Corazón oscuro

Leon Arsenal · Capítulo 6 de 47

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Corazón oscuro

Zenetes

Zenetes o zánatas es el nombre que recibe toda una rama de los bereberes. Numerosos y belicosos, participaron en gran número en las guerras del sur de España, bien como soldados al servicio del sultán benimerín, bien como mercenarios de los granadinos. Su forma de combatir a caballo creó escuela.

También sus armas. De hecho, su recuerdo ha quedado en el idioma español, que acuñó palabras derivadas a partir de su nombre. Jinete viene de zenete. La espada jineta es esa que ellos trajeron a España. Y combatir a la jineta se convirtió en una táctica guerrera para los españoles que perduró siglos y sobre la que se escribieron tratados.

Pero recuperar los cadáveres de los escoceses no contentó al rey don Alfonso de Castilla. Tampoco contaba con ello Gamboa el Viejo. Pero sí con que al menos eso le aplacase. Eso mismo creía Montenegro, que había estado esperando su regreso a pie de cava. Y también Alfonso Fernández Coronel, alguacil mayor de Sevilla, aunque por razones distintas.

Se equivocaban todos.

El rey no se conformó con ese logro parcial. Antes al contrario. Su ira estalló como un tonel de pólvora. Como una de esas pelotas de paja, trapos y pez que sus ingenios lanzaban de noche contra Teba.

Perdió la compostura al saber que no tendría el relicario. Rugió.

Maldijo. Iba de acá para allá por su alfaneque, blasfemando, insultando, pegando patadas a sillas y cofres. Incluso se arrancó el bonete colorado y lo arrojó sañudo al suelo de esteras y alfombras.

Tan fuera de sí estaba, tan congestionado, y dedicó palabras tan gruesas al pobre Gamboa, que los presentes llegaron a temer que lo mandase ajusticiar en el acto. Tan desatada estaba su cólera que nadie osó interceder por el maestro de ingenios.

Unos no lo hicieron por temor a convertirse a su vez en blanco de la inquina real. Coronel calló porque la experiencia le dictaba que mediar ante el rey en momentos así solía ser contraproducente. Don Alfonso, si se sentía discutido y contrariado, podía hacer matar a aquel por quien se trataba de interceder.

Pero el rey se contuvo en esa ocasión. Tras cubrir al veterano de injurias y reproches, lo despojó de su oficio y lo echó de su pabellón. Manos amigas sacaron a Gamboa, que estaba como tocado por un rayo. Y como el rey se fue al fondo de la tienda, muchos salieron a escape también, porque era mal negocio estar cerca cuando andaba de un humor así.

Entre esos estaban Montenegro y Coronel. También se fue Blaylock, atónito ante el espectáculo de la ira real desencadenada. Los tres echaron a andar en pos de Gamboa. Cada uno por su cuenta y por distintas razones.

Montenegro para consolarle. El escocés para aclararle que a su entender

nada había que reprocharle. Coronel para decirle que perdiera cuidado, que oficiales había en el real que intercederían para que le devolvieran su oficio.

Pero este último, que era el más rezagado, no llegó a cambiar palabra con él. Iba detrás y a paso vivo, con tres de sus guardas, no queriendo darle voces para no llamar la atención. Estaban en mitad de ese dédalo de pabellones, toldos, sombrajos y corrales que formaban el real. Les separaban ya unos pocos pasos cuando Coronel vio cómo el maestro de ingenios trastabillaba. Cómo el escocés y Montenegro le cogían por los brazos. No lograron mantenerle en pie, pero sí que por lo menos no se fuese de boca al suelo.

Coronel apartó sin miramientos a los curiosos que comenzaban a arremolinarse. Al primer vistazo reparó en el rostro cárdeno, en la espuma en la boca. Blasfemó.

El escarnio público, los desdenes del soberano, el temor a perder la vida, habían sido excesivos para el veterano. Mantuvo el tipo en el alfaneque real, pero luego el disgusto se había cobrado su precio.

Se encaró con sus guardas.

—A su tienda, rápido. —Se volvió a Montenegro—. Que llamen a los físicos, amigo. Que acudan sin demora. Este bueno ha sufrido un ataque de congestión.

—La última palabra siempre es de Dios. Pero creo que es muy posible que el maestro Henrique salga de esta.

Así se expresó don Simuel Abenhuacar al apartarse de la yacija del veterano. Aunque se dirigía a Coronel, no dejó de advertir la mueca incrédula de Montenegro ante tal afirmación. Fue solo un pequeño alzar de cejas, pero también el alguacil mayor de Sevilla reparó en ella. Y en el gesto de esperanza, igual de esbozado, de Gome Caldera.

Abenhuacar —reposado de maneras, con manto de ricas telas y bonete oscuro— se encaró con el gallego.

—¿Dudas de mi opinión, caballero?

Montenegro, de cuero, hierro y cofia de armas, se encogió de hombros.

—¿Cómo dudar de los conocimientos y la experiencia del físico personal del rey?

La luz de sus ojos era sin embargo ambigua. Henrique Gamboa yacía en su camastro bien arropado. Al trasluz del sol en las lonas de la tienda no mostraba buen aspecto precisamente. Su respiración era de resuellos y estertores. Gome Caldera, sentado a su lado, espantaba a las moscas. Había no pocas. Llegadas al sudor de la dolencia o al olor de la sangre, ya que el físico había practicado una sangría hacía un rato.

—Conocimientos y experiencia… Sí. Pero en este caso me apoyo más en la segunda que en los primeros. He constatado que, en caso de congestión, cuanto más añoso es el que la sufre, más fácil es que se recupere.

Observó que Montenegro volvía a alzar las cejas.

—Sí. No me preguntes la causa, porque no la sé. Pero los viejos tienen más posibilidades de superar estos ataques que los jóvenes. Y el maestro Gamboa no es ningún niño. Lo que no puedo predecir es en qué estado quedará. A menudo quedan secuelas, como bien sabéis. Media cara paralizada, miembros inertes… Aunque también en los hombres de edad es más fácil que todo eso se corrija o mitigue con el paso del tiempo.

Intervino Coronel, que se estaba impacientando con tanta disertación:

—¿Qué mandas que se haga, don Simuel?

—Necesita cuidados. Mejores atenciones de las que pueden dispensarles los hombres de armas… —Observó una mueca de Caldera—. ¿Sí, buen amigo?

—Eso está resuelto, don Simuel. He mandado aviso a Estepa para que su hija venga lo antes posible.

—¿Su hija? ¿Una dama en el real y al pie de un asedio?

—Es el único hijo que le queda vivo a Henrique. Y ella le adora. María le dispensará los mejores cuidados. Y si no es deseo del Señor que él viva, por lo menos podrá verle antes de que su alma se aparte del cuerpo.

—Zanjado entonces. —Coronel se encaró con el físico—: El rey se alegrará de saber que es muy posible que Gamboa viva.

Por tercera vez, Montenegro alzó cejas. Había creído que don Simuel se había acercado por compasión, ya que fue de los presentes durante el altercado en el alfaneque del rey.

—Entonces, ¿te envía nuestro señor don Alfonso?

El otro captó el sentido de la pregunta. El trato cotidiano con la humanidad, puesta en crudo por las enfermedades y el dolor, le habían hecho perspicaz en tal sentido. Asintió tan solemne como solía.

—Sí, amigo. Nunca niego auxilio a nadie si está en mi mano. Pero es el rey quien me manda. Estamos en campaña. Hay aquí miles de hombres de armas. Se combate en el asedio, así como entre aquí y el río. Y esta aglomeración ha desatado las fiebres. Pobre de mí si tuviese que atender en persona a todos los enfermos y heridos de nuestro bando.

Se volvió hacia Coronel.

—Y sí. El rey se alegrará de saber que es posible que viva.

—Mejor para todos. —El oficial de Sevilla se giró a su vez—. Amigo Montenegro, ¿podemos tener unas palabras en privado?

Fue para ambos un alivio dejar esa tienda de atmósfera enrarecida, llena de moscas y hedionda a doliente. No era que fuera oliese mejor. Caía la tarde. Apestaba a basuras, a cuerpos, a excrementos de acémilas. También a las cenas que ya se cocinaban. Entre el ruido de rodar de carros, de hombres y mulas yendo y viniendo en todas direcciones, Coronel tomó a Montenegro de codo para hablar en confidencia.

—El ambiente entre las tropas de asedio es malo. La moral está por los suelos.

—¿A mí me lo vas a decir?

—Es preciso sosegar ánimos.

Montenegro levantó las cejas. «¿Sosegar ánimos?». Así que el rey y sus oficiales mayores temían que el maltrato dispensado al maestro de ingenios Gamboa enconase a los ballesteros, peones, ingenieros, cavadores, artesanos, que se afanaban como hormigas en torno a las murallas poderosas de Teba. Claro. Recelaban de que la posible muerte de Gamboa, tras la ofensa del rey, hundiese una moral ya dañada por lo dilatado del cerco, lo infructuoso de los tiros, la defensa tenaz de los de dentro y el acoso de los jinetes moros fuera. Y por reveses como la muerte de los escoceses.

Se permitió una sonrisa ácida a los últimos resplandores de la tarde.

—¡Ay de mí! ¿Pues no pensé que el rey había mandado a su médico por simple remordimiento?

La sonrisa de Coronel fue en respuesta agria.

—Menos bromas, Montenegro, que eres hombre bragado. Esperar eso de un rey es como esperar que el agua de los ríos corra cauce arriba.

—Gamboa no tuvo culpa en la muerte del duque Dugel. No ha sido tratado con justicia.

—A tus años ya debieras saber que por donde pisan reyes no valen leyes. Y que las culpas nunca quedan huérfanas. Alguien acaba por cargar siempre con ellas. Y lo de menos es que sean suyas o no.

»Siento que Gamboa haya sido tan mal tratado. Pero ese no es mi problema. Mi problema es cómo afecta eso a las tropas de asedio. El maestro es muy respetado. Todo un símbolo para muchos. Que le despojasen de su oficio de tan mala manera ha sentado como una puñalada.

Y peor ha caído que sufriera una congestión del disgusto.

»Por eso te pido ayuda. Apacigua. Hay que levantar la moral. Los ánimos ya estaban ayer bajos. Estas alteraciones no los van a levantar precisamente.

Montenegro cabeceó en la ya casi oscuridad.

—Pues no. Para nada.

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