Corazón oscuro

Leon Arsenal · Capítulo 37 de 47

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Corazón oscuro

Escoceses

Los escoceses medievales no tocaban la gaita. Esa, tal como la conocemos, apareció en Galicia de mano de los suevos y fue popularizándose por toda Europa gracias al Camino de Santiago. Hasta el siglo XVII los escoceses usaban sobre todo el arpa, que sí es el instrumento tradicional de pueblos de origen céltico. Tampoco estaba tan desarrollado todo el código de tartanes (los cuadros de colores de los ropajes) como luego lo estaría.

De hecho, los habitantes de las Lowlands (Tierras Bajas) no usaban kilt (falda). Se vestían de un modo parecido a los ingleses o los franceses de la época. En esa época, ellos mismos denominaban a su idioma inglis, y solo en fechas

posteriores comenzarían a conocerlo como scotish. Eso no significa que no fuesen un pueblo bien diferenciado, sino que

—como ocurre con muchas otras gentes— muchas de las características con las que se les han adornado después son falsas o anacrónicas, productos de una visión romántica o nacionalista del pasado.

—¿Es verdad que la muralla ha cedido por fin?

Blaylock se abstuvo de sonreír, no fuera María a irritarse. Se veía que estaba escaldada de chismes y prefería asegurarse. Así que él, con la guitarra morisca en las manos, entornó los párpados y demoró la respuesta, como si buscase frases en ese idioma que no era el suyo.

—Más o menos. No se ha derrumbado, pero no tardará. Han aparecido nuevas grietas y las que había se han ensanchado. Han caído mampuestos, y los maestros de ingenios juran que mañana, a lo más tardar, cederá todo ese lienzo.

—Entonces, es cierto el rumor de que mañana se producirá un asalto.

—Está decidido, sí. El rey ha mandado que se avise a todos los adalides.

—¿Y qué es eso de que tú vas a participar?

Era una afirmación en forma de pregunta. Fue un cambio de registro que desorientó a Blaylock, entre otros motivos porque solo tenía puesta en parte la atención en lo que hablaban. Consiguió ocultar su azoramiento gracias a las sombras.

—Veo que estás bien informada.

—Para lo que me interesa, suelo estarlo.

No contestó el escocés a eso. Paseó los dedos por la curva de la guitarra.

Reprimió ese impulso que a veces le asaltaba de acercarse el instrumento a nariz.

Estaban los dos solos junto a una lumbre, al pie de la tienda de ella. En esta ocasión María llevaba un velo que sí le descubría los ojos oscuros. Y

hoy sí vestía el escocés el tabardo azul de estrellas blancas, así como cofia de cuero. Ella le preguntó el porqué de esto último. Él meneó la cabeza.

—Podrían llamar a armas en cualquier momento. Tú misma lo dijiste en cierta ocasión: si puede ocurrir que haya que combatir, no hay que vestirse como para un paseo.

—¿Combatir? ¿No hemos quedado en que el asalto será mañana? Dudo mucho de que el rey mande atacar de noche cerrada.

—No. Pero no podemos descartar una salida de los de Teba para tratar de incendiar nuestros ingenios.

—Me han dicho que han mandado más ballesteros y peones a protegerlos. Sería una salida a la desesperada, a morir.

—Quizá lo prefieran así. El tiempo se les acaba.

Incluso mientras conversaban ahí, sentados junto al fuego, se batallaba en la cara norte de la fortaleza, sin importar que el sol se hubiera puesto hacía mucho. Las cabrillas lanzaban piedras enormes, de muchas arrobas, haciendo retemblar las murallas. Otros ingenios disparaban bolaños más livianos, así como bolas de paja, estopa y pez en llamas. Al resplandor de los incendios, los ballesteros cruzados batían con sus virotes las almenas para cubrir a los ingenieros, que al haber acercado sus máquinas estaban muy a tiro de los defensores.

—¿De verdad es preciso que participes en el asalto de mañana?

Él giró la cabeza para mirarla con sus ojos claros.

—¿Por qué preguntas eso?

—Corren rumores de que haremos un ataque en redondo. Se dice que el plan es que las compañías de a pie ataquen a Teba por todos lados para abrumar a la guarnición. Y que enviarán a una gran fuerza contra el portillo, que no tardará en abrirse en la muralla norte.

—Es lo mismo que he oído yo.

—Lo moros se defenderán a la desesperada. Algunos tienen a sus familias ahí dentro. Se va a librar una lucha terrible en la brecha.

—Razón de más para estar presente.

—¿Por qué? —Se inclinó hacia él, sujetando el velo con la mano—.

Escucha. También he oído que contra el portillo, a la lucha frontal, van a mandar a muchas de esas compañías de gentes baldías que están por su cuenta en la cruzada.

Él tabaleó con suavidad sobre la caja.

—Yo haría lo mismo. Para eso han venido esos hombres, para ganar galardones luchando.

—No lo entiendes. Será una batalla muy cruenta. Esos hombres están mal armados y carecen de disciplina. Ni el rey ni sus oficiales los tienen en nada. Para ellos, son como ganado. Los van a lanzar en masa para que abrumen con su número a los defensores en la brecha. Muchos de ellos morirán mañana.

—Ya lo sé. Y supongo que ellos también lo saben.

—Si sabes que va a ser una carnicería, ¿por qué te has alistado para mañana?

De nuevo demoró él su respuesta. Guitarreó suave.

—Esos baldíos no van a un matadero vano. Lo de mañana no será una maniobra de sacrificio. El objetivo es irrumpir por el portillo que están abriendo los ingenios…

—No lo lograrán.

—Ya veremos. Es verdad que esas gentes no valen nada para el rey. Ni para él ni para nadie. Los fronteros, las milicias de las ciudades, las tropas de las órdenes militares, todos los miran por encima del hombro.

Otro rasguñar de cuerdas.

—Eres tú la que no lo ve. Ellos saben que son desdeñados. No tienen más que sus vidas y armamentos de fortuna. Que si un martillo de guerra este, que si un hacha de guerra aquel. Pero van a luchar. Van a empeñar sus vidas, que es todo lo que tienen. Los que sobrevivan recibirán galardones y entrarán en los repartos. Puede que a algunos se les concedan algunas tierras cuando la comarca esté asegurada.

—Tú no buscas nada de eso.

—Por supuesto que no.

—Por eso no te entiendo.

—Es muy fácil. Ahí dentro está lo que custodiaba mi señor natural. El relicario por el que abandonamos nuestra tierra para venir a la cruzada y al que protegieron con su vida mi señor y todos mis compañeros.

Inclinó la cabeza, deslizó los dedos a lo largo del mástil, acarició las cuerdas.

—Tienes razón en que no busco botín ni tierras, ni tampoco ser celebrado por mis hazañas de armas. Ya lo hemos hablado. Yo lucho por mi honor.

—¿Tu honor?

Blaylock sonrió a su manera tranquila. Siguió tocando suave, de forma que la música no obstaculizase su conversación.

—¿De qué te sorprendes? Yo también tengo mi honor. Y no vale para mí menos de lo que pueda valer el tuyo para ti.

—Eso ni se discute. Pero no entiendo por qué dices luchar por tu honor.

Has probado de sobra tu valor y tu pericia con las armas. No veo cómo puedes acrecentar tu honor batallando mañana junto a gente baldía en lo que será una degollina.

—Yo no pretendo dar lustre a mi honor. Quiero limpiarlo.

—¿De qué? Tu honor no está en entredicho.

—Eso no es cierto y los dos lo sabemos. Debiera haber estado junto a fir James aquel día. Debiera haber combatido a su lado. Haberle escudado ante el peligro y haber muerto con él como hicieron los demás.

—Fue voluntad del Señor que ese día guardases cama, enfermo de fiebres. No fue culpa tuya.

—Eso no es suficiente.

Puso los ojos en el fuego sin dejar de tocar. Prosiguió como si eligiese cada palabra.

—Sueles hablar con mucho orgullo de esta frontera. Tu frontera. Yo vengo de la mía propia. Y ni en esta ni en aquella valen las excusas. Si tu honor puede verse en entredicho ante propios o extraños, estás obligado a ponerlo a salvo de toda crítica.

Cesó de tocar con brusquedad para alzar la diestra e impedir una réplica.

Luego tornó a rasguñar.

—¿Por qué llevas velo? ¿Por qué juraste no mostrar el rostro en público hasta haber sido vengada? ¿Por qué abandonó Vega su retiro y vino a desafiar a Téllez? No fue porque tu padre faltase a sus obligaciones ni porque cometiese ningún acto deshonroso. Fue porque un malandrín ultrajó el buen nombre de vuestro linaje.

»A mí me enseñaron que el deshonor es como el lodo. Puedes caer en él y también pueden arrojártelo. El resultado es el mismo. Ensucia tu honor y debes limpiarlo. Mi honor se ha visto empañado por las circunstancias. Ha sido la voluntad del Señor y lo acepto. Tengo que lavar mi honor, aunque no tenga nada que reprocharme.

Hubo un silencio largo entre ellos. Suspiraba el aire nocturno y él tañía la guitarra. Asintió ella despacio.

—Tienes toda la razón.

—Entonces, entiende que he de estar allí mañana. Debo estar. Y, si logramos entrar, Dios lo quiera, buscaré ese relicario hasta debajo de las piedras.

—Ah. Pero por eso pierde cuidado. Nadie osará apoderarse de él. A quien lo hurtase, el rey don Alfonso sería capaz de sacarle el corazón del pecho con sus propias manos.

—He de estar.

Se incorporó de un tirón, como de repente desasosegado. Guitarra en mano, se volvió hacia el sur. Hacia esa ciudadela que era ahora una mole contra las estrellas. Observó cómo pasaba un proyectil incendiario para estrellarse contra el muro con gran estallido de llamas. Pensó en los hombres que debían de estar tratando de reforzar las grietas bajo el martilleo de los bolaños de piedra y de las bolas de material ardiente.

—Muchos tienen que estar muriendo en Teba esta noche.

Ella, desde su asiento, observó sus espaldas anchas, cubiertas con el tabardo azul que entre ella y sus criadas bordaran días atrás.

—Cada uno hace lo que debe.

—Así es.

Él seguía con los ojos puestos en la fortaleza. María Henríquez se incorporó.

—¿Sabes? Me has hecho recordar una historia que oí contar hace algún tiempo a un hombre sabio al servicio el rey. Una antigua, sobre un joven soldado romano.

—¿Ah, sí?

—Sí. Cuando aquel joven partió a la guerra, su madre le exigió que volviese con su escudo o sobre el escudo, pero de ninguna manera sin él.

Blaylock volvió a medias el rostro.

—Yo oí una historia que, si no es esa misma, es otra muy parecida.

—Es posible. Esta la contó un ingeniero genovés. Sabía de muchas materias y diseñaba ingenios enormes. Contó esa historia una noche en casa de mi padre. Mi padre, como es maestro de ingenios desde hace muchos años, se ha relacionado con hombres sabios.

Él sonrió en la penumbra de la hoguera.

—En la historia que a mí me contaron, el joven soldado era griego.

María Henríquez se encrespó algo.

—Griego. Romano. ¿Es importante eso?

—No. Te pido disculpas.

Ella se acercó a él. Juntos contemplaron el vuelo de un nuevo proyectil incendiario. Este impactó contra una de las torres. Añadió él.

—Tienes razón. Lo importante de la historia es que trata de una madre que exige a su hijo que cumpla con su deber. Un deber que para ella pesa más que el amor materno.

María sonrió bajo el velo.

—Es una interpretación. Otra sería que es la historia de una mujer atrapada por el «qué dirán». Un cuento sobre una a la que le importaba más la imagen de su familia que la vida de su hijo.

Blaylock carraspeó.

—Una idea curiosa.

Luego, quizá consciente de que la respuesta había sido más bien pobre, se palmeó con la diestra el cinto de armas.

—¿Cuál sería para nosotros el equivalente de aquel escudo? Tal vez la espada.

Puso la mano sobre el pomo de su espada jineta. Ella suspiró.

—Ay, Bailoque, ¿por qué tendrás que irte siempre por las ramas? Yo te hablaba de otra cosa.

—No creo haberme ido por las ramas. Más de una vez me he preguntado si actuamos por sentido del deber o por lo que dirán de nosotros.

—¿Y has llegado a alguna conclusión?

—A que supongo que nos mueve una mezcla de ambos.

—Ya. —Ella parecía haber cambiado de humor con esa rapidez suya, semejante a las llamas al viento—. Pues, hablando del «qué dirán», lo decoroso será que me retire a mi tienda. Es tarde, estamos aquí los dos solos y nos están mirando.

Él se giró hacia ella.

—Tienes razón. Es tarde. Yo también he de irme. Debo descansar para estar fresco mañana. Quiero además despedirme de mis compatriotas, por si la suerte me fuera adversa.

—Dios no lo quiera. Mañana, durante la batalla, estaré en mi tienda rezando por nuestra victoria y tu seguridad.

Él dejó con sumo cuidado la guitarra sobre su asiento. Tomó las dos manos de ella, que se dejó hacer, y las besó en señal de respeto. Ella, al retirarlas despacio, le dijo con voz que quería ser neutra.

—Ve con Dios, que dicen que guarda a los buenos. Espero verte mañana de regreso. Sano y salvo y, por supuesto, con tu escudo y no sobre él. O, ya que te gustan tanto los detalles, con tu espada al cinto.

El espectáculo desde las almenas debía de ser aterrador. El ejército cruzado atacaba en redondo, por todos lados. Redoblaban por docenas los tambores y atabales, y el griterío guerrero era ensordecedor. Cargaban las huestes del rey, las de las órdenes, los cruzados extranjeros, las compañías libres. Aullaban las bocinas, ondeaban los pendones blancos con cruces negras o rojas.

Se luchaba con furia por los cuatro puntos cardinales de la fortaleza.

Los defensores corrían a lo largo de los paramentos bajo una tempestad de virotes. Se veían obligados a multiplicarse para rechazar a los grupos de asalto que acudían por doquier al amparo de sus escudos. Llegaban estos bajo las flechas y las piedras hasta el pie de los muros. Trataban de clavar estacas en los huecos de la mampostería para crear apoyos por los que trepar hasta lo alto. Desde arriba les tiraban cuanto tenían a mano y ellos iban y venían como las olas, rechazados pero sin cejar.

Pero la lucha más dura se libraba en la zona del derrumbe. Un hueco contra el que el rey castellano había lanzado a una torrentera de hombres armados de la forma más diversa.

Con las primeras luces, todo un lienzo de muralla norte se había hundido al fin, tal como pronosticaban los ingenieros. Colapsó bajo los tiros en batería que recibía sin tregua. Se vino abajo con lentitud fantasmal, en una onda de destrucción que, partiendo de una de las grietas, se extendió a ambos lados. Se derrumbó con estruendo y polvareda, arrastrando a aquellos ballesteros que, desde las almenas en ruinas, todavía tiraban para estorbar a los ingenieros castellanos.

No se había posado el polvo ni se habían apagado los ecos del rodar de piedras cuando comenzaron a atronar tambores. Docenas de ellos. Un retumbar lento, bronco, que nació entre las tropas apostadas ante la muralla hundida y que se fue propagando todo en la redonda, de hueste en hueste.

El asedio había sido duro desde antes del alba. Los ingenios machacaban ese lienzo, con los ingenieros operando al abrigo de escudos.

Porque los de dentro, faltos ya de máquinas propias, les habían estado flecheando sin tregua, expuestos ellos mismos a las ballestas de los cruzados.

En cuanto constataron que el muro vencía, que caían piedras a cada impacto, el rey don Alfonso hizo salir a su ejército al cerco. Mandó que todos esperasen sobre las armas la señal de atacar. Y esa señal la dieron los tambores.

Así, de mañana, con batir sobre parches y tremolar de pendones, con clamor de voces y resonar de armas, una muchedumbre cargó contra las murallas de Teba.

Los supervivientes habrían de recordarla como una jornada confusa y sangrienta. Entre redobles, las compañías avanzaban contra la brecha, arrostrando la lluvia de virotes que les disparaban desde las torres contiguas. Y de la polvareda surgieron los de dentro para cerrarles el paso, con adargas, cimitarras y martillos de armas. Entre remolinos de polvo y rodar de cascotes, se trabaron en una lucha cuerpo a cuerpo que esa neblina de demolición volvía casi fantasmal.

Pelearon apiñados, escudos contra adargas, tan juntos y en tal confusión que muchos abandonaron las armas contundentes para empuñar cuchillos y apuñalarse en corto. Y allí, en lo más reñido, estuvo John Glendoning, al que llamaban Blaylock, peleando al lado de los gallegos de Castro. Perdido

entre la polvareda y el tumulto de hombres que se martillaban y acuchillaban.

En vano le buscaba de lejos Vega el enlutado. Estaba él con la hueste negra cubriendo la retaguardia, fuera del alcance de las ballestas moras.

Iban y venían con los caballos al paso, atentos a la pelea descomunal que libraban en la brecha. Su misión en ese día rojo era la de cubrir a los cristianos en caso de una posible desbandada. Si el asalto fracasaba, si los atacantes volvían la espalda, debían impedir que los defensores salieran en su persecución, los matasen como borregos por la espalda e incluso destruyeran los ingenios. Evitar, en suma, que un posible revés se convirtiera en desastre.

Veían a la riada de hombres de armas que pugnaban por irrumpir.

Subían por los cascotes, entre el polvo, y desde las torres no dejaban de disparar contra ellos. Alcanzados, no pocos caían rodando por los cascajos, entre los pies de los que seguían trepando al asalto. Los de las torres a su vez estaban pagando un tributo enorme, porque los ballesteros castellanos, a cubierto de sus paveses, batían a descargas esas posiciones elevadas.

También Juan de Beaumont tendía la mirada en vano, buscando al escocés. Le comentó a Abarca:

—No veo a Bailoque. Ni tampoco a Téllez.

—Pues ahí tienen que estar, vivos o muertos.

Porque, en efecto, Aznar Téllez y su hueste de pendón partido eran otros que se habían alistado para el ataque a pie contra la brecha. Beaumont se pasó la mano por la frente. Comenzaba a hacer calor. Tentaciones tuvo de quitarse bacinete y capellina, pero se contuvo sabiendo que su primo le reñiría. No quitaba este ojo al estruendoso combate a pie de ruinas. Se acarició las barbas.

—¿Qué habrá llevado a un bribón como Téllez a un asalto que sabía que sería tan reñido?

—¿La vanidad?

Ante esa salida, el hombretón sonrió. Una de esas sonrisas que tan fiero le hacían parecer cuando calaba el bacinete con nasal.

—Ni por asomo. Ese pájaro tiene veneno en las venas, no fuego.

—No digo que lo haga por honor, sino por deseo de notoriedad. Trata de ganar méritos.

—¡Bah! —Arreó a su caballo—. ¿Qué dices? Ahí hoy lo único que se puede ganar es la muerte.

—Han ofrecido galardones…

—¡Bah! Esa es una apuesta arriesgada, buena solo para hombres desesperados. Algunos los conseguirán, pero muchos no sacarán de esta jornada más que un agujero en la tierra.

Beaumont a su vez apuró a su montura. Estaba aquel día testarudo, nada proclive a ceder en la discusión.

—El rey cubrirá de mercedes a quien rescate el relicario de los escoceses.

—¿Y qué? El relicario está ahí dentro, sin duda. Pero estará en el recinto interior. Aunque los nuestros logren invadir, los moros se harán fuertes en esa segunda fortaleza. Salga bien o mal el asalto, hoy no se recuperará el relicario, primo.

No dijo más. Hizo girar a su caballo para ver mejor, imitando así a Vega y al de Sangarrén. Porque parecía que la presión de los cruzados al asalto había roto la defensa desesperada de los moros. Sí. El tapón humano de granadinos y bereberes había cedido. Las compañías cruzadas invadían el recinto exterior a través de la polvareda del derrumbe. Algunas huestes de a caballo próximas a la suya comenzaban ya a vitorear.

Pero enseguida apreciaron que todo había sido un espejismo. Ilusión o tal vez añagaza. Luego supieron que los defensores luchaban con furia enloquecida. Hasta los labriegos de las alquerías allí refugiados acudían con palos, cuchillos, aperos, temerosos de que, si el recinto caía, sus familias fueran masacradas. Y la victoria momentánea se trocó en derrota.

Así lo vio enseguida María Henríquez, oculta tras el disfraz de Jufre Vega. Con el corazón en un puño, presenció cómo los asaltantes caían de espaldas, cómo rodaban empujados por la presión hacia atrás de sus propios compañeros, que retrocedían ante las espadas de los defensores. Luego supieron que estos, al presionar por ambos flancos, cortaron la invasión y dejaron embolsadas a varias docenas de invasores, a los que pasaron a cuchillo hasta el último hombre.

El retroceso no se detuvo en la brecha. La confusión llevó al pánico y algunos salieron corriendo. Una acción contagiosa que desató en un abrir y cerrar de ojos la estampida. Si algunos retrocedían en orden tras los escudos triangulares, muchos lo hacían a la carrera y sin mirar atrás.

—Atentos —campaneó la voz metálica de Vega.

Pero no había nada que temer. Los defensores no parecían con ganas de perseguir a los derrotados. Se mantuvieron en la brecha y, a cubierto de sus adargas, se contentaron con rematar a los enemigos y retirar a sus propios heridos. Desde las almenas disparaban contra las espaldas de los fugitivos, pero ni siquiera con mucha densidad. Los ballesteros moros habían sufrido mucho bajo las descargas de los cristianos, superiores en número, y debía de haber gran número de muertos en los adarves.

Juan de Beaumont suspiró.

—Nos han dado una paliza.

—Eso ya lo veremos.

—¿Qué dices? Hemos dejado a cientos de hombres ahí.

—¿Y qué? Para eso están. Son nadies de los que podemos prescindir.

Los de dentro también han tenido muchas bajas y para ellos sí que cada hombre cuenta. Ya veremos si esto al final es una derrota o la antesala de la victoria.

Observó de reojo a Vega, que buscaba con la mirada por entre los fugitivos y los grupos en retirada ordenada.

—Don Alfonso puede mandar otro asalto, y otro. Todos los que hagan falta. Teba caerá. Por rendición o conquista. Pero ahora es seguro que caerá.

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