Cronica De Dalkey

Flann O'Brien · Capítulo 7 de 20

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Cronica De Dalkey

Capítulo VII

Sorprendentemente, después de todo esto, Mick pudo disfrutar de un descanso bastante corto, solo ocho o nueve días, pero su confusa mente consiguió sosegarse bastante cuando reconsideró los encuentros con De Selby con la tranquilidad de una cabeza más descansada. Se recordaba a sí mismo que no había sucedido nada, fuera lo que fuera, tan solo una charla.

Cierto. Lo que parecía haber ocurrido había sido una ruptura del orden natural con esa aparición de Agustín en la grotesca estancia submarina, pero podrían dar alguna explicación en breve, desde la del malestar psíquico temporal, hasta la del fantasma que podía aparecer en caso de tomar mescalina o morfina. La sospecha de Hackett de que De Selby les había administrado una droga de actuación muy lenta no era ni mucho menos imposible, aunque se lamentaba de que, en lugar de haber pasado esa ridícula sesión bebiendo vino en el local del farmacéutico, se tendrían que haber sentado los dos inmediatamente, haber comparado sus experiencias en detalle y verificado que sus recuerdos del diálogo entre los dos, De Selby y Agustín, eran idénticos. Claro que Hackett era por naturaleza poco de fiar además de impulsivo, mientras que Mick, personalmente, no tenía una formación técnica para evaluar tan extraño acontecimiento en retrospectiva, aunque ahora sabría mejor cómo acoger cualquier acontecimiento que Dios pudiera tener la voluntad de permitir. Mientras tanto, no tenía prisa alguna por volver a Dalkey, aunque su bicicleta seguía allí.

El teléfono sonaba en el despacho que compartía con otros tres en el Castillo de Dublín, y estos le hicieron señas para que descolgara el aparato.

Sería Mary. Entre ellos dos tenían el pacto de que estas llamadas debían ser breves, ya que la falta de privacidad era absoluta. Es difícil decir por qué odiaba que otros escucharan sus respuestas sin sentido.

—Me marcho mañana a Londres con el fin de promover la sagrada causa de mi empresa —dijo Mary.

—¿Cuánto tiempo?

—Una semana aproximadamente.

Lo que le dijo después le asustó un poco. Había tenido una conversación con su madre pero sin mencionar nombres. Simplemente le había dicho que alguien que conocía estaba inquieto y desconcertado y que

se preguntaba qué podía hacer. La madre había sugerido con mucha firmeza que esta persona fuera a ver al padre Cobble en Milltown Park. Él era un hombre tremendamente comprensivo y amable, y siempre dispuesto a aconsejar al peregrino.

—Es uno de los padres jesuitas, claro —añadió Mary—. Pero no hagas nada hasta que yo vuelva. Puedo llamar al padre Cobble esta noche para ver cómo anda. Mientras, mantente lejos de ese hotel en Dalkey. Y Mick, ten cuidado.

Bueno, maldita sea —pensó—. ¿Tenía que ser esto un suceso, una divagación inesperada o quizá un horizonte nuevo? Las referencias despectivas a San Ignacio y a su Orden reaparecieron en su cabeza. ¡Qué ironía, consultando temerosamente a un jesuita sobre De Selby!

Mientras volvía a sus áridos papeles, se reía entre dientes (quizá, una buena señal). El tiempo lo diría.

Pero cuatro días más tarde el teléfono volvió a sonar. ¿Quién podía ser? Resopló con conformidad cuando una voz masculina profunda mencionó su nombre completo.

—¡Oiga! Me llamo Cobble, padre George Cobble. Una buena amiga me ha dado su nombre. Llamaba para decir que estaría encantado de verle cuando quiera.

—Es muy amable de su parte, pero...

—En absoluto, querido amigo. Cuando cualquier sombra, por pequeña que sea, se posa sobre uno, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es mejor compartir esa sombra.

—¡Ah!, ya entiendo.

—Cuando esa pequeña sombra se extiende sobre una superficie mayor, se vuelve menos opaca, y con la gracia de Dios podría llegar a desaparecer por completo.

—Padre, lo tengo todo organizado para irme durante una semana más o menos. Unas breves vacaciones, si usted me entiende.

—Vale. Esas son noticias buenas y reconfortantes. Creo que vive usted en Dalkey.

—No, no. En Booterstown.

—Ah, vale, ya veo. Volverá tal día como mañana en una semana, estoy seguro. Eso será el día uno de septiembre. ¿Se tomaría una taza de té conmigo, digamos, esa tarde a las seis, en el Royal Marine de Dunleary?

—Es muy amable de su parte. Además, verá usted, es que hay otra persona de la que quiero hablarle.

—Excelente. Entonces, nuestra cita queda acordada.

—Muy bien, padre. A las seis en punto, el día uno.

Así es como el padre Cobble entró discretamente en la vida y en los asuntos de Mick, sin este pedírselo. Su historia sobre las breves vacaciones fue, por supuesto, improvisada pero nunca, que conste, debido al pánico.

Por una serie de razones, no quería tener una confrontación improvisada con este padre jesuita; inmediatamente se sintió un poco enfadado porque Mary le había obligado a seguir este camino mostrando poca sensibilidad por su integridad intelectual. Lo primero que tenía que hacer era contárselo a Hackett y ver qué tenía que decir él, asumiendo que cabía la posibilidad de conseguir que se tomara la situación en serio. Lo segundo, tenía muchas ganas de conocer todos los detalles sobre el Padre Cobble por boca de Mary, pero todos. ¿Qué tipo de hombre era? ¿Qué edad tenía? ¿De qué condición eclesiástica? Y exactamente, ¿sobre qué tipo de «problemas»

daba consejo? Tenía la sensación de que este último punto era el más importante. El bienintencionado clérigo, aunque entrometido y estúpido, a menudo resultaba más que un simple incordio. Si lo ponía todo en duda y rezaba, como medio para aislar y analizar el problema de alguna visita (si es que esta última tenía realmente un problema), esto podía degenerar en que él mismo se convirtiera en un problema nuevo y considerable. Y Mick se recordó a sí mismo que aunque él cumplía razonablemente bien con las reglas de la Iglesia, nunca había tenido demasiada comunicación con ningún sacerdote en el ámbito humano. Dentro del confesionario, sus preguntas le habían parecido ingenuas y estúpidas muchas veces, y en alguna ocasión incluso impertinentes. Y ese sentimiento que ellos intentaban transmitir de la mejor manera era simplemente una exasperación adicional. Él era bastante completo, pensó: educado, tolerante, despectivo con los vicios manifiestos o el lenguaje licencioso, pero siempre cuidadoso al mostrar caridad con aquellos que se habían apartado del buen camino por debilidad. Si él tenía una debilidad muy suya, esa era el ansia inconsciente por el alcohol. Esta aburrida sutileza moral, trastornaba el juicio y, ¡Dios!, podía trasladar la mente a ensueños pecaminosos de tipo carnal. Con la ayuda de Dios, pronto pondría el alcohol en su lugar, pero no de una forma precipitada, infantil o perentoria. Se requería un ritmo comedido y sin prisas, adulto.

¿Y su madre? Podía resultar extraño que su pobre madre, con quien vivía solo, estuviera tan poco presente en sus pensamientos. Ella era simple y devota al modo de la Sra. Laverty, pero mucho mayor. De hecho, era una mujer anciana y resultaba impensable hablarle sobre un tipo como De Selby, aunque fuera siquiera de la manera más superficial y suave posible.

La idea en sí misma era casi divertida. Si ella entendiese una palabra, después de haber querido a su padre y aceptado que había muerto por la bebida, llegaría a la conclusión de que él se había tomado un «lingotazo»; ella sabía perfectamente que él no era un extraño en las tabernas. No obstante, es raro y triste vivir tan cerca de alguien tan querido y sin embargo no tener un punto de contacto real más allá de la charla banal y trivial, sin acceso a intercambios intelectuales. ¿No se daba cuenta del estado que estaban alcanzando casi todas sus camisas? ¿Cuántas veces se le tiene que recordar que compre al menos cuatro pares de calcetines? ¡Ah!

Pero ese era un dulce callejón sin salida.

Se marchó a ver una obra de teatro al Gaiety. [37] A mitad de camino se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo. Y al día siguiente por la tarde cogió el tranvía a Dalkey. Hackett no tenía teléfono, ni en casa ni en la oficina, y esta era la única manera de concertar una cita con él o de dejarle un mensaje. La lámpara del Colza parecía más brillante, aunque sin duda alguna la luz de la vela era la misma de siempre. Mientras empujaba la puerta pudo oír los gritos de Hackett que venían del salón del fondo. Tanto la voz como las maneras de Hackett eran exageradas, cuando se topó con él y con el sargento Fottrell en El Establo; no obstante estaban sentados separados. Tras la barra estaba Larry, un vejete gris y pequeño, que nunca tenía mucho que decir, bodeguero solo de nombre pues estaba al cargo de innumerables tareas, desde la limpieza de las letrinas y las chimeneas hasta el riego de los tiestos que había en toda la planta alta de la casa. Hackett hizo un gesto con la cabeza a su amigo Mick.

—Dios te bendiga, y qué tarde tan fabulosa y sublime; demos gracias al Señor y a su Santa Madre —dijo el sargento sonriendo.

—Buenas noches, sargento. Tengo que disculparme por no haber ido todavía a por la bicicleta.

—No hay problema alguno, chico. La encerré en una celda sin oportunidad de libertad condicional y he ordenado al oficial Pluck que la someta al fastidioso engrase de los cubos de las ruedas y de las palancas.

Mick dio las gracias y le pidió una pinta a Larry.

—Estaba contándole al sargento —dijo Hackett en voz alta— algo sobre Judas Iscariote. Pues bien, allí teníamos a un hombre decente al que engañaron y al que convirtieron en un estúpido. El pobre y desafortunado corrupto era como un hombre que iba dando tumbos con la cabeza metida en un saco, y tal vez borracho.

—Respondió por lo que hizo, como lo tendremos que hacer todos nosotros —contestó Mick, que notó cómo Hackett le irritaba.

—Oye, escucha. No me eches ninguna charla de ese tipo. He estado estudiando todo este asunto en la Biblioteca Marsh. Judas fue un tipo intelectual. Sabía lo que estaba haciendo. Además, fue estafado. Se quedó con el peor reparto del lote en todo el tinglado.

—No estamos seguros de qué reparto se quedó al final. Recuerda los esfuerzos de De Selby para averiguarlo.

—Por deducción, O’Iscariote era un hombre de personalidad transitoria —declaró el sargento Fottrell.

—Al menos sabemos lo que hizo. Cogió treinta piezas de plata. ¿Qué tipo de pago es ese?

—No estamos seguros de lo que valdría hoy ese pago.

—Contesta a la pregunta, hombre —continuó Hackett acaloradamente

—. ¿Qué relación podía haber entre ese pago y el valor de lo que vendió?

—Fue un hombre de negocios y él mismo debía de entender mucho de valores.

—Fue estafado con todo descaro por esos sinvergüenzas de los Fariseos.

Mick permaneció en silencio por un momento, bebiéndose su cerveza porter, [38] con la esperanza de que Hackett se calmara. Estaba rompiendo el acuerdo que habían hecho de guardar silencio en presencia del sargento.

Mick pensó llevar la charla en otra dirección.

—Dicen que compró un campo con el dinero —aventuró.

—Ah, vale —interpuso el sargento—, a menudo he pensado, como consecuencia de su extraño e inquietante amor a la tierra, que ese pobre diablo fue, de corazón, un irlandés de campo...

—Seguramente que no —murmuró Mick.

—Sin conmoverse, sentía un ligero anhelo por la buena tierra fecunda, con todos sus depósitos de leche y la madreselva.

—Como ya he dicho —gritó Hackett salvajemente— Pedro fue el peor canalla y un lacayo, perpetró su vil perfidia después de que Judas hubiera

traicionado a su Maestro y no obtuvo nada excepto las gracias por su trabajo del día. ¡Sí Señor! El Caso del Testigo Perdido. La intención de Judas pudo haber sido buena y honorable, como mantuvo De Quincey. La conducta de Pedro fue mezquina y cobarde, y su primera preocupación fue su propia piel. Sí, eso es algo en lo que me voy a esforzar.

—¿Para qué?

—Para rehabilitar la imagen de Judas Iscariote.

—Era la clase de hombre —añadió el sargento— que te encontrarías precisamente en un lugar como Swanlinbar o Cushendun, en un día de mercadillo.

—¿Cómo harás eso?

—Haré campaña para modificar el documento. Todo el vilipendio con el que se le colmó no está basado en nada, excepto en deducciones. Y

espero conseguir que se reescriba parte de la Biblia.

—El Santo Padre tendría algo que decir ahí.

—Al infierno con el Santo Padre. Trabajaré para asegurar que la Biblia contenga el Evangelio según San Judas.

—San Judas, reza por nosotros —recitó el sargento pomposamente, tras lo cual bebió con solemnidad.

Hackett le miró, y después se volvió hacia Mick.

—¿Quién, si no, mejor que Judas podría contar su propia verdad y declarar cuáles fueron sus intenciones, su plan?

—La realidad histórica de los Evangelios existentes —explicó— no se ha cuestionado con seriedad en ninguna parte. También se ha aceptado que Judas no dejó ningún documento. Tú preguntas, ¿quién excepto Judas podría contar su propia verdad? Tal vez. Pero no lo hizo. No dijo nada.

El gesto de Hackett se convirtió en una expresión de desdén profunda.

—Para un hombre sabio e inteligente, tú eres seguramente un ignorante raso. La Biblia de la Iglesia Romana tiene una gran cantidad de escritos llamados apócrifos. Según Pedro, Tomás, Barrabás, Juan, Judas Iscariote y otros muchos, los Evangelios apócrifos han existido. Mi tarea sería recuperar, aclarar y establecer el Evangelio de Judas Iscariote.

—Supón que hallaras un testamento históricamente creíble y que después te encontraras a Judas diciendo algo que no esperabas en absoluto, algo totalmente contrario a tu razonamiento.

—No seas más desgraciado de lo que puedas evitar.

Mick vertió en su garganta lo que quedaba de su pinta y volvió a colocar el vaso sobre la barra categóricamente.

—Estoy decidido —anunció— a invitarles a un vaso de whiskey a ustedes dos, señores, y para mí pediré otra pinta. Larry, por favor, haga lo necesario en pro de la paz.

—¿No es eso lo más oportuno y apetecible? —señaló el sargento con genialidad. Hackett frunció el ceño pero parecía calmado, al pensar quizá que su charla había sido demasiado enérgica y no debía continuarla. Mick tenía la esperanza de poder pasar a su verdadera misión.

—Quiero decirte algo —dijo, mientras Larry se espabilaba con su tarea

—. Hablé de De Selby a alguien que ha dado por accidente un paso ligeramente embarazoso sin yo saberlo.

Hackett le miró con tristeza.

—Creo que sé quién es ese alguien —masculló—. ¿Qué ha hecho ella?

—Bueno, fue su madre. Lo arregló todo para que me visitara un jesuita.

—¿Un qué? ¿Un jesuita?

—Sí. Pero aparentemente este padre Cobble de Milltown no sabe nada de nada excepto que alguien está en un lío. Y personalmente, yo no sé nada del padre Cobble y todavía no he sido capaz de descubrir nada. La cita la he arreglado, de manera provisional, para dentro de una semana en el Royal Marine.

—Bueno, Dios mío, ¿por qué hay que empezar a liarlo todo con estos estúpidos entrometidos y metomentodos?

—No fue idea mía, te lo dije. Pero ¿qué te parece si quedo con él, le hago una breve descripción, un bosquejo superficial sobre De Selby y después le invito a subir a Vico conmigo para visitarle?

Hackett hizo una mueca, rió sin ninguna alegría y saboreó su nueva bebida.

—Ten claro desde el principio —dijo— que yo no voy a estar presente.

Eso sería demasiado. De Selby podría arrancarse y montar una cena de altos vuelos para dar la bienvenida a este sacerdote, teniendo como invitados principales a Juan Bautista, Jerónimo, la Pequeña Flor, [39] Santo Tomás de Kempis, Matt Talbot, [40] los cuatro Santos Patricios y Santa Juana de Arco.

—Pero ¿en qué piensas? ¡Formalidad!

—Si tu idea es simplificar la aparición de Agustín, creo que vas por el camino correcto para complicarlo. Podrían remitir el asunto a Roma y

luego, ¿dónde estaríamos? Podrían excomulgarnos.

Esta era aproximadamente la actitud que Mick esperaba. Pero ya había tomado la decisión. De todos modos Hackett no habría sido una incorporación a la pequeña cita del té.

—No estoy de acuerdo —contestó— porque los jesuitas son hombres inteligentes y cualificados, entre otras muchas cosas que pueden ser. Pero sería incluso preferible complicarse la vida a mantener un misterio permanente sin base sobre la que sostenerse. No negarás que nosotros dos estamos más que perplejos por el baño mañanero que nos dimos el domingo. Esos hombres seguro que tienen experiencia en asuntos del diablo, si es que es de esto de lo que estamos hablando. No podemos simplemente dejar estar un asunto como este y olvidarnos de todo.

—Yo puedo.

—Sí. Tú tienes una mente y un valor bastante superiores a los que tengo yo. Ambos escuchamos cómo De Selby amenazó con la destrucción de toda la humanidad, y los dos fuimos testigos de que posee un instrumento único de destrucción. Sentarnos y no hacer nada sería, en fin...

inhumano.

—No fuimos testigos de la existencia de ningún tipo de arma de destrucción. Desde luego, tiene un artilugio digno de admiración, o un producto químico, o una droga. Pero él no destruyó nada.

—Destruyó la atmósfera y aniquiló el tiempo, según lo entendemos nosotros, tal y como dijo exactamente que lo haría.

—Estás magnificando algo que son meras impresiones y te estás dando muchos aires de grandeza. Ya sabes lo que le pasó al Redentor de la humanidad. ¿Quieres ser tú otro?

—Estoy decidido a hacer algo, y la sugerencia del padre Cobble es tan buena como la de cualquiera, aunque no sea mía.

—Como quieras.

—¡Que las arenas de Lawrence de Arabia —gritó el sargento Fottrell

— aparezcan a mi espalda como en una emboscada y repongan los vasos del grupo con moderación!

—Gracias sargento —dijo Hackett con indiferencia.

—Y más aún —continuó Mick—, después de este trago me voy a ver a De Selby y le preguntaré si recibirá al padre reverendo.

Y lo hizo solo.

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