Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 9 de 11

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Conan el Usurpador

Capítulo 3

El León se paseaba por las salas del infierno; en su camino se cruzaban las lúgubres sombras de muchas formas ignotas… de Monstruos con las fauces abiertas. La oscuridad se sacudió con gritos y alaridos cuando el León se paseó por las salas del infierno.

Balada antigua

El rey Conan comprobó la argolla y la cadena que lo sujetaban.

Tenía las extremidades libres, pero sabía que no podría romper los grilletes. Los eslabones de la cadena eran del grosor de un dedo, y estaban unidos a una banda de acero que le habían colocado alrededor de la cintura. El peso de los grilletes habría matado a un hombre más débil que él. Los eslabones que sostenían la banda y la cadena eran tan gruesos que ni siquiera un martillo pesado los habría podido abollar.

La argolla atravesaba la pared y estaba sujeta por el otro lado.

Conan maldijo, y sintió pánico al contemplar la oscuridad que había alrededor del semicírculo de luz. Los miedos supersticiosos propios de los bárbaros que albergaba en el alma no habían sido erradicados por la lógica de la civilización. Su primitiva imaginación llenaba la oscuridad subterránea de figuras siniestras. Además, la razón le decía que no lo habían llevado allí simplemente para tenerlo preso. Sus captores no tenían razón alguna para perdonarle la vida. Lo habían llevado a aquel agujero para que muriera allí. Se maldijo a sí mismo por haber rechazado su oferta, aun cuando su obstinada hombría sentía repugnancia ante la idea, y él sabía que si lo hubiera vuelto a poner en la misma situación y le hubiera dado otra oportunidad, su respuesta habría sido la misma. No vendería a sus súbditos a un carnicero. Y sin embargo, sólo había pensado en sí mismo al conquistar el reino. Es así como funciona a veces el instinto de responsabilidad de un soberano, aun cuando se trate de un saqueador con las manos manchadas de sangre.

Conan recordó la última y abominable amenaza de Tsotha, y gruñó con furia, porque sabía que no se trataba sólo de una fanfarronada.

Para el hechicero, los seres humanos tenían el mismo valor que un insecto para un naturalista. Pensó en las suaves manos blancas que lo habían acariciado, en los rojos labios que habían besado los suyos, en

los blancos y delicados pechos que habían temblado entre sus brazos, y cuya piel blanca como el marfil y rosada como un pétalo fresco había de ser arrancada… De los labios de Conan brotó un alarido furioso, tan aterrador e inhumano que, si alguien lo hubiera escuchado, se habría asombrado con horror de que proviniera de una garganta humana.

Sus propios ecos le produjeron un estremecimiento y le hicieron pensar una vez más en su situación. El rey contempló con temor la oscuridad que lo rodeaba y pensó en las historias que había oído acerca de la crueldad nigromántica de Tsotha. Sintió que un río helado le recorría la espina dorsal, y se dio cuenta de que aquélla debía de ser la Sala de los Horrores de laque hablaba la leyenda. Aquéllos eran los calabozos y los túneles en los que Tsotha llevaba a cabo sus horribles experimentos con seres humanos, experimentos bestiales y demoníacos en los que ponía en juego como un blasfemo los elementos básicos de la vida misma al desnudo. Los rumores decían que el poeta loco Rinaldo había visitado aquellos fosos y que el hechicero le había enseñado los horrores que realizaba, y que las monstruosidades que se mencionaban en su terrible poema La canción del foso no eran simples fantasías de una mente enferma. La cabeza del poeta se había convertido en polvo bajo el hacha de Conan la noche en la que el rey peleara por salvar su vida de los asesinos que el vate loco había conducido al palacio, pero las palabras de la siniestra balada todavía resonaban en los oídos del rey mientras se encontraba allí encadenado.

La sola idea de los horrores a los que aludía la balada le helaba la sangre. Le pareció oír un ruido, y todo el cuerpo se le puso en tensión, en actitud alerta. Una mano helada le tocó la espina dorsal. Se trataba del sonido inconfundible de escamas deslizándose suavemente sobre la piedra. Un sudor frío le empapó el rostro cuando vislumbró, más allá del semicírculo de luz, una forma vaga, enorme y espantosa, que no veía nítidamente. Se acercaba a él balanceándose, y unos ojos amarillos se clavaron en los suyos. Lentamente, la cosa enorme y asquerosa con cabeza en forma de cuña tomó forma ante sus ojos desorbitados; de la oscuridad asomaron unos anillos cubiertos de escamas, y luego divisó el reptil más espantoso que había visto en su vida.

Era una serpiente enorme, de veinte yardas de largo, cuya cabeza era más grande que la de un caballo. Sus escamas brillaban con helado

fulgor en la penumbra. Seguramente se trataba de un reptil nacido en la oscuridad, pero sus ojos eran malignos, y veían claramente. Meneó sus gigantescos anillos delante del prisionero, y la enorme cabeza se agitó a unas pulgadas de su cara. Su lengua dentada casi le tocó los labios, y el fétido olor le provocaba náuseas. Los enormes ojos amarillos lanzaban destellos ardientes, y Conan los miró con la expresión de un lobo acorralado. Luchó desesperadamente contra el loco impulso de cogerle el cuello con las manos y destrozarlo. Dado que era mucho más fuerte que un hombre civilizado, le había roto el cuello a una serpiente pitón en una lucha demoníaca en la costa estigia, en su época de corsario. Pero este reptil era venenoso, y tenía enormes colmillos de diez pulgadas de largo, curvos como cimitarras. De éstos chorreaba un líquido incoloro que supo instintivamente que suponía la muerte. Podría romperle el cráneo con los puños, pero sabía que, en cuanto hiciera el menor movimiento, el monstruo lo atacaría con la rapidez del rayo.

No fue por un proceso de razonamiento lógico que Conan se quedó inmóvil, porque la razón podría haberle dicho -dado que estaba condenado de todos modos- que incitara a la serpiente a que lo atacara para acabar de una vez. Fue el ciego y oscuro instinto de preservación el que le hizo permanecer rígido como una estatua de hierro. El enorme reptil se elevaba y la cabeza se hallaba muy por encima de la suya, mientras el monstruo observaba la antorcha. Una gota de veneno le cayó sobre la pierna desnuda, y sintió como si una daga al rojo vivo se le hubiera clavado en la carne. Rojos relámpagos de dolor sacudieron el cerebro de Conan, pero éste siguió inmóvil; no se le movió un solo músculo, ni pestañeó, a pesar del dolor que le causaba la herida, que le dejó una cicatriz por el resto de sus días.

La serpiente se le acercó, como si hubiera tratado de asegurarse de que la figura que había allí, inmóvil como un muerto, estaba viva.

Entonces, súbita e inesperadamente, la puerta exterior sonó con un ruido metálico. La serpiente, como todas las de su especie, se alejó con increíble rapidez a pesar de su tamaño, y desapareció por el corredor.

La puerta se abrió y la reja estaba corrida; se vio una enorme figura oscura recortada contra el resplandor de las antorchas. La figura entró, y, cuando se acercó, Conan vio que se trataba de un negro

gigantesco, desnudo, que llevaba una enorme espada en una mano y un manojo de llaves en la otra. El negro hablaba en el dialecto de la costa, y Conan respondió en la misma lengua; la había aprendido en su época de corsario en las costas de Kush.

–Hace mucho que quería encontrarte, Amra -le dijo el negro, llamándolo por el nombre con el que lo conocían los kushitas de su época de pirata… Amra el León.

El esclavo esbozó una sonrisa casi animal, enseñando sus blancos colmillos. Los ojos le brillaban con fulgor rojizo a la luz de las antorchas.

–He arriesgado mucho para venir a verte. ¡Mira! ¡Las llaves de tus grilletes! Se las robé a Shukeli. ¿Qué me darás por ellas? – preguntó, agitando las llaves delante de los ojos de Conan.

–Diez mil monedas de oro -contestó el rey rápidamente, con una esperanza en el corazón.-¡No es suficiente! – repuso el negro gritando, con feroz alegría en su rostro de ébano-. No es suficiente teniendo en cuenta el riesgo que corro. Tsotha es capaz de enviar a sus monstruos para que me devoren, y si Shukeli se da cuenta de que le robé las llaves, me colgará del… bueno, ¿qué me das?

–Quince mil monedas y un palacio en Poitain -ofreció el rey.

El negro lanzó un alarido y se puso a dar saltos de alegría.

–¡Más! – pidió a gritos-. ¡Ofrece más! ¿Qué me darás?

–¡Perro negro! – dijo Conan, con un rojo velo de furia en los ojos-.

¡Si estuviera libre, te rompería el cuello! ¿Acaso Shukeli te envió aquí para que te burlaras de mí?

–Shukeli no sabe nada de esto, hombre blanco -repuso el negro, estirando su grueso cuello para mirar fijamente a Conan a los ojos-. Te conozco desde hace mucho tiempo, cuando yo era el jefe de un pueblo libre, antes de que los estigios me vendieran a esas gentes del norte. ¿No recuerdas el saqueo de Abombi, cuando tus lobos de mar nos atacaron?

Tú mataste a un jefe delante del palacio del rey Ajaga, y el otro jefe huyó. Mi hermano fue el que murió, y yo huí. ¡Exijo que pagues con sangre, Amra!

–Si me liberas, te daré tu peso en oro -dijo Conan con un gruñido.

Los ojos centellearon, y los blancos dientes brillaron como los de un lobo a la luz de las antorchas.

–Sí, perro blanco, eres como todos los de tu raza, pero, para un negro, el oro jamás puede sustituir a la sangre. ¡El precio que exijo es…

tu cabeza!

El eco de estas últimas palabras, pronunciadas a gritos, resonaron en el calabozo. Conan se puso en tensión, apretando inconscientemente los grilletes con una sensación de repugnancia ante la idea de morir como una oveja. En aquel preciso instante vio una vaga sombra espantosa moviéndose en la oscuridad.

–¡Tsotha jamás lo sabrá! – dijo el negro, riendo como un demonio, demasiado ebrio de triunfo para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, demasiado ciego de odio para notar que la Muerte se balanceaba a sus espaldas-. No entrará en este foso hasta que los demonios te hayan destrozado los huesos. ¡Tendré tu cabeza, Amra!

El negro separó las piernas, que parecían columnas de ébano, y empuñó su enorme espada con las dos manos. En aquel momento, la gigantesca sombra que había a sus espaldas dio un salto, y la cabeza en forma de cuña golpeó con una fuerza tal que el impacto resonó en los túneles. De la boca del negro no

surgió ni un solo sonido a pesar de que los labios se distendieron de dolor. Conan vio que la vida se escapaba por los grandes ojos negros con la misma rapidez con que se apaga una vela. El enorme cuerpo del negro cayó al suelo, y la cosa lo rodeó con sus brillantes anillos. Poco después, Conan oyó el ruido de huesos rotos. Entonces, algo hizo que su corazón latiera aceleradamente. La espada y las llaves cayeron de las manos del negro y fueron a dar casi a los pies del cimmerio.

Conan trató de agacharse para recogerlas, pero la cadena era demasiado corta. Casi ahogado por los latidos de su corazón, estiró un pie y asió las llaves con los dedos; después levantó el pie y las cogió con la mano, ahogando con dificultad un grito de alegría feroz que asomaba instintivamente a sus labios.

Después de manosear un rato los cerrojos, quedó libre. Recogió la espada del suelo y miró a su alrededor, donde no había más que oscuridad. Conan se dirigió hacia la puerta abierta. Dio unos pasos y se encontró en el umbral. Una risa chillona resonaba en el foso, y la reja volvió a su lugar de un golpe. A través de ésta vio un rostro demoníaco… Shukeli, el eunuco, había seguido el rastro de las llaves

que le habían robado. Seguramente no vio la espada que tenía el prisionero en la mano. Conan profirió un juramento y atacó con la rapidez de la cobra; la enorme espada pasó entre los barrotes, y la risa de Shukeli se convirtió en un grito de agonía. El obeso eunuco se inclinó hacia adelante, como haciendo una reverencia a su asesino, y cayó al suelo con las manos regordetas apretando las entrañas que escapaban de su abdomen.

Conan gruñó con salvaje satisfacción, pero seguía prisionero. Las llaves no servirían para abrir el cerrojo, que sólo podía ser accionado desde fuera. Tocó los barrotes y vio que eran duros como la espada; si intentaba cortarlos, sólo conseguiría destrozar su única arma. Pero notó unas marcas dentadas en los barrotes de hierro, como de unos colmillos increíbles, y se preguntó con un estremecimiento qué monstruos terribles habrían intentado forzar aquellos barrotes. Sólo podía hacer una cosa: buscar otra salida. Cogió una antorcha y avanzó por el corredor espada en mano. No vio ningún rastro de la serpiente ni de su víctima, salvo una enorme mancha de sangre en el suelo de piedra.

El cimmerio avanzó sin hacer ruido en la oscuridad, mitigada tan sólo ésta por la luz vacilante de su antorcha. Caminó con cautela, observando cuidadosamente el suelo, para evitar caer en algún pozo.

De repente oyó el llanto desgarrador de una mujer. Supuso que se trataría de otra de las víctimas de Tsotha. Maldijo al hechicero una vez más y se volvió hacia un túnel más pequeño y húmedo, siguiendo el sonido que llegaba a sus oídos.

Éste se hizo cada vez más nítido a medida que avanzaba. Levantó la antorcha y vio una silueta en las sombras. Se acercó más y se detuvo de repente, horrorizado, al ver una masa antropomórfica. Parecía un pulpo, pero sus deformes tentáculos eran demasiado cortos, y su cuerpo como una gelatina repugnante. Por encima de la masa gelatinosa asomaba una cabeza similar a la de un sapo, y se quedó petrificado de asco y de horror cuando se dio cuenta de que el llanto provenía de aquellos labios repugnantes. El ruido se convirtió en una risa abominable cuando los enormes ojos del monstruo se posaron en él, y se le acercó moviendo el cuerpo tembloroso.

Conan retrocedió y huyó por el túnel, no confiando en su espada. La cosa podía estar hecha de materia terrenal, pero se estremecía al verla, y dudaba de que un arma humana pudiera hacerle daño. Durante un breve lapso de tiempo oyó que la cosa se agitaba a sus espaldas, y se reía con una risa terrible. La nota inconfundiblemente humana de su risa lo volvía loco. Era la misma risa que había oído de los gruesos labios de las lascivas mujeres de Shadizar la Maldita, cuando se desnudaba a las muchachas cautivas en la subasta pública. ¿Por medio de qué artes infernales había dado vida Tsotha a aquel ser antinatural?

Conan tenía la extraña sensación de estar viendo una blasfemia contra las leyes eternas de la naturaleza.

Corrió en dirección al pasillo principal, pero, antes de llegar a él, cruzó una especie de pequeña habitación cuadrada, en el cruce de dos túneles. Cuando llegó a la habitación, vio que había un pequeño bulto en el suelo; entonces, antes de que pudiera huir, su pie tocó algo blando, y se cayó de bruces al suelo. La antorcha se le escapó de la mano, y se extinguió al tocar el suelo de piedra. Conan se levantó, medio aturdido, y tanteó en la oscuridad. Su sentido de la orientación estaba confuso, y se sentía incapaz de decidir en qué dirección estaba el pasillo principal.

No buscó la antorcha, puesto que no había forma de volverla a encender. Sus manos dieron con la boca de varios túneles, y eligió uno el azar. Nunca supo durante cuánto tiempo había caminado por el túnel, pero súbitamente sus bárbaros sentidos le advirtieron del peligro, y se detuvo en seco.

Lo invadió una sensación parecida a la que había experimentado, alguna vez, frente a un profundo precipicio en la más absoluta oscuridad. Se acercó a gatas al borde del abismo y rozó con la mano extendida el contorno de un pozo, en cuyo interior el suelo del túnel parecía sumergirse abruptamente. Las paredes eran viscosas y húmedas al tacto y parecían descender en picado hacia las profundidades. Alargando un brazo en las tinieblas, apenas si logró tocar con la punta de su espada el borde opuesto. Podía cruzarlo de un salto, pero no tenía sentido hacerlo. Se había equivocado de túnel, y la galería principal estaba a sus espaldas.

Mientras estos razonamientos ocupaban su mente, una ligera corriente de aire, un viento indefinido procedente del interior del pozo,

le agitó la melena. Trató de convencerse de que aquel pozo conectaba de algún modo con el mundo exterior, pero su instinto le decía que algo antinatural estaba ocurriendo. No se hallaba simplemente en el seno de una montaña; estaba más abajo aún, muy por debajo de las calles de la ciudad. ¿Cómo era posible, pues, que un viento del exterior se sumergiera en las entrañas de la tierra y soplara después hacia arriba?

Una tenue vibración acompañaba a la misteriosa corriente, como el batir de lejanos tambores a lo lejos. El rey de Aquilonia sintió un escalofrío.

Se echó hacia atrás, incorporándose, y, al hacerlo, algo emergió de entre las aguas del pozo. Pero Conan ignoraba qué era. No conseguía ver nada en la oscuridad, pero una presencia extraña se hacía sentir con indudable fuerza… una inteligencia invisible e intangible que flotaba malignamente en el ambiente. Dio media vuelta y retrocedió por el mismo camino que había recorrido al venir. A lo lejos se veía un tenue resplandor rojizo, y se dirigió hacia él. Cuando todavía lo creía lejano, chocó de cabeza contra un sólido muro, y allí, a sus pies, halló el origen del resplandor: su propia antorcha, con la llama extinguida y un rescoldo rojizo en el extremo. Levantándola con cuidado del suelo, sopló, y la llama brotó de nuevo. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Se hallaba otra vez en la estancia en la que los túneles se cruzaban, y volvía a orientarse. Después de localizar el túnel por el que se había dirigido al pasadizo principal, se encaminó hacia allí y, al hacerlo, la llama osciló violentamente, como si unos labios invisibles hubieran soplado sobre ella. Sintió de nuevo una presencia y levantó la antorcha para iluminar toda la estancia. No vio nada, y sin embargo percibió que algo invisible e incorpóreo flotaba en el aire, deslizándose como una babosa y murmurando atrocidades que, aunque inaudibles, él percibía de forma instintiva. Agitó la espada con furia y sintió como si hubiera estado rasgando telarañas. Un gélido horror invadió sus sentidos y huyó del túnel, mientras sentía un aliento fétido y caliente en su espalda desnuda. Al adentrarse en el pasadizo principal ya no percibió presencia alguna fuera visible o invisible. Esperaba verse atacado en cualquier momento por seres diabólicos que emergieran de la oscuridad, con poderosas garras y afilados colmillos. En los túneles no reinaba el silencio. De las entrañas de la tierra partían en todas las

direcciones sonidos que parecían provenir de un mundo de locos. Se oían risitas maliciosas, chillidos de demoníaco regocijo, aullidos escalofriantes y, en una ocasión, la inconfundible carcajada de una hiena que degeneraba en una sarta de palabrotas y blasfemias. Oyó pasos furtivos y, en las entradas de los túneles, percibió fugazmente el ir y venir de siluetas indefinidas, monstruosas e informes.

Era como si hubiera descendido al infierno… a un infierno producto de la mente de Tsotha-lanti. Pero aquellos seres indefinidos no entraron en el pasadizo principal, aunque Conan percibiera con toda claridad el ávido succionar de unos labios babeantes y el fulgor de unos ojos hambrientos. Y enseguida supo a quién pertenecían. El sonido de algo que se deslizaba a sus espaldas lo dejó petrificado, y se adentró de un salto en las tinieblas de un túnel lateral, apagando al mismo tiempo la antorcha. Más allá, en la galería, oyó a la gran serpiente, que se arrastraba con pesadez a causa de su reciente y horripilante festín.

Muy cerca de él escuchó el lloriqueo de algo que huía atemorizado entre las sombras. Era evidente que la galería principal constituía el dominio de caza de la enorme serpiente, y que los demás monstruos respetaban su terreno.

Para Conan, la serpiente era un horror menor comparado con el resto de los horrores que lo acechaban; casi sintió un asomo de simpatía al recordar a la cosa chorreante y viscosa que había emergido del pozo. Al menos era algo terrenal; era la muerte reptante, pero sólo amenazaba con la extinción física, y no psíquica y espiritual, como los otros horrores.

Una vez que el monstruo hubo atravesado la galería, el cimmerio prosiguió su camino a lo que consideraba una distancia segura, soplando a la antorcha para que la llama se reavivara. Apenas hubo recorrido un trecho, escuchó un gemido casi inaudible que parecía emanar de la negra boca de un túnel cercano. Aunque los instintos le indicaban precaución, su curiosidad hizo que se dirigiera hacia el túnel, manteniendo en alto la antorcha, que ya no era más que un pequeño tocón. Estaba preparado para enfrentarse a cualquier cosa, pero la escena que apareció ante sus ojos le dejó boquiabierto.

Ante él se extendía una amplia estancia, uno de cuyos extremos se había convertido en jaula mediante una serie de barrotes que, a escasa

distancia entre sí y sujetos entre el suelo y el techo, se hallaban firmemente afianzados en el suelo de piedra. En su interior yacía una figura y Conan pudo ver, a medida que se iba acercando, que se trataba de un hombre -o de la exacta réplica de un hombre- atado con los zarcillos de una densa parra que parecía brotar de la sólida piedra del suelo. Sus ramas estaban recubiertas de hojas extrañamente puntiagudas, y de una profusión de capullos de color carmesí… no el resplandeciente rojo de los pétalos naturales, sino un color carmesí lívido y antinatural, una especie de perversión del mundo vegetal. Sus retorcidas ramas se enroscaban en torno al cuerpo desnudo y los miembros del hombre, como abrazando y cubriendo de ávidos besos su entumecida carne. Un gran capullo le cubría la boca. De sus labios entreabiertos surgió un gemido natural y animal; la cabeza se agitaba como presa de un dolor insoportable, y los ojos miraban fijamente a Conan. Pero no había señales de inteligencia en ellos; su mirada era vidriosa y vacía como la de un idiota.

Repentinamente, el capullo carmesí se abrió y sus pétalos se aplastaron contra los doloridos labios del hombre. Las extremidades del infeliz se retorcieron de angustia; los zarcillos de la planta temblaban como en éxtasis, vibrando en toda su extensión. Ondas de cambiantes matices hacían que su color se tornara más oscuro, más maligno.

Conan no comprendía el espectáculo que se ofrecía ante sus ojos, pero sabía que contemplaba un horror de alguna clase. Hombre o demonio, el sufrimiento del cautivo conmovió a su impulsivo corazón.

Buscó la forma de entrar y encontró una puertecilla entre los barrotes, cerrada con un pesado candado. La abrió con una de las llaves que llevaba y entró en la jaula. En aquel momento los pétalos de los lívidos capullos se extendieron cual cabeza de cobra, los zarcillos se contrajeron amenazadoramente y la planta entera se agitó y trepó hacia él. No se trataba del ciego crecimiento de la vegetación natural.

Conan percibió una inteligencia perversa y misteriosa; la planta podía verlo y su odio se sentía como si hubiera emanado en ondas casi tangibles. Aproximándose con cautela, apuntó hacia las raíces de la planta: un tallo repulsivamente flexible y más grueso que su propio muslo. Mientras los largos zarcillos se arqueaban hacia él con un

murmullo de hojas, Conan blandió la espada y de un solo tajo cortó el tallo. Al instante, el infeliz se vio violentamente lanzado hacia un lado, mientras la gran parra se agitaba y enmarañaba como una serpiente a la que se hubiera cortado la cabeza, rodando hasta convertirse en una bola informe. Los zarcillos se debatían y retorcían con violencia, las hojas vibraban y repiqueteaban como castañuelas, y los pétalos se abrían y cerraban convulsivamente; finalmente, las ramas se extendieron fláccidas y los vividos colores empalidecieron y se tornaron opacos, mientras un líquido blanco y maloliente rezumaba del tallo cercenado.

Conan contemplaba fascinado el espectáculo, cuando de pronto un ruido a sus espaldas lo hizo volverse en redondo con la espada en alto.

El hombre recién liberado se hallaba en pie, observándolo. Conan lo miró estupefacto. Sus ojos no parecían ya meras cuencas vacías y sin expresión en un rostro agotado. Oscuros y meditabundos, resplandecían de vida e inteligencia, y la expresión de imbecilidad había desaparecido de su cara como si de una máscara se tratara. Tenía la cabeza estrecha y bien formada, y la frente alta y majestuosa. El porte del hombre era aristocrático, lo que se hacía evidente tanto en su figura espigada y esbelta como en sus manos y pies de reducido tamaño. Las primeras palabras que dijo fueron raras y sorprendentes.

–¿En qué año estamos? – preguntó, hablando en kothio.

–Hoy es el décimo día del mes Yuluk, del año de la Gacela

–respondió Conan.

–¡Yagkoolan Ishtar! – musitó el extranjero-. ¡Diez años! – Se pasó la mano por la frente y sacudió la cabeza, como para librar su cerebro de telarañas-. Todavía lo veo todo confuso. Tras un vacío de diez años, no se puede esperar que la mente comience a funcionar de inmediato con claridad. ¿Quién eres?

–Conan, en un tiempo de Cimmeria y hoy rey de Aquilonia. Los ojos del otro denotaron sorpresa.

–¿Hablas en serio? ¿Y Numedides?

–Lo estrangulé en su propio trono la noche en que tomé la ciudad real -replicó Conan.

Una cierta ingenuidad en la respuesta del rey hizo que los labios del extraño se crisparan.

–Perdón, Majestad. Tendría que haberte agradecido el servicio que me has prestado. Soy como un hombre que despierta de pronto de un sueño más profundo que la muerte, y lleno de pesadillas más terribles que el mismo Infierno; pero sé que me liberaste. Dime, ¿por qué cortaste el tallo de la planta Yothga en lugar de arrancarla de raíz?

–Porque aprendí hace tiempo a evitar el contacto de mi carne con aquello que mis sentidos no comprendieran -contestó el cimmerio.

–Has hecho bien -añadió el extranjero-. Si hubieras conseguido arrancarla, habrías encontrado aferradas a sus raíces cosas que ni siquiera tu espada hubiera logrado vencer. Las raíces de Yothga brotan del mismísimo Infierno.

–Pero ¿quién eres tú? – preguntó Conan.

–La gente me llamaba Pelias.

–¡Cómo! – gritó el rey-. ¿Pelias el brujo, el rival de Tsotha-lanti, que desapareció de la tierra hace diez años?

–No exactamente de la tierra -replicó Pelias con irónica sonrisa-.

Tsotha prefirió mantenerme vivo, con grilletes más seguros que el hierro herrumbroso. Me encerró aquí junto con esta planta diabólica, cuyas semillas viajaron por el negro cosmos de Yag el Maldito para no encontrar más terreno fértil que la corrupción infestada de gusanos de los suelos del Infierno.

»No lograba recordar mi magia ni las palabras y símbolos de mi poder, pues esa maldita cosa me abrazaba y sorbía mi espíritu con sus repugnantes caricias. Succionaba el contenido de mi mente día y noche, dejando mi cerebro tan vacío como una jarra de vino rota. ¡Diez años!

¡Que Ishtar nos ampare!

Conan no supo qué responder y siguió aferrando el tocón de la antorcha, con la espada baja. Era evidente que el hombre estaba loco, y sin embargo no había rastros de locura en los extraños ojos oscuros que se posaban tan sosegadamente sobre él.

–Dime, ¿está el brujo negro en Khorshemish? Pero no, no necesitas responder. Mis poderes comienzan a despertar de su letargo y percibo en tu mente una gran batalla y un rey atrapado a traición. Y veo a Tsotha-lanti cabalgando sin descanso hacia el Tibor con Strabonus y el rey de Ofir. Mejor. Mis artes están recién despiertas, demasiado frágiles todavía para enfrentarse tan pronto a Tsotha. Necesito tiempo para

recobrar fuerzas y volver a emplear mis poderes. Salgamos de este infierno.

Conan hizo sonar su manojo de llaves con desaliento.

–La reja de la puerta exterior está cerrada con un cerrojo que sólo puede ser accionado desde fuera. ¿Sabes si hay alguna otra salida en estos túneles?

–Sólo una que ninguno de los dos osaríamos usar, al ver que conduce hacia abajo y no hacia arriba -dijo Pelias, riendo-. Pero no importa. Vayamos a ver esa reja.

Se dirigió hacia la galería con los pasos inseguros de quien no ha utilizado las piernas durante mucho tiempo, pero poco apoco sus extremidades fueron recobrando firmeza. Caminando tras él, Conan dijo inquieto:

–Hay una maldita y gigantesca serpiente arrastrándose por este túnel. Andémonos con cuidado, no sea que nos metamos en su mismísima boca.

–La recuerdo muy bien -respondió Pelias con tristeza-, sobre todo teniendo en cuenta que fui obligado a contemplar cómo engullía a diez de mis acólitos, que le fueron servidos como festín. Es Satha, la Vieja, el animal favorito de Tsotha.

–¿Excavó estos abismos Tsotha sin otro fin que el de albergar a sus malditos monstruos? – preguntó Conan.

–No los excavó él. Cuando la ciudad fue fundada, hace tres mil años, ya existían en esta montaña y en su entorno las ruinas de una ciudad antigua. El rey Khossus V, su fundador, edificó su palacio en la montaña, y al construir las bodegas y los sótanos llegó hasta una puerta tapiada. Después de derribarla, descubrió estos pasadizos, que eran tal y como los vemos ahora. Pero su gran visir halló un final tan terrible en ellos que Khossus, presa de temor, mandó cerrar la entrada de nuevo.

Dijo que el visir había caído en un pozo, pero hizo rellenar las bodegas, y más tarde él mismo abandonó el palacio. Construyó otro en las afueras de la ciudad, que también abandonó aterrado al descubrir una mañana un moho negro esparcido por el suelo de mármol de sus aposentos.

–Después partió con toda su corte a la parte oriental del reino y ordenó levantar una nueva ciudad. El palacio de la montaña dejó de ser

utilizado y pronto quedó convertido en ruinas. Cuando Akkuto I restableció las glorias perdidas de Khorshemish, edificó una fortaleza aquí. A Tsotha-lanti le fue encomendada la tarea de construir la ciudadela escarlata y abrir otra vez el camino hacia esos pasadizos.

Cualquiera que fuese el destino del gran visir de Khossus, Tsotha lo evitó para sí. No cayó a ningún pozo, aunque sí descendió a uno, del que salió con una extraña expresión en los ojos que nunca lo abandonó.

»Yo he visto ese pozo, pero nunca he tratado de buscar la sabiduría que alberga. Soy brujo, y más viejo de lo que los hombres pudieran pensar, pero también soy humano. En lo que respecta a Tsotha, se dice que una bailarina de Shadizar durmió demasiado cerca de las ruinas prehumanas de la montaña de Dagoth y que despertó entre los brazos de un demonio negro; de aquella unión impía nació un maldito híbrido al que los hombres llaman Tsotha-lanti.

De repente, Conan gritó y se echó hacia atrás, tirando de su compañero. Ante ellos se alzaba la silueta blanca y resplandeciente de Satha, y sus ojos refulgían con un odio eterno. Conan tensó todo el cuerpo para intentar un ataque desesperado… arrojar el ardiente leño contra aquel rostro diabólico y asestarle un certero mandoble con la espada. Pero la serpiente no lo miraba. Por encima de su hombro parecía contemplar al hombre llamado Pelias, que permanecía con los brazos cruzados, sonriendo. Y en los enormes ojos de la bestia, fríos y amarillos, el odio fue dejando paso paulatinamente a un intenso pavor… fue la única vez en su vida que Conan vio aquella expresión en los ojos de un reptil. Dejando tras de sí un remolino como el producido por un fuerte vendaval, la gran serpiente desapareció.

–¿Qué vio para asustarse tanto? – preguntó Conan, mirando a su compañero con desasosiego.

–Los seres con escamas ven cosas que escapan a los ojos de los mortales -respondió Pelias enigmáticamente-. Tú ves mi disfraz carnal, pero ella vio mi alma desnuda.

Un escalofrío recorrió la espalda de Conan y se preguntó si, después de todo, Pelias sería un hombre o simplemente otro demonio de los abismos con máscara humana. Se planteó la conveniencia de traspasar con la espada el cuerpo de su compañero sin mayor vacilación. Pero mientras lo pensaba, llegaron a la reja de hierro, que destacaba contra

el resplandor de las antorchas que había al otro lado. El cuerpo de Shukeli permanecía todavía desplomado contra los barrotes y cubierto de sangre de color carmesí.

Pelias rió y Conan escuchó su risotada con desagrado.

–¡Por las caderas marfileñas de Ishtar! ¿Quién es nuestro portero?

¡Ni más ni menos que el mismísimo Shukeli, el noble Shukeli, que colgó a mis hombres por los pies y les arrancó la piel a tiras mientras soltaba grandes carcajadas! ¿Estás dormido, Shukeli? ¿Por qué estás tan tieso?

¿Y por qué tu grasienta barriga está abierta en canal como la de un cerdo adobado?

–Está muerto -musitó Conan, inquieto al escuchar tan crueles palabras.

–Vivo o muerto -rió Pelias-, nos abrirá la puerta. – Y dando una vigorosa palmada con las manos, gritó-: ¡Levántate, Shukeli! ¡Sal del infierno y levántate del suelo sanguinolento! ¡Abre la puerta a tus amos! ¡Levántate, te digo!

Un espantoso gemido resonó en los túneles. Conan sintió que el cuerpo se le cubría de frío sudor y los cabellos se le erizaban de pánico.

El cuerpo de Shukeli comenzó a moverse lentamente, extendiendo sus gruesas manos en un gesto infantil. La despiadada risa de Pelias cortaba el aire como un hacha de sílex, mientras el cuerpo del eunuco trataba de enderezarse aferrándose a los barrotes de la reja. Conan observó como su sangre se volvía hielo, y la médula de sus huesos, agua; los ojos desorbitados de Shukeli estaban vidriosos y vacíos, y del gran boquete de su panza las entrañas le colgaban fláccidas hasta el suelo. Los pies del eunuco se enredaban en sus propias tripas mientras hurgaba en el candado, moviéndose como un autómata. Cuando el cadáver comenzaba a moverse, Conan había pensado que, debido a algún azar imprevisto, el hombre estaba vivo. Pero no era así. Estaba muerto… y lo había estado durante muchas horas.

Pelias atravesó tranquilamente la puerta abierta, y el cimmerio se lanzó precipitadamente tras él, sudando a mares y huyendo de aquella horrible figura que se apoyaba tambaleante contra la verja que mantenía abierta. El brujo pasó sin volver la vista y Conan lo siguió, presa de horror y de náusea. No habría andado ni una docena de pasos

cuando un golpe sordo lo hizo volverse en redondo. El cadáver de Shukeli yacía inmóvil a los pies de la reja.

–Ya ha cumplido su cometido y el Infierno se lo lleva de nuevo -

señaló Pelias satisfecho, simulando no notar el estremecimiento que sacudía el poderoso cuerpo de Conan.

Lo condujo escaleras arriba, a través de la puerta de bronce adornada con la calavera que coronaba la escalinata. Conan aferraba la espada, esperando la aparición de un tropel de esclavos, pero el silencio reinaba en la ciudadela. Atravesaron el negro corredor y llegaron a la galería que los incensarios perfumaban con su perenne incienso. Seguían sin ver a nadie.

Los esclavos y los soldados se alojan en la otra parte de la ciudadela

-dijo Pelias-. Esta noche, con su señor ausente, se habrán emborrachado con vino o con zumo de loto.

Conan miró por una ventana en forma de arco y antepecho dorado que se abría sobre una enorme terraza, y gritó un juramento de sorpresa al ver el oscuro azul del cielo salpicado de estrellas. Acababa de salir el sol cuando fue arrojado a las entrañas de la tierra, y se encontraba en aquel momento con que había pasado la medianoche. No se había percatado del tiempo que había permanecido bajo tierra. De pronto, sintió sed y un hambre feroz. Pelias lo condujo a una habitación de cúpula dorada y suelo de plata, cuyas paredes de lapislázuli estaban llenas de puertas.

Con un suspiro de satisfacción, el brujo se desplomó sobre un diván de seda.

–Sedas y oro de nuevo -dijo con un suspiro-. Tsotha pretende estar más allá de los placeres de la carne, pero es medio diablo. Yo soy humano, a pesar de mis negras artes. Me gusta la comodidad y el buen vino… y de ello se valió Tsotha para atraparme. Me sorprendió indefenso a causa de la bebida. El vino es una maldición… ¡Por el pecho de marfil de Ishtar! ¡Mientras yo hablo de él, resulta que el traidor está aquí! Amigo, sírveme un trago… ¡espera! Olvidaba que eres un rey. Yo lo serviré.

–¡Al diablo! – gruñó Conan, llenando una copa de cristal y alargándosela a Pelias; después, levantando la jarra en alto, se echó un buen trago a la boca, remedando el suspiro de satisfacción del otro.

–El perro sabe lo que es un buen vino -dijo Conan, limpiándose la boca con el reverso de la mano-. Pero, ¡por Crom, Pelias! ¿Es que nos vamos a quedar aquí sentados hasta que los soldados despierten y nos corten el pescuezo?

–No temas -respondió Pelias-. ¿Quieres saber qué ha sido de Strabonus?

Un destello azul ardió en los ojos de Conan, y el cimmerio apretó la empuñadura de su espada con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

–¡Qué ganas tengo de vérmelas con él! – musitó. Sobre una mesa de ébano había un globo de cristal, grande y resplandeciente. Pelias lo cogió.

–El cristal de Tsotha. Un juguete para niños, pero útil cuando no hay tiempo para ciencias mayores. Mira en él, Majestad.

Lo depositó sobre la mesa, ante los ojos de Conan. El rey vio abismos envueltos en nubes que se hacían cada vez más profundos y extensos. Lentamente, las nubes y la bruma se fueron disipando para dejar paso a un paisaje familiar. Se veían grandes llanuras que acababan en un río ancho y tortuoso, tras el cual el llano se transformaba en una cordillera de montañas de poca altura. En la orilla septentrional del río se alzaba una ciudad amurallada, protegida por un foso que desembocaba en ambos extremos del río.

–¡Por Crom! – exclamó el cimmerio-. ¡Es Shamar! ¡Esos perros la han sitiado!

Los invasores habían cruzado el río y su campamento se distinguía en la angosta llanura que separaba las montañas de la ciudad. Sus guerreros pululaban en torno a las murallas, y la luna arrancaba pálidos destellos a sus cotas de malla. De las torres llovían flechas y piedras; los soldados retrocedían una y otra vez, y luego volvían a avanzar. Conan profirió un juramento, y en ese preciso instante la escena cambió. Entre la niebla aparecían los altos minaretes y las doradas cúpulas de la ciudad de Tarantia, donde reinaba la confusión.

Vio a los caballeros de Poitain vestidos con armaduras, sus más leales partidarios, a quienes había dejado a cargo de la ciudad. Estaban atravesando la puerta en sus monturas, abucheados e insultados por la multitud que se agolpaba en las calles. Vio saqueos y peleas, hombres

de armas con la insignia de Pellia en el escudo que dominaban las torres y se paseaban por los mercados. Y por encima de todo, como un cuadro fantasmagórico, contempló el rostro oscuro y triunfante del príncipe Arpello de Pellia. Luego las imágenes se desvanecieron.

–¡Maldita sea! – exclamó Conan-. ¡Mi pueblo se vuelve contra mí en cuanto me doy la vuelta…!

–No exactamente -replicó Pelias-. Han oído que has muerto. Creen que nadie los puede proteger de los enemigos de fuera ni de la guerra civil. Naturalmente, recurren al noble más poderoso para evitar los horrores de la anarquía. No se fían de los hombres de Poitain, pues se acuerdan de otras guerras. Y Arpello está a mano, además de ser el príncipe más poderoso del reino central.

–Cuando yo regrese a Aquilonia no será más que un cadáver decapitado, que se pudrirá en el Campo del Traidor -dijo Conan, haciendo rechinar los dientes.

–Pero antes de que logres llegar a la capital -recordó Pelias-, tal vez lo haya hecho ya Strabonus. O al menos sus jinetes habrán devastado tu reino.

–¡Cierto! – Conan recorría la estancia a grandes pasos, como un león enjaulado-. Aun con el caballo más rápido, no podría llegar a Shamar antes del mediodía. Y, una vez allí, no podría hacer más que morir junto a mi pueblo cuando la ciudad caiga, lo que ocurrirá en un par de días como mucho. De Shamar a Tarantia hay cinco jornadas a caballo, aunque se mate a los corceles de agotamiento por el camino.

Antes de que pudiera llegar a la capital y reunir un ejército, Strabonus estaría derribando sus puertas. Formar un ejército va a ser un auténtico infierno… al oír el rumor de mi muerte, mis malditos nobles se habrán ido a sus condenados feudos. Y puesto que la gente ha expulsado a Trocero de Poitain, no hay nadie que pueda contener las ansias de Arpello de apoderarse de la corona… y del tesoro de la corona. Dejará el reino en manos de Strabonus a cambio de un trono de títere, y en cuanto Strabonus se dé la vuelta, tramará una conspiración.

Pero los nobles no lo apoyarán, y Strabonus tendrá una excusa para anexionarse el reino sin más explicaciones. ¡Por Crom, Ymir y Set! ¡Si tuviera alas para volar como un relámpago a Tarantia…!

Pelias, que permanecía sentado, tamborileando con los dedos, la mesa de jade, se quedó de pronto en suspenso y se levantó como guiado por un propósito determinado, al tiempo que instaba a Conan a seguirlo. El rey obedeció, sumido en melancólicos pensamientos, y el brujo lo llevó fuera de la estancia por unas escaleras de mármol y oro que conducían al pináculo de la ciudadela, a su torre más elevada. Era de noche, y un fuerte viento soplaba por el cielo cubierto de estrellas, agitando los negros cabellos del cimmerio. A lo lejos brillaban las luces de Khorshemish, aparentemente más remotas que las mismas estrellas.

Pelias se mostraba ensimismado y reservado, en comunión con la grandeza fría e inhumana de los astros.

–Hay criaturas -dijo Pelias- no sólo en la tierra y en los mares, sino también en el aire y en los confines de cielo, seres que habitan apartados de la tierra e ignorados por los hombres. Sin embargo, para aquel que se atiene a las palabras del Señor y a los Signos y al Conocimiento que subyacen en ellas, no son malignos ni inaccesibles.

Observa y no temas.

Alzó las manos hacia el cielo y profirió una larga y misteriosa llamada, que pareció reverberar inacabablemente en el espacio, y luego disminuyó de intensidad y se desvaneció, pero sin llegar a morir del todo, como si hubiera ido a alojarse cada vez más lejos en algún punto inimaginable del cosmos. En el silencio que siguió, Conan escuchó un repentino batir de alas sobre su cabeza, y retrocedió asustado cuando una criatura parecida a un murciélago se posó junto a él. Pudo ver como sus grandes y tranquilos ojos lo contemplaban a la luz de las estrellas. Las descomunales alas debían de medir unas diez yardas.

Pero vio que no era un pájaro ni un murciélago.

–Monta, y parte -dijo Pelias-. Al amanecer estarás en Tarantia.

–¡Por Crom! – exclamó Conan-. ¿Será todo esto una pesadilla de la que despertaré en mi palacio de Tarantia? ¿Y qué será de ti? No puedo abandonarte a tu suerte entre tantos enemigos.

–No te preocupes por mí -respondió Pelias-. Cuando llegue el alba, las gentes de Khorshemish sabrán que tienen un nuevo señor. No vaciles en aprovechar lo que los dioses te han enviado. Volveremos a vernos en la llanura de Shamar.

Lleno de dudas, Conan trepó al rugoso lomo del animal y se aferró a su arqueado cuello, todavía convencido de estar inmer so en una pesadilla fantástica. Con gran estrépito de sus titánicas alas, la criatura se elevó por los aires y el rey sintió vértigo al contemplar a sus pies las luces de la ciudad.

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