Cronica De Dalkey
Capítulo XIX
Al atravesar el parque, de camino al hospital, la mirada de Mick se adentró en la tracería de arbustos y de verjas de hierro. Sí, allí estaba Joyce, de pie; y, en la lánguida luz de la tarde, Mick se paró a examinarle con gesto serio, antes de que se diera cuenta de que le estaban observando. Ahora ya no era un extraño y, sin embargo, allí de pie, solo, resultaba aún algo sorprendente. Parecía un hombre maduro, relajado, con un pelo cano y fuerte asomando bajo su pequeño sombrero, símbolo de la lenta y menguante marea que es la vida: también experiencia, sabiduría y —¿quién sabe?— infortunio. En persona era pulcro, aseado y llevaba bastón. ¿Un dandi? No. El porte de su cabeza entre todo el lío del tráfico y de la gente que pasaba indicaba que su vista era precaria. Si un extraño tuviera que clasificar a Joyce socialmente, probablemente le catalogaría de tipo erudito, de matemático, quizá, o de funcionario cansado de alto rango; pero nunca de escritor y mucho menos de gran escritor que (como se suponía) está mal de la cabeza. A propósito Mick no dudaba que él había escrito realmente aquellos panfletos para la «Catholic Truth Society», ya que la imitación y mofa estaban a menudo entre las habilidades de los que poseían un don intelectual; efectivamente, por lo general era cierto que algo característico en la mayoría de las personas perturbadas es la precisión para jugar el papel que ordena la hipóstasis cerebral patológica. ¿Quién no se ha topado y admirado con lástima la curiosa actitud, el discurso y amaneramiento de un Napoleón, de un Shelley o incluso de un Michelangelo?
Sin embargo, el mismo Joyce debe haber estado relacionado de algún modo con la composición de Ulises y de Finnegans Wake, seguramente mucho más que las atribuciones probablemente alucinógenas que hizo Sylvia Beach. Había una posibilidad de que los dos libros fueran los trabajos monumentales de varias mentes de talento excepcional, pero parecía algo innegable que hubiera una mente central y unificadora. No fueron las falsas imputaciones de autoría las que volvieron loco a Joyce, sino que fue más bien el esfuerzo solitario de seguirle el ritmo a esa artificiosa reputación lo que al final desequilibró la esmerada elegancia de su mente. Sin embargo, algo alentador se podía decir de Joyce: no tenía nada de malo. No era siquiera un fastidio, ni suponía de ninguna manera un
peligro para sí mismo o para los demás. Su deseo de convertirse en cura católico (y, ¡ay!, dentro de una de las órdenes más exigentes) era, por supuesto, extravagante; pero supondría una gran obra benéfica si los jesuitas le aceptaran. En sus diferentes monasterios alrededor de Dublín y por toda Irlanda (por no ir más allá) había sin duda algún chollo, alguna pequeña sinecura en donde él pudiera alcanzar la tranquilidad. De nuevo le vino a la mente aquel eslogan que tenían: ad majorem Dei gloriam,[80] El deber de ellos era ayudar al que, ahora caído, alguna vez asumieron educar.
La confusión de Joyce sobre Finnegans Wake era total y resultaba conveniente —meditaba Mick— alejar completamente su patrón de pensamiento de los libros y de la composición. Él debía intentar hacer eso, así como recalcar la imposibilidad (algo que aparentemente el propio Joyce había reconocido) de mentar el nombre de James Joyce en las conversaciones con el clero. El nombre más corriente en todo Dublín y Wicklow era Byrne, pronunciado Bern. Era un profesor retirado que se llamaba James Byrne, con experiencia en el continente. Así que, ¿no fue acaso una idea brillante la que le vino a Mick justo en ese momento en el parque? Ya le había mencionado ese nombre por teléfono al padre Cobble.
Cruzó la calle y tuvo que tocarle el brazo a Joyce antes de que se volviera y le reconociera.
—Ah —dijo— buenas tardes. Qué día más bueno hemos tenido, y sin lluvia.
—Pues sí —contestó Mick— y espero que tengamos una puesta de sol satisfactoria, si sabe lo que quiero decir. Disponemos de algo de tiempo antes de ver al padre Cobble.
Joyce se rió, pero sin mostrar alegría.
—Espero que el padre Cobble no sea el típico hombre santo severo —
aventuró.
—No —contestó Mick—. Ya le dije a usted que era todo un caballero inglés y que el único peligro es que puede resultar algo bobo.
Cogió a Joyce del brazo y le guió hasta la vuelta de la esquina, a Leeson Street.
—Quiero que preste atención —dijo— a algunos temas sencillos.
Podríamos hablar mientras atravesamos el parque, pero una breve charla aquí mismo, en Grogan’s, podría ser mejor.
Estaban entrando en un pub cuando la actitud vacilante de Joyce exteriorizó su sorpresa.
—Mire —dijo— nada me gustaría más que tomarme un trago pequeño, pero ir a una entrevista relativa al trabajo de Dios con el aliento oliéndome a alcohol sería imprudente, ¿verdad?
Mick le empujó a un asiento que había en el reservado[81] y tocó el timbre.
—Primero —contestó—, el mismo padre Cobble, como la mayoría de los jesuitas, cuando se encuentra con un vaso de whiskey de malta en sus manos no se altera ni una pizca. Segundo, mejor que whiskey, vamos a tomar unos gins. El gin no huele, o eso dicen. Pero ayuda a la lengua y a la imaginación. En cuanto a mí, me voy a unir a usted para tomar algo en contra de mi voluntad porque estoy intentando dejarlo por completo, probablemente desde hoy.
Pidió dos vasos de tónica.
Joyce aceptó en silencio pero dio la impresión de que nunca había oído hablar del gin. Tal vez habría sido mejor llamarla Ginebra. [82]
—Ahora, escuche —dijo Mick con brío— a partir de este momento su nombre es James Byrne. Se llama James Byrne. ¿Lo ha entendido? ¿Puede recordarlo?
Joyce asintió con la cabeza.
—Byrne es un apellido de la familia de mi madre. Por supuesto que puedo recordarlo. James Byrne.
Dio un buen trago, engañado por la tónica, y asintió con firmeza con la cabeza.
—Sí, me llamo James Byrne.
Bebió de nuevo, asintiendo todavía, apretó el timbre y pidió otra ronda. Mick aún estaba nervioso.
—No se tome esa inofensiva copita demasiado deprisa —le aconsejó
—. Además, es usted profesor retirado, con alguna experiencia en Francia.
—Exacto. Puedo enfrentarme a cualquier interrogatorio que usted quiera sobre ese tema.
Parecía tranquilo, confiado, incluso feliz. Estaba más receptivo de lo normal y Mick presentía francamente que iba a impresionar a una persona tan neutra como el padre Cobble. ¿Haría alguna pregunta sobre su certificado de nacimiento? Puede que sí, pero el asunto se podría postergar temporalmente.
Cuando llamaron a aquella puerta, tan grande y diferente, de la gran casa sita en el 35 de Lower Leeson Street [83] tenían un aspecto lo
suficientemente decente. Un joven descuidado y malhablado abrió y les mostró con cierta ostentación el pasillo que daba a una sala de espera que era (según Mick) vulgar y lúgubre e incluso estaba algo sucia. La santidad y la limpieza no siempre estaban emparentadas, reflexionó, pero no existía motivo para que aquel chico, que ahora se había ido a buscar al padre Cobble, no se hubiera lavado y aseado aquel día.
—Percibo ese toque auténtico de austeridad —comentó Joyce en plan simpático.
—Sí —coincidió Mick—. Sacado no hace mucho del desierto de los tiempos antiguos. Le puedo consolar si le digo que los padres comen muy bien aquí y toman vino tinto con la cena.
Joyce sonrió con complicidad.
—Pero supongo que no es obligatorio. En mis días en Francia yo evitaba los vinos de mesa. Es una idea muy francesa, además de errónea, pensar que es imposible conseguir agua corriente sana.
La puerta se había abierto en silencio y allí, ante ellos, estaba el padre Cobble. Mick notaba que este acababa de cenar y que estaba de buen humor.
—Bueno —dijo, mientras avanzaba con las dos manos extendidas—, bienvenido a nuestra humilde casa.
Se dieron un apretón de manos superficial y el cura se sentó.
—Padre Cobble —dijo Mick—, este es mi amigo James Byrne.
Dedicó muchos años a enseñar en el extranjero, pero ahora ha vuelto al redil, por así decirlo.
—Ah, Sr. Byrne, es un placer.
—Mi cometido aquí, padre —añadió Mick— es simplemente hacer esta presentación; tras lo cual me largaré. James quiere mantener tan solo una breve conversación con usted.
—Por supuesto. Nosotros, la gente de aquí, somos criados y no nos avergonzamos ni un poco de ponernos ese título a nosotros mismos. Solo con preguntarnos ya damos consejo —se paró y se rió—. Algunas veces incluso sin preguntar.
—Es usted muy amable, padre —dijo Joyce—. Me hace sentir como en casa. Sabe cómo tranquilizarme.
Hubo una pausa como si todos estuvieran esperando a que uno de ellos dijera algo que al menos insinuara el propósito de la visita. Finalmente, el padre Cobble, con su experiencia, abrió una puerta.
—Si es un asunto espiritual sobre el que está preocupado, Sr. Byrne —
dijo— le veré a solas, por supuesto.
—Bueno, yo me marcho —dijo Mick a toda prisa.
—¿Quiere decir confesión? —preguntó Joyce nervioso—. Dios no, no es eso. Gracias a Dios, no tengo esa necesidad en absoluto. Pero es cierto que mi problema es, en fin, espiritual.
El padre Cobble asintió de modo alentador.
—Verá, padre —aventuró Mick—, el Sr. Byrne quiere entrar en su casa. Está llamando a la puerta.
En este momento Joyce asintió con entusiasmo.
—Oh, bueno... ya veo —dijo el padre Cobble, claramente algo desconcertado.
—No es tan mayor como aparenta —añadió Mick amablemente.
El padre Cobble permaneció observando sus delicadas manos.
—En fin, la posición es esta más o menos —explicó—. Dejando a un lado la obra eclesiástica propiamente dicha, aquí la comunidad es responsable de toda su propia obra intelectual, cosas como las cuestiones literarias, la enseñanza y las tareas internas administrativas de la Compañía.
Somos autosuficientes, casi me atrevería a decir, casi en línea con la Iglesia primitiva. Para cuidar de nuestras sencillas necesidades temporales, aceptamos chicos de instituciones, chicos que tienen normalmente algún defecto mental, pero que probablemente obtengan algún beneficio y mejoría en entornos de este tipo. Y, señores, yo me hago mi cama.
Joyce gesticuló ligeramente, por la momentánea falta de coherencia.
—Padre —dijo débilmente— no es que sea un indigente o algo parecido. Tengo un trabajo bastante aceptable dentro del negocio de la restauración. Es solamente que espiritualmente estoy... confundido. Quiero servir al Todopoderoso explícita y directamente. Quiero entrar en una de las casas de la Compañía y... en fin, trabajar allí.
—Ya veo —dijo el padre Cobble bondadosamente—. Sí. Pero no es muy fácil encajar a un hombre como usted dentro de nuestras normas, Sr.
Byrne. Mantendré una conversación con el padre Baldwin del Castillo de Rathfarnham, nuestra otra casa, y posiblemente también hable con Milltown
Park. [84] Nosotros somos una gente bastante primitiva, Sr. Byrne. Para serle franco, no somos aficionados a la horticultura.
Joyce y Mick se miraron.
—Gracias a Dios no estamos muy lejos de una comunidad de buenas monjas que amablemente nos suministran bonitas flores para el altar.
—De hecho, padre —interpuso Mick—, el Sr. Byrne no tenía ese asunto en su cabeza de ninguna manera.
—Bueno, cojamos el Castillo de Rathfarnham —prosiguió el buen cura—. Hay siempre mucho que hacer como quitar malas hierbas y todas esas cosas, pero sé que el Rector anima a los padres a echar una mano en eso, ya que el aire fresco es tan bueno para el clero como lo es para sus feligreses. Pero la jardinería de verdad es una cosa diferente. ¿Es usted, Sr.
Byrne, un jardinero con experiencia?
Mick se dio cuenta de que Joyce se ponía un poco colorado debajo de su palidez natural.
—Por supuesto; sí y no —dijo en voz alta.
—Sé que tienen un jardinero a jornada completa allí, aunque ya se está haciendo algo mayor. Pero ¿tiene usted, Sr. Byrne, otras aptitudes o destrezas manuales? Barnizar con muñequilla, la carpintería, la encuadernación...
—No —dijo Joyce de manera cortante.
—¿Y el cuidado de los metales?
—No.
El padre Cobble rió tolerante.
—Bueno, Sr. Byrne —dijo—, con palabras de militar le diré que aún no estamos vencidos. Voy a serle totalmente sincero y le diré que hay algo que ha arruinado a la Compañía, a todas sus casas en este país...
—¿No será la oposición de los Hermanos Cristianos? [85] —preguntó Mick, sonriendo.
—Claro que no. Algo mucho más cercano. Me refiero a la ropa interior de los padres.
—Dios Santo —dijo Joyce.
—No hace falta que especulemos —prosiguió el padre Cobble con sus afables maneras— en referencia al motivo por el cual el Todopoderoso distribuyó ciertas habilidades y artimañas entre los sexos. El hecho evidente es que el punto, la costura y los bordados son habilidades exclusivas de las mujeres. La ropa interior de los padres se encuentra continuamente en un estado cercano a la ruina, y sin embargo nuestras normas prohíben emplear a mujeres aquí, incluso en las tareas de categoría más baja. Eso, señores, no
es más que un vistazo a la vida religiosa en encierro. Ahora mismo, mi propia camiseta les daría risa. Llena de agujeros.
Joyce parecía confundido.
—Pero, padre, seguro que las monjas podrían ayudar; quiero decir, textualmente como un acto de caridad.
—No, no, Sr. Byrne, nuestras reglas no permiten ninguna asociación de ese tipo en el ámbito doméstico. Bonitas flores para el altar, ah, ya lo creo.
—Pero, padre —interpuso Mick— ¿no podrían, digamos, los antiguos alumnos de los colegios de jesuitas ayudar en algo de esto? Quiero decir, llevarse las cosas a casa. Después de todo ellos tienen mujeres e hijas.
—Y madres y hermanas —añadió Joyce.
El padre Cobble sonrió vagamente.
—La Compañía de Jesús, señores, tiene también su dignidad.
Todos se detuvieron ante tanta solemnidad.
—Pero, cielo santo, padre, usted debe de tener alguna manera de zurcir.
—Si supiéramos tan solo —observó el padre Cobble— por qué el sudor es tan corrosivo, tal vez estuviésemos llegando a algún sitio. Les doy mi palabra, mi camiseta está podrida.
La cara de Mick se nubló por la desesperación.
—¿Qué hace?
—Bueno, casi todos los padres saben cómo zurcir los calcetines. El padre d’Arbois, un francés que hay aquí, hace intentos heroicos con su ropa interior, y uno de nuestros chicos es también bastante prometedor. Pero gracias a Dios hay un puesto brillante. El padre Rector es muy magnánimo en cuanto a las renovaciones. Es muy exigente con la salud de los padres.
Sospecho que tiene el pernil de un jefe de vendedores en Todd Burns. [86]
Joyce, que había estado de lo más perplejo, reveló en este momento una sonrisa fácil.
—Padre Cobble —dijo— ese problema doméstico puede ser tremendo, pero a mí no me disuadiría lo más mínimo.
—¿De verdad?, Sr. Byrne.
El cura le miró pensativo y se volvió hacia Mick.
—¿Sabe usted, Sr. Byrne? —dijo—, creo, y líbreme de ser atrevido, creo que usted me ha metido una idea en la cabeza. Esta situación lamentable que tenemos aquí impera igualmente en nuestras otras casas. No
en los colegios que tenemos por el país, por supuesto, como por ejemplo Clongowes, Mungret o Galway. Allí han mandado a una supervisora y algo de personal, pero piense en nuestra casa Manresa en Dollymount, o Loyola en Donnybrook, o el Castillo Rathfarnham, o Milltown Park. ¿Me sigue, Sr.
Byrne? En todos esos centros la ropa interior de los padres está hecha jirones.
Mick se movió con inquietud.
—Padre —dijo—, el Sr. Byrne no tiene relación con ninguna rama de lavanderías, ni nada parecido.
El padre Cobble sonrió pacientemente.
—El cielo no lo permita —dijo en tono agradable—. Solo se trata de un embrión de idea que tengo y que creo expondré directa y sencillamente ante el padre Rector.
—Y, ¿de qué se trata? —preguntó Mick.
—Bastante sencillo. Simplemente eso: que el Sr. Byrne, después de haber sido aparentemente contratado para nuestra plantilla de sirvientes, debería hacerse cargo del mantenimiento y del arreglo de la ropa interior de los padres en todos los centros residenciales de Dublín.
—¡Dios mío! —exclamó Mick entrecortadamente.
—Para hacer lo que buenamente pueda, mientras aprende con paciencia un oficio difícil, y encargar las prendas a las chicas de clase desfavorecida que albergan las monjas en Donnybrook y en Merino, ya que Dios y la razón pueden guiarle. Señores...
El padre Cobble sonrió a los visitantes con serenidad.
—Señores, ¿qué dicen ustedes?
Mick se quedó mirando de frente, atónito, y Joyce parecía anormalmente quieto en su silla, como si estuviera muerto. Después se oyó su voz, horrorizado, desde lejos:
—¿El... cómo era eso? ¿Qué yo... zurza... las camisetas... de los jesuitas?
El padre Cobble miró a uno y a otro inquisitivamente, algo desconcertado él mismo ahora. Acababa de afrontar bastante ingeniosamente —pensó— un problema que a ellos les había parecido realmente insoluble. Mick pensaba con furia en esta situación de parálisis cuando de repente se levantó.
—Padre Cobble —dijo con seriedad—, ahora tengo que irme; no hace falta que me acompañe. El Sr. Byrne, en mi ausencia, le explicará en detalle
el tipo de trabajo en el que desea embarcarse. En una palabra, desea comenzar estudios con el fin de ordenarse sacerdote.
El padre Cobble se tambaleó sobre sus pies también.
—¿Cómo? ¿Qué? ¡Que la Santísima Virgen nos desampare!
Joyce se quedó sentado, inmóvil.
—¿Qué diablos quiere decir? —preguntó el padre Cobble.
Mick toqueteó su sombrero y lo colocó sobre su cabeza.
—Exactamente lo que dije, padre. Ahora, adiós, cuídese y cuide al Sr.
Byrne. Adiós, James. Le veo luego.
Resultaba un alivio indescriptible encontrarse de nuevo en la calle, aunque los sentimientos eran confusos y tenía un añejo sentido de culpabilidad. ¿Había puesto en ridículo a Joyce de una manera sarcástica?
Desde luego no deliberadamente, pero podía haber sido algo más prudente si hubiera ignorado la revelación del Dr. Crewett de que Joyce estaba vivo y en Irlanda. La confusión mental de este último, posiblemente más que aliviarse se había agravado. ¿Quién podía estar seguro? De cualquier modo, ahora él estaba en manos adiestradas para ayudar y para socorrer en sus muchas formas: ya no estaba lamentablemente desamparado, en el limbo. Y
aquello que hasta ese momento la mente de Mick había catalogado de
«problema» podía ahora cambiar su rótulo a «resuelto» por no decir solucionado.
¿Qué quedaba? Una visita al Hotel Colza de inmediato para hablar seriamente con Mary y por fin cerrar de un golpe esa puerta en la que se establecía corriente.
De camino al tranvía, iba andando lentamente y su rostro era de preocupación.
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