Corazón oscuro
Velas
Velar, estar en vela, desvelado y expresiones semejantes vienen de las formas en las que en la Edad Media se medía el paso del tiempo durante la noche. A falta de relojes tal como los conocemos ahora, la noche se medía mediante velas encendidas. Tres por noche. Así, según lo consumido, sabían a qué hora de la noche se encontraban.
Cuando el de Sangarrén se presentó muy a primera hora en la almofalla de Gamboa, encontró a Caldera y a Ruiz ya levantados, junto a una lumbre y a una sartén humeante. En camisotes y calzas, al primer gris de la mañana,
desayunaban gachas de trigo y vino en jarra. Ruiz, con el rostro colorado por su natural rubicundo, el calor de las brasas y ese otro calor del vino, apuntó al aragonés con su cucharón.
—Pero hombre, ¿qué te trae por aquí tan pronto?
—Noticias que no deben esperar, porque no son buenas. ¿Dónde está Vega? ¿Puede atenderme o está en una de esas misteriosas escapadas suyas?
Caldera, con la pelambre entre roja y cana alborotada, con el brazo izquierdo en cabestrillo y otra cuchara de palo en la diestra, contestó con una de sus muecas, antes de volverse a Ruiz.
—Compadre, ¿nos haces el favor de ir a la tienda del adalid? Mira a ver si está, y, si es así, que venga lo antes posible.
Como vio que el de Sangarrén abría la boca, quizás para ofrecerse a acompañarle, se le anticipó.
—Siéntate, hombre, y coge una cuchara. Donde comen dos, comen tres.
El visitante acercó las narices a la sartén. Aspiró.
—A un buen desayuno no se le dice que no. Pero cuchara ya tengo. —
Sacó una de madera de la faltriquera—. Se equivocan los curas. Un hombre que no desayuna bien no le saca provecho a las jornadas.
—Eso pienso yo. —Caldera se giró a Ruiz—. Apura, compadre.
El aludido dio un buen trago al jarro y clavó su cuchara en las gachas antes de irse. El aragonés se hizo con una cucharada humeante, antes de echar atrás el cuerpo para comerlas con calma. Preguntó mientras soplaba para enfriarlas:
—¿Cómo va el brazo, Caldera?
—Tieso como un leño. Y duele como el demonio.
—Eso es bueno. Que una herida duela es señal de que camino va de sanar.
—Ya. —El herido bebió antes de pasar el jarro al visitante—. ¿Y bien?
¿Qué te trae por aquí? ¿Me lo vas a contar o es secreto?
—¿Qué secreto voy a tener para ti, hombre? —Señaló con el jarro—.
Pero vienen María Henríquez y tu compadre. Aguarda, para que no tenga que repetir lo mismo dos veces.
Se giró Caldera en su asiento. Venía la dama, sí. Velada, por su puesto.
Con la mano, ella indicó al de Sangarrén que no se levantase.
—Sigue, señor, y que aproveche. ¿Qué te trae tan temprano?
—Nada bueno, por desgracia. —Apuntó con la cuchara—. Veo que estoy de suerte. Ahí está nuestro adalid.
Caldera giró de nuevo la cabeza. Llegaba sí, y a buen paso, Jufre Vega, con jubón negro claveteado y el almete. Le acompañaba Martín Abarca, sin cofia, con los cabellos y las barbas alborotados, y bostezando. El enlutado repitió el gesto de María para indicar que no se levantase nadie. Pero la que preguntó fue la dama:
—¿Y bien? ¿Cuál es esa noticia mala?
El aragonés, antes de entrar en materia, tendió el jarro a Abarca, que aceptó de grado.
—¿Y tu primo?
—Durmiendo la mona. Anoche bebimos y todavía no sabe medir sus fuerzas.
Les cortó Caldera, que estaba viendo irritarse a María.
—Al grano, Sangarrén. ¿No decías que era urgente?
El aludido asintió. Se rascó la barba corta y dura.
—Cuadrillas de zenetes han cruzado el río.
Ruiz, que se había sentado y recuperado su cuchara, estaba soplando para enfriar sus gachas. Volvió los ojos.
—¿No han tenido bastante?
—Parece que no.
—Si son grupos aislados, no es para alarmarse tanto.
—Tal vez. Pero la noticia llegó enseguida al real. Y han salido compañías de a pie a presentarles batalla.
—Eso no nos afecta a nosotros. —Caldera metió su cuchara en la sartén.
—O sí. Se han puesto en marcha por su cuenta, sin que nadie se lo mande. Los de esas compañías andan llenos de resquemor porque el otro día no obtuvieron ganancia. Han salido con mucha algarabía y con la cabeza llena de pájaros. Hablaban de batirles, de repetir la hazaña de los jinetes y ganar botín.
Los presentes cambiaron miradas. Abarca se frotó las manos para entrar en calor y Ruiz le indicó que se sentase. Caldera agitó su cuchara.
—¡Bobos! Y habrán salido en desorden.
—¿Qué orden van a llevar esas bandas de muertos de hambre?
—¿Son muchos?
—Más de quinientos, le echo.
Caldera golpeó con la cuchara contra el borde de la sartén.
—¡Rediós!
María Henríquez, que asistía a la discusión cada vez más impaciente, cortó como con cuchillo:
—¿Y bien? Si los moros los matan, ellos se lo habrán buscado por su mala cabeza.
Ruiz, que había recuperado el jarro, alzó la vista a ella.
—María, no hay que desear mal a cristianos.
Abarca se había hecho un hueco junto a la sartén y de algún lado había sacado también su cuchara de palo.
—Esto no es casual. Anoche los de Téllez estuvieron calentando la cabeza a esos desarrapados.
—¿Cómo? —Los ojos oscuros de María se volvieron de repente cautelosos.
—Sí, señora. —Mascó unas pocas gachas—. Ya sabes que tengo a unos cuantos pillos de campamento a los talones de esos malandrines. Ayer Avellaneda estuvo convidando a vino a unos cuantos baldíos. Los picaban, se mofaban de su suerte y les decían que lo tenían merecido por flojos…
Caldera pegó otro cucharazo contra el borde de la sartén.
—Hay que dar aviso. Si esos necios se dejan atraer al otro lado del río, los zenetes no van a dejar ni uno vivo.
—¿Por qué te crees que he venido tan rápido? —El de Sangarrén se rascó la barba al tiempo que alzaba los ojos—. ¿Y tú, adalid? ¿Qué dices?
Pero, antes de que el enlutado pudiera hablar, intervino Caldera:
—Con permiso. Habría que juntar a la hueste. Hay que llamar a Beaumont y Bailoque. Sabe Dios por dónde andarán los dos ballesteros a estas horas y, además, nos iban a ser de poca utilidad. Mientras tú, adalid, podrías avisar al rey o a alguno de sus oficiales.
El enlutado movió hombros y cabeza, cubiertos por el almete de hierro, a modo de asentimiento. Habló con esa voz resonante suya, producto de la
visera calada:
—Me parece bien. Sangarrén, ¿puedes buscar tú a Bailoque? Entretanto, yo procuraré avisar al rey.
—Por supuesto, adalid.
El aragonés se zampó lo que quedaba de gachas en la cuchara y la limpió antes de echarla al zurrón. Y se fue, aunque no sin dar antes un último beso al jarro de vino. Los otros se quedaron unos instantes alrededor de la sartén, unos sentados y otros de pie. Caldera bebió largo, antes de incorporarse resoplando.
—¡Mal rayo me parta! ¡Esto sí que es jugar fuerte! En una de estas se destapa el engaño.
Ruiz metió su cuchara en lo que quedaba de gachas.
—Y que lo digas, compadre.
María Henríquez se echó a reír bajo el velo.
—¿Se os está aguando la sangre, padrinos?
Caldera la miró hosco.
—Lo que se nos aguaron fueron los sesos el día en que consentimos esta farsa.
Martín Abarca se pasó la mano por los cabellos alborotados. A punto estuvo de palmear en la espalda al enlutado, pero se contuvo porque estaban al aire libre.
—Bien hecho, primo.
Dentro del jubón claveteado y el almete, Juan de Beaumont estaba sudando y no de calor. No era la primera vez que se disfrazaba de Vega para aparecer en público a la vez que María y agostar así cualquier brote de sospecha en ese sentido. Pero sí era la primera ocasión en la que se había visto obligado a hablar. Y, pese a la visera y a que solo había pronunciado tres frases cortas, había temido que le delatase el acento.
María en cambio se estaba riendo. Tanto que sus dos padrinos cambiaron miradas al comprender que estaba dando salida a los nervios.
Ruiz la señaló benevolente con la cuchara.
—No hay que tentar a la suerte. —Señaló ahora a Abarca—. ¿Y qué es eso de que los de Téllez anduvieron anoche alborotando a los allegadizos?
El navarro se pasó los dedos por cabellos y barbas.
—No os lo pude contar anoche porque ya os habíais acostado.
Avellaneda les estuvo convidando a vinacho. Se burló de ellos, los tachó de pusilánimes. Les decía, por lo visto, que si querían botín solo tenían que cruzar el río y pelear con los moros.
—Y esta mañana aparecen partidas de zenetes a este lado del río.
Mucha casualidad me parece.
—Eso creo yo también.
Irrumpió en la discusión María.
—Ellos solos se han puesto la soga al cuello. Es el momento de…
—De nada —la cortó Caldera bufando—. ¿Estás pensando en desenmascarar a esos felones ante el rey? Olvídalo. No toca ahora.
Recuerda que ayer mismo llegaron con la cabeza de un adalid nazarí.
Se rascó el cuello con los nudillos de la mano sana.
—Por cierto, no sé cómo cuadra una cosa y otra.
Ruiz agitó de nuevo su cuchara.
—Haznos caso, María. La hazaña de ayer pone por ahora a Téllez a salvo de sospechas.
—Ya. Tanto como a mí el que me hayan visto con Vega. Si nos han visto juntos, ¿quién va a sospechar que Vega soy yo?
Los presentes cambiaron miradas. Caldera puso los ojos en las brasas, con el ceño fruncido.
—¿Sugieres que Ozmín sirvió a Téllez en bandeja la cabeza de ese granadino?
—¿Por qué no?
—Bien podría ser. Pero no puedes ir al rey con suposiciones basadas en más suposiciones. Y tampoco es momento. Deberías volver a tu tienda, María. Y Vega a la suya, con la excusa de aprestar sus armas. Cambiad de atuendos lo más rápido posible.
Se acarició el brazo herido.
—Vega debe acudir al alfaneque del rey, sí. Pero no con chismes sobre la supuesta deslealtad de Aznar Téllez, sino para alertar del desastre que puede ocurrir hoy junto al río.
Jufre Vega ni llegó a presencia del rey ni lo esperaba. Pero consiguió que le atendiese Alfonso Fernández Coronel, alguacil mayor de Sevilla. Y
él sí le escuchó con atención, aunque no dio, de entrada, importancia a su relato.
—El rey está en misa. No te preocupes, le trasmitiré tu recado, aunque es algo que ya sabemos. Los que guardan el río nos mandaron avisos a primera hora sobre que los zenetes campean por la orilla con bocinas y pendones.
—Eso no es casual.
—Por supuesto que no. Vienen a hacer alarde y desafío para sacarse las espinas de la derrota de antes de ayer.
—Pero señor, ¿no sabes que han salido compañías de a pie a hacerles frente?
—¿Te extraña? Los ánimos están ahora altos. La victoria y la conquista del real de Ozmín han llenado a los nuestros de sensación de victoria.
Logramos caballerías, despojos, también alimentos, que iban escaseando…
En fin. Los moros nos desafían y los nuestros salen a darles réplica.
—Es una trampa. Una de esas añagazas que tanto le gustan a Ozmín.
Coronel perdió su aire displicente. Puso los brazos en jarras.
—Explícate.
—Las nuestras que han salido son compañías de gentes baldías.
Allegadizos. Están disgustados por no haber obtenido honores ni ganancia.
Los benimerines lo saben y han venido a provocarlos. Han hecho ostentación de ricos mantos, armas, caballos. Esos infelices creen que pueden repetir la hazaña de la caballería. Van de cabeza a la trampa.
Coronel frunció los labios. Puso las manos a la espalda y dio pasos de acá para allá.
—Sigue, que te estoy escuchando.
Se pensó el enlutado las siguientes frases. Oculta tras el yelmo calado, María tuvo en la punta de la lengua sus sospechas sobre Téllez. Pero se impuso la prudencia y los consejos de sus padrinos, y no sacó el tema.
—Los espías de Ozmín han debido de informarles del descontento. Les han tendido una trampa y esos jinetes son el cebo. Les van a hacer pasar el río y entonces harán una matanza.
—¿Tienes alguna prueba de ello?
María titubeó. Sin embargo, gracias al almete el otro creyó que se estaba tomando su tiempo antes de contestar.
—Pongo en prenda mi palabra. Tienes que creer que lo que digo es cierto.
—Tu palabra aquí tiene su peso. Te lo has ganado. Pero ¿no podrías haber sacado conclusiones erradas a partir de las circunstancias?
—Señor, esos allegadizos se dirigen en masa a la muerte. Van con sed de batalla y hambre de botín. Cruzarán el río y no quedará ni uno para contarlo.
Coronel se quitó su gorro semiesférico, como si le estuviera calentando la cabeza. Observó adusto al enlutado, que volvió a urgirle.
—Luego será tarde. Si esperamos, cuando queramos hacer algo, los moros ya los habrán pasado a todos a cuchillo.
Su interlocutor resopló.
—Muy bien. Confío en tu buen juicio. Nadie conoce de veras tu identidad, pero hasta hoy nunca has fallado. Voy a avisar de inmediato a don Alfonso.
—No te arrepentirás.
—Eso espero. Nuestro señor no es de los que perdonan que les alarmen en vano. Mientras le aviso, quiero que hagas algo.
—¿Qué, señor?
—Aconsejaré al rey que mande hombres de a caballo para que obliguen a retroceder a esos mentecatos. Y si no llegan a tiempo, que les presten auxilio. Pero convencerle me llevará algún tiempo. Así que quiero que cabalgues con tu hueste a ver si puedes persuadirles o, llegado el caso, prestarles socorro si te es posible.
—Iremos. Dalo por hecho. Pero ya sabes que solo somos un puñado.
—Mandaré a cuanta hueste libre pueda convencer, no solo a la tuya. Se trata de poner algo de caballería en el campo, hasta que llegue la real.
El enlutado asintió y las plumas negras ondearon.
—Voy entonces. Espero que no tardes en convencer a don Alfonso, o no solo esos allegadizos estarán muertos antes del mediodía.
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