Corazón oscuro

Leon Arsenal · Capítulo 38 de 47

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Corazón oscuro

Arquitectura defensiva

Arquitectura

defensiva

La guerra de asedio y la arquitectura defensiva siguieron en la Baja Edad Media una evolución paralela, como una variante más de la eterna pugna entre proyectil y escudo.

Aunque se construyeron fortificaciones enormes, no todo era cuestión de tamaño y grosor de los muros. Era todo un diseño que iba desde la edificación con ángulos que absorbían los impactos de los proyectiles a toda una trama defensiva que frenaba disparos y ataques. Los taludes, así como los muros bajos y adelantados —falsabragas, barbacanas—, conjuraban el peligro de los disparos rasantes que, a la

manera de las bolas de los bolos, llegaban rodando y provocaban vibraciones catastróficas; servían también para romper las cargas masivas de hombres. Por eso los ataques al asalto eran tan costosos en vidas y en heridos, y se meditaban muy mucho antes de lanzarlos.

La escena era horrenda. Un infierno de solana, calor espantoso y moscas negras. Aun ya bien entrada la tarde, los alrededores de la fortaleza eran una caldera que, tras horas al fuego, irradiaba insoportable. Las piedras quemaban, la atmósfera rielaba. Los hombres deambulaban por un paisaje de aire tembloroso, sembrado de muertos caídos y armas abandonadas. El olor era nauseabundo, el zumbido de las moscas ensordecía y los lamentos de los agonizantes se mezclaban con los graznidos y los aleteos de las aves carroñeras.

Blaylock fue de los que regresaron a la tarde a la escena de los combates. Vuelta a la sombra de aquellas murallas temibles, solo que ahora con una misión distinta. Otra vez con capacete y escudo, sí, y ciñendo armas. Pero en esta ocasión dando escolta a los sirvientes enviados a retirar a los heridos, así como los cadáveres de aquellos hombres de alcurnia caídos durante el ataque fallido.

El silencio y la quietud eran temibles. Había una sensación de vacío, producto del aire recalentado, que causaba casi vértigo. El escocés se sentía bañado en sudor y, cuando alzaba la mirada, veía a los ballesteros moros que, asomados a las almenas castigadas, los observaban con ojos duros.

Esos mismos ballesteros que horas antes se aplicaban a disparar contra los heridos que trataban de salir del campo a rastras o dando tumbos. En los momentos posteriores a la derrota y desbandada hubo actos de gran valor; esos a los que los españoles llamaban «hazañas». Hombres resueltos volvieron sobre sus pasos para rescatar a los heridos. Los moros tiraban contra ellos desde las murallas y no tardaron en acudir en gran número los ballesteros cruzados a dar la réplica. Se produjo así una suerte de epílogo a la batalla, con no pocas bajas por ambos bandos.

Luego dejaron de disparar desde las almenas, pero los rescatadores se contentaron con salvar a los supervivientes más alejados de Teba. Los próximos quedaron a su suerte, entre muertos y moscas. Alguno logró salir a rastras, de forma tan penosa como lenta, sin que le clavasen un virote en los riñones.

Más tarde acudieron parlamentarios castellanos. Lograron hablar con el alcaide al Tujibi al pie de la brecha y que este accediese a que retiraran a sus heridos. Gracias a ese acuerdo estaban ahí ahora con los escudos de cruces negras o rojas prestos, tan cerca de las murallas, vigilantes mientras los criados recogían a todo aquel que aún respiraba. Se llevaban cuerpos, que no armas. Así se había pactado. Los hierros habían de quedar en el campo.

En esa ocasión hubo allí muchos cruzados extranjeros. Acudieron a buscar a sus nobles muertos, que eran casi los únicos hombres de abolengo que perdieron la vida en esa batalla, pues los hidalgos y los señores castellanos se habían reservado para posteriores combates. Blaylock de hecho no había perdido a nadie, ya que no hubo más escocés que él en el asalto.

Observaba las almenas desdentadas. Veía el revuelo de aves negras sobre las torres cuadradas. Oía los quejidos y se preguntaba por qué había acudido, si no tenía a nadie que rescatar y sentía una fatiga tremenda, producto de la tensión y de la lucha. Le dolían los ojos por culpa de la luz hiriente de la tarde.

Unas voces destempladas le hicieron volver a lo inmediato. Unos criados habían encontrado a un moribundo. Pedía agua en latín y uno de los recogedores había acudido solícito con una bota. Ese era el motivo por el que un hombre de armas ya añoso le reprendía con palabras ásperas.

—¡Animal! ¡Buey! ¿Quieres matarle? ¿No ves que está herido en la barriga?

—Deja que se la dé, hombre. Ese no sale de esta. Si ha de morir, que no lo haga con la boca seca. Aunque, ya puestos, dadle vino y no agua.

Se giró Blaylock. El que había replicado era otro hombre de armas. Uno de aspecto correoso y arreos gastados, francés a juzgar por la cruz blanca sobre veste azulada, aunque, lo mismo que el otro, había hablado en

castellano de frontera cargado de acento. Habló el escocés a su vez, en el mismo idioma.

—No. No le deis agua. Que se lo lleven al real.

El otro volvió el rostro, sudoroso bajo el bacinete.

—¿Para qué? Morirá durante el transporte. Sufrirá en vano.

—¿Quién sabe? Dejemos a Dios la decisión de si vive o muere. Y, si consigue llegar al real, al menos morirá a la sombra y entre los suyos, y no aquí tirado.

—Ahí tienes razón.

El francés alzó los ojos a las almenas y a los ballesteros apostados.

Blaylock le imitó por debajo del ala del capacete. Murmuró:

—Muy caballeroso ha sido el alcaide al permitirnos recoger a los heridos.

—Más que eso. Nos está mandando con ello un mensaje.

Bajó Blaylock la mirada.

—¿A qué te refieres?

El francés escupió en el polvo.

—Estuviste en el asalto, escocés. Yo te vi. Seguro que te diste cuenta de cómo dejaron de disparar contra nuestros caídos. Lo hicieron de golpe y eso no fue por azar. Debió de ordenarlo el alcaide. Y luego permite que saquemos a los supervivientes. ¿Por qué crees que lo hace?

—Lo dicho. Por hidalguía.

Su interlocutor se encogió de hombros.

—No lo dudo. Este alcaide es lo que aquí llaman un «bueno». Pero son gestos de buena voluntad con los que muestra su deseo de negociar. Si las condiciones que le ponga don Alfonso no son inaceptables, no tardará en rendir Teba.

Volvió a escupir sobre una piedra ardiente, de forma que la saliva siseó.

—Y ya no habrá más lucha.

Blaylock regresó una vez más con la mirada a esa ciudadela de muchas torres. Imponente, no importaba que todo un lienzo estuviese ahora por los suelos. Contempló el vuelo de las aves y el de las nubes de moscas.

Recordó la matanza en la brecha, el estruendo de las armas y el chorrear de

sangre sobre las piedras rotas, así como el encono en la defensa de los moros.

—Dios te oiga.

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