Comunidades rotas

Javier Rodrigo · Capítulo 4 de 24 · parte 1/3

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Comunidades rotas

1. Particularmente crueles: sobre la guerras civiles del siglo XX

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

1

 

 

Particularmente crueles:

sobre las guerras civiles del siglo XX

 

I’m a head

I’m a man

I’m the first mammal to wear

pants

I am at peace with my lust

I can kill cause in god I trust

It’s evolution baby […]

PEARL JAM,

Do the evolution (1998)

 

El XX: siglo de guerras totales, de ocupación, de guerras civiles, de genocidios, desplazamientos forzosos, terrorismos, narcoguerras, insurgencias, pero también de tráfico de armas y exportación de los conflictos armados a las periferias de los bloques occidental y comunista. En definitiva, centuria de violencia y de terror. Hay pasados cuyas víctimas se cuentan por cientos. Otros, en los cuales los números requieren horquillas de miles o hasta decenas de miles de muertos. Y hay, por fin, pasados para los que no valen las cifras sino las estimaciones. No si se toman de una en una, pero sí cuando se analizan en su conjunto, las guerras civiles del XX entran dentro de esta última categoría. Con 20 millones de muertos y 67 millones de desplazados, y en tanto que contexto para todo tipo de violencias de naturaleza política, étnica, cultural, religiosa o de otra índole, el primado de la guerra civil como la principal forma de conflicto armado en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial es indiscutible. De hecho, aunque el XX sea el siglo en que alcanza mayor presencia y virulencia, ya mucho antes contaba con un protagonismo histórico evidente. Por eso mismo, resulta imposible comprender las evoluciones y disrupciones de la historia de la guerra como fenómeno contemporáneo sin atender al espacio que ocupan en dicha historia las guerras civiles. Es poco menos que imposible analizar la contemporaneidad sin asomarse a su estallido, a su desarrollo y a sus ruinas. Las de unas guerras que, pese a situarse en escalas destructivas (tanto del paisaje como de la economía y, sobre todo, de la población) más bajas que las grandes guerras internacionales del siglo XX, son vistas como epítomes, como gigantescas metáforas de la destrucción del hombre por el hombre: como guerras particularmente crueles. Es por eso que el problema se agrava sobremanera cuando, tal y como suele ser común, las guerras civiles estallan en el marco de un conflicto armado interestatal o una ocupación extranjera.

Sin embargo, el de la guerra civil es, de lejos, uno de los marcos históricos más complejos de definir y de los más insatisfactorios en sus resultados. González Calleja habla abiertamente de una definición problemática, y más cuanto más cercana al presente. De hecho, no existe una definición nítida, y como señala Ledesma (2017: 135) está por ver si puede haberla. Aquí se encuentra pues el primer gran escollo de este viaje: definir la guerra civil. Seguramente, y con eso ya nos daríamos por satisfechos, tan solo podamos aportar aproximaciones, preguntas e intuiciones. Aunque antes hay que repasar los muchos peajes previos que condicionan el acercamiento a la que es una de las nociones más resbaladizas y conceptualmente inflamables de la contemporaneidad.

 

PREMISAS. LA GUERRA Y SUS METÁFORAS

 

Primera premisa. La guerra civil es elusiva. Es el tipo de guerra que más se resiste a ser nombrada. Pocas veces se denominan como tales salvo a posteriori. Y casi nunca sus contendientes reconocen estar combatiéndolas. Por muchos motivos, pero sobre todo porque la descripción de un conflicto como una guerra civil puede otorgar legitimidad al contendiente, al situarlo «en pie de igualdad jurídica». Y eso, además de rebajar simbólica y políticamente la propia legitimidad, supone, en palabras de Ledesma (2017: 137), «una pérdida de capital político muy crítica» en contextos en los que precisamente la propia guerra impugna «el estatus jurídico del otro». Rara vez deja de aparecerse ante los estudiosos de los conflictos internos esta misma dificultad conceptual: la de entender de qué se habla cuando se lidia con una guerra civil. Una dificultad que no es sino el resultado lógico derivado de la complejidad de esos pasados de conflictos fratricidas. De hecho, lo primero que cabría preguntarse es si se puede tratar de un sujeto universal en sí mismo. Si cabe una misma definición para África, Asia, América Latina o Europa. Si denominar, nombrar históricamente un proceso como guerra civil no es, las más de las veces, un forzamiento conceptual, un anacronismo.

Segunda premisa. Lejos de una definición única y ampliamente reconocida, la de la guerra civil en la era contemporánea es la historia narrativa de una construcción conceptual. Sin duda ha sido así en el ámbito académico, que pese a sus muchos sesgos —políticos, nacionales o de género — o precisamente gracias a ellos es espacio de construcción de relatos dominantes y lugar metafórico de selección de lo plausible e intelectualmente legítimo. Pese a ser desde los trabajos de Harry Eckstein (ed. 1964 y 1965) o Robert Higham (ed. 1972) uno de los temas más recurrentes de la ciencia política y la sociología, y aunque en tiempos recientes (González Calleja, 2013; Kissane, 2016; Armitage, 2017) también la historiografía se haya preocupado por ella, los análisis históricos comparados sobre la guerra civil siguen fuertemente ligados a los intentos, generalmente infructuosos, de definición. A diferencia de lo que ocurre con fenómenos como la revolución y la guerra, puede hablarse de la práctica ausencia de una teoría general de la guerra civil, la stásis, la guerra interna (Agamben, 2015; Kissane, 2016). Y desafortunadamente, la competición por los espacios de análisis ha llevado a nuestro juicio a una radical impermeabilidad entre disciplinas. De hecho, la historiografía sobre las guerras civiles en perspectiva comparada es al tiempo útil y escasa, y no siempre consigue combinar miradas interdisciplinares; por su parte, la literatura proveniente de las ciencias sociales muchas veces ignora los relatos e investigaciones de los historiadores, o los trata con abierta condescendencia. La guerra civil pone en discusión los estudios empíricos con la conceptualización científica. De ahí que no exista un acuerdo mínimo, desde el momento en que cualquier posible consenso, sea sobre la denominación, las características, los inicios, desarrollos, finales, o sobre el número de bajas, es abiertamente recusado.

Tercera y última premisa. Pese a su reconocida centralidad en las escalas de la violencia humana del siglo XX, el debate sobre qué es y qué no es una guerra civil está, casi entrando en la tercera década del siglo XXI, más abierto que nunca. Sobre todo, a raíz de la proliferación de guerras internas durante y a la finalización de la Guerra Fría, el significado y las connotaciones del sintagma se han hecho cada vez más complejos y borrosos. La aparición del fenómeno de las «nuevas» guerras civiles, los conflictos de diversa intensidad en situaciones de descolonización o en el marco de estados fallidos han llevado a una acusada ampliación de sus significados. Un crecimiento coherente con la erosión de las bases teóricas de la guerra clásica (González Calleja, 2013: 73) ya en el marco de las guerras de resistencia en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, pero que ha adquirido nuevos impulsos en los contextos de insurgencia y contrainsurgencia, de guerrilla revolucionaria o de narcoguerra. Definir la guerra civil es siempre una forma de construcción narrativa tanto del pasado como del presente.

Estas tres premisas bien podrían resumirse en una sola: no existe una definición válida y omnicomprensiva de la guerra civil porque las que existen son herederas de su tiempo y su contexto, y porque todas ellas suponen simplificar realidades de una complejidad y variabilidad extremas. Así se ha puesto de manifiesto desde las primeras definiciones normativizadas que se desarrollaron en el siglo XIX hasta la actual revisión conceptual de largo recorrido, pasando por los momentos en los que este tipo de conflicto se convirtió, a lo largo del siglo XX, en la forma bélica por antonomasia de los ciclos de la revolución-contrarrevolución, de la resistencia-ocupación, o de la descolonización. De hecho, los problemas de identificación de las guerras civiles suelen ser contemporáneos a las mismas. Muchos de sus grandes y más duraderos estereotipos narrativos (la guerra de clases, la lucha por la independencia, la Cruzada, la Liberazione, etc.) nacieron en el seno de los conflictos mismos y se convirtieron en el fundamento legitimador de los estados nacidos de sus cenizas. Tanto o más que las dimensiones jurídicas, políticas, politológicas o militares, interfiere en la definición de la guerra civil su experiencia y, en consecuencia, la construcción de su memoria. La guerra contemporánea, y posiblemente todavía más la guerra civil, es una gigantesca y potentísima generadora mnemónica y de mitos políticos, culturales e identitarios. No es difícil dejarse arrastrar por la literalidad de las fuentes y por sus categorías morales cuando idealizan las guerras civiles o cuando las reducen a combates entre el bien y el mal. En última instancia, la guerra civil es una realidad polisémica, con ramificaciones políticas, identitarias y geoestratégicas. En consecuencia, su estudio supone, también en el terreno académico, moverse en terrenos pantanosos, plagados de metáforas, de construcciones mitopoéticas (sobre todo en las guerras clásicas europeas, las de Rusia, Finlandia, España y Grecia, pero también en las guerras asiáticas o africanas) y, en no pocos casos, de prejuicios políticos configuradores muchas veces de mitos dominantes.

Hay un ejemplo que explica bien lo apenas señalado, y que tiene que ver con este libro y su intrahistoria. Reseñando para la revista Nations and Nationalisms el libro editado por Bill Kissane After Civil War: Division, Reconstruction and Reconciliation in Contemporary Europe (2015), Javier Rodrigo terminaba su crítica de manera un tanto abrupta señalando que le parecía inaceptable que, sin más explicación, en el mapa sobre las guerras civiles europeas del siglo XX apareciese de manera específica el País Vasco, con una cronología iniciada en 1968. Es decir, tratando de guerra civil la situación a partir de las primeras muertes causadas por Euskadi Ta Askatasuna (ETA) y, supuestamente, considerando como partes de la misma la respuesta estatal y el contraterrorismo policial. Pese a conocer bien la narrativa del conflicto vasco (Rivera ed., 2018), tal cosa aparecía y aparece cuanto menos discutible, y en no poca medida desconcertante. A quienes esto escriben les cuesta reconocer sin matices una guerra civil vasca entre 1968 y este mismo 2018 en que ETA ha tomado la decisión de desaparecer. Cuesta ver un acto de guerra civil vasca en, por poner un ejemplo cercano, un atentado con coche bomba no avisado como el ejecutado en Zaragoza el 11 de diciembre de 1987 a manos de un francés, donde entre las once víctimas mortales hay cinco niñas menores de edad: Silvia Pino (siete años), Silvia Ballarín (seis años), Rocío Capilla (doce años) y las gemelas Miriam y Esther Barrera (tres años). Somos conscientes de los límites de nuestras dudas, pues en las guerras civiles abiertas también hay, como se va a ver a lo largo de este libro, intervención extranjera, actos de cobardía y víctimas, menores o no, de la violencia directa o indirecta, dicho en los términos de la ciencia política. El caso actual de las guerras en Siria o en Ucrania no vienen sino a subrayarlo. No es por tanto eso lo que define en exclusiva una guerra civil, como tampoco es lo que por sí solo define un acto de terrorismo, y de hecho los límites entre ambos procesos posiblemente deban explorarlos no solo los expertos en las primeras, sino sobre todo quienes trabajan sobre los segundos.

Que un experto en la teorización sobre la guerra civil como Kissane aceptase la inclusión de la Euskadi de ETA y la lucha antiterrorista nos parecía a la vez analíticamente sorprendente e historiográficamente poco justificable. Primero de todo, porque de haber sabido que estaban inmersas en una guerra civil, las víctimas de ETA seguramente se habrían protegido mejor: cualquier crónica del atentado a la casa cuartel de Zaragoza es suficiente para identificar errores gravísimos de seguridad e inteligencia. Y también porque hablar de guerra civil vasca suponía, entre otras cosas, la aceptación acrítica de una interpretación, más allá de lo científico, justificacionista del terrorismo. También en esto juegan un papel los relatos, en la medida que las palabras son definidoras de realidades. Y la única literatura que ha hablado de una guerra civil en el País Vasco ha sido la que ha hecho valer la narrativa del conflicto como espacio de equiparación y de legitimación de la actividad terrorista de ETA. La cuestión, desde nuestra perspectiva, es que la guerra civil puede incluir actos de terrorismo, mientas que el terrorismo en sí no basta para configurar un estado de guerra civil. En todo caso, lo cierto es que la perplejidad radicaba sobre intuiciones, pero también sobre preguntas muy concretas. Sin potencia de fuego, posibilidad de ocupación territorial, movilización y frentes, ¿podía hablarse de una guerra civil? ¿Supone su adscripción una negación del unilateralismo en el empleo de la violencia que, a la postre, la justifica? ¿La guerra civil es una simple construcción narrativa? ¿Funciona como narración equiparadora, como ha criticado siempre la historiografía italiana resistenziale, o realmente tiene sentido contingente su uso para describir las realidades del pasado? Al final, ¿todo recae en la interpretación del concepto? Porque si es así, lejos de la irrelevancia y la intrascendencia, la historiografía tiene un peso capital en la construcción de los sentidos y las palabras para definir los hechos. Como igualmente tiene un peso capital el contexto en el que se realiza esa construcción de sentidos.

No se pretende resolver aquí la pregunta planteada con mayor insistencia por una rama de las ciencias políticas que hoy por hoy eclipsa los estudios sobre las guerras interestatales o las revoluciones (Kissane, 2016: 2): qué es una guerra civil. Tampoco creemos que la labor de la historiografía sea la de establecer tipos ideales o definiciones cerradas sobre pasados tan complejos y abiertos a la interpretación. En última instancia, puede incluso reconocerse que resulta temerario plantear una definición única de qué es (y por tanto qué no es) una guerra civil: primero porque no existe un acuerdo cerrado; y segundo porque definir es también crear, y más en terrenos donde de una conceptualización u otra se puedan derivar actos jurídicos, intervenciones humanitarias o reparaciones económicas. Rara vez es ese el terreno de la historiografía, y tampoco en esto va a ser una excepción este libro. Sin embargo, sí es labor propia de la historiografía el análisis de cómo los seres humanos han analizado su historia y sus presentes. Y pocos pasados han estado (y están) más abiertos a ser reinterpretados que el de las guerras civiles.

Si hablamos de construcciones de sentido desde el presente, pocos contextos han influido más en la conceptualización de la guerra civil que el de la Guerra Fría, tiempo de la explosión del fenómeno en todo el orbe. De las 195 guerras identificadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1995, señala González Calleja, el 75 % fueron guerras civiles. Los diferentes centros de investigación sobre paz y conflicto señalan un patrón común: un «dramático» descenso de la incidencia de las guerras interestatales, acompañado por un crecimiento de las guerras civiles desde 1945 (Kissane, 2016: 16). Guerra civil es ya la definición analítica más empleada para conflictos que se habían presentado en el marco de la Guerra Fría y de su final como guerras de liberación o guerras revolucionarias, por ejemplo, en los casos de Afganistán o Angola (González Calleja, 2013: 23), pero también es la denominación mayoritaria para las guerras propias de la descolonización y, después, de la reconfiguración geopolítica tras el final de los regímenes soviéticos. Es por tanto lógico que haya sido ese mismo el tiempo de la explosión conceptual alrededor de su definición, y más cuando de ella han dependido, como en el caso del Banco Mundial, decisiones políticas y estratégicas inmediatas. De hecho, la indefinición sobre qué es y qué no es una guerra civil revela el carácter complejo y conflictivo de la gestión de la geopolítica y la gobernanza en tiempos de crisis y de reconfiguración de equilibrios sociopolíticos, económicos o geoestratégicos. Tras (o durante) los conflictos mundiales, en las periferias imperiales, en contextos de radicales crisis sistémicas, tras el derrumbe soviético o a resultas de las tensiones derivadas de la descolonización, tanto en escala supranacional como regional y nacional, la guerra civil ha acabado por convertirse en el tipo de conflicto intracomunitario propio de la disputa de la soberanía, la destrucción del Estado o la construcción de la nación y la comunidad.

En este terreno, y nos tememos que muy a pesar de unos y otros, la historiografía comparte el espacio de análisis de las guerras civiles con las ciencias políticas y sociales. De hecho, de ellas han provenido las definiciones, ponderadamente más flexibles que la de Lieber, que han tenido mayor éxito en tiempos recientes. Definiciones que se han preocupado en lo esencial por diferenciar las guerras civiles en términos históricos y coyunturales de las revoluciones, los terrorismos o los motines, persiguiendo de tal manera el objetivo último de dotar de contenido y definición a los conflictos internos globales de cara a las agencias y organismos internacionales. Y con ello decidir, en base a esa definición, cuestiones como la intervención «diplomática, humanitaria e incluso militar» en ellas (Ledesma, 2017: 137). La perspectiva de las ciencias sociales es por tanto fundamental. Pero es igualmente cierto que está limitada por el contexto y las motivaciones que nutren sus explicaciones y definiciones. No es casual que sus análisis se centren en la explosión mundial del fenómeno de la guerra civil durante la primera década de posguerra fría (pese a que la mayoría de ellas provenía, sin embargo, de las décadas de 1970 y 1980). De hecho, el primer acercamiento holístico al problema data de 1965. Fue de la mano de Harry Eckstein, quien trazó una descripción inclusiva de los diferentes tipos y subtipos de «guerra interna» (revoluciones, guerras civiles, guerrillas, levantamientos, insurrecciones, revueltas, rebeliones, insurgencias y golpes de Estado). Desde la ciencia política este elaboró una definición que, si bien diluía la especificidad de la guerra civil en un sintagma superior, contribuía a complejizar su significado, en consonancia con una realidad cada vez más confusa de enfrentamientos armados dentro de los nuevos estados nacidos de la descolonización.

Como todos los intentos de definición desde las ciencias sociales, el acercamiento predominante en la Guerra Fría tenía, en consonancia con su aspiración científica, una base cuantitativa para diferenciar las guerras civiles de conflictos intraestatales de menor importancia y con menores objetivos. Sobre esos fundamentos se han construido las interpretaciones ulteriores, como la del macroproyecto Correlates of War o el Uppsala Conflict Data Project, la base de datos más importante para el registro de las guerras civiles en la actualidad. Y desde esas bases la ciencia política ha construido sus esbozos de definición omnicomprensiva. Sin ir más lejos, y a pesar de las dificultades técnicas evidentes y de las dudas metodológicas derivadas de la escasa fiabilidad en el recuento de las bajas y en su distribución cronológica, para el Uppsala Conflict Data Project la guerra civil es el conflicto armado interno entre un gobierno y una facción no gubernamental en el que se den al menos 1000 bajas derivadas de los combates en un año natural. El centro de referencia en la Universidad de Maryland considera que no son 1000 sino 500 al año las bajas que definen la guerra civil. Para otros autores esa perspectiva es correcta, pero siempre y cuando haya como mínimo 100 muertes en cada bando en guerra, violencia directa y violencia indirecta. Por lo demás, no siempre está claro si se incluyen o no las víctimas no combatientes. En todo caso, siempre se trata de enfoques apoyados en lo cuantitativo o de intentos de formulación de base matemática y estadística, con una intencionalidad científica, es decir, con escasa contingencia.

No es el único problema derivado de la perspectiva de las ciencias sociales sobre el tema y sobre la categoría. En nuestro caso no pretendemos la recusación genérica. De hecho, consideramos que su análisis es considerablemente más sofisticado en el terreno teórico que los que se han llevado a cabo desde el ámbito historiográfico. Pero en tanto que narrativa sobre el pasado, deja no pocas dudas sobre su operatividad y sus límites heurísticos. Desde la perspectiva del historiador, sorprende la pretensión, algo bisoña e ingenua, de validez omnicomprensiva para tantos casos y tan diferentes, cuando además lo que se analizan son cuestiones tan importantes como los factores que influyen en la durabilidad de los acuerdos negociados para la finalización de una guerra civil, entre otros (Collier y Sambanis eds., 2005). Al penetrar menos en los motivos, contextos y eventos de las guerras civiles, y más en las situaciones y condiciones (debilidad estatal, escasa tradición democrática, desigualdad económica o en el acceso a fuentes naturales, etc.) que las favorecen o que explican su inicio, duración o finalización, presentan en su mayoría miradas excesivamente estáticas, imágenes fijas. ¿Acaso el Estado es el mismo en todas latitudes? ¿Es que no se producen guerras civiles por el derrumbe del Estado? ¿Tampoco se dan en contextos de multiplicación de las soberanías? ¿No se hacen las guerras civiles también para construir estados? El caso de la violencia, que autores como Amalendu Misra (2008) sitúan en el centro gravitacional de su definición para el contexto de las guerras civiles, es fundamental. Pero ¿acaso responde a lógicas globales? ¿Está presente en potencia o se desarrolla en base a unas condiciones determinadas? En realidad, en las guerras civiles los acontecimientos cobran vida sobre el terreno en base a factores y agentes diversos, lo cual hace que varíen constantemente las condiciones objetivas. Analizadas desde taxonomías, variables dependientes e independientes (que muchas veces establecen relaciones muy cuestionables de causa y consecuencia, y que no aceptan la reversibilidad), cadenas comparativas de causalidad e inferencia, la agencia humana que rige el inicio de las guerras civiles, sus desarrollos, sus escaladas de violencia o las tipologías de estas (violencia directa vs violencia indirecta, etc…) queda muchas veces en un plano secundario, cuando no reducida a gráficas, tablas, ecuaciones y fórmulas matemáticas que difícilmente pueden reflejar elementos como la identidad, la cultura o, más sencillamente, la casualidad. Alguno incluso llama «guerras ideológicas» (Newman, 2014) a las de la España de

1936-1939, la Rusia de 1917-1923 y la Grecia de 1944-1950[1].

Fuesen ideológicas (definición que, sorprendentemente, también usa Kissane, 2016: 44 para la guerra española) o fuesen, como creemos, algo más, un elemento que está generalmente ausente de los análisis de la ciencia política sobre la guerra civil es su carácter en tanto que guerras. Su warfare, su modalidad bélica: como proceso dinámico, cambiante y contingente. De hecho, esa ha sido la perspectiva que más ha explotado la historiografía. La más clásica sobre las guerras civiles ha priorizado siempre criterios de naturaleza militar o de política interna, que sin embargo no se da en todos los casos: las civiles muchas veces son también guerras internacionales, no siempre se da la presencia activa de gobiernos nacionales, ni existe invariablemente una resistencia efectiva y real por las dos partes, al contrario de lo planteado por David J. Singer y Melvin Small (1982). De hecho, las civiles del XX fueron en su mayoría, como sabemos hoy gracias al trabajo de la historiografía, guerras que hoy se denominarían sucias: con para-estados las más de las veces, pero también con entidades no estatales en competencia por el poder y el control administrativo, militar y el capital simbólico de la nación, con unas formas de combate armado sostenidas en el tiempo y relativamente organizadas (es decir: con frentes, ejércitos, batallas en algunas de ellas, pero en otras de manera irregular y sin organización previa), con ejércitos profesionales, voluntarios y de leva forzosa, combinando tropas regulares, irregulares, grupos paramilitares y mercenarios; y con altas dosis de violencia: limpiezas unilaterales en sus retaguardias, secuestros, torturas y ejecuciones sumariales de rehenes y de civiles, así como políticas de desplazamiento forzoso de poblaciones.

De hecho, tal y como señala González Calleja en el que es el intento más desarrollado en castellano por sistematizar las tipologías y los análisis de las ciencias sociales sobre el tema, las guerras civiles no son nunca, en definitiva, conflictos duales, sino procesos complejos y ambiguos que fomentan la acción en común de actores transnacionales, nacionales, locales y supralocales, civiles y ejércitos (González Calleja, 2013: 138), en los que el control, la adhesión popular, la colaboración o la disuasión de la colaboración con el enemigo son capitales. Procesos complejos y ambiguos, ciertamente. Pero ¿procesos sin regularidades que permitan identificarlos? ¿Fenómenos ajenos a una imbricación conceptual, a una genealogía? Creemos que no, y no somos los únicos en hacerlo. De hecho, los trabajos actuales de más recorrido e interés se centran en la historia del concepto, ya sea desde puntos de vista tan diferentes como el filosófico (Agamben, 2015) o el de la historia de los conceptos (Armitage, 2017). Es decir: en el ámbito académico actual no priman tanto los estudios dedicados a su descripción y análisis comparado cuanto los que se centran en los debates sobre su definición. Sin ir más lejos, el trabajo de David Armitage ha recuperado para la historiografía un análisis de larga duración de lo que denomina una «historia en ideas» y no de las ideas: un abordaje de naturaleza conceptual sobre las transformaciones epistémicas en el propio concepto y en los anclajes contingentes que las explican en la larga (de hecho, muy larga) duración. Y con ello, entre otras cosas, ha revelado un filón de análisis sobre el que la historiografía internacional hacía tiempo que no había transitado.

Sin embargo, la realidad es más compleja que su constructo cultural. Por eso mismo, creemos que algo falla en las historias conceptuales como las de Armitage, por mucho que no se aborden como de sino como en ideas, y por más que se trate del único intento de sistematización teórica sobre la historia de las guerras civiles nacido del ámbito propio de la historiografía. Por supuesto, las guerras generan ideas, conceptos, categorías, imágenes, literatura, metáforas, memorias, identidades, pero no son ideas. Las guerras son procesos de una extrema complejidad, pero sobre todo de una terrible brutalidad, que rara vez puede aprehenderse en las simplificaciones narrativas, en unas supuestas leyes sobre el comportamiento humano (propias de la ciencia política) o en la estetización propia de la literatura. Aquí es donde creemos que nuestra aportación será más útil. La guerra es atroz, caótica, sucia, repugnante. Está hecha de falta de sueño, de heridas superficiales y profundas, de una violencia extrema, de ansiedad y miedo, de armas encasquilladas en el peor momento, de cadáveres, de hambre, de violaciones, de mutilaciones, de amputaciones, de barro, de sangre y de olor a orín y a mierda. De ahí la importancia de volver sobre el individuo y sobre la contingencia en toda su complejidad. A eso, en la guerra civil, se le añade la connacionalidad, la cercanía, la familiaridad, la pertenencia al mismo suelo, la identificación del otro como parte integrante de una misma comunidad precedente, por más que no siempre sea así, como se verá. En la guerra civil se disputan el poder, la soberanía y la territorialidad, se pelea por esquilmar los recursos alimenticios, los muebles, los edificios y los símbolos del otro-vecino, se combate por la expulsión y limpieza de la nación. Por limpiar: eufemismo clásico de estas guerras que esconde mal la realidad sucia, maloliente y asquerosa de los combates, las ocupaciones territoriales, los asesinatos a quemarropa, el abandono de los cadáveres para que todo el mundo los vea en la comunidad. Siendo así todas las guerras, una suerte de macronarrativa entre histórica y de pensamiento comunitario ha elevado a las civiles como epítomes de esa crueldad. Como guerras abyectas, incomprensibles, degeneradas, patológicas. Como guerras, en definitiva, particularmente crueles.

De hecho y con todo, pese a sus evidentes diferencias en cuanto al contexto y los procesos, sí que existen aparentes regularidades: las guerras civiles han sido y son fenómenos altamente variables en su propio desarrollo mediante los que se han derrocado órdenes existentes, se ha dado lugar a nuevas condiciones de vida, se han transformado las sociedades, se han creado nuevos vínculos y nuevos enemigos (Cramer, 2006). Esta cuestión es particularmente relevante. En bastantes ocasiones, como se verá, al enemigo de una guerra civil se lo concibe como extranjero, ajeno a la comunidad, agresor externo, o se presenta ante la comunidad internacional como la exportación de los conflictos entre grandes potencias a las periferias de sus esferas de influencia. Por ejemplo, no pocas de las narrativas sobre la guerra civil en Grecia hablan de un combate entre democracia y comunismo, macroproyectos de organización social, cultural y económica que, sin embargo, también se vincularon y vinculan con potencias nacionales muy claramente delimitadas: en este caso el Reino Unido y la Unión Soviética. No es menos cierto eso en la Ucrania actual, donde la guerra interna se proyecta también en forma de contienda en suelo ucraniano entre la esfera de influencia europea y la rusa y, por tanto, como un auténtico parteaguas en el futuro de la región. Una vez más observamos por uno y otro lado una dialéctica de conflicto entre civilización y barbarie, entre progreso y tradición, entre degeneración y pureza.

Por supuesto, esos factores internacionales son elementos determinantes en toda guerra civil, pero no convierten en válida una lectura en clave de alteridad nacional del enemigo. Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la propaganda y la historiografía sobre la dimensión internacional de la guerra civil española sabrá cómo esta también se ha leído en clave de enfrentamiento no solo entre fascismo y antifascismo, sino también entre Moscú y el Eje. Tampoco las grandes guerras internas —en la República Democrática del Congo, Ruanda, Liberia o Siria, entre otras— pertenecientes al ámbito de las «nuevas guerras civiles», parafraseando la expresión de Mary Kaldor (2001), están exentas ni de esta naturaleza alterizadora del enemigo interno, ni de la negación ontológica de su carácter interno. Incluso en ese contexto que la científica social define como de erosión del monopolio estatal de la violencia, dejado en manos tanto de instituciones transnacionales como de actores paramilitares, las guerras civiles vienen marcadas por las fracturas intracomunitarias. Lo mismo ocurre con los conflictos más recientes, sin definición temporal ni fronteriza clara, como los que se desarrollan en Afganistán de forma clara desde 1978 o el iraquí, entre 2003 y la actualidad, donde la forma de los enfrentamientos armados que han emergido entre diferentes grupos y/o con las autoridades públicas conduce a definirlos como guerras civiles, pese a haber sido precipitadas por la intervención soviética y/o estadounidense junto a sus aliados internacionales (Newman, 2014: 59). En este sentido, no estamos muy lejos de las lógicas de lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial en la Europa bajo el control o la esfera de influencia del Eje, tal y como veremos.

En este libro se evitan conscientemente las teorizaciones narrativas y, las más de las veces, de contenido mitopoético, que, desde la filosofía, la literatura o la historiografía se han acercado al fenómeno de la guerra civil. Una guerra civil no es una metáfora. Es un marco a la vez anómico y normativo, es una experiencia concreta, una realidad tangible, contingente y enmarcada en una historia y una herencia cultural en la que tienen lugar la expulsión, la violencia directa e indirecta, la ocupación, la disputa por la soberanía simbólica y territorial. Desde esta perspectiva, contingente pero abierta a la discusión, la guerra civil es, fundamentalmente, un conflicto armado interno en el contexto de una civitas, una comunidad política preexistente. Aquí se opta además por una mirada que al menos reconozca elementos como la territorialidad, la existencia de contrapoderes enfrentados, de movilización y de potencia de fuego cruzado. Lejos pues de definiciones omnicomprensivas o de usos indiscriminados del sintagma —que pueden llevar, como critica Kissane (2016: 230), a su «blanqueamiento semántico»— es cada vez más necesaria una mirada desde la contingencia histórica que sirva para matizar y complejizar las generalizaciones interpretativas.

El reto no es menor. De hecho, tal vez lo realmente complejo sea nombrar un tipo de guerra, la civil, cuya denominación (aspecto este común en todas las guerras civiles) es rechazada por todos los actores, que vincula procesos cortos y violentos como los golpes de Estado, cuando los hay, con dinámicas de larga duración como las guerras totales; que establece mecanismos de alterización extremos contra el propio conciudadano; que obliga a nivel discursivo, sobre todo, pero también en el de las vivencias concretas a la proyección sobre el enemigo de estereotipos que lo identifican con lo infrahumano, lo sucio, lo enfermo, lo corrupto, lo degradado, lo repugnante (Theweleit, 2007: 385-426; Ventrone, 2012: 119-133), con una gran diferencia respecto de las guerras de ocupación: que los estereotipos no se articulan sobre el ocupante, de hecho desconocido, sino sobre el compatriota. La apropiación en exclusiva de los valores colectivos derivados de la connacionalidad, la familiaridad, la empatía derivada de la cercanía y el reconocimiento mutuos sería también, en esos contextos de disputa por el territorio conocido y contra un enemigo cercano y similar, un factor de radicalización extrema. En todo caso, seguramente quede abierta la discusión sobre qué es y qué no es una guerra civil, aunque sea igualmente cierto que la historiografía posee una concepción intuitiva basada en la experiencia y la percepción contemporánea que no debe abandonarse. Una guerra civil, en suma, no es una idea, no es una representación ni una metáfora. Y tampoco es reductible a ecuaciones o a narrativas. Puede que al final haya que recurrir a la tautología: una guerra civil es, en primer lugar, una guerra, con todo lo que ello comporta.

 

UNA GENEALOGÍA CONCEPTUAL

 

Más allá del ejercicio intelectual, analizar la historia del sintagma «guerra civil» resulta de gran interés y es un peaje casi obligado para un libro como este, en la medida que no puede hacerse historia de procesos históricos de extrema importancia como las guerras civiles sin asomarse a los significados acumulados que han tenido no solo para sus coetáneos, sino también para las generaciones posteriores. Aquí nos centramos en el siglo XX. Sin embargo, es algo notorio y evidente que la guerra civil ha sido y es un fenómeno de larguísimo recorrido en la historia de la humanidad, y que esa larga duración afecta notablemente a la definición del fenómeno. Puestos a llegar a las definiciones del presente se podría partir de diferentes puertos. Desde la stásis griega, por ejemplo (Loraux, 2008; Gómez Espelosín, 1985; Piovan, 2017). O desde la noción de bellum civile romana (Heredia, 2018). Incluso desde la propia definición, si se quiere canónica, de Lieber. Pero puesto que este no es un viaje lineal, hagámoslo desde el presente: wikipedia. Y no tanto porque nos parezca una fuente fiable, que no lo es por la simple razón de que en ella desaparecen dos elementos cruciales para la investigación, a saber, la verificabilidad y la autoría. Pero dado que se trata de la fuente de información preferente de una porción considerable de la humanidad, incluidos no pocos estudiantes desde los estudios medios a la universidad —así como algunos autores que aparecen en este libro—, bien puede servir como referencia para saber qué es lo que cualquier usuario recibe como información, no contrastada pero sí en principio fiable, sobre qué es una guerra civil. En todo caso, hay sustanciales diferencias entre las ediciones en español e inglés. Mientras que esta última incluye literatura de referencia (básicamente análisis desde las ciencias políticas) y un cierto espacio de debate, la edición en español no tiene ni notas, ni bibliografía, ni nada parecido a un aparato interpretativo, algo bastante común por lo demás. Ambas coinciden en subrayar que, como tales, las guerras civiles proliferaron en el mundo tras la Segunda Guerra Mundial, reduciendo (en el caso de la edición inglesa) las guerras anteriores a conflictos de naturaleza político-identitaria. Y, además, establecen paralelismos a la hora de identificarlas. Las guerras civiles, para los autores de la entrada en español, son los «enfrentamientos bélicos» en «un mismo país» entre dos «ejes políticos contrarios» que defienden «dos ideologías o intereses distintos».

Ideología, intracomunidad y bipolaridad son elementos recurrentes en cualquier intento de definición de una guerra civil. No son, desde luego, los únicos válidos: desde la contingencia se sabe que las guerras civiles no siempre son intracomunitarias ni bipolares. Que nacen muchas veces de la fragmentación del poder estatal o de su desaparición, dando lugar a la aparición en un mismo escenario de múltiples agentes en forma de bandas armadas, paraestados y estados. Que, siendo nacionales, también suelen ser internacionales. Y que la dimensión ideológica de los combatientes es importante, pero desde luego no es el único factor que las explica, ni mucho menos el más importante (Leira, 2018). Todo esto se ha puesto de manifiesto con toda claridad a lo largo de los últimos treinta años en escenarios tan dispares como Yugoslavia, Afganistán, Irak, el Congo o Siria.

Sin embargo, la definición de guerra civil no solo puede nutrirse del presente ni de la contemporaneidad. La guerra civil no es ni mucho menos una característica específica del novecientos, aunque haya sido en su segunda mitad cuando con más profusión se expandieron los estudios sobre qué es (y qué no) una guerra civil. En todo caso, tal recurrencia es importante para subrayar la reiteración del conflicto civil, que lejos de su extrañamiento y excepcionalidad en el ordenamiento político resulta un vector de construcción política identificado con el autogobierno, la ciudadanía y la extensión del significado mismo de la política (Sánchez León, 2017). Pero asimismo, sirve para reconocer cómo las guerras civiles del siglo XX, y sobre todo ese modelo de enfrentamiento armado que no puede definirse como un conflicto internacional pero al que a su vez le faltan las características tradicionales de la guerra civil (lo que ha llevado a algunos estudiosos a hablar de guerras inciviles, encaminadas aparentemente no tanto hacia el control y la transformación del sistema político cuanto a la maximización del desorden, según Agamben, 2015: 2, con motivaciones de diverso tipo, sobre todo dentro de la lógica del divide et impera), no encajan con igual facilidad en las categorías propias de la guerra civil anteriores al siglo XX.

Ninguna forma de régimen, desde las ciudades-Estado griegas o el Imperio romano a los estados-nación actuales, ha sido inmune a las guerras civiles (Kissane, 2016: 2). En su análisis sobre las continuidades en la historia del empleo del concepto guerra civil, David Armitage identifica claramente un origen legal en la antigua Roma, a partir del uso del concepto bellum civile para definir las guerras en la Roma republicana en el siglo I de nuestra era, aunque ya en la Grecia clásica se encuentren referencias para trazar su genealogía conceptual. De hecho, el primer ejemplo paradigmático lo encontramos en los enfrentamientos entre partes de una misma civitas social, ya por el siglo V a. C. Uno de los primeros autores identificados dentro de lo que se denomina consuetudinariamente historiografía, Tucídides (c. 460-¿396 a. C.?), ya emplearía el término stásis. En este caso haría referencia a la crisis interna que tuvo lugar en diferentes polis griegas a causa de un conflicto de escala mediterránea como fue la guerra del Peloponeso, que afectó a toda la Hélade. Este historiador y militar ateniense analiza desde las causas y desencadenantes del conflicto en el 431 a. C. hasta el verano de 411 a. C., cuando Alcibíades (c. 450-404 a. C.) fue nombrado general ateniense en la isla de Samos tras haber servido ya a Atenas y a Esparta en los años anteriores, todo ello sin olvidar el complejo desarrollo de una guerra con múltiples ramificaciones y consecuencias. Según el mismo Tucídides, su obra comenzó a cobrar forma cuando estalló la contienda: sería, pues, como muchos otros, un historiador de su propia contemporaneidad. Sin embargo, merece mucho la pena señalar que las primeras noticias de fuentes fiables y verificables que hablan de fenómenos de guerra interna las encontramos ya en las cinco tablillas de la llamada Epopeya de Erra e Ishum, en la Babilonia de la primera mitad del primer milenio antes de Cristo, quizás en el siglo VIII. Aunque es difícil datar con más exactitud el documento, no es para nada casual que la primera referencia a la guerra civil aparezca justamente en la región del Creciente Fértil, una de las cunas de la civilización. De hecho, lo más interesante de todo es que la visión que se ofrece de dicho fenómeno en este documento es en esencia y con muy pocos cambios la que ha prevalecido hasta el siglo XX en todo el orbe. En este caso, Kabti-ilâni-Marduk, firmante del texto, nos ofrece una auténtica alegoría de la guerra civil donde esta es dibujada como la máxima expresión del horror, algo que contrasta con la visión no necesariamente negativa de la lucha armada contra el extranjero. El conflicto interno aparece encarnado aquí por Erra, dios babilónico del caos y las pestes, responsable a su vez de los momentos de desorden político, y describe a dicha deidad como causante de un episodio de enfrentamiento armado en el seno de la comunidad babilónica que habría causado una gran devastación. Tanto es así que la epopeya en cuestión fue escrita como una especie de conjuro contra la guerra civil, considerada como una de las peores

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