Conquistar la luna

Marisa Ayesta · Capítulo 1 de 19

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Conquistar la luna

Dedicatoria

Para Chente

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Capítulo 1

La despedida de soltera

Sin duda alguna, todo comenzó la noche de la despedida de soltera de Elvira, la jefa de Luna. Si esa noche Luna no hubiera bebido, un sinnúmero de acontecimientos no habrían ocurrido tal y como se desarrollaron. Y no tendría que haber sido difícil, pues Luna, por principio, no bebía jamás. Era una mujer que odiaba las bebidas alcohólicas y la falta de sobriedad, así que el hecho de emborracharse se debió más a los nervios, a no querer llamar la atención y a su falta de costumbre en el beber que a que tuviera verdadera intención de hacerlo.

Luna Álvarez todavía no llevaba un año trabajando como creativa en la agencia de publicidad que Elvira Gómez dirigía cuando esta la invitó a su despedida de soltera.

—No te asustes, no vamos a hacer nada extravagante: una cena de mujeres en algún restaurante divertido y luego tomaremos unas copas.

Tan abrumada como agradecida por la invitación, Luna se vistió su mejor traje chaqueta, en un color cereza apagado, que moldeaba discretamente su pequeña y esbelta figura, se puso unos zapatos de piel

planos de Farrutx en color beige que le habían costado una pasta incluso en rebajas y, como su presupuesto nunca le había permitido un buen bolso, se colgó de su hombro una casi perfecta falsificación de Carolina Herrera, de las de lona, que cuidaba con la misma amorosa devoción con que lo haría si fuese verdadera.

Luna sabía que Elvira pertenecía al mundo del dinero y a un nivel social muy por encima de sus posibilidades. No podía entender por qué su jefa la había invitado, a pesar de que se había sentido halagada y de que sabía que iban también otras mujeres de la empresa, pues le daba miedo no estar a la altura. A sus veintiséis años, a Luna no se le daban exactamente bien las relaciones sociales, apenas tenía amistades y se sentía inculta, inexperta e inapropiada en el sofisticado mundillo que, intuía, rodeaba a su jefa.

El prometido de Elvira se había licenciado en ICADE-3 una década atrás, había vivido en el extranjero, había realizado un par de carísimos másteres para ejecutivos y era uno de los seis vicepresidentes del tercer banco europeo. Aunque Elvira todavía vivía en casa de sus padres, en la Moraleja, en cuanto se casaran, ella y Juan pasarían a ocupar un enorme piso antiguo que habían remodelado y que estaba ubicado en el barrio Salamanca, de modo que les permitiría estar cerca de sus respectivos trabajos.

Los padres de la pareja eran empresarios de mayor o menor éxito, dedicados al mundo de la inversión y de la bolsa, antiguos conocidos y socios del mismo selecto club de Puerta de Hierro. Las madres, por su parte, provenían de las llamadas anteriormente «familias bien» de la posguerra española, con un equilibrado porcentaje de herencia y patrimonio a sus

espaldas y, en concreto, la madre de Juan había heredado el título de marquesa.

El noventa por ciento de las cuentas que facturaba la agencia provenía de una intrincada red de contactos profesionales, sociales y familiares de la propia Elvira, y Luna se había fijado en que las amistades que habían ido a visitar a su jefa al despacho vestían ropa de los mejores diseñadores o con trajes a medida, así que la joven contratada no quiso detenerse a pensar en lo lejos que aquello quedaba de su humilde guardarropa, creado a base de esfuerzo y de una ardua selección entre las tiendas de saldos, mercadillos y, en los mejores casos, las segundas rebajas de Purificación García o Roberto Verino.

Antes de abandonar su pequeño apartamento alquilado en una callejuela de la céntrica glorieta de Cuatro Caminos, Luna se echó un último vistazo al espejo, levantó los hombros e intentó simular un aplomo del que carecía. Se recordó a sí misma que nadie más que ella sabía cómo se sentía. Todo se limitaba a afrontar con éxito las siguientes cinco horas. Una vez que pasaran, ella estaría de vuelta en su hogar y en su cómoda rutina diaria.

Llegó al restaurante veinte minutos después, cuando ya un numeroso grupo de mujeres estaba sentado en una alargada mesa para unos treinta comensales, con Elvira en el centro. En cuanto la jefa vio a su diseñadora gráfica, y con la soltura de quien se sabe el centro de atención, introdujo a Luna presentándole una por una a sus amigas, añadiendo a cada nombre algún detalle descriptivo que pudiera parecerle de interés: esta trabajaba en una empresa de la competencia, aquella tenía un hermano famoso pintor, la rubia teñida del Rolex de oro era la hermana de Juan —su prometido—, la

morena de los zapatos Manolos era una prima, la alta de apariencia más joven era su hermana y, sin duda, guardaban algún parecido... En definitiva: más o menos guapas, más o menos delgadas, todas iban impecablemente vestidas y llevaban bolsos y complementos a la última y de las mejores tiendas.

Luna se sintió agradecida cuando aparecieron dos compañeras del trabajo con las que pensó juntarse. Sin embargo, Elvira no se lo permitió, obligándola a sentarse a su lado.

Nunca antes nadie la había hecho sentirse así. Luna no era tan ingenua como para no darse cuenta de que, precisamente, ese gesto de favoritismo era indicativo de lo frágil de su posición, pero aun así se sintió agradecida y una oleada de calor le llegó al corazón al mismo tiempo que el rubor tiñó sus mejillas. Procuró comportarse lo más dignamente posible y ser una buena conversadora, así como adoptar una actitud acorde con el aire festivo y las bromas que toda novia debe soportar en este tipo de eventos.

No consiguió eludir el vino, con el que se brindó en varias ocasiones y, sin darse cuenta, se fue poniendo cada vez más a tono, hasta el punto que dejó de llevar la cuenta del número de veces que los camareros le rellenaron la copa. Pero lo mejor fue que, con la colaboración de la bebida, las cariñosas atenciones de su jefa y las desinhibidas conversaciones de las comensales, su temor fue desapareciendo hasta el punto de acabar sintiéndose muy a gusto. Y lo más importante: empezó a pasarlo bien.

Como colofón a la cena, el dueño del local, que conocía desde hacía tiempo a la futura novia y sus íntimas, las invitó a unos chupitos de licor de melocotón que contribuyeron a acalorar a Luna. Cuando terminaron de

cenar, la joven tenía sus ojos color whisky brillantes, la tez sonrosada y se había recogido el pelo, peinado cuidadosamente durante una hora entera en casa, en un moño improvisado con un bolígrafo que llevaba en el bolso y que hizo las veces de horquilla. Además, también se había quitado la chaqueta, abandonada descuidadamente en el respaldo de la silla, soportando cada vez menos el calor que se iba generando en el interior de su cuerpo.

Elvira la cogió de los hombros y la obligó a ir en su coche hasta el local donde pensaban tomarse unas copas y bailar. Era este un establecimiento situado en la calle Juan Bravo que comenzaba a mostrar algo de movimiento cuando llegaron y que no alcanzaría su momento álgido hasta las dos de la mañana. Con una discreta entrada y una puerta doble de madera encastrada en un soportal de mármol, el pub estaba solemnemente vigilado por un gorila de modales tan corteses que más recordaba a los mayordomos victorianos que a los modernos guardias de seguridad. Al sujetar los cortinajes de terciopelo, impolutos y con tal frescor que parecían perfumados, el hombre de mediana edad saludó con correcta familiaridad a la treintena de jóvenes achispadas que irrumpieron entre risas, dando indicios suficientes a Luna para que esta supusiera acertadamente que era el lugar habitual de encuentro de muchas de ellas.

Decorado con discreción pero con calidad, el pub había sido ligeramente oscurecido en las zonas de mesas reservadas y los altavoces dirigían la música a gran volumen hacia una pequeña pista de baile central de suelo de madera, que destacaba por su mayor iluminación en contraste con el resto del lugar, enmoquetado en negro. El local estaba limpio y bien oxigenado, y

la pequeña representación de parroquianos que ya ocupaban sus puestos habituales hablaba de posición, clase y dinero. Enseguida, algunas de las amigas de Elvira se pusieron a bailar con una copa en la mano, mientras que otro grupo se sentó en un rincón.

A Luna le tocó pagar la siguiente ronda de copas y el corazón le dio un vuelco cuando vio el precio. Resignada y apesadumbrada, pero lo suficientemente bebida como para decidir quitarle importancia y relegar el asunto al día siguiente, abonó la cantidad dividida entre la lástima, por el varapalo que estaba sufriendo su economía a causa de la dichosa despedida, y la gratitud, porque con la cantidad de mujeres que se encontraban allí no le volvería a tocar pagar en toda la noche. O eso esperaba.

La borrachera que Luna se cogió era lo suficientemente gorda como para impulsarla a bailar, algo que no hacía desde su más tierna edad de quince años. Habían formado un irregular círculo entre todas y la joven había perdido por completo sus inhibiciones. Con la camiseta blanca sin mangas y la chaqueta completamente perdida en algún lugar del reservado junto a su bolso, Luna movía las caderas, alzaba los brazos y cantaba sin escucharse mientras saciaba su sed con un martini y reía a carcajadas ante cualquier comentario que le hicieran sus acompañantes.

Así fue como la vio Bosco Joveller nada más entrar.

Sin desviar la vista de la joven que había llamado tan poderosamente su atención, Bosco se dirigió hacia la barra mientras se quitaba de encima su chaqueta azul marino.

—Lo de siempre —pidió cuando el camarero se acercó a preguntarle, pero sin apartar la mirada de la mujer que con tanta sensualidad se movía por la pista al ritmo de Shakira.

Distraído como estaba, apenas vio venir a Elvira, la prometida de su amigo, que se colgó de su cuello, derramando con el movimiento la mitad del contenido de la copa que llevaba en la mano, y le besó sonoramente cada mejilla.

—¿Qué haces aquí, Bosco? ¡No me digas que has quedado con Juan!

Bosco asintió, aceptando que, inevitablemente, debía apartar la vista de la desconocida y reprimiéndose las ganas de limpiarse de las mejillas el carmín que le había dejado con sus sonoros besos la novia de su compañero de carrera. Un solo vistazo le bastó para darse cuenta de que Elvira estaba algo más que achispada y no pudo evitar sonreír. Aquella mujer siempre le había caído bien y las pocas veces que se había cogido una buena curda había resultado divertidísima.

—Pero ¿qué os pasa? ¡No puede venir! —le gritó Elvira, fingiendo estar enfadada y arrastrando las palabras—. El novio no puede, no debe, aparecer en la despedida de soltera de su novia y, aunque este local sea tuyo, haré lo que sea necesario para que os vayáis.

—¿Estás celebrando tu despedida de soltera? —preguntó Bosco, simulando no saberlo. De hecho, estaba allí porque Juan le había pedido ex profeso que viniera. El celoso prometido no había podido resistirse, sabiendo que su futura mujer podía estar haciendo algún disparate alejada de él.

—Seguro que Juan sí lo sabe —dijo Elvira, intuyendo la verdad—.

Como aparezca, lo voy a matar.

En ese mismo momento, el recién mencionado llegaba hasta donde ellos se encontraban. Alto y grande como un oso, Juan se acercó a su novia por detrás, sonriendo, y con gran ternura le rodeó la cintura con sus brazos.

—¿Qué haces aquí, preciosa? —le dijo en el oído—. Creí que esta noche estarías en un local de striptease masculino.

—Muy gracioso, Juan —Elvira se giró hacia él y su aliento caliente y con olor a alcohol envolvió el rostro de su prometido.

—¡Qué pestazo! —exageró él, abanicándose con la mano—. ¡Por Dios, Elvira! ¿Cuántas copas llevas?

—Pues, la verdad, no lo sé. Pero supongo que, siendo mi despedida de soltera, la última juerga que voy a tener con mis amigas antes de casarme y empezar a darte hijos que no me dejarán poner un pie en la calle por la noche, no pretenderás que lleve la cuenta, ¿no?

Juan no podía evitarlo: esa mujer le volvía loco. Apretándola contra él, cogió su boca con la suya. Bosco, a su lado, aprovechó para volver a localizar a su bailarina. De pie junto a otras dos jóvenes, que le sonaba eran amigas de Elvira, lo estaba mirando a él mientras escuchaba, y cuando sus ojos se cruzaron ella los desvió rápidamente.

—¿Quién es? —preguntó Bosco, siempre directo, a Elvira, señalando con una discreta y arrogante elevación de las cejas.

—¿A que es una monada? —le contestó la novia de su amigo cuando le siguió la mirada. Sostenida todavía por Juan, que también echó un vistazo a Luna, miró orgullosa a su asalariada—. Es mi nueva creativa, también

diseñadora gráfica, y estoy como loca con ella. Simplemente es genial.

Tiene veintiséis años, Bosco, un poco joven para ti, ¿no crees?

—¿De dónde la has sacado? —siguió él, encogiéndose de hombros, pero sin quitarle la vista de encima a Luna.

—Estuvo trabajando de fotógrafa para la revista de Lorena, pero a Luna lo que le gusta es pintar y el diseño gráfico, y aunque estaban muy contentos con ella, me la pasaron cuando se enteraron de que a mí me hacía falta alguien más.

—¿Y qué hace en tu despedida de soltera? ¿Ya os habéis hecho amigas?

—le preguntó Juan con un susurro junto a su cuello que a Elvira le produjo escalofríos.

—No somos amigas. No creo que tenga alguna, en realidad —y un deje de seriedad se reveló en su tono al decirlo—. Es una solitaria. Según me comentó Lorena, su madre falleció unos meses atrás, después de una larga enfermedad, y era toda la familia que tenía. Nunca antes había conocido yo a alguien así... tan solitario.

—Y tú la has acogido bajo tu ala, ¡cómo no! —Juan pasó su enorme mano por la cara de su novia como si de esa forma consiguiera arrancarle sus tristes pensamientos.

Ofendida, Elvira hizo una mueca. Su cabello negro onduló atrás y adelante con el movimiento de su cabeza.

—Eso no es cierto. Trabaja para mí, lo hace bien, cobra su salario, soy educada con ella y la he invitado a mi boda. Eso es todo —ante la mirada penetrante de Juan, reconoció—: Por el momento.

—¿Y cómo es que se llama Luna? —preguntó Bosco.

—De eso ya nos tendremos que enterar por ella. Yo le pregunté un día.

No parece estar muy orgullosa de su nombre. Sé que la incomodé. Contestó evasivamente que su madre había sido algo hippy en su juventud, y que ella tenía que cargar con ello toda su vida.

En ese momento, tres chicas acudieron a saludarlos y a ironizar sobre lo celoso y posesivo que había demostrado ser Juan al venir a vigilar a su novia, interrumpiendo de ese modo la conversación.

Al otro lado del local, Luna se informaba también sobre Bosco.

—Está buenísimo.

La joven no podía estar más de acuerdo con el comentario. Lo había hecho la rubia teñida mientras se humedecía los labios con la lengua después de haberse retocado el perfilador.

—Según tengo entendido, ahora vuelve a estar libre.

Luna miró de nuevo al objeto de la admiración femenina. No le extrañaría que fuera un modelo o un actor de cine. Era alto, bastante más que los otros hombres que conocía, e iba bien vestido, con una camisa impecable y unos pantalones de pinzas. El pelo, todavía mojado (Luna no sabía si por la gomina o por una reciente ducha) y corto, era castaño claro, rigurosamente peinado a un lado. Estaba despreocupadamente apoyado en la barra mientras sonreía a alguno de los comentarios de las amigas de Elvira, y la postura realzaba sus anchos hombros. A pesar de su actitud relajada, todo en él exudaba agresividad, arrogancia e intensidad. Lo vio mirarla y Luna apartó la mirada avergonzada, como si la hubieran pillado haciendo algo malo.

—¿Cómo sabes que no está con nadie? —preguntó otra.

—¿Lo ves con alguien ahora? —le preguntaron a su vez—. Pues entonces es que está libre. Así es Bosco. Además, la última de la lista fue la actriz esa de la serie de los domingos... Y el fin de semana ella estaba en Punta Cana con un compañero de reparto.

«La última de la lista», pensó Luna. Claro, un conquistador nato. No sabía por qué se sentía tan decepcionada, al fin y al cabo, ni siquiera le conocía, y aunque llegara a conocerlo, estaba tan fuera de su alcance como todo el resto del mundillo de Elvira. Así que Luna siguió bailando un rato y, cuando vio que su jefa cruzaba el local pasando por su lado para volver del baño, la detuvo.

—¿Qué tal te lo estás pasando, Luna?

—Muy bien, pero me voy a ir ya, si no te importa —suspiró, y admitió

—: he bebido demasiado y la verdad es que no estoy acostumbrada.

—No te puedes ir. Justo ahora nos vamos a otro sitio más tranquilo. Te va a encantar —Elvira la había cogido de las manos como si su empleada se fuera a escapar.

Luna miró su reloj, indecisa, mientras Elvira le recordaba que una despedida de soltera solo se tenía una vez en la vida.

—Está bien —cedió ante la insistencia de su jefa, sabiendo que la batalla estaba perdida, a no ser que se pusiera grosera, y aceptando de antemano que aquella noche no iba a dormir.

—Vente conmigo, te voy a presentar a Juan.

Le presentó también a Bosco, pero con este Luna no pudo hablar, porque había cuatro mujeres con él. Una de ellas, como si se hubiera convertido en enredadera, fuertemente ceñida a su brazo. Cuando salieron a

la calle, y a pesar de que no hacía frío, Luna trató de ponerse la chaqueta y se encontró con que él, solícito, la ayudó. Le quitó el bolso de las manos y le deslizó la prenda por los brazos. Acto seguido, la cogió del codo y la dirigió a un Jaguar azul aparcado a veinte pasos del local.

—Ven, te llevaré.

—No hace falta, he venido con Elvira —contestó Luna, al darse cuenta de que todas las demás desaparecían en pos de sus vehículos.

—Elvira se va con Juan.

—¡Ah! —dijo Luna.

—Vamos —insistió él, dándose cuenta de que era demasiado educada para negarse.

Como no le quedaba más remedio, y sintiéndose más asustada que halagada por haber llamado su atención, ya que no estaba acostumbrada, Luna se subió en el asiento del copiloto mientras él, galante, le abría la puerta.

—Así que, ¿estás trabajando con Elvira? —inició Bosco la conversación.

Luna asintió. Después de haber estado soportando la música tan alta, los oídos le pitaban en el silencio del coche y sintió sus piernas doloridas al ser la primera vez que se sentaba en un par de horas. Sin poder evitarlo, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

Bosco la miró, vuelto hacia ella su imponente rostro.

—¿Mucho alcohol?

—El suficiente —contestó Luna, incorporándose. Devolviéndole la mirada, añadió—: Además, no estoy acostumbrada a beber y eso no ayuda.

—¿Prefieres que te lleve a otro sitio? —le preguntó Bosco.

Era una pregunta normal, correcta, pero tuvo que concentrarse para contestar.

—¡No! Vayamos con los demás.

Al llegar al nuevo local, más iluminado que el anterior, las amigas de Elvira se mezclaron con algunos conocidos, y aunque ellos dos se sentaron en una mesa con otras personas, que tan pronto le fueron presentadas, Luna olvidó, Bosco consiguió retenerla solo para él.

—Bebe esto —le dio la copa que traía el camarero—. Te sentará bien.

Luna dio un sorbo e hizo una mueca.

—Está asqueroso.

—No es infalible, pero te ayudará a despertarte mejor mañana, siempre y cuando no hayas mezclado muchos tipos diferentes de bebida.

—Tú dirás —enumeró Luna—: cerveza, vino tinto, vino blanco, chupitos, tequila, martini, whisky y, sinceramente, no me acuerdo si algo más.

Bosco la miraba sonriendo, distraído por la boca de ella, que se movía de una manera que a él le parecía de lo más insinuante. El labio superior de la joven era muy fino, pero se curvaba seductoramente a la mitad sobre el labio inferior, más carnoso, dando a la fisonomía de la joven un aspecto sexy.

Fueron las dos horas de conversación más agradables que él recordaba haber pasado jamás con una mujer. Aunque algo reacia al principio y más bien hosca, poco a poco la prevención de Luna fue desapareciendo hasta entablar un diálogo fluido. Bosco se encontró sorprendiéndose a sí mismo

interesado por lo que pensaba aquella pequeña seductora sobre política, problemas sociales, actualidad, pero mucho más por los temas que no trataron, ya que eran todavía un par de desconocidos: su familia, su forma de vida, sus preferencias... Y mientras la escuchaba permanecía embelesado con el movimiento de esos labios que parecían haberle hecho un encantamiento.

Hacia las cuatro de la mañana, la lengua de Luna comenzó a trabarse y su dueña a reír por todo, pero incluso así a Bosco le pareció fascinante.

Estaba completamente hechizado y, por primera vez en su vida, Bosco no sabía qué paso a dar a continuación. Había ligado miles de veces, tanto con conocidas como con desconocidas, y siempre las cosas se habían desarrollado solas, sin que él tuviera que poner nada de su parte, sin pensar, instintivamente. Ahora se encontraba ante aquella muchacha, diez años más joven que él, bajita y poca cosa, que además estaba bastante bebida, y se rompía la cabeza pensando en nuevos temas que tratar y el modo de conseguir tenerla esa noche en su casa, en su cama, debajo de él. Sin embargo, por primera vez, no estaba seguro de que ese fuese también el deseo de su acompañante.

Indeciso, Bosco bajó la vista a su vaso de tubo y lo cogió entre sus dedos, dejando en la mesa una estela líquida al deslizarlo y, al alzar los ojos, se encontró con que fue Luna quien lo besó a él.

Fue un beso rápido y suave, directo a los labios, como el aleteo de una mariposa. Luna pareció aun más sorprendida que él por lo que había hecho.

Con una exclamación, la joven se llevó una mano a los labios y miró horrorizada a su alrededor. Luna no se había dado cuenta de cuándo se

habían marchado todos, pero fue entonces cuando advirtió que en el local ya no quedaba ni una sola cara conocida, lo que alivió en algo la vergüenza por lo que acababa de hacer. Miró de nuevo a Bosco.

—Lo siento —el rubor cubrió su rostro mientras se mordía nerviosa el labio inferior.

—Pues yo no —levantándole el mentón con su mano derecha, le dio un beso él a ella.

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