Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 11 de 11

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Conan el Usurpador

Capítulo 5

¡Dadme un arco largo y fuerte,

y oscurezcamos el cielo!

¡La flecha en su muesca, la cuerda estirada,

y el rey de Koth como blanco!

Canción de los arqueros bosonios

El sol del atardecer se reflejaba sobre las plácidas aguas del Tibor, que bañaban los bastiones del sur de Shamar. Los ojerosos defensores sabían que muy pocos de ellos volverían a ver salir el sol. Los pabellones de los sitiadores abarrotaban la llanura, como si de miles de manchas se hubiera tratado. Los habitantes de Shamar no habían conseguido evitar que cruzaran el río, ya que los doblaban en número.

Las barcazas encadenadas unas a otras formaban un puente por el que el invasor vertía sin cesar sus hordas. Strabonus no se había atrevido a seguir su marcha hacia el interior de Aquilonia, dejando Shamar a sus espaldas sin haberla conquistado. Había enviado tierra adentro a sus veloces jinetes, los spahis, para que asolaran la región, y había erigido en la llanura sus máquinas de asedio. Tenía andadas en medio del río una flotilla de barcas proporcionadas por Amalrus, que llegaban hasta la muralla que lindaba con la corriente de agua. Algunos de aquellos botes habían sido hundidos por piedras arrojadas desde la ciudad, que atravesaron las cubiertas y rompieron violentamente sus tablas, pero el resto permanecía en su sitio, y desde las proas y los topes de los mástiles, protegidos por parapetos, los arqueros estaban asaeteando las torretas que daban al río. Eran shemitas, nacidos con el arco en la mano, a los que no podía equipararse ningún arquero aquilonio.

Por la parte que daba a tierra, las catapultas lanzaban una lluvia de cantos rodados y troncos de árbol, que caía entre los defensores atravesando tejados y aplastando a seres humanos como a escarabajos.

Los arietes golpeaban incesantemente las puertas; los zapadores horadaban la tierra como topos, y sus minas avanzaban bajo las torres.

La parte superior del foso había sido rodeada con una presa y, una vez vaciado del agua que contenía, había sido rellenado con cantos rodados, tierra, y también con caballos y hombres muertos. Al pie de las murallas se apiñaban figuras vestidas con cota de malla, que golpeaban

las puertas, colocaban escaleras y empujaban torres de asalto abarrotadas de lanceros contra las torretas de la muralla.

En la ciudad ya se había abandonado toda esperanza; había apenas quinientos hombres resistiendo el ataque de cuarenta mil guerreros. No habían llegado noticias del reino, cuyo puesto más avanzado era la ciudad. Conan estaba muerto, según gritaban los exultantes invasores.

Sólo las fuertes murallas y el valor desesperado de los defensores los había mantenido a raya durante tanto tiempo, y aquella situación no se mantendría siempre. El muro occidental era un montón de desperdicios sobre el que los defensores tropezaban, peleando cuerpo a cuerpo con los invasores. Los demás muros empezaban a desplomarse ya debido a las minas cavadas bajo ellos, y las torres se inclinaban como borrachas.

Los atacantes se aglomeraban ya para arremeter. Sonaron los olifantes, los soldados vestidos de acero se ordenaron para el combate en la llanura. Las torres de asalto, recubiertas de pieles de toro, empezaron a rodar con estrépito. La población de Sha- mar vio los estandartes de Koth y de Ofir, ondeando uno junto al otro, en el centro, y distinguió la figura delgada y siniestra de Amalrus, con su cota de malla dorada, y la silueta rechoncha de Strabonus, cubierta por una armadura negra, entre sus relucientes caballeros. Y entre ambos se veía una persona que hizo que los más valientes palidecieran de terror: una figura de buitre con una túnica transparente. Los lanceros se adelantaron, derramándose sobre el terreno como las olas centelleantes de un río de acero líquido; los caballeros galoparon hacia el frente, con las lanzas levantadas y los estandartes al viento. Los guerreros que estaban sobre los muros respiraron hondo, encomendaron el alma a Mitra y aferraron sus armas melladas y manchadas de sangre.

Luego, sin señal de aviso alguna, un toque de corneta interrumpió el estrépito. Un tamborileo de pezuñas se sobrepuso al estruendo de las huestes lanzadas al ataque. Al norte de la llanura que cruzaba el ejército se alzaba una serie de pequeñas colinas que se hacían más altas hacia el norte y hacia el oeste, cual escaleras gigantes. Entonces, descendiendo por aquellas colinas como la agitación en el mar que anuncia una tempestad, irrumpieron los spahis que habían estado devastando la región agachados sobre su montura, espoleándola con fiereza, y detrás de ellos se veía el sol reflejado sobre un ejército de

acero en movimiento. Avanzaron hasta quedar totalmente visibles, saliendo de los desfiladeros: jinetes con cota de malla y, flotando sobre ellos, el gran león que es el estandarte de Aquilonia.

Un enorme griterío hendió el cielo, procedente de los hombres que observaban la escena, electrizados desde las torres. En su éxtasis, los guerreros hicieron chocar sus melladas espadas contra los abollados escudos, y los habitantes de la ciudad, pordioseros harapientos y ricos comerciantes, rameras con capas coloradas y damas envueltas en sedas y satenes, cayeron de rodillas y aclamaron jubilosamente a Mitra, vertiendo lágrimas de gratitud que les empapaban el rostro.

Strabonus, que daba órdenes frenéticamente junto con Arbanus, destinadas a rodear las líneas del ejército para enfrentarse a la inesperada amenaza, gruñó:

–Todavía los doblamos en número, a menos que tengan escondidas reservas en las colinas. Los hombres de las torres de asalto pueden proteger a los de la ciudad. Ésos son poitanios. Deberíamos haber supuesto que Trocero intentaría alguna loca bravata como ésta.

Amalrus exclamó sin creérselo:

–Veo a Trocero y a su capitán Próspero… pero ¿quién cabalga entre

ellos?

–¡Ishtar nos proteja! – dijo con un grito Strabonus, palideciendo-.

¡Es el rey Conan!

–¡Estás loco! – berreó Tsotha, agitándose convulsivamente-. ¡Conan lleva días en el vientre de Satha!

Se detuvo en seco, mirando como un loco la tropa que se dispersaba en filas por la llanura. No era posible confundir aquella gigantesca figura con armadura negra y adornos dorados que montaban un gran corcel negro, que galopaba bajo los pliegues sedosos del gran estandarte que ondulaba al viento. De los labios de Tsotha brotó un grito de furia felina, que le salpicó la rizada barba. Por primera vez en su vida, Strabonus vio al brujo totalmente trastornado, y el verlo lo aterrorizó.

–¡Aquí hay brujería! – aulló Tsotha, mesándose locamente la barba-. ¿Cómo puede ser que haya escapado y llegado a tiempo para volver tan rápidamente con un ejército? ¡Esto es obra de Pelias,

maldito sea! ¡Noto su mano en esto! ¡Maldito sea yo por no haberío matado cuando pude!

Los reyes se quedaron boquiabiertos ante la mención de un hombre al que creían muerto desde hacía diez años, y el pánico que emanaba de los jefes sacudió a las tropas. Todos reconocieron al jinete del corcel negro. Tsotha advirtió el terror supersticioso de sus hombres, y la furia le dio un aspecto infernal a su rostro.

–¡Al ataque! – aulló, agitando locamente los delgados brazos-.

¡Todavía somos los más fuertes! ¡Carguemos y aplastemos a esos perros! ¡Aún podemos festejar la victoria en las ruinas de Shamar esta misma noche! ¡Oh, Set! – levantó las manos e invocó al dios-serpiente para horror incluso de Strabonus-. ¡Asegúranos la victoria y juro que te ofreceré quinientas vírgenes de Shamar retorciéndose en su propia sangre!

Mientras tanto, el ejército enemigo se había dispersado por la llanura. Junto a los caballeros venía lo que parecía un segundo ejército irregular montado sobre veloces caballos. Desmontaron y formaron a pie: eran los impasibles arqueros bosonios y los hábiles lanceros de Gunderland, a quienes les asomaba la leonada melena bajo los cascos de acero.

El ejército que había reunido Conan en las enloquecidas horas que siguieron a su regreso a la capital era un ejército multicolor. Había conseguido con grandes esfuerzos apartar a la enfurecida muchedumbre de los soldados pellios que se defendían en los muros exteriores de Tarantia y los había enrolado a su servicio. Envió un correo urgente a Trocero para que regresara. Siendo el sur el núcleo del ejército, se precipitó en esa dirección, barriendo toda la región para buscar reclutas y jinetes. Los nobles de Tarantia y de la comarca que la rodeaba engrosaron sus filas, y había enrolado gente en todos los pueblos y castillos que había en el camino. Pero sólo había conseguido reunir una fuerza insignificante comparada con la de las huestes invasoras, a pesar de la superior calidad de su acero.

Lo siguieron mil novecientos jinetes con armadura, cuyo grueso estaba compuesto por caballeros poitanios. La infantería estaba compuesta por los restos de mercenarios y soldados profesionales que trabajaban para los nobles leales: cinco mil arqueros y cuatro mil

lanceros. Este ejército avanzaba en orden, yendo en primer lugar los arqueros, luego los lanceros y tras ellos los caballeros, y avanzaban todos al tiempo.

Arbanus ordenó sus filas para enfrentarse a ellos, y el ejército aliado se desplazó hacia adelante como un centelleante océano de acero.

Los que observaban desde los muros de la ciudad se estremecieron al ver la inmensa hueste, que superaba enormemente en potencia a los salvadores. En primer lugar marchaban los arqueros shemitas, luego los lanceros kothios, a continuación los caballeros de Strabonus y Amalrus con sus cotas de malla. Lo que Arbanus intentaba era obvio: emplear a sus hombres de a pie para barrer la infantería de Conan y abrir así una brecha para lanzar una poderosa carga de su fuerte caballería.

Los shemitas empezaron a tirar a cuatrocientas yardas, y las flechas cayeron como una lluvia después de recorrer el espacio que separaba a los dos ejércitos, y oscurecieron el sol. Los arqueros del oeste, entrenados durante miles de años de guerra sin cuartel contra los salvajes pictos, siguieron avanzando impávidos, cerrando filas a medida que iban cayendo sus camaradas. Los doblaban varias veces en número, y el arco shemita tenía mayor alcance, pero en cuanto a precisión los bosonios no eran inferiores a sus enemigos, y equilibraban la pura destreza en lo que se refiere al manejo del arco con su moral más elevada y su excelente armadura. Cuando estuvieron a la distancia correcta, arrojaron las flechas, y los shemitas cayeron a montones. Los guerreros de barbas negras, con sus ligeras cotas de malla, no podían soportar el castigo como los bosonios, cuya armadura era más resistente. Se disolvieron tirando los arcos al suelo, y su huida provocó el desorden entre las filas de lanceros kothios que los seguían.

Al faltarles el apoyo de los arqueros, estos hombres armados cayeron a cientos ante los dardos de los bosonios y, al cargar desordenadamente en busca del cuerpo a cuerpo, fueron recibidos por las jabalinas de los lanceros. No había infantería capaz de perturbar a los salvajes hombres de Gunderland, cuya tierra natal, la provincia más al norte de Aquilonia, estaba a sólo un día de caballo de las fronteras de Cimmeria a través de la frontera bosonia. Criados para la lucha, eran el pueblo de raza más pura entre todos los hiborios. Los

lanceros kothios, aturdidos por las bajas producidas por los dardos, fueron destrozados y retrocedieron en desbandada.

Strabonus rugía de furia al ver rechazada a su infantería, y ordenó a gritos que se hiciera una carga general. Arbanus ponía objeciones, señalando que los bosonios se estaban reorganizando al frente de los caballeros aquilonios, quienes habían permanecido inmóviles sin bajar de sus corceles durante el enfrentamiento. El general aconsejó una retirada temporal, para hacer que los caballeros salieran de la cobertura que les proporcionaban los arqueros, pero Strabonus estaba loco de furia. Miró las extensas filas relucientes de sus caballeros, contempló el puñado de figuras cubiertas de cota de malla que se le oponía, y ordenó a Arbanus que diera la señal de ataque.

El general encomendó su alma a Ishtar e hizo sonar el olifante dorado. Con un rugido atronador, el bosque de lanzas se puso en ristre, y la inmensa hueste arremetió, cruzando la llanura, cobrando cada vez mayor impulso. Todo el llano bajo la estruendosa avalancha de pezuñas, y el brillo del oro y del acero deslumbró a los que observaban desde las torres de Shamar.

Los escuadrones surcaron las desmadejadas filas de lanceros, atropellando igualmente a amigos y enemigos, y se precipitaron bajo las ráfagas de dardos que arrojaban los bosonios. Cruzaron el llano con ruido atronador, resistiendo encarnizadamente la tormenta que sembraba su camino de relucientes caballeros como si hubieran sido hojas caídas en otoño. Luego irrumpiría con sus monturas por entre los bosonios, segándolos como trigo; pero la carne no podía soportar durante mucho tiempo la lluvia de muerte que los destrozaba y rugía violentamente entre sus filas. Los arqueros seguían en pie, inmóviles, hombro con hombro, las piernas firmes, arrojando flecha tras flecha como un solo hombre, profiriendo breves gritos a pleno pulmón.

Toda la primera fila de caballeros desapareció y, tropezando con los blandos cuerpos de caballos y jinetes, sus camaradas se tambalearon y cayeron hacia adelante. Arbanus había muerto, tenía una flecha en la garganta, y su cráneo había sido aplastado por los cascos de su caballo moribundo. La confusión recorrió las desordenadas huestes. Strabonus gritaba una orden, Amalrus otra, y todos sentían el terror supersticioso que les había despertado el ver a Conan.

Y mientras las huestes centelleantes se arremolinaban, confusas, sonaron las trompetas de Conan, y a través de las filas abiertas de los arqueros se lanzó al ataque la terrible carga de los caballeros aquilonios.

Los ejércitos fueron sacudidos por lo que parecía un terremoto, que hizo que se estremecieran las oscilantes torres de Shamar. Los desorganizados escuadrones de los invasores no podían detener el empuje de la cuña de sólido acero erizada de lanzas que se precipitó contra ellos como un rayo. Las largas lanzas de los atacantes machacó sus filas, y los caballeros de Poitain se introdujeron hasta el corazón de las huestes enemigas manejando sus terribles espadas con ambas manos.

El fragor y el estrépito del acero era como el de un millón de mazos golpeando un número igual de yunques. Los que miraban desde las murallas estaban aturdidos y ensordecidos por el estruendo; se aferraban a las almenas y observaban el hirviente remolino de acero, en el que se sacudían violentamente los penachos que lograban elevarse por entre las brillantes espadas; los estandartes se tambaleaban y caían.

Amalrus cayó y murió bajo los cascos de los caballos, con el hombro partido en dos por la espada de Próspero. Las tropas de los invasores habían rodeado a los mil novecientos caballeros de Conan, pero en torno a esta compacta cuña, que cada vez se introducía más y más en la formación menos compacta de sus enemigos, todos los caballeros de Koth y de Ofir se arremolinaban y la atacaban en vano. No podían romperla.

Los arqueros y lanceros, tras haberse librado de la infantería kothia, que había quedado deshecha y huía desordenadamente por el llano, se acercaron a los extremos del campo de batalla, arrojando flechas desde cerca y precipitándose a acuchillar y rasgar con sus cuchillos las cinchas y los vientres de los caballos, y ensartando con sus largas lanzas a los jinetes.

Conan, en la punta de la cuña de acero, lanzaba su bárbaro grito de guerra y blandía su enorme espada describiendo brillantes arcos de muerte, que hacían caso omiso de las borgoñotas de acero y de las cotas de malla. Montado en su caballo, se introdujo por entre el derroche de

atronador acero de sus enemigos, y los caballeros de Koth cerraron filas tras él, dejándolo aislado de sus guerreros. Conan golpeaba como el rayo, se introducía violentamente entre las filas con fuerza y velocidad, y llegó hasta Strabonus, que estaba lívido entre sus tropas palaciegas. En ese momento la batalla quedó equilibrada, ya que, siendo más sus tropas, Strabonus todavía tenía oportunidad de arrancar la victoria de las rodillas de los dioses.

Pero cuando vio a su archienemigo separado finalmente de él por la distancia de un brazo, dio un grito y lo embistió ferozmente con el hacha. Ésta dio estrepitosamente sobre el yelmo de Conan, haciendo saltar chispas, y el cimmerio retrocedió y devolvió el golpe. La hoja de su espada, de una yarda de largo, aplastó el casco y el cráneo de Strabonus, y el corcel del rey retrocedió relinchando, y arrojó de la silla un cuerpo fláccido y desgarbado. Un inmenso clamor surgió de las huestes, que vacilaron y retrocedieron. Trocero y sus tropas, dando estocadas furiosas, se abrieron paso en dirección a Conan, y el gran estandarte de Koth se vino abajo. Y entonces, por detrás de los aturdidos y destrozados invasores, se elevó un inmenso clamor y la llamarada de una conflagración descomunal. Los defensores de Shamar habían hecho una salida a la desesperada, despedazando a los hombres que obstruían las puertas, y deambulaban con furia entre las tiendas de los sitiadores, destrozando a los miembros del campamento, incendiando los pabellones y derribando las máquinas de asedio. Ésta fue la gota que colmó el vaso. El reluciente ejército puso pies en polvorosa, y los furiosos conquistadores los aplastaban en su huida.

Los fugitivos se precipitaron hacia el río, pero los hombres que componían la flotilla, acosados con fiereza por las piedras y los dardos que arrojaban los reanimados ciudadanos, soltaron amarras y remaron hacia la orilla sur, abandonando a sus camaradas a su destino. Muchos de ellos ganaron la orilla precipitándose por las barcazas que servían de puente, hasta que los hombres de Shamar cortaron las amarras y las apartaron de la orilla. Entonces la lucha devino en carnicería. Los invasores, empujados hasta el interior del río, en el que se ahogaban dentro de sus armaduras, o derribados a mandobles a lo largo de la orilla, perecían a millares. Habían prometido no dar cuartel; tampoco lo recibieron.

Desde el pie de las colina hasta las orillas del Tibor, la llanura estaba plagada de cadáveres, y el río, teñido de rojo, discurría atiborrado de muertos. De los mil novecientos caballeros que habían cabalgado hacia el sur con Conan, apenas quedaron con vida quinientos que pudieran vanagloriarse de sus cicatrices, y la matanza de arqueros y lanceros fue espantosa. Pero la numerosa y brillante hueste de Strabonus y Amalrus fue exterminada, y los que huyeron fueron menos que los que murieron.

Mientras se prolongaba la matanza a lo largo del río, tenía lugar el último acto de un encarnizado drama en la vega del otro lado. Entre los que habían cruzado el puente de barcazas antes de que fuera destruido se hallaba Tsotha, que galopaba como el viento sobre un corcel escuálido, de aspecto extraño, cuya velocidad no habría podido igualar un caballo terrenal. Huyendo implacablemente, dejando atrás amigos y enemigos, llegó a la orilla sur y entonces, al volver la vista, descubrió una adusta silueta sobre un alazán negro que lo perseguía furiosamente. Ya habían cortado amarras, y las barcazas empezaban a separarse entre sí, yendo a la deriva, pero Conan avanzó con temeridad, haciendo saltar a su corcel de un bote a otro como un hombre que saltara de un témpano de hielo flotante a otro. Tsotha gritó una maldición, pero el enorme caballo dio un último salto, relinchando por el esfuerzo, y ganó la orilla sur. El brujo inició la huida hacia la pradera y tras él el rey, cabalgando furiosamente, en silencio, y blandiendo la enorme espada que iba dejando un rastro de gotas de color carmesí. Y así siguieron la presa y el cazador, si bien el corcel negro no conseguía acercarse, aunque estirara a fondo cada uno de sus músculos y nervios. Galoparon por una tierra sobre la que se ponía el sol, y una luz difusa proyectaba sombras engañosas, hasta que la vista y el sonido de la matanza se desvanecieron tras ellos. En aquel momento, apareció en el cielo un punto negro que al acercarse se convirtió en una enorme águila. Planeó vertiginosamente sobre la cabeza del caballo de Tsotha; éste relinchó terriblemente y se encabritó, arrojando de la silla a su caballero.

El viejo Tsotha se puso en pie, enfrentándose con su perseguidor.

Tenía los ojos de una serpiente enloquecida, y su rostro parecía una

máscara de furia animal. Llevaba en cada mano algo que brillaba, algo que Conan sabía que contenía la muerte.

El rey desmontó y se adelantó hacia su enemigo, blandiendo su enorme espada, mientras que a cada paso que daba resonaba el ruido metálico de su armadura.

–¡Nos volveremos a encontrar, hechicero! – dijo, sonriendo salvajemente.

–¡Apártate de mí! – chilló Tsotha como un chacal enardecido por la sangre-. ¡Te arrancaré la piel de los huesos! ¡No podrás vencerme, y aunque me cortaras en trozos, los pedazos de carne y los huesos volverían a juntarse y te perseguirían hasta la muerte! ¡Reconozco la mano de Pelias en todo esto, pero os desafío a ambos! Soy Tsotha, hijo de…

Conan se abalanzó con los ojos entrecerrados y la espada en la mano.

La diestra de Tsotha avanzó, y el rey esquivó rápidamente algo que pasó sobre su cabeza protegida por el casco, y chamuscó la arena con un resplandor de fuego diabólico. Antes de que Tsotha pudiera arrojar el otro globo con la mano izquierda, la espada de Conan le cercenó el delgado cuello. La cabeza del hechicero saltó de los hombros dejando escapar un chorro de sangre, y la figura vestida con túnica vaciló y finalmente se derrumbó como ebria. Sin embargo sus ojos enloquecidos miraron fijamente a Conan con una luz salvaje, la boca se le torció en una mueca siniestra y sus manos se agitaron como buscando la cabeza

cortada. Y entonces, con un raudo movimiento de alas, algo se precipitó desde el cielo… era el águila que había atacado el caballo de Tsotha.

Con sus poderosas garras cogió la cabeza sanguinolenta y se lanzó hacia el espacio. Conan enmudeció de espanto, pues de la garganta del águila brotó una carcajada humana que recordaba la voz de Pelias, el hechicero.

Algo horrendo sucedió entonces, pues el cuerpo descabezado se puso de pie sobre la arena, y, tambaleándose sobre sus piernas, luchó de forma aterradora para dirigirse con las manos extendidas hacia el punto negro que se alejaba velozmente en el oscuro cielo. Conan se quedó petrificado, hasta que la figura vacilante desapareció en la bruma que teñía de rojo la pradera.

–¡Crom! – sus poderosos hombros se estremecieron-. ¡Al demonio con las peleas entre hechiceros! Pelias se ha portado bien conmigo, pero preferiría no verlo más. Que me traigan una espada limpia y un enemigo igualmente limpio para poderla clavar en él. ¡Maldición! ¡Qué no daría por una jarra de vino!

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