Comunidades rotas

Javier Rodrigo · Capítulo 22 de 24 · parte 1/2

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Comunidades rotas

Chechenia, estado fallido. Guerra, modernidad y reinvención de la tradición, 1991-2000

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

La situación a principios del año estuvo muy marcada por las ofensivas armenias y las contraofensivas azeríes durante los intentos de los primeros por recuperar el control de los territorios perdidos al norte del Alto Karabaj durante la Operación Anillo. En el marco de estas operaciones se produjeron ataques contra la población civil, con decenas de muertos y gran cantidad de pueblos quemados o destruidos tras ser objeto preferente de los bombardeos de la artillería pesada. Las propias fuerzas azeríes no dudaron en dirigir sus proyectiles contra Stepanakert, alcanzando objetivos no militares con el fin de extender el terror entre la población civil. Es probable que esto explique el ensañamiento de las tropas armenias tras la toma de Jóyali el 26 de febrero, desde donde se bombardeaba la capital del enclave en disputa, siete kilómetros al sur. Centenares de civiles azeríes, con toda probabilidad cerca de mil —y entre los cuales se ocultaban combatientes—, fueron masacrados mientras huían en dirección al norte, hacia la ciudad de Ağdam, controlada por las fuerzas de Azerbaiyán. Parece ser que los hechos tuvieron lugar de forma espontánea, sin órdenes expresas por parte del mando armenio, aunque no está del todo claro. Lo que sí salta a la vista es que el día de la matanza se cumplían cuatro años del pogromo de Sumgait (Shamkhal e Ismayil, 2016: 291-303). Así pues, dentro de la espiral de violencia desatada por el conflicto, el 10 de abril los azeríes tomaron el pequeño pueblo de Maraga, en el extremo norte del Alto Karabaj, un lugar donde habían ido a parar muchos refugiados armenios expulsados de Azerbaiyán, algunos de ellos procedentes de Sumgait. Muy superiores en medios, las fuerzas asaltantes decapitaron o quemaron vivos a unos 50 habitantes, saqueando y arrasando el pueblo a conciencia y llevándose consigo como rehenes a otro medio centenar de personas, entre ellos mujeres y niños. La mayoría de estos últimos fueron sometidos a vejaciones de diversa naturaleza, y 19 de ellos permanecen en paradero desconocido (Denber y Goldman, 1992: 29; Cox, 1998).

A pesar de que estos primeros choques no dieron lugar a un conflicto de tipo regular, sí que fueron el marco en el que se produjo la movilización definitiva de los dos ejércitos que pugnarían entre sí hasta el año 1994. En un primer momento ambos se nutrieron de voluntarios, aunque pronto se impuso también el reclutamiento forzoso de todos los varones de entre 18 y 45 años. Vale la pena destacar que muchos de ellos habían cumplido su servicio militar en el Ejército Rojo e, incluso, habían tomado parte en la guerra afgano-soviética, con lo cual tenían experiencia táctica y en el uso de armas, cuando no también de combate. Sin embargo, existió una diferencia decisiva en este sentido entre los armenios, destinados por lo general a unidades militares de primera línea, y los azeríes, discriminados dentro de las fuerzas soviéticas por motivos étnicos y relegados al cumplimiento de trabajos de construcción o en el ámbito de los servicios. Este contraste en cuanto a experiencia y conocimientos militares fue decisivo para que los armenios pudieran salvar la gran superioridad azerí en medios humanos y materiales (Chorbajian et al., 1994: 13-18, 68-73). Otro factor muy importante que explica la eficacia de los armenios en combate tiene mucho que ver con el hecho de que detrás de las operaciones de sus fuerzas militares estaba la mano del antiguo general del Ejército Rojo Anatoli Zinevich (1932-2000), uno de los militares mejor formados de las extintas fuerzas soviéticas, asesor en la guerra entre Etiopía y Somalia (1977-1978) y jefe de Estado Mayor de la campaña afgano-soviética, donde estuvo destinado ocho años.

En este caso, los servicios de Zinevich fueron requeridos por el propio ministro de Defensa armenio, Vazgen Sargsyan (1959-1999), un joven que había forjado su prestigio al calor de las movilizaciones promovidas por el MNPA y de su papel clave comandando unidades de voluntarios en los primeros combates irregulares de 1989 a 1990 contra las fuerzas azeríes en la frontera con el enclave de Najicheván. Sin embargo, su condición de hombre fuerte del nuevo Estado acabó por cimentarse con la creación del que más tarde sería el esqueleto del Ejército armenio, que tendría como resultado la creación de un Regimiento Especial de 2300 combatientes. Sargsyan tuvo éxito en su gestión de la guerra desde el principio, consiguiendo en la primavera de 1992 algunos triunfos militares armenios decisivos para el posterior desarrollo del conflicto, como la toma de Shusha y Lachin en la primera mitad de mayo, que permitía establecer un corredor entre Armenia y el Alto Karabaj, al tiempo que aseguraba el control del enclave. No menos decisiva fue la llegada de Zinevich a principios del verano de ese año, un momento de máxima gravedad para las fuerzas armenias, pues contribuyó a consolidar su sistema defensivo y su capacidad operativa. Así pues, una vez más vemos el papel clave del elemento transnacional en las guerras civiles del siglo XX, sobre todo por la transferencia de conocimientos en lo referente a técnicas y métodos de combate o políticas de ocupación. No es casual que ocurriera algo análogo al otro lado, donde uno de los asesores y aliados más importantes del bando azerí fue el veterano del conflicto afgano-soviético Gulbuddin Hekmatjar (1949-), señor de la guerra y líder radical musulmán fundador del Partido Islámico, un movimiento de oposición a la ocupación del Ejército Rojo en Afganistán que había sido financiado por las potencias occidentales y Arabia Saudí. Gracias a sus gestiones al inicio de su periodo como primer ministro afgano facilitó la llegada de al menos un millar de combatientes muyahidines procedentes de Afganistán, que entraron en escena en Azerbaiyán durante el verano de 1993, otro momento crucial de la guerra (LeVine, 1993; Taarnby, 2008). Por lo tanto, una vez más se pone de manifiesto hasta qué punto Afganistán ha constituido un cruce de caminos clave en las fronteras imperiales de la Guerra Fría, de ahí que sea necesario para comprender las guerras civiles en todo el espacio euroasiático y africano desde los años ochenta, pero sobre todo durante los noventa (Taarnby, 2008: 6; Hussain, 2005: 167).

Las guerras civiles de la posguerra fría y de la actualidad se han caracterizado cada vez más por números relativamente reducidos de combatientes, por la gran dispersión de los grupos armados y también por su capacidad creciente para sembrar el terror y la destrucción, y en esto queda claro que se sigue la evolución de los conflictos internos en el medio siglo anterior. Disponer de un suministro regular de munición y contar con armamento pesado puede ser de vital importancia, pero de nada sirve si no se cuenta con el personal capaz de explotar su poder mortífero, tanto en el campo de batalla como en la mesa de operaciones. Por eso mismo, la movilidad transnacional y la experiencia de militares profesionales y veteranos que se ganarían su sustento yendo de guerra en guerra es cada vez más importante. Buena prueba de lo que decíamos es que cuando el conflicto del Alto Karabaj llegó al clímax a partir del verano de 1992, fruto de la ofensiva azerí destinada a destruir la resistencia armenia en el enclave y a tomar el control definitivo de este, el número de tropas desplegadas por Azerbaiyán sumaba unos 8000 hombres, a los que había que añadir el apoyo de varias decenas de vehículos blindados y helicópteros de combate. Tampoco es diferente en este sentido el conflicto de Transnistria, donde tuvo un papel decisivo el general Aleksandr Lebed (1950-2002). Este veterano oficial de la guerra afgano-soviética también había participado en el despliegue del Ejército Rojo para tratar de sofocar las revueltas nacionalistas en Georgia y en Azerbaiyán entre 1989 y 1990, y a principios del verano se puso al mando del 14.º Ejército soviético. No solo se posicionó verbalmente a favor de Ígor Smirnov (1941-), presidente de Transnistria, sino que además, siguiendo órdenes expresas del gobierno ruso, apoyó con sus propias tropas y armamento pesado a las fuerzas de la república autoproclamada, poniendo fin a la guerra y consolidando la posición de los secesionistas. Por lo demás, si vamos a las cifras de combatientes implicados en el conflicto por cada bando y a los resultados de este nuestra tesis se refuerza, porque 8500 moldavos armados y entre 5000 y 7000 en el bando transnistrio habían sido suficientes para acabar con la vida de 1000 personas y, lo que es más significativo, para forzar a 100 000 refugiados a abandonar sus casas (Vahl y Emerson, 2004: 7-8).

En el caso de la ofensiva azerí, sus fuerzas militares consiguieron romper las defensas armenias al norte del enclave, propiciar que los 60 000 habitantes de toda la región de Goranboy abandonaran sus hogares y extender el pánico entre sus enemigos, que tras perder la mitad del Alto Karabaj en menos de un mes parecían estar a punto de claudicar. Sin embargo, lo intrincado del terreno, los problemas de abastecimiento y las tácticas de hostigamiento practicadas por las fuerzas armenias paralizaron la ofensiva, hasta el punto de permitir una reorganización de su Ejército con el apoyo de los rusos, que proporcionaron vehículos blindados y tanques. De este modo, a lo largo del otoño y el invierno de 1992-1993 los armenios consiguieron recuperar la mayor parte del terreno perdido durante la ofensiva azerí. Sin embargo, el desarrollo de este conflicto y otros muchos puso de manifiesto hasta qué punto la viabilidad del complejo entramado étnico transcaucásico había sido posible gracias al sistema soviético, con todos sus problemas estructurales y situaciones injustas, pero también en qué medida dependía la población de este para su mera subsistencia en cuestiones básicas como el abastecimiento energético y la distribución alimentaria. De hecho, ya lo hemos visto también en el caso yugoslavo, muy similar en ciertos aspectos. Por lo que respecta a Armenia, la guerra colapsó por completo la economía del país, no ya solo por las exigencias bélicas, sino sobre todo por las consecuencias del bloqueo fronterizo azerí y turco, que revelan una vez más la naturaleza de los conflictos internos como una guerra contra el civil, valga la redundancia. Y volvemos a la interdependencia territorial en una región como el Cáucaso, tan compleja a nivel económico, orográfico y político (German, 2012: 216-229). Aunque no podemos entrar a fondo en estos casos, la ya de por sí difícil situación de Armenia se vio muy agravada por la paralización de los convoyes procedentes del norte, que también dejaron de cruzar las tierras de la vecina Georgia, sumida en graves desórdenes internos y guerras civiles entre 1988 y 1993, sobre todo en los territorios secesionistas de Abjasia y Osetia del Sur (Cotter, 1999; Welt, 2009; Kakachia y Minesashvili, 2015).

Como ha venido siendo común en la mayor parte del siglo XX, la del Alto Karabaj fue una guerra civil que enfrentó a dos países pobres en un momento de reordenamiento geopolítico internacional y disolución imperial, y que por tanto implicó múltiples injerencias por parte de potencias extranjeras, que combatían por sus propios intereses. Esto explica que en buena medida el conflicto acabara por la extenuación de los contrincantes, en este caso Armenia y Azerbaiyán, algo que hoy en día está bien respaldado por las evidencias (Papazian, 2008 y 2016). De hecho, la población civil y los combatientes armenios sufrieron terribles dificultades y privaciones durante los fríos inviernos de 1991-1992 y 1992-1993. En muchas ocasiones no disponían ni de agua caliente ni de medios para combatir las bajas temperaturas, a lo cual se sumaban las dificultades para acceder a los productos más básicos, problemas que fueron salvados puntualmente con el apoyo de la Comunidad Económica Europea, las gestiones de la diáspora y la ayuda energética prestada por Irán a través de la frontera sur de Armenia (Chrysanthopoulos, 2002). Por mucho que nada de ello contribuyera a reactivar la economía del país, lo cierto es que permitió culminar el conflicto con éxitos militares muy importantes entre las primaveras de 1993 y 1994, garantizando la conquista de un área de seguridad en torno al Alto Karabaj, así como de todos los territorios que separaban el enclave de Armenia por el oeste y el sur, poblados mayoritariamente por azeríes y kurdos. Todas las operaciones del último año de guerra estuvieron presididas una vez más por políticas de ocupación dirigidas a la expulsión de la población civil autóctona, jugando un rol importante las unidades paramilitares. Se trata de un escenario comparable al que se había dado en el curso de las acciones ofensivas azeríes, pero también al que podemos observar en Bosnia de forma contemporánea. La situación llegó a ser de una gravedad tal que Turquía movilizó y envió tropas a su frontera con Armenia a principios de septiembre de 1993, siendo disuadida de intervenir únicamente por la aparente determinación del gobierno ruso a responder con la fuerza cualquier intento en ese sentido. Por el camino Azerbaiyán sufrió varias crisis políticas, con intentos de golpes militares incluidos que llevaron al país al borde de la guerra civil, sobre todo tras el frustrado mandato del candidato del FPA, Abulfaz Elchibey (1938-2000), que había sido incapaz de parar el descalabro militar azerí. Esto acabó llevando al poder al líder de Najicheván, Heydar Aliyev, tras haberse movido hábilmente en su pequeña y autoproclamada república, donde había conseguido negociar un alto el fuego por separado con Armenia en la segunda mitad de 1992 y donde puso las bases para su vuelta al poder.

Así pues, el final de la guerra llegó con las costuras de la sociedad azerí tensadas hasta el límite. Entre otras cosas, esto fue lo que permitió la llegada de los más de mil voluntarios afganos que mencionábamos con anterioridad. De hecho, ya en un momento tan temprano como 1991 había favorecido que asesores militares estadounidenses se ofrecieran a las autoridades de Bakú a cambio de garantizar derechos de mantenimiento y explotación sobre los campos de petróleo del país para diversas compañías del sector, agrupadas bajo el paraguas de una especie de sociedad fantasma llamada MEGA Oil (Gurdilek, 1994; Goltz, 1999: 272-276). Parece ser que estas negociaciones encubiertas estuvieron encabezadas por dos veteranos de la CIA, Harry C. «Heinie» Aderholt (1920-2010) y Ed Dearborn, que en este caso actuaban respaldados por las gigantes petroleras BP y Amoco, y que ya habían estado envueltos personalmente en otros escenarios bélicos con un papel estadounidense decisivo: las guerras civiles en Laos y Nicaragua. Ellos se encargaron de hacer posible la llegada de los muyahidines afganos, que según parece tuvieron un papel importante en el derrocamiento del gobierno de Elchibey y en la llegada al poder de Aliyev, convertido en un aliado firme de Estados Unidos, y aunque este tipo de vínculos entre grandes corporaciones, golpes de Estado e intereses geoestratégicos siempre son difíciles de desentrañar y demostrar vale la pena apuntarlos (Guldbrandsen y Moe, 2007: 820-821). Una vez más, quedaría clara la relación directa entre la guerra y la expansión del capitalismo, entre los conflictos internos y la penetración financiera, la redistribución de recursos estratégicos y el establecimiento del nuevo orden estadounidense en la posguerra fría.

En definitiva, el final de la guerra tuvo lugar en condiciones terribles, con las fuerzas armenias agotadas y con el Estado azerí enviando a combatir a muchachos de apenas dieciséis años casi sin adiestramiento militar. Dada la falta de armamento pesado, buena parte de este perdido y capturado por los armenios en los combates del año anterior, los restos del Ejército azerí fueron utilizados como carne de cañón en una táctica que se había mostrado inútil una y otra vez frente al poder del armamento moderno desde la Gran Guerra hasta el conflicto de los años ochenta entre Irán e Irak: los ataques de infantería en oleadas tratando de desbordar las defensas enemigas a la desesperada (Croissant, 1998). Según los observadores internacionales, el éxito militar de los armenios se explica en buena medida por una moral mucho más alta, la cual nacía de la convicción, real o no, de que su supervivencia como comunidad dependía del resultado del conflicto en el Alto Karabaj (Mirsky, 1997: 69). Por lo demás, es imposible establecer el balance de víctimas a la firma del alto el fuego en mayo de 1994, si bien se calcula que los armenios sufrieron unas 26 000 bajas militares, 6000 de ellos muertos, mientras que las azeríes se contarían en 80 000, con entre 25 000 y 30 000 muertos. En lo referido al número de civiles asesinados por los dos bandos supera el millar en ambos casos con toda probabilidad, si bien es en el ámbito de las expulsiones forzosas donde se pone de manifiesto la crueldad del conflicto, con 724 000 azeríes expulsados de sus hogares y entre 300 000 y 500 000 armenios (De Waal, 2003: 285). En este sentido, vale mucho la pena acercarse al documental del reportero de guerra Vardan Hovhannisyan, A Story of People in War and Peace [Una historia de la gente en la guerra y en la paz] (2007), que de forma coral recoge las experiencias de guerra individuales y las consecuencias devastadoras de los enfrentamientos por el Alto Karabaj. Esta visión se completaría con la obra fílmica del también armenio Harutyun Khachatryan, Border [Frontera] (2009), donde queda bien reflejado el drama de la guerra, del desarraigo a través de los refugiados y de su convivencia con sus nuevos vecinos en sus lugares de acogida. De hecho, a día de hoy sigue sin llegarse a un acuerdo de paz y el conflicto se ha reactivado de forma periódica en escenarios localizados. Mientras tanto, el Alto Karabaj continúa siendo una república independiente de facto, aunque no reconocida a nivel internacional, lo cual no ha sido óbice para que haya seguido condicionando en gran medida la política y la construcción de los estados armenio y azerí durante la posguerra (Hirose y Jasutis, 2014).

 

CHECHENIA, ESTADO FALLIDO. GUERRA, MODERNIDAD

Y REINVENCIÓN DE LA TRADICIÓN, 1991-2000

 

El Cáucaso y el espacio postsoviético son importantes porque nos sirven como atalaya privilegiada para entender varias cuestiones cruciales relacionadas con las guerras civiles: la dimensión transnacional de los conflictos en general y, también, su capacidad de contagio; su papel en la construcción de nuevos estados-nación, en la consolidación de los ya existentes o en su destrucción; la importancia crucial de los intereses y actividades de los agentes y los poderes locales o regionales; el funcionamiento de las políticas imperiales, dirigidas al mantenimiento y la construcción de las hegemonías; y, en definitiva, los cambiantes equilibrios internacionales. Una vez más lo vemos de forma muy clara en la guerra civil chechena, que tuvo múltiples ramificaciones por todo el Cáucaso y que con diferentes picos se prolongó desde 1994 hasta el año 2009, en paralelo a otras guerras internas cruciales para entender el presente, como las de las repúblicas caucásicas vecinas, las yugoslavas y las afganas. Sin embargo, hasta el 1 de diciembre de 1994, cuando se produjo la primera intervención militar rusa contra la autoproclamada república de Chechenia, la situación en aquella tierra de frontera era cuanto menos paradójica. Ya no solo es que fueran constantes los enfrentamientos abiertos entre facciones opositoras y las altas tasas de violencia intracomunitaria, sobre todo con la marginación, inmigración y expulsión de poblaciones eslavas, sino más aún por los tratos y negocios a los más diversos niveles entre la clase política rusa y la chechena, incluidos opositores y subordinados del primer presidente checheno, Dzhojar Dudáyev (1944-1996).

Merece la pena acercarnos a esta controvertida figura, principal promotora de la independencia de Chechenia, porque una vez más vemos hasta qué punto las trayectorias individuales y las experiencias que estas tienen tras de sí son cruciales para entender el pasado y la dimensión transnacional inherente al mundo castrense y de la guerra. Apenas recién nacido, Dudáyev fue deportado junto a su familia a Kazajistán junto con medio millón de chechenos e ingusetios bajo la acusación de colaboracionismo con la Wehrmacht y como parte de las políticas de seguridad fronteriza impulsadas por Iósif Stalin. Allí pasaría los primeros trece años de su vida, hasta que ambas comunidades por fin pudieron regresar a sus hogares en 1957. Tras graduarse como piloto en 1966 y unirse al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), dos años después acabaría tomando parte en operaciones de bombardeo estratégico contra la resistencia muyahidín en el marco de la guerra afgano-soviética, lo cual le valió por entonces las más altas condecoraciones, pero más tarde las críticas de sus enemigos políticos, que lo acusaron de hacer la guerra contra hermanos musulmanes. De hecho, su carrera fulgurante en las fuerzas armadas soviéticas supuso su ascenso a general mayor en 1987, siendo puesto a cargo de la guarnición de bombarderos estratégicos de Tartu (Estonia) en 1990, coincidiendo con las primeras movilizaciones nacionalistas, que se negó a reprimir contraviniendo las órdenes llegadas desde Moscú. De hecho, el contacto con la realidad de la sociedad estonia fue revelador para él, hasta el punto de impulsarle a indagar en sus orígenes chechenos, en las tradiciones y la historia de su país natal, que hasta entonces parece que no habían tenido mucha importancia en su vida. Así pues, al final de la primavera de 1991 y tras renunciar a sus galones en el Ejército Rojo volvió a Grozni, implicándose a fondo en la política chechena para «echar a los comunistas, los imperialistas». Tampoco es muy diferente la trayectoria del que en 1997 habría de convertirse en el tercer presidente de Chechenia, Aslán Masjádov (1951-2005), que durante la guerra de 1994-1996 fue el jefe del Estado Mayor del Ejército checheno y, por tanto, su materia gris. También su familia sufrió la gran deportación del año 1944, de ahí que Masjádov naciera y pasara los primeros años de su vida en la desértica región kazaja de Karagandá. De hecho, al igual que Dudáyev, haría carrera militar en el Ejército Rojo, alcanzando en 1990 el cargo de jefe del Estado Mayor de las fuerzas balísticas y de artillería desplegadas en Vilna, donde también asistió al auge del nacionalismo lituano y a la independencia de la pequeña república báltica (Gall y De Waal, 1997: 83-89).

 

El «Salvaje Este» en el paso del comunismo

al capitalismo: mafias, violencia y (des)orden poscolonial

en las fronteras soviéticas, 1991-1994

 

Las tensiones y la conflictividad no eran nada nuevo en la relación de Chechenia con las autoridades centrales en Moscú; basta con ver el recorrido vital de Dudáyev y Masjádov. Sin embargo, nada de esto hacía inevitable el desastre que se precipitó sobre la población del país, cuyas consecuencias sigue arrastrando a día de hoy. Las políticas imperiales en la región, tanto las impulsadas por la Rusia zarista primero como por parte de la Unión Soviética después, se basaron de forma muy clara en la segregación y marginación socio-política y económico-cultural de los chechenos e ingusetios frente a sus vecinos de origen eslavo, que por lo general habían llegado allí como parte de las políticas de colonización y control del territorio impulsadas desde Moscú. El propio tejido poblacional de Chechenia e Ingusetia era muy revelador del orden imperante: la ciudad industrial de Grozni, centro económico y administrativo, estaba habitada en su mayoría por eslavos —270 000 de sus 400 000 habitantes—, que ostentaban los principales cargos en la gestión de la vida de ambos países, las fuerzas del orden público o el partido. Esto contrastaba vivamente con la situación de atraso endémico en que era mantenido todo el espacio rural en torno a la capital, poblado mayoritariamente por chechenos e ingusetios, algo que deja al desnudo las consecuencias del particular sistema de dominación del Estado soviético y del proceso de modernización que impulsó.

En este sentido, no resulta sorprendente que el propio Dudáyev tuviera que ocultar sus orígenes chechenos para poder hacer carrera en el Ejército Rojo, identificándose como osetio, pueblo de fe ortodoxa en su mayoría y aliado histórico de las autoridades rusas en la región. Para más inri, la extrema pobreza, el paro masivo y la desarticulación económica estructural que sufría la sociedad autóctona no se correspondía para nada con la gran riqueza de una región petrolera y un centro industrial como Grozni, cuyos beneficios por supuesto no revertían sobre los chechenos e ingusetios. Así pues, existen motivos bien fundados para afirmar que la independencia y las características de las guerras civiles que ha contribuido a desatar encuentran parte de su explicación en la situación de desigualdad y emergencia social que se vivía en Chechenia e Ingusetia, algo perfectamente extrapolable a otras repúblicas soviéticas como Tayikistán (Gall y De Waal, 1997: 77-80; Kevlihan, 2016). El siempre intuitivo y sorprendente director de cine e historiador Aleksandr Sokúrov fue uno de los que mejor supo reflejar esa situación de calma chicha que se vivía en las fronteras meridionales de la Unión Soviética a finales de los años ochenta. Su inquietante Días de eclipse (1988), que tiene como protagonista a un médico ruso destinado a la república centroasiática de Turkmenistán, reflexiona sobre la condición de colonos de los eslavos residentes en estas regiones, encumbrados como representantes de la civilización y del poder frente a los autóctonos de las periferias soviéticas, al tiempo que nos muestra las tensiones y el malestar que generaba su presencia.

Antes que nada, es necesario señalar las particularidades de la sociedad y la cultura chechenas. Estas se estructuran en torno a más de un centenar de clanes étnicos (teip) basados en la consanguineidad, el respeto al honor, la Ley del Talión y, muy importante, los grandes sistemas de alianzas entre estos (tukkhum) con los más diversos fines, desde la gestión de los recursos y la explotación del territorio hasta hacer la guerra. Por su parte, los clanes se subdividen en los llamados rod, que integran a individuos de una misma familia hasta la cuarta generación. Estas estructuras de poder y formas de organización social tradicionales habían sobrevivido a los procesos de modernización impulsados por la Unión Soviética, en buena medida por la marginación y segregación a la que fueron sometidos chechenos e ingusetios, con el agravante de que habían de convivir de manera conflictiva con los efectos de esa modernidad, tal y como se iba a poner de manifiesto en los años noventa. Esta cuestión la matiza y expone un gran conocedor del caso checheno, Jonathan Littell, que trabajó allí durante el conflicto ruso-checheno como parte del personal de una ONG. El activista y escritor señalaba dos factores con la sagacidad que lo caracteriza. Por un lado, apunta que, a causa de la guerra y el «completo desbaratamiento de la sociedad que trajo esta consigo, es posible que Chechenia haya pasado de golpe de la época tradicional a la época posmoderna, a esta época contemporánea de globalización» y relativismo, habiendo debilitado de forma irreversible la influencia de la tradición y la religión sobre la sociedad por efecto de la modernización soviética. Pero también, que a pesar de que

 

las estructuras arcaicas perviven en los cimientos de las conductas, por encima se apila una gruesa

mezcla de dinero, de negocios, de teléfonos móviles, de Porsches «Cayenne» y de Hummers, de un

despotismo oriental, de una carencia total de frenos y, como guinda, de una religión vuelta a

inventar a medias, radicalizada a medias y de un kitsch neo-tradicional (Littell, 2010: 92-94).

 

Esta realidad, unida al modo en que se sucedieron los hechos a partir de la primavera de 1991, marcaron en buena medida el devenir de los acontecimientos en Chechenia. De hecho, los hombres que apoyaron en un primer momento a Dudáyev a nivel económico, intelectual, social y político creían que podrían servirse de él como una figura de relumbrón que diera lustre y prestigio a sus planes. Al fin y al cabo, este exoficial soviético no tenía algo que se consideraba fundamental para ejercer el poder de forma efectiva en Chechenia: buenas conexiones con los clanes étnicos más influyentes del país, carencia agravada tras su larga ausencia durante treinta años, con regresos fugaces para visitar a la familia de forma puntual. La sucesión de hechos dentro del acelerado proceso de desintegración de la Unión Soviética, muy marcado por el conflicto político entre Gorbachov y Yeltsin, y más tarde dentro de la propia Rusia postsoviética, les revelaría muy pronto hasta qué punto estaban equivocados. (Gall y De Waal, 1997: 91-92, 100-102).

Chechenia fue un Estado fallido casi desde que comenzó a dar sus primeros pasos. De hecho, podría decirse que apenas se hicieron intentos serios por construir una estructura burocrática racional y capaz de responder a los retos de un país independiente. Bien pensado, la situación chechena en los años noventa no difiere en exceso de otros escenarios poscoloniales como el congoleño en los sesenta: una sociedad segregada entre colonos y colonizados, falta de personal especializado entre los segundos y mecanismos de gestión en manos de los primeros, con las consiguientes luchas por el poder y el caos derivado del desmantelamiento del sistema de dominación preexistente. En cualquier caso, lo cierto es que Dudáyev consiguió el respeto de sus conciudadanos a finales de 1991 al presentarse como el hombre providencial que había hecho posible la expulsión de Rusia del país. Pero en última instancia esto se explica por las desavenencias entre un Gorbachov en sus últimos días al frente del poder y un Yeltsin que aún no contaba con sus propias fuerzas militares para hacer valer su poder en Chechenia. Esa fue la ventana de oportunidad en la que Dudáyev construyó su autoridad: la brecha en la jerarquía y el sistema de dominación soviéticos, que a su vez se encuentra entre las principales causas de su disolución. Sin duda alguna, el líder soviético disfrutaba de una pírrica victoria ante el espectáculo de ver humillada a su bestia negra, que aún dependía del Estado en materia militar. Así pues, el único intento de hacer volver a los chechenos al seno de la federación rusa por la fuerza fue un sonoro fracaso debido a la falta de coordinación y apoyos, pero no menos a la oposición de centenares de miles de ciudadanos concentrados en Grozni el 9 de noviembre.

Sin embargo, como decíamos, durante los tres años previos a la intervención rusa de finales de diciembre de 1994 Dudáyev y sus gobiernos se mostraron incapaces de plantear una alternativa que devolviera a los chechenos cualquier atisbo de una vida normal: los servicios públicos se colapsaron por los impagos; gran cantidad de hombres armados con ropas de camuflaje pululaban por todo el país; los antiguos cuarteles y arsenales del Ejército Rojo en la región fueron asaltados, haciendo que prosperara un lucrativo tráfico de armas a nivel privado y estatal como una vía de financiación; la muerte, la huida forzosa o la inmigración de la mayor parte de la población eslava del país, que en 1989 eran unos 300 000 y que con la independencia habían sido relegados a la condición de ciudadanos de segunda; la entrada en barrena de una economía dependiente en extremo del petróleo y de los técnicos capaces de mantenerla en marcha, la mayor parte de origen eslavo; los crecientes índices de criminalidad, que afectaban por igual a eslavos y chechenos; la corrupción rampante en todos los ámbitos de la gestión política y económica del país, muy especialmente en torno al petróleo; la desarticulación de los circuitos de distribución y del mercado laboral, forzando a la mitad de la población chechena a vivir del mercadeo con todo tipo de bienes importados, sobre todo electrodomésticos y aparatos electrónicos adquiridos en viajes irregulares al extranjero y vendidos a precios más altos gracias a la particular situación de Chechenia (Gall y De Waal, 1997: 103-136).

La vida de Chechenia quedó en manos de una camarilla de profanos en política y auténticos mafiosos en materia económica, mucho más preocupados por prosperar y extender sus redes clientelares que por construir un Estado viable. En buena medida esto fue consecuencia de las peregrinas visiones del propio presidente de la autoproclamada república caucásica, que como suele ocurrir con muchos militares de carrera tenía una visión cuartelera de la economía y la sociedad, algo agudizado por su formación soviética, según la cual todo tenía que estar controlado por el Estado. Dicha cosmovisión, unida al clima de liberalismo económico reinante tras el fin de la Guerra Fría, explican el fracaso de Dudáyev a la hora de llegar a un entendimiento con algunos de los tecnócratas a los que invitó a formar parte del gobierno. Su forma personalista de ejercer el poder, puesta de manifiesto reiteradamente en su intensiva, excéntrica y fracasada campaña diplomática por conseguir el reconocimiento internacional de Chechenia, dilapidó buena parte del crédito que pudiera tener en un primer momento. Su oferta de asilo a Zviad Gamsajurdia (1939-1993), primer presidente elegido democráticamente en Georgia en la primavera de 1991 y derrocado por un golpe de Estado de la oposición con el apoyo ruso a finales de año, fue aceptada después de ser rechazado por Azerbaiyán y tras un fugaz paso por Armenia. De hecho, este líder georgiano, que había heredado una situación de guerra civil abierta en Osetia del Sur y Abjasia desde 1989 y que se había caracterizado por una praxis política cada vez más autoritaria, volvería a su país en septiembre de 1993 para intentar recuperar el poder. Durante esos meses participó en el conflicto interno multidireccional que estaba teniendo lugar en Georgia, consiguiendo construir una base de poder en torno a la ciudad de Zugdidi, al oeste del país, desde la cual operó con relativa libertad y estuvo a punto de hacerse con el control político. No obstante, fue privado de ello, en última instancia, porque la inestabilidad creciente en el interior del país y la toma del estratégico puerto de Poti en el mar Negro ponían aún más en peligro los equilibrios e intereses de los diferentes actores en la región, ya de por sí muy comprometidos. Esto redundó en la pérdida de cualquier apoyo por parte de los países vecinos, como Armenia y Azerbaiyán, pero sobre todo de Rusia, que además envió un contingente de 2000 hombres que aplastó el gobierno de Gamsajurdia, quien murió a finales de año en circunstancias extrañas. Por el camino habían quedado unos 21 000 muertos y cerca de 400 000 refugiados por diversas razones dentro de un conflicto territorial no resuelto, con Abjasia y Osetia del Sur como repúblicas autoproclamadas y apoyadas por Rusia, tal y como pudimos ver en la invasión rusa de Georgia de 2008 (Goltz, 2006).

Tampoco era mucho mejor la situación en la vecina Ingusetia a finales de 1992. A pesar de haber optado por abandonar la vía chechena hacia la independencia y haberse integrado en la federación rusa, las autoridades del país caucásico se toparon con la indiferencia de las autoridades en Moscú frente a sus reivindicaciones sobre los territorios perdidos a manos de Osetia en 1944 por designio de Stalin y en el marco de las deportaciones de ese mismo año. Dentro del complejo equilibrio de poderes del Cáucaso postsoviético, el Estado ruso se puso del lado de sus aliados tradicionales en la región, los osetios, según los prejuicios de largo alcance dominantes en la administración más confiables que los musulmanes. Así pues, en el otoño de 1992 se produjeron violentos choques en la región por parte de ingusetios armados que se infiltraron en los territorios orientales de Osetia del Norte para tomar el control de los mencionados territorios mediante la expulsión de sus habitantes, algo que fue contestado desde Moscú con el despliegue de fuerzas que detuvieron a las milicias y se enfrentaron a ellas. A finales de año el número de refugiados alcanzaba las 65 000 personas en una región que apenas llegaba al tamaño de La Rioja, a lo cual había que sumar varios centenares de muertos y la quema de 3400 pueblos, la mayoría ingusetios (Gall y De Waal, 1997: 116-117). De hecho, la situación de Chechenia, en un limbo jurídico-legal desde finales de 1991, unida al escenario de guerra endémica en dicho país a partir del verano de 1994, no contribuiría en nada a normalizar la situación de Ingusetia, a pesar de la llegada a la presidencia de otro veterano oficial soviético de la guerra de Afganistán, Ruslan Aushev (1954-). Este ingusetio nacido en Kazajistán en el seno de una familia de deportados no tuvo ningún reparo en oponerse verbalmente a las políticas rusas y a los abusos de poder de las autoridades federales a lo largo de los años noventa, aunque de poco le sirviera, además de llevar a cabo intentos de mediación entre los líderes chechenos y rusos, los cuales también fracasaron (Gall y De Waal, 1997: 122). Una vez más, las trayectorias de muchos actores de las guerras civiles de la década final del siglo XX en adelante encontraban un cruce de caminos clave en el conflicto afgano-soviético, que en el caso del Cáucaso se sumaba también a la experiencia de la deportación.

Hay autores que defienden que si el Estado ruso no abordó antes la cuestión chechena fue por dos razones básicas: primero, porque tenía problemas en apariencia más urgentes; y segundo, porque en el marco de la desintegración soviética Grozni se había convertido en un lucrativo y turbio bazar para los negocios, donde mafias y élites políticas de uno y otro lado prosperaron con el tráfico de armas, drogas, petróleo y el lavado de dinero. A pesar de ser un Estado independiente de facto, las rutas terrestres de entrada a Chechenia nunca fueron cerradas, del mismo modo que tampoco cesaron los vuelos que aterrizaban en la capital desde diversos puntos del planeta. Así pues, estamos ante un caso muy similar al que hemos visto para la ciudad bosnia de Bihać, dentro de la autoproclamada República de Bosnia Occidental (Jentleson, 2000: 46). Con el fin del comunismo, el este se convirtió en el nuevo Salvaje Oeste, siguiendo la metáfora del mito estadounidense del siglo XIX, lo que algunos autores han señalado con gran acierto como la conversión de Rusia en un «enorme espacio de capitalismo salvaje», y la pequeña república caucásica era un cruce de caminos clave en todo este entramado (Veiga, 2009: 129). Es más, se da la circunstancia de que a mediados del año 1992 la compañía petrolera tejana EnForce firmó una serie de ambiciosos acuerdos comerciales con Dudáyev, algunos de los cuales no se pudieron desplegar por la inestabilidad reinante en la región. No deja de ser sorprendente y revelador del carácter de la época el hecho de que las compañías estadounidenses pudieran entrar hasta el patio trasero de Rusia para hacer negocios. De ahí que otros sostengan que fueron «las oportunidades para el negocio», en una Chechenia situada en un limbo legal, las que favorecieron que el régimen de Dudáyev se mantuviera en pie a pesar de todo y durante tanto tiempo. Dentro de la rapacidad que despertó la ola de privatizaciones de la estatalizada economía soviética hubo quien encontró un campo bien abonado para seguir prosperando en el Cáucaso, incluidos altos funcionarios y hombres de negocios que no dudaron en hacer lucrativas transacciones y tratos con las mafias chechenas, al tiempo que torpedeaban las políticas del gobierno para tratar de provocar el fin del secesionismo (Gall y De Waal, 1997: 124-133).

Así, nos encontramos con que a la altura del verano de 1994 Chechenia «se había convertido en un reino shakesperiano» donde «grupos armados deambulaban por el país a voluntad y» donde «no había fronteras fijas ni líneas del frente» (Gall y De Waal, 1997: 116). Bien es cierto, y eso hay que subrayarlo de forma muy clara, los chechenos en general fueron y son víctimas de un estereotipo negativo construido a conciencia por la manipulación informativa rusa y por muchos periodistas occidentales ávidos de transmitir a sus lectores autocomplacencia frente al supuesto exotismo y el carácter atávico de las sociedades en guerra, algo que ya hemos visto de forma muy clara para el caso yugoslavo, pero que es extensible a los escenarios africanos o centroamericanos. La realidad es que la sociedad chechena de los años noventa se dedicó en su gran mayoría a sobrevivir como buenamente pudo en medio de unas circunstancias de extrema dificultad, muchas veces de absoluta pobreza, siendo víctimas en muchos casos de los abusos de sus propias autoridades y conciudadanos dedicados al crimen. Sin embargo, la construcción de arquetipos como el del checheno mafioso, delincuente y aficionado a degollar a sus víctimas, que hunde sus raíces en la visión romántica e interesada del caucásico como bandido, ha sido útil para el Estado ruso: primero para legitimar sus políticas de ocupación durante las guerras de 1994-1996 y de 1999-2009, así como las múltiples atrocidades cometidas por sus fuerzas militares, y segundo para legitimar el régimen político y el sistema de control social establecidos por el Estado en el año 2003 bajo la figura de Ajmat Kadírov (1951-2004), cuya obra ha sido continuada hasta hoy por su hijo Ramzán Kadírov (1976-) (Littell, 2010). Fuera cual fuera la situación mediado el año 1994, hay una cosa bien cierta: Chechenia y buena parte de las repúblicas circundantes se fueron precipitando en una larga y sangrienta guerra civil fruto de la gestión desastrosa e irresponsable del conflicto político por parte de las autoridades federales rusas —encabezadas en primera instancia por Yeltsin—, con una intervención en la región cada vez más evidente y peor planificada, basada además en el uso de la fuerza (Hayden, 1999: 23-56); a todo ello hay que añadir la incapacidad e insensatez del propio Dudáyev. Y esto nos vuelve a poner una vez más ante la realidad de que no hay conflicto inevitable en base a factores estructurales, sino que estos son siempre fruto de la contingencia. Ese elemento sistémico es hasta cierto punto el que otorga a las guerras, civiles o no, su naturaleza, sus dinámicas y sus dimensiones, pero incluso en su desarrollo y por supuesto en su final lo contingente sigue siendo importante.

 

Desastre político-militar en el Cáucaso Norte.

Guerra de reconquista imperial, prestigio por la fuerza

y contagio bélico, 1994-2000

 

A pesar de la extrema gravedad, nada de lo que había ocurrido en Chechenia y en sus territorios vecinos hasta 1994 tiene parangón con lo que vendría a partir de la primera invasión del país a manos de una fuerza rusa de 40 000 hombres, acompañada por un brutal despliegue de armamento pesado y aviación. Lo más trágico de todo es que el propio Yeltsin era bien consciente de lo que podía desatar en todo el Cáucaso una intervención armada en Chechenia, o al menos así lo hizo saber en una entrevista concedida a la prensa el 11 de agosto de 1994, cuando descartó de forma terminante esta posibilidad para poner solución al conflicto con la república díscola. De hecho, dentro del gobierno de Yeltsin hubo algunos de sus hombres de confianza que le expusieron sus objeciones hasta el último momento, lo cual incluyó la dimisión de altos cargos civiles y militares. Sin embargo, como es común a cualquier guerra imperial, esta acabó por desatar un desastre de proporciones inimaginables en toda la región, salvando las distancias, equiparable a la que provocó la invasión y ocupación soviética de Afganistán y el consiguiente apoyo occidental a los muyahidines. Por si esto fuera poco ninguno de los esfuerzos rusos ha redundado en una recuperación real del control político-social sobre el país caucásico. Vale la pena señalar que la primera invasión de Chechenia se ejecutó en base a cálculos cortoplacistas, en este caso por la necesidad de elevar las ratios de popularidad de Yeltsin, que por aquel entonces estaban por los suelos, buena muestra de que la Rusia postsoviética también acabó cayendo presa del electoralismo, las encuestas y las luchas entre el gobierno y la oposición. No por nada, Putin comenzó a construir su autoridad carismática y su poder total en el marco de la segunda invasión del país en 1999 y las operaciones subsiguientes. Después había cuestiones de otra índole: no hay que olvidar que Chechenia era un nudo logístico central para los oleoductos y gasoductos que conectaban los pozos azeríes con el norte de Rusia y el puerto de Novorosíisk, en el mar Negro, de manera que la pérdida de control sobre la región imposibilitaba la firma de grandes y lucrativos contratos (Veiga, 2009: 129; Gall y De Waal, 1997: 137-172).

Desde el primer momento de la invasión se puso de manifiesto el avispero en el que se estaban metiendo las fuerzas armadas rusas, así como lo erróneo del enfoque. Ya antes de entrar en Chechenia, las tres columnas que habían de confluir en Grozni se encontraron con la oposición de correligionarios de los chechenos en las regiones vecinas. La que partía de la república musulmana de Daguestán, al este, fue rodeada por una población civil que consiguió desarmar a los combatientes conscriptos; la que tenía como punto de salida Osetia del Norte no tardó en encontrarse con las protestas de los ingusetios, que salieron a su paso para condenar el uso de la fuerza contra los chechenos, dando lugar a una batalla campal con varios muertos; mientras tanto, la tercera fue la única que consiguió llegar a 25 kilómetros al norte de la capital chechena, donde fue frenada. Aquella resistencia al avance ruso no era más que un anticipo de lo que esperaba durante las siguientes dos décadas a las autoridades y combatientes rusos desplegados en todo el Cáucaso septentrional. No hubo efecto sorpresa, pero sí un Ejército invasor compuesto por combatientes conscriptos que se encontraron cada vez más expuestos ante la abierta hostilidad de los autóctonos, al tiempo que recibían órdenes de proteger a la población civil y de evitar que la situación degenerara en una guerra civil. Muy pronto la situación de cerco, la angustia, la incomprensión de su misión y el agotamiento se apoderarían de los soldados rusos, algo que quedó muy bien reflejado en la crítica pacifista que Aleksandr Sokúrov hizo contra el conflicto checheno en su hermosa película Aleksandra (2007).

Sin embargo, ya era demasiado tarde, sobre todo porque una vez que se despliega la maquinaria militar como forma de hacer política imperial pasa a estar en juego el prestigio, algo crucial en estos casos, y por tanto no hay lugar para las retiradas. Había que ir hasta el final, y eso implicaba que los acontecimientos cobraran vida propia sobre el terreno, como es consustancial a cualquier guerra, y que el peaje a pagar fuera un caudaloso río de sangre y violencia. Una vez más se iban a poner de relieve en Grozni dos cuestiones bien probadas a lo largo del siglo XX: el defensor siempre está en ventaja en los combates urbanos, donde los blindados apenas son de utilidad y de poco sirven el bombardeo y la destrucción masiva provocados por la artillería pesada y la aviación; de igual forma, tampoco tenía ningún sentido el empleo de la fuerza bruta y de un despliegue militar regular frente a una guerra de guerrillas, y menos aún en un entorno extremadamente montañoso como el del Cáucaso, que pronto haría de la región una auténtica ratonera. Claro que en este último punto jugaba un papel esencial el hecho de que el Ejército ruso, heredero directo del soviético, hubiera sido preparado desde hacía décadas para la eventualidad de una guerra convencional. Ni tan siquiera la Constitución rusa preveía cómo gestionar el despliegue de las fuerzas armadas y de seguridad en caso de que explotaran conflictos internos, algo paradójico teniendo en cuenta el modo en que había tenido lugar la disolución de la Unión Soviética, pero comprensible si lo que se quiere es tener carta blanca amparada en la indefinición legal (Mathers, 1999: 100-116).

La capital chechena fue machacada a conciencia después de varios asaltos frontales frustrados, y eso a pesar de que el portavoz del gobierno ruso había afirmado el 14 de diciembre de 1992 que no se haría algo así por el simple hecho de que la ciudad estaba poblada en su gran mayoría por civiles de origen eslavo. De hecho, las diferentes estructuras y situaciones sociales en que vivían los chechenos y los no-chechenos se puso de manifiesto a finales de noviembre. En ese momento, cuando se hizo evidente que habría guerra, Grozni se llenó de coches que traían consigo hombres jóvenes armados y se llevaban de vuelta a los pueblos a familiares para ponerlos a resguardo de lo que se avecinaba. Entre 27 000 y 35 000 civiles, cinco millares de ellos niños, fueron asesinados por las bombas, casi todos eslavos y miembros de otras comunidades que no contaban con esta red de apoyo y que, por tanto, no pudieron salir de la ciudad. Por otro lado, 5000 soldados rusos cayeron en los combates, a lo que hay que añadir un número similar de heridos y la pérdida de gran cantidad de blindados, y ello a pesar de la clara inferioridad numérica y de medios de los combatientes chechenos. Estos aprovecharon a fondo las ventajas de la guerra urbana en las luchas por la capital, que se extendieron de enero a marzo de 1995. He aquí una buena muestra de lo que podría haber ocurrido en la por entonces todavía cercada Sarajevo de haberlo querido las fuerzas serbobosnias y del EPY, solución que seguramente no adoptaron por la cantidad de periodistas de todo el mundo congregados en la urbe, convertida en símbolo del martirio del pueblo bosnio y la barbarie de la guerra. Por supuesto, Grozni no recibió ni de lejos tanta atención en las agendas políticas occidentales; más bien al contrario, aquello era contemplado como un problema interno ruso. Pero lo cierto es que las operaciones contra la ciudad reunieron todos los atributos de la guerra total. Ya no había civiles, a pesar de que 100 000 seguían viviendo en búnkeres y entre las ruinas de una ciudad reducida a escombros, carente desde entonces de cualquier servicio básico; simplemente había un objetivo militar que había que batir con todos los medios disponibles. Fue el bombardeo por saturación más espectacular y destructivo desde la Segunda Guerra Mundial, con 4000 detonaciones cada hora que incluyó el lanzamiento de misiles Grad, morteros, cohetes y bombas pesadas (Gall y De Waal, 1997: 168, 204-227).

No es casual que algunos de los combatientes a cargo de la defensa de la capital chechena, entre 5000 y 7000, tuvieran una experiencia de guerra previa adquirida durante su participación como voluntarios en el conflicto abjasio de los años 1992-1993, comandados por veteranos de dicho teatro bélico que se convertirían en figuras clave de los acontecimientos que estaban por venir, como Shamil Basáyev (1965-2006) y Ruslan Geláyev (1964-2004) (Gall y De Waal, 1997: 205). De hecho, parece que el primero también había tomado parte en la guerra del Alto Karabaj al mando de un batallón de varios centenares de voluntarios chechenos durante el año 1992, y que se había caracterizado por sus métodos brutales al no mostrar excesivos remilgos cuando se trataba de emplearse con la máxima violencia contra la población civil. Sin ir más lejos, se les acusa a él y a sus hombres de haber decapitado durante la guerra de Abjasia a civiles, con cuyas cabezas habrían jugado más tarde al fútbol (Bodansky, 2008: 37). Tras la caída de Grozni serían hombres como el islamista Basáyev, que alcanzaría gran notoriedad, los encargados de dirigir la exitosa guerra de guerrillas contra los rusos desde las montañas chechenas, donde consiguieron hacerse fuertes.

Ante aquella realidad, las autoridades militares rusas desplegaron todo el repertorio que contenía su particular caja de herramientas imperial, heredada directamente de los métodos puestos en práctica durante la reciente y fallida campaña soviética en Afganistán. Al fin y al cabo, tan solo un lustro separaba el conflicto afgano del checheno. Lo único que habían cambiado eran los uniformes, desde luego no los hombres. Esto significa que los métodos propios de la guerra total aplicados en Grozni fueron desplegados ahora contra los pueblos y aldeas de toda Chechenia mediante el uso de aviones y helicópteros, sin diferenciar entre combatientes y civiles, porque a ojos de los aterrorizados soldados rusos y de sus mandos no había distinción posible. Al hablar de los guerrilleros chechenos, uno de ellos recordaba la lógica que suele imperar en toda guerra irregular: «Venían y hablaban con nosotros durante el día, y luego nos disparaban por la noche». El paroxismo del modo en que los rusos enfocaron el conflicto llegaría el 7 de abril, con la toma y el incendio del pueblo de Samashki, así como el asesinato de al menos 250 personas, en su mayoría civiles (Gall y De Waal, 1997: 243-255). El cirujano checheno Khassan Baiev dio cuenta de las terribles atrocidades cometidas aquel día:

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