Corazón oscuro
Gatas, cavas y albarranas
Gatas, cavas y
albarranas
Las gatas eran las coberturas móviles, de cueros sobre bastidor, bajo las que se protegían los hombres cuando abrían cavas en los asedios. Las cavas eran fosos o zanjas: trincheras que se abrían para aislar o minar a las murallas enemigas. Albarrana era el nombre de las tapias que se levantaban para proteger a los sitiadores en sus labores de asedio.
—Fue un buen golpe. Me rajó de tal manera el bacinete que me lo dejó inservible. Se lo he vendido por nada a un herrero. Suerte que el tajo fue en ángulo y, aunque lo partió, resbaló sobre el almófar.
—Has tenido suerte. Busca otro casco lo antes posible.
—Ya lo he hecho. He conseguido un capacete de alas caídas a buen precio.
—¿Un…? —Kenneth de la More frunció la nariz disgustado—. ¿Qué pretendes, joven? ¿Que te tomen por inglés?
Blaylock sonrió.
—Estamos lejos de casa, fir. Y ese tipo de casco es una bendición en estas tierras. El ala protege del sol.
—Ahí tengo que darte la razón. —Echó una ojeada en dirección a las torres de Teba—. ¿Seguro que ese de anoche era el caudillo de los jinetes que mataron a fir James y capturaron el relicario?
—Está confirmado. Son varios los que le vieron aquel día en el combate y esta mañana han reconocido el cadáver.
—¿Qué han hecho con él?
—Que yo sepa, nada. Parece que por aquí respetan bastante a los cadáveres de los enemigos muertos. Al fin y al cabo, mañana pueden ser ellos los muertos y todo el mundo quiere que le den sepultura decente.
El noble echó una mirada de soslayo al joven, que parecía disfrutar del día, quizás porque había estado a punto de perecer la noche pasada. Muy alto, barba frondosa y clara. Ceñía espada que debía de ser botín de la escaramuza. Y se tocaba con un bonete azul de pluma blanca, sin duda adquirido a la par que el capacete.
—Resumiendo. Que ese misterioso enlutado vengó anoche la muerte de fir James.
—Y de paso me salvó la vida.
—Que tampoco es poco, sobre todo para ti. ¿Qué se sabe de él?
—Nada, fuera de que se aloja en la almofalla de Gamboa. Se rumorea que está formando hueste, porque ha reclutado a dos de a caballo que estaban con los navarros de Guillermo Ximénez.
De la More asintió muy despacio. Se volvió para, con los brazos en jarras, contemplar de nuevo la ciudadela de Teba, allá en el cerro de
enfrente.
—Ya te dije que era un vengador, que ha venido buscando sangre. Y no ha podido entrar mejor. Al matar a ese caudillo benimerín, ha suavizado un poco el desastre de anoche.
Asintió Blaylock. Sí. Esa muerte era un poco de bálsamo en una llaga que supuraba. La noche no podía haber sido más funesta. La bastida incendiada. Muchas bajas, entre ellas la de Montenegro. El buen nombre de su señor, Pedro Fernández de Castro, en entredicho, pues a este había encomendado el rey de Castilla el asedio y por tanto la protección de esa torre de asalto en la que tantas esperanzas había puesto.
Justo hacia esos restos humeantes estaba vuelto el propio don Alfonso.
Se encontraban en una loma, con buenas vistas de la fortaleza y de las labores de sitio. Le rodeaban ballesteros de maza, alguaciles, monteros, oficiales mayores, adalides de las huestes. Siendo como era, no había podido por menos que acudir escoltado por muchos de sus pendones. Sobre las cabezas de su séquito ondeaban grandes enseñas, unas de castillos y leones, otras blancas de cruces negras. Una enorme con una Virgen bordada y otra con tres calderos, ambas privativas del soberano. Era imposible que los de dentro, a la vista de todas aquellas señas que flameaban, no supieran que desde allí les observaba el propio rey de Castilla.
Pero don Alfonso no tenía ojos más que para las obras. Los peones abrían cavas a cubierto de gatas mientras los ballesteros, tras paveses hincados en el suelo, disparaban sus armas. Y los ingenios lanzaban proyectiles sin tregua. Habían dispuesto tres cabrillas en batería y los bolaños impactaban contra los muros con estruendo sordo. Pero esas murallas eran poderosas. De roca dura, torres sólidas y ángulos bien calculados. El martilleo de semanas todavía no había conseguido abrir brecha.
A veces la mirada del rey se iba a la estructura alta de vigas carbonizadas. Cuando eso ocurría, su ira casi se podía palpar. Le rodeaba de la misma forma que el aura dorada rodea a un santo.
Llegó un paje y, con el bonete en la mano, se dirigió al rey. Este, no bien oyó dos frases, se volvió para darle una respuesta seca. El paje se marchó.
Los dos escoceses cambiaron entre ellos una mirada. ¿Qué había distraído al rey al punto de hacerle girarse?
Regresó el paje, abriendo camino a una figura inconfundible. Una de ropajes negros y almete de visera en pico de gorrión, con una partesana en la mano. La misma con la que la noche antes había matado a un adalid benimerín.
El rey se volvió de nuevo y lo reclamó con un gesto de la mano. Con otro ademán indicó a sus guardas que le dejasen acercarse con la partesana.
Y mientras el de negro salvaba esos pasos, los allí presentes, hasta entonces dispersos, comenzaron a aproximarse como limaduras de hierro atraídas por un imán. Los dos escoceses no fueron excepción.
El de negro había apoyado la contera del arma en el suelo para doblar una rodilla ante el rey. A una orden de este se puso luego en pie.
—… Vienes a mí de esta guisa, a rostro cubierto. Más vale que tengas una buena razón para ello.
Eso fue lo primero que oyó Blaylock. El rey no parecía molesto y sí intrigado. No le extrañó al escocés, que sabía de los gustos caballerescos del soberano. El visitante no se arredró. Asintió despacio, apoyado en su arma. Las plumas negras del casco ondearon. No era demasiado alto. Tal vez lucía esas plumas airosas para disimular ese hecho. Era de movimientos flexibles y algo en él delataba juventud. Cosa que no podía saberse por su voz, distorsionada por la visera del almete.
Esa visera era peculiar. Calada y no de rejilla. Un diseño nada común.
Pero ya estaba respondiendo.
—Tengo esas buenas razones, alteza.
—Vamos a oírlas.
—Mi nombre es Jufre Vega. Soy pariente de Henrique Gamboa el Viejo, hasta hace poco maestro de ingenios en tu ejército. Llevamos la misma sangre.
»Hace unos días, un adalid de pendón partido infamó a Gamboa y por extensión a los de su linaje. Puso su valía y fidelidad en entredicho, sin respetar siquiera la memoria de los muertos.
—Estoy al tanto del incidente.
—Entonces sabrás también que la hija de Henrique hizo frente a ese baladrón. Que ante testigos se cubrió con velo y se declaró de luto. Juró no descubrir la cara ni quitarse el luto hasta que la ofensa esté vengada.
Don Alfonso puso un pie sobre una roca.
—Sigue.
—Por desgracia, Gamboa el Viejo no tiene hijos varones que puedan lavar su honor. Tenía dos, pero ambos murieron en guerra. Uno de ellos cayó al lado de vuestros tíos, los infantes don Juan y don Pedro, en el desastre de la Vega. El propio Gamboa no puede defenderse porque está postrado, aparte de que no se vale bien del brazo derecho. Le quedó medio inválido de una herida que sufrió en el asedio de Alcaudete, donde estuvo sirviendo a tu padre.
—Todo eso ya lo sé.
La voz de don Alfonso ahora había sido áspera, como si recelase de que el otro le estuviera reprochando algo. Pero el enlutado ni se inmutó.
—He venido a lavar el honor de los míos. Ya que mi pariente María se puso luto y velo, yo he hecho lo mismo. He jurado sobre la cruz guardar luto en ropa y escudo, y ocultar el rostro hasta haber vengado las injurias proferidas por Aznar Téllez. Por eso me presento ante ti tapado.
—No seré yo quien pretenda que se rompa una promesa hecha sobre sagrado. Y menos si es por una causa como la que cuentas.
Apeó el pie de la roca.
—Pero eres de buen cuerpo, amigo. Y de lo ocurrido anoche se desprende que eres bueno con las armas. ¿Cómo es que no estabas con nosotros en la cruzada?
—Causas ajenas a mi voluntad me mantienen apartado del servicio de las armas. De no ser así, juro que aquí hubiera estado desde el primer día, en primera línea.
—Ya. ¿Y a qué vienes? ¿A retar a Téllez?
—Sí, alteza.
—¿No sabes que tengo prohibidos los duelos hasta que conquistemos Teba?
—Sí. Por eso acudo a ti. Te pido tu venia porque la ofensa fue grande.
Más estando Gamboa yacente y sin familiares que le pudieran valer.
—Tu causa es loable. Pero no haré excepciones.
Le dio la espalda para contemplar de nuevo el campo de asedio. Aquel esqueleto de torre humeante. Las fosas y las cavas. Las manos de ballesteros. Los defensores que hormigueaban por los paramentos, el ondear de estandartes rojos y verdes en las torres de Teba. Hasta ellos llegaba el clamor confuso del combate. Un rumor que iba y venía como el oleaje.
—No. No haré excepciones. Pero, ya que se trata de una cuestión de honor y puesto que anoche me prestaste un buen servicio, te voy a dar mis razones.
Observó cómo una bola incendiaria pasaba echando fuego y humo negro para estrellarse contra una de las torres cuadradas.
—Esto es una cruzada. En mi real hay hombres de muchas naciones cristianas. Han venido hombres de armas de todas las coronas de España.
Milicias de todos mis reinos. Ricoshombres y señores. Órdenes militares.
Cruzados de Francia, Alemania, Inglaterra, Flandes, Borgoña, Escocia…
Una simple disputa entre dos hombres podría ser tan peligrosa como una chispa en un pajar.
»Cualquier altercado podría extenderse como un incendio y acabar provocando enemistades entre muchos. Hacer que huestes enteras abandonasen la cruzada. Ya ocurrió en el pasado y no pienso consentirlo.
Por eso, aunque aplaudo tus razones, no permitiré ese duelo.
Un silencio largo. Vega permanecía inmóvil, partesana en mano, con las plumas negras del yelmo ondeando. El rey, de espaldas, observaba el asedio.
—Alteza, con tu venia. Aguardaré. Pero ya que el honor de Gamboa el Viejo está en entredicho por la muerte de los escoceses y la pérdida del relicario, te pido una merced. Dame permiso para levantar una hueste a mis expensas y unirme al asedio.
El rey le respondió por encima del hombro, señal de que la audiencia estaba terminada.
—Hazlo en buena hora.
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