza; Los Ángeles, 26 de agosto de 1976 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Me puso a comer verduras, que era lo único que podía comer. Pero como no me gustan las cosas híper naturales como el brócoli o la coliflor, pues también comía comida china picante, maíz y cosas así, además de las verduras, sopas y zumos. Y aunque siempre fui escéptico con estas cosas, seguí con aquel tipo unos meses. Pero no mejoraba, aunque comía mejor y eso era bueno. Tras un par de meses, sugirió que me hiciera revisar el PSA porque no avanzábamos, pero ni siquiera tenía médico de cabecera, aunque sí un seguro de Blue Cross que había contratado cuando estaba en los Ramones, algo para autónomos.
Me hice un análisis de sangre y me salió el PSA alto, a doce, o sea, muy alto. Y ahí fue cuando el nutricionista se quedó paralizado: estaba aterrorizado. Ahora al malestar tenía que sumarle el agobio que esto me producía, así que fui para una biopsia a un urólogo de Culver City. Le pregunté al doctor si dolía, y me contestó: «Un poco». Dolía como la mierda, era inenarrable. Te meten eso por el pene hacia arriba y cortan doce trozos, dura diez minutos y las lágrimas se me saltaban de dolor. Apenas podía andar cuando salí.
Luego vinieron los resultados, que también fueron malos: tenía nueve de diez en la escala de Gleason. Y no sabían si el cáncer se había extendido desde la próstata a otras partes del cuerpo. Me dijeron que tenía que hacer algo rápido; yo ya había afrontado otras dos emergencias, la de la apendicectomía en el 74 y la de la lesión de la cabeza en el 83, y aunque esto era urgente, al menos había algo de tiempo para reflexionar. Pero era emocionalmente doloroso tomar una decisión que afectaba a si vivías o morías y a la calidad del tiempo que te quedara. Me decidí por las radiaciones en lugar de la cirugía porque quería los mínimos efectos secundarios posibles.
Primero llamé al centro de cáncer de Seattle, pero había seis meses de espera, así que me fui con Linda en avión a Oklahoma y el 24 de julio del 98 me radiaron en el Cancer Treatment Centers of America. Duró tres días, en los que me anestesiaron y me metieron catéteres. También me dijeron que tenía el cáncer desde hacía cinco años.
Los médicos, en esa ocasión y después, sabían quién era porque siempre terminaba saliendo, y cuando me preguntaban qué hacía, les contestaba que estaba «retirado», lo que normalmente ocasionaba alguna discusión. Claro, yo era de los Ramones, pero eso no sirve de nada cuando tienes cáncer de próstata.
El tratamiento acabó y me dijeron que tenía un sesenta y cinco por ciento de posibilidades de vivir cinco años más. Me fui a casa a seguir con las radiaciones en el UCLA, adonde fui cuatro días a la semana durante seis semanas. Estaba mejor, conducía yo mismo y Linda me acompañaba, y cuando acabó tenía la impresión de que habían resuelto el problema, pero aunque los síntomas disminuyeron, nunca acabaron de desaparecer.
También me dijeron que éste era un cáncer agresivo y que cuanto más joven fuera uno, más agresivo puede ser. No me quitaba nunca el cáncer de la cabeza y nunca me pareció que estaba del todo muerto, pero a veces pensaba que lo conseguiría. También leí algunas cosas sobre ello, pero a Linda no le gustaba por lo mucho que me inquietaba: todo lo que leía decía que lo que tenía era realmente malo, y siempre describían el escenario peor, que podía ser el mío.
Mi vida se simplificó después de las radiaciones y las cosas mejoraron algo. Cenábamos con amigos, íbamos al cine y viajábamos a Las Vegas y a Florida; iba regularmente al gimnasio, donde tenía un entrenador, y levantaba pesas. E iba al médico regularmente a hacerme análisis para saber si el cáncer había vuelto: me revisaban la próstata y me hacían anualmente un escáner de huesos porque es ahí donde el cáncer puede propagarse rápidamente.
Además de mi afición a coleccionar fotos firmadas, carteles de películas antiguas y memorias de jugadores de béisbol, también tenía asuntos de los Ramones de que ocuparme. Durante ese tiempo supervisé el álbum homenaje We’re a Happy Family y compilé Loud, Fast Ramones: Their Toughest Hits.
Pero el cáncer todavía me carcomía física y mentalmente, y seguí cambiando de médico buscando al que me gustara, y el 27 de enero de 2003
lo encontré en el Centro Médico Cedars-Sinaí, el doctor David Agus, director de investigaciones del Centro para el Cáncer de Próstata de Louis Warschaw. Agus es el hombre al que confío mi vida.
A finales de 2002 el PSA me empezó a subir de nuevo y volví a tener problemas para orinar. Pero me encontraba bien, eso es lo jodido de esta enfermedad, que te encuentras bien pero la tienes. En esa ocasión, sin embargo, cuando el médico me dijo que el PSA me había subido, presentí que había algo más, y por nuestra conversación, entendí que se había extendido. Y entonces fui un día a verlo porque tenía tos y me dijo: «Eso es porque tienes metástasis en los pulmones». Y así supe que las cosas efectivamente estaban muy mal. Cinco años. Ya casi los he cumplido y todavía no siento que vaya a morir. Siempre supe que tenía un tiempo limitado pero no cuál era ese límite.
Enseguida que empezó a tratarme, el doctor Agus me puso quimioterapia porque dijo que el tumor estaba fuera de control. He hablado con él casi todos los días el año pasado y es el mejor médico imaginable. La gente me dice que por qué no pido otras opiniones para algunas cosas pero no los escucho porque tengo una inmensa confianza en él; es inteligentísimo. Como son tantas las cosas que necesito, transfusiones de
sangre, etcétera, siempre están mis amigos aconsejándome, pero no los escucho: si el doctor Agus no puede salvarme, no puede nadie. Me gustó desde el principio.
Eddie Vedder y Theo Epstein con la peluca [©JRA LLC].
Tiene gracia que Red Hot Chili Peppers y Pearl Jam separaran algo de sus beneficios para el Centro de Investigaciones del Cáncer de Próstata del Cedars-Sinaí, así que llevé al doctor Agus a verlos a ambos; no había estado nunca antes en un concierto. Se sentó en un lateral del escenario y se asustó, decía que era un bicho de gabinete y yo le contestaba que a mí me parecía muy interesante.
Tras la quimio me sentía fatal y no podía saber si era la quimio o el cáncer. También se me cayó el pelo a las tres semanas del primer tratamiento, en dos días, a puñados. Ya sé que es sólo el pelo, pero era devastador. Me compré una peluca que me hizo un profesional por cuatrocientos dólares y me la puse el día del estreno de la peli de Rob Zombie, pero me sentía ridículo. Nadie se daba cuenta pero yo sufría pensando que alguien lo notaría, así que se la di a Eddie Vedder, que le gustan esas cosas. Al parecer una noche que salió con Theo Epstein, el presidente de los Boston Red Sox, se la puso, porque al día siguiente me llamó para decírmelo: «Estaba borracho la otra noche y me hice fotos con la peluca».
Me mandó las fotos y ambos, Eddie y Theo, estaban histéricos bebiendo con la peluca. Las fotos valían los cuatrocientos pavos.
Psicológicamente es duro, a mí ni se me pasaba por la cabeza que podía enfermar, y siempre me pareció que podría afrontar cualquier cosa que me pasara, pero era devastador comprobar la seriedad del avance de mi enfermedad. La verdad es que no me dolía, salvo a veces como un escozor en la nalga izquierda que el doctor Agus me dijo que, según yo lo describía, debía de ser porque una parte importante del cáncer lo tenía ya en los huesos. Me han sometido a siete tipos de quimio diferentes, muy rigurosas y con efectos secundarios brutales, pero aguanto la tortura, aunque a veces me levanto y no sé si como me siento es estar vivo. Y encima nunca sé lo que me aguarda.
Hay preguntas que mi médico no contesta, pero sé que hay síntomas que ya no se me irán, y mi instinto me dice que es mejor no hablar de ellos.
Estoy tan enfermo a veces, que salta a la vista y me debo contestar cuando
me lo preguntan. Pero ya da igual, y además ya nadie me reconoce; te machaca no poder sentirte tú mismo. También tengo días buenos, algunos mejores que otros.
En junio de 2004 desarrollé una infección que casi me mata. Ya no me encontraba bien hacia finales de mayo y ni siquiera me acuerdo de si me fui conduciendo al hospital, sino sólo de que me encontraba peor, y lo siguiente que sé es cuando desperté el 8 de junio atado a una cama, lleno de tubos que entraban y salían. Estuve inconsciente todo el tiempo, una semana, y lo que había pasado es que algo de lo que me habían dado, alguno de los tratamientos, me había envenenado. Le dijeron a mi mujer que iba a morir, que tenía menos de un uno por ciento de posibilidades de sobrevivir.
Había una pizarra en la pared cuando desperté aquel día, y Linda y Lisa Marie Presley estaban sentadas junto a mí. Traté de escribir algo en la pizarra pero me salía ilegible: era incapaz de sostener la mano, algo desesperante. Así que me buscaron una pizarra con unas letras que yo podía ir señalando una por una e ir formando palabras, pero ni siquiera podía señalarlas bien: indicaba en medio de dos letras.
Fue entonces cuando se hizo público que tenía cáncer, justo cuando estaba hospitalizado no a causa del cáncer. El que soltó el chisme fue Mark, en RollingStone.com, que estaba en mi lecho de muerte en las últimas.
Metido donde nadie lo llamaba.
RollingStone.com, 16 de junio de 2004, 12:00 AM: JOHNNY
RAMONE TIENE CÁNCER
Johnny Ramone, el guitarrista de los Ramones, está en un hospital de Los Ángeles luchando contra un cáncer de próstata, según su compañero de tantos años, el batería Marky Ramone. «Johnny ha estado afrontando esto como un campeón, pero creo que ahora el margen es muy estrecho» afirma Marky… «He recibido tantos correos electrónicos de la gente, así como de periódicos y revistas que querían saber qué estaba pasando, que me he decidido a hablar
yo, también ante la posibilidad de que John ya no esté en condiciones de decir nada», dice Marky.
Y ahí estaba yo recuperándome, fuera ya de cuidados intensivos, y Mark asumiendo para sí la tarea de decirle al mundo que mi «margen es muy estrecho». El teléfono no paraba de sonar, y Linda y yo estábamos furiosos, así que decidimos que lo mejor era autorizar al doctor Agus a que le explicara mi estado a Kurt Loder, de MTV, que había llamado al hospital.
MTV.com, 16 de junio de 2004, 4:37 PM: JOHNNY RAMONE NO
SE ESTÁ MURIENDO, DICE SU MÉDICO
Johnny Ramone no se está muriendo, según su médico.
El guitarrista de los Ramones, que padece cáncer de próstata desde hace varios años, fue ingresado hace poco en el Centro Médico Cedars-Sinaí de Los Ángeles por lo que según su médico, el doctor David Agus, en explicaciones a MTV Noticias, fue «una complicación de su cáncer, pero lo está superando y está ahora con una nueva terapia experimental. Lucha con mucho coraje y creo que podrá volver a casa pronto».
«No se está muriendo», dijo Linda el miércoles por la tarde (16 de junio). «Ha estado bien durante años y sigue estándolo. Está en el hospital pero no en la UCI, y supongo que mañana seguirá vivo».
Llamé a Mark cuando salí del hospital y le dije: «La verdad es que tendrías que controlarte, controlar lo que dices. Estás llamando la atención desesperadamente». Me contestó que lo había hecho por los rumores, pero no había rumores, no lo sabía nadie hasta que él dio la noticia para salir en la prensa. Hacía lo que fuera por salir en los medios, fue siempre así.
Nuestra relación siempre tuvo altibajos, pero no por mi culpa sino por la suya. Siempre tenía alguna mala ocurrencia y yo le decía que no podíamos estar haciendo cualquier cosa con tal de sacar una pasta rápida. Teníamos que asegurarnos de que nos mostrábamos bien, de que hacíamos lo más
adecuado para los Ramones, y además, cuando lo hacíamos, era yo quien mandaba y no él. Pero no lo pillaba; para mí ya era lo más importante hacer dinero, pero debíamos tener estándares. Tenía que impedirle continuamente que hiciera cosas de los Ramones, especialmente tras nuestro retiro. Le dije que no tenía intención de hacer nada en su contra pero estaba ofendido y no perdía ocasión de hablar mal de mí, y le hizo también lo mismo a Joey durante bastante tiempo. Y tras su muerte, Mark hizo un auténtico mejunje de ello con la prensa. Estaba siempre buscando ser objeto de atención.
Como ya he dicho, todo lo del cáncer es confuso; yo había estado siempre metido con eso de la salud, tomaba vitaminas y esas cosas, iba al gimnasio, tenía un entrenador, levantaba pesas. En todos los años que tocamos, sólo gané diez kilos, de 68 a 78.
No es que quiera convertirme en un modelo para enfermos, sino que debía decirle a la gente que lo estaba, aunque muchos lo supieran ya. Si surge la ocasión de que pueda ayudar a otros, lo hago.
Y en cuanto a la medicina, lo he intentado todo sin contradecir al doctor Agus, así que hasta probé con un curandero. Kirk Hammett de Metallica me lo recomendó y aunque no creía en ello, fui. Me hacía acostar y relajarme durante quince minutos en los que él iba haciendo sus cosas por la casa como mirar una foto mía. Era una pura chifladura y no funcionó.
Es curioso como nunca tuve la impresión de que moriría hasta esa última vez, pero sé que tengo un tiempo limitado aunque no precisado. Pero si algo así vuelve a pasarme, quiero que me dejen morir, no quiero pasar por esto otra vez.
Y por supuesto ahora lo sé: todos tenemos el tiempo limitado y mi límite llegó un poco pronto.
Cuando leas este libro es posible que yo ya no esté, pero he tenido una magnífica vida con independencia de cómo se haya torcido ahora. Creo que cuando me quedé sin trabajo en 1974 estaba Dios cuidándome: al poco me metí en una banda y tuve éxito. He sido muy afortunado en la vida y todo lo que tengo se lo debo a mi público, también tengo a Linda, la mejor esposa que jamás haya podido encontrar, y los más magníficos amigos, que de verdad se preocupan por mí y harían lo que fuera para ayudarme.
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Sobre la tumba de Johnny en el Hollywood Forever, el cementerio de Santa Mónica donde también enterraron a Dee Dee en 2002, se levanta una estatua de bronce de Johnny de dos metros y medio.
«Soy yo con la guitarra en alto» fue como la describió él un mes antes de morir.
Grabada sobre la base del monumento hay una leyenda muy sencilla dictada por Johnny: «Si un hombre puede considerarse afortunado en la vida por haber tenido grandes amigos, entonces yo he sido afortunado».
Johnny y Lisa Marie en 2001.
La estatua en bronce de dos metros y medio en memoria de Johnny Ramone fue inaugurada por su esposa y compañera de dos décadas, Linda Ramone, el 14 de enero de 2005. De izquierda a derecha: Eddie Vedder, Rob Zombie, Nicolas Cage, Linda Ramone, John Frusciante, Vincent Gallo, Pete Yorn, Tommy Ramone, CJ Ramone, Lisa Marie Presley, su marido Michael Lockwood y Seymour Stein [©JRA LLC].
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