Conan el Usurpador
Capítulo 5
¿Qué sé yo acerca de la civilización, el oropel, el artificio y la mentira? Yo, que nací en una tierra pelada y me crié al aire libre.
Las palabras sutiles y los sofismas no sirven de nada cuando canta la espada;
venid y morid, perros… yo he sido un hombre antes de ser rey.
El camino de los reyes
En el silencio que reinaba en el corredor del palacio del rey, acechaban veinte siluetas furtivas. Sus sigilosos pies, descalzos o cubiertos con sandalias de suave cuero, no hacían ningún ruido sobre la gruesa alfombra que cubría el suelo de mármol. Las antorchas que había en la pared arrojaban destellos rojizos sobre las dagas, espadas y hachas de combate.
–¡Silencio! – susurró Ascalante-. ¡No respiréis tan pesadamente, quienquiera que sea el que lo esté haciendo! El oficial de la guardia nocturna ha dejado muy pocos centinelas en el palacio, y los ha emborrachado, pero de todos modos debemos andarnos con cautela.
¡Atrás! ¡Aquí vienen los guardias!
Se apiñaron detrás de unas columnas talladas, e inmediatamente diez gigantes con armadura negra pasaron a su lado. Miraron extrañados al oficial que se los llevaba de sus puestos. Éste estaba pálido en el momento en que los guardias pasaron junto al escondite de los conspiradores, y se secaba el sudor de la frente con mano temblorosa. Era joven, y no le resultaba fácil traicionar a un rey.
Maldijo mentalmente sus extravagancias, que lo habían endeudado con los prestamistas, convirtiéndolo en juguete de políticos intrigantes.
Los guardias siguieron de largo y desaparecieron en el corredor.
–¡Muy bien! – dijo Ascalante sonriendo-. Conan está durmiendo sin protección. ¡De prisa! Si nos cogen mientras lo matamos, estamos perdidos… pero nadie abrazará la causa de un rey muerto.
–¡Sí, daos prisa! – ordenó Rinaldo cuyos ojos azules centelleaban bajo el brillo de la espada-. ¡Mi sable está sediento de sangre! ¡Escucho el ruido de los buitres! ¡Adelante!
Avanzaron rápidamente por el corredor y se detuvieron ante una puerta dorada, que tenía grabado el símbolo del dragón real de Aquilonia.
–¡Gromel! – gritó Ascalante-. ¡Tira abajo esta puerta!
El gigante respiró hondo y se abalanzó sobre la puerta, que chirrió y se combó ante el impacto. El hombre dio un paso atrás y volvió a la carga. La puerta se hizo pedazos con ruido de goznes salidos y de madera destrozada, y cayó hacia adelante.-¡Entrad! – bramó Ascalante, inflamado de odio.
–¡Adelante! – gritó Rinaldo-. ¡Muerte al tirano!
Al entrar, se detuvieron en seco. Conan estaba frente a ellos, despierto y al acecho, con la armadura puesta y su enorme espada en la mano, y no desnudo y dormido como ellos esperaban.
Durante un instante, la escena se congeló -los cuatro nobles rebeldes al lado de la puerta destrozada, y la horda de salvajes que los seguía- y todos se quedaron paralizados al ver al gigante de ojos fogosos de pie, con la espada en la mano, en el centro de la habitación iluminada por las velas. En aquel momento Ascalante vio sobre una pequeña mesa que había en el lecho real el cetro de plata y la pequeña corona dorada de Aquilonia, y sintió que enloquecía de deseo.
–¡Adelante, bribones! – gritó el proscrito-. ¡Somos veinte contra uno, y él no lleva casco!
Era cierto; no había tenido tiempo de ponerse el pesado casco ni las placas laterales de la coraza, ni de coger el enorme escudo de la pared.
Pero aun así, Conan estaba mejor protegido que cualquiera de sus enemigos, salvo Volmana y Gromel, que llevaban armadura completa.
El rey los miró, sin saber quiénes eran. No conocía a Ascalante, y Rinaldo llevaba la cara cubierta con la armadura. Pero no había tiempo para conjeturas. Dando gritos que se elevaban hasta el techo, los asesinos entraron en la habitación, con Gromel a la cabeza. Éste entró embistiendo como un toro, espada en mano para dar la primera estocada. Conan se acercó a él de un salto, blandiendo la espada con todas sus fuerzas. El enorme sable trazó un arco en el aire y golpeó el casco del bosonio. La hoja y el casco vibraron, y Gromel cayó al suelo, muerto. Conan dio un paso atrás, aferrando la empuñadura rota.
–¡Gromel! – exclamó al tiempo que escupía, con los ojos centelleando de asombro, cuando el casco hendido dejó ver la cabeza destrozada.
En ese momento, el resto del grupo se abalanzó sobre él. La punta de una daga le rozó las costillas a través de la armadura. El filo de una espada brilló delante de sus ojos. Apartó al hombre que empuñaba la daga con la mano izquierda, y le golpeó la sien con la empuñadura rota.
Los sesos del hombre le salpicaron la cara.
–¡Cinco de vosotros, vigilad la puerta! – gritó Ascalante, que se debatía en medio de un remolino de acero, pues temía que Conan huyera.
Los bribones se quedaron inmóviles, mientras su jefe cogía a algunos de ellos y los empujaba hacia la puerta. En aquel preciso instante, Conan saltó en dirección a la pared y cogió una espada que colgaba allí.
Con la espalda contra la pared, se enfrentó a los hombres y saltó en medio del círculo formado por éstos. El cimmerio nunca peleaba a la defensiva; aun en la situación más desventajosa y desesperada, no permitía que el enemigo tomara la iniciativa. Cualquier otro hombre hubiera muerto en aquellas circunstancias y, a decir verdad, Conan no tenía muchas esperanzas de sobrevivir, pero deseaba con todas sus fuerzas infligir el mayor daño posible antes de que lo mataran. Su espíritu de bárbaro estaba lleno del ardor de la batalla, y los cantos de guerra de los antiguos héroes resonaban en sus oídos.
Cuando saltó desde la pared, su hacha derribó, hizo que un enemigo cayera con el brazo cercenado, y de un terrible revés aplastó el cráneo de otros. Las espadas gemían vengativas a su alrededor, pero la muerte sólo le rozaba a una distancia de milímetros. El cimmerio se movía con cegadora velocidad. Parecía un tigre rodeado de simios, y al saltar, esquivar y atacar ofrecía un blanco en perpetuo movimiento al tiempo que su hacha tejía un manto de muerte a su alrededor.
Durante unos instantes, los asesinos lo rodearon con fiereza, atacando, pero su mismo número era una desventaja, porque chocaban unos contra otros; luego retrocedieron. Los dos cadáveres que había en el suelo daban fe de la furia del rey, si bien Conan sangraba por varias heridas que tenía en el brazo, el cuello y las piernas.
–¡Bellacos! – gritó Rinaldo, quitándose el casco emplumado-.
¿Estáis acobardados? ¿Es que el déspota ha de seguir viviendo?
¡Acabad con él!
Y se lanzó hacia adelante, dando estocadas como un loco, pero Conan, al reconocerlo, le quitó la espada de un hachazo, y lo arrojó al suelo con un fuerte empujón. El rey recibió una estocada de Ascalante en el brazo izquierdo, pero éste a duras penas logró salvar la vida, amenazada por el hacha del cimmerio. Uno de los bribones se arrojó a los pies de Conan; después de luchar por un momento con lo que parecía una sólida torre de hierro, levantó la mirada y vio el hacha, pero fue tarde para eludirla. En el ínterin, uno de sus compañeros levantó la espada con ambas manos y atravesó la placa que cubría el hombro izquierdo del rey, hiriéndolo. En un segundo, la coraza de Conan quedó cubierta de sangre. Volmana, incitando a los atacantes con su salvaje impaciencia, avanzó con una expresión asesina en el rostro e intentó hundir su arma en la cabeza, descubierta de Conan. El rey se agachó rápidamente y el sable le cortó un mechón de pelo negro.
El cimmerio giró sobre sus talones y atacó. El hacha se clavó a través de la coraza de acero, y Volmana cayó al suelo con una herida en el costado.
–¡Volmana! – dijo Conan sin aliento-. Vete a conspirar al infierno…
Inmediatamente se aprestó a enfrentarse a Rinaldo, que atacaba con salvaje furia, armado tan sólo con una daga. Conan saltó hacia atrás, levantando el hacha.
–¡Rinaldo! – dijo con desesperación-. ¡Atrás! No quiero matarte…
–¡Muere, tirano! – gritó el enloquecido juglar, abalanzándose sobre el rey.
Conan demoró el golpe que estaba a punto de descargar hasta que ya fue tarde. Pero cuando sintió el acero en el costado, atacó con ciega desesperación.
Rinaldo cayó al suelo con el cráneo destrozado, y Conan retrocedió hasta la pared, cubierto con la sangre que manaba de sus heridas.
–¡Ataca ahora, y mátalo! – gritó Ascalante.
Conan apoyó la espada contra la pared y levantó el hacha. Estaba de pie, como la imagen del primitivo indomable -las piernas separadas, la cabeza echada hacia adelante, una mano apoyada en la pared, la otra
aferrando el hacha, con los enormes músculos en tensión, como cuerdas de hierro, y el rostro congelado en una furiosa mueca-, y los ojos le centelleaban a través de la nube de sangre que estaba velándolos. Los hombres titubearon… aunque fueran salvajes, criminales y disolutos, pertenecían a la llamada civilización, y frente a ellos estaba el bárbaro… el hombre que tenía el hábito de matar. Se acobardaron al verlo… el tigre moribundo aún podía darles muerte.
Conan percibió su incertidumbre y sonrió con una mueca feroz.
–¿Quién ha de morir primero? – musitó con la boca herida y los labios cubiertos de sangre.
Ascalante saltó como un lobo con increíble rapidez y se agachó para eludir la muerte que se le acercaba siseando. Giró frenéticamente sobre sus talones para esquivarla y rodó por el suelo, mientras Conan se recuperaba del golpe fallido y atacaba de nuevo. Esta vez el hacha se hundió varias pulgadas en el suelo, cerca de las piernas de Ascalante.
Otro forajido eligió aquel momento para atacar, seguido por sus compañeros. Trató de matar a Conan antes de que el cimmerio pudiera arrancar el hacha del suelo, pero calculó mal. El bárbaro cogió el hacha manchada de sangre y le asestó un golpe a su enemigo. Una caricatura de hombre de color carmesí fue arrojada hacia atrás entre las piernas de los atacantes.
Entonces, un grito terrible surgió de labios de los bribones que estaban en la puerta, pues habían visto una negra sombra deforme sobre la pared. Ascalante se dio media vuelta al oír el grito, y aullando y blasfemando como perros, salieron corriendo por el pasillo.
Ascalante no miró en dirección a la puerta; sólo tenía ojos para el rey herido. Suponía que el ruido de la batalla habría despertado a la gente del palacio, y que los guardias leales estarían a punto de prenderlo, aunque le resultaba extraño que sus bribones gritaran de aquella manera al huir. Conan no miró hacia la puerta, porque estaba contemplando al proscrito que tenía los ojos ardientes del lobo moribundo. Ni siquiera en aquel momento abandonó a Ascalante su cínica filosofía.
–Todo parece estar perdido, especialmente el honor -murmuró-. Sin embargo, el rey se está muriendo de pie… y…
No se sabe qué otros pensamientos le pasaron por la cabeza, porque en mitad de la frase se acercó a Conan, en el preciso instante en que el cimmerio se limpiaba con una mano la sangre que le cubría la cara.
Pero en el momento en que atacó, hubo un extraño movimiento en el aire, y sintió una cosa terriblemente pesada entre los hombros. Cayó al suelo, y unos enormes colmillos se hundieron dolorosamente en su carne. Retorciéndose con desesperación, volvió la cabeza y vio el rostro de la Pesadilla y de la locura. Encima de él había una enorme cosa negra, que él sabía que no había nacido en un mundo humano. Tenía los negros colmillos de la cosa cerca de su garganta, y la mirada de sus ojos amarillos le quemó las extremidades como un viento mortífero quema la mies en el campo.
Su rostro abominable trascendía la mera animalidad. Podía tratarse del rostro de una momia antigua y maligna, animada con demoníaca vida. En aquellos rasgos repelentes, los ojos desorbitados del proscrito creían ver una especie de sombra en medio de la locura que lo rodeaba, una cierta similitud terrible con el esclavo Toth-Amon.
Entonces, la filosofía cínica y autosuficiente de Ascalante lo abandonó, y murió con un grito aterrador antes de que los babeantes colmillos lo tocaran. Conan, limpiándose la sangre que le cubría la cara, miraba atónito. Al principio pensó que lo que había sobre el cuerpo retorcido de Ascalante era un enorme sabueso negro, pero luego se dio cuenta de que no se trataba de un perro sino de un mono.
Con un aullido que parecía el eco del grito de agonía de Ascalante, se alejó de la pared y se enfrentó a la cosa con un golpe de hacha en el que se había concentrado toda la fuerza desesperada de sus electrizados nervios. El arma que había arrojado brilló desde el cráneo que habría tenido que destrozar, y el rey fue arrojado a través de la habitación por el impacto del gigantesco cuerpo.
Las mandíbulas babeantes se cerraron sobre el brazo con el que Conan se protegía la garganta, pero el monstruo no hizo ningún esfuerzo por matarlo. Lanzó una mirada demoníaca por encima de su brazo destrozado y la clavó en los ojos de Conan, en los que comenzaban a reflejarse el horror que se expresaba en los ojos muertos de Ascalante. Conan sintió que el alma le ardía y comenzaba a salirse de su cuerpo para hundirse en los abismos. amarillos del horror
cósmico que brillaban con fantasmagórico resplandor en el caos informe que crecía a su alrededor. Aquellos ojos crecían y crecían, y Conan vislumbró en ellos la realidad de todos los horrores abismales y blasfemos que acechan en la oscuridad exterior del vacío informe, y de los negros abismos siderales. Abrió su boca manchada de sangre para gritar su odio y su repugnancia, mas de los labios sólo le surgió un chasquido.
Pero el horror que había paralizado y destruido a Ascalante inflamó al cimmerio con una terrible furia similar a la locura. Con un impulso volcánico de todo su cuerpo, saltó hacia atrás, indiferente al dolor que sentía en el brazo destrozado, arrastrando al monstruo. Y su mano fue a dar con algo que su aturdido cerebro reconoció como la empuñadura de su espada rota. La aferró instintivamente y la empuñó con todas sus fuerzas, como si se hubiera tratado de una daga. La hoja rota se hundió profundamente, y el brazo de Conan quedó libre cuando la repelente boca se abrió en un último suspiro de agonía. El rey fue arrojado a un lado, y, apoyándose en una mano, vio las terribles convulsiones del monstruo, de cuyas heridas brotaba sangre espesa. Y
mientras todavía le observaba, sus movimientos cesaron y se quedó tendido en el suelo, sacudiéndose con espasmos, al tiempo que miraba hacia arriba con sus ojos muertos. Conan parpadeó y se limpió la sangre de la cara. Le parecía que la cosa se derretía y se desintegraba, convirtiéndose en una masa viscosa e informe.
Entonces llegó a sus oídos una confusión de voces, y la habitación se llenó de gente del palacio -caballeros, nobles, damas, hombres de armas, consejeros- que balbucían, gritaban y chocaban unos con otros.
Allí estaban los Dragones Negros, enloquecidos de ira, maldiciendo, con las manos en las empuñaduras y juramentos en los labios. No se veía al joven oficial de la guardia por ningún lado, a pesar de que lo buscaron afanosamente.
–¡Gromel! ¡Volmana! ¡Rinaldo! – exclamaba Publius, el consejero jefe, metiendo sus manos regordetas entre los cadáveres-. ¡Negra traición! ¡Alguien ha de pagar por esto! Llamad a los guardias.
–¡La guardia está aquí, viejo estúpido! – dijo imperiosamente Palántides, el comandante de los Dragones Negros, olvidando el rango de Publius en aquel tenso momento-. Será mejor que dejes de chillar y
nos ayudes a vendar las heridas del rey. Da la impresión de que va a morir desangrado.
–¡Sí, sí! – gritó Publius, que era un hombre de ideas más que de acción-. Debemos vendarle las heridas. ¡Manda a buscar a todos los médicos de la corte! ¡Oh, mi señor, qué vergüenza para la ciudad!
¿Estás completamente muerto?
–¡Cerdo! – dijo el rey desde el lecho en el que lo habían colocado.
Le acercaron una copa a los labios manchados de sangre y bebió como un hombre medio muerto de sed.
–¡Bien! – dijo con un gruñido-. Matar reseca la garganta. Los hombres consiguieron detener la hemorragia, y la vitalidad innata del bárbaro se puso de manifiesto una vez más.
–Curad primero las heridas del costado -dijo a los médicos de la corte-. Rinaldo me escribió una canción de muerte allí, y la pluma estaba muy afilada.
–Deberíamos haberlo ahorcado hace tiempo -farfulló Publius-. No se puede esperar nada bueno de los poetas… ¿quién es éste?
Tocó con nerviosismo el cadáver de Ascalante con el pie.
–¡Por Mitra! – exclamó el comandante-. ¡Es Ascalante, el conde de Thune! ¿Qué diablos lo trajo aquí desde el desierto?
–Pero ¿por qué tiene esa expresión en el rostro? – preguntó Publius con un susurro, alejándose, con los ojos desorbitados y erizado el cabello.
Los demás permanecieron en silencio mientras contemplaban al proscrito muerto.
–Si hubieras visto lo que él y yo vimos -gruñó el rey, incorporándose a pesar de las protestas de los médicos-, no te sorprenderías. Lo verás con tus propios ojos si miras…
Se interrumpió en mitad de la frase, boquiabierto, señalando con un dedo el vacío. En el lugar en el que había estado el monstruo muerto, no se veía más que el suelo de mármol.
–¡Por Crom! – juró-. ¡La cosa se ha hundido con la materia hedionda de la que surgió!
–El rey está delirando -susurró un noble. Conan lo oyó y profirió un juramento bárbaro.
–¡Por Badb, por Morrigan, por Macha y por Nemain! – dijo furioso-. ¡Estoy cuerdo! Era como una mezcla de momia estigia y mandril. Entró por la puerta, y los bribones de Ascalante huyeron al verlo. Mató a Ascalante, que estaba a punto de atravesarme con la espada. Entonces vino hacia mí y lo maté… no sé cómo, porque mi hacha rebotó como si se hubiera tratado de una roca. Pero creo que el Sabio Epemitreus tuvo algo que ver con esto…
–¡Escucha cómo pronuncia el nombre de Epemitreus, muerto hace mil quinientos años! – se decían unos a otros en voz baja.
–¡Por Ymir! – exclamó el rey con voz tronante-. ¡Esta noche hablé con Epemitreus! Me llamó en sueños, y yo avancé por un corredor de piedra negra en el que había tallas de antiguos dioses, en dirección a una escalera también de piedra, en cuyos peldaños había figuras de Set, hasta que llegué a una cripta en la que había una tumba con un fénix tallado…
–¡En nombre de Mitra, mi señor! ¡Calla! – dijo el sumo sacerdote de Mitra, con el rostro ceniciento.
Conan sacudió la cabeza como un león agita la melena, y habló como un gruñido de bestia salvaje.
–¿Acaso soy un esclavo, para callarme porque tú me lo ordenes?
–¡No, no, mi señor! – repuso el sumo sacerdote temblando, pero no de miedo, ante la cólera del rey-. No tenía intenciones de ofenderte.
Luego se acercó a Conan y le dijo algo al oído.
–Mi señor, esta cuestión está más allá de la comprensión humana.
Sólo un pequeño grupo de sacerdotes conoce el secreto del corredor de piedra negra que manos desconocidas esculpieron en el negro corazón del monte Golamira, o acerca de la tumba protegida por el fénix en la que fue enterrado Epemitreus hace mil quinientos años. Y desde entonces ningún ser humano ha entrado allí, porque los elegidos, después de colocar al Sabio en la cripta, cerraron la entrada del corredor de modo que nadie pudiera encontrarla, y hoy en día ni siquiera los sumos sacerdotes saben dónde está. El pequeño grupo de acólitos de Mitra conoce sólo de oídas, por boca de los sumos sacerdotes, el lugar del reposo eterno de Epemitreus en el negro corazón de Golamira, y guardan celosamente el secreto. Éste es uno de los Misterios en los que se basa el culto de Mitra.
–No sé por medio de qué artes mágicas Epemitreus me llevó hasta él
-repuso Conan-. Pero yo he hablado con él, y me hizo una marca en la espada. No sé por qué esa señal resultó mortífera para los demonios, ni qué magia había en ella, pero aunque la espada se rompió al golpear el casco de Gromel, el fragmento que quedó fue lo bastante largo como para matar al monstruo.
–Déjame ver tu espada -susurró el sumo sacerdote con la garganta seca.
Conan le enseñó la espada rota, y el sumo sacerdote lanzó un grito y se puso de rodillas.
–¡Mitra nos proteja contra el poder de las tinieblas! – dijo jadeando-. ¡En la espada está grabado el emblema del fénix inmortal que se cierne eternamente sobre su tumba! ¡Es el signo secreto que sólo él puede hacer! ¡Rápido, una vela! ¡Mirad otra vez en el lugar donde el rey dice que murió el demonio!
Éste había yacido a la sombra de un biombo roto. Arrojaron el biombo a un lado y alumbraron el suelo con la luz de la vela. En la habitación reinaba un silencio estremecedor mientras buscaban la señal. Poco después algunos caían de rodillas al suelo invocando a Mitra, y otros huían gritando de la habitación.
Allí en el suelo, en el lugar donde había muerto el monstruo, yacía una sombra tangible, una enorme mancha oscura que no se podía borrar; la cosa había dejado su contorno claramente marcado con su sangre, y aquel contorno no se parecía al de ningún ser conocido en el mundo. Estaba allí, terrible y siniestro, como la sombra de uno de los dioses-mono que se agazapan en los sombríos altares de los oscuros templos de Estigia.
La ciudadela escarlata
Muy poco tiempo después de acallarse los rumores acerca de una
guerra civil, Conan recibe una petición urgente de ayuda del aliado de
Aquilonia, el rey Amalrus de Ofir. El rey Strabonus de Koth tiene
intenciones de atacar las fronteras de Oflr, y Conan acude a la llamada
en compañía de cinco mil valientes caballeros de Aquilonia, pero cuando
llega descubre que ambos reyes se han aliado contra él en la planicie de
Shamu.
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