Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 7 de 11

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Conan el Usurpador

Capítulo 1

Atraparon al León en la planicie de Shamu,

le ataron los miembros con cadenas de hierro,

gritaron en voz alta al son de las trompetas:

«¡El León está enjaulado al fin!».

¡Ay de las ciudades a orillas del río y de la planicie si el León vuelve a acechar alguna vez!

Balada antigua

Se apagaba el clamor de la batalla; los gritos de victoria se mezclaban con los lamentos de los muertos. Los caídos cubrían la planicie como las hojas después de una tormenta de otoño; el sol poniente arrojaba sus destellos sobre los brillantes cascos, sobre las cotas de malla, las armaduras, las espadas rotas y los pliegues de los estandartes de seda, arrojados en medio de los charcos de color carmesí. Los caballos yacían en montones silenciosos, y sus jinetes vestidos de acero tenían los cabellos manchados de sangre. A su alrededor estaban los cuerpos destrozados de los arqueros y lanceros.

Los hombres hacían sonar una fanfarria de triunfo en la planicie, y los cascos de los caballos de los vencedores pisoteaban los cuerpos de los vencidos, mientras las líneas de batalla convergían como los rayos de una brillante rueda hacia el lugar en el que el último sobreviviente seguía desarrollando una lucha desigual con la muerte.

En aquel día, Conan, rey de Aquilonia, había visto lo mejor de su caballería destrozado. Había cruzado la frontera sudeste de Aquilonia con cinco mil caballeros hasta llegar a Ofir, donde halló a su antiguo aliado, el rey Amalrus de Ofir, enfrentado a él junto con las huestes de Strabonus, el rey de Koth. Se dio cuenta de la trampa demasiado tarde.

Hizo todo lo que podía hacer un hombre con cinco mil jinetes contra los treinta mil caballeros, arqueros y lanceros que servían a los conspiradores.

Se lanzó con sus jinetes armados, sin arqueros ni soldados de infantería, contra las huestes atacantes, vio a los caballeros de las fuerzas enemigas en sus brillantes cotas de malla cayendo ante las lanzas, destrozó a una parte de sus enemigos, hasta que finalmente los atacantes lo rodearon. Los arqueros shemitas de Strabonus causaron

estragos entre sus hombres, abatiéndolos, junto con sus caballos, mientras los lanceros kothios los remataban en el suelo. Finalmente, las fuerzas de Conan fueron vencidas porque sus enemigos los aventajaban en número.

Los aquilonios no huyeron; murieron en el campo de batalla, y, de los cinco mil caballeros que acompañaron a Conan hacia el sur, ni uno solo abandonó vivo la planicie de Shamu. Y ahora el rey estaba al acecho entre los cuerpos destrozados de sus hombres, y apoyaba la espalda contra un montón de hombres y de caballos muertos. Los caballeros ofireos, guarnecidos con cotas de malla doradas, hacían saltar a sus caballos por encima de los cadáveres para atravesar de una estocada a la solitaria figura, y varios shemitas de barba negra, así como algunos caballeros kothios de piel oscura, se encontraban a su alrededor. Se oía el sonido metálico del acero, que crecía en intensidad.

La figura del rey sobresalía por encima de la de sus enemigos, mientras atacaba con la ferocidad de un animal salvaje. Enseguida se vieron caballos sin jinete, y a sus pies había un montón de cuerpos destrozados. Sus atacantes retrocedieron jadeando, y con los rostros cenicientos.

Ahora se veía a los jefes conquistadores cabalgando en medio de las filas de sus hombres. Allí estaba Strabonus, de cara ancha y oscura, y ojos astutos; Amalrus, esbelto, traidor, y peligroso como una cobra, y Tsotha-lanti, delgado como un buitre, vestido con ropas de seda, de ojos negros y brillantes. Se contaban oscuras leyendas acerca de este hechicero kothio; las mujeres de las aldeas del norte y del oeste asustaban a sus niños mencionando su nombre, y los esclavos rebeldes eran sometidos más rápidamente que con el látigo si se les amenazaba con venderlos a Tsotha-lanti. La gente decía que tenía una biblioteca llena de libros de magia negra encuadernados con la piel de sus víctimas humanas, y que traficaba con los poderes de las tinieblas en los oscuros sótanos de su palacio, entregando a jóvenes esclavas a cambio de secretos infernales. Él era el verdadero soberano de Koth.

Contemplaba, con una siniestra sonrisa en el rostro, cómo los reyes frenaban sus caballos a una distancia segura de la taciturna figura que se alzaba por encima de los muertos. Hasta el hombre más valiente retrocedía al ver el brillo asesino que brotaba de los fogosos ojos azules

que asomaban por debajo del casco. El rostro oscuro y lleno de cicatrices de Conan ardía de odio; su armadura negra estaba hecha pedazos y manchada de sangre; su enorme espada estaba roja hasta la empuñadura. En aquel momento había desaparecido todo rastro de civilización; allí había un bárbaro enfrentado a sus vencedores. Conan era un nativo de Cimmeria, un montañés fiero y taciturno originario de una tierra oscura y nubosa del norte. Su vida y sus aventuras, que lo habían llevado hasta el trono de Aquilonia, se habían convertido en leyenda.

Los reyes mantenían la distancia, y Strabonus llamó a sus arqueros shemitas para que arrojaran flechas sobre el enemigo; sus capitanes habían caído como granos maduros ante la espada del cimmerio, y Strabonus, avaro de caballeros así como de riquezas, estaba hecho una furia. Pero Tsotha meneaba la cabeza.

–Cogedlo vivo.

–¡Eso es fácil de decir! – gruñó Strabonus, inquieto por la posibilidad de que el gigante de malla negra se abriera camino hacia ellos-. ¿Quién puede atrapar vivo a un tigre devorador de carne? ¡Por Ishtar que es muy superior a mis mejores espadachines! Me llevó siete años y montañas de oro adiestrarlos, y allí están todos muertos. ¡He dicho arqueros!-¡No! – repuso Tsotha, bajándose del caballo y lanzando una gélida risa-. ¿Todavía no te has dado cuenta de que mi cerebro es más poderoso que cualquier espada?

Pasó a través de las filas de lanceros, y éstos retrocedieron atemorizados por temor a tocarle la túnica. También los emplumados caballeros se abrieron paso. Luego saltó por encima de los cadáveres y se acercó al rey. Los hombres miraban en silencio, conteniendo la respiración. La figura de malla negra se alzaba amenazante por encima del hombre delgado de túnica de seda, blandiendo la espada manchada de sangre.

–Te ofrezco la vida, Conan -dijo Tsotha, con una sonrisa cruel en los labios.

–Y yo te ofrezco la muerte, hechicero -gruñó el rey, empuñando la espada con todas sus fuerzas.

El fiero golpe pudo haber partido el pecho de Tsotha en dos. Pero el hechicero se acercó a Conan con la rapidez del rayo, y apoyó la mano

abierta en el antebrazo izquierdo del bárbaro. El arma del gigante se torció y éste cayó pesadamente al suelo, inmóvil. Tsotha se rió en silencio.

–Levantadlo, y no temáis; las fauces del león están cerradas.

Los reyes se acercaron y observaron atónitos al león caído. Conan yacía inerte, como un hombre muerto, pero los miraba con los ojos desorbitados, centelleantes de furia y de desesperación.

–¿Qué le has hecho? – preguntó Amalrus, nervioso.

Tsotha enseñó un enorme anillo de aspecto extraño que llevaba en el dedo. Apretó los dedos de la mano, y vieron asombrados un colmillo de acero que asomaba de la cara interior del anillo como la lengua de una serpiente.

–El anillo ha sido introducido en el jugo del loto púrpura, que crece en los pantanos asolados por fantasmas del sur de Estigia -repuso el mago-. Le produce una parálisis provisional a cualquier persona que lo toque. Cargadlo de cadenas y ponedlo en un carro. El sol se está poniendo, y ya es hora de que nos pongamos en camino hacia Khorshemish.

Strabonus se volvió hacia su general, Arbanus.

–Regresamos a Khorshemish con los heridos. Sólo nos acompañara una tropa de la caballería real. Tú debes dirigirte al amanecer a la frontera aquilonia para sitiar la ciudad de Shamar. Los ofireos te darán víveres para el camino. Nosotros nos reuniremos contigo lo antes posible, con refuerzos.

Las huestes emprendieron la marcha en dirección a las praderas que habían cerca del campo de batalla, con los caballeros cubiertos de acero, los lanceros, los arqueros y los ayudantes de campo. Y los dos reyes y el hechicero se encaminaron a la capital de Strabonus bajo la noche estrellada, rodeados de las tropas del palacio y acompañados por una larga fila de carros cargados con los heridos. En uno de esos carros iba Conan, rey de Aquilonia, encadenado, con el amargo sabor de la derrota en la boca y la furia ciega de un tigre atrapado en el alma.

El veneno que había paralizado su poderoso cuerpo no tenía los mismos efectos en su cerebro. A medida que el carro en el que viajaba atravesaba las praderas, su mente pensaba obsesivamente en la derrota. Amalrus había enviado un emisario implorándole ayuda en

contra de Strabonus, porque según decía, estaba asolando sus tierras occidentales, que eran como una cuña entre la frontera de Aquilonia y el vasto reino de Koth. Había solicitado tan sólo mil jinetes y la presencia de Conan, a fin de animar a sus desmoralizados soldados.

Conan lo maldecía mentalmente. En un gesto generoso había traído cinco mil hombres, en lugar de los mil que el traidor le había pedido.

Cabalgó de buena fe hacia Ofir, y allí fue atacado por los supuestos rivales, que se habían aliado en contra de él. Era significativo que hubieran traído todo un ejército para atraparlo a él y a sus cinco mil hombres.

Una nube roja le cubría los ojos; sus venas estallaban de furia, y las sienes latían aceleradamente. En su vida había sentido rabia y desesperación tan grandes. Con su ojo mental vio distintas escenas de su vida en las que aparecía él en diversas situaciones: como bárbaro desnudo; como mercenario, con espada, casco y cota de malla; como corsario en una galera con proa en forma de dragón que había abierto un camino de sangre en los mares del sur; como capitán de ejércitos revestidos de armaduras de acero; como rey sentado en un trono dorado, con el estandarte del león ondeando al viento, y multitudes de cortesanos de rodillas. Pero una y otra vez el traqueteo del carro le devolvía el pensamiento a su situación actual, y se ponía furioso por la traición de Amalrus y la magia de Tsotha. Las venas de sus sienes estaban a punto de estallar, y los gritos de los heridos lo llenaban de una feroz satisfacción.

Cruzaron la frontera de Ofir antes de medianoche, y al amanecer vislumbraron las brillantes torres de Khorshemish recortadas contra el horizonte teñido de rojo. Por encima de éstas se alzaba la sombría ciudadela, que parecía una mancha de sangreen el cielo. Era el castillo de Tsotha. Una estrecha calle de mármol, protegida por enormes puertas de hierro, conducía hasta la colina en la que estaba emplazado, dominando la ciudad. Las laderas de la colina eran demasiado escarpadas para que un hombre pudiera llegar al castillo por otro camino que no fuera el de mármol. Desde las murallas de la ciudadela se podían ver las pequeñas callejuelas de la ciudad, las mezquitas y los minaretes, las tiendas, los templos, las mansiones y los mercados.

También se podía ver el palacio del rey, en el centro de un enorme

jardín lleno de árboles frutales y de flores, adornado con lagos artificiales y fuentes plateadas. Por encima del palacio se alzaba la ciudadela, como un cóndor que acecha a su presa.

Las enormes puertas de la ciudad se abrieron con metálico ruido y el rey entró en su capital rodeado de sus lanceros, al son de cincuenta trompetas. Pero no había mucha gente en las calles, ni le arrojaban flores al conquistador. Strabonus había llegado antes que las noticias acerca de la batalla, y la gente, dedicada a sus ocupaciones del día, se quedó boquiabierta al ver al rey de regreso con un pequeño contingente, y no sabían si volvía como vencedor o como vencido.

Conan, a quien se le estaban pasando los efectos de la parálisis, levantó la cabeza del suelo del carro para admirar la belleza de la ciudad, a la que la gente llamaba la Reina del Sur. Había pensado en visitarla algún día, a la cabeza de un escuadrón, con el estandarte del león ondeando al viento. Pero en lugar de ello entraba encadenado, sin armadura y tirado en el suelo de un carro como un esclavo. Se rió en voz alta ante la ironía de la situación, olvidándose por un momento de su furia, pero a los nerviosos soldados que conducían el carro su risa les sonó como el gruñido de un león que despierta.

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