Conquistar la luna

Marisa Ayesta · Capítulo 17 de 19

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Conquistar la luna

Capítulo 17

Y más «micros»

—¡No me puedo creer que hayas venido a verme!

María Ángeles Vamazo se sentó ante el panel acristalado, a través del que miró asombrada y feliz a su mejor amante. Después de todo lo que había hecho por él, después de todo lo que había soñado con él, con que él dejaría a su esposa para estar con ella, su sola presencia allí hizo que por un momento se olvidase de la cárcel en la que se encontraba, sin derecho a libertad provisional gracias a la fuerte presión del fiscal (intimidado sin ninguna duda por los abogados de Joveller) y de lo lejos que se habían quedado sus metas. María Ángeles se olvidó de la pena y el dolor de los últimos días, de la frustración de haber sido cogida y privada de sus posesiones y se concentró en la satisfacción que le producía ver que él estaba allí.

Él sentía algo por ella. ¿Cómo era posible, si no, que estuviera allí? Su corazón latió tan alegre como quizá no lo había hecho nunca antes. La mujer presa casi llegó a pensar que merecía la pena el encierro solo por ver a su amor venir a venirla. No lo había esperado. Ni de él, ni de ninguno de

los otros del mundo empresarial y social en el que se había mimetizado con tanto empeño a lo largo de su vida.

—Y yo no me puedo creer lo que has hecho —contestó Javier Barceló muy serio.

Entonces, en un certero vistazo, María Ángeles se dio cuenta de la mirada de su antiguo amante. Este la inspeccionaba como si no la hubiera visto nunca y ella percibió en él un chispazo de rechazo disimulado, de repugnancia mal escondida, que le llegó hasta el corazón y se lo rompió en pedazos.

—¿No quieres saber si me han acusado injustamente? —notó el cambio instantáneo en su cara.

—¿Es así?

—No. Todo es cierto. Absolutamente todo. Y lo peor es que no puedo arrepentirme, porque sé que, en las mismas circunstancias, volvería a hacerlo. No he tenido otra opción para llegar donde estoy.

—No lo puedo creer —Javier se mesó las cabellos, impresionado—.

Pensaba que te conocía.

—¿Estás horrorizado? —María Ángeles encubrió su dolor con sarcasmo

—. ¿Te asquea haberte acostado conmigo?

—¿Qué esperas que diga? Eres una mujer hermosa, una mujer de negocios, una mujer de mi mundo y, de repente, me entero de todo esto —

hizo un gesto con las manos, abarcando la sala de visitas de la cárcel—. La policía ha estado interrogándome, ¿sabes?

María Ángeles imaginó que para él habría sido humillante y sintió que al menos en esta vida sí tendría alguna recompensa.

—¿De «tu mundo»? —María Ángeles se echó a reír—. Nací en Vallecas, Javier. A pocos kilómetros de «tu mundo» en El Plantío de Majadahonda, pero a muchísima distancia de tu riqueza y tu educación.

—Eso no importa —Javier lo pensaba de verdad.

—¿Eso no importa? Eso es lo que me ha hecho ser como soy. Me juré a mí misma, hace muchos años, que llegaría lejos... y en cierto modo lo he logrado.

—Ya tenías bastante. Fue querer más lo que te ha hecho perderlo todo.

Pero ¿llegar a matar a alguien? —el visitante sacudió su cabeza negando—.

Todo tiene un límite.

—Ya sabes lo que se dice: «La avaricia rompe el saco» —fingió frivolidad para superar su decepción y su vergüenza.

—No lo entiendo. No puedo creer que fueras capaz de matar a alguien.

—Javier, ¿en qué mundo vives? —María Ángeles se sintió repentinamente cansada. Miró a su interlocutor y supo que no lo quería, que él ya no tenía la capacidad de hacerle daño. ¡Qué tonta había sido! ¡Qué poco práctica!, ella que se consideraba tan realista, siempre con los pies en la tierra—. Te sientas ahí, con tu traje de quinientos euros y me miras incrédulo porque he matado a alguien cuando, en realidad, lo que no puedes concebir, con lo que no sabes qué hacer, es con el hecho de que te has estado acostando con una asesina, que has estado tocando a una mujer que te produce repulsión, que después de clavar un cuchillo en la espalda a un primo tuyo te sedujo y te estuvo haciendo el amor. Y te atreves a sentarte aquí y juzgarme. ¡Tú! Que no tienes ningún reparo en burlarte de las promesas que hiciste cuando te casaste, que has calentado la cama de

cualquier mujer que te la ha puesto dura y que no te ha importado rozar la inmoralidad en los negocios siempre y cuando estuviesen dentro de la legalidad o fuesen defendibles con éxito por un abogado ante un tribunal.

—Cálmese, señora —se oyó la voz del guardia que vigilaba ante la puerta.

—¿Te atreves a escandalizarte de mí —se rio María Ángeles haciendo caso omiso de la advertencia—, aunque tú eres igual y capaz de la misma mierda que yo? ¿O crees sino que, idiota de mí, me hubiera enamorado de ti? Sé lo que hay dentro de ti. Tú y yo somos iguales—. Pidió al guardia que la sacase de allí, levantándose de su asiento con un movimiento rápido y desapareciendo de la vista de su visitante con su amargura como única compañera.

—No, no soy igual —murmuró Javier para sí mismo viéndola marchar.

Pero, en su fuero interno, sintió asco de sí mismo.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de María Ángeles, con su uniforme de presa, su pelo otrora maravilloso ahora recogido en una coleta sin vida y su rostro sin maquillaje. ¿Alguna vez la había encontrado atractiva?

Sintió miedo y bochorno. ¿Era él capaz de llegar tan lejos como Vamazo?

Salió de la cárcel asqueado y deprimido y, por primera vez al llegar a su casa, con su bella mujer y sus hermosos muebles, sintió que llegaba a un hogar que no se merecía, que no había hecho nunca nada para merecer todo lo que poseía.

Su esposa, tal y como había estado haciendo desde que se casaron, lo recibió con un beso en los labios. Llevaban más de veinticinco años como matrimonio y no recordaba una sola vez en que su mujer lo hubiera besado con indiferencia.

—¿Es cierto que tu sobrina ha renunciado a Ovides? —le preguntó con la cortesía que la caracterizaba.

—¡Ah! Sí —con todo el impacto de lo de María Ángeles, se había olvidado por completo de aquello.

—Entonces, ¿es verdad?

—¿El qué? —preguntó mientras ojeaba la correspondencia que había cogido del velador de la entrada.

—Que tú serás el próximo presidente.

Como estaba absorto en sus pensamientos, no se dio cuenta del tono orgulloso y esperanzador de su esposa.

—Supongo que sí. Hay alguna posibilidad.

—¡Oh, cielo! ¡Por fin! —y su mujer lo abrazó.

—Sí, claro.

Pero en realidad ya no sabía por qué, en algún momento de su vida, había deseado con tanto ardor ostentar un cargo de gobierno, por qué se había matado por obtener unos vastos beneficios anuales o cuándo todo aquello y el alto nivel de vida que implicaba, habían dejado de importarle.

¿Podía un hombre cambiar tanto su manera de pensar en tan solo una mañana? ¿Salir de su casa y despedirse de su mujer pensando de una manera y regresar de una cárcel, tan solo horas después, completamente indiferente ante lo que siempre le había apasionado?

Fidel miraba a su hermana mientras esta perfilaba sus trazos sobre un cuadro. Por la postura que tenía ante el caballete y la fiereza de sus movimientos, supo que estaba enfadada. Sin hacer un ruido, echó un vistazo por encima del hombro para ver qué pintaba.

Con carboncillo, resaltando los duros contrastes de blancos y negros, el rostro de Bosco lo miraba desde el lienzo. A pesar de la actitud agresiva de su hermana, la cara del empresario tenía un matiz de ternura y un punto de deseo en los ojos que Fidel le había visto a menudo cuando miraba a Luna.

Calculó que, con ese, Luna superaba la media docena de esbozos y retratos hechos sobre aquel hombre, el único además de él que había conseguido llegar a su hermana. Y, aunque sintió un ramalazo de celos, reconoció que Bosco había hecho mejor trabajo que él a la hora de cuidarla y de demostrarle su amor.

Para Fidel, que conocía a Luna desde hacía tantos años, estaba claro como el agua que ella estaba enamorada. En su recién descubierto papel de hermano responsable, solo tenía que conseguir que ella lo reconociera.

Sabía lo que le iba a costar. Luna tenía dificultades para expresar lo que sentía incluso más que él mismo.

—¡Está genial! —trató de no reírse ante el salto de ella, que se giró a mirarlo. Fidel le señaló el cuadro—: ¿No se lo vas a enseñar?

Luna se encogió de hombros.

—Me da vergüenza.

—A él le encantaría. Igual que los otros que has hecho —la cogió suavemente de los hombros y enfrentó su mirada—: ¿Por qué te niegas a reconocer lo que siente por ti?

Pero Luna se zafó de sus manos. Le dio la espalda y se giró hacia la ventana. Miraba sin ver el exterior, la diminuta callejuela de abajo con apenas dos comercios.

—No sé qué hacer, Fidel. Estoy asustada.

Fidel no se acercó. Sabía que ahora Luna hablaría. Ella también necesitaba a veces que alguien la escuchara. Y él no siempre había estado para hacerlo.

—He vivido asustada muchas veces. Casi siempre por mi madre: me daba miedo que me abandonase, que se olvidase de mí, que me dejara por alguno de sus amantes, que enfermase, que se muriera... Y justo cuando se muere, me siento libre por primera vez para ser yo, para hacerme a mí misma. A pesar de la culpa que no puedo evitar sentir por decirlo en voz alta, cuando mi madre murió, fui libre. Esa es la verdad. Sin ella pude luchar por convertirme en una mujer independiente, sin necesitar nada de nadie, sin deber nada a nadie y sin tener que responsabilizarme de nadie más que de mí misma —se giró para mirarlo. Había ternura y una pizca de humor en su tono y en su gesto cuando dijo—: Me convencí a mí misma de que no me importaba estar sola, que no me dolía que entraras y salieras de mi vida. Lo tenía todo muy organizado en mi cabeza. Y entonces apareció Bosco y todo se fue al garete.

Unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Con Bosco ha sido un proceso por etapas. Empecé a creerme que le gustaba, que sentía algo por mí, casi desde el principio. Sabe ser muy persuasivo cuando se lo propone. Me costó esfuerzo, pero al final me lo creí. Pero achaqué su interés al hecho de que un hombre como él se sentía atraído por la novedad, incluso aunque esta estuviera muy alejada del perfil de mujeres que él está acostumbrado a frecuentar. Y mientras pensaba así procuraba no sentir nada hacia él, no hacerme ilusiones, mantenerme a una prudente distancia de seguridad. Cuando ya fue inevitable y Bosco me conquistó, derrumbando todas mis defensas, alcé unas nuevas, ordenándome a mí misma que disfrutara durante el tiempo que durara, que cogiera todo lo que se me ofreciera, que viviera al día y, aunque sabía que iba a sufrir cuando él pusiera fin a nuestra relación, me negaba a mirar hacia delante. Y ahora… —para bochorno de los dos, Luna soltó un alarido involuntario—. Ahora resulta que creo que me quiere, creo que me ama y que no es algo puntual. He aprendido a conocerlo y creo que puede que me ame para siempre.

—¿Y eso es malo, tonta? —vencido por el inmenso cariño que le inspiraba esa mujer, Fidel la cogió entre sus brazos, acariciándola y sosteniéndola.

Luna se sorbió la nariz y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Tú no puedes entenderlo, tonto —dijo ella, devolviéndole el insulto cariñoso.

—¿Por qué no?

—Porque no tienes problemas de autoestima, precisamente, estás demasiado seguro de ti mismo para poder ponerte en mi lugar.

Fidel pensó en Diana y en lo dolido y perdido que se sintió cuando lo dejó y se dio cuenta de que su hermana no lo conocía tan bien como se creía.

—Entonces, ¿todo se reduce a eso, a que te crees poca cosa?

—No me lo creo, ¡lo sé! Él me ha dado tanto y yo no tengo nada para darle... A veces me digo que, a fin de cuentas, ya soy casi de su misma clase social... y entonces voy a cenar a casa de Elvira o de mis nuevos tíos y me doy cuenta de todo lo que tengo que aprender. ¡Joder! Todavía no me aclaro si la copa de agua se pone a la izquierda o a la derecha de la del vino en la mesa, no sé tener conversaciones triviales y no veo la diferencia entre unos diamantes y una puñetera baratija de bisutería.

Fidel supo que era el momento de cortar con aquellas estupideces e ir al grano.

—¿Lo quieres?

—¿Que si lo quiero? Me muero por él, Fidel —y mientras se secaba las lágrimas se echó a reír—. ¡Mírame, qué llantina!

—Sí, nunca has sido de llorar mucho, me estás dejando muy sorprendido.

—Es que no sé qué hacer. No quiero estar sin él y lo quiero todo: quiero casarme y no puedo evitar soñar con una boda por todo lo alto, como la de Elvira y Juan, con su madre llevando mantilla (vi una foto de ella así). Y tú de padrino, con un chaqué de esos de pingüino. Y luego tengo pesadillas en las que aparece Manuel. ¿Te acuerdas de Manuel, el del taller de Barcelona?

Fidel la miró extrañado.

—No sé qué tiene que ver aquí uno de los antiguos novios de Sara.

—Y yo tampoco. No soy Freud. Pero, en mi sueño, aparece en mitad de la ceremonia diciendo que viene a la boda de su hijastra. Tú no llegaste a conocerlo —Luna salió de su ensoñación y se abrazó a Fidel buscando inconscientemente su calor—, pero es perfectamente simbólico del lugar de donde provengo. De donde provenimos —se corrigió mirándole cariñosamente a los ojos—: ¿Qué pintamos tú y yo en el mundo de Bosco?

—¿Por eso has rechazado tu parte de Ovides?

—Supongo que en parte. Era tal cantidad de dinero y de empresas que no sabía realmente cómo manejarlo. Y ya sabes que, al menos por mi parte Álvarez, soy especialista en quitarme problemas de encima.

—Nunca te he visto esquivar tus responsabilidades —la contradijo su hermano con certeza—. Ya tienes bastante con todo lo demás —le acarició el cabello y, tras meditar qué decirle, añadió—: Luna, yo puedo comprenderte, pero también creo que te mereces ser feliz y eres una tonta si no coges la felicidad con ambas manos. Bosco sabrá hacerte feliz.

—Eso ya no lo dudo. Lo que cuestiono es si yo lo haré feliz a él.

—¿Estás ciega? ¿No has visto cómo te mira? —y alzándole la barbilla para depositar un beso en la punta de su nariz, añadió con una sonrisa—: De todas formas, no estaría mal que, por una sola vez en la vida, pensaras solo en ti.

Como no se le ocurría nada más que decir y creía que su misión estaba sobradamente cumplida, la dejó pensando en lo que había dicho.

—¡Hola, Luna!

—¡Bosco! —Luna estaba realmente sorprendida al abrir la puerta—. No te esperaba.

—¿Y soy una sorpresa buena o mala? —sonrió cuando ella se ruborizó.

¡Se sentía tan feliz! Tenía unas ganas enormes de abrazar a aquella mujer y ¡qué narices! de llevársela a la cama. Pero, como siempre, eso último tendría que esperar.

Bosco era un hombre que planeaba y, desde el día que conoció a Luna, se organizó un plan para conquistarla. Ese plan hoy estaba a punto de llegar a su fin.

—Pasa, por favor. ¿Quieres tomar algo?

—No, gracias.

—¿Ni un café?

—No he venido a tomar nada. He venido a hablar contigo —se sentó en el sofá, con las piernas estiradas. Cruzó un pie sobre otro a la altura de los tobillos y señaló a Luna el asiento a su lado con una palmadita sobre el cojín.

Por instinto, Luna se sentó lo más alejada de él, aunque también en el sofá.

—¿Ha pasado algo malo? —no sabía qué pensar de la sonrisa gatuna de él.

—No, todo lo contrario.

Como ella lo miraba ansiosa, decidió no hacerla esperar más. Recogió sus piernas y, apoyando sus antebrazos en ellas, se enfrentó a la joven:

—Tú sabes que me he enamorado de ti, ¿verdad?

Luna bajó la vista, tanto halagada como ruborizada.

—He venido a que me digas que tú también estás enamorada de mí.

Luna levantó la vista inmediatamente, mirándolo asombrada. Abrió la boca para decir algo, pero Bosco la interrumpió:

—No, no lo digas todavía —dijo con arrogancia—. Antes quiero explicarte algo: como todo hijo de vecino, supongo, alguna vez que otra me he imaginado cómo sería la mujer de mis sueños, mi compañera, aquella por la que un hombre al llegar a casa se siente en el hogar, con la que envejecería y la que me daría hijos. Nunca tuve muy claro qué esperaba de ella físicamente —tocó el pelo de Luna con suavidad, dejando que se deslizara entre sus dedos—. Bueno, te estoy mintiendo, sí quería que fuese hermosa (como lo eres tú), pero no me parecía lo más importante. Bastaba con que fuera agradable a la vista.

Por alguna razón que no se podía explicar, Luna estaba empezando a enfadarse.

—¿Algo más?

—Todavía no he empezado, cielo. Quería una buena persona —alzó las manos para frenar cualquier comentario de la joven—. Sí, ya sé que no suena sexy, pero no podía imaginarme con alguien egoísta o trepa y, sobre todas las cosas, tenía que ser alguien que me hiciese sentir bien. Tú me haces sentir más que bien, Luna.

—Qué suerte la mía.

—Ahora estás ofendida —y se rio—. No importa. No hace falta que te justifiques. No he sido muy galante. Pero ya llego a lo importante: jamás imaginé a una mujer de la sociedad, que ofreciera grandes recepciones, vistiese a la moda y supiera dónde va la copa del vino en la mesa.

Luna rememoró su conversación con Fidel y se sobresaltó.

—Luego apareciste tú, y ya no pude pensar en nadie más. En un solo instante, la mujer de mis sueños y tú formasteis una sola. Pero en todas mis fantasías, nunca pensé que serías tan difícil de convencer —entonces cogió las manos de Luna entre las suyas y, mirándola intensamente, le soltó—: te quiero, Luna-Leticia, no puedo vivir sin ti y necesito, desesperadamente, que tú me digas que me quieres también.

Como Luna fue a abrir la boca, la interrumpió:

—No. Espera —le puso sus dedos largos sobre los suaves labios de ella

—. Sé que estás asustada, y no te lo reprocho, pues yo estoy asustado también, pero en ningún momento dudo que tú seas la que me conviene y no creo que tú lo dudes tampoco. Te da miedo cómo resultará la cosa, si sabremos hacerlo bien. A mí también. Pero hay algo de lo que estoy plenamente seguro, Luna: siempre procuraré hacerte feliz y jamás te haré daño, al menos no voluntariamente. Y se den las circunstancias que se den, siempre lucharé por nosotros. Aunque no tenga ganas. Siempre serás lo primero en mi vida. ¿Me crees?

Luna no pudo menos que asentir.

—Entonces dímelo, dime que me quieres

Luna se humedeció los labios. Temió volver a ponerse a llorar:

—Te quiero.

Porque ya lo sabía y esperaba su declaración, Bosco se sorprendió del ligero vuelco que sufrió su corazón.

—Y ahora dime que te casarás conmigo.

—¿Casarnos?

Solo Bosco podía reírse a carcajadas de ella en un momento así.

—¿De qué crees que estaba hablando?

—De empezar una relación, un noviazgo por decirlo de alguna manera…

Pero Bosco ya estaba negando con la cabeza.

—Ya hemos tenido suficiente noviazgo, besos robados, miraditas y manitas. Lo quiero todo ya, Luna.

—Pero no puedes pretender en serio que decida casarme contigo ahora.

—Sí, sí que lo pretendo. ¿Para qué retrasarlo? Si sabemos lo que queremos, no hay nada que nos impida cogerlo ya con las dos manos —no soportando más estar sin tocarla, la cogió en sus brazos y la besó. Quiso poner en ese beso todos sus sentimientos y necesidades y sintió un ramalazo de placer al sentir que ella, después de una leve reticencia, se entregaba por completo—. Dime que me quieres otra vez.

—Te quiero —murmuró Luna contra sus labios mientras se abría otra vez para él.

—No te oigo. ¿Me quieres?

—Sí.

—¿Para toda la vida? —le preguntó mientras la mordisqueaba y le hacía perder el conocimiento.

—Sí, sí… —Luna solo quería que él se callase y siguiera besándola como hasta ahora.

—¿En lo bueno y en lo malo?

—Sí.

—¿Y me darás hijos?

¡Por Dios, aquel hombre no se iba a callar nunca!

—Sí, sí —insistió mientras lo rodeaba con sus brazos atrayéndolo hacia ella y buscando su boca mientras contestaba.

—Entonces, tendremos que estar casados.

—Sí —accedió Luna contenta de que él siguiera besándola a pesar de sus preguntas.

Pero Bosco la soltó, la zarandeó suavemente y la obligó a abrir los ojos.

—¿Te has dado cuenta de lo que has dicho?

Luna suspiró y enfocó su turbia mirada hacia él frustrada:

—¿Qué?

—Que acabas de decir que sí te casarás conmigo.

—Vale— dijo Luna mientras trataba de volver a los besos.

Para su asombro total, Bosco se levantó del sofá y se marchó hacia la puerta.

—¿Qué pasa? ¿Adónde vas?

—A organizarlo todo. De aquí a un mes serás la señora de Bosco Joveller y, como supongo que sé más de este tipo de celebraciones yo que tú, me voy ahora mismo a preparar lo que haga falta y a empezar a dar órdenes, que también se me da muy bien. Llamaré a mi madre para que desempolve la mantilla y la peineta.

De nuevo sonaron en Luna reminiscencias de su conversación con Fidel que la alertaron, pero tachó de imposibles sus sospechas.

Si no fuera porque todavía sentía sus labios inflamados y el deseo frustrado en su cuerpo, Luna habría pensado que se lo había imaginado

todo, dada la celeridad con que Bosco había desaparecido de su vista.

¿Había dicho en verdad que se iba a preparar su boda?

Sin fuerza en las piernas para que la sostuvieran, Luna se dejó caer en el sofá, más ilusionada y emocionada de lo que se daba cuenta.

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