Comunidades rotas

Javier Rodrigo · Capítulo 3 de 24

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Comunidades rotas

Introducción

 

Sustituían a los iconos unas pancartas con las fotos y los nombres de los muertos. Las personas que

portaban las pancartas y las velas eran los huérfanos, los viudos y las viudas, los padres que habían

perdido un hijo, algo para lo cual, al igual que en francés, no existe una palabra en ruso.

 

EMMANUEL CARRÈRE, Limónov (2013),

sobre los familiares de las víctimas del teatro Dubrovka,

en Moscú, octubre de 2002.

 

Hay pocas experiencias peores que la de enterrar a una hija o a un hijo, tal vez ninguna la supere. Tan terrible y excepcional resulta, tan fuertemente rompedora de la existencia, tan antinatural y ajena a los ritmos y costumbres de la comunidad, de la vida, de la cultura y de los afectos, que en muchas lenguas no existe una palabra para definir a quien la vive y sufre, tal y como nos recuerda Carrère. Una guerra es siempre una gigantesca máquina de generar orfandades, viudeces, y esa forma de pérdida que no tiene nombre que supone la muerte de la descendencia. Una guerra civil, además, es una forma particularmente cruel de perder a los seres queridos. Que quien dispara la bala que fusila, el mortero que despedaza o la bomba que desmiembra hable el mismo idioma que la víctima, sea un vecino de la misma comunidad o un conciudadano del mismo país puede no ser importante a efectos de la muerte, pero desde luego sí que lo es para entender su porqué, sus causas, su duración en la memoria, su impacto en la cultura.

Francis Lieber (1800-1872) se encuentra entre los millones de personas que se convirtieron de un día para otro en los padres de un fantasma muerto en una guerra civil. Antiguo combatiente prusiano de los conflictos napoleónicos de 1815 y voluntario en la guerra de independencia griega de 1821, jurista y editor de Encyclopedia Americana en los años treinta del siglo XIX, Lieber participó en el frente jurídico e intelectual de la guerra civil americana de 1861-1865 al lado de los estados de la Unión. Uno de sus hijos, Oscar M. Lieber (1830-1862), murió en el lado confederado, enfrentado a las tropas apoyadas por su progenitor. Padre e hijo, en diferentes lados de la trinchera, representaban las dos Américas que combatían entre sí por el territorio, la legitimidad y la soberanía. Francis Lieber sería el redactor del célebre Código que llevaría su nombre, precursor de las leyes contemporáneas para el desempeño de la guerra en materias como el tratamiento de prisioneros o desertores. Asimismo, sería quien tratase de codificar por primera vez qué significa el estado de guerra, la soberanía en conflicto, la rebelión, la insurrección y, por supuesto, la guerra civil. Cosa harto complicada, huelga decirlo, pues la guerra, como fenómeno sucio, complejo y violento, se escapa de cualquier normativización limpia, simplificadora y limitadora de la violencia.

Es difícil no relacionar el empeño del filósofo y jurista por humanizar la guerra con el desgarro personal y humano que vivía. Generalmente, los intentos de racionalizar, suavizar o limitar el alcance de los conflictos armados han compartido dos elementos capitales: su futilidad, por un lado, y su naturaleza reactiva, por otro. Cuanto más cruel, despiadada, violenta y devastadora es la guerra, mayores son los intentos por someterla a un imperio de la ley que es propio de la paz, pero que en rara ocasión alcanza ese terreno hostil, radical y peligroso del escenario bélico (Baldissara, 2018). El Código Lieber nació precisamente de ese contexto de forja de la nación que fue la guerra de Secesión. Y también del desgarro de la contienda y de la violencia, pero no menos de la fractura íntima de un hombre despojado dos veces de su propio hijo: por las líneas del frente y por la muerte.

Desde fuentes secundarias y a partir de una mirada comparativa y transnacional, este libro plantea una revisión global de la historia de las guerras civiles del siglo XX y lo que va del XXI. Es una historia del concepto, de la idea, pero eso solo es el obligado punto de partida, porque antes que una representación o una serie de imágenes codificadas la guerra civil es una realidad, cruda, desgarradora y sangrienta como pocas, y un proceso, tan complejo y mutable como apegado al terreno en el que tiene lugar. La obra que tienen en sus manos es por encima de todo una historia de las guerras civiles como tales, de su recurrencia y de su despliegue a lo largo de los últimos cien años. Pero no solo. Gracias al estudio de las guerras civiles este es también un trabajo sobre el ciclo revolucionario abierto por el triunfo bolchevique en la guerra civil rusa, así como la ventana de oportunidad para el surgimiento de proyectos socialistas de base popular; el auge y la caída de los fascismos en Europa; la larguísima Guerra Fría, en su dimensión más abrasadora y oscura, lo cual, de paso, nos demuestra cuánto hay de eurocentrismo y de narrativa del poder en el hecho de considerarla fría; la traumática disolución de la Unión Soviética, tan o más disruptiva que su aparición, marcada también por la violencia y los conflictos armados; o, finalmente, la inquietante persistencia y enquistamiento de los conflictos internos en una posguerra fría que, precisamente por eso, se ha caracterizado por el desequilibrio como forma de orden, parafraseando a Francisco Veiga. Al fin y al cabo, y esa es una de las tesis de este libro, la guerra civil ha sido un factor central en la configuración de las sociedades y el mundo en que vivimos. De ahí que en buena medida esta sea una historia de la contemporaneidad, donde confluyen múltiples niveles de la realidad: el individual y el colectivo; el personal y el institucional; el local, el nacional y el internacional; el político, el social y el cultural. Una de las muchas ventajas del estudio de las guerras civiles es la posibilidad que nos brinda de indagar y conocer más de cerca la naturaleza humana, las claves de la vida en comunidad, el papel del individuo y su capacidad de incidencia en la realidad.

Sin renunciar a ver qué hay de particular y común en los diferentes conflictos abordados, la nuestra es una propuesta interpretativa abierta y viva, es decir, una que evita a toda costa fosilizar nuestra visión del fenómeno y que ansía estimular debates y nuevas vías de investigación. Hemos optado por un relato cronológico en el tratamiento de los diferentes conflictos que aparecen en estas páginas, partiendo de la convicción de que tal enfoque favorece la comprensión del pasado. Sin embargo, la obra plantea de forma constante conexiones hacia delante y hacia atrás, siempre con el deseo de observar realidades y problemas recurrentes, de ligar y descentralizar las guerras objetos de estudio, pero también para ver particularidades y continuidades, aportar herramientas para el estudio y comprensión de la realidad y, en definitiva, crear un mapa conceptual y temático lo más omnicomprensivo posible. Nuestro enfoque no parte de apriorismos, sino que trata de librarse de ellos por principio y analizar cada conflicto en relación a su entorno temporal y geográfico, así como en su propio desarrollo y realidad interna, con sus particularidades. Gracias a ello es posible ver qué relación tiene cada uno con otras guerras civiles de similar naturaleza, ya sean anteriores, contemporáneas o posteriores, y tengan lugar en espacios contiguos o no, y aquí suele tener un papel clave la dimensión transnacional inherente a ellas. Se trata de un elemento con una presencia constante a lo largo de toda la obra, que rastreamos partiendo del análisis de las trayectorias personales, muy marcadas por la gran movilidad de individuos concretos y colectivos, así como de las transferencias teórico-prácticas o la acumulación de experiencias propiciadas por estos.

Situar un amplio conjunto de guerras civiles dentro de una narrativa compartida y de largo alcance permite, por un lado, la refutación de los discursos esencialistas e interesados de los nacionalismos en cualquier latitud, según los cuales los conflictos internos se explican sobre todo —si no en exclusiva— por las especificidades intrínsecas de la sociedad afectada. Por otro lado, y muy relacionado con ello, la impugnación de las visiones de los espectadores externos, periodistas, líderes políticos, diplomáticos y opinión pública en general, que suelen observar y explicar los enfrentamientos armados como manifestaciones de la barbarie, la sed de venganza ancestral y el atraso de aquellos que los sufren.

Tal y como dejamos claro desde las primeras páginas, la guerra civil es un fenómeno que no se puede reducir a un análisis simple o a explicaciones unicausales. La guerra no es algo abstracto, sino que es la manifestación de la más amarga y pura realidad. Lo vamos a ver de forma constante: para su estallido, los enfrentamientos armados dependen de decisiones puntuales y muy concretas, tanto individuales como institucionales. No existe lugar en nuestro análisis para la inevitabilidad, pues ello supone exculpar a los responsables de las guerras que han devastado el globo en los últimos cien años. Eso no significa que los factores estructurales no nos ayuden a entender el escenario en que tienen lugar los conflictos y en muchos aspectos su propia naturaleza. Pero en su evolución y conclusión seguirán dependiendo del juicio y margen de maniobra de individuos y grupos concretos —internos o externos — a ras de suelo, y esto es tanto más cierto para enfrentamientos como los fratricidas, que desde principios de los años cincuenta se han tornado cada vez más irregulares y fragmentarios. La historia de la guerra tiene que ser ante todo social. Por el hecho de ser totales, una consecuencia de ese carácter industrial y radicalmente moderno que afectaría a todos los ámbitos de la vida humana, las guerras civiles de este periodo han sido fenómenos sociales de masas, con una multiplicidad de escenarios y actores apabullante, y por tanto requieren de visiones ambiciosas, de largo alcance.

Este libro está organizado en seis grandes capítulos, además de la introducción y la conclusión. Estos se dividen a su vez en un número variable de epígrafes, articulados por medio de subepígrafes internos que buscan favorecer una lectura lo más ágil y dinámica posible. Tras esta estructura existe el deseo de dar con una visión lo más vasta e integrada posible de los conflictos. Por lo que respecta a los capítulos, suelen basarse en las divisiones cronológicas aceptadas comúnmente por la historiografía, que en buena parte compartimos y en algunos casos matizamos. En lo referente a los epígrafes, elemento clave en la estructura de la obra, se corresponden con la existencia de lo que entendemos como largos ciclos bélicos, caracterizados por lógicas o dinámicas compartidas, y dentro de los cuales se integrarían las diferentes guerras civiles. El primer capítulo es el único que rompe con esta armonía, por ser el que sirve para presentar los ejes teórico-metodológicos a través de los cuales discurrirá nuestro análisis. En él proponemos que la guerra civil es una realidad universal caracterizada por ciertos patrones compartidos en las más diversas latitudes y tempos, lo cual explica también las particularidades de cada conflicto, así como algunas recurrencias: dos elementos comunes al conjunto de este libro serán la omnipresencia del sufrimiento humano y la lucha por la supervivencia, constantes de la historia de la guerra que se han ido acentuando con el acceso cada vez mayor y más sencillo a un armamento moderno con un poder destructivo creciente.

El capítulo 2 se centra en el análisis de los conflictos internos que estallaron en Eurasia a causa del impacto de la Gran Guerra y del triunfo de la revolución bolchevique, consecuencia de la primera y resultado de una cruenta guerra civil a la que dedicamos un amplio análisis. Hablamos de dos hitos que representan un radical parteaguas en la contemporaneidad, tanto por lo que respecta a la forma de concebir la política doméstica e internacional, dada la omnipresencia del miedo a la revolución entre amplios sectores de las sociedades euroasiáticas y americanas, como en lo referido al modo de hacer la guerra, debido a la ruptura de todas las convenciones morales, que comportó la movilización total y el despliegue de un poder armado sin precedentes. El cataclismo que se vivió en aquel brevísimo arco temporal queda claro con solo ver que hasta cinco imperios, sistemas de dominación casi siempre centenarios, se hundieron en el lapso de poco más del lustro que va de 1912 a 1918: China, Rusia, Austria-Hungría, Alemania y el Imperio otomano, dejando tras de sí escenarios fragmentados, muy marcados por la existencia de múltiples actores que se disputaban el poder y la redefinición de la vida en comunidad. Pero no solo eso. También datan de este periodo los primeros precedentes más sistemáticos de violencia unilateral y supraindividual a gran escala: el genocidio armenio, en la segunda mitad de la década de 1910, y las expulsiones de las poblaciones grecoturcas de Anatolia y las poblaciones turcohelenas de Tracia, a principios de los años veinte. Nada volvería a ser igual a partir de entonces: había hecho aparición un nuevo repertorio de formas de hacer la guerra y prácticas eliminacionistas como forma de abordar los conflictos socio-políticos y económico-culturales que, si bien han de ser entendidos en procesos de largo alcance, lograron un nivel cualitativo y cuantitativo sin precedentes. Que algo había cambiado para siempre se hizo evidente desde el primer momento en las guerras civiles que abordamos en el capítulo 2, como la finlandesa, la(s) rusa(s) e, incluso, la irlandesa, pero también en algunos de los episodios revolucionarios y contrarrevolucionarios, como el húngaro o los conatos vividos en Alemania a caballo entre la década de 1910 y 1920. Al igual que el análisis de la guerra greco-turca de los años veinte, estos fenómenos nos sirven como contrapunto para ver lo que no es una guerra civil frente a lo que sí.

Las ruinas de los imperios son escenarios propios para el estallido de guerras civiles. La sombra de la revolución rusa, y la Unión Soviética como Estado nacido de ella, marcaría la historia del siglo XX hasta su definitivo derrumbamiento en 1991. Incluso podríamos ir más allá, si tenemos en cuenta los efectos persistentes de su desaparición, tras haber actuado como contrapeso y alternativa en la arena internacional y en la agenda política interna de todos los países del orbe. De hecho, la reemergencia de China como potencia, tras una larguísima guerra civil ganada por el comunismo en 1949, debe atribuirse en su origen al marco contestatario que se abrió para las clases populares organizadas de todo el mundo tras el establecimiento y consolidación de la Unión Soviética en los años veinte. Vale la pena apuntarlo aquí, aunque el conflicto interno chino se analice de forma específica y exhaustiva en el capítulo 4 por tener dinámicas y procesos diferenciados en ciertos aspectos.

Al principio del capítulo 2 abordamos la violenta construcción del Estado-nación turco en el marco de la guerra. Por mucho que no sea tan distinto a otros procesos de forja estatal vividos en la segunda mitad del siglo XIX, representa un paradigma del salto cualitativo y cuantitativo en el uso de la violencia al calor de la Gran Guerra y la atmósfera de disolución propia de la primera posguerra mundial en Europa. En el primer epígrafe hablamos sobre la conveniencia y operatividad de ciertas macronarrativas, como la de la guerra civil europea, que si bien podría servir como metáfora, en tanto que espacio continental donde tendrían lugar fenómenos y procesos muy similares, como sintagma carece de fundamento. En nuestro caso, respondemos a esa necesidad de marcos interpretativos con la idea ya mencionada de los largos ciclos bélicos, entendidos estos como espacios de análisis que nos permitan mirar al pasado de forma más compleja, amplia e integrada, es decir, un modo de trabajar que evite las simplificaciones. En este caso, el primer ciclo que abordamos tiene un alcance espacial euroasiático que va desde 1917 hasta el siguiente ciclo bélico con el que enlaza, el de las guerras fascistas, en este caso iniciado en 1936 con el conflicto interno español. Se trata de un periodo que se caracteriza por la reconfiguración radical y/o el cuestionamiento del statu quo preexistente, es decir, de la realidad en su conjunto, fruto de la irrupción de la alternativa revolucionaria y la disolución imperial, lo cual incluye en este último aspecto al caso irlandés, surgido del cuestionamiento de la autoridad británica.

Los siguientes cuatro epígrafes, que se dedican al estudio de las guerras civiles finlandesa, rusa(s) e irlandesa ya nos permiten ver con claridad muchas de las características que ya hemos señalado para los conflictos de este tipo: la combinación de dinámicas externas, de índole geopolítica, e internas, como las políticas de nacionalización y/o instauración de proyectos democráticos o revolucionarios; el componente territorial como base de poder y la lucha armada por la soberanía; la adaptación del modo de hacer la guerra a las posibilidades de los contendientes, lo cual incluye un altísimo grado de improvisación que intensifica el sufrimiento de civiles y combatientes; la implementación de políticas de ocupación con una presencia clave de la limpieza política mediante los asesinatos y las expulsiones, con altas tasas y variadas formas de violencia. No obstante, los tres conflictos mencionados representan contrapuntos entre sí en cuestiones esenciales. Por un lado, la finlandesa y la irlandesa son guerras civiles muy breves en el tiempo. Nada de ello es óbice para que la primera se caracterice por un uso radical de la violencia como instrumento de limpieza social, de control territorial y de consolidación del poder político; al contrario, la segunda ni tuvo unos frentes claros, algo que caracterizará a muchos enfrentamientos internos por venir, ni se fundamentó en una deshumanización del enemigo. Por otro lado, la rusa es una guerra civil larga y con muchas ramificaciones, algo favorecido por la vastedad del espacio en disputa, la gran cantidad de agentes y proyectos implicados o la superposición de conflictos, donde tendrían cabida el religioso, el nacional, el de clase, el campesino y el internacional. Todo ello, unido a la pobreza, agudizada por el dislocamiento provocado por la Gran Guerra, explicaría la altísima mortandad, en muchos casos debida al hambre, una constante de los enfrentamientos internos hasta nuestros días. Sin embargo, en este punto hay que contar también con nuevas políticas de violencia y control social que vieron la luz en este conflicto con inusitada fuerza, y que se encuentran presentes en muchas de las guerras civiles de los últimos cien años: el asesinato de prisioneros de guerra; la ejecución de cautivos en el marco de retiradas y situaciones de cerco; el establecimiento de grandes sistemas concentracionarios; la militarización de la sociedad con dos bandos muy heterogéneos; la gran dispersión de fuerzas y la indefinición de los frentes de combate; la utilización del terror selectivo o supraindividual contra la población civil; el elevado número de refugiados; el altísimo grado de devastación; y, por supuesto, el impulso homogeneizador —a nivel socio-cultural— y redistribuidor o de conservación del poder político-económico inherente a la violencia y la lucha armada.

Finalmente, el último epígrafe del capítulo 2 aborda dos escenarios revolucionarios de la primera posguerra europea donde la violencia cruzada o la consolidación del poder mediante el uso unilateral de la fuerza tuvieron un lugar clave: el húngaro y las diferentes intentonas vividas en suelo alemán en todo el arco temporal que va de 1918 a 1923. En el segundo caso, el hecho de que no se dieran enfrentamientos armados sostenidos en el tiempo y coordinados en el espacio, unido a la ausencia de una movilización general, nos impide hablar de guerra civil, a pesar de las altas dosis de violencia contrarrevolucionaria desplegadas en el sometimiento de los conatos revolucionarios. Por lo que respecta a Hungría tampoco puede hablarse de la existencia de un conflicto interno, sino más bien de contagio revolucionario en un marco de reordenamiento posbélico y disolución imperial, de colapso interno del Estado, de intervención exterior y de consolidación de la alternativa contrarrevolucionaria mediante una campaña de violencia colectiva. Sin embargo, el escenario húngaro es interesante por cuanto revela la importancia de la agenda política nacionalista tanto en los proyectos contrarrevolucionarios como en los revolucionarios, tanto a la hora de condicionar las decisiones como en la movilización de las sociedades en guerra, lo que veremos de forma muy clara en otras guerras civiles posteriores, como las de China y Vietnam.

En el capítulo 3 abordamos un ciclo bélico relacionado con el anterior, pero caracterizado por cambios y particularidades cruciales. Estamos hablando de un periodo en que se consolida el rearme de la contrarrevolución, tanto en el campo bélico-militar como en el discursivo y simbólico, todo ello acompañado de una extrema radicalización de sus posturas agudizada por la supuesta amenaza revolucionaria, así como por el estallido y la evolución de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, si algo caracteriza a este ciclo bélico es la superposición de violencias, con intensos procesos de homogeneización social, nacionalización y limpieza política, y guerras civiles dentro de una exigente conflagración de alcance global —aunque en este capítulo nos centramos exclusivamente en Europa— y los regímenes de ocupación que la acompañaron. No es casual que hayamos situado la española como la guerra civil que abre la puerta a este nuevo ciclo bélico, y que a su vez constituye el tema del primero de los seis epígrafes que componen el capítulo 3. Esto se justifica por ser la primera confrontación bélica de esa contrarrevolución rearmada y radicalizada bajo la égida del fascismo, que se apoyó sobre una gran inversión en violencia y que confirmó el salto cuantitativo y cualitativo experimentado ya en conflictos internos como el ruso o el finlandés. Más allá de eso, en el epígrafe dedicado a la confrontación de 1936-1939 se hará evidente algo que tiene una importancia capital en nuestra obra desde las primeras páginas, y que paradójicamente apenas ha recibido la atención de la historiografía —no hablemos ya de otras disciplinas— dedicada al estudio de las guerras civiles: la dimensión puramente militar de los enfrentamientos o, si se quiere, la evolución de los frentes de combate. A nuestro juicio se trata de un factor a menudo determinante en las lógicas propias de cualquier conflicto interno; al fin y al cabo, la movilización social, las violencias desplegadas y los proyectos políticos en pugna no se sostienen en el aire, sino que tienen un contexto bélico muy claro, de ahí que sea un sinsentido obviarlo de forma sistemática. Lo que proponemos en nuestro análisis de la guerra civil es una lectura integrada de las diferentes fases de la guerra, la decisiva intervención exterior y las violencias fascista y revolucionaria, atendiendo a las múltiples motivaciones y agentes que participarían en su desencadenamiento y desarrollo. Todo esto nos sirve para arrumbar viejos tópicos, como el supuesto interés de Franco por alargar de forma deliberada el conflicto para ejecutar una limpieza política sistemática y, muy importante, la tan mentada especificidad de la España del periodo en la historia europea, que se difumina al situarla en un marco de análisis amplio como el que proponemos en este capítulo.

Los epígrafes siguientes se centran en diversos conflictos internos que estallaron en el escenario de ocupación, colaboracionismo, explotación y resistencia generado por las guerras de conquista desencadenas por el Eje en la Segunda Guerra Mundial. Se trata de características compartidas por los teatros europeo y asiático, y que desgranamos con detalle en el segundo epígrafe por lo que respecta a la arquitectura institucional del Tercer Reich en los territorios ocupados. En toda la parte central del capítulo 3 veremos que los enfrentamientos que estallarán en los países ocupados tendrán un carácter muy irregular, basados en la guerra de guerrillas, combinada con los asesinatos selectivos y las operaciones de tipo de terrorista, a la vez que combatida con unos métodos contrainsurgentes cuya continuidad hasta el día de hoy es más que evidente. Sin embargo, a causa de sus particularidades y de la superposición de numerosos poderes y agentes en un mismo escenario se trata de realidades muy difíciles de definir con claridad, donde la aplicación del sintagma «guerra civil» puede resultar problemática. Un caso evidente lo encontramos en el segundo epígrafe, donde se analiza la guerra partisana que estalló en la retaguardia de la Wehrmacht en el Frente Oriental, especialmente virulenta en Bielorrusia y los territorios adyacentes. Paradójicamente, en las guerras civiles, sobre todo en las que siguen patrones propios de un conflicto convencional como la española, la violencia suele ser unidireccional, dependiendo de quién ostenta el poder en el territorio en cuestión o de quién está en trance de hacerse con él. Frente a esta realidad nos encontramos otras como la de las zonas soviéticas ocupados por el Eje, donde la violencia tuvo un marcado carácter multidireccional y unas tasas de afectación altísimas entre los combatientes y sobre todo la población civil. Sin lugar a dudas, uno de los principales problemas radica en diferenciar la guerra de liberación de la guerra civil, pero merece la pena cuestionarse la pertinencia o no de este último conflicto, y si la conclusión fuera afirmativa su ampliación para cubrir escenarios como este.

El tercer epígrafe sigue ahondando en la naturaleza de las guerras entre el colaboracionismo y la resistencia a la ocupación alemana, en este caso en Francia y Bélgica. Entre otras cosas, analizar estos escenarios de Europa Occidental nos permite captar la gran variedad de conflictos que estallaron en los países bajo la ocupación del Eje, pero además tiene interés en un estudio global sobre la guerra civil. Ante todo, se trata de enfrentamientos con unos porcentajes de violencia mucho más reducidos que los que tuvieron lugar en otros escenarios como el yugoslavo, el soviético, el italiano o el griego, hasta el punto de que podríamos referirnos a ellos como guerras de baja intensidad, muy irregulares y más caracterizadas por formas de acción propias del terrorismo. Sin embargo, el objetivo prioritario de la resistencia en su particular lucha contra el colaboracionismo sería bloquear y destruir al fascismo doméstico como fuerza política condicionante del orden social, siempre con la vista puesta en la refundación de posguerra, y aquí radica la dimensión bélica del enfrentamiento. De hecho, como vamos a ver de forma muy clara a partir del capítulo dedicado a la Guerra Fría, las guerras civiles no precisan de grandes contingentes encuadrados como ejércitos regulares. La tendencia dominante en este tipo de conflictos ha apuntado cada vez más a la existencia de grupos armados reducidos y con capacidad de incidencia sobre un entorno concreto, lo cual responde de nuevo a la necesidad de adaptarse a posibilidades limitadas. Así pues, podríamos afirmar que se trata más de diferencias de grado que de naturaleza, lo que constatamos también en casos previos como el irlandés y el finlandés. Queda patente que estamos ante conflictos que estallan en periferias imperiales, rasgo característico de las guerras civiles, y dentro de países que, no siendo pobres, están en situaciones de ruina y miseria —a veces de auténtica emergencia humanitaria— a causa de las políticas de ocupación alemanas.

Lo mismo cabe decir del conflicto analizado a continuación, la guerra civil italiana de 1943-1945. También en este caso hablamos de un enfrentamiento muy marcado por la proliferación de una violencia bilateral extremadamente cruenta, a menudo en clave de limpieza política y dirigida de forma preferente y mayoritaria contra connacionales; la quiebra de los equilibrios político-sociales a nivel local, regional y nacional dentro de la zona de ocupación alemana en la mitad septentrional del país; el carácter irregular de los combates unido a la presencia de tropas extranjeras en una periferia imperial; o la gran multiplicidad de agentes implicados. En definitiva, a lo largo del capítulo 3 vamos a ver de forma muy clara que la dificultad para detectar como guerras civiles ciertos conflictos tiene que ver sobre todo con los escenarios extremadamente complejos en que tienen lugar. Sin embargo, y esto es algo en lo que insistimos de forma constante, al contrario que politólogos y científicos sociales, los historiadores solemos ser conscientes de que los fenómenos humanos nunca se atienen a un esquema regular, y si lo hacen es porque forzamos su entrada dentro de corsés que no son de su medida. Así pues, creemos que una de las conclusiones que se extrae de este capítulo en su conjunto es que la guerra civil se caracteriza ante todo por las diferentes formas bajo las que se manifiesta, por su propia irregularidad inherente, por la extrema porosidad —a veces simbiosis— que existe entre estas y los conflictos internacionales, las guerras de guerrillas y las revoluciones. Este es el modo en que las cosas se presentan en la realidad, y más si hablamos de conflictos armados. Algo que nos demuestra la guerra civil italiana es que, aun cuando las potencias de fuego enfrentadas son un requisito imprescindible para la existencia de una guerra civil, estas no tienen por qué ser equiparables, quizás basta con la capacidad para ejercer violencia y para disputarse la legitimidad en el seno del cuerpo social.

En el penúltimo epígrafe del capítulo 3 nos desplazamos al teatro bélico de la Yugoslavia ocupada por el Eje. Una vez más reúne características muy similares al resto de casos abordados hasta aquí, con el agravante de que seguramente fue el teatro donde confluyeron más agentes, proyectos y violencias. Esto incluye a un Estado fascista títere como el croata que trató de culminar su agenda política de construcción nacional en unos territorios tan enrevesados desde el punto de vista etnonacional como los de las actuales Bosnia-Herzegovina y Croacia, que eran los que se encontraban bajo su soberanía. Para hacer las cosas más difíciles, estamos ante una guerra irregular de cuatro años donde las alianzas fueron extremadamente cambiantes, dependiendo siempre de objetivos y equilibrios de fuerzas que variaron con el tiempo, lo cual complica el análisis, a la par que hace de este un caso de estudio particularmente interesante. De hecho, también la violencia se caracteriza por su no linealidad, algo que si se quiere es común a todas las guerras civiles, pero aquí tiene que ver de forma muy clara con las inestables bases de poder sobre las que se asentarían los diferentes grupos o movimientos armados. Estos, como veremos, se caracterizaron por su gran autonomía sobre el terreno, algo cada vez más común y constante en los conflictos internos que estallarán a partir de la guerra de Corea. Un factor determinante para entender la naturaleza de las guerras yugoslavas en los años cuarenta fue su condición de frontera imperial del Tercer Reich, un concepto con un peso muy importante en la obra, que se refiere a un espacio difuso considerado vital por las grandes potencias para su seguridad y para garantizar su poder. En este caso, las políticas de ocupación alemanas e italianas estuvieron guiadas por los principios más extremos de la guerra contrainsurgente, lo cual se tradujo en un trato brutal contra la población civil en el marco de las operaciones, así como en el aprovechamiento de las diferencias étnicas en beneficio propio, desatando más caos y violencia interna. En este sentido, su proceder no difiere en nada del de otras superpotencias en escenarios similares, como Estados Unidos en Indochina o la Unión Soviética en Afganistán, algo que tendremos ocasión de ver, y en todos los casos se legitima presentándose sus ejecutores como paladines de la civilización.

Finalmente, el último epígrafe del capítulo 3 se centra en la guerra civil griega de 1943-1950, cuya especificidad radica en el hecho de haberse originado en el marco de la conflagración mundial para volver a reactivarse con gran virulencia en la posguerra. Esto la hace particularmente interesante, porque nos permite observar la transición entre el ciclo bélico del fascismo y el del inicio de la posguerra, con las rupturas y continuidades que acompañaron al reordenamiento mundial y a los orígenes de la Guerra Fría. De hecho, las recurrencias vuelven a saltar a la palestra, al tratarse de un conflicto por la redefinición de la vida comunitaria en Grecia a nivel político y social, con dinámicas claramente endógenas y con un peso fundamental de los escenarios locales y regionales, por mucho que el apoyo exterior resultó crucial en el desarrollo y conclusión de los combates. Como en todos los casos vistos hasta ahora, la reconstrucción de posguerra estuvo muy marcada por el régimen resultante y por la crudeza del conflicto previo, que aquí dejó una marca muy profunda y duradera en la sociedad griega, tal y como se puso de manifiesto con el establecimiento de la Dictadura de los Coroneles entre 1967 y 1974. La desaparición en paralelo del maquis español, que en cierto modo cierra el periodo posbélico, y la conclusión de la guerra civil griega supusieron un largo punto y seguido de la historia del paramilitarismo, la guerra civil y la guerra de guerrillas como medios para la resolución de conflictos en Europa. De hecho, no volverían a reactivarse hasta las guerras yugoslavas de los años noventa.

El capítulo 4 está dedicado a los conflictos internos de la Guerra Fría, y es con diferencia el más extenso de la obra. Esto se justifica por varias razones, pero la primera y más importante de todas es que el enfrentamiento entre los bloques no solo se extiende a lo largo de casi medio siglo, sino que además es el tiempo de la guerra civil por excelencia. Bajo el paraguas de la Guerra Fría nos encontramos con los virulentos conflictos internos en el marco de la descolonización, muchas veces con una clara dimensión revolucionaria, y a menudo agudizados por la competencia y las políticas imperiales de las grandes potencias en áreas periféricas. De hecho, una idea central de este libro es que las guerras civiles de los siglos XX y XXI siempre han tenido lugar en márgenes imperiales, escenarios caracterizados por su pobreza endémica o por su empobrecimiento a causa de situaciones de crisis económica, caso de la Yugoslavia de los años noventa, o de la explotación bajo regímenes de ocupación político-militar, lo cual incluiría a países como Francia y Bélgica durante la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de este capítulo lo veremos con claridad meridiana, sobre todo porque estamos ante un periodo de descentralización de los conflictos internos, que desaparecen en el que hasta entonces había sido su escenario central, Europa, y comienzan a proliferar por todo el llamado Tercer Mundo. En este punto será crucial la disolución de los grandes imperios coloniales, que dará lugar a un dramático escenario liminal de redefinición en los repartos del poder, pero también a diferentes intentos de las antiguas potencias por mantener de algún modo su presencia y prevalencia en esos espacios. Así pues, la guerra civil, la intervención armada y las disputas violentas han sido realidades omnipresentes durante todo el periodo. Es más, en este capítulo refutamos por completo las tesis de autores como Bill Kissane (2016), que apuntan a un marcado descenso de los conflictos interestatales en la segunda mitad del siglo XX. Muy al contrario, las guerras civiles de la Guerra Fría fueron la causa de intervenciones exteriores, y en última instancia del estallido de conflictos internacionales, por mucho que casi nunca declarados de forma abierta. La nómina es extensa, aunque reúna casos complejos por cobrar la forma de guerras subsidiarias, intervenciones encubiertas o bajo mandato internacional, o por el hecho de que alguno de los beligerantes no contara con el reconocimiento diplomático del otro bando, como la China comunista en la guerra de Corea. Sin embargo, ahí están también otros casos bien evidentes, como los de Indochina, el Congo o Afganistán.

El primer epígrafe del capítulo 4 se centra en la guerra civil china de 1927-1949/1958 por varias razones. La más importante de todas es que el poder que emergió de ella, la República Popular China, se convirtió en un actor decisivo en la arena internacional tras la reunificación efectiva del gigante asiático bajo una autoridad central única. Aquí tuvo mucho que ver su sublimación como modelo revolucionario alternativo de base campesina, un hecho propiciado a su vez por la recobrada capacidad y voluntad de tomar parte en muchos de los conflictos del periodo, sobre todo los que tuvieron lugar en Asia. En este sentido, la aparición de la China comunista fruto de la victoria en una larguísima guerra civil supuso a todas luces un hito histórico central de la contemporaneidad, con consecuencias muy profundas hasta nuestros días. Además, el hecho de que el conflicto que propició su encumbramiento se extendiera a lo largo de tres décadas también nos ayuda a entender muchas de las claves y problemas de tres periodos distintos: Entreguerras, la Segunda Guerra Mundial y la propia Guerra Fría. He aquí, pues, la importancia de un buen conocimiento del caso chino, donde las dimensiones local, regional e internacional vuelven a revelarse claves para comprender la evolución de la propia guerra civil y las dinámicas de las políticas de la violencia asociadas a ella. La victoria comunista se explica en muy buena medida por diversas razones: una tremenda capacidad adaptativa a los requerimientos de cada momento y a diferentes formas de hacer la guerra; un margen de respuesta mucho mayor ante los problemas y particularidades de los mencionados escenarios locales y regionales; y, sobre todo, el colapso interno del Estado levantado por los nacionalistas chinos del Kuomintang, justamente por su falta de flexibilidad en los aspectos anteriormente señalados, por su corrupción endémica y por los abusos sistemáticos contra la población civil. Lo vemos de forma muy clara en el caso español y lo volvemos a observar de manera muy evidente en el chino: comprender los conflictos internos pasa de forma ineludible por atender su dimensión militar, y eso nos permite ver su íntima relación con las esferas política, social, económica y cultural, sobre todo porque las guerras civiles son procesos marcados por la capacidad de aprendizaje constante de los contendientes en liza y la habilidad para explotar en beneficio propio todas las posibilidades brindadas por el escenario.

El segundo epígrafe está dedicado a la guerra de Corea (1948-1953), un conflicto que se encadena de forma directa con el final del chino, lo cual tendrá importantes consecuencias dentro de esa lógica transnacional inherente a las guerras civiles. Es más, las de China y Corea fueron, con la griega, las parteras de la Guerra Fría. Si bien esta acabó siendo el resultado de una conjunción de desencuentros y de la desconfianza mutua en múltiples escenarios, fue en Asia donde se manifestaron de la forma más cruda y evidente: la de un enfrentamiento armado endógeno que acabó internacionalizándose. Esto nos revela la importancia de descentralizar las narrativas eurocéntricas y occidentales sobre la contemporaneidad, y aquí el estudio integrado y global de las guerras civiles se ha revelado extremadamente útil. Todos los conflictos internos comparten ciertas semejanzas; sin embargo, creemos que al lector le sorprenderán los paralelismos entre el español y el coreano. También en este último caso el miedo al quintacolumnismo se afrontó mediante una violencia que tenía por fin la limpieza política, la definición de los dos estados en pugna, la construcción de apoyos sociales y la fijación y control de sus retaguardias, un proceso previo a la guerra propiamente dicha. Por último, existen varias buenas razones para destacar el conflicto interno de Corea, que además en ciertos casos nos vuelven a poner sobre la pista del español de 1936-1939: fue la última guerra civil que acabó rigiéndose por los patrones de un enfrentamiento armado convencional, con frentes bien definidos y ejércitos regulares de masas; la instrumentalización de los apoyos y las divisiones internacionales por parte de los agentes locales en conflicto, lo cual, de paso, nos ayuda a ver a los llamados estados títeres como actores con una agenda política propia; el creciente número de civiles muertos de forma directa o indirecta a causa del enfrentamiento, así como las grandes oleadas de refugiados generadas por los combates, dejando muchas familias rotas para siempre; la consolidación de prácticas contrainsurgentes desplegadas con profusión ya en la Segunda Guerra Mundial, muy basadas en las ejecuciones supraindividuales de paisanos o la quema de núcleos poblacionales; y, finalmente, la extrema violencia de los agentes internacionales participantes en el conflicto, que se explicaría por la barrera cultural, el mayor poder destructivo de su armamento, la deshumanización del enemigo y la incomprensión de las dinámicas del conflicto interno en que participan.

El tercer epígrafe analiza el larguísimo ciclo bélico de Indochina, sin renunciar a observar puntualmente otros escenarios de lucha armada contemporáneos. Este ocupa la parte central del capítulo, y es el más extenso, algo que en buena medida se explica por su extrema duración y complejidad, pero también porque nos ha servido como atalaya desde la cual analizar las políticas imperiales y comprender las particularidades de las guerras civiles del periodo de la Guerra Fría. Su extensión a lo largo de cuatro décadas también nos permite observar los cambiantes intereses de las principales potencias, así como los equilibrios entre ellas, el impacto de las intervenciones exteriores sobre la política doméstica en la época de la aparición de la sociedad mediática y, en definitiva, las formas irregulares y contrainsurgentes hacia las que acabaron evolucionando de manera definitiva los conflictos internos. De hecho, al igual que hemos visto en Europa y en China, la Segunda Guerra Mundial y las draconianas políticas de ocupación del Eje, en este caso japonesas, vuelven a revelarse decisivas por su potencial para generar guerras civiles, agudizar las ya existentes o propiciar la ruptura de los equilibrios preexistentes que garantizarán su estallido en la posguerra. El ciclo bélico en Indochina, con especial énfasis en el caso de Vietnam, nos permite ahondar en el carácter evolutivo de los conflictos armados, incluidos los internos. En ellos se produce un proceso de aprendizaje del ejercicio del poder, el potencial de la violencia y las formas de hacer la guerra en paralelo a su puesta en práctica, un enfoque basado en el principio de prueba y error que, por supuesto, comportaría un mayor grado de sufrimientos para la población civil. Al mismo tiempo, este escenario bélico nos pone una vez más ante el tremendo factor disruptivo y radicalizador que suponen las políticas imperiales en las regiones periféricas, lo cual nos remite en este caso a las desplegadas por Francia, en su intento de restauración colonial, y más tarde a la intervención de Estados Unidos, tratando de frenar la expansión del comunismo en la región. Resulta difícil imaginar el triunfo del comunismo en Yugoslavia sin la ocupación del Eje, como también el de los jemeres en Camboya sin los bombardeos estadounidenses o el yihadismo afgano sin la invasión soviética y el apoyo logístico y material pakistaní y estadounidense.

El ciclo bélico de Indochina deviene paradigmático a la hora de entender el proceso liminal por el que atravesaron infinidad de países del globo durante el periodo de la descolonización, en el cual muchos de ellos siguen congelados, lo cual explica el enquistamiento de la guerra civil en ciertas regiones. Por lo que respecta a Vietnam, tanto al septentrional comunista como al meridional prooccidental, esto se pone de manifiesto en la aparición de dos estados fragmentarios fruto de la expulsión violenta de Francia como potencia colonial. Hablamos de dos entes políticos en los que la norma a lo largo de todo el periodo fue un alto grado de autonomía de los poderes locales y regionales, algo común a casi todas las guerras civiles que estallarían a partir de entonces: muchos agentes operando a ras de suelo, a veces bajo una autoridad nominal poderosa y otras no tanto, buscando cada uno de ellos alcanzar sus propios intereses, que no siempre se correspondían con los del poder central bajo el cual operaban, lo cual acaba derivando en la aparición de feudos privativos. Así pues, una vez más las dimensiones local, regional, nacional, internacional y transnacional se conjugan de manera decisiva y variable para dar su particular naturaleza a los conflictos internos. La importancia histórica de la guerra de Indochina en su conjunto no puede ser obviada, por mucho que Vietnam, principal escenario, fuera un espacio geográfico-político marginal. Fue allí donde la intervención estadounidense, primero en forma de ingente ayuda financiera al poder colonial francés y más tarde con la implicación directa de un enorme contingente propio de tropas terrestres y unidades aéreas, hizo posible el rearme ideológico de la izquierda revolucionaria mundial y la forja de un discurso contra el imperialismo de la superpotencia americana. En definitiva, lo que se puso de manifiesto a lo largo de cuatro décadas de guerra en Indochina es que el despliegue de armamento ultramoderno en el marco de una guerra irregular y en un escenario geográfico tortuoso no tiene por qué ser decisivo, y lo que es peor, que incluso podía ser contraproducente. En este tipo de conflictos, un mayor poder destructivo suele conllevar un modo de hacer la guerra mucho más discrecional y arbitrario, y en consecuencia la intensificación de la resistencia armada, mientras que desde el punto de vista mediático puede acabar por provocar el rechazo a la guerra y su deslegitimación hasta hacer imposible proseguir con ella. El caso de Estados Unidos en Vietnam es paradigmático en ambos sentidos.

En esta particular historia de la guerra civil como fenómeno global, el ciclo bélico de Indochina bien podría ser visto en retrospectiva como un punto de llegada y de partida. Hasta 1954, las políticas insurgentes de las guerrillas del Việt Minh, lo mismo que las del Việt Cộng y sus aliados de la República Democrática de Vietnam a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, se basaron en los principios de la guerra irregular. Su fin más claro y evidente era poner de manifiesto la vulnerabilidad de sus enemigos —los franceses, el gobierno survietnamita y Estados Unidos junto a sus aliados—, así como su incapacidad para mantener la soberanía sobre los territorios bajo su control y proteger a quienes vivían en ellos. Durante casi cuatro décadas y sin apenas interrupciones, aunque siempre con fases de diferente intensidad, con enfoques cambiantes, nuevos agentes que se suman y otros que se van, las guerrillas impulsaron una guerra de desgaste basada en agrupar a las fuerzas de la oposición, infiltrar las filas enemigas, sembrar el terror, golpear y huir, haciendo pasar todo esto como el resultado de la voluntad popular. Por su lado, las tácticas contrainsurgentes se basaron en una constante asentada en la Segunda Guerra Mundial: el espacio señalado como teatro de operaciones ha de ser batido a fondo, todo lo que se encuentra allí es enemigo, desde la naturaleza hasta la población que lo habita y trabaja, pasando por los resistentes que se ocultan en él. En este sentido, el uso intensivo de agentes altamente incendiarios y de la guerra química por parte de las fuerzas aéreas estadounidenses es la muestra más clara de ello, y sus efectos siguen siendo evidentes hasta nuestros días, provocando en amplias áreas de Indochina un grado de devastación ecológica y humana sin precedentes. Tal y como ya lo habían sido el griego, el chino o el coreano, el de Indochina se convirtió en un conflicto con una dimensión transfronteriza que acabó por contagiar a Laos y Camboya, propiciando la desestabilización de dichos países y radicalizando las luchas poscoloniales por el reparto del poder con la emergencia de nuevos actores en las disputas.

En el cuarto epígrafe del capítulo 4 desplazamos el foco a África, concretamente al ciclo bélico sufrido por el antiguo Congo belga tras su independencia, causado en muy buena medida por los intentos de la metrópoli por monitorizar el proceso emancipador de su antigua colonia con apoyo de Estados Unidos. Sin embargo, no renunciamos a aportar una visión de conjunto sobre los problemas que marcaron el proceso de descolonización en todo el continente, tal y como se puede ver en las páginas de apertura y en las referencias a otros casos que salpican todo el análisis. También abordamos de forma más sistemática otros escenarios concretos, como el de la guerra de independencia de Argelia, que junto al levantamiento Mau en la Kenia británica constituye el pistoletazo de salida para los conflictos poscoloniales africanos. A modo de cierre, hacemos algunos apuntes sobre la guerra civil nigeriana al este del país, en la autoproclamada república de Biafra. En todos los enfrentamientos fratricidas africanos observamos una lógica recurrente: la lucha por el reparto del poder y la explotación de la riqueza abierta por el proceso de descolonización, tal y como ya hemos visto en el Sureste asiático, algo que vendrá favorecido y agudizado por las intromisiones externas y la existencia de aparatos estatales extremadamente frágiles. Una vez más vuelve a ponerse de manifiesto la cualidad contagiosa de las guerras civiles por su carácter marcadamente transfronterizo, favorecido por la dispersión de comunidades etnonacionales en diferentes países y la gran movilidad de los agentes y grupos armados. En definitiva, todos los factores señalados hasta aquí propiciaron e intensificaron toda una serie de problemas que siguen marcando la situación del continente hasta nuestros días, y que contribuyen a explicar el enquistamiento de ciertos conflictos o la explosión de otros nuevos: una descolonización congelada por sistemas de poder neocoloniales basados en una dependencia económica endémica; problemas para la democratización o la participación de las sociedades en la vida política por medios pacíficos; militarización del poder político; ruptura de los lazos comunitarios y dislocamiento del tejido productivo y comercial; y, finalmente, la aparición de líderes mesiánicos que reivindican para sí el poder total como única salida a todos estos problemas. En este sentido, el Congo de los años sesenta en adelante es un ejemplo por antonomasia donde confluyen todas estas circunstancias.

El quinto y penúltimo epígrafe nos lleva a las diversas guerras civiles centroamericanas, muy marcadas por la arraigada visión de las diferentes administraciones estadounidenses según la cual América Latina constituiría su particular patio trasero, es decir, un lugar donde tendría preferencia a la hora de hacer negocios y condicionar la política de los gobiernos. Es por ello que nos hemos visto obligados a contextualizar bien el objeto de estudio, donde juegan un papel fundamental dos hechos: el persistente impacto que tuvo el triunfo de la llamada revolución cubana (1953-1959), que a todos los efectos fue un conflicto armado por la soberanía dentro de la isla, y las políticas imperiales desplegadas desde entonces por Estados Unidos, encarnadas por la llamada Operación Cóndor, que tuvo como objetivo consolidar el dominio sobre su esfera de influencia en América del Sur. Sin ahondar en estas realidades resulta imposible comprender las particularidades de las guerras civiles en Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, o incluso más al sur, en Paraguay, sobre todo por la emergencia del anticomunismo como discurso político aglutinador y movilizador. En todos los casos hablamos de países atravesados por fortísimas desigualdades sociales y de clase, dominados por oligarquías que se apoyarían a su vez en la tenencia de los medios de producción y en el capital de las grandes corporaciones estadounidenses con intereses en la región. Así se explica, al igual que en el caso de Asia, el fuerte componente popular y revolucionario de la lucha armada contra el statu quo vigente, muy influenciada por procesos emancipadores como el cubano o el vietnamita. En este sentido, las fuerzas contrarrevolucionarias autóctonas no tuvieron problema en recurrir a brutales prácticas contrainsurgentes, algo que se evidencia de forma muy clara en Guatemala y que pone en relación estos escenarios con otros ya vistos. Tampoco mostraron excesivos reparos sus aliados estadounidenses cuando se trató de sabotear desde fuera y desde dentro economías como la nicaragüense, en el primer caso mediante el bloqueo, y en el segundo a través de la financiación de unidades paramilitares cuyo modus operandi pasaba por la destrucción del tejido productivo del país. Por lo que respecta a Nicaragua, el resultado de estas políticas combinadas fue hacer de dicho país el más pobre de una región que, en términos generales, ha pagado un gravísimo peaje a todos los niveles, político, humano, social, educativo, económico, cultural y medioambiental, como consecuencia de sus largos conflictos internos.

Para cerrar este cuarto capítulo nos desplazamos a Asia Central, una región del planeta inmersa en un ciclo bélico con epicentro en Afganistán que ha afectado de forma diversa a varios países vecinos desde finales de los años setenta hasta nuestros días. Por lo tanto, el estudio y comprensión de la guerra civil afgana en toda su complejidad, dado su carácter prolongado y sus múltiples derivaciones, nos permite analizar una vez más el tránsito entre dos épocas, la guerra y la posguerra frías, la evolución de las prácticas bélicas y las consecuencias de los actuales conflictos internos. En este caso, la necesidad de contextualizar la guerra civil en Afganistán nos lleva a un acontecimiento disruptivo de primer orden, que ha acabado teniendo una trascendencia mucho más allá del puro ámbito regional: la caída del sha de Persia a raíz del triunfo de la revolución islámica en Irán, fruto de una serie de factores y hechos concatenados, que sacudió toda la región de manera inesperada y que puso en escena una nueva realidad político-social como es el fundamentalismo islámico. Se trata de un fenómeno que ya había tenido un papel importante en la guerra de liberación bangladesí, estimulado aquí por Pakistán, que tal y como podrá verse en este mismo epígrafe ya por entonces estimuló la creación de violentas milicias compuestas por islamistas radicales para que llevaran a cabo operaciones de limpieza en la retaguardia. En este sentido, la particular posición geopolítica de Afganistán tuvo una importancia central en el estallido de un conflicto interno en un país con un Estado ya de por sí frágil y un territorio poco vertebrado. Su orografía endiablada y su realidad humana sumamente compleja, muy condicionada por la presencia dominante del grupo etnonacional pastún, repartido a ambos lados de la frontera afgano-pakistaní, no contribuyó a hacer las cosas más fáciles. Y aquí Afganistán se nos presenta como la frontera imperial por excelencia: situado en el confín entre la Unión Soviética, la hasta entonces tradicional esfera de influencia occidental en el golfo Pérsico, que incluía Persia hasta la proclamación de la República Islámica de Irán, y, no menos importante, un territorio poscolonial en situación liminal desde el momento en que se independizó del Reino Unido, como sería el Indostán, con un Pakistán empeñado en desplegar políticas exteriores de potencia regional.

Si algo prueba el caso afgano es que la Guerra Fría no respondió ni mucho menos a la imposición sistemática de las agendas de las grandes potencias. Lejos de ello, por cuestiones de prestigio y seguridad exterior y/o doméstica fueron estas las que hubieron de responder —a menudo improvisar— ante hechos consumados y escenarios inesperados, los cuales tenían como origen dinámicas y problemas endógenos de los espacios periféricos. Sobre todo, hubo dos acontecimientos que rompieron los equilibrios en Asia Central: en primer lugar, la construcción de un régimen islámico en Irán, que muy pronto tuvo eco en un país como Afganistán, con una minoría chií e importantes comunidades de habla farsi, confesión y lengua mayoritarias en el país vecino; en segundo lugar, la inestabilidad política dentro del propio Afganistán, que después de una sucesión de golpes culminó en la instauración de una república comunista, pronto hizo del afgano un Estado fallido incapaz de sostenerse por sí solo ante la abierta oposición armada que estalló en diferentes puntos del país. La creación de grupos insurgentes de corte islamista, aunque no solo, tuvo mucho que ver con las políticas desplegadas por Pakistán y Estados Unidos en este país fronterizo. Se trata de un enfoque al que se han mantenido fieles los diferentes gobiernos pakistaníes durante los últimos cuarenta años, llevando al propio Estado pakistaní al borde del colapso, mientras que en el caso estadounidense respondía al deseo de apartar a Afganistán de la esfera de influencia soviética y de levantar a las poblaciones musulmanas de las repúblicas centroasiáticas bajo la soberanía de Moscú.

Así pues, el miedo al contagio es lo que explica que la Unión Soviética se viera arrastrada a intervenir en Afganistán, con unas consecuencias desastrosas para ambos países, sobre todo para el segundo, que hubo de sufrir las prácticas contrainsurgentes del Ejército Rojo, muy en línea con las que hemos visto hasta ahora en otros escenarios: desplazamientos de población, bombardeos por saturación, quema de poblaciones, asesinatos colectivos y selectivos en el marco de las operaciones. Eso era lo que buscaban los guerrilleros: poner en evidencia a los ocupantes por medio de una implicación y una violencia crecientes, porque tal y como ocurre en todos los casos de este tipo la prosecución de la guerra acaba convirtiéndose en una cuestión de prestigio, lo cual no hace sino alimentar el sinsentido ante la imposibilidad de alcanzar la victoria en un conflicto irregular. En última instancia, son muchos los factores que han hecho de Afganistán un lugar de guerra civil endémica, entre ellos la enorme devastación causada por el encadenamiento constante de enfrentamientos, que ha propiciado la desaparición de los lazos comunitarios y la cultura tradicional fruto de la muerte de masas, la emigración y el éxodo forzoso; las propias prácticas y dinámicas del poder; o el peso central del opio como fuente de riqueza y autoridad. De hecho, tal y como explicamos, la aparición del fenómeno talibán como encarnación del fundamentalismo islámico más radical fue una consecuencia de la situación de caos derivada de la emergencia —y los abusos de poder— de los señores de la guerra surgidos de la lucha contra la ocupación soviética y sus colaboradores autóctonos. A partir de aquí, cada intervención militar e injerencia exterior, que nunca ha cesado por parte de Pakistán o de Arabia Saudí, no ha hecho más que alimentar un círculo vicioso que ya estaba en marcha a finales de los años setenta. Todos los factores señalados hasta aquí han hecho de Afganistán un cruce de caminos y un núcleo logístico fundamental para el fundamentalismo islámico a nivel mundial, cuya existencia ayuda a explicar de forma directa o indirecta un sinnúmero de guerras y movimientos terroristas surgidos durante los últimos cuarenta años en un amplísimo arco territorial que va del África Ecuatorial al Sureste asiático.

El capítulo 5 se centra en el ciclo bélico yugoslavo de la primera mitad de los años noventa, con especial hincapié en la guerra civil de Bosnia-Herzegovina. Su importancia para nosotros reside en su carácter extraordinariamente mediático, lo cual nos invita a entrar a fondo en su estudio y arrumbar ciertos tópicos muy arraigados sobre las causas de los conflictos internos y de la violencia que los acompañaría, como los factores culturales, los odios ancestrales o el atraso de las sociedades en cuestión. Además, el caso resulta más interesante si cabe por reunir en su seno una serie de guerras civiles concatenadas, todo ello en el escenario liminal de un traumático cambio de época propiciado por el fin de la Guerra Fría, que en la Europa Central y Oriental se traduciría con mayor o menor éxito en el paso del comunismo al capitalismo y la democracia liberal. Todo esto es lo que explicamos en el primer epígrafe, que da cuenta de los orígenes de las guerras yugoslavas, incluida la eslovena, primera del ciclo bélico de un lustro. De hecho, estos son incomprensibles sin tener en cuenta dos factores determinantes: las particularidades de la estructura estatal federal y la economía autogestionaria que ordenaban la vida del país antes de la ventana de oportunidad abierta por la posguerra fría. Este ordenamiento extraordinariamente descentralizado favoreció la creación de feudos de poder privativos, los cuales acabaron siendo claves a la hora de imposibilitar la vital reforma del Estado o el planteamiento de respuestas conjuntas en la situación de crisis política y económica por la que atravesaba el país durante la segunda mitad de los años ochenta: nadie estaba dispuesto a renunciar a sus cuotas de poder, y en consecuencia todos los proyectos reformistas fueron torpedeados.

Los siguientes epígrafes analizan tanto el conflicto interno serbocroata como sobre todo las guerras civiles bosnias, de las cuales se puede hablar en plural dado el grado de complejidad que llegaron a alcanzar y del cual damos buena cuenta en los epígrafes tercero y cuarto. Todos los enfrentamientos armados estuvieron impulsados, tanto en su estallido como en su desarrollo, por las luchas por el reparto del poder político-económico, tanto en el escenario de disolución estatal del año 1991, lo cual incluye el caso esloveno, como en el sinfín de oportunidades creado por la guerra. A pesar del notable grado de fragmentación del poder y la enorme dispersión de los conflictos en Croacia y Bosnia, todos ellos se encuentran bien entrelazados a los diferentes niveles, local, regional, nacional e internacional, de ahí que sea necesario mostrar las conexiones entre ellos, así como también entre los agentes que operaban sobre el terreno y las autoridades estatales. En este sentido, tal y como explicamos, hay diversas circunstancias que ayudan a entender las diferentes fases, el enquistamiento y la puntual virulencia de estas guerras. Antes que nada, tanto el estallido de las hostilidades en las regiones croatas pobladas por una mayoría serbia como su éxito a la hora de independizarse de Zagreb se explican por el alto grado de improvisación y la torpeza de las autoridades croatas en la puesta en marcha de la independencia del país, un proceso que incluía la resolución por la fuerza del problema político planteado por los serbocroatas. Esto llevó a dicho colectivo a responder proclamando su secesión y tomando las armas ante el evidente peligro para su integridad, lo cual, de paso, brindó una oportunidad al Ejército federal para intervenir y forzó al presidente de Serbia, Slobodan Milošević, a tomar parte para evitar verse cuestionado por las fuerzas nacionalistas serbias.

El interés de Milošević por los serbocroatas era nulo, en tanto que su principal objetivo era reunir bajo un mismo Estado a serbios y serbobosnios, un proyecto que pasaba por la desaparición de Bosnia-Herzegovina y que tenía que resultar aceptable para la comunidad internacional. Eso hacía que la participación de Croacia en el reparto de dicha república fuera una parte esencial de la ecuación, que dicho país contara con las simpatías de las potencias occidentales y que pocos se atrevieran a discutir una salida consensuada. Y en este punto no hubo mucho problema, dadas las ambiciones nacionalistas del presidente croata, Franjo Tuđman, y muchos de sus colaboradores más cercanos, que también aspiraban a reunir a croatas y bosniocroatas bajo un mismo Estado. En este sentido, la protección de los serbocroatas por parte de Serbia acabó convirtiéndose en un as en la manga de Milošević, que en unas eventuales negociaciones con Croacia para el reparto definitivo de Bosnia-Herzegovina, algo que no se presumía fácil, podía utilizar a aquellos como moneda de cambio. Así se explica que los presidentes de ambos países se mantuvieran en contacto permanente aún con la guerra en curso. Como veremos, tampoco se puede obviar el papel clave de la política exterior de la Alemania reunificada en 1990, un acontecimiento que generó inquietud entre no pocos estadistas europeos ante la posibilidad de que abriera la puerta al irredentismo por los territorios perdidos en la segunda posguerra mundial. En este sentido, el reconocimiento de las independencias eslovena y croata tenía por fin disipar cualquier duda en lo referente al respeto y acatamiento de las fronteras europeas de la Guerra Fría por parte del Estado alemán. Sin embargo, esta decisión prematura saboteó las negociaciones multilaterales en curso para una salida pacífica del contencioso yugoslavo, a la par que dejó a los serbocroatas y a las autoridades bosnias con pocas alternativas que no fueran la proclamación de su independencia, situando a Serbia y Croacia en una situación favorable para el reparto de Bosnia-Herzegovina.

A partir de aquí, las enrevesadas dinámicas del conflicto bosnio no solo se explican por la crucial injerencia externa, dado el grado de dependencia total de bosniocroatas y serbobosnios respecto a los gobiernos de Zagreb y Belgrado respectivamente, que tuvieron un papel crucial a nivel de inteligencia, apoyo material e implicación militar directa. Llegados a este punto hay que tener en cuenta también la arquitectura político-institucional de la república en cuestión, construida sobre los equilibrios entre las diferentes comunidades etnonacionales, algo que acabó bloqueando el poder del Estado e hizo de Bosnia-Herzegovina una pequeña Yugoslavia. Tal y como ya había ocurrido en la guerra serbo-croata, el inicio de los combates por parte de las fuerzas serbobosnias vino acompañado por radicales operaciones de control territorial mediante su homogeneización etnonacional bajo un eufemismo que haría fortuna tanto en los medios de comunicación como en el ámbito científico: la limpieza étnica. Sin embargo, los medios empleados para ello no eran nuevos: asesinatos selectivos, violaciones masivas, saqueos, destrucciones, quema de pueblos, expulsiones de poblaciones enteras forzadas por el terror, campos de concentración, etc. En casi todos los casos, se trata de praxis que iban a caracterizar el modus operandi de todos los contendientes a lo largo del conflicto, incluidos los bosniocroatas y los bosnios musulmanes. De hecho, la fase más cruenta de la guerra fue la que enfrentó a los elementos armados de estas dos últimas comunidades entre 1992 y 1993, dada la gran movilidad y la variedad de los grupos operantes y, por tanto, la resultante irregularidad unida a la violencia. Es más, su ejecución comportó unas lógicas movilizadoras y una radicalización dirigidas a la creación de bloques lo más cohesionados posibles, de ahí el recurso a las purgas por medios diversos de todos los elementos refractarios a las políticas antes mencionadas y opuestos a un arreglo serbo-croata en torno a Bosnia, tanto dentro de las sociedades como de las fuerzas militares.

No obstante, la guerra acabó por estancarse antes o después en todos los frentes, fruto de la incapacidad de cada bando para imponerse de forma concluyente al resto, lo cual, lejos de poner fin a los enfrentamientos, supuso su enquistamiento. Esto se explica en no poca medida por una realidad común a casi cualquier conflicto armado: los lucrativos negocios que tienen lugar en escenarios bélicos, algo que es particularmente cierto para las guerras civiles por tener lugar en países pobres, a menudo muy dependientes del exterior para proveerse de recursos básicos a nivel militar. En este caso, algo que resultó determinante fue la juventud de los estados que surgieron de la disolución yugoslava, muy exigidos por el esfuerzo de guerra y muchas veces con un escaso control sobre la realidad a ras de suelo, donde no tardaron en aparecer señores de la guerra y organizaciones criminales que cuestionaban su autoridad. Por supuesto, el escenario fue propicio para la proliferación de una corrupción endémica a todos los niveles, muy condicionada a su vez por la importancia de la dimensión local-regional en la evolución del conflicto, que era donde se hacían las lecturas de la realidad, donde se forjaban los pactos y las relaciones personales y donde se acababa actuando en uno u otro sentido. De hecho, una vez más volvemos a toparnos con una problemática que ya hemos visto de forma muy clara en Afganistán y que volveremos a ver en Chechenia o en el Congo, con una tremenda capacidad para condicionar las guerras civiles en general, y sobre todo las de los últimos treinta años: las luchas por el poder en momentos liminales de redefinición de los equilibrios políticos y los repartos de la riqueza y la influencia.

Sin embargo, como ya hemos dejado apuntado, un factor que condicionó las dinámicas y el desarrollo de las guerras yugoslavas fue su impacto mediático, desde Eslovenia hasta Kosovo, pasando por la guerra serbo-croata y las que tuvieron lugar en Bosnia. De hecho, hubo mucho de puesta en escena de los conflictos por parte de los contendientes, que trataron de aprovechar en beneficio propio su tirón informativo en Occidente para intentar forzar a la comunidad internacional a tomar decisiones favorables a los proyectos políticos representados por cada uno de ellos. Aunque no solo, esto fue particularmente cierto en el Sarajevo sitiado por las fuerzas serbobosnias. Convertida en punto de reunión de centenares de reporteros de todo el globo, la población de la capital bosnia sufrió el instinto depredador de no pocos periodistas en busca de la mejor instantánea, ataques de falsa bandera promovidos por su propio gobierno e, incluso, es posible que el no levantamiento del sitio por parte de las fuerzas militares que defendían la ciudad. El objetivo era llamar la atención de los principales líderes mundiales sobre el martirio sufrido por los bosnios musulmanes y escandalizar a la opinión pública para forzar una intervención militar internacional en su favor. De hecho, el tirón mediático de las guerras yugoslavas volvió a revelarse decisivo en la fase final del conflicto bosnio, en el verano y el otoño de 1995. Esta estuvo marcada por dos hechos fundamentales consecutivos en el tiempo: por un lado, la reducción de dos de los tres enclaves bosnio-musulmanes protegidos por los cascos azules en la Bosnia Oriental controlada por los serbobosnios, lo cual incluyó la masacre de miles de varones musulmanes en Srebrenica; por otro, las operaciones militares que acabaron con la cuestión serbia en Croacia, al forzar la huida de casi toda la comunidad serbocroata del país —la más masiva en un margen de tiempo tan breve— en una fugaz y violenta ofensiva de las fuerzas armadas croatas, adiestradas, equipadas y apoyadas por Estados Unidos para acabar con la guerra.

Tal y como vemos en el cuarto epígrafe, dedicado al final de la guerra, ambas maniobras contaron con la bendición y el visto bueno tácito de las principales potencias, que preferían un mapa etnonacional lo más simplificado posible antes de sentarse en la mesa de negociaciones. Sin embargo, el principio de delegación tiene sus problemas, y la guerra siempre cobra vida sobre el terreno, de manera que cuando la magnitud del éxodo serbocroata causó indignación en el seno de la comunidad internacional, el gobierno estadounidense se vio obligado a tirar de la manta y sacar a la luz la matanza ejecutada por los serbobosnios en el remoto enclave bosnio de Srebrenica. De este modo, y aunque hacía tiempo que los serbios habían perdido la lucha por el relato, la cuestión de la responsabilidad por el inicio de la guerra quedó cerrada en el ámbito de la opinión pública, convirtiendo a estos en la encarnación del mal por antonomasia. Para los líderes estadounidenses estaba en juego su capacidad para presentarse como gestores del nuevo orden surgido de su victoria en la Guerra Fría, y no escatimaron esfuerzos para conseguirlo, a pesar de dar lugar a una paz precaria e incierta, sobre la cual reflexionamos en el quinto y último epígrafe de este capítulo. No obstante, más allá del doble rasero y el simplismo que suelen imperar en la lectura de los conflictos armados, las guerras yugoslavas de la primera mitad de los años noventa subrayan dos cuestiones fundamentales que hemos venido viendo hasta aquí. Por un lado, los actuales estados-nación en que vivimos son el resultado de guerras civiles y conflictos de diversa naturaleza, al calor de los cuales cada país ha construido sus particulares mitologías nacionalistas y sus panteones de héroes; por el otro, las praxis bélicas y violentas en escenarios fratricidas, inseparables las unas de las otras, han sufrido un proceso de convergencia cada vez mayor a pesar de la distancia geográfica y temporal, persiguiendo siempre fines similares. He aquí, pues, dos elementos que forman parte central de la historia de las guerras civiles en los últimos cien años.

Así llegamos al capítulo 6, el último del libro, que una vez más nos sitúa en un escenario liminal de primer orden como es el de la disolución de la Unión Soviética y las violentas guerras civiles que la acompañaron y que en muy buena medida propiciaron ese fin. Para ello, los dos primeros epígrafes se centran en el conflicto armenio-azerí por el Alto Karabaj, que discurre de 1988 a 1994, y las guerras de Chechenia, de 1994 al 2009, que han hecho de este pequeño país caucásico una suerte de pequeño Afganistán. Una vez más, como veremos, la radical redefinición de las relaciones de poder a nivel doméstico e internacional contribuyen a explicar el estallido de los enfrentamientos armados y su evolución. Tanto en estos casos, como en los de Ruanda y el Congo, que abordamos en el tercer y último epígrafe, el contexto de posguerra fría y el tránsito hacia un nuevo orden mundial son decisivos en la comprensión de los episodios de violencia colectiva y lucha armada, que a la par se caracterizan por un peso decisivo de lógicas y problemas endógenos. Así pues, un vector central a estas experiencias bélicas es la disputa entre viejas élites, las cuales trataron de reciclarse a nivel político apoyándose en el nacionalismo, y otras nuevas en ascenso, que habían tenido vetado el acceso a posiciones influyentes por los equilibrios de la Guerra Fría y que ahora aspiraban a participar del reparto de poder. A nivel popular no fue menos importante el desamparo y la incertidumbre generado por el derrumbamiento de aparatos estatales que, mejor o peor, se habían mostrado estables y habían provisto un escenario político-social reconocible para aquellos a resguardo de ellos, algo que es tan cierto para la Unión Soviética como hasta cierto punto para Zaire.

Tal y como explicamos en el primer epígrafe de este último capítulo, las estructuras y las políticas de seguridad exterior sobre las que se levantaba la Unión Soviética en el Cáucaso fueron determinantes en el estallido y la evolución de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de mayoría armenia del Alto Karabaj, sito en los territorios bajo soberanía azerí. En un eventual conflicto armado contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), los territorios armenios se habían previsto como escenario de combate, de manera que los principales centros logísticos militares de retaguardia se establecieron en territorio azerí, y lo mismo podía decirse de Moldavia y Transnistria, otro caso al que hacemos referencia en estas páginas. El hecho de contar con los arsenales del Ejército Rojo fue determinante para que las autoridades azeríes y transnistrias optaran por una solución de fuerza. En el primer caso se trataba de disuadir a los armenios del Alto Karabaj de su pretensión de unirse a Armenia, y en el segundo llevó a la independencia de la estrecha franja territorial de la margen izquierda del Dniéster, poblada por una mayoría rusófona, frente al Estado moldavo, ante la posibilidad de su reunificación con Rumanía. De hecho, el irredentismo azerí en lo referente a la cuestión del pequeño enclave armenio dentro de sus fronteras estuvo muy relacionado con la escasa tradición del nacionalismo doméstico y su utilización por parte de las autoridades republicanas para reforzar su proyecto y su presencia públicas en el país petrolero. Por lo tanto, de forma muy similar a lo ocurrido en Yugoslavia, estamos ante un periodo de incertidumbre dentro de la disolución acelerada de la Unión Soviética, donde el final del proceso era imprevisible y donde los actores políticos tomaron posiciones, retejieron el tapiz de apoyos sociales y complicidades y no dudaron en servirse de la violencia contra la gran comunidad armenia residente en Azerbaiyán, estimulándola como un instrumento de legitimación y prestigio, pero también de redistribución del poder.

Da buena cuenta de la gravedad y extraordinariedad del momento histórico que se vivió a primeros de los noventa el hecho de que la guerra civil en torno al Alto Karabaj deviniera un conflicto con un alto grado de implicación internacional, algo que habría sido impensable tan solo un lustro antes por tratarse de territorios bajo soberanía soviética. Las dinámicas de este conflicto nos permiten ahondar en una cuestión sumamente interesante y a menudo obviada por la historiografía: la enorme capacidad de los escenarios locales para condicionar el posicionamiento estatal o paraestatal ante los fenómenos de violencia colectiva, y por lo tanto también sus políticas en este ámbito, que en su necesidad de mantener los apoyos sociales o forjarlos debe responder a los retos y los intereses planteados desde abajo. En este caso, a pesar del radical embate azerí contra las comunidades armenias dentro de sus fronteras y sus intentos de someter el Alto Karabaj por la fuerza, pronto se puso de manifiesto otra máxima común a cualquier conflicto bélico: el armamento moderno y un buen flujo de municiones y pertrechos militares es muy importante, pero puede no ser decisivo si no se cuenta con personal especializado capaz de sacarle partido. A pesar de su posición gravísima, las autoridades armenias en el enclave consiguieron resistir apoyadas por una Armenia muy aislada a nivel internacional, que contó con la activa colaboración financiera de la diáspora armenia y hubo de buscar el paraguas protector de la Rusia postsoviética para disuadir a Turquía de una posible intervención militar directa a favor de Azerbaiyán. Llegados a este punto varios elementos se revelaron decisivos: el componente transnacional, que se manifestó en el concurso directo de veteranos oficiales rusos; la experiencia de guerra de muchos combatientes armenios en Afganistán; y la mucho mayor motivación de estos últimos para la lucha en un conflicto que a sus ojos tenía una dimensión existencial, siempre bajo la sombra del genocidio de la década de 1910 y los pogromos azeríes de finales de los años ochenta y primeros de los noventa.

En última instancia, el conflicto interno por el Alto Karabaj acabó por el KO técnico de ambos contendientes, cuyas sociedades y economías vieron tensarse sus costuras hasta el límite de la ruptura tras una guerra total contra el civil, que incluyó graves episodios de limpieza étnica y el bloqueo de Armenia por parte de Azerbaiyán. Como suele ocurrir en todos los enfrentamientos fratricidas, que ya hemos visto que se caracterizan por tener lugar en países pobres o empobrecidos, las dificultades técnico-logísticas fueron decisivas tanto en el estancamiento y prolongación de los combates como en el resultado final, algo muy evidente en la guerra de Corea. Sea como fuere, lo interesante de casos como el del Alto Karabaj o el de Chechenia, que nos ocupa en el segundo epígrafe de este capítulo final, es que nos permiten realizar una lectura diferente del acontecimiento más importante de los últimos cincuenta años: la disolución de la Unión Soviética. En lo que respecta a la pequeña república caucásica confluyeron muchos problemas que analizamos de manera exhaustiva, pero no fue el menor de ellos el hecho de que la Europa Oriental poscomunista se convirtiera en una suerte de «Salvaje Este» del capitalismo, siguiendo el mito estadounidense de la tierra de las oportunidades. Por mucho que el país ya se había precipitado hacia la guerra civil antes, lo cierto es que fue la intervención militar rusa para restablecer la soberanía de Moscú la que acabó de poner todo patas arriba. La invasión fue una chapuza total e improvisada, comparable a entrar pegando gritos y tirando piedras en una habitación cerrada y llena de panales de avispas, algo que se pone de manifiesto en el despliegue de todos los atributos de la guerra total en el bombardeo y toma de la capital, Grozni, y en la lucha contrainsurgente frente a las guerrillas al sur del país. Los métodos puestos en práctica eran los mismos que se habían utilizado durante la década anterior en Afganistán.

Lo hemos visto de forma muy evidente para los casos de las guerras civiles centroamericanas, afganas, y lo volveremos a ver en el último epígrafe para lo referente a las congoleñas: lo ocurrido en Chechenia nos revela los efectos devastadores de los conflictos internos en la gravísima transformación de las relaciones sociales y la distorsión de la tradición, destruidas y reinventadas para legitimar nuevos sistemas de dominación. Y en este punto no solo cabe señalar a las consecuencias de las guerras, sino también a la penetración radical y salvaje del capitalismo que va asociada a sus lógicas. En un primer momento, esto sirvió como base de poder para los señores de la guerra que proliferaron en Chechenia fruto de la victoria contra los rusos en 1996, y más adelante ha vuelto a servir como tal para el establecimiento del régimen vasallo de Moscú controlado por los Kadírov. Sin embargo, todo esto no ha hecho sino contribuir a hacer de esta república caucásica un lugar de conflicto permanente y un foco exportador de islamistas radicales, dada la falta de perspectivas, la corrupción rampante y la pobreza endémica de la población. Para muchos, la militancia armada en el fundamentalismo se ha convertido en un modo de vida, como suele ser común a todos los fenómenos de voluntariado de guerra, de ahí que no pocos de estos muyahidines hayan acabado luchando en el Donbáss contra los prorrusos o en Siria, a favor del Estado Islámico.

Para acabar el libro cerramos con unos breves apuntes en torno a los gravísimos conflictos de los últimos treinta años en el África Ecuatorial, concretamente en torno a Ruanda y el Congo. Esto nos permite profundizar por última vez en un problema crucial, como es el de la recurrencia de las guerras civiles en ciertas regiones como esta, que se explican en buena medida por el grado de dislocamiento y devastación que dejan tras de sí los conflictos internos. Dicho de manera clara y concisa: las guerras civiles han tendido a dejar tras de sí sistemas de dominación frágiles y faltos de legitimidad, a la par que situaciones de incertidumbre por lo que respecta al reparto del poder y la riqueza, lo cual hace que estos escenarios sean propicios al estallido periódico de nuevos enfrentamientos. Esto ha hecho que muy a menudo los señores de la guerra hayan devenido en formas de gobierno estables en amplias regiones del globo sumidas en escenarios de conflicto o posconflicto, y su futuro ha estado muy marcado por su capacidad para proveer un remedo de estabilidad y seguridad, unos marcos de referencia a los que acogerse y dentro de los cuales poder moverse con ciertas garantías. En el caso del último y sangriento ciclo bélico en África Central cabe situar su epicentro en un pequeño país como Ruanda, donde las consecuencias de la guerra civil y el genocidio tutsi han tenido amplias resonancias en toda la región, sobre todo por los desequilibrios que han generado las grandes masas de refugiados en un entorno sumamente pobre. Sin embargo, en última instancia, la persistencia de los conflictos en la parte oriental del Congo, la más afectada a largo plazo con diferencia, encuentra explicación en el deseo de una cantidad inmensa de actores estatales y paramilitares africanos por sacar tajada de la coyuntura liminal de la posguerra fría y de la fragilidad del Estado congoleño, controlando y explotando de forma directa o indirecta sus enormes yacimientos minerales.

En definitiva, como se podrá observar, ni se estudian todas las guerras civiles por igual ni se ha pretendido establecer tipo alguno de equilibrio interno en el tratamiento de las que hemos abordado. El ciclo bélico europeo entre la guerra española y la griega, el asiático durante la Guerra Fría y el yugoslavo en la posguerra fría abarcan más espacio y suscitan más atención que el revolucionario de la Europa de Entreguerras, la Centroamérica de las décadas de los setenta y ochenta o el larguísimo ciclo afgano. Hay diferentes motivos que explican este trato desigual, pero sobre todos uno: la necesidad de abordar escenarios alternativos y observar efectos contagio y recurrencias en las formas bélicas de la guerra civil. Somos conscientes de la infrarrepresentación de algunos casos importantes y hasta paradigmáticos; el público lector más avezado no tendrá problemas a la hora de detectar cierto vacíos o ausencias. Con todo, creemos que la mirada que trazamos sobre el fenómeno de la guerra civil rompe de manera abrupta con los convencionalismos historiográficos y narrativos sobre el asunto, y más con los propios de la historiografía española. Aquí se plantea una narración histórica y comparativa que, sin pretender explicar ni describir cada una de las muchas más de cien guerras civiles de los siglos XX y XXI (aunque, como se verá, todo depende de qué se entiende por tales), sí las aborden en sus grandes ciclos históricos y en sus características fundamentales.

Esta matización metodológica es importante en un libro como este. Pese a abarcar un abanico de casos de estudio suficientemente relevante como para cimentar el trabajo en su conjunto, esta no es la historia de las guerras civiles, sino una historia de las mismas. De hecho, hemos evitado de forma totalmente consciente el simple catálogo de guerras. La mera yuxtaposición de casos no es historia comparada ni es de excesiva utilidad. Es más: los trabajos de ese tipo, sin metodología ni hipótesis y con solo descripciones descontextualizadas de guerras, conflictos o incluso genocidios (al estilo Libro Negro de) tienen la única y paradójica virtud de contribuir mediante el conocimiento a no explicar ni comprender nada sobre los pasados de violencia, guerra o genocidio. Lejos pues de escribir un libro descriptivo sin recorrido interpretativo, este es un trabajo de tesis. Nuestra propuesta central es identificar algunos elementos propios de la guerra civil como la transnacionalidad, el efecto contagio, la recurrencia o la violencia extrema contra los civiles, y ver cómo estos configuraron (y hasta reconfiguraron) las formas de hacer la guerra en el mundo contemporáneo. Tratar el fenómeno desde la contingencia y la agencia humana.

Escribir este libro ha supuesto un reto mayúsculo por diferentes motivos. El primero era estrictamente de conocimiento. Como no podía ser de otra manera, todo este trabajo ha comportado un proceso de filtrado y selección, determinado por la propia perspectiva de sus autores y por el acceso a fuentes. Vaya por delante que nos ha resultado imposible abordar un trabajo de estas características desde otras fuentes que no sean las secundarias, y a sabiendas de que cada una de las guerras y conflictos que aquí analizamos tienen detrás centenares, si no miles, de trabajos e investigaciones en multitud de idiomas. Si eso es así para la que mejor conocemos, la guerra española, tanto vale para la rusa, ejemplo de un larguísimo debate historiográfico y político desde sus mismos albores, o para las guerras en Grecia, Yugoslavia, Indochina, Guatemala y Afganistán. Otro problema ligado al acceso a fuentes era el sesgo eurocéntrico que fácilmente habría podido tomar este trabajo. Y vinculado a él estaba el riesgo del desequilibrio cronológico. Pese a que es difícil eludir la realidad de un mayor conocimiento sobre unos contextos que sobre otros, hemos tratado de escribir un libro que no se centrase en Europa, ni que acabase siendo un análisis sobre y a partir de la guerra que mejor conocemos, la española. No ha resultado fácil, de ahí ciertas desproporciones. Con todo, nuestra preocupación ha estado siempre en mostrar de manera equilibrada una historia global y compleja del fenómeno, una historia de transnacionalidades y contagios, de puntos de no retorno que pudiese construirse a partir de casos paradigmáticos.

No siempre ha sido sencillo desembarazarse de los sesgos propios, pero es que en tema como el que nos ocupa resulta casi imposible hacerlo. La Guerra Civil, con esas mayúsculas de respeto que la hacen reconocible para cualquier español, y la guerra civil, en minúsculas generalizadoras, forman parte de las agendas investigadoras de los dos autores de este libro desde hace casi veinte años: sus espacios concentracionarios, las dimensiones de sus violencias, su importancia para la comprensión de los fascismos, los voluntariados, la guerra total y la guerra local, sus memorias y narraciones constituyen la columna de un trabajo individual y colectivo en el que, por mucho que intentáramos observarla desde fuera y alejarnos de ella, la guerra civil como fenómeno histórico acababa siendo el eje gravitacional. No es ya solamente que la española de 1936-1939 sea uno de los temas de investigación y debate más concurridos en nuestra historiografía, es que en nuestras propias formaciones como historiadores la guerra civil siempre ha estado muy presente en sus dimensiones de concepto, proceso y contexto. Los dos vivimos y nos formamos en un tiempo que fue el de los conflictos internos en Yugoslavia y el de las intervenciones internacionales en dicho territorio, pero que además fue después también el del 11-S y la llamada «guerra al terror», con la oleada de violencias terroristas y conflagraciones que desencadenó, y que ha acabado alcanzando de lleno a muchos países, en lo que respecta al terrorismo también en Europa. Por ejemplo, en marzo de 2004 en Madrid, en julio de 2005 en Londres o en agosto de 2017 en Barcelona. Más allá del ámbito de estudio particular de cada uno, el tiempo mismo de elaboración de este libro coincide con guerras civiles de dimensión internacional, soberanías múltiples, violencias cruzadas, identificación de los civiles como objetivo bélico y desplazamientos masivos. Mientras escribimos siguen encendidos los fuegos de la violencia en Irak, Siria o Ucrania, entre otros lugares.

Este es, en suma, un viaje al interior de la guerra civil: una de las formas más extremas, crueles y generalizadas de violencia durante buena parte del siglo XX. En Europa, Asia, África y América, el vórtice de su huracán arrasó países, partió naciones y aniquiló comunidades. Ninguna herramienta funcionó mejor para desplegar revoluciones o repelerlas, para construir naciones, expulsar a minorías étnicas o políticas, asegurar dominios transnacionales o para aniquilar al enemigo interno, vecino, connacional. Y es un fenómeno vigente. De ahí este libro. A través del estudio de la guerra civil estas páginas son en buena medida una larga genealogía del presente.