Cronica De Dalkey
Capítulo II
—Nuestro mutilado amigo parece un tío amable —comentó Hackett desde su sillón.
De Selby se había disculpado para ocuparse, según sus propias palabras, de «la cura de mi apéndice inferior» y los visitantes andaban echando un ojo por el salón con curiosidad. Era rectangular, amplio, con los techos bajos. Las paredes tenían unos paneles barnizados de medio metro de altura aproximadamente, que combinaban con un papel de color verde apagado. No había cuadros. A los lados de la chimenea, como si fueran unas jambas, había dos estanterías de caoba repletas y, al fondo de la habitación, que estaba vacío, un armario. Había muchas sillas, una mesa pequeña en el centro y, en la pared más alejada, otra mesa de gran tamaño, con varios instrumentos y utensilios científicos, incluso un microscopio. Por encima de todo flotaba lo que parecía una potente lámpara y a la izquierda había un piano de pared marca Liehr, con partituras en el atril. Se trataba claramente de un apartamento de soltero, pero limpio y ordenado. ¿Sería, quizá, un músico, un hombre de medicina, un iluminado divino, un geodésico, un erudito?
—Sea como sea, está cómodo aquí —dijo Mick Shaugnessy—, y muy bien escondido.
—Es el tipo de hombre —respondió Hackett— que podría estar tramando cualquier faena en esta especie de cuartel general. Podría ser un personaje peligroso.
De Selby reapareció pronto, sonriendo, y se colocó de pie en el centro, dando la espalda a la vacía chimenea.
—Se trata de una lesión vascular superficial —comentó con tono agradable— que ya está limpia y desinfectada, en la que me he echado una pomada y que he tapado con este vendaje que ven, que además es impermeable.
—¿Quiere decir que pretende seguir nadando? —preguntó Hackett.
—Pues claro.
—¡Bravo! Qué valiente.
—En absoluto, es parte de mi oficio. Por cierto, ¿resultaría grosero si les pregunto a qué se dedican ustedes, señores?
—Yo soy un humilde funcionario —contestó Mick—. Aborrezco el trabajo, su ambiente mezquino y a los piojosos de mis compañeros.
—Yo estoy aún peor —dijo Hackett con fingido pesar—. Trabajo con mi padre, que es joyero, y a la par un hombre muy cuidadoso con las llaves.
No tengo ni una sola oportunidad de concederme un aumento de sueldo.
Supongo que se me podría llamar también joyero, o quizá subjoyero, o imitación de joyero.
—Un trabajo interesante; entiendo algo sobre ello. ¿Corta piedras?
—Algunas veces.
—Sí. Bueno, yo soy teólogo y científico, ciencias que abarcan muchas otras como la escatología y la astrognosia. La paz que hay en este lado del mundo hace que sea posible alcanzar el pensamiento verdadero. Pienso que mis investigaciones están casi llegando a su fin. Pero permítanme entretenerles un momento.
Se sentó en el piano y después de unas notas lentas, estalló lo que Mick, con su ingenio interior, apodaría como disentería cromática precipitada, que fue «fantástica» en el mal sentido de ser defectuosa y, al menos a su oído, incoherente. Un acorde destructor terminó con el desorden.
—Bien —dijo poniéndose de pie—, ¿qué piensan de esto?
Hackett parecía saber mucho.
—Creo que identifiqué a Liszt en uno de sus momentos menos comedidos —dijo.
—No —contestó De Selby—. La base era el canon al comienzo de la bien conocida sonata para violín y piano de Cesar Franck. El resto, ha sido todo improvisación mía.
—Es usted un músico espléndido —se atrevió a decir Mick con malicia.
—Solo se trata de un entretenimiento, pero un piano puede ser un instrumento muy valioso. Esperen a que les muestre algo.
Volvió al instrumento, levantó la parte de la tapa que tenía bisagras y sacó una botella de un líquido amarillento, que colocó sobre la mesa. A continuación, abrió una puerta de la parte inferior de una estantería y sacó tres bonitas copas y una garrafa de algo que parecía agua.
—Este es el mejor whiskey de Irlanda, fabricado de manera impecable y madurado a la perfección. Sé que no rechazarán un trago.
—Nada me haría más feliz —dijo Hackett—. Me he dado cuenta de que la botella no está etiquetada.
—Gracias —dijo Mick, aceptando una copa generosa de De Selby. A él no le gustaba mucho el whiskey, ni cualquier otra cosa que pudiera embriagar, precisamente por eso. Pero los modales eran lo primero. Hackett siguió su ejemplo.
—El agua está ahí —señaló De Selby con un gesto—. Nunca le robes la mujer a otro ni tampoco le eches agua a su whiskey. ¿Que está sin etiquetar? Claro. Lo fabriqué yo mismo.
Hackett había tomado un sorbo para probar.
—Supongo que sabrá que el whiskey no madura en la botella. Aunque debo decir que este está bueno.
Mick y De Selby tomaron un buen trago a la vez.
—Querido amigo —contestó De Selby— conozco todo sobre los barriles de jerez, la temperatura, las bodegas subterráneas y toda esa parafernalia. Pero este tipo de consideraciones no viene a cuento ahora. Este whiskey lo hice la semana pasada.
Hackett se echó hacia delante asustado.
—¿Cómo? —gritó—. ¿Que tiene una semana? Entonces no puede ser whiskey en absoluto. Dios mío, ¿está usted intentando que nos falle el corazón, que se nos disuelvan los riñones?
El aspecto de De Selby era burlón.
—Usted puede ver, Sr. Hackett, que yo mismo estoy bebiendo esta excelente poción. Y yo no dije que tenía una semana. Yo dije que lo fabriqué la semana pasada.
—Vale. El sábado. No hace falta que discutamos por un día o dos.
—Sr. De Selby —interpuso Mick afablemente— veo con suficiente claridad que está usted puntualizando lo que ha dicho y que hay algún matiz terminológico en sus palabras. No puedo seguirle del todo.
De Selby, en este momento, dio un trago que se podría describir como intenso y de repente toda su apacible cara se tornó en una expresión de solemnidad apocalíptica.
—Señores —dijo con una voz hueca— he dominado el tiempo. Al tiempo se le ha calificado de suceso, de repositorio, de continuum, de componente universal. Puedo detener el tiempo, cambiar el sentido de su curso aparente.
A Mick le pareció gracioso que, al mirar hacia atrás, Hackett estuviera observando su reloj en ese momento, quizá de manera involuntaria.
—El tiempo todavía está pasando conmigo —dijo con voz ronca.
—El paso del tiempo —continuó De Selby— se calcula con referencia a los movimientos de los cuerpos celestes. Y estos, como determinantes de la naturaleza del tiempo, son engañosos. Hombres aparentemente cuerdos como Newton, Spinoza, Bergson, incluso Descartes, han estudiado el tiempo y se han pronunciado sobre él. Los postulados sobre la tontería de la Relatividad de Einstein son engañosos, por no decir falsos. Intentó decir que el tiempo y el espacio no tienen existencia real por separado sino que deben ser percibidos únicamente en armonía. Actividades tales como la astronomía y la geodesia simplemente han aturdido al hombre,
¿comprenden?
Puesto que era a Mick a quien miraba, este negó con la cabeza pero se lo pensó bien y le dio otro buen trago al whiskey. Hackett estaba frunciendo el ceño. De Selby se sentó junto a la mesa.
—La consideración del tiempo —dijo— desde criterios intelectuales, filosóficos o incluso matemáticos es una necedad y una preocupación para los vagos. Ante peleas tan impropias, algún petimetre clerical seguramente provocará una especie de catalepsia cerebral planteando términos tales como infinidad y eternidad.
A Mick le pareció correcto decir algo, aunque fuera descabellado.
—Si el tiempo es algo ilusorio como parece que usted sugiere, Sr. De Selby, ¿cómo es que cuando nace un niño, con el tiempo crece hasta convertirse en un chaval, luego en un hombre, después en un viejo y por último en un lisiado agotado y desvalido?
Una ligera sonrisa de De Selby indicó una vuelta al humor conciliador.
—Ahí, al formular esa idea, comete usted otro error. Usted confunde el tiempo con la evolución orgánica. Coja a ese chico que ha crecido hasta convertirse en un hombre de veintiún años. Él vivirá setenta años en total. Y
tiene un caballo que va a vivir veinte. Va a dar una vuelta en su caballo.
¿Subsisten estas dos criaturas simultáneamente en unas condiciones temporales diferentes? ¿Es la velocidad del tiempo para el caballo tres veces y media la del hombre?
Hackett ahora estaba atento.
—Venga aquí —dijo—. Ese tipo glotón, el lucio, tiene la reputación de alcanzar hasta los doscientos años. ¿Cómo es nuestra proporción del tiempo
si un joven de quince lo captura y lo mata?
—Resuélvalo usted mismo —contestó De Selby con simpatía—. Las divergencias, las incompatibilidades, las diferencias irreconciliables están por todas partes. ¡Pobre Descartes! Intentó reducir todas las condiciones del mundo natural a un código de mecánica, cinético pero no dinámico. Todo el movimiento de objetos es circular; negó que el vacío fuera posible y afirmó que el peso existía con independencia de la gravedad. ¿ Cogito, ergo sum?
Podía igualmente haber escrito inepsias scripsi, ergo sum,[5] y demostrar la misma cuestión, tal y como pensaba.
—El trabajo de ese hombre —interrumpió Mick— puede haber estado equivocado en algunas conclusiones, pero estaba guiado por su creencia absoluta en Dios Todopoderoso.
—Cierto, desde luego. Yo personalmente no descarto la existencia de un poder supremo, supra mundum, pero a veces dudo si será benigno. ¿En dónde nos encontramos con esta confusión de metodología cartesiana y creación de mitos bíblicos? Eva, la serpiente y la manzana, ¡Dios mío!
—Denos otro trago, haga el favor —dijo Hackett—. El whiskey no es incompatible con la teología, especialmente el whiskey mágico que, siendo añejo, tiene a la vez una semana.
—Por supuesto —dijo De Selby, levantándose y sirviendo las tres copas abundantemente, tras lo cual volvió a sentarse suspirando.
—Señores, deberían leer todos los trabajos de Descartes, pero primero tendrían que aprender latín a fondo. Es un ejemplo excelente de fe ciega que corrompe al intelecto. Conoció a Galileo, por supuesto, y aprobó el respaldo de este último a la teoría de Copérnico, que decía que la tierra gira alrededor del sol y, en efecto, estuvo muy liado con un tratado en el que afirmaba esto. Pero cuando escuchó que la Inquisición había condenado a Galileo por hereje, abandonó a toda prisa su manuscrito. En nuestra jerigonza moderna, era un gallina. Y su muerte fue totalmente ridícula. Para asegurarse un mendrugo de pan consintió en visitar a la reina Cristina de Suecia tres veces por semana, a las cinco de la mañana, para darle clases de filosofía. ¡A las cinco de la mañana y con ese clima! Eso fue lo que le mató, claro. ¿Saben cuántos años tenía?
Hackett acababa de encenderse un cigarro sin ofrecer a nadie.
—Percibo que Descartes tuvo una mente un tanto incoherente —
comentó con flema— no tanto por su profusión de ideas equivocadas, sino más bien por la locura de un hombre de ochenta y dos años que estuvo
levantándose a una hora tan intempestiva y además tan cerca del Polo Norte.
—Tenía cincuenta y cuatro años —dijo De Selby sin alterarse.
—Bueno, vale, ¡demonios!, —espetó Mick— pero fue un hombre notable, aunque sus creencias científicas resultaran alocadas.
—Conozco un término francés que podría describirle —dijo Hackett
—. Idiot-Savant. [6]
De Selby se lió un cigarrillo y lo encendió. ¿Cómo había deducido que Mick no fumaba?
—En el peor de los casos —dijo en un tono que se podría calificar de misterioso— Descartes era un solipsista. Otra de sus debilidades era su gusto por los jesuitas. Se mofaron expresamente de él por referirse al espacio como un plenum. Será una coincidencia, por supuesto, pero he hecho un descubrimiento análogo, aunque, eso sí, exento de duda: el tiempo es un plenum.
—¿Qué significa eso? —preguntó Hackett.
—Plenum se podría describir como un fenómeno o una existencia llena de sí misma pero inerte. Obviamente el espacio no satisface esta condición.
Pero el tiempo es un espacio lleno, inamovible, inmutable, ineluctable, irrevocable, una condición de éxtasis absoluto. El tiempo no pasa. El cambio y el movimiento pueden tener lugar en el tiempo.
Mick reflexionó sobre esto. Comentar algo parecía inútil. No creía que hubiesen demasiadas esperanzas a las que aferrarse; nada que poner en duda.
—Sr. De Selby, —osó decir por fin— podría parecer impertinente que alguien como yo criticase o incluso opinase sobre algo que para mí son proposiciones puramente abstractas. Me temo que yo albergo la teoría y la pragmática tradicionales del concepto tiempo. Por ejemplo, si usted me deja beber suficiente whiskey de este, y con suficiente quiero decir mucho, estoy seguro de sufrir un inconfundible castigo efímero. Por la mañana, tendré destrozados el estómago, el hígado y el sistema nervioso.
—Por no decir nada de esas arcadas secas —añadió Hackett.
De Selby se rió cortésmente.
—Eso supondría un cambio para el que el tiempo, por su naturaleza, sería bastante irrelevante.
—Posiblemente —contestó Hackett— pero esa observación académica no mitigará de manera alguna la realidad del dolor.
—¿Un poco? —dijo De Selby, levantándose de nuevo con la botella y sirviendo otra vez las tres copas generosamente—. Deben perdonarme un momento.
No es necesario decir que Hackett y Mick, en cuanto abandonó la habitación, se miraron asombrados.
—Esta malta parece magnífica —observó Hackett— pero ¿habrá echado dentro una droga o algo así?
—¿Por qué habría de hacer algo parecido? Él mismo está bebiendo bastante.
—Quizá se ha marchado para tomarse una dosis de algún antídoto. O
un vomitivo.
Mick negó con la cabeza espontáneamente.
—Es un tipo raro —dijo— pero no creo que esté chiflado o sea un peligro público.
—¿Estás seguro de que no es peligroso?
—Sí. Llámale excéntrico.
Hackett se levantó y echó un trago rápido de la botella, que Mick a su vez rechazó con un gesto. Encendió otro cigarro.
—Bueno —dijo—, supongo que no deberíamos abusar de su hospitalidad. Quizá deberíamos irnos. ¿Tú qué dices?
Mick asintió con la cabeza. La experiencia había sido curiosa, nada de lo que arrepentirse; y posiblemente esto podría llevar a que conociese otras cosas o incluso a otras personas interesantes. Pensaba en lo corriente que era toda la gente que conocía.
Cuando De Selby volvió llevaba una bandeja con platos, cuchillos, un plato de mantequilla y una vistosa cesta llena de algo que parecía pan tostado.
—Siéntense a la mesa, muchachos, y acerquen sus sillas —dijo—.
Esto es simplemente lo que la Iglesia considera una colación. Estas deliciosas porciones de pastel las he hecho yo, como el whiskey, pero no deben pensar que soy como los antiguos emperadores romanos que vivían cada día con miedo a ser envenenados. Estoy solo aquí y tengo un largo y doloroso peregrinaje hasta las tiendas.
Dando las gracias, a modo de susurro, los visitantes comenzaron con la modesta pero agradable cena. El mismo De Selby picó poco; parecía preocupado.
—Llámenme teólogo o físico, como quieran —dijo por fin con bastante resolución—, pero estoy hablando en serio y siendo sincero. Mis descubrimientos referentes a la naturaleza del tiempo fueron, en realidad, totalmente accidentales. El objetivo de mi investigación era completamente diferente. Mi propósito no estaba relacionado en absoluto con la esencia del tiempo.
—¿De verdad? —dijo Hackett bastante toscamente y masticando con ordinariez—. Y, ¿cuál era su objetivo principal?
—Destruir el mundo entero.
Le miraron los dos. Hackett hizo un ruidito, pero el rostro de De Selby se mantuvo constreñido, inalterable, adusto.
—Bueno, bueno —tartamudeó Mick.
—Merece ser destruido. Su historia, su prehistoria, incluso su presente, es un documento nauseabundo de pestilencia, hambruna, guerra, devastación y miseria, tan terrible y variopinto que su profundidad y horror es algo que desconocen los hombres. La podredumbre es universalmente endémica, la enfermedad es lo predominante. La raza humana, por último, es libertina y está acabada.
—Sr. De Selby —dijo Hackett sin mostrar preocupación— ¿resultaría maleducado si le preguntara cómo acabaría con el mundo? No fue usted quien lo creó.
—Incluso usted, Sr. Hackett, habrá destruido cosas que no ha creado.
No me preocupa lo más minino quién creó el mundo o cuál era su sublime propósito, loable u horrible. La creación es detestable y abominable, y la extinción total no podría ser peor.
Mick se dio cuenta de que la actitud de Hackett estaba suscitando cierta agresividad, cuando lo que necesitaban era alguna aclaración. Incluso la más mínima explicación de De Selby arrojaría alguna luz sobre la cuestión esencial: ¿era un científico de verdad o simplemente un demente?
—Señor, no puedo imaginar —se atrevió a decir Mick modestamente
— cómo se podría destruir este mundo, salvo que organice una colisión cósmica con algún otro gran cuerpo celeste. ¿Cómo podría un hombre interferir en los movimientos de las estrellas? Señor, para mí se trata de un rompecabezas sin solución.
La tensa expresión de De Selby se relajó un poco.
—Ya que nuestro ágape se ha terminado, tómense otro trago —dijo, empujando la botella—. Cuando hablé de destruir el mundo entero, no me
estaba refiriendo al planeta físicamente sino a toda forma y manifestación de vida que hay en él. Una vez haya llevado a cabo mi tarea —y presiento que será pronto— no quedará nada vivo en el globo, ni siquiera una brizna de hierba o una pulga. Yo también dejaré de existir, por supuesto.
—Y ¿qué pasa con nosotros? —preguntó Hackett.
—Ustedes deben participar del destino de toda la humanidad, que es la exterminación.
—Las hipótesis son irreales, Sr. De Selby —murmuró Mick—, pero
¿podría este plan suyo licuar todo el hielo de los Polos y de otros lugares, inundándolo así todo, igual que pasó con el Diluvio Universal?
—No. La historia del Diluvio es estúpida. Se nos ha dicho que fue causada por una inundación que duró cuarenta días y cuarenta noches. Toda esa agua tuvo que estar en la tierra antes de comenzar a llover, puesto que no puede caer más cantidad de lo que previamente se ha evaporado. El sentido común me dice que estas son tonterías infantiles.
—Eso es simplemente una objeción racional poco convincente —
interrumpió Hackett, queriendo demostrar que estaba atento.
—Señor, entonces —preguntó Mick con una lastimosa humildad—,
¿cuál es el secreto, el secreto supremo y crucial?
De Selby hizo una especie de mueca.
—Sería imposible que yo —explicaba— les permitiera a ustedes, señores, que no tienen enseñanzas científicas, echar siquiera un vistazo a mis estudios y a mis logros en la química neumática.[7] Mi trabajo se ha llevado la mejor parte de una vida y, aunque ha habido gente del extranjero que me ha ofrecido su ayuda y cooperación generosamente, ellos no pudieron llegar a dominar mi postulado fundamental, a saber, la destrucción de la atmósfera.
—¿Quiere decir, suprimir el aire? —preguntó Hackett sin comprender.
—Solo su ingrediente biogénico y fundamental —contestó De Selby
—, que es el oxígeno, por supuesto.
—Entonces —interpuso Mick—, si usted extrae o destruye todo el oxígeno de la atmósfera, ¿dejará de existir toda la vida?
—Tal vez, dicho de una manera rudimentaria —admitió De Selby nuevamente cordial—, pero ustedes deben coger la idea. Pueden surgir, quizá, ciertas complicaciones pero no es necesario que nos preocupemos ahora.
Hackett se había servido tranquilamente otra copa y aparentaba mucho interés.
—Creo que lo entiendo —entonó—. El oxígeno sale automáticamente y nosotros tenemos que quedarnos con lo que queda, que resulta ser un veneno. ¿Pero no es eso un asesinato?
De Selby no prestó atención.
—La atmósfera de la tierra, lo que respiramos en la práctica, a diferencia de la atmósfera enrarecida de las grandes alturas, está compuesta aproximadamente por un 78 por ciento de nitrógeno, un 21 por ciento de oxígeno, pequeñísimas cantidades de argón y dióxido de carbono y cantidades microscópicas de otros gases como el helio y el ozono. Nuestra preocupación se centra en el nitrógeno, cuyo peso atómico es 14.008 y cuyo número atómico es el 7.
—¿El nitrógeno huele a algo? —preguntó Hackett.
—No. Después de intensísimos estudios y experimentos, he creado un compuesto químico que elimina totalmente el oxígeno de cualquier atmósfera. Una cantidad diminuta de esta sólida sustancia, suficientemente pequeña como para que resulte invisible a simple vista, convertiría el interior del mayor vestíbulo de la tierra en un mundo muerto, siempre y cuando, por supuesto, dicho vestíbulo estuviera bien sellado. Déjenme que les muestre.
Se arrodilló sin hacer ruido ante uno de los armarios inferiores, abrió la puerta y sacó una pequeña caja de caudales de aspecto convencional. La abrió con una llave, mostrando un recipiente circular de un metal mate y un tamaño que podría contener unos dieciocho litros de líquido. En su superficie tenía grabadas las letras PMD.
—Señor mío —gritó Hackett—, ¡ la PMD! ¡La buena y antigua PMD!
Mi abuelo fue miembro de este cuerpo.
De Selby volvió la cabeza, sonriendo de una manera un tanto fría.
—Sí, la PMD, la Policía Metropolitana de Dublín. Mi propio padre fue miembro. Claro que ya hace tiempo que desaparecieron.
—Bueno, y ¿con qué propósito ha escrito eso en un tarro de sustancias químicas?
De Selby había cerrado la caja de caudales así como la puerta del armario y había vuelto a sentarse.
—Simplemente un capricho mío, nada más —contestó—. Las letras no son en modo alguno una fórmula o un nemotécnico. Pero ese recipiente
contiene la sustancia más valiosa de la tierra.
—Sr. De Selby —dijo Mick bastante asustado por estos extravagantes procedimientos—, doy por descontado que su caja es de las buenas, o ¿no es una imprudencia dejar esa sustancia peligrosa aquí para que se la robe algún ladrón?
—Por ejemplo, ¿yo? —interpuso Hackett.
—No, señores, no hay peligro alguno. Nadie sabría cuál es la sustancia, sus propiedades o cómo activarla.
—Pero ¿no lo sabemos nosotros? —insistió Hackett.
—Ustedes no saben prácticamente nada —contestó De Selby tranquilamente—, pero pienso ilustrarles más aún.
—Le aseguro —Mick se lo pensó bien hasta decirlo— que cualquier información que nos confíe será tratada con la más absoluta discreción.
—¡Oh!, no se preocupe por eso —dijo De Selby educadamente—, no les aportaré información sino experiencia. Uno de los descubrimientos que he hecho de forma casual es que una atmósfera desoxigenada anula la naturaleza del tiempo, aparentemente múltiple, enfrentándonos al verdadero tiempo y simultáneamente a todas las cosas y criaturas que el tiempo ha contenido desde siempre, o que podrá contener siempre que las invoquemos. ¿Me siguen? Seamos sensatos. La situación es crucial y seguramente no tenga nada de este mundo, tal y como lo conocemos.
Miró a cada uno de sus nuevos amigos con aire serio.
—Tengo la sensación —anunció— de que ustedes tienen derecho a una explicación personal sobre mi persona. No sería correcto que me consideraran un cristófobo.
—Ni a mí tampoco —saltó Hackett descaradamente.
—Acepté como un mito los primeros libros de la Biblia, pero este perdurable mito, de hecho, se las ingenió para convertirse en la guía de la humanidad. También acepté como un hecho la historia del formidable encuentro entre Dios y el rebelde Lucifer. Estuve indeciso durante muchos años en cuanto a las consecuencias de ese encuentro. Poco tenía para corroborar la revelación de que Dios había vencido y desterrado a Lucifer al infierno para siempre. Porque si, y repito, si la conclusión hubiese ido en el otro sentido y Dios hubiera sido derrotado, ¿quién, sino Lucifer, haría circular a ciencia cierta la historia opuesta?
—Pero ¿por qué debería hacerlo? —preguntó Mick incrédulo.
—Sería lo mejor para atrapar y condenar a la humanidad —contestó De Selby.
—Bueno, vale —comentó Hackett—, ese secreto no va a ser fácil de guardar.
—Sin embargo —continuó De Selby perplejo— estaba bastante equivocado con la especulación. Desde entonces, he descubierto que las cosas son como se presentan en la Biblia, al menos en cuanto a que el cielo está intacto.
Hackett soltó un leve silbido, quizá en tono de burla.
—¿Cómo puede estar seguro? —preguntó—. Usted no ha estado ni por un momento fuera de este mundo, ¿verdad, Sr. De Selby?
—No exactamente. Pero he tenido una larga charla con San Juan Bautista. Un hombre de lo más comprensivo, ¿sabe? Juraría que era un jesuita.
—¡Santo Cielo! —gritó Mick, mientras Hackett dejaba su copa a toda prisa en la mesa con un golpe seco.
—¡Oh!, sí, de lo más comprensivo. Unos modales perfectos, por supuesto, y una percepción educada de mis limitaciones personales. Un hombre muy interesante el susodicho Bautista.
—¿En dónde pasó esto? —preguntó Hackett.
—Aquí en Dalkey —explicó De Selby—. Bajo el mar.
Se hizo un leve pero penetrante silencio.
—¿Mientras el tiempo se detuvo? —insistió Hackett.
—Mañana les llevaré a ustedes dos a ese mismo lugar. Eso, si ustedes quieren y suponiendo que sepan nadar y bucear a cierta profundidad.
—Nosotros dos somos unos nadadores excelentes —dijo Hackett con buen humor— pero yo soy, con mucho, el mejor de los dos.
—Estaríamos encantados —interrumpió Mick con una sonrisa forzada
— con la condición de que regresemos sanos y salvos.
—No hay peligro alguno. Abajo, en las oficinas centrales del Club de Natación Vico, hay una caverna extraña escondida en las rocas, al borde del agua. Con la marea baja, entre el agua y esa especie de cámara, hay un acceso escondido. Cuando sube la marea este agujero queda bloqueado y el aire sellado dentro. El agua representa un precinto absoluto.
—Esta podría ser la cámara de los horrores sugirió Hackett.
—Tengo algunas máscaras de diseño propio equipadas con aire comprimido, aire normal, y con una válvula de alimentación automática.
Tanto las máscaras como las botellas son bastante ligeras; son de aluminio.
—Creo que capto la idea —dijo Mick con el ceño fruncido por la concentración—. ¿Nos metemos bajo el agua utilizando estos artilugios para respirar, nos abrimos camino a través de esta apertura rocosa hasta la caverna y allí nos encontramos con San Juan Bautista?
De Selby soltó una leve carcajada.
—No necesariamente y no exactamente. Alcanzamos la caverna vacía, como dice usted, y entonces yo suelto una ínfima cantidad de PMD. En ese momento nosotros permanecemos en nitrógeno eterno, pero no obstante podemos seguir respirando gracias a las botellas que llevamos en la espalda.
—¿Cambia nuestro peso físico? —preguntó Hackett.
—Sí, algo.
—¿Y qué pasa entonces?
—Eso lo veremos en la piscina de rocas, mañana por la mañana, a las ocho en punto. ¿Se vuelven al Hotel Colza?
—Claro.
—Bueno, den un recado a McGettigan para que pase a recogerme con su condenado coche de caballos a las siete y media. Esas máscaras pesan demasiado como para andar haciendo el tonto con ellas.
De este modo, se concertó la cita. De Selby fue afable, acompañó a los visitantes a la puerta y se despidió.
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