Conquistar la luna

Marisa Ayesta · Capítulo 12 de 19

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Conquistar la luna

Capítulo 12

Segundo intento

—Y eso es todo lo que te puedo decir por ahora —terminó Nacho Rullatis, que se había presentado en casa de Bosco en cuanto este dejó a Luna en su apartamento. A pesar de la hora y ante la gravedad de lo averiguado, el experto dedicado a temas de seguridad e investigación no había dudado en alarmar a su buen amigo. Por otro lado, no era la primera noche que se pasaban en vela juntos, y casi todas las veces anteriores por motivos mucho más banales.

—¡Joder! —el miedo provocó que Bosco dejara salir algo de su ira—.

¿Entonces no sabemos quién pudo haber matado al yonqui?

—No. Y ante la falta de pruebas, a la policía le gustaría seguir pensando que ha sido una sobredosis. De ese modo, tendrían el asesinato de Roberto resuelto. Pero precisamente la oportunidad de las pruebas, el arma con las huellas encontrada, la excesiva facilidad con la que todo encaja, les hace dudar. Y a mí también. Nunca he creído en el trabajo fácil.

Y Bosco no iba a desestimar los instintos de su buen amigo, que nunca fallaban.

—Esa... persona, ese asesino —se corrigió rápidamente— todavía puede querer hacer algún daño a Luna.

Nacho no se molestó en tranquilizar a su amigo. Precisamente por ese motivo y sin necesidad de consultarlo, había puesto a la muchacha vigilancia las veinticuatro horas del día.

—Sabiendo lo que sabemos y teniendo en cuenta quiénes se beneficiarían con la muerte de Roberto, nos quedan pocas piezas por investigar: la consejera delegada (María Ángeles Vamazo) y los Fernández de Oviedo de la otra rama de la familia. Pero para tener en cuenta a estos últimos no debemos olvidar que tendrían que querer eliminar a Luna de la ecuación también, si tomamos la herencia como móvil, tal y como tú has deducido. Claro —añadió como si se le acabara de ocurrir —que también cabe la posibilidad de que sean los dos juntos. No sería la primera vez que llevo un caso en el que hay más de un culpable. Muerta Luna, se reparten la torta. En cualquiera de los dos casos, tu mujer está en peligro.

—De lo que no caben dudas es de que Roberto contrató a Félix Rojas para matar a Luna. ¡Qué hijo de puta! —bajo la superficie de buena educación que siempre ostentaba Bosco, sus ojos traslucían la furia que le consumía—. Barajando la tesis de que fuera Vamazo quien le matara a él...

—Estoy prácticamente seguro, Bosco. La policía tiene pruebas de que lo hizo Rojas, sus huellas en el puñal y todo eso... pero es demasiado obvio para mi gusto. ¡Por amor de Dios! Las cinco huellas bien pegaditas en el mango y el cuchillo allí sin más, a simple vista, encima de una silla. ¡No me lo trago!

Conociendo a Nacho como lo conocía, Bosco no lo dudó.

—Bien, ¿Vamazo mató también al yonqui?

—Estoy seguro, pero tampoco puedo demostrarlo. Quizá usó un matón

—con la mano extendida sobre la mesa junto a formularios e informes, Rullatis señaló unas desagradables fotos que había conseguido del informe policial.

—Los quiero vigilados, Nacho: a los familiares de Luna y a la consejera delegada. Será la mejor forma de proteger a Luna, pero también de acabar desvelando todo.

—No tienes que decirlo. Estoy en esto contigo, no permitiré que le pase nada.

Bosco sabía que Nacho antes perdería una mano que permitir que a esa Luna, a la que no conocía personalmente todavía, le sucediera algo malo.

—¿Qué hay del préstamo?

—Las cuentas están clarísimas. Vamazo se fue quedando con parte del accionarado, comprando a accionistas minoritarios, pero también a base de cobrar con desmesurados intereses los préstamos que le hacía a Roberto.

Imagino que, si Roberto heredaba, todo el poder que ella había ido acumulando carecería de importancia. No se podía permitir que Roberto se recobrase económicamente.

—¿No has pensado que Roberto pudiera tener algo que ver con la muerte de su hermano y su padre? —preguntó Bosco, expresando un temor que no se había atrevido a concretar hasta ese momento—. No me fío de la casualidad, y tampoco de las muertes tan seguidas. A fin de cuentas, Roberto necesitaba el dinero. Pudo eliminar a su hermano para que su padre

le permitiera gestionar su parte y, cuando el viejo se enteró de todo, o al menos de sus deudas, se lo cepilló también.

Nacho se encogió de hombros con la indiferencia del que ha aceptado hace mucho que no puede luchar contra todas las maldades del mundo.

—Llevo lo suficiente en este trabajo como para aceptar que nunca lo podré saber todo. Sí existe el crimen perfecto, a pesar de lo que los idealistas piensen. Tu teoría no es descabellada, pero imagino que nunca lo sabremos.

El sonido de una alarma interrumpió la conversación.

—¿Qué pasa? —preguntó Bosco.

—Alguien sin identificar está en el piso de Luna —la intranquilidad sonaba clara en la voz del exmarino.

Ambos hombres estaban en marcha antes de que Nacho pudiera dar ninguna explicación.

—Hermosa Marian, ¡eres insaciable! —Javier Barceló, de segundo apellido Fernández de Oviedo, contemplaba deleitándose el reflejo de su amante a través del espejo, mientras se ajustaba la corbata después de ponerse la camisa. A pesar de los cincuenta años de edad de su compañera de cama, la madurez de esa mujer no había conseguido envilecer un ápice su cuerpo, que en ese momento descansaba lánguido y saciado entre las sábanas de satén—. Ya sabes que he de irme. Mi mujer no tiene paciencia y vuelve a mi secretaria loca si estoy en paradero desconocido más tiempo del acostumbrado.

—Te tienes que separar, Javi. Es la moda ahora —dijo María Ángeles aparentando despreocupación—. Así podrás hacer lo que te dé la gana con la única responsabilidad de pasarle una cantidad mensual a tu mujer. De ese modo, te evitas tener que afrontar sus gastos, y ella se tendrá que ajustar al presupuesto que acordéis y, para poner la guinda, te quitas el jaleo de los niños de en medio.

—Cielo, precisamente me casé para tener ese jaleo —se puso los pantalones sin darse cuenta del daño que hacían sus palabras—. Me gusta mi familia.

María Ángeles hizo caso omiso a la punzada de celos. No lograría nada perdiendo los papeles. Sus anteriores ataques de mal genio ya habían demostrado que Javier no tenía paciencia, precisamente.

—Para ser un hombre de familia, todavía no has conocido a tu sobrina,

¿o sí y no me lo has contado? —dirigió la conversación hacia el tema que le interesaba. Quizá no podría tenerlo a él por completo, pero al menos sacaría algún provecho del revolcón.

—¡Qué va! Tampoco tengo ganas, no creas. Recuerdo vagamente a su madre. Una pirada, todo el día de juerga y siempre bebida. Álvaro perdió la cabeza con ella. Pero cualquiera sabe si esta Sol, surgida de no se sabe dónde, es en verdad Leticia.

—Sol no, Luna, tonto.

—Sol, Luna, lo que sea. Un nombre hippy como cualquier otro —poco le importaba mientras no interfiriese directamente en su vida—. Los Montalvo, que ya sabes que eran íntimos de Álvaro, quieren ayudarla a introducirse en sociedad.

—No le hace falta mucha ayuda en ese sentido. Bosco Joveller se ha prendado de ella y es su abanderado.

—¡No jodas! —un largo silbido expresó la admiración de Javier—.

¿Qué es?, ¿muy guapa?

—Más bien poquita cosa. Del tipo vulnerable. Imagino que hay hombres que pierden la cabeza por ser caballeros andantes.

—Tú nunca necesitarás un paladín que te defienda, ¿eh?

María Ángeles desechó recrearse en la idea de que otro luchara sus batallas. De sobra sabía que deleitarse en ese tipo de sueños no llevaba más que tristeza a su corazón. Hacía tiempo que había aceptado que ella, y solo ella, tomaba de la vida lo que quería, que nadie la cuidaría ni miraría por sus intereses.

—¿No te molesta que con la aparición de Luna dejes de heredar un buen pellizco? —le preguntó curiosa, pues no terminaba de entender la indiferencia con que Javier había recibido la aparición de la heredera.

Javier se encogió de hombros mientras se ponía su chaqueta de Hugo Boss. Su gesto fue tan casual que María Ángeles no pudo averiguar si mentía.

—Nunca soñé con tocar nada de Ovides. Primero estaba el viejo avaro, que no quería soltar el timón del barco, y luego Álvaro y Roberto.

—Si Luna no existiese, Ovides pasaría a ti y a tus hermanos.

—¿Y qué me sugieres que haga, Marian? —le preguntó con desgana mientras se inclinaba sobre la mujer desnuda y le daba un protocolario beso de despedida—. ¿Que la asesine?

Las palabras quedaron flotando en el dormitorio del hotel cuando Javier salió cerrando suavemente la puerta. María Ángeles se mordisqueó el labio nerviosa. Las cosas no iban como ella esperaba. Últimamente estaba jugando muy fuerte y perdiendo la paciencia muy rápidamente. No podía permitirse el lujo de fallar justo ahora, cuando estaba más cerca que nunca de conseguir todo lo que quería.

Se pasó las manos por las partes del cuerpo donde todavía sentía las huellas de Javier. Acababa de marcharse y ya lo estaba echando de menos.

Llevaban más de quince años liados. Había aguantado por él más que una fiel esposa. Y aunque sabía que siempre había sido la última de una larga lista de obligaciones que Javier consideraba más importantes —su familia, su trabajo, sus amigos, el club de golf, sus otras amantes temporales—, nunca había podido dejarlo. Javier era el responsable de que María Ángeles pudiera acercarse a entender de alguna manera las dependencias. Se había enamorado de él como una escolar y continuaba encandilada a pesar de los años pasados. En un súbito impulso por volver a verlo se acercó a la ventana. Sola como estaba no se molestó en cubrir su desnudez. No se preocupó de que la lámpara de pie de la habitación la iluminara. No había nadie a aquellas horas por la calle y dudaba que alguno de los vecinos del edificio del otro lado de la calle estuviera despierto.

Abajo, en el asfalto desierto y húmedo tras el riego de los encargados de la limpieza, Javier se subía a su Volvo.

María Ángeles deseó con fiereza que no tuviera otra mujer, que no perteneciera a nadie. Y en la fuerza de su deseo, no vio el pequeño Volkswagen negro que siguió al coche de Javier y dobló la esquina tras él.

Luna se había despertado para encontrarse con la peor pesadilla que una mujer podía tener. El desconocido la tenía completamente inmovilizada.

Sentado a horcajadas sobre ella, Luna sintió asqueada como le pasaba la lengua sobre el cuello mientras le murmuraba obscenidades. Con las rodillas le tenía sujetas las manos y Luna solo podía tratar de retorcerse bajo él a la vez que forcejeaba para soltarse. En un momento en que él se acercó a besarle la boca, superando todo su asco Luna lo mordió con todas sus fuerzas. Sintió el sabor de la sangre en su boca, lo cual le provocó unas náuseas que pasaron desapercibidas ante la intensidad de la lucha y la reacción rápida de él, que le estampó un puñetazo en el rostro.

—¡Zorra de mierda!

Luna estaba tan asustada que ni siquiera sintió dolor. En un momento de vértigo horrible lo vio abrirse los pantalones. A pesar del alboroto, oyó el sonido de la cremallera cuando el desconocido se la bajó en un único y rápido movimiento. El pánico la invadió. Se retorció con más ahínco, cada vez más convencida de que no iba a poder escapar. Consiguió liberar una mano y, asustada como estaba, no dudó en dirigirla en forma de garra al rostro del intruso.

Él chilló. Descargó otro puñetazo que estampó la cabeza de Luna contra el cabecero. Le volvió a atrapar la mano con la rodilla y de un tirón le desgarró el camisón. La joven sintió que se moría al notar como le sobaba los senos apenas cubiertos por una fina camisola interior de tirantes.

El cuerpo de Luna dejó de sufrir. Lloraba, aunque no oía sus gemidos ni sentía las lágrimas cayendo a raudales por su rostro.

En un instante, todo cambió. Un segundo antes tenía al violador encima de ella, y al segundo siguiente él salía despedido por la habitación contra el armario empotrado.

Ante el desconcierto de la joven, otro desconocido estaba en la habitación. En pocos y limpios movimientos redujo al violador y, sacando unas esposas de detrás de su cintura, lo esposó y lo sacó de allí.

Fue al verlos salir cuando Luna se dio cuenta de que no se quedaba sola.

Otro hombre desconocido, tan enorme como el anterior, le estaba cubriendo su desnudez suave y amablemente con la colcha de su cama mientras le murmuraba cosas que Luna no entendía.

—Todo ha terminado —dijo, y con la sábana le limpiaba tiernamente el rostro y le observaba analíticamente la cara y los hematomas que ya amenazaban con aparecer.

La mente de Luna, incapaz de comprender, se entregó al llanto aún más sonoro y el desconocido se conformó con mantenerla discretamente abrazada.

Cuando Bosco y Nacho llegaban al apartamento de Luna, lo primero que vieron fue a uno de los empleados de seguridad salir del piso llevando esposado a un hombre con la bragueta abierta y todos los síntomas de una buena pelea. El corazón de Bosco se le cayó al suelo.

—¿La ha tocado? —preguntó con voz contenida, que no desvelaba la ira y el miedo que encerraba.

—No ha llegado a violarla, pero sí, la ha tocado.

El salvador de Luna no pudo terminar la frase. El puño de Bosco, rápido y concienzudo, se descargó en un formidable golpe contra el estómago del violador.

Sin molestarse en mirarlo, Bosco se dirigió a Nacho.

—Es mío. Pero quiero ver a Luna antes.

—Otro de mis hombres está con ella —Nacho le hizo un gesto amigable en el hombro antes de verle correr hacia el dormitorio.

—¿Llamamos a la policía, señor? —le preguntó su empleado.

Rullatis sabía que estaba yendo contra las normas de su propia empresa, por no hablar de la ley, y que se jugaba algo más que una cuantiosa multa por la infracción, pero no dudó:

—Todavía no. Lleva a este cerdo a las oficinas, a la sala de interrogatorios. Asegúrate de que no tiene móvil, que no se pone en contacto con nadie. No sé cuánto tardaremos en estar allí —y cuando el hombre ya se iba, añadió—: ¡Buen trabajo!

—Lamentamos haber tardado en entrar, señor, pero al principio pensamos que se trataba del hermano de la joven. No volverá a ocurrir.

Nacho fue hasta el dormitorio. En ese momento el segundo de sus hombres abandonaba la habitación.

—Señor —saludó con una inclinación de cabeza a su jefe—. Lamento lo ocurrido.

—Habéis evitado lo peor. ¿Cómo está ella?

—Es una mujer fuerte, aunque no lo parece. La histeria está cediendo y con él —hizo un gesto hacia Bosco— parece recobrarse más rápido.

—Gracias. Idos a descansar cuando terminéis. Mañana analizaremos qué ha pasado.

Nacho solo echó un vistazo al dormitorio donde Bosco cubría a una pequeña mujer con sus brazos. El exmarino solo llegó a vislumbrar un diminuto pie desnudo sobre la cama deshecha. Fue suficiente para que se despertase su afán protector. No era un buen momento para conocer a la mujer que volvía loco a Bosco. Pero, por Dios, daba igual qué mujer fuera.

Había poco más que Nacho odiase con tanta fiereza como los violadores, tan solo los pederastas. No soportaba los abusos contra los débiles. Quizá debido a su impresionante fuerza, de la que gozaba desde niño y solo había tenido que incentivar con un poco de ejercicio y pesas, nunca había tolerado que se maltratase a nadie impunemente a su alrededor. Ya en el colegio se había visto envuelto en más de una pelea por meterse donde no le llamaban, siempre para defender a alguien. Lógicamente, Bosco lo acompañaba, pero este solía salir bastante peor parado que el enorme italiano al que muy pocos, ni siquiera los mayores que él, podían tocar un pelo de su cabeza. A los doce años, sus compañeros le apodaron Obélix, en honor al gigantesco protagonista de los cómics de Albert Uderzo.

Hoy deseó volver a tener quince años para desahogarse a gusto con el atacante de Luna. Sin embargo, sabía que Bosco tenía todo ese derecho, y él no se lo iba a negar.

Nacho supo que debía calmarse antes de que Bosco y él se enfrentaran al agresor. Su amigo ya estaba suficientemente nervioso y deseoso de

venganza por los dos. Así que mientras Bosco consolaba a la mujer, Nacho se concentró en deshacerse de su ira destructora.

—Ha entrado con la llave de la casa, Bosco. Todavía la llevaba en el bolsillo junto con esto.

Paco sacó de una bolsa el collar y los pendientes que Luna había lucido tan feliz tan solo hacía ¿cuánto? ¿Seis horas? Al empresario le parecía que la cena había ocurrido hacía un siglo.

—Quiero matarlo —dijo Bosco con voz sombría.

—Y sabes que yo tan solo me desharía del cadáver y jamás lo reconocería ni ante mi padre, Bosco. Pero hay que averiguar quién está detrás. Esto no es solo un intento de violación. Este tío iba a matar a Luna y simplemente se entretuvo en el camino —dejó pasar unos segundos mientras su amigo consideraba sus palabras—. ¿Cómo está ella?

Bosco no quería pensar en Luna. No quería evocar cómo la había visto: asustada, dolorida, humillada, ultrajada, desorientada y absolutamente desvalida y frágil. No quería recordarla así porque necesitaba tener la cabeza fría, y sabía que si la imagen de la mujer que amaba lo rondaba acabaría cometiendo un asesinato.

Había dejado a Luna en el que ya se había convertido en su cuarto, dormida con ayuda de un Tranxilium, y con Santiago, como perro fiel, custodiando su sueño en la puerta. Su fiel empleado se había ofrecido voluntario a vigilarla, sin que a Bosco se le hubiera ocurrido pedírselo, por lo que el administrador de su casa tenía orden de avisar al menor indicio de

movimiento. No quería Bosco que Luna se despertara y se encontrase sola, y Santiago parecía haberle leído el pensamiento. Ella podría necesitarlo y él, lo aceptaba así, necesitaba estar con ella, verla personalmente, comprobar que estaba bien.

¿Qué secuelas podrían quedarle a la muchacha tras un ataque como este? ¿Necesitaría ayuda psicológica para superarlo? Como la furia volvía a embargarlo, se centró en Nacho, que estaba hablándole, y Bosco se había despistado.

—Tenemos algo de tiempo para interrogarlo, pero luego debo llamar a la policía, Bosco, no solo porque es lo estipulado, sino porque Luna debe denunciarlo y la denuncia se irá al carajo si no encaja adecuadamente en horarios y partes médicos. Tu abogado puede encargarse luego de los detalles para armonizar todas nuestras declaraciones, pero más vale que acabemos con nuestro invitado antes de que se haga de día.

El convidado en cuestión continuaba con la bragueta abierta y el pantalón desabrochado, aspecto de su indumentaria que no había podido arreglar debido a seguir esposado. Al verlo, a Bosco le volvieron las ganas de matarlo otra vez. No quiso dejar que su mente vagara sobre lo que podría haber pasado si los hombres de Nacho hubieran tardado un poco más.

Nacho. Su fiel amigo estaba detrás de él, todavía echando un vistazo a la ficha que había conseguido sobre el violador.

—Marcelino Gutiérrez —leyó en voz alta—. Tienes un bonito historial

—recitó con aburrimiento una larga lista de delitos de mayor o menor importancia que iban desde hurtos hasta tenencia de drogas, pasando por dos denuncias, que no llegaron a más, referentes a intentos de violación.

Nacho dejó los folios a un lado mientras con un elegante gesto se sentó ante la mesa frente a Marcelino.

Bosco podía imaginarse que el muy imbécil estaba intimidado por Nacho. Dado que su amigo era del doble de tamaño que un hombre normal y que, a pesar del traje chaqueta elegante, se adivinaban sus músculos bajo la ropa, el agresor de Luna pensaría que era alguien peligroso. Pero Bosco sabía muy bien que eran su propia ira y su odio a los que Gutiérrez debía temer.

—A mí me gusta que la gente sepa a qué atenerse conmigo —le estaba diciendo con voz monótona Nacho—. Así que te lo voy a dejar muy clarito: no soy de la pasma, como ya te habrás dado cuenta, por lo que los derechos y demás pamplinas yo me los paso por el forro. Es cierto que, si sales de aquí con vida, y presta atención, he dicho «si», puedes denunciarnos. Pero más vale que lo sepas desde ya. De aquí no te vas sin decirnos quién te contrató.

—No lo sé. No es nadie...

—Aún no he terminado —atajó Nacho—. He dicho que, si sales de aquí por tus propios pies, no te vas sin decirnos quién te encargó el trabajito y sin la correspondiente denuncia por intento de violación, allanamiento, hurto…

y seguro que me dejo algo en el tintero. En cuanto a la posibilidad de que, si sales de aquí por tus propios pies, seas tú quien nos denuncie a nosotros por malos tratos, te digo desde ya que serás un caso más de los que se pierden en la burocracia judicial —a continuación, Nacho se inclinó sobre el esposado, su nariz rozando prácticamente la nariz del otro, y procedió a hablarle tan bajo que Bosco no consiguió entenderlo. Solo cuando Nacho se

irguió y lo miró asintiendo con la cabeza, el famoso empresario se levantó con aparente tranquilidad de su silla y se acercó a ellos.

En aquel momento, en la sala solo se oyó un ligero jadeo y el ruido de agua al caer. El hombre de la bragueta abierta se estaba haciendo pis encima.

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