Conquistar la luna
Capítulo 16
«Micros»
—Entonces, ¿no vas a estar aquí cuando vengan? —le preguntó Luna mientras desayunaban, hábito que habían instaurado juntos, ya que Bosco nunca antes se había sentado en el comedor por las mañanas, sino que se bebía de un trago el café que Santiago le preparaba y se marchaba inmediatamente a trabajar.
El empresario se tomó unos segundos para mirar a su compañera de mesa. Gracias a Dios, el bello rostro apenas mostraba ya las lesiones de la agresión sufrida. Sabía lo que Luna quería en aquel momento y lo llenaba de satisfacción. Luna buscaba la manera de pedirle que él estuviera allí para recibir con ella a Fidel y a Diana, que habían anunciado su visita. La joven era cada vez más dependiente de él y Bosco no creía equivocarse al suponer que, en cierto modo, ella ya lo amaba. Consideró que era su trabajo hacerle darse cuenta a su debido tiempo de sus sentimientos y, entonces, se tranquilizó a sí mismo al recordárselo, la obligaría a casarse con él.
—No puedo. He quedado con Nacho —lamentaba negarle algo, pero no iba a hacer las cosas de otra manera. Cuando todo terminase, no la dejaría
sola jamás. Tragando saliva, en un intento de bajar la bola de aprehensión que le subía desde el estómago por desentenderse y enfrentarla sola a su hermano y a Diana, se levantó sabiendo que, si demoraba más su marcha, sería incapaz de irse—. Ya los veré en otra ocasión —añadió fingiendo indiferencia.
Luna procuró no sentirse decepcionada mientras pinchaba con el tenedor el último trozo de bizcocho casero. No podía maldecir a Bosco por no quedarse a acompañarla. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que, aunque correcta, la relación entre los dos hombres más importantes de su vida no era la mejor. A pesar de que Fidel simpatizaba fácilmente con cualquiera, en realidad no llegaba a profundizar con nadie y su simpleza rayaba la estupidez. El hecho de que ella lo quisiera no significaba que estuviese ciega a sus defectos. Bosco, sin embargo, aunque pocas, tenía muy buenas y profundas amistades, despreciaba la trivialidad y las conversaciones fútiles, aun cuando, tanto por educación como por el mundo social y económico en que se movía, fuese un experto en ellas. Además, Luna quería ser justa con él, Bosco era un personaje importante, un hombre impresionantemente ocupado a pesar de que él lo ocultase tras la facilidad con que parecía solucionarlo todo. No podía esperar de él que perdiese su tiempo con cada nueva ocurrencia de su hermano. Pero Luna se deshacía con dificultad de la idea de que con el ejemplo de alguien como Bosco en su vida, Fidel podría convertirse en un buen hombre, en alguien mejor. A fin de cuentas, tras la muerte de su padre cuando aún era muy pequeño, no había tenido ningún buen modelo al que poder imitar.
Imaginaba que Fidel había reanudado su relación con Diana y temía que la joven hubiese tenido otra genial ocurrencia para aprovecharse del incauto. Cierto era que Fidel no oponía mucha resistencia pero, al fin y al cabo, él era su hermano, así que aunque no fuese justo, desde el punto de vista de Luna, Diana cargaba con las culpas de todo lo que la pareja hiciese mal.
El sonido del timbre de la puerta interrumpió sus cavilaciones. Con paso decidido se dirigió a la salita donde había dicho a Santiago que recibiría a la pareja. El salón le parecía demasiado ostentoso y todavía no se acostumbraba a la idea de que sus cuadros compartían espacio allí con, nada menos, que un Zóbel y un Antonio López.
Enseguida notó a Fidel tenso y se preparó para lo peor. Se tranquilizó diciéndose que se había construido una vida sin él y que no le importaba que se fuera otra vez. Pero algo en la mirada del que había considerado toda su vida como un hermano la puso sobre aviso.
Diana, con su vestimenta moderna, enseñando los tirantes de la ropa interior bajo su camiseta sin mangas, le dio unos besos húmedos en las mejillas que Luna tuvo que luchar contra el impulso de limpiar.
—Luna, cariño, he de darte la enhorabuena. ¡Esto es prácticamente una mansión! Y según me ha dicho Fidel, ocupa todo el edifico entero. ¡Qué cambio desde aquel cuchitril en Tres Cantos! ¿Eh? —comentó Diana con su áspera voz, refiriéndose al piso en el que habían vivido Fidel y Luna con Sara.
—Esto no es mío, Diana.
—¡Oh! Pero según tengo entendido te ha llovido una cantidad bestial de dinero encima.
Como Luna no podía estar más de acuerdo con el término, pues «llover dinero» era exactamente lo que había sucedido, no pudo objetar nada al grosero comentario.
—Imagino que estarás encantada.
—En realidad —y la heredera decidió en ese instante que aquel era tan buen momento como otro cualquiera para informar a su hermano de la decisión que había tomado—, he decidido renunciar a una parte de la herencia.
—¿Qué?
—¿Estás loca? —Diana se levantó de su asiento con brusquedad, de tal modo que a punto estuvo de volcar la taza de café que acababa de servirse.
Luna sonrió a los dos sorprendidos.
—He decidido renunciar a la empresa, a Ovides —le aclaró a su hermano.
—¿Con las acciones y los beneficios?
—Sí. De ese modo, la compañía simplemente hará una reestructuración del accionariado y decidirá si poner en venta mis acciones o dividirlas entre los socios ya existentes. Además, he obtenido un compromiso para una donación a asociaciones de alcohólicos anónimos y centros de desintoxicación —miró con un gesto de complicidad a Fidel: los dos recordaban a Sara—, durante los próximos veinte años, cantidades nada despreciables.
—¿Donaciones? ¿Tu parte va a ir a la beneficencia?
—En realidad, no. No es mi parte lo que se dona. Según me explicó el abogado, las desgravaciones fiscales con que se beneficiará la compañía por colaborar con entidades sin ánimo de lucro superan ampliamente el porcentaje del que hablo... y tampoco hay que menospreciar lo que influirá este dato en la buena imagen de Ovides.
—¿Has renunciado a la herencia?
—A la parte empresarial, sí. No he querido renunciar al resto de acciones y los bienes familiares: la casa, algunas joyas, mobiliario, arte...
¿Sabías que heredé también una finca en Ciudad Real? —le preguntó a Fidel—. Ya iré viendo más adelante qué hago con todo ello, pero tengo muchas ganas de poder ir descubriendo a mi padre y a mi abuelo a través de sus cosas...
—¿A Bosco le parece bien? —le preguntó Fidel, sin que la noticia lo hubiera impactado lo más mínimo.
Luna asintió sonrojada:
—Le consulté antes de presentar la renuncia.
Y se negó a explicar a su hermano la seguridad con que Bosco la había apoyado, asegurándole que él siempre la alimentaría y la cuidaría, aunque tuviera que sacar dinero debajo de las piedras.
—¡No me lo puedo creer! —Diana se acercó a Luna y esta se sorprendió al ver que Fidel la seguía de cerca con expresión de cautela—. ¿Estás loca?
¿Heredas un imperio y lo tiras por la borda? —su nariz rozó la de Luna mientras la golpeaba en el hombro.
—Tranquilízate, Diana.
—¡No me da la gana! —de un manotazo apartó la mano con que Fidel la sujetaba—. ¡Hay que ser gilipollas! ¡Venga, hombre! Estás tan loca como tu madre...
—¡Para, Diana!
—No sé qué te puede importar esto a ti —le dijo Luna ya harta.
—Pues me importa, y mucho. ¿Has pensado en tu querido hermanito cuando has renunciado? Sin trabajo, sin carrera, sin ambición alguna... ¿Has pensado en él cuando has tirado por la borda su oportunidad de vivir bien por una vez en la vida? ¿O es que pretendes que él viva en ese apartamento de mierda tuyo?
Luna tuvo ganas de cruzarle la cara a ese arpía, pero en honor de Fidel se contuvo.
—No creo que a la vida profesional y económica de mi hermano le influya mi decisión. Si Fidel quiere trabajar, de sobra sabe que puede hacerlo.
—Si Fidel quiere trabajar —repitió Diana con una mueca de burla—.
¡No le haría falta trabajar si hubieras pensado más en él y menos en los drogadictos y los alcohólicos! ¡Él podría ser el dueño de Ovides!
Luna la miró como si estuviera loca. ¿Verdaderamente creía Diana que alguien en su sano juicio pondría a Fidel al cargo de una compañía?
—¿Ah, sí? ¿Y cómo?
—¿No es él tu único familiar? ¿No os hicisteis hermanitos legales hace años? ¿No heredan los hermanos entre sí? —un relámpago de odio y burla brillaba en los ojos de Diana.
Luna sintió una pequeña pero certera punzada de aviso, pero estaba tan enfadada por el comportamiento de aquella mujer que solo pudo seguir discutiendo.
—¿Heredar? Para eso yo tendría que morir… —se interrumpió mientras se daba cuenta de lo que estaba diciendo.
—¡Exacto! Y aunque ha quedado demostrado que eres dura de matar, ya se sabe lo que se dice, “mala hierba nunca muere”, la esperanza es lo último que se pierde.
Luna tragó saliva y miró a Fidel buscando ayuda, pero este no la miraba, él solo contemplaba a Diana como si acabase de abrir la puerta de un basurero y el hedor lo azotase en la nariz. La mente aturullada de Luna no registró en ese momento que su hermano no parecía en absoluto sorprendido.
—Y, claro, entonces tú volverías a encandilarlo para sacar provecho,
¿no? No te importaría simular que estás enamorada de él —a pesar de sentir lástima por los sentimientos de Fidel, la joven no pudo evitar lanzárselo a Diana.
—¿Volverlo a encandilar? ¡Ja! —Diana parecía haber salido de un aquelarre—. No me haría falta. Para tu información, querida cuñada, tu hermanito y yo estamos casados.
—¿Casa...?
—Fue una tontería, en Las Vegas, ya sabes, como en las pelis —dijo Fidel, balbuceando.
—¿Las Vegas? —la mente de Luna trabajaba demasiado rápido para que su dueña pudiera seguirla —¡Entonces fuiste tú! —acusó a Diana
poniéndose de pie—. ¿Tú tienes algo que ver con el hombre que me atacó en mi apartamento? —le preguntó, todavía incrédula.
—¡Pues sí!
—¡Diana! —la agarró Fidel, aparentemente asombrado—. ¿Contrataste tú a un hombre para que fuera al apartamento de Luna y la matara? —le preguntó.
Aunque Luna notó algo raro en él, lo achacó al estado de impresión en que se encontraba.
—¿Contratar? Nada tan peliculero como eso. Hicimos un acuerdo. Él iba a recibir un buen pico por el trabajito.
—¿Y pensabas que al heredar yo tras su muerte, tú, al ser mi esposa, serías rica también? —insistió Fidel.
—¡Exacto, cerebrito!
Fidel tuvo que hacer un sobrehumano esfuerzo por no escupirle en la cara cuando ella le dio un cachetito en la mejilla que le recordó al de Barajas.
—Estaba verde de envidia cuando leí los periódicos. ¡No me lo podía creer! Y hacía tan solo unos días yo te había mandado a la mierda...
Conociéndote, sabía que no ibas a mover un dedo para aprovechar la situación y supe que tenía razón cuando alguien me comentó que te había visto vendiendo cuadros en el Rastro. «Sí», me dije. «¡Ese es el hombre con el que llegué a casarme!». Y en cuanto lo dije, lo supe. Tú —miró a Fidel con desprecio— no harías nada, pero yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Marcelino es un viejo conocido. No fue difícil convencerlo —
Diana se encogió de hombros—. Siempre supe que se consideraba un
semental, pero no pensé que el muy idiota se fuera a dejar guiar por su bragueta justo en esos momentos —se dirigió a Luna—: ¡Y ahora te has deshecho de todo como quien se quita unos zapatos viejos!
Luna respiró hondo. ¡Esa mujer había querido matarla y estaba allí, en el piso de Bosco...! ¡Bosco! ¿Por qué no estaría él aquí? Buscando el refugio que necesitaba se dirigió hacia el otro hombre de su vida.
—No te preocupes, Fidel —Luna pensaba ahora en el dolor de su hermano—, ella no lo merece.
—«Ella no lo merece» —Diana se burló de sus palabras—. ¿Qué eres, una santa o algo así? Supongo que como le calientas la cama al superhombre rico te crees que puedes ser condescendiente, ¿verdad? No pensarás que podrás retenerlo para siempre.
—Lo que pienso es que yo, al revés que tú, no he puesto las expectativas de mi vida en la riqueza de otro —y añadió con suspicacia—: No creo, además, que vuestro matrimonio tenga validez alguna en España.
—Te asombraría saber de lo que son capaces los abogados hoy en día.
De todas formas, ya da igual. Me voy.
—¡Ni hablar! —Luna echó miserablemente de menos a Bosco, con su seguridad y fortaleza, para decidir qué hacer a continuación.
—Déjala irse, Luna, no te preocupes —Fidel la cogió con suavidad del hombro.
Luna no supo si se lo pedía por el antiguo amor que le tuvo o porque Fidel no daba el valor suficiente al hecho de que hubiese intentado matarla.
Esta última idea la llenó de dolor.
—Tenemos que llamar a la policía —y esperó que a oídos de su hermano esa frase sonara tan lógica como a los suyos propios.
—Estás loca si crees que tienes algo contra mí —Diana se volvió a mirarlos cuando ya estaba casi en la puerta.
—Y tú eres tonta si crees que me voy a quedar de brazos cruzados después de saber lo que has hecho.
—¿Tienes pruebas?
Luna titubeó:
—Basta con que lo has reconocido hoy. Somos dos testigos.
—Los hermanitos. ¡Bah! Tu palabra puede que tenga algo de valor, sobre todo si tu hombre rico mueve algunos cables, pero la de Fidel es harina de otro costal: no tiene trabajo, no tiene nombre... ¡y está resentido porque lo dejé! Así que será tu palabra contra la mía. Nunca podréis probar que yo he dicho nada.
Fidel ya no aguantó más.
—Yo que tú, Diana, me lo pensaba dos veces antes de estar tan segura.
Y, ante los ojos atónitos de las dos mujeres, se desabrochó la camisa y mostró unos cables en su pecho, pegados con esparadrapos y pertenecientes a un aparato receptor.
Como si aquella fuera la señal de una opereta, las puertas del salón se abrieron de par en par, dando paso a dos agentes de policía seguidos de Nacho Rullatis y del dueño del piso. En menos que canta un gallo, Diana fue detenida mientras chillaba, histérica, su odio a los dos hermanos.
—¿Por qué no me habíais dicho nada?
Si no fuera porque se daba cuenta de que estaba verdaderamente enfadada, Bosco se hubiera dedicado a besar aquel mohín tan gracioso que hacía Luna con la boca para mostrar su descontento.
—Todos lo sabíais —siguió la joven— menos yo. Fidel venía con un guión preparado...
—Al que tú has ayudado muchísimo —cortó Bosco.
—¡Pero sin saberlo! Eso no cuenta.
—Has estado fenomenal, Luna —le dijo Fidel desde el otro lado de la sala, pues, eufórico de triunfo, de haber jugado el papel principal, se sentía lo suficientemente condescendiente como para permitirse alabar a su hermana y compartir algo de gloria.
Por su parte, detrás del humo de su puro, Nacho examinaba a su amigo y su gatita callejera y procuraba no reírse al ver los esfuerzos de Bosco porque Luna no sufriera. Sabiendo como sabía que, a lo largo de los pasados días de investigación y de los esfuerzos por reunir pruebas, Bosco había tratado de mantener a la joven que amaba al margen de toda aquella basura y cómo había sufrido su amigo por no poder estar delante mientras grababan la conversación, le resultaba cómico que ahora ese pequeño duende estuviera poniéndolo firme sin la menor consideración. El exmilitar se encogió de hombros, de sobra sabía que así eran las mujeres. Pocas veces agradecían nada de lo que se hacía por ellas, lo daban todo por sentado y todo les parecía poco. Allá Bosco si, a pesar de saberlo, se había dejado atrapar por una.
—¿Y cómo se os ocurrió todo? ¡Por el amor de Dios! ¡Esa mujer está loca! Podía... podía haber venido con una escopeta —siguió Luna quejándose.
«Sí, claro» pensó Bosco, «como que lo hubiéramos permitido». Ya se había preocupado bastante por tener que dejar a Luna con ella en la misma habitación, no quería seguir recordándolo, pero Fidel insistía en rememorar cada minuto con verdadero deleite, sobre todo por el papel que había desempeñado:
—La idea fue mía —presumió el ingenuo—. Cuando me puse a pensar en quién podría beneficiarse con tu muerte fue cuando me acordé de mi boda. Y entonces lo supe y llamé a Bosco para decírselo.
El aludido y Nacho se miraron por encima de sus respectivas copas de ron. ¿Qué sentido tenía quitarle a Fidel la ilusión? Los ojos de ambos sonrieron. ¿Para qué decir que hacía días que sabían todo, que el propio Marcelino se lo contó antes de que Bosco le diera una paliza que casi lo había matado?
Fidel seguía cantando sus méritos:
—Entonces estos dos —señaló sonriente a Bosco y a Nacho— me convencieron de que necesitábamos demostrarlo, que todas las pruebas que pudiéramos ofrecer a la policía eran pocas para meter a Diana entre rejas.
Así que, junto a algunos agentes de la comisaría que lleva tu caso, organizamos la puesta en escena de hoy.
—Pero ¿por qué yo no podía saberlo?
Bosco aceptó que no había más remedio que decírselo.
—Porque no hubiera salido igual —contestó sin profundizar.
—¿Por qué?
Y ¡dale!
—Porque no sabes mentir.
—¿Y tú cómo lo sabes? —contestó ella con ganas de pelea—. A lo mejor te he mentido en montones de cosas y tú todavía no te has dado cuenta.
Claro, ¡por supuesto! y él había nacido ayer.
—Diana te lo hubiera notado —contestó, procurando parecer ecuánime, y ni se dignó a tomar en cuenta la posibilidad de que Luna lo hubiera engañado. Aquello sí que hubiera sido gracioso.
—¿Me crees incapaz de disimular?
Tosió como un tonto al írsele el ron por el otro lado. Cuando se recuperó la miró por debajo de sus cejas arqueadas. Por detrás de él todavía se escuchaba la risa divertida de Nacho que, ante una rápida mirada enfurecida de Luna, desapareció como por arte de magia.
—Creo que llevas lo que piensas y lo que sientes escrito en la cara —y ante el mohín que ella hizo, añadió—: Eso no es malo. No es nada malo.
«Si no te vas a sentar a una mesa a negociar con otros fieros empresarios, claro, o no tratas de cazar a una ambiciosa asesina, por supuesto», añadió para sus adentros Bosco. Lo cierto era que la llaneza y la sinceridad de Luna le encantaban.
—Aun así. No volváis a hacérmelo más. Yo tengo derecho a estar enterada.
—Por supuesto —prometió Bosco sin ninguna intención de cumplir.
La risa de Nacho volvió a oírse, esta vez convertida ya en carcajadas.
Intentando hacer caso omiso de él, Luna siguió indagando:
—Entonces, ¿al primer asesino lo pagó María Ángeles Vamazo, y a este segundo, Diana?
Bosco y Nacho volvieron a cruzar sus miradas y asintieron. ¿Para qué explicarle que su propio tío había pagado por matarla? ¿Para qué descubrirle más maldad de la que ya había tenido que sufrir?
—¡Qué horror!
—Pero, bueno, la policía la ha detenido, ¿no? —preguntó Fidel—, ¿no me dijisteis que habíais presentado un vídeo de ella con el arma del crimen?
Sí, la policía había detenido a Vamazo. Tenían pruebas suficientes de que había matado a Félix Rojas, de que había asesinado y extorsionado a Roberto, manipulado las cuenta de Ovides... y un largo etcétera.
—Así que todo ha terminado bien, Lunita —le dijo Fidel mientras se abría de nuevo la camisa y se despegaba los últimos cables de micrófono que le quedaban en el pecho—. Supongo que ahora volverás a tu querido apartamento, ¿no? —preguntó con mala intención el hermano, tratando de poner a Bosco en un brete.
—Sí, claro —Luna se levantó del sillón como empujada por un resorte
—. Ya hemos abusado demasiado de la hospitalidad de Bosco —evitó mirar a su anfitrión, incómoda como estaba, y maldijo interiormente a Fidel por no estarse callado.
La joven sintió que el corazón se le caía al suelo al darse cuenta de que Bosco, aparentemente distraído, no le iba a pedir que se quedase. Le echó
un rápido vistazo, que no pasó desapercibido para nadie, pero el dueño de la casa miraba muy pensativo a Fidel.
Luna trató, aunque no pudo, de no sentirse mal cuando Bosco ni siquiera se ofreció a llevarla al apartamento, sino que les llamó un taxi de la compañía de la que, ahora lo sabía, él era propietario.
—¿Cómo es que has dejado que se fuera, Bosco? —preguntó extrañado Nacho a su amigo.
—Porque ya no aguanto más —dijo sin más, levantando los hombros y rotándolos esperando que se le relajaran los músculos de la espalda tras la tensión pasada.
—Comprendo. Te has hartado de ella.
En las palabras del detective no había juicio, solo lógica comprensión.
—En cierto modo. Estoy harto de que vayamos tan despacio. Sé que su vida últimamente ha estado cargada de novedades, problemas y sobresaltos, pero yo ya no puedo ir más despacio. Sé que ella me quiere. Eso se sabe —
lo afirmó rotundo, cortando de cuajo cualquier posibilidad de que Nacho le llevara la contraria—. Y quiero que me lo diga. Necesito oírlo.
—¡Por Dios, Bosco! ¡Te ha dado fuerte!
—¿Acaso lo dudabas? ¡Estoy loco por ella!
—Nunca podré comprenderlo —Nacho miraba a su amigo como si estuviera ante una rara especie animal en peligro de extinción.
—Porque no te ha pasado. Hasta que te pase.
—No me pasará. Soy más frío que todo eso. Y no me fío de nadie. He visto demasiado para permitirme entregarle a nadie la posibilidad de hacerme feliz o desgraciado.
—Ahí está la gracia. Que no hace falta que lo entregues, la mujer simplemente aparece en tu vida, se te mete dentro, y de repente ella es la que marca si es de día o de noche. Tú no le has dado esa posibilidad. Es ella quien la tiene, sin más ni más. Y yo necesito desesperadamente que ella me acepte totalmente.
—Tío, desde que has conocido a esta chica eres otro. ¡Me das miedo! —
jamás reconocería que le daba envidia, que él se sentía incapaz de amar a alguien así y al escucharle sabía que se estaba perdiendo algo grandioso en su vida—. ¿Y cómo vas a hacerlo?
—Tengo un plan —dijo Bosco mientras se agachaba y recogía el micrófono que Fidel había tirado al suelo.
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