Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 10 de 11

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Conan el Usurpador

Capítulo 4

«La misma espada que acaba con el rey corta las ataduras del imperio.»

Proverbio aquilonio

Las calles de Tarantia bullían con la muchedumbre que aullaba, y agitaba airada los puños y las picas oxidadas. Faltaba poco para que amaneciera en el segundo día después de la batalla de Shamar, y los acontecimientos se habían producido con tanta precipitación que confundían el entendimiento. Por medios que sólo Tsotha-lanti conocía, la noticia de la muerte del rey había llegado a Tarantia seis horas después de la batalla. El resultado fue el caos. Los barones abandonaron la capital del reino a todo galope para reforzar la defensa de sus castillos contra los atacantes. El fuerte reino que había creado Conan parecía tambalearse al borde de la disolución, y los plebeyos y comerciantes temblaban ante la inminencia del regreso del régimen feudal. El pueblo pedía a gritos un rey que los protegiera tanto de su propia aristocracia como de los enemigos externos. El conde Trocero, a quien Conan había dejado al mando de la ciudad, trataba de infundirles confianza, pero su miedo irracional les hacía recordar las antiguas guerras civiles y cómo aquel mismo conde había sitiado Tarantia quince años antes. Por las calles se gritaba que Trocero había traicionado al rey y que planeaba saquear la ciudad. Los mercenarios comenzaron a despojar las viviendas, llevándose por delante a mercaderes gritones y mujeres aterradas.

Trocero eliminó a los saqueadores, esparció sus cadáveres por las calles, los hizo regresar a su cuartel y arrestó a sus jefes. Aun así, la gente seguía juzgando con precipitación, y gritaba insensatamente que el conde había provocado los disturbios en beneficio propio.

El príncipe Arpello compareció ante el confundido consejo y anunció que estaba dispuesto a hacerse cargo del gobierno de la ciudad hasta que se decidiera quién iba a ser el nuevo rey. Conan no tenía ningún hijo. Mientras debatían, sus agentes influyeron con sutileza en el pueblo, que se aferraba a cualquier jirón de realeza. El consejo escuchó la tormenta que había fuera del palacio, donde la multitud rugía, aclamando a Arpello el Salvador. Y se rindió.

Al principio Trocero se negó a acatar la orden de entregar el mando, pero el pueblo se le echó encima, silbando y aullando, y lanzando piedras e inmundicias a sus caballeros. Viendo la inutilidad de una batalla campal con los defensores de Arpello en aquellas condiciones, Trocero le arrojó el cetro a la cara a su rival, colgó a los jefes de los mercenarios en la plaza como último acto oficial y salió a caballo de la ciudad por la puerta sur, al frente de sus mil quinientos caballeros armados. Al cerrarse estrepitosamente las puertas a sus espaldas, la suave máscara de Arpello cayó, revelando el siniestro semblante de un lobo hambriento.

Al estar los mercenarios descuartizados o escondidos en sus barracones, los suyos eran los únicos soldados de Tarantia. Montado sobre su caballo de batalla en medio de la gran plaza, Arpello se proclamó a sí mismo rey de Aquilonia entre el clamor de la engañada multitud.

El canciller Publius, que se había opuesto al cambio, fue arrojado a la prisión. Los comerciantes, que habían saludado con alivio la proclamación de un rey, se quedaron consternados al ver que la primera acción del monarca era exigirles un tributo abusivo. Seis comerciantes, enviados en delegación de protesta, fueron apresados y decapitados sin ceremonias. A esta ejecución siguió un perplejo silencio. Los comerciantes, como suele ser su costumbre al enfrentarse a un poder al que no pueden controlar con dinero, cayeron postrados sobre sus gordas barrigas y le lamieron las botas al opresor.

El pueblo llano se desentendió del destino de los comerciantes, pero empezaron a murmurar cuando descubrieron que la soldadesca peliana, bajo la excusa de mantener el orden, era tan perversa como los bandidos turanios. Llovieron las quejas por extorsión, asesinato y pillaje sobre Arpello, que había instalado su residencia en el palacio de Publius, porque los desesperados consejeros, condenados por orden suya, defendían el palacio real contra los soldados. Había tomado posesión del palacio del placer, y las chicas de Conan fueron arrastradas hasta su morada. La gente murmuró al ver a las bellezas reales retorciéndose en las brutales manos de sus secuestradores con armaduras de hierro: las damiselas de ojos oscuros de Poitain, las esbeltas muchachas de negros cabellos de Zamora, de Zingara y de

Hirkania, las brithunias de sus cabellos rubios, todas lloraban de espanto y de vergüenza, porque no estaban habituadas a la brutalidad.

La noche cayó sobre la ciudad perpleja y turbulenta, y antes de que llegara la medianoche se extendió misteriosamente por las calles la noticia de que los kothios habían vencido y estaban golpeando los muros de Shamar. Alguien del misterioso servicio secreto de Tsotha se había ido de la lengua. El miedo sacudió a la gente como un terremoto, y ni siquiera se pararon a pensar en la brujería que había hecho posible que las noticias se hubieran transmitido tan velozmente. Se precipitaron ante las puertas de Arpello, exigiéndole que marchara hacia el sur e hiciera retroceder al enemigo hasta el otro lado del Tibor.

Él podría haber señalado sutilmente que no tenía fuerzas suficientes, y que no podría formar un ejército hasta que los barones reconocieran como justa su coronación. Pero estaba ebrio de poder y se les rió a la cara.

Un joven estudiante llamado Athemides se subió a un pedestal en la plaza, y acusó a Arpello de ser un instrumento de Strabonus, pintando un vivido retrato de cómo sería la vida bajo el mandato kothio con Arpello como sátrapa. Antes de que concluyera, la muchedumbre aullaba ya de temor y gruñía de rabia. Arpello envió a sus soldados para que arrestaran al joven, pero la gente le avisó y huyeron con él, rechazando a sus perseguidores con piedras y con gatos muertos. Un aluvión de flechas acabó con el tumulto, y una carga de jinetes sembró la plaza de cadáveres, pero Athemides salió subrepticiamente de la ciudad para rogar a Trocero que volviera a tomar Tarantia y viniera en ayuda de Shamar.

Athemides encontró a Trocero cuando éste levantaba el campamento fuera de los muros de la ciudad, listo para marchar hacia Poitain, en el lejano extremo suroeste del reino. A los insistentes ruegos del joven respondió que no tenía la fuerza necesaria para tomar Tarantia por asalto, ni siquiera contando con la ayuda de la muchedumbre que había en su interior, ni la suficiente para enfrentarse a Strabonus. Además, los avariciosos nobles saquearían Poitain a sus espaldas mientras peleaba contra los kothios. Muerto el rey, cada hombre debía proteger lo suyo. Cabalgaba hacia Poitain para defenderse lo mejor posible de Arpello y de sus aliados extranjeros.

Mientras Athemides negociaba con Trocero, la muchedumbre recorría la ciudad con furia desesperanzada. El pueblo se arremolinaba bajo la gran torre que había junto al palacio real, voceando su odio hacia Arpello, que permanecía en las almenas y se reía de ellos mientras sus arqueros se colocaban tras los parapetos, las ballestas a punto.

El príncipe de Pellia era un hombre fornido de estatura mediana, y el rostro severo y sombrío. Era una intrigante, pero también un luchador. Bajo su jubón de seda y sus faldones con adornos metálicos, y las mangas con encajes, brillaba el acero bruñido. Su largo cabello negro era rizado; lo llevaba perfumado y sujeto por la parte de atrás con una tira de tela de hilos de plata, pero de su cadera colgaba una enorme espada, cuya empuñadura de pedrería estaba desgastada ya a causa de las batallas y campañas.

–¡Idiotas! i Aullad cuanto queráis! ¡Conan está muerto y Arpello es el rey!

¿Qué más daba si toda Aquilonia se unía en contra de él? Tenía suficientes hombres para defender los poderosos muros hasta que llegara Strabonus. Pero Aquilonia estaba dividida en contra de sí misma. Los barones peleaban uno contra otro para apoderarse de los tesoros de sus vecinos. Arpello sólo tenía que vérselas con la desvalida muchedumbre. Strabonus se abriría camino entre las débiles posiciones de los barones en guerra como el espolón de una galera entre la espuma, y, hasta su llegada, lo único que tenía que defender y conservar en su poder era la capital del reino.

–¡Idiotas! ¡Arpello es el rey!

El sol se elevaba por encima de las torres del este. En el cielo de color carmesí apareció una minúscula mancha voladora que creció hasta adquirir el tamaño de un murciélago, y luego el de un águila. A continuación todos los que lo vieron profirieron gritos se asombro, ya que por encima de las murallas de Tarantia descendió precipitadamente una figura que los hombres sólo conocían a través de leyendas semiolvidadas, y de sus alas titánicas saltó una figura humana, mientras el animal graznaba al pasar por encima de la gran torre.

Luego, con un batir atronador de alas se marchó, y la gente parpadeaba, pensando que estaban soñando. Pero en las almenas se

veía un hombre de aspecto bárbaro, semidesnudo y manchado de sangre, que blandía una gran espada. Y de la multitud se elevó un rugido que hizo tambalearse a las mismísimas torres:

–¡El rey! ¡Es el rey!

Arpello estaba totalmente pasmado; luego, con un grito, desenvainó la espada y saltó hacia Conan. Con un rugido leoni- no, el cimmerio paró el golpe de la sibilante hoja y, dejando caer su propia espada, aferró al príncipe y lo alzó por encima de su cabeza, sosteniéndolo por el cuello y las piernas.

–¡Llévate tus conspiraciones al infierno! – rugió, y lanzó lejos al príncipe de Pellia, como si hubiera sido un saco de sal, dejándolo caer desde una distancia de cuarenta yardas.

La gente retrocedió mientras el cuerpo se precipitaba en el vacío y se estrellaba en el pavimento de mármol, salpicando sangre y sesos, y quedaba allí aplastado con la armadura hecha añicos, como un escarabajo pisoteado.

Los arqueros de la torre se acobardaron y perdieron la sangre fría.

Huyeron, y los consejeros sitiados salieron del palacio y los despedazaron con alegre desenfreno. Los caballeros y los hombres de armas pellios intentaron ponerse a salvo en las calles, y la multitud los descuartizó. La lucha invadía la ciudad, los cascos emplumados y las viseras de acero se sacudían violentamente entre las desordenadas cabezas y luego desaparecían; las espadas se debatían frenéticamente en un ondulante bosque de picas, y por encima de todo ello se elevaba el rugido de la muchedumbre, y se mezclaban los gritos de aclamación con los aullidos que manifestaban su sed de sangre y con los gemidos de agonía. Y muy por encima de todo aquello, la desnuda figura del rey se sacudía y oscilaba sobre las vertiginosas almenas, estremecido por una risa gargantuesca que se burlaba de todos: de la muchedumbre y de los príncipes, e incluso de sí mismo.

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