Comunidades rotas
2. La revolución y la guerra: Europa, 1917-1936
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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La revolución y la guerra: Europa, 1917-1936
Ese vacío se lo traga todo: tronos, clases, estamentos, obras, fortunas. Todo está convulso; a todos
nos han convulsionado. Todos se desploman; todo se desploma […]
VASILI RÓZANOV,
El apocalipsis de nuestro tiempo (1918)
Para que una clase social afectada en sus intereses vitales se dé por vencida, es necesario infligirle
pérdidas terribles. No lo hará antes de que sus hijos más vigorosos, más inteligentes, más valerosos,
hayan sido sesgados. Es preciso que corra lo mejor de su sangre […]
VICTOR SERGE,
El año I de la Revolución Rusa (1930)
LOS CICLOS BÉLICOS EUROPEOS
Ciclos largos de guerras y conflictos encadenados y, muchas veces, interdependientes. Guerras internas y externas combinadas, combates y períodos de posguerra armada. Sobre la existencia de esas formas de conflictos y guerras civiles y mundiales de media y larga duración, en las que se basará el crecimiento cuantitativo y cualitativo de las formas bélicas del siglo XX y su creciente destructividad, se ha venido construyendo en los últimos años una historiografía cada vez más influyente (Gerwarth y Horne eds., 2012; Gerwarth, 2016; Kershaw, 2016) que, desde incluso la consideración de la existencia de una Segunda Gran Guerra entre 1917 y 1923, está contribuyendo a una relectura cada vez más interconectada y compleja del período, de los fenómenos que albergó y auspició, e incluso de sus convencionalismos cronológicos al uso (Winter, 2018).
Europa vivió uno de esos ciclos entre 1914, o incluso desde 1912-1913 si incluimos en él las guerras balcánicas, y mediados de los años veinte. Como ha recordado recientemente Robert Gerwarth, el continente vivió no menos de veintisiete cambios de poder político, de carácter violento y acompañados no pocas veces de guerras civiles y conflictos internos, entre 1917 y 1920 (Gerwarth, 2016: 27). Entre 1917 y 1923 se sucedieron, además de conflictos internacionales e interestatales, también guerras internas de escala y magnitud variable, con la Primera Guerra Mundial como fenómeno disparador, aunque también como resultado de dinámicas que la experiencia de la Gran Guerra radicalizó y llevó a escalas hasta entonces desconocidas. En este sentido, es sintomática la experiencia previa de las guerras balcánicas de 1912 y 1913 donde, como recuerda Alan Kramer (2007: 139), los observadores internacionales del Fondo Carnegie para la Paz Internacional (Carnegie Endowment for International Peace) vieron una creciente dinámica destructiva que sentaría las bases para las guerras posteriores: el tipo peor de guerra, la de raza, religión, la de un pueblo contra otro, de un hermano contra otro. La guerra por la desnacionalización del vecino, elemento propio, como hemos visto, no solo de las guerras internacionales, sino sobre todo de las formas intracomunitarias de las guerras contemporáneas.
El objeto de este capítulo no es el estudio de las formas de la guerra y la violencia en la Europa de Entreguerras, sino el de las guerras civiles que tuvieron lugar en el viejo continente y, por extensión, el análisis de por qué en otras latitudes diferentes a la Rusia y la Finlandia de 1918, la Irlanda de 1922 o la España de 1936 la radical crisis política no tuvo como resultado las hostilidades abiertas y armadas entre partes diferenciadas del mismo país, pese a que en ciertos momentos se alcanzasen picos de tensión que llevarán a observarlos como guerras intestinas latentes. No toda la violencia vino de la mano de las guerras civiles, y menos en un contexto de reconfiguración territorial y etnonacional de Europa como el de la guerra y la posguerra mundiales (Tooze, 2016). De hecho, con la excepción de la guerra civil de Rusia y de la superposición de conflictos que compusieron la guerra civil en España, en este período las guerras internacionales y las masacres que las acompañaron fueron sustancialmente más sangrientas en términos proporcionales y relativos, tanto para poblaciones civiles como para combatientes, que enfrentamientos internos como el finlandés o el irlandés. Tanto la primera guerra balcánica de 1912, de Grecia, Montenegro, Serbia y Bulgaria contra el Imperio Otomano por Macedonia y Tracia, como la segunda de 1913 entre los aliados antiotomanos se desplegaron acompañadas por procesos de limpiezas etniconacionales y conversiones forzosas, con un gran impacto en las comunidades nacionales, religiosas y culturales de los Balcanes. Incluso en este caso es muy interesante señalar que el largo ciclo bélico de violencias, conflictos internacionales e intracomunitarios concatenados que se experimentó en toda la región vino muy marcado por las trayectorias personales, un factor cuya importancia no hay que olvidar nunca. En este sentido, ya en los meses previos al estallido de la Gran Guerra las comunidades griegas de Asia Menor sufrieron persecuciones y confinamientos en campos de concentración, donde desempeñaron trabajos forzosos en condiciones de miseria. Y desde luego no es casual que en muchos casos los encargados de implementar estas políticas sobre el terreno fueran turcos o poblaciones musulmanas expulsadas y deportadas en el marco de las guerras balcánicas de 1912 y 1913 (Naimark, 2002: 45).
En cualquier caso, fue la deportación y desplazamiento forzoso de las poblaciones armenias de Anatolia —entre 600 000 y un millón— bajo el mando del Comité de Unión y Progreso (CUP), los Jóvenes Turcos, lo que supuso un hito cualitativamente nuevo en la historia de la violencia de masas. El desarme primero de la minoría religiosa y cultural, la separación después de las poblaciones y los traslados forzosos bajo una premisa de intencionalidad homicida, por fin, abrieron en el continente una larga historia de violencia masiva unilateral sin combate territorial, es decir, el genocidio (Dadrian, 1995; Bloxham, 2005; Akçam, 2006; Bloxham y Moses eds., 2010; Kévorkian, 2006 y 2014). Tras la Gran Guerra, unos 30 000 colonos griegos de Esmirna, en la Anatolia occidental, fueron aniquilados por los ejércitos de Atatürk en 1922, cuando las tropas turcas reconquistaron el territorio perdido en 1918 frente a griegos, italianos, británicos y franceses. No es casual que esta ciudad portuaria de Asia Menor, símbolo de la pujanza de la comunidad griega en la región, fuera arrasada hasta los cimientos como si de una moderna Cartago se tratara. La intención estaba muy clara: borrar cualquier huella de la milenaria presencia de la cultura griega en la región para evitar que se pudiera volver a cuestionar el derecho de la nueva Turquía sobre dichos territorios.
El caso turco es particularmente interesante porque sirve como paradigma de la construcción de un Estado-nación en el marco de una guerra internacional, en este caso de la greco-turca, muy caracterizada por los conflictos y la violencia intracomunitarios cuyo fin era el control y conquista efectivos del territorio. De hecho, a la altura de septiembre de 1922 entre 150 000 y 200 000 griegos de Asia Menor y de la parte occidental de Anatolia habían sido ya evacuados e internados por las autoridades helenas en campos de refugiados improvisados en las islas del Egeo y en las inmediaciones de Tesalónica. En el año y medio posterior a la firma del Tratado de Lausana de noviembre de 1922, que ponía fin a las hostilidades, se sancionó lo que ya empezaba a ser una realidad de facto: la expulsión de casi un millón y medio de griegos de Anatolia, entre los cuales morirían decenas de miles fruto de la violencia brutal que presidió los traslados desde el interior de la península a manos de las comunidades musulmanas, pero no menos por la falta de medios y la incapacidad de un Estado griego ya de por sí pobre y hundido por la guerra para dar respuesta a un reto humanitario de tales proporciones. Se trata de una cuestión que fue maravillosamente abordada por el cineasta griego Theo Angelopoulos en su película Eleni (2004). Algo similar ocurrió con las poblaciones musulmanas expulsadas de la Macedonia griega y de Tracia, que como en el caso de los griegos hubieron de enfrentar la hostilidad de sus nuevos conciudadanos y el choque cultural de adaptarse a una tierra cuya lengua y costumbres a menudo desconocían por completo. Así fue como un hombre que había forjado su prestigio y carisma en la lucha contra los británicos en los combates de Galípoli durante la Gran Guerra, Mustafá Kemal, más conocido como Atatürk, consiguió convertirse en el padre de la patria turca, aún hoy en día adorado en todo el país como tal, al revertir los proyectos europeos para el reparto de Anatolia y completar la construcción del nuevo Estado. La violencia y la guerra internacional se habían concatenado de forma decisiva para hacerlo posible. El mismo Atatürk lo dejaba muy claro al declarar ante la Gran Asamblea Nacional a principios de noviembre de 1922, cuando se declaró la disolución del Sultanato otomano, que «La soberanía se adquiere mediante la fuerza del poder y la violencia. Fue mediante la violencia como los hijos de Osmán (en referencia a Osmán I [1258-1326], que estableció el Imperio Otomano) adquirieron el poder para gobernar sobre la nación turca y mantener su régimen durante más de seis siglos. Es ahora la nación la que se rebela contra estos usurpadores», que habían privado a los turcos de sus derechos sobre los territorios que les pertenecían al permitir dentro de ellos la coexistencia de otras naciones (Naimark, 2002: 52). Es aquí donde se encuentra la raíz más evidente de la tradicional enemistad greco-turca, que llega hasta nuestros días y que sigue propiciando que grandes porcentajes de los presupuestos de cada uno de los estados estén dedicados a la compra y producción de armamento; al mismo tiempo explica también otros conflictos intestinos como la disputa por la isla de Chipre, que dio lugar a graves enfrentamientos y a la partición efectiva del país.
Así pues, no cabe demasiada duda a la hora de identificar el tiempo de la Gran Guerra y su larga posguerra como uno de radicalización, violencia y reconfiguración sociopolítica, cultural y étnico-nacional, cuanto menos en Eurasia. Sin embargo, esas violencias extremas, por más que se conjugasen en formas de violencia intracomunitaria, no hacen que la historiografía identifique la Turquía del CUP o de Atatürk como contextos de guerras civiles. Sin combates armados con un mínimo de bidireccionalidad no puede llegar a hablarse, en nuestra opinión, de una guerra ni abierta ni larvada. La guerra civil es una forma de violencia extrema, pero no todas las violencias extremas se despliegan ni en forma de ni bajo guerras civiles. Y así lo puso de manifiesto el reputado historiador británico Arnold Toynbee, que dio buena cuenta de las políticas de ocupación griegas en Asia Menor y Anatolia durante su viaje por la región en 1921: los griegos estaban armados y organizados y los turcos completamente expuestos e indefensos frente al régimen de terror impuesto por los primeros (Naimark, 2002: 47). Por eso mismo no resulta operativo hablar de guerra civil en este caso, por mucho que la violencia intracomunitaria fuera una constante a lo largo de todo el conflicto greco-turco y su posguerra.
En esto, el estudio en torno a las lógicas de la violencia inspirado por Stathis Kalyvas (2006: 51) ha enriquecido notoriamente los debates sobre la intersección entre ambos fenómenos, el de la violencia colectiva y el de la guerra civil. En su modelo de análisis, la violencia unilateral (en forma de asesinatos) que pretende hacerse con el poder sobre la población que la sufre ha de denominarse terror; si no pretende hacerse con el poder sino destruir a esa población, debe llamarse genocidio. Si no es unilateral sino bilateral, los términos propuestos son violencia de guerra civil y exterminio recíproco, respectivamente. Por supuesto puede resultar un modelo demasiado esquemático: en España, por ejemplo, resulta imposible hablar de una violencia de guerra civil en esos términos, pues pese a ser teóricamente bilateral, lo fue como sucesión de violencias unilaterales, como se verá. Lo mismo podría decirse de las violencias contra los civiles en el territorio posimperial zarista. De hecho, la misma idea de bilateralidad de la violencia es engañosa en el marco de las guerras civiles, tanto regulares —las menos— como irregulares —las más.
Esa es la razón por la que nuestro acercamiento es contingente y no apriorístico, y trata de moverse siempre en un plano donde la cronología contribuya a dotar de significado a los procesos históricos. En ese sentido, la identificación de un ciclo bélico de larga duración vinculado menos a lo político y más a dinámicas socioculturales y etnonacionales puede incluso llevar a un cuestionamiento general del ciclo cronológico más o menos establecido (al menos, en su origen de 1917) para plantear una dinámica destructiva, en palabras de Alan Kramer, que incluya también las prácticas militares coloniales en la identificación de un determinado tipo de guerra deshumanizado, devastador y total. Este es un tema de nuevo abierto al debate, incluso entre nosotros, ya que pese a no aceptar siempre con rotundidad la explicación genérica de la importación de las prácticas coloniales a Europa en la era de las guerras mundiales y civiles como forma de aprehender sus trazas de extrema crueldad, al mismo tiempo encontramos en esas guerras continentales la presencia de inercias como la deshumanización del enemigo; el uso generalizado de políticas de control social y guerra contrainsurgente frente a enemigos reales y potenciales basadas en el toque de queda o en la concentración de las poblaciones dispersas en el ámbito rural y, por supuesto, los campos de concentración y detención de diversa naturaleza; el envenenamiento de aguas para consumo humano y la privación del acceso a los medios de subsistencia; la destrucción masiva de núcleos de poblaciones y, con ello, de las formas de vida preexistentes; y, no menos importante, el uso y estímulo generalizado y consciente de las divisiones internas preexistentes (otras veces inducidas) dentro de las sociedades bajo dominio colonial, por ejemplo mediante el reclutamiento y la colaboración activa de autóctonos favorecidos por las autoridades metropolitanas, lo cual acabó dando lugar a enfrentamientos armados intracomunitarios que en algunos casos podríamos llegar a identificar como guerras civiles. En todos los casos hablamos de políticas que, antes que en la Europa de las guerras revolucionarias y de las guerras civiles, fueron desplegadas por los ejércitos coloniales en América, Asia, Oceanía y África, donde según algunos autores como Andreas Stucki se fue desarrollando «una suerte de caja de herramientas imperial» —concepto que aparecerá recurrentemente en este libro— fruto de «los procesos de aprendizaje y las transferencias de conocimientos» por diversas vías (2017: 324-326). Estos intercambios de instrumentos represivos y estrategias militares, empleados tanto para el control social de las poblaciones occidentales como en la lucha contrainsurgente, tendrían una continuidad muy clara a lo largo de la segunda mitad del siglo XX con países como Francia y Estados Unidos en un lugar central, tal y como veremos. A diferencia de algunas formas de violencia colonial o de algunos tipos de insurgencia, las guerras civiles son conflictos en los que el uso de la fuerza se suele dirigir primariamente hacia el objetivo de lograr el poder estatal (Kissane, 2016: 26) o a cuestionar un determinado statu quo.
El desafío doméstico al depositario del poder de una entidad soberana, con violencia bilateral a gran escala entre dos o más grupos vecinos dentro de un Estado reconocido y luchando por el control del gobierno o la extensión de su jurisdicción, distinguiría la guerra civil de la guerra entre estados, de las limpiezas de las minorías nacionales y, en buena medida, también de las prácticas de la guerra colonial desempeñadas por la Italia monárquica, la España de la Restauración, la Inglaterra victoriana, la Tercera República francesa o la Alemania guillermina. Sin embargo, tampoco hay que ser tajantes en las distinciones. En tanto que forma bélica propia de la construcción nacional en contextos de soberanía política, podríamos interpretar, evidentemente no sin problemas, como guerras internas (con potencia de fuego y territorialidad evidentes) los conflictos que se desarrollaron, por ejemplo, en los territorios de soberanía nacional de los países europeos, como para el caso español en la Cuba de 1895-1898 o alrededor de la plaza de Melilla en 1909. Como se verá más adelante, los conflictos coloniales y poscoloniales suelen contener conflictos intracomunitarios y disputas abiertas por la soberanía que devienen en formas abiertas o larvadas de guerra civil, como ocurrió en determinados periodos del dominio británico sobre India. Ya en la segunda mitad del siglo XX un caso muy claro es el de la vieja colonia francesa de Indochina, que comprendía los territorios de los actuales estados de Laos, Camboya y Vietnam, donde se dieron cruentísimas guerras civiles, en ciertos periodos bajo el paraguas de guerras coloniales o internacionales. Es más: las primeras grandes guerras civiles de la Europa del siglo XX fueron las que se desarrollaron, precisamente, en el contexto de la descomposición imperial. Y más allá de la dimensión simbólica del poder, ello significaba fragmentación de la soberanía, división, privatización o desaparición de las fuerzas del orden, construcción de nuevas formas de control político basadas en utopías y cosmovisiones —revolución, contrarrevolución— movilizadoras. En buena medida, algunos de los elementos que configuran el humus de las guerras civiles.
Este capítulo se centra en esas guerras civiles abiertas (y también larvadas) de la Europa de Entreguerras, ese ciclo bélico largo. Un ciclo de conflictos complejos y diferenciados, pero un ciclo de guerras asimismo caracterizadas por integrarse, casi todas ellas, en lo que aquí se denominará el sexenio rojo: el mediatizado por la irrupción de la alternativa revolucionaria de 1917. Evidentemente, no todas las guerras de este periodo respondieron a esa dinámica. La guerra civil china de 1927-1949 se sale del tracto cronológico señalado, que tiene validez fundamentalmente para el marco europeo de la posguerra mundial. Sin embargo, el caso chino sí que está muy relacionado con dinámicas y acontecimientos asociados al imperialismo, la Gran Guerra y sus consecuencias, que entre otras cosas dejaron al país muy debilitado frente a la imposición de los intereses económicos japoneses. Así pues, aquí tenemos una buena muestra del creciente grado de globalización experimentado por el mundo desde el último tercio del siglo XIX. De igual manera, las guerras civiles en Paraguay (1922-1923) y Nicaragua (1926-1927) responden a marcos cronológicos e interpretativos diferentes, que se verán más adelante. En todo caso, el ciclo europeo de guerras civiles que arranca con el triunfo soviético y que, de manera directa, impacta también en el mundo asiático no puede comprenderse sin atender a dos factores: el precedente inmediato de guerra total representado por la Primera Guerra Mundial y la utilidad de la guerra interna como marco propicio para el asentamiento del poder y la nacionalización forzosa de las poblaciones. Además, existen elementos geoestratégicos, políticos, económicos y socioculturales a tener en consideración para entender el despliegue de las guerras civiles europeas en este periodo, en tanto que, en todas, en mayor (Rusia, Finlandia) o menor (Irlanda) medida, concurrieron formas armadas contrarrevolucionarias, que se deben poner en relación con los procesos de construcción y a veces reconstrucción estatal en el marco de la posguerra mundial. La complejidad de estos contextos en términos etnonacionales, como se verá sobre todo en el conflicto ruso, hace necesarios algunos matices interpretativos previos. La Europa (y por tal entendemos también el Imperio zarista, al menos en términos sociopolíticos) de Entreguerras y sus conflictos internos han sido analizados en términos de guerra interna entre revolución y contrarrevolución. Sin embargo, en tanto que aspiración omnicomprensiva, ¿hasta qué punto esta dialéctica constituye una interpretación válida para todo el continente en los años que llevaron de Sarajevo a Auschwitz?
REVOLUCIÓN, CONTRARREVOLUCIÓN, IMPERIO
Si algo hemos aprendido de la reciente oleada de estudios aparecidos alrededor de la Primera Guerra Mundial y su centenario es la importancia de volver sobre ella como gran cesura histórica de la contemporaneidad. También en la materia que nos ocupa, la de las guerras civiles. La Gran Guerra fue un conflicto de vulneración generalizada y definitiva de los principios y las normas bélicas decimonónicas, de la idea jurídico-legal de neutralidad, de bombardeos sobre civiles, bloqueos económicos o trabajos forzosos de la población no combatiente. En consecuencia, de dimensiones antes desconocidas en las escalas de la violencia contemporánea (Kramer, 2007). Además, fue una guerra de movilización —y por tanto de nacionalización— total. Y pese a no haber sido explícitamente estudiada como una de sus consecuencias, la influencia tanto de la Gran Guerra como de su finalización en el ciclo ulterior de guerras civiles no puede ser minusvalorado (Gerwarth y Horne eds., 2012; Martin, Haughton y Purseigle eds., 2012; Gerwarth, 2016; Kershaw, 2016). Como tal, supuso un punto de ruptura fundamental para la configuración de las identidades étnico-nacionales y un marco, el de la guerra total, propicio y nuevo para su resolución (Roshwald, 2001; Núñez Seixas, 2001). Y dio inicio, así, con el prólogo de las guerras balcánicas de 1912 y 1913, al ciclo largo de guerras convencionales y no convencionales, continentales y civiles, en el que se hundió Europa hasta 1949.
De uno u otro modo, la ruptura moral y tecnológica que representó la Gran Guerra a nivel político-militar ha condicionado todos los conflictos internos e internacionales que han tenido lugar hasta nuestros días, y lo seguirá haciendo en las próximas décadas casi con toda seguridad. Fue el contexto en el que la violencia —guerra, ocupación, persecución de civiles, desplazamiento de minorías, internamiento en campos de concentración— se convirtió en un eje gravitacional de la contemporaneidad europea: en un factor de construcción nacional, identificación de la comunidad y purificación social, además de un mecanismo para la actuación sobre el problema de las minorías. Sobre todo, en el arco geográfico que formaban los imperios derrotados de los Romanov, los Habsburgo, los Hohenzollern y el Sultanato otomano, con el epítome de la revolución bolchevique y sus desarrollos ulteriores como elemento transformador del equilibrio político. Es destacable, sin embargo, cómo procesos de tal magnitud como la revolución y la guerra interna en Rusia o la guerra civil en Finlandia suelen descontextualizarse del entorno bélico. De igual manera que la Gran Guerra palidece en las interpretaciones explicativas sobre el ciclo de guerras civiles del sexenio rojo, es más que posible que la revolución haya recibido mayoritariamente mucha más atención que la guerra a la hora de evaluar la dimensión natalicia de todo el proceso iniciado en 1914 (Figes, 1996).
Por tanto, cabe observar en su conjunto el ciclo bélico de las guerras civiles europeas, desde el análisis de sus continuidades y discontinuidades. Pero desde el convencimiento de que resulta probablemente una simplificación atribuir una adscripción única (el sintagma «guerra civil») a conflictos tan diferentes y complejos, que nunca fueron exclusivamente internos, y que a muy grandes rasgos respondieron al menos a tres tipologías diferentes de guerras. Por lo general, se las ha identificado como guerras revolucionarias-contrarrevolucionarias, como la rusa o la finlandesa, guerras internas entre fascismo y antifascismo, como en España o en Italia, o combates entre secciones partisanas y/o frente a la ocupación y el colaboracionismo, como en Francia, Yugoslavia y Grecia. Como sabemos y se observará, todas ellas incluyeron elementos que cuestionan fuertemente los análisis de tipo bipolar. Una mirada complejizante del ciclo bélico de larga duración que arranca en 1912-1917, prevé la existencia de conflictos a la vez internacionales, nacionales e intracomunitarios que arrancarían en la guerra rusa (o mejor, en las guerras civiles rusas de 1916-1926, según Smele, 2016) y abarcarían casos más conocidos y consensuados por la historiografía, como las guerras de Finlandia, España, Yugoslavia y Grecia hasta 1949, otros casos sujetos a fuertes debates sobre su tipología, como los de Irlanda, Italia o el Reino de Yugoslavia, y a los que podrían sumarse (según la definición de guerra civil adoptada) casos como el belga, el polaco o el francés en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la identificación de un ciclo histórico donde una suerte de fenómeno abstracto, la guerra civil, va expandiéndose o tocando el suelo de diferentes países europeos en función de la recurrencia o no de algunas características favorecedoras o desencadenantes puede comportar una simplificación de la compleja realidad que hay tras los fenómenos abordados.
Lo primero que debe hacerse en historiografía es separar la contingencia de las explicaciones estructurales, de las largas duraciones que suelen esconder determinismos ex post. Por tanto, ¿cuáles serían esos condicionantes que harían que unos países se hundan sin remedio en la lucha cainita y otros pasen la larga crisis (treinta años) continental sin que sus conciudadanos se lancen a matarse entre sí? Una de las claves de lectura menos provechosas está en el análisis de la supuesta proclividad nacional hacia la violencia. De hecho, el análisis de las continuidades y recurrencias geográficas y nacionales contribuye a alimentar no pocos prejuicios. Según esta visión, en España, en Rusia o en los Balcanes la guerra civil sería el reflejo de irracionalidades atávicas de poblaciones, de caracteres colectivos proclives a la violencia, de sociedades caracterizadas como retrasadas, incivilizadas o (democráticamente) imperfectas, o impregnadas de una ancestral cultura de la violencia. Al hablar de la guerra civil rusa, Payne despliega una batería de prejuicios que le hacen hablar del «extraño mundo de la Unión Soviética», de su «tendencia» a «librar una especie de guerra contra sus propios ciudadanos», de la también «habitual tendencia rusa al sadomasoquismo», o calificar al «campesinado [de] políticamente ignorante e ingenuo» (2011: 24, 46 y 81). Los historiadores no están vacunados frente a los convencionalismos por el hecho de serlo. En uno de los escasos análisis comparativos existentes sobre las guerras civiles europeas, en este caso entre la de España y la de Grecia (con un tercer elemento de comparación, el Reino de Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial), Philip Minehan (2006) sostiene que las tres guerras fueron (y eso es lo que las define) una suerte de manifestación de una larga guerra entre capitalismo, comunismo y fascismo, si es que este último puede separarse del primero en su desarrollo histórico. Incapaces los tres países por su atraso socioeconómico y político de llegar a un cambio revolucionario en el poder, habrían sido potencias externas (Alemania, Italia, la URSS, aunque también Estados Unidos y Gran Bretaña) las que realmente habrían radicalizado las diferentes situaciones políticas internas, llevándolas a los extremos de la confrontación armada. En los tres casos, además, el factor desencadenante de la radicalización serían los partidos comunistas y sus milicias, de tal manera que en un solo trabajo Minehan aúna el prejuicio nacional y el político. La historiografía, evidentemente, no vive ajena a las nociones presentistas y a los contextos políticos en los que se desarrolla.
A demostrarlo acude uno de los modelos explicativos más exitosos en la historiografía actual, que es precisamente el de la confrontación entre revolución y contrarrevolución, a partir del ejemplo triunfante de la Rusia de 1917. Un modelo analítico que, sin embargo, no siempre se corresponde con la complejidad de la contingencia histórica. Es obvio que ambos fenómenos, revolución y contrarrevolución, aparecen recurrentemente en las guerras civiles europeas de la primera posguerra mundial, de igual modo que, como es bien sabido, el fenómeno contrarrevolucionario debe su origen a los movimientos políticos transnacionales de oposición al liberalismo durante el ochocientos (Yannielli, 2012): en esto, la tan traída y llevada cronología hobswaniana del corto siglo XX entre 1917 y 1989 pierde buena parte de su capacidad explicativa. Sin embargo, la relevancia de la contrarrevolución y la guerra civil en la construcción narrativa del siglo XX europeo es considerablemente menor que en el caso del fenómeno revolucionario. No se habla, por ejemplo, del siglo de las guerras civiles, y sí en cambio del «siglo de la Revolución» (Fontana, 2017) y, en consecuencia, aunque con un peso menor y una valoración las más de las veces reactiva, del fenómeno de la contrarrevolución, como si este no tuviera un proyecto propio y autónomo. En no pocas narraciones, de hecho, las guerras civiles son solamente el resultado visible del proyecto reactivo, de la contrarrevolución. En otras, son el resultado lógico, y diríase ineludible, de las revoluciones políticas. Y en buena medida, tanto una cuestión como la otra contribuyen a desdibujar la centralidad de la guerra civil como fenómeno catalizador de las transformaciones sociopolíticas, económicas y culturales del novecientos, así como a su inferior jerarquía histórica respecto de las revoluciones (Mayer, 1971).
Un ejemplo claro: en un intento de interpretación omnicomprensiva, de nuevo Stanley G. Payne analiza la incidencia de las guerras civiles en Europa como un proceso multifactorial pero, en buena medida, reducible a un conflicto hemisecular entre revolución y contrarrevolución. Para Payne, la clave de lectura de las guerras civiles es casi en exclusiva su vinculación con la revolución, nacida por contagio —que no aprendizaje o adaptación— de un modelo transnacional. Así pues, la pulsión revolucionaria sería la desencadenante del continuum de guerras civiles y devastación que arrasó Europa en el siglo XX, un relato que no es nuevo y que se retrotrae a los trabajos de Ernst Nolte (2001). En el análisis de Payne, plagado de convencionalismos y metáforas, los contrarrevolucionarios del siglo XX parecen no tener más proyecto que el de atajar la revolución, las guerras internas son reactivas y tienen siempre el componente revolucionario como desencadenante. Creemos, sin embargo, que hay que afinar más los términos. Interpretar como contrarrevolucionarias todas las formas de violencia «blancas» en Rusia y Finlandia o sublevadas en España, o categorizar como revolucionarias todas las violencias ejercidas por sindicatos, partidos políticos o ejércitos de estados gobernados por alternativas de izquierdas supone, en ambos casos, una reducción al trazo grueso que explica menos de lo que oculta. Señalar la dinámica revolución/contrarrevolución como el elemento capital de los enfrentamientos, armados o no, sobre soberanías territoriales o no en Europa puede encubrir dinámicas políticas, simbólicas y de poder locales y regionales de gran importancia, y aquí nos puede servir como referente analítico el complejo caso chino con sus señores de la guerra.
Como recuerdan Conway y Gerwarth (2011: 140), y no podemos estar más de acuerdo, la identificación mecánica de los proyectos y utopías de naturaleza ideológica como causas de las guerras y las violencias colectivas es siempre problemática. Sin embargo, eso no quiere decir que las dinámicas políticas tanto de apoyo como de oposición al fenómeno revolucionario no se encuentren presentes en las guerras civiles. Desde luego son elementos importantes, sobre todo en la medida que las dinámicas de la revolución y la contrarrevolución pueden ser las que expliquen el arranque de las guerras civiles europeas. Junto con otras dimensiones económicas, sociales, políticas, étnicas, lingüísticas o identitarias presentes en todas las guerras civiles europeas posteriores a 1917, la de la represión de la revolución y de los revolucionarios fue una de las energías capitales para entender el nacimiento multidireccional de fenómenos y movimientos contrarrevolucionarios caracterizados por un uso generalizado de la violencia. Pero eso no significa por fuerza que sean las mismas y ni mucho menos las únicas dinámicas que explican ni sus despliegues, ni la recurrente violencia que las define. De hecho, ni la revolución ni la contrarrevolución fueron históricamente simples discursos teóricos suspendidos en el tiempo y en el espacio. No fueron solamente ideología ni meros constructos teóricos, sino que conformaron identidades, experiencias y formas de organización colectiva (Gallego, 2014) con una gran capacidad de evolucionar y adaptarse a diferentes circunstancias y necesidades a lo largo de toda la contemporaneidad (Yannielli, 2012). Tuvieron los mismos anclajes que algunas de las razones que explican las dinámicas de violencia extrema en Europa, como las variables de conflicto material socioeconómico, tensión etnonacional, pugna por el control del poder en contextos de fragmentación o reubicación administrativa y de soberanías.
No fueron, pues, mera ideología, sino cosmovisiones compartidas que trajeron aparejadas formas de organización y de acción colectiva que ni en el caso de la contrarrevolución eran mera reacción, ni en el de la revolución solo derrumbe violento del orden establecido. En ese sentido, es posible que los términos al uso, y sobre todo el de contrarrevolución, infravaloren el hecho de que, al decir del filósofo Joseph de Maistre, esta es, más que una reacción o una revolución a la inversa, lo contrario de una revolución. Como recuerda Arno Mayer (2014: 22), la contrarrevolución es «la otra mitad de la revolución», algo «real y tangible», que no es mero discurso y que incluso puede entrar en tensión con fenómenos antirrevolucionarios, como las resistencias campesinas (claves, por ejemplo, en la guerra civil rusa). Un fenómeno dialéctico, la antítesis de la revolución, un macroproyecto político no de regreso al período prerrevolucionario, sino de actualización del pasado para la transformación del presente por oposición a la nueva realidad revolucionaria (Trullén, 2016: 38 y ss). Y no simple dialéctica: ambas, revolución y contrarrevolución, nutrieron comportamientos y culturas políticas concretas y determinadas, adaptadas a los diferentes contextos sociales y políticos. Como señala Ferran Gallego sobre un fascismo, el español, que acabaría por adquirir el «carácter representativo del conjunto de la contrarrevolución», se trataría de un fenómeno que frente a un «Estado liberal sin principios morales trascendentes, fruto directo de la Revolución» había levantado la «restauración de principios permanentes» (Gallego 2014: 384-385) frente a la utopía revolucionaria. Un levantamiento que tomaría cuerpo y praxis en la propia vía española al fascismo, en su propio proceso constituyente: la guerra civil.
A pesar de su déficit de teorización —posiblemente relacionado con la desatención relativa que el fenómeno ha recibido en comparación con las revoluciones— y de su menor atractivo metodológico al ser considerada como un fenómeno reactivo, clasista, contrario al avance y al progreso de los colectivos desfavorecidos, el de la oposición armada a la revolución y la defensa de valores y sistemas políticos alternativos constituye un elemento de continuidad en diferentes países y experiencias históricas. De igual manera que no es lo mismo hablar de Rusia, de España o de Grecia, de Lenin (1870-1924), Juan Negrín (1892-1956) o Markos Vafiadis (1906-1992), existen muchas características que diferencian a los ejércitos y las sociedades que dieron respaldo a los Mannerheim (1867-1951) en Finlandia, Kolchak (1874-1920) y Wrangel (1878-1928) en Rusia, Chiang Kai-shek (1887-1975) en China o Franco (1892-1975) en España (Seidman, 2012). Como muy diferentes entre sí eran sus respectivos proyectos de sociedad, sus ideas y mecanismos de aplicación de las mismas, sus perspectivas sobre la eficacia militar en la guerra, sobre la política, la religión, la cultura, lo aceptable o lo inaceptable. Sin embargo, entre ellos existía también el vínculo común de rodearse de una retórica, una legitimidad y, en no pocos casos, una cosmovisión de la sociedad y el mundo radicalmente contraria al fenómeno revolucionario. Y en buena medida, esa acabaría siendo una energía que, en comparación y con perspectiva histórica, contribuirá a explicar el marco ideológico o la cultura política de quienes dieron inicio a las guerras civiles del ciclo de la contrarrevolución, y sobre todo (y no es para nada casual) a las guerras civiles convencionales del siglo XX.
Así pues, al igual que hay que tratar de acercarse a las visiones, anhelos, deseos, temores y utopías de los sujetos históricos, hay que tomarse en serio tanto la revolución como la contrarrevolución. Sobre todo, entendidos como fenómenos transnacionales de respuesta a contextos determinados y, en lo concreto, sujetos muchas veces a flujos y transferencias culturales y humanas, caso por ejemplo de los exilios, con la diáspora de los rusos blancos en un lugar preferente por la huella física y mental que dejaron en muchos lugares de Europa. Y sobre todo, si se amplía la mirada más allá de 1922. Hasta el final de la guerra rusa, la influencia gravitacional de ambos conceptos, revolución y contrarrevolución, hace difícil la propuesta de alternativas interpretativas, pese a que ahí radique precisamente el interés del trabajo de Jonathan Smele, que ha reinventado el estudio de las guerras civiles de Rusia. Con todo, la de 1918-1922 contuvo guerras que no resolvieron, y a veces ni siquiera perfilaron, un macroconflicto a gran escala entre revolución y contrarrevolución. Pese a su brevedad, la guerra en Finlandia contuvo matices más que destacados en esa misma dinámica. Y más allá de 1922, la complejidad y el carácter multifactorial de los conflictos internos armados o latentes cuestionan abiertamente su reducción a dinámicas bipolares. El español es en esto un ejemplo importante. En España, durante la guerra civil de 1936-1939 se llegó a construir un poder de naturaleza revolucionaria, que desafió los derechos de la propiedad agrícola e industrial y desarrolló una radical y las más de las veces feroz recusación del orden cultural y religioso existente. Sin embargo, la contrarrevolución (antirrepublicana y antidemocrática) en España, y su forma más desarrollada, la fascista, no nacieron por reacción a la violencia revolucionaria, ni de hecho a la revolución en sí, sino que se valió más bien de ellas para su legitimación. Del mismo modo, la guerra civil italiana de 1943-1945, pese a tener como uno de sus contendientes al fenómeno contrarrevolucionario europeo más exitoso de Entreguerras, el fascismo, no fue una guerra entre revolución y contrarrevolución, primando más la soberanía territorial que el proyecto político en las razones para combatir.
En todo caso, el poder de atracción explicativo del binomio revolución-contrarrevolución es innegable, hasta el punto que se ha planteado si todo el arco cronológico europeo de 1914-1945 no sería en el fondo una gigantesca guerra civil continental entre los representantes de ambos macroproyectos, y que eso explicaría el crescendo de violencia que caracterizó la Europa de Entreguerras (Traverso, 2007). La interpretación de ese ciclo bélico como una guerra civil europea no está exenta de interés, como bien detectara el gran historiador de la guerra interna italiana, Claudio Pavone (1994), al preguntarse si como tal cabía interpretar la Segunda Guerra Mundial. Como se ha señalado, más allá de su carga metafórica hablar de guerra civil implica siempre definir una escala de soberanía o incluso de identificación de una «comunidad originaria» (Godicheau, 2012: 87). Por supuesto, no se puede dejar de lado el carácter evocador de esas palabras, reflejado en ideas como las del pintor alemán Franz Marc (1880-1916) cuando llamaba «guerra civil» a la Gran Guerra, o por el historiador italiano Gaetano Salvemini (1873-1957) cuando se refería en 1914, adelantándose al nacimiento del fascismo en su país y a la condición de antifascista que le llevaría a la cárcel y el exilio, al principio de una nueva era: la de la «guerra civil global» entre clases y pueblos en la que nadie podría ser ya neutral. En realidad, en esos mismos años los teóricos sociales, los filósofos y casi cualquier pensador vinculó de una manera u otra sus desarrollos cognitivos y metacognitivos a la fuerza de una realidad crecientemente violenta, generadora de conflictos de escalas desconocidas como la Gran Guerra y de procesos de radicalización sociopolítica nacional como los fascismos. Para observadores parciales de la Europa de su tiempo como Carl Schmitt (1888-1985), se abría un campo político único donde eran «inseparables la guerra, la guerra civil y la revolución» (Mayer, 2014: 105).
La idea misma de la existencia de una era de la guerra civil en Europa entre 1917 y 1949, o incluso de una «guerra civil europea», no debe conducir sin embargo a una interpretación subyacente que simplifique el análisis histórico y reduzca los sujetos a meros actores sin capacidad de decisión, sometidos al dictado de grandes fuerzas incontrolables como las de la revolución o la contrarrevolución, atados por los atavismos propios de sus culturas y sus (sub)desarrollos económicos, e incapaces de matizar, variar, discernir o actuar en base a criterios diferentes. Hablar de una guerra civil europea entre 1914 y 1945 a la manera de Traverso, o entre 1917 y 1945 a la de Nolte (quien sin embargo sitúa en el fascismo el eje del guerracivilismo continental de un modo increíblemente vago: «precisamente por eso fue la era de la guerra civil europea», 2001: 38) supone así una triple interpretación subyacente. Por un lado, la del continuum bélico y violento que incluye bajo un mismo paraguas procesos que no fueron en sí mismos guerras civiles. Por otro, la de la existencia de la guerra intestina en el continente, donde se enfrentarían sujetos definidos en términos binarios (revolución vs. contrarrevolución, fascismo vs. antifascismo). Y por fin, la de la existencia de un sujeto soberano o comunidad imaginada europea. Es decir: supone abiertamente el reconocimiento de la existencia de una soberanía e identidad europeas previas a 1914, cosa abiertamente discutible más allá de ciertos círculos intelectuales burgueses muy minoritarios. De hecho, es posible que tales definiciones, macroexplicaciones y prejuicios no ayuden a identificar las dinámicas internas, locales y comunitarias que nutren las lógicas propias de las guerras civiles y de sus violencias.
Detrás de los elementos explicativos de las guerras civiles europeas se hallan elementos de geopolítica internacional, como en Finlandia o en la Rusia ocupada de forma parcial por los Aliados en 1918. Se encuentran razones derivadas de la fragmentación de la soberanía en el contexto de desplome de la entidad política preexistente, el Imperio zarista. Es decir, en una medida significativa, como se verá desde luego en el caso de Finlandia, entre las causas de las guerras civiles estaba el colapso de los estados imperiales, con todo lo que eso significó: retracción administrativa, retirada de las fuerzas del orden, fragmentación de la soberanía o privatización de la violencia. A diferencia de lo planteado por Payne, no resulta tan evidente que la de revolución/contrarrevolución sea la dinámica última de unos conflictos internos muy diferentes entre sí, en el que Gerwarth llama el «arco de violencia» que se extendía desde Finlandia y el Báltico hasta Anatolia y el Cáucaso, pasando por Rusia, Polonia, Ucrania, Austria, Hungría, Bulgaria, Alemania y los Balcanes. Hablamos en todos los casos de conflictos donde se superpusieron dinámicas internas e internacionales, que tuvieron su disparadero en los procesos iniciados con la Gran Guerra e incluso antes, con las guerras balcánicas de 1912, y que se alargaron como mínimo hasta bien entrada la década de los veinte. En todos estos territorios, el impacto de la geopolítica propia de la guerra continental devino en el crecimiento de movimientos etnonacionalistas cuyo despliegue incidió en el desarrollo de las guerras civiles europeas, contexto, como se está insistiendo, para la nacionalización —a veces forzosa— de la población. Dos de los sujetos de guerras civiles abiertas en el periodo de Entreguerras, los nacionalismos ucraniano y republicano irlandés, fueron apoyados explícitamente por Alemania durante la Gran Guerra para tratar de debilitar a sus enemigos. En todo caso, el primer lugar donde el huracán de la guerra contrarrevolucionaria tocó suelo fue en la periferia del Imperio ruso. En un contexto, pues, de colapso y disolución imperial.
LA GUERRA BREVE: FINLANDIA, 1917-1918
El gran ejemplo de guerra interna en el contexto del fin del zarismo, el nacimiento de la alternativa revolucionaria y de las resistencias a esta, fue el de Finlandia. Es cierto que la literatura existente tanto sobre la guerra civil de Finlandia, como especialmente sobre la guerra civil rusa, ya sea desde la historiografía o desde la narrativa, es inabarcable. Semejante caudal narrativo no es casual. Posiblemente, la guerra que estalló en Finlandia en enero de 1918 representa el mayor ejemplo de confrontación interna en el contexto de desintegración imperial propio del final de la Gran Guerra, así como la primera guerra civil de naturaleza contrarrevolucionaria (Haapala y Tikka, 2012: 72). De hecho, la guerra finlandesa no se concibe sin su conexión tanto con la Revolución bolchevique como con la guerra civil rusa. Sin embargo, y pese al relato antibolchevique popularizado por los vencedores, también fue una guerra combatida entre miembros de una comunidad nacional y política preexistente (Tepora y Roselius eds., 2014). Territorio bajo el control zarista en forma de Gran Ducado, la desintegración del poder ruso en febrero y marzo de 1917 daría paso a un periodo de polarización política en el marco de una autonomía parlamentaria real, con basculaciones gubernamentales entre socialdemócratas —cuyo poder se vino abajo cuando el Parlamento fue disuelto a instancias de Rusia, ante la declaración de no reconocimiento del poder del gobierno provisional en el territorio finés (Alapuro, 1988)— y conservadores. Y, aspecto muy importante, a una práctica desaparición de las fuerzas del orden, lo que llevó a su paulatina fragmentación y privatización en forma de las conocidas Guardias Rojas y Guardias Blancas (Haapala, 2014).
Sin embargo, no es correcto trasladar sin matices la lógica de la revolución y la contrarrevolución que nació del ciclo de 1917-1918 ruso al contexto finlandés. Las fuerzas del Partido Socialdemócrata de Finlandia (SDP) rápidamente se pusieron a la cabeza de la revolución, pero ni su discurso era el bolchevique ni, como reconocían abiertamente, estaban en caso alguno bajo las órdenes de Lenin. Finlandia era la base de unos 100 000 soldados rusos, aspecto que los bolcheviques opuestos al gobierno provisional en Moscú veían, Lenin el primero, como un fuerte agente para la ulterior victoria socialista. A pesar de ello, la fuerza rusa en Finlandia acabó siendo marginal en la guerra, entre un 5 y un 10 % de unas fuerzas rojas que tampoco eran mayoritariamente bolcheviques (Gerwarth, 2017: 127). Con todo, la historiografía tiende a estar de acuerdo en que en la Finlandia de 1917-1918 existieron fenómenos que, superpuestos, contribuyeron a cebar la bomba que estallaría en enero. Tras la victoria bolchevique de octubre de 1917 en Rusia, y animado tanto por su ejemplo como por el modelo del movimiento obrero alemán, en noviembre de ese año se constituyó en Helsinki el Consejo Revolucionario Central de Trabajadores, que recogió el impulso del SDP, vencedor en las elecciones de un año antes, y de las Guardias Rojas. La huelga general, de recorrido limitado, pretendía servir como antesala para la toma del poder revolucionario. Sin embargo, sirvió fundamentalmente para polarizar las tensiones políticas internas. Más importante, en términos históricos, resultó la declaración de independencia desde el Parlamento del país y el gobierno de Pehr Evind Svinhufvud (1861-1944), que fue reconocida por Lenin y el poder bolchevique en diciembre de 1917, en el momento de asentamiento del poder conservador, aunque esa independencia también acabase formando parte de los draconianos puntos de la paz de Brest-Litovsk de marzo de 1918. Así pues, el juego de injerencias y ayudas contribuiría a radicalizar a los actores políticos internos en un contexto de gran volatilidad institucional. Fue en ese contexto cuando el 27 de enero la Guardia Roja, bajo la influencia del modelo del Octubre soviético, dio un golpe revolucionario que derrocó al gobierno de Helsinki, asumiendo de inmediato el control del poder los socialdemócratas del SDP. Sin embargo, su modelo no era tanto el de la Rusia soviética cuanto el de un Estado-nación democrático, concretamente el modelo constitucional suizo (Haapala y Tikka, 2012: 76).
Bajo estas premisas y, no se olvide, con injerencias en la creación y fortalecimiento de la policía y las fuerzas armadas, daría inicio en enero de 1918 la guerra civil. De hecho, más que en los primeros combates (puntuales y limitados), la historiografía sitúa el peso del inicio del conflicto en la escalada y movilización de ambas guardias, devenidas rápidamente en ejércitos improvisados, uno defendiendo una legitimidad política (la revolucionaria) y el otro la continuidad institucional independiente, representada por el Senado. En última instancia, se asistía a una ruptura armada y una fragmentación simbólica de la soberanía, en forma de toma del poder en las zonas urbanas del sur del país —territorio autoproclamado como República Socialista de los Trabajadores de Finlandia, bajo el gobierno del Consejo de Representantes del Pueblo—, al subsiguiente rearme contrarrevolucionario y, en suma, a una división territorial y confrontación armada interna, con apoyos internacionales en ambos bandos. Además, quedaba por resolver la cuestión del asentamiento de la independencia, a expensas de un posible triunfo revolucionario que volviese a acercar al país a la órbita de Moscú. Con un elemento diferencial respecto a otras guerras internas o internacionales: que no existiendo un ejército previo ni un servicio militar obligatorio en el contexto de la Finlandia zarista, no sería la división de las fuerzas del orden, sino más bien su inexistencia e improvisación en el momento de la retirada imperial lo que explicaría las formas de acceso a las armas, algo central para la existencia de una guerra civil. Por lo demás, eso llevaría a un segundo elemento diferencial: que los combatientes de la guerra de 1918 eran en su gran mayoría inexpertos, lo cual signaría, precisamente, la naturaleza y desarrollo del conflicto mismo.
Pese a su brevedad, la finlandesa aporta elementos interesantes para la historia comparada de las guerras civiles. Como recuerda Marko Tikka (2014: 117), el nudo gordiano del enfrentamiento armado finlandés estuvo en construir dos ejércitos de la nada, y en limpiar social y políticamente el país, con un uso «estratégico» del terror como forma de suplir las carencias en el control territorial. Los revolucionarios, al igual que sus homólogos rusos o que los republicanos en la España de 1936, disfrutaron de muchas ventajas estratégicas en el comienzo de la guerra civil. En febrero y marzo de 1918, con el control del sur, de las ciudades importantes y de Helsinki, se hicieron con el dominio de las áreas económicamente más avanzadas y demográficamente más importantes, así como con los ferrocarriles y las vías de comunicación, un aspecto determinante, como en Rusia, que delata también el carácter cambiante de los combates y el modo de hacer la guerra en la primera mitad del siglo XX. Obtuvieron una gran cantidad de armamento y pertrechos militares del gobierno bolchevique en Petrogrado, así como de las tropas rusas acantonadas en el país (cuya incidencia, en cambio, sería mínima en perspectiva), lo que subraya la importancia del suministro de armas para improvisar desde la nada un ejército que llegó a contar con unos 140 000 voluntarios, y en última instancia una guerra. A nivel político plantearon una alternativa legislativa en forma constitucional —si bien restrictiva en el ejercicio de la representatividad (Upton, 1980)—, donde el alcance de su alternativa revolucionaria aparece limitado considerado desde el presente, pese a la existencia de asesinatos y de una depuración política, menor en todo caso en guarismos a la violencia contrarrevolucionaria.