Conquistar la luna

Marisa Ayesta · Capítulo 3 de 19

Páginas del PDF

Conquistar la luna

Capítulo 3

La boda

En un lujoso despacho de la calle Serrano de Madrid, el notario Ignacio Siblejas, de casi sesenta años de edad, trataba amablemente de tranquilizar al hijo de su testador.

—Si por fin su padre localizó a la nieta tanto tiempo perdida, es lógico que dividiera todos sus bienes, a partes iguales, entre usted y ella. Tenga en cuenta, don Roberto, que si su hermano de usted no hubiera fallecido, él hubiera heredado esa mitad y, por lo tanto, la recién descubierta nieta lo heredaría todo posteriormente por línea directa de sucesión y sangre.

—¡No puedo aceptarlo! —casi gritó el hombre, entrado en la cincuentena, vestido de luto riguroso—. ¡Por amor de Dios! ¡Si no la había visto en su vida! Usted mismo acaba de explicarme que mi hermano Álvaro consiguió dar con su paradero tan solo unos días antes de morir. ¿Cómo es posible que mi padre se enterara de todo?

—Es evidente que don Álvaro se lo dijo a su padre antes de fallecer. Y

no solo eso: pidió expresamente que don Ramón se pusiera en contacto con Leticia y ejerciera de abuelo en la medida de lo posible.

—¿Y mi padre la vio? ¿Llegó a hablar con ella? —preguntó el recién huérfano con ansiedad, tratando de eliminar la punzada de celos que sintió por verse excluido de ese secreto familiar.

—Al parecer sí. Desconozco exactamente los términos del encuentro.

Creo que Leticia vive ahora bajo otro nombre y que ignoraba todo sobre la familia de su padre. Según tengo entendido, cuando el detective contratado la encontró, la madre de la muchacha estaba enferma —Siblejas cogió un papel y mientras lo leía añadió—: Aquí dice que era legalmente todavía su cuñada, Sara Álvarez, recordará usted que se llamaba —Siblejas se quitó las gafas y continuó—: Pues bien, le decía que hallaron a la esposa de su hermano moribunda en un hospital, por lo que su padre de usted no consideró apropiado irrumpir en aquel momento en sus vidas.

Lamentablemente, su padre no tuvo tiempo de intentar una segunda vez, pero sí de dejar todos los asuntos legales cerrados, así como los económicos. Lo hizo conmigo, precisamente, dos días antes de morir.

—No me lo puedo creer —Roberto se dejó caer pesadamente en el asiento de cuero a la vez que se mesó con desespero los cabellos—. Yo contaba con heredar ese capital.

El notario carraspeó mientras miraba disimuladamente su reloj de pulsera.

—Lo que su sobrina va a heredar es, ni más ni menos, lo mismo que su padre le dio a usted ya en vida: la mitad de la compañía Ovides, la mitad de sus bienes personales y la mitad de los bienes y las acciones de su hermano Álvaro y de las otras propiedades patrimoniales.

—Exactamente, ¡joder! —Roberto se levantó y paseó por la sala—.

¡Cómo me ha podido pasar esto! —espetó al fin y, como si se le ocurriera de repente, preguntó—: ¿Y sabemos cómo se hace llamar ahora mi sobrina?

—Tengo todos los datos en un archivo para poder ponerme en contacto con ella. Lo habitual en estos casos es contratar los servicios de una agencia especializada para localizarla.

—Pero ¿sabe dónde está ahora? —preguntó ansioso el huérfano.

—En realidad, no. Su padre solo nos pudo facilitar su nombre y edad y algunos datos más del falso registro de nacimiento —como el notario padecía de mala memoria, ya que no había recurrido a ella una vez aprobada su oposición, allá en su juventud, alcanzó de nuevo el documento sobre su escritorio y leyó—: Según el informe, la madre de la niña consiguió cambiarle el nombre al huir y por eso resultó tan difícil encontrarlas.

—¿Podría darme una copia de sus notas?

—No veo por qué no. Le pediré a mi secretaria que se la facilite —le dijo el notario, alegre de conseguir por fin un modo de despedir a Roberto de su despacho.

Si había algo que temiera un notario era precisamente enfrentarse con el descontento de los herederos. No hay nada que pueda cambiar el testamento de un fallecido, y muchas veces es este el único acto de enfrentamiento que se atreven a tener algunas personas. Utilizan su última voluntad para expresar su desaprobación hacia alguno o todos sus familiares, mostrando post mortem lo que no se arriesgaron a manifestar en vida. Y solo quedaba

ante los desilusionados desheredados el odio al mensajero que, cómo no, desearía estar en cualquier otra parte.

Con un hondo suspiro al cerrar la puerta tras el hijo de uno de sus clientes más queridos, el notario se lamentó por la pobre muchacha a la que estaba a punto de cambiarle la vida, ya que, aunque se iba a convertir en millonaria de la noche a la mañana, provocaba tristeza saber que debería enfrentarse a aquel espécimen de egoísta, malcriado y consentido tío.

Luna lo tenía claro, no quería volver a saber nada de Bosco, así que ni siquiera se molestó en llamarlo para darle las gracias por las flores, pero se sorprendió a sí misma viendo pasar los días y extrañándose de que él no la buscara. Era una sensación extraña, una especie de «quiero y no quiero».

Sus sentimientos hacia el único hombre con el que había estado oscilaban desde el odio y el desprecio hasta la ansiedad por saber de él y averiguar si ella ocupaba al menos solo uno de sus pensamientos. Obligándose a sentirse indiferente, se encogió de hombros. Sabía que debía olvidarlo todo como un mal sueño. Pero su siempre activa mente no paraba de barajar las consecuencias que una noche de sexo con Bosco Joveller podría tener en su vida.

¿Había él usado protección? ¿Y si se había quedado embarazada?

¿Cómo podía preguntárselo a él a estas alturas? ¿Y si le había contagiado alguna enfermedad debido a su aparente vida libertina? ¿Debería ella hacerse una analítica para despejar sus dudas? ¿Adelantar la revisión anual con el ginecólogo? Y la pregunta que siempre volvía, a pesar de toda la

resistencia que ella ponía en alejarla: ¿se acordaba él alguna vez de esa chica borracha con la que durmió?

Luna siempre había aceptado que no era una mujer de las que dejan huella, y bien sabía que él estaba acostumbrado a mujeres que quitaban el aliento. Desde lo sucedido, se había informado lo suficiente para enterarse de que Bosco Joveller estaba muy, muy lejos de su alcance.

El empresario era considerado uno de los hombres más ricos, sino el más rico del país, muy por encima de Amancio Ortega, Juan Roig o Isak Andic, y no pocas veces su imagen llenaba tanto las páginas de revistas de sociedad —acompañado de mujeres del mundo del espectáculo, de la moda e incluso la nobleza— como las de los diarios económicos, señalando sus últimas fusiones, adquisiciones y aciertos, como si del rey Midas se tratara.

En definitiva, Bosco Joveller pertenecía a un mundo cosmopolita, de lujo y abundancia, de viajes y mujeres famosas, un mundo despreocupado y mimado y a millas de distancia del de Luna Álvarez, con su escaso metro sesenta de estatura, su pelo pajizo y su cuerpo menudo, hija de una hippy porreta y un desconocido, y todavía más lejos de su libreta de ahorros, su sueldo precario y su necesidad de contabilizar hasta los céntimos. Que ella hubiese terminado en su cama un sábado por la noche era tan absurdo como que la cría de un gorrión terminase durmiendo en el nido de un pavo real.

Así que, cuando dos semanas después Luna se arreglaba para la boda de Elvira, había asumido que Bosco había encontrado algo mejor que hacer que perseguirla, y ella, a base de fuerza de voluntad, había relegado al fondo de su mente el hecho de haber perdido su virginidad, sin darse cuenta, por culpa de una borrachera.

Siguiendo su estilo conservador, Luna se puso un vestido de seda salvaje sin mangas, de escote cuadrado, que era su uniforme para bodas y grandes eventos, pues no tenía otro. Ya lo había usado en otras dos ocasiones, siempre con satisfacción, ya que cumplía su cometido ampliamente. Al usarlo más de una vez, tranquilizaba su conciencia por el pico de dinero que le había costado, a pesar de haberlo adquirido en una tienda en liquidación.

Para ir más adecuada en la iglesia, cubriría sus brazos con una pashmina a juego en distintos tonos de azules.

La joven se había recogido el pelo rubio en un moño alto y se había soltado algunos mechones pequeños para suavizar el rostro. Por último, se montó en unos zapatos de tacón con tiras plateadas, con la esperanza de no parecer tan bajita.

Aunque se sintió absurda trasladándose en autobús vestida de esa manera, se negó a pagar un taxi hasta los Jerónimos y confió en que, desde la iglesia, alguna compañera de trabajo la acercara a la finca de las afueras donde se celebraría la cena.

Enseguida vio a Bosco entre la colorida y elegante multitud que esperaba a la puerta del templo gótico renacentista, quizá porque, por mucho que lo negara, lo estaba buscando en su inconsciente, quizá porque tenía una altura que superaba a la mayoría de los reunidos. Ni se le ocurrió acercarse a saludarlo. Bastante tenía tratando de calmar a su desbocado corazón. Pasó el rato hasta que empezó la ceremonia hablando de asuntos laborales con los compañeros del trabajo. «Su sitio», se repetía para sus adentros y, una vez en el interior, ocupó discreta uno de los bancos de atrás.

Desde allí, además, pudo ver todo el desfile de ricos y famosos que fueron

llenando la parroquia: políticos, actores, pintores, deportistas, escritores, empresarios. Todos entraban en intermitente goteo a presenciar el enlace como en otro tiempo habían hecho sus antecesores, en ese mismo santuario, para contemplar la jura de sus príncipes de Asturias, alguna que otra boda real y hasta la proclamación de reyes. Bosco ocupaba un lugar privilegiado en el altar de San Jerónimo, junto a otros once hombres, vestidos como él con el chaqué de testigos. Bajo el objetivo criterio de Luna, él era el que mejor planta tenía de todos.

Involuntariamente regresaron a la mente de la joven las imágenes de los besos que se dieron en el ascensor. ¿Por qué no podía acordarse de nada más? ¿Cómo había resultado ser Bosco en la cama? Ruborizándose, se arrepintió en el acto de haber tenido aquellos pensamientos en la casa de Dios. ¿Bastaba un hombre guapo y un poco de alcohol para convertirse en lo que había odiado toda su vida?

Trató de centrar sus pensamientos en la ceremonia. Su corazón romántico se emocionó cuando Elvira y Juan pronunciaron sus votos, y no pudo evitar preguntarse si alguna vez ella encontraría al hombre adecuado con el que compartir la vida y formar una familia. Por el momento, se consoló pensando que estaba donde quería estar y haciendo lo que le gustaba. Con su historial, aquello era más que suficiente para hacerla feliz.

Después de lanzar arroz a los recién casados y esperar pacientemente a que el fotógrafo de la agencia —que se había comprometido a llevarla a la cena junto a otros dos compañeros— se fumara un par de cigarrillos, se dirigían hacia el coche cuando Luna sintió que alguien la cogía suavemente, pero con firmeza, del brazo.

—Yo llevaré a Luna a la finca —pronunció una conocida voz que hizo que a Luna le recorriera un no deseado escalofrío de placer por todo el cuerpo.

Su voz había sido tan terminante que ninguno de los compañeros de trabajo puso objeción y, sin más dilación, el trío se alejó de ellos, dejándola a solas con Bosco.

—¡Eh! Un momento...

Antes de que pudiera discutirle, Bosco se adelantó a sus palabras, saludándola, recorriéndole el cuerpo con una intensa mirada apreciativa.

—Hola, Luna. Estás preciosa hoy.

Bosco se había pasado los diez últimos días en Nueva York, en unas reuniones con otros socios propietarios de medios de comunicación tratando unas inversiones de capital en dos periódicos y dos cadenas de televisión norteamericanos, y no había podido dejar de pensar en Luna. En realidad, no había podido dejar de pensar en las dos Lunas que había conocido. Por un lado, la desinhibida, que se reía a carcajadas con los ojos velados por el alcohol y hablaba sin parar con su voz gutural y sexy, la mujer consciente de sus encantos que disfrutó de su conversación y que se lanzó a sus brazos y a sus besos con una pasión desenfrenada; por otro lado, la cautelosa, constantemente ruborizada y seguramente horrorizada y arrepentida por su conducta del día anterior, la mujer aparentemente empequeñecida pero decidida, que con firmeza huía de él. Y Bosco todavía no sabía cuál de las dos lo volvía más loco.

Había logrado convencer a Elvira para que cambiara el protocolo de las mesas y los sentara juntos. Para ello, tuvo que prometer a la novia y prácticamente jurar con su sangre que iría con cuidado. Quedaba claro que la Luna responsable despertaba en su jefa un afán protector. «Sólo quiero conocerla», le había asegurado Bosco a Elvira. Y así era. Pero, por primera vez con una mujer, no estaba seguro de si iba a quedar satisfecho solo con eso.

Tras secuestrar a Luna a la salida del templo, Bosco la condujo hacia su coche, un Mercedes de dos plazas. A propósito se había traído ese automóvil, para evitar que nadie más viajara con ellos. Bosco se había fijado en Luna ya cuando esta se acercaba andando desde el paseo del Prado hacia la iglesia. Le gustó el color de su vestido, así como su andar cadencioso y elegante, con cierto aire inquieto e inseguro que la joven sofocaba con la barbilla alta y el aplomo propios de una institutriz del siglo XIX. Bosco dedujo que eso se debía a la Luna conservadora. El sábado de hacía dos semanas había conocido a una mujer. Este sábado —estaba seguro

—iba a conocer a otra.

—No puedes hacer esto —le dijo Luna con voz contenida.

—¿El qué?

—Decidir por mí con quién voy a un sitio —le había dolido en su orgullo que él la tomara como un manojo, sin preguntarle y sin ninguna consideración hacia ella.

—Está bien —concedió Bosco, pues estaba de excelente humor—, entonces te lo preguntaré. ¿Me haces el honor de dejar que te lleve en mi humilde coche?

Luna arqueó una ceja. Pensaba decirle que no, pero luego decidió que era mejor hablarle en el coche, a resguardo de las indiscretas miradas de los que todavía se demoraban a la salida del templo.

Cuando él le abrió la puerta del asiento del pasajero, Luna se tensó ante la muestra de modales, pero luego se ordenó no dejarse impresionar, al recordar que Bosco era así en esencia, el perfecto caballero, y no debía vislumbrar en sus actos nada específicamente destinado a ella. Mientras el propietario del coche rodeaba el automóvil hacia su asiento Luna trazó mentalmente el infalible plan de aclararle la situación durante el trayecto y, en cuanto llegaran a la finca, no volver a dirigirle la palabra nunca más. Con este propósito en la cabeza, empezó a hablar en cuanto él se sentó al volante:

—Bosco —se humedeció los labios para tranquilizarse—, la mujer que tú conociste el sábado pasado...

—¿Qué mujer? —la interrumpió Bosco sonriente, sabiendo que la desconcertaría, y provocándola aún más al echarse sobre ella y amarrarle él mismo el cinturón.

—¿Có-cómo que qué mujer? —Luna sintió su aliento cálido en sus labios y por un momento pensó que la iba a besar, y se dio cuenta, avergonzada, de que no iba a hacer nada para impedírselo.

Pero Bosco se puso de nuevo al volante sin abandonar su sonrisa pícara.

Parecía muy satisfecho consigo mismo, lo que molestó a Luna y la devolvió a la realidad de su plan.

—¿Que a qué mujer conocí?

Luna se lo quedó mirando sin recordar de qué estaban hablando.

Contestó ruborizada en cuanto cayó en la cuenta:

—A mí. Pero no era yo.

—Ajá —desde el punto de vista de Bosco, aquello era perfecto. La propia Luna se daba cuenta de la dualidad que existía en ella.

—En serio. Había bebido demasiado. Yo... no tengo la costumbre de beber. Fui una estúpida, ya lo sé, pero Elvira insistió en brindar y yo no pensé que fuéramos a estar con hombres.

Bosco la miró arqueando las cejas:

—¿Hubieras puesto más cuidado de saber que yo iba a estar allí?

—Naturalmente.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Pues, precisamente, para evitar que pasara lo que pasó. Si hubiéramos salido de verdad solo mujeres, tal y como teníamos pensado, no hubiera pasado nada.

—¿Y qué es lo que pasó? —le preguntó Bosco, mirándola dulcemente, de una manera que Luna encontró irresistible.

—Tú ya sabes lo que pasó —contestó, ruborizándose.

—Dímelo —insistió Bosco.

En tan solo una décima de segundo, Luna pasó de encontrarlo maravilloso a enfadarse con él por ponerla en la tesitura de tener que expresar en palabras el principal motivo de su vergüenza, y fue por esta razón que decidió herirlo.

—Pues mira, no lo recuerdo. Sé que te besé y deduzco, por cómo aparecí al día siguiente en tu casa, que te aprovechaste de mí.

—Así que no lo recuerdas, ¿eh? —el tono de Bosco seguía siendo ligeramente irónico y no enfadado, como Luna había esperado—. Te diré, para tu información, que no pasó nada.

El silencio se hizo denso en el coche. El alivio de Luna luchaba contra la incredulidad.

—¿Nada?

—Aunque no lo creas, soy un caballero. Jamás me aprovecharía de una mujer bebida.

De la garganta de Luna salió un sonido extraño, estrangulado.

—¿No te acostaste conmigo? —Luna sintió que el mundo era un lugar sensacional para vivir.

—Te aseguro, encanto, que, si me hubiera acostado contigo, al día siguiente te acordarías.

—¿Sigo siendo virgen? —se le escapó emocionada a Luna, antes de darse cuenta de la intimidad que desvelaba.

Entonces fue Bosco quien la miró con un gesto indescifrable y un tanto especulativo mientras asentía con la cabeza.

Y todo pasó a la vez: Luna se dio cuenta de lo que había dicho y, avergonzada, desvió la vista de aquellos ojos que la miraban asombrados y la posó en el salpicadero. Hizo esfuerzos por entender lo que sus ojos veían para distraerse de su desliz y, cuando su cabeza registró la velocidad a la que viajaban, se olvidó de lo que acababa de decir y chilló:

—¡Para! ¡Para ahora mismo!

—Luna, por Dios, ¿qué te pasa? —preguntó Bosco sin obedecer.

—¿Has visto la velocidad a la que vas? ¡Nos vamos a matar!

Bosco se encogió de hombros y, como vio que estaba asustada de verdad, decidió mentirle.

—Está roto.

—¿El qué?

—El velocímetro —siguió él, como si fuera la cosa más natural del mundo.

El suspiro de alivio de Luna lo hizo sonreír, pero tuvo que aguantar las ganas de carcajearse cuando la oyó decir:

—Ya me parecía que no podía ser.

—¿Podemos volver a nuestra conversación ahora que ya estás más calmada?

—¡Ah, sí! Pues bien —dijo Luna, que necesitó de unos segundos para relegar a lo más recóndito de su memoria su declaración de virginidad y recordar que iba a decirle que no debían verse más—. Ya hemos dejado claro que yo no soy como crees que soy, así que en realidad no has mandado flores a la mujer que creías, ni has subido a tu coche a la mujer que creías. Por lo tanto, yo, la real, me bajo del automóvil en cuanto lleguemos y cada uno por su lado. ¿Vale?

—Vale —Bosco asintió conforme mientras miraba al frente.

Ante la facilidad con la que había aceptado su propuesta, Luna decidió, molesta, que en cuanto Bosco se había dado cuenta de que ella era virgen había comprendido la realidad. No sabía por qué se sentía ofendida, pues al fin y al cabo era lo que quería que él entendiera, pero le dolía ver que aceptaba tan fácilmente su negativa a prolongar el trato entre los dos.

Decidió que le molestaba porque era muy poco halagador para ella.

Apartó sus pensamientos de un manotazo. Ella era más práctica que todo eso.

Bosco la miraba de reojo, complacido. Desde luego, aquella muchacha lógica y precavida despertaba un interés en él mucho mayor que la desinhibida que durmió en su casa. Y lo más curioso es que, aunque no había dejado de desearla, deseaba aún más conocerla a ella, sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos y sus proyectos. Seguro de que Luna era demasiado correcta como para no sentarse donde le indicaran, se despidió de ella con un ligero movimiento de cabeza, disimulando una sonrisa cuando la vio ruborizarse al marcharse hacia la otra punta de la recepción. Sí, pensó con arrogancia, no había nada como el desafío de una mujer que se cree inaccesible para incentivar las ansias de conquista en un hombre.

Había contratado a un matón. Pensaba que eso solo ocurría en las películas americanas. Pero ahora sabía que era una realidad cercana. Había resultado fácil y excitante y lo había hecho sentirse un hombre de verdad.

Nada, nada de lo que había hecho o experimentado anteriormente se podía comparar con aquella sensación. Cierto que su sicario no era precisamente un experto asesino a sueldo, pues no hubiera tenido valor para contratar a uno. Ni en sus momentos de máxima euforia había perdido de vista que si algo salía mal acabaría entre rejas. Sabía que podía localizar a un matón a través de internet, pero hoy en día todo dejaba huellas y la informática no era su fuerte. No. Todo había resultado mucho mejor de lo esperado dando

la cara, aunque esta hubiera estado ligeramente en penumbra y semiescondida bajo un sombrero.

Ya había tirado los dados. No era posible dar marcha atrás. Se sentía como un dios, decidiendo sobre la vida y la muerte. Ya no más sorpresas. Él sería el dueño indiscutible de su destino... y del de quien quisiera. Acababa de decidir que su sobrina Leticia no iba a vivir.

¡Qué gran poder!

Creía haber desarrollado el acuerdo con gran astucia pagando a aquel yonqui un pequeño adelanto y prometiéndole el resto cuando hubiera acabado.

Juntos habían acordado los detalles, los morbosos detalles. El yonqui esperaría hasta que Leticia se durmiera, entonces entraría en la casa. Ya habían visto la puerta. Podía forzarse con un destornillador apretando en el lugar adecuado. Claro que él no lo hubiera logrado jamás, pero el yonqui necesitó solo dos intentos para dominar la cerradura.

Habían entrado en el piso. Bueno, él realmente no había querido dejar sus huellas en el lugar del crimen y había mirado desde el umbral. El sitio daba asco. ¿Cómo podía ser Leticia una Fernández de Oviedo y vivir en esa buhardilla con muebles de pino?

¡Ay, padre! ¡Qué forma tan absurda de dilapidar tu fortuna! En el fondo, Roberto pensaba complacido que estaba haciendo un favor a su viejo. Una chica así, acostumbrada a vivir con hippys y sin haber pisado una alfombra persa en su vida, no era digna de recibir la herencia.

Echó un último vistazo al reloj. Confiaba en el yonqui para hacer el trabajo. Al fin y al cabo, no exigía una gran dificultad cortarle el cuello a

una mujer dormida. Se podía permitir ir hasta arriba de coca, aunque había jurado que no tomaría nada hasta terminar. Y lo mejor de todo era que, si algo salía mal, no había nada que lo pudiera relacionar con él. Ni siquiera ese yonqui podría decir una sola palabra acerca de su persona. No tenía ni idea de quién era ni de dónde provenía. Y ¿cuántos hombres respondían a su descripción? Altos, morenos y con pinta de ricos. ¿Qué más podría decir de él? ¿Cuánta gente en Madrid respondía a esos rasgos?

Nadie los había visto salir y entrar del edificio, de eso estaba seguro, pues no habían coincidido con ningún vecino en toda la finca.

Roberto sonrió satisfecho.

De su cartera sacó la foto que había conseguido de su sobrina. Debería destruirla, solo por precaución. La miró, despidiéndose de ella. La verdad es que era guapa. Muy lejos del tipo de los Fernández de Oviedo, que tradicionalmente eran mujeres hermosas, altas, fuertes, bien dotadas, de las que causan sensación. Su sobrina tenía la apariencia de un duendecillo con atractivo. Poseía una mirada que lo abarcaba todo, de almendrados ojos grandes. Iba un poco encogida, como si no quisiera llamar la atención, pero lo cierto es que, a su manera, tampoco pasaba desapercibida. Reconoció con cierto orgullo familiar que la hija de su hermano tenía clase.

Además, siguió pensando Roberto, para haberse criado con una hippy, vestía muy bien. En sitios baratos —recordó las etiquetas de Zara y Cortefiel que había divisado sobre la pulcra mesilla de la entrada de su apartamento—, pero con estilo.

Mientras esperaba que se acabase con la vida de una persona por orden suya trataba de encontrar su conciencia. Sin éxito. No sentía ni un ápice de

remordimiento. No creía estar haciendo nada especialmente malo. Por el contrario, iba a recibir muchos beneficios. Este último pensamiento, el de la herencia que recuperaría, lo hizo olvidarse del todo de tratar de sentirse mal por lo que había hecho. El dinero era muy importante para él. En realidad, el dinero era lo único para él. En cuanto recuperase la herencia podría seguir adelante con su vida. Nada cambiaría a peor tras la muerte de su padre. Tendría todo el bienestar material para el que había nacido.

Fidel entró en la parada de metro de Gran Vía y no se molestó en pagarse un billete con las monedas que había conseguido en el ratillo que estuvo tocando la guitarra en la Puerta del Sol. No. Simplemente saltó por encima del torno e hizo caso omiso de los gritos del taquillero. Sabía que el cajero no saldría de allí y hasta que llegase un guardia jurado... ¡Le encantaba Madrid! Y por cierto que había echado de menos a la ciudad.

Llevaba un par de años de vagabundeo en compañía de Diana. No se arrepentía, pero ahora estaba de regreso, con los bolsillos más vacíos que cuando se fue, tal y como su compañera de viaje le había hecho notar, y solo de nuevo. Y Fidel no sabía estar solo.

A veces pensaba que tenía que haber hecho como Luna, centrarse, estudiar una carrera y buscarse un empleo respetable, pero en el fondo sabía que eso no era para él. Demasiados años viviendo en la anarquía. Claro que su hermana se había criado igual que él, durante mucho más tiempo, y ahí estaba, tan completamente imbuida en la estabilidad y las normas que no parecía haber hecho otra cosa en toda su vida.

También la había echado de menos a ella. Después de todo, ambos eran lo único que tenían en el mundo. Hasta que había aparecido Diana, para Fidel, Luna y su madre eran toda la familia con la que había podido contar.

Sabía que Sara había muerto. Había mantenido el contacto lo suficiente como para saberlo y como para imaginar lo duro que había sido para su hermana. Pero, para qué engañarse, desde el lejano estado de California, donde había vivido con Diana haciendo el amor y vendiendo camisetas, realmente la cosa no parecía tan mala.

Ahora volvía a Luna.

De pie, en el metro, rodeado de extraños y sin necesidad de agarrarse para mantener el equilibrio mientras el tren se deslizaba por los túneles subterráneos de la ciudad, Fidel sonrió al pensar en ella.

Ignoraba si su hermana estaría en casa, pero, con lo precavida y poco social que era, tenía más probabilidades de encontrarla en su apartamento siendo sábado que entre semana, que trabajaba.

Fidel siempre había sentido una ligera curiosidad por conocer quién era el hombre que había engendrado a Luna y descubrir si era tan metódico, ordenado y responsable como ella. Si así fuera, se aclararía por qué su hermana era tan opuesta a Sara en todo. O quizás la genética no fuera la causante del carácter de Luna, quizás tan solo se debía a un efecto rebote de todo lo que había vivido. En el momento en que su hermana había tenido edad de vivir como le daba la gana, había procurado con disciplinada minuciosidad hacer lo contrario que había visto en su madre.

Deseoso de estrechar a Luna entre sus brazos y de verla preocuparse por él y coserlo a preguntas sobre todo lo que había hecho, Fidel se apeó en la

parada de Cuatro Caminos y, como ya le había sucedido otras veces, equivocó la salida y tuvo que andar más de la cuenta hasta llegar al edificio donde su hermana había alquilado su pequeño apartamento.

No le importó que no estuviera. Esperó en la calle hasta que una mujer mayor salió del portal. Luego entró y, sin ningún remordimiento, forzó delicadamente la cerradura con una especie de ganzúa que llevaba en su petate.

Echó un primer vistazo y sonrió. «Luna, Luna, nunca cambiarás». Desde la última vez que había vivido con ella, su hermana se había construido un hogar, algo perceptible a pesar de los muebles baratos. Se imaginaba perfectamente a Luna leyendo apaciblemente o pintando sus numerosos cuadros.

Encogiéndose de hombros en un gesto típico, se dirigió a la nevera. Su organizada Luna no lo decepcionó. Tenía una fiambrera con un guiso de carne, pasta con la salsa de champiñones que le salía de muerte y, ¡oh sí!, las sobras de un pastel de queso. Después de servirse a gusto y de repantigarse en el sofá a ver un partido de fútbol carente de interés, se acostó sin remordimientos en la única cama que había en la casa. Cuando Luna llegara, ya verían lo que hacían.

OceanofPDF.com