Cronica De Dalkey
Capítulo I
Dalkey es una ciudad pequeña, situada a unas doce millas al sur de Dublín, en la costa. Es una ciudad peculiar, acurrucada, tranquila, como adormilada. Sus calles, que no lo son tan claramente, son estrechas y en ellas se suceden encuentros que parecen accidentales. Las tiendas, pequeñas, simulan estar cerradas pero están abiertas. Dalkey surge como un humilde asentamiento que debe de ser vecino, y así lo siente el viajero, de algún otro lugar de gran importancia y distinción. Y lo es: es el vestíbulo de una visión celestial.
Contémplala. Ascendiendo por un camino sombrío, gris, más parecido a un callejón, per iter tenebricosum, que es lo que era, observa cómo se abre ante ti, como si de repente, milagrosamente, una cortina hubiera desaparecido. Sí, es la calle Vico Road.
¡Dios mío!
Esa misma calle asciende amablemente, contoneándose, y una vez superado un muro, a la izquierda, junto al sendero, aumenta el encanto: una pradera llena de rocas desciende rápidamente hasta alcanzar, más abajo, unas vías de tren que parecen de juguete, y detrás, inmanente, inmenso, el mar, meciéndose despacio, plácidamente, dentro de la grandiosa extensión de la Bahía de Killiney. Y en lo alto del cielo, que se funde con aquel formando una cenefa no muy nítida, una columna de nubes livianas avanza afanosamente hacia el Este, en silencio.
¿Y a la derecha? Una monstruosa arrogancia: una enorme loma de granito va ascendiendo hasta perderse de vista; su abrigo de aulaga y helechos se mezcla con rígidas hileras de pinos, píceas, abetos y castaños de indias, y más allá, con delicados grupos de estilizados eucaliptos; todo un deslumbramiento de hojas en suave movimiento, una mezcla confusa de luz, color, neblina y aire abundante; una maravilla verde, vertical, espiral, vertiginosa, tornándose incluso vespertina a la sombra de las ramas. Cielos,
¿ha faltado algo del vocabulario del sargento Fottrell?
Pero ¿por qué este nombre? ¿Por qué Vico Road? ¿Debe conmemorarse en este despliegue el modelo de cierto filósofo [1] sobre el destino del hombre en la tierra: tesis, antítesis, síntesis, caos? Por supuesto que no. Y, ¿tiene que compararse con la bahía de Nápoles? Eso ni pensarlo,
puesto que los calores deben de haber llegado ya a Nápoles y sus rigores estarán azotando a los enjutos italianos; allí no se encuentran los suaves cielos irlandeses, esas suaves brisas que casi parecen teñidas.
Más arriba, de frente y a lo lejos, se alcanza a ver un pequeño y remoto obelisco que está coronando algunos escalones donde te puedes sentar a contemplar toda la escena: el mar, al otro lado de la bahía la península de Howth, y en la distancia, a la derecha, la tenue silueta de las colinas Wicklow, entre azules y grises. ¿Se erigió ese monumento para honrar al Creador de tanto esplendor? No. Tal vez en recuerdo de algún buen irlandés que Él creó tiempo atrás: ¿Quizá fuera Johannes Scotus Erigena, [2] o tal vez
Parnell? [3] Desde luego que no: fue en recuerdo de la Reina Victoria.
Mary andaba dando codazos a Michael Shaughnessy. Merodeaba con ademán tentador por su mente; sus profundos ojos marrones, su pelo ligero, su delicadeza y también su serenidad. Resultaba un incordio y, sin embargo, nunca estaba lejos. Frunció el ceño y cerró el puño pero un murmullo recurrente detrás de él anunciaba que Hackett estaba allí.
—¿Qué tal le va a esa santa Mary tuya? —preguntó al llegar a su altura.
No era en absoluto la primera vez que ese apuesto patán había mostrado su habilidad para adivinar sus pensamientos; un don peligroso.
—Ocúpate de tus asuntos —dijo Shaughnessy con resentimiento—. Yo nunca pregunto por esa dama a la que tú llamas Asterisk Agnes.
—Si quieres saberlo, está muy bien, gracias.
Entraron con la ropa en las manos, húmeda todavía.
En el muro que daba al mar había un pequeño hueco por el que se accedía al atajo que, irregular, avanzaba colina abajo hacia las vías. Allí, por un puente peatonal se accedía a una zona de baño llamada White Rock.
En el hueco había un hombre de pie, apoyado en el muro, sujetándose solamente con una mano. Shaughnessy, al pasar a su lado, vio que era un hombre austero, alto, bien afeitado, de pelo rubio y escaso, con un peinado que se extendía hacia los lados de su gran cabeza.
—Este pobre desgraciado está herido —comentó Hackett.
La cara del hombre era agradable y fina, pero tenía el rostro torcido con una ligera mueca. Llevaba sandalias y tenía la zona del dedo gordo del pie derecho cubierta de sangre aún reciente. Se pararon.
—¿Está herido, señor?
El hombre los examinó cortésmente, primero a uno y después al otro.
—Supongo que sí —contestó—. Hay carteles ahí abajo que avisan de los peligros del mar. Pero a menudo hay mucho más peligro en tierra. Me di un golpe en el pie derecho, en los dedos, con un pequeño saliente de granito que había en ese maldito camino; no lo vi.
—A lo mejor podemos socorrerle —dijo Shaughnessy—. Estaríamos encantados de ayudarle abajo en el Hotel Colza de Dalkey. Podríamos mandar a un farmacéutico, o incluso a un médico, para que le vea.
El hombre sonrió ligeramente.
—Eso es muy amable de su parte —contestó— pero yo soy mi propio médico. Sin embargo, quizá pudieran echarme una mano para llegar a casa.
—Claro, por supuesto —dijo Shaughnessy.
—Señor, ¿vive usted lejos? —preguntó Hackett.
—Justo allí arriba —dijo el hombre señalando hacia unos árboles muy altos—. Es una subida agotadora para ir con un corte en el pie.
Shaughnessy desconocía completamente la existencia de una casa en el refugio que había señalado, pero casi enfrente, en la irregular valla que rodeaba la carretera, se podía ver una pequeña verja.
—Mientras esté usted seguro de que allí hay una casa —dijo Hackett con un toque de genialidad— estaremos encantados de prestarle nuestra valiosa ayuda.
—La ventaja que tiene la casa es que casi nadie, salvo el cartero, sabe que está ahí —respondió el otro asintiendo.
Cruzaron la carretera, sujetándole ambos escoltas ligeramente por los codos. Dentro de la verja, un camino estrecho pero bastante llano avanzaba hacia arriba entre troncos y arbustos.
—Incluso podría presentarme —dijo el inválido—. Me llamo De Selby.
Shaughnessy se presentó, añadiendo que todo el mundo le llamaba Mick. Se fijó en que Hackett se hizo llamar simplemente Sr. Hackett; parecía una actitud de educada neutralidad, o quizá eran aires de superioridad.
—Esta parte del país —comentó De Selby— está sorprendentemente llena de hojalateros, bobalicones y bocazas. ¿Señores, saben ustedes bien irlandés?
El non-sequitur sorprendió a Shaughnessy, pero no a Hackett.
—Bastante bien, señor. Es una lengua preciosa.
—Bien; la palabra mór significa grande. Enfrente de mi casa, y ya estamos cerca, hay una pradera de césped sorprendentemente grande a la vista de este terreno. Pensé en combinar las palabras mór y pradera para poner un nombre a la casa. Un híbrido, claro, pero ¿qué importa? Encontré a un estúpido en la ciudad de Dalkey, que se llamaba Teague McGettigan.
Es el cochero local, el manitas y también nuestro hombre del tiempo; no hay absolutamente nada que él no pueda hacer. Así que le pedí que pintara el nombre en la puerta y le dije las palabras. Ahora esperen y verán el resultado.
Ya se podía distinguir la casa: una villa baja, construida en madera y ladrillo. Según se iban acercando, la pradera de De Selby parecía bastante grande, pero lamentablemente se trataba de una extensión inclinada de hierba basta y desaliñada, bordada con malas hierbas deslustradas. Y en la puerta de madera, con letras negras, ahí estaba su nombre: VILLA CORTACÉSPED. [4]
Shaughnessy y Hackett se rieron disimuladamente, mientras De Selby suspiró de una manera exagerada.
—Bien sabe Dios —dijo Hackett entre risitas— que yo siempre creí que Teague era nuestro Leonardo local. Conozco muy bien al pobre desgraciado.
Se dirigieron adentro sigilosamente. Además de ensangrentado, De Selby tenía ahora el pie sucio.
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