Crónicas. Volumen I
4. «Oh Mercy»
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Danny, ¿tú eres doctor? —le pregunté en cierta ocasión.
—Sí, pero no en medicina. —Sonrió.
Lanois y su cuadrilla tenían sus Harleys antiguas aparcadas en la parte trasera y en el patio del estudio. En su mayoría eran modelos Panhead con la horquilla frontal Hydra-Glide, faros cromados, sillín individual, neumáticos gruesos, pilotos traseros Tombstone. Me obsesioné por hacerme con una de esas motos. Mark Howard, uno de los ingenieros de Dan y gran motero me encontró una —una Police Special del 66, salida de Florida con el cuadro pintado al polvo, radios de acero inoxidable, llantas y ejes en negro metalizado. Todas las piezas eran las originales, y la moto tiraba bien. Empecé a dar paseos en ella durante los recesos o por la mañana, antes de ir al estudio. Solía recorrer la calle Ferret hacia Canal, a veces me dirigía a Nueva Orleans este cruzando sobre aguas del canal intercostero u ocasionalmente la dejaba cerca de Jackson Square, junto a la catedral de Saint Louis. Una vez la llevé a los jardines Wildlife cerca del lago Borgne, con sus bancos y paisaje acuático, donde Andrew Jackson y su ejército zarrapastroso de piratas, indios choctaws, negros libres, abogados y mercaderes milicianos derrotaron a lo más granado del ejército británico, devolviéndolos para siempre al mar. Se cree que los británicos contaban con diez mil hombres y Jackson con cuatro mil, pero él los venció igualmente, o así lo cuentan los libros. Jackson llegó a decir que arrasaría Nueva Orleans antes de entregarla al enemigo. Jackson, savia americana, señor de sangrientas gestas. Alto, huesudo, con ojos azules y una mata de pelo cano, cascarrabias, un pueblerino que se enfrentó al Banco de Estados Unidos. Al menos no arrojó bombas sobre civiles y niños inocentes en nombre de la gloria patria. No iba a ir al infierno por eso.
Una vez me fui con la moto a la Spanish Plaza y la aparqué al pie de la calle Canal. Cerca de allí había un patín amarrado en el río que vibraba con el ritmo pachanguero, casi frenético, de una banda de cajún que iba a bordo. Bajo la magnolia que crecía más al sur empecé a sentir una canción llamada Shooting Star, que todavía no había escrito. La oía vagamente en mi cabeza. Era de esa clase de canciones que escuchas cuando tienes el cerebro completamente despierto, atento a lo que te rodea, aunque el resto de tu cuerpo esté durmiendo. Temía olvidarla. Antes de abandonar la ciudad, quería escribirla y grabarla. Pensé que tal vez se ajustaba a lo que Lanois andaba buscando.
Everything Is Broken le pareció totalmente desechable a Lanois. Yo no compartía su opinión, pero sólo había una manera de averiguarlo, un solo modo de grabarla, un único estilo marcado por el trémolo. La grabamos en vivo con todo el grupo presente en la sala; Tony Hall tocaba el bajo, Willie Creen, la batería, y Brian y yo, la guitarra. Yo seguía tocando la Telecaster. Cuando grabas una canción así con varios músicos, rara vez se da la coincidencia de que los cinco o seis experimenten el mismo tipo de euforia a la vez. Dan también tocó y contribuyó tanto como cualquier otro. Para mí la canción funcionaba tal como debía; no habría cambiado nada sustancial. Danny no tuvo que condimentarla mucho; ya estaba lo bastante condimentada cuando llegó a sus manos. Por lo general, a los críticos no les gustaba que yo compusiese canciones de este tipo, porque no parecían autobiográficas. Quizá no lo pareciera, pero lo que yo escribo siempre tiene una raíz autobiográfica.
Aunque Lanois mostró poco entusiasmo por el tema, también sabía que no era una mierda. Sé lo que andaba buscando. Quería temas que me definieran como persona, pero lo que yo hago en estudio no me define como persona. Hay demasiada letra pequeña entre miles de páginas para que suceda algo así. De todos modos, él me estaba ayudando como cantante. Un cantante puede quedarse desvalido sin los micrófonos y los amplificadores adecuados, y Lanois hacía todo lo posible por encontrar el mejor equipo. Por la noche, solía marcharse algo abatido del estudio. «Danny —le decía yo a veces—, ¿seguimos siendo amigos?»
Un día, cuando ya llevaba aproximadamente un mes en Nueva Orleans, me levanté temprano y saqué a mi esposa de la cama. Faltaban dos horas para que saliera el sol. «¿Y ahora qué pasa?», preguntó ella. No pasaba nada. En pocos minutos, se quitó la holgada bata y empezó a preparar café. Al alba ya estábamos sobre la Harley, habíamos cruzado el Misisipi hacia Bridge City y avanzábamos por la carretera 90 hacia Thibodaux. No tenía un propósito concreto, sólo se trataba de un sitio adonde ir. En Raceland tomamos la 303. Me sentía algo abrumado, necesitaba salir de la ciudad. Algo no iba bien, como cuando pierdes de vista el mundo y necesitas encontrarlo. Si quería mantenerme despierto durante las sesiones que faltaban, tendría que abrir una ventana y aferrarme a algo como a un clavo ardiendo, sin vacilar ni por un momento.
Atravesando Thibodaux, llegamos cerca de Bayou Lafourche. Hacía un día bochornoso, con lloviznas ocasionales. Empezaron a abrirse claros, y en el horizonte se vislumbraban relámpagos de calor. La ciudad tiene cantidad de calles con nombres de árboles: roble, magnolia, sauce, sicomoro. La calle 1 Oeste discurre a lo largo del pantano. Caminamos por un paseo entablado que se adentraba en el agua y desde el que se abarcaban las tétricas marismas, y, a lo lejos, pequeñas islas de hierba y pontones. Nos rodeaba el silencio. Si uno se fijaba bien podía divisar una serpiente en la rama de un árbol.
Dejé la moto cerca de un destartalado depósito de agua. Nos apeamos y anduvimos por allí, por senderos empequeñecidos por viejos cipreses, algunos de hasta setecientos años de antigüedad. Ya nos sentíamos fuera de la ciudad, en los caminos de grava rodeados por exuberantes plantaciones de caña de azúcar, laberintos de musgo y pantanales. Había cieno por doquier. De nuevo en la moto atravesamos la calle Pecan hasta la iglesia de Saint Joseph, construida a imitación de otra que se hallaba en París o Roma. Al parecer, en su interior está el auténtico brazo seccionado de uno de los primeros mártires cristianos. La Universidad Estatal Nichols, el Harvard de los pobres, se encontraba cerca. En la calle Saint Patrick pasamos ante mansiones palaciegas y grandes haciendas, de espaciosos porches y un sinnúmero de ventanas. Hay un tribunal de antes de la guerra junto a construcciones de tablones. Robles antiguos se alzaban al lado de chamizos decrépitos. Sentaba bien haber salido solos.
Era primera hora de la tarde y ya llevábamos bastante tiempo fuera. El viento levantaba polvo, y yo tenía la boca reseca y la nariz congestionada. Hambrientos, nos detuvimos en Chester’s Cypress Inn en la carretera 20, cerca de Morgan City, un local donde servían pollo frito, pescado y ancas de rana. Empezaba a sentirme fatigado. La camarera se acercó a la mesa y preguntó qué queríamos comer. Estudié la carta y luego miré a mi mujer. Lo que siempre me había encantado de ella es que nunca fue una de esas personas que ven en otro la clave de su felicidad. Ni en mí ni en nadie. Ya llevaba su felicidad incorporada. Yo valoraba su criterio y confiaba en ella. «Pide tú», dije. Y sobre la mesa ya teníamos siluro frito, quingombó y un pastel de chocolate al estilo de Misisipi. La cocina estaba en un edificio anexo. Nos llevaron tanto el siluro como la tarta en platos de cartón. Descubrí que no estaba tan hambriento como pensaba. Sólo me comí unos aros de cebolla.
Luego viajamos al sur hacia Houma. Al lado izquierdo de la carretera había vacas pastando y airones y garzas de patas finas de pie en aguas poco profundas. Vimos pelícanos, casas flotantes, gente pescando a la vera del camino; barcas de pescadores de ostras, de percas y unos escalones que descendían hacia unos pequeños muelles que sobresalían del agua. Seguimos adelante y empezamos a cruzar distintos tipos de puentes, unos colgantes, otros levadizos. Sobre la carretera de Stevensonville atravesamos un canal junto a una tiendecita, y la carretera pasó a ser de grava y a serpentear por entre las marismas. Olía mal: a agua estancada, aire húmedo, rancio y podrido. Continuamos avanzando hacia el sur hasta que divisamos torres de perforación petrolera y barcas de suministro. Entonces dimos la vuelta y regresamos a Thibodaux, una población que no estaba aquí ni allí, por lo que me asaltaron pensamientos contradictorios. Empecé a acariciar la idea de subir hasta el territorio del Yukón o algún otro sitio donde pudiéramos abrigarnos bien. Al anochecer encontramos un lugar donde quedarnos a las afueras de Napoleonville. Nos detuvimos ahí y apagué la moto. Había sido un bonito paseo.
Pernoctamos en un albergue que se hallaba detrás de una hacienda con columnata y senderos salpicados de esculturas que cruzaban el jardín, un bungaló de estuco color crema con cierto encanto que se antojaba la miniatura de un templo griego. La habitación tenía una cómoda cama con dosel, una mesa de anticuario y otros muebles más bien cursis, además de una cocinilla con sus utensilios, pero no comimos allí. Me tendí, escuchando los sonidos de los grillos y de los animales salvajes que rondaban fuera, bajo la negrura fantasmal. Me gustaba la noche. Las cosas crecen de noche. Mi imaginación está despierta de noche. Todos mis prejuicios sobre las cosas se desvanecen. A veces, uno busca el paraíso en el sitio equivocado. Podría estar bajo tus pies. O en tu propia cama.
Me levanté al día siguiente con la sensación de que había descubierto por qué no me acababa de sentir bien con las sesiones de grabación. El tema es que yo no estaba tratando de expresarme de una manera novedosa. Mis hábitos permanecían intactos, tal como habían estado durante años. Ya no había muchas posibilidades de cambiar. No necesitaba escalar otra montaña. En todo caso, lo que quería era afianzarme donde estaba. Dudaba que Lanois fuera capaz de entenderlo. Supongo que nunca se lo dejé claro ni se me ocurrió el modo de decírselo.
Había llovido a ratos durante toda la noche y ahora volvía a chispear. Era la última hora de la mañana cuando abandonamos el motel. El viento cortante me azotó la cara, pero hacía un día precioso. El cielo estaba plúmbeo. Nos montamos en la Harley azul y rodeamos el lago Verret, sobre senderos elevados, por entre retorcidos robles gigantes, pacanas, parras y tocones de cipreses por las marismas. Llegamos casi hasta Amelia y dimos media vuelta, nos detuvimos en una gasolinera en la carretera 90 cerca de Raceland. Al otro lado de un solar había una oscura tienducha de carretera, una cabaña decrépita llamada King’s Tut’s Museum que me llamó la atención. Después de llenar el depósito, avanzamos lentamente por el camino de cabras hasta el costado de la cabaña. Tenía el armazón de madera y un porche en voladizo sostenido por vigas carcomidas por el tiempo. Había una camioneta cargada de verduras aparcada enfrente, y un destartalado Oldsmobile Golden Rocket de los cincuenta entre las hierbas altas. Una muchacha de oleosos rizos negros vestida con mallas rosas y una toalla de baño sobre los hombros sacudía una alfombra. El polvo flotaba como una nube roja en el aire. Subimos los escalones y yo entré. Mi mujer se quedó fuera, sentada en el balancín de madera.
El tendero vendía baratijas, periódicos, caramelos, objetos de artesanía, cestos de caña tejidos en la zona con elaborados motivos. Había estatuillas y joyas de fantasía, artículos expuestos en vitrinas, paraguas, zapatillas, cuentas azules de vudú y velas votivas. Había objetos de hierro en el pasillo de la entrada, ramas de roble adornadas con bellotas, unos cuantos adhesivos para coche. Uno decía EL MEJOR ABUELO DEL MUNDO. Otro decía SILENCIO. Y otro SIGUE TRANSPORTANDO. Además, a un lado había un pequeño mostrador donde se servía cangrejo de río. De unos ganchos fijados a la pared colgaban diferentes piezas de cerdo: quijadas, orejas… Te daban ganas de chillar. El dependiente era un viejo llamado Sun Pie, uno de los personajes más peculiares con quien podrías cruzarte. Pequeño y nervudo como una pantera, tenía la tez oscura pero con rasgos eslavos y un sombrero chato de ala corta. Recubría sus huesos el pellejo curtido de la tierra. La muchacha que se hallaba en el balcón era su esposa. Semejaba una colegiala. La luz era demasiado intensa en el interior del lugar y arrancaba destellos a las mesas enceradas. Sun Pie estaba trabajando en una silla de respaldo elevado. Parecía salida de una catedral. Desarmada, sujeta a los lados por tornillos de banco y encolada. El hombre estaba lijando la arista de una pata hexagonal.
—¿Busca un buen sitio para pescar?
—No, sólo pasaba por aquí con la moto.
—Hay sitios peores —comentó Sun Pie, e hizo una pausa—. Yo solía hacer lo mismo. —y señaló con un gesto de la cabeza la moto azul de poli—. Eche una ojeada por aquí si quiere. Hay cosas bonitas. Había varios pósters a la vista, uno de Bruce Lee, otro del presidente Mao. Tras el mostrador, pegada al espejo, vi una foto alargada y enmarcada de la Gran Muralla china. En la otra pared de ladrillo colgaba una bandera estadounidense colosal.
Se oía una radio encendida al otro lado de alguna pared. A pesar de que se recibía una señal bastante sucia, reconocí Do You Want to Know a Secret, de los Beatles. Eran tan fáciles de aceptar, tan de una pieza… Me acordé de los tiempos en que empezaban a hacerse famosos. Ofrecían intimidad y compañía como ningún otro grupo. Iban a construir un imperio con sus canciones. Me parecía que eso había ocurrido hacía una eternidad. Do You Want to Know a Secret: una perfecta balada ñoña de los cincuenta que nadie habría podido hacer como ellos. Y curiosamente no resultaba cursi. La canción terminó de forma apoteósica, y Sun Pie dejó sus herramientas. Detrás de él había una contrapuerta con mosquitero que se abría al pantanal. Sun Pie reparaba barcas en un patio trasero repleto de palancas, cadenas rotas y troncos cubiertos de musgo. Mi esposa entró y Sun Pie dirigió la vista hacia la puerta y luego de nuevo hacia mí.
—¿Reza usted? —me preguntó el hombre.
—Ajá.
—Bien. Eso le será útil cuando nos invadan los chinos. —Lo dijo sin mirarme. Tenía un modo de hablar singular que me hacía sentir como si no estuviera en su casa, como si él acabara de aparecer en la mía—. Ya sabe. Los chinos estaban aquí antes. Eran los indios. Ya sabe, los pieles rojas: comanches, sioux, arapahoe, cheyene. Todos esos pueblos eran chinos. Llegaron aquí cuando Jesús andaba sanando enfermos. Todas las squaws y los jefes venían de la China. Cruzaron Asia, bajaron por Alaska y descubrieron el lugar. Se convirtieron en indios muchos después.
Yo había escuchado alguna vez, no sé dónde, aquella historia de que el estrecho de Bering había sido una masa de tierra en otra época y que cualquiera podía pasar desde Asia o Rusia. De modo que es posible que lo que decía Sun Pie fuera cierto.
—Chinos, ¿eh?
—Eso es. La lástima fue que se escindieron en partidos y tribus y empezaron a llevar plumas y se olvidaron de que eran chinos. Se enzarzaron en guerras intestinas por nada, una tribu contra la otra. Cualquiera podía acabar siendo tu enemigo, incluso tu mejor amigo. Eso explica la caída de los indios. Y es la razón por la que cuando el hombre blanco vino de Europa para conquistarlos, le resultó tan fácil. Estaban maduros como melocotones, a punto de caer del árbol.
Lo que Pie decía despertó mi curiosidad, de modo que me senté en una de sus sillas desvencijadas.
—Van a volver, estos chinos, a millones —prosiguió—. Está escrito y ni siquiera tendrán que usar la fuerza. Simplemente vendrán y retomarán su vida donde la habían dejado.
Sun Pie escogió cuidadosamente un formón y empezó a raspar un listón del respaldo de la silla. Había cabezas de leones en el travesaño de las patas e intrincados motivos en espiral grabados en la madera negra. Sun Pie trabajaba muy concentrado. En la radio sonaba la canción de Dale and Grace I’m Leaving It Up to You. Me parecía haber visto antes una cara como la de Sun Pie pero no lograba recordar dónde. Hablaba de manera inusual, pausada pero con palabras que aturdían como un portazo. Dejó su herramienta y sonrió, y, con voz suave, me contó cosas de su vida. No se mostraba distante ni receloso. Me dijo que había estado una vez en la cárcel por rajar a un hombre, cosa que lo puso en grandes aprietos, aunque el tipo se lo había buscado. Me aconsejó que reuniese todos mis diamantes, esmeraldas y rubíes, y los trocara por jade, porque ésa iba a ser la nueva divisa cuando los chinos llegaran con toda su carne y pescado.
—La gente cree que estoy loco, pero no me importa. Los chinos son gente como es debido, no sueltan palabrotas. El ruiseñor chino cantará sobre esta tierra. Tampoco tienen diez mandamientos, no los necesitan. De aquí a Perú, todos chinos. Usted reza, ¿no? ¿Por qué reza? ¿Reza por el mundo?
Nunca se me habría pasado por la cabeza rezar por el mundo. —Rezo para ser mejor persona —contesté.
Seguía lloviznando, y las gotas martilleaban el tejado de cinc. Nueva Orleans empezaba a reclamar mi presencia, y yo ya notaba la carga de aquel verso inacabado. Miré por la ventana, más allá de los cestos colgantes con helechos y flores blancas e intenté ver qué había al otro lado del emparrado de glicinas. Parte del cielo estaba despejado, pero la luz presentaba un matiz verdoso.
Sonó Sea of Love. Me sentía como si alguien me hubiese dejado tirado en medio de la nada y como si fuera hora de volver. Pensé que si había venido a Nueva Orleans con cierta acritud u hostilidad, estos sentimientos ya deberían haberse extinguido a estas alturas.
—Aquí solía haber pistas de carreras y establos —dijo Sun Pie—. Hace unos cien años pasó un huracán. El nivel del agua llegó a tres metros y medio. Dos mil personas murieron. Cuando se avecina tormenta, le ruegas al Creador: «Si me salvas la vida, haré todo lo que me digas». —Agarró una lata de barniz colocada sobre un viejo periódico extendido sobre el suelo—. Pero aquel al que el Creador desea matar, muere. —Remojó una brocha fina en la lata goteante y empezó a pintar uno de los brazos de la silla. Entonces se detuvo y depositó la brocha sobre la lata. Había salpicones de barniz por todo el periódico, pero todavía se alcanzaban a distinguir algunas palabras, algunas caras—. Eso es un arma —dijo, señalando el periódico—. Sólo lo uso para proteger el suelo. Es un arma en manos de la gente mala. Pobres diablos. No tienen ni idea. —Agarró entonces una lima con mango de madera—. No existe la igualdad en este mundo. Algunos de nosotros somos especiales. Otros no. Aquí abajo algunos son más duros e inteligentes, y otros más débiles y no tan listos. No hay nada que hacer. Nadie elige nacer como nace. Algunos resultan mejores médicos y otros mejores víctimas. Otros son mejores pensadores. Algunos son mejores mecánicos, y otros mejores gobernantes. Nadie de por aquí es mejor carpintero que yo, pero yo no sería buen abogado. No entiendo de leyes. Ni siquiera los de la misma raza somos iguales; algunos están arriba, y otros abajo. —Hizo una pausa y agarró un paño grasiento—. Creo que es posible que todo lo bueno de este mundo se haya hecho ya. —Sun Pie hablaba en un lenguaje que no se prestaba a equívocos—. Bruce Lee venía de buena familia y derrotaba a los criminales codiciosos, a los que tenían garras afiladas, a hombres poderosos sin valentía. No eran rivales para él. Que Dios les ayude: tenían conciencias ruines y depravadas.
Sun Pie era un personaje único, el tipo de individuo que acapararía la atención en un desfile, o quizá que se encontraría en el centro de una turba enfurecida.
Mi esposa, que había estado fuera en el patio leyendo su novela de John le Carré después de pasearse por la tienda, había vuelto adentro y se estaba pintando los ojos ante la ventana. No teníamos que comunicarnos para saber que era hora de marcharse.
—Qué, ¿quieren quedarse a cenar? —preguntó Sun Pie, que sabía que ella había venido conmigo.
Un tren silbó en la distancia y yo volví en mí. Era agradable escuchar ese pitido. Le respondí que no estaba muy seguro de que pudiéramos. Sun Pie llevaba gafas de montura dorada. De vez en cuando, centelleaban al sol, cuyos rayos se reflejaban en los bordes como chispas…, como cometas surcando un cielo oscuro.
—La reina de la música country estuvo aquí tiempo atrás. Compró un cenicero de latón.
—¿A quién se refiere exactamente?
—A la dulce Kitty Wells.
—Ah, claro.
El semblante de Sun Pie se alteró ligeramente. Fijó la mirada en el póster de Mao.
—La guerra no es mala. Hace menguar la población. Hay que dejar que todo salga a la superficie. —En mi mente visualicé sangre salpicada y derramada. No sé adónde quería llegar, pero yo compartía su punto de vista—. ¿Le atormenta su conciencia? No importa; la conciencia de un hombre es inútil, al menos la de un hombre vivo, ya sea inocente o culpable. —Eso de la conciencia se me quedó grabado.
Yo sostenía un bastón y me percaté de que lo apretaba con fuerza. Me encaminé hacia la puerta, contemplé los árboles frondosos que se erguían fuera y luego a mi bonita esposa, que me miraba a mí. Pensé que si Sun Pie fuera un hombre de acción, yo no dudaría en apartarme de su camino.
—Estoy lista —dijo ella.
Iba a comprar uno de los adhesivos —el que decía EL MEJOR ABUELO DEL MUNDO —, pero Sun Pie me lo regaló. Iba a serme útil dentro de pocos años, cuando necesitara al menos una docena de ellos. La actitud de Sun Pie me parecía ejemplar, pues no perdía el tiempo en niñerías vacuas. Era el tipo con el que convenía toparse en el momento adecuado, un tipo que iba a la suya.
—¿Así que ya tiene lo que quería? —preguntó.
—Sí, pero necesito algunos más —dije.
Se rió y me comentó que él también. Cruzamos el porche hacia la Harley azul. El sol calentaba como un hierro candente. Nos subimos a la moto, toqué la bocina que sonaba como una trompa, la puse en marcha y nos dirigimos hacia las vías del tren. Nos paramos una vez más, esta vez en Jesuit Bend, pero antes de anochecer ya estábamos de nuevo en la avenida Saint Charles.
Regresé a Nueva Orleans con la mente despejada. Acabaría lo que había empezado con Lanois, incluso compondría para él un par de canciones que, de otro modo, no habría hecho. Una era Man in the Long Black Coat, y la otra Shooting Star. Sólo había hecho algo parecido una vez, para el productor Arthur Barker. Él me había ayudado a producir mi álbum «Empire Burlesque» unos años antes en Nueva York. Todas las canciones estaban mezcladas y acabadas, pero Barker insistía en que debíamos introducir un tema acústico al final del disco, como broche de oro. Medité sobre ello y llegué a la conclusión de que tenía razón, pero no disponía de algo así. Una noche que estábamos dando los toques finales al álbum, le prometí que intentaría escribir algo, pues sabía que era importante. Pasada la medianoche regresé al hotel Plaza de la calle 59, donde me alojaba, atravesé el vestíbulo y me dirigí arriba. Al salir del ascensor, una chica de alterne venía hacia mí; cabello rubio desvaído y abrigo de piel de zorro con unos zapatos de tacón alto lo bastante finos como para perforarte el corazón. Unos círculos azules le rodeaban la parte inferior de los ojos negros, que había resaltado con delineador del mismo color. Parecía que alguien le hubiera pegado una paliza y que ella tuviera miedo de que le volviera a pasar. En la mano sostenía una copa de vino de tonalidad púrpura carmesí.
«Me muero por una copa», dijo al pasar ante mí en el pasillo. Su hermosura no era de este mundo. Pobre infeliz, condenada a recorrer ese pasillo durante mil años.
Esa misma noche me senté ante una ventana que daba a Central Park y escribí la canción Dark Eyes. La grabé al día siguiente solo con una guitarra acústica, y todo salió perfecto. El disco quedó redondo.
Sin embargo, Nueva York no era Nueva Orleans. No era la ciudad de la astrología. No albergaba misterios que acechaban desde rincones recónditos, misterios originados no se sabe por quién ni cuándo. Nueva York era la ciudad donde podías caer muerto congelado en mitad del bullicio callejero sin que nadie se diese cuenta. Nueva Orleans no era así.
Mi esposa estaba a punto de partir. Tenía que ir a Baltimore para actuar en un musical de gospel. Los dos estábamos en el porche ante el balcón, tomando café, con el retumbo sordo de los truenos como sonido de fondo. Me metió la lengua en la oreja.
—Me hace cosquillas —protesté.
Ella, que tenía la facultad de percibir un ápice de verdad en casi todo, sabía que las sesiones de grabación no habían sido plácidas y que se habían puesto tensas en algunos momentos.
—No te coloques demasiado —me recomendó.
Yo había planeado ir al estudio más tarde, pero cambié de parecer y me quedé dormido para despertar poco después. Llegó la mañana, cerré los ojos de nuevo, y volví a dormirme. Me levanté. Había dormido durante todo el día y ya volvía a ser de noche. Me fui a la cocina para preparar algo de café antes de salir. La radio estaba puesta, como de costumbre. Una mujer cantaba que la vida era monótona y una pesadez. Era Eartha Kitt. «Así es, Eartha —pensé—. Tienes toda la razón. Ya somos amigos. Sigue cantando».
Grabamos What Was It You Wanted? con todo el grupo: Malcolm Burn al bajo, Mason Ruffner a la guitarra, Willie Green a la batería, Cyril Neville a la percusión. Yo tocaba la guitarra y la armónica. Lanois también tocaba la guitarra. No hay letra en los interludios, pero seguramente debería haberla. En su momento, era más importante hacer hincapié en el tema de la letra y mantener el pulso rítmico. He grabado canciones más extrañas que ésta. La disposición de los micrófonos enriquece la textura de la atmósfera, algo somnolienta y recargada, sedante, neblinosa. La canción empieza mezclada y cocida en la olla como un potaje, desde el primer tiempo fuerte, onírica y ambigua. Teníamos que mantenerla estable y evitar que se desmandara. La atmósfera creada por Danny la hace sonar como si procediese de alguna tierra misteriosa y silente. La producción desempeña un papel muy activo con una base rítmica muy compleja y compuesta de muchas capas. No creo que Barry White lo hubiera hecho mejor. En esta canción coincidieron todos nuestros intereses.
Empecé a ver que todos aquellos compresores, procesadores, preamplificadores y efectos de reverberación que estábamos utilizando junto con aparatos antiguos inyectaban cierta poesía al sonido que Lanois tenía en mente. El resultado era bastante parecido al que se obtiene al grabar en vivo. Dan no abusaba del overdub. Aunque no se privaba de emplearlo con algún instrumento, no recurría a ello por sistema. La canción producía una sensación similar a la de mirar las palabras invertidas en un espejo. Era como formar una densa pantalla de humo y situar la acción real a diez kilómetros. En algunas tomas, Disease of Conceit se grabó como un blues lastimero con un compás insistente. El si bemol le da un matiz sombrío. Yo toco el piano pero me limito a llevar el ritmo con acordes. Si Allen Toussaint hubiera tocado esa parte, lo habría hecho mejor que yo, y además yo habría estado libre para ocuparme de la guitarra, pero no fue así. Arthur Rubinstein habría sido el intérprete ideal. Eso habría sido perfecto. También me imaginaba la canción interpretada como una marcha. Podría haberse grabado con una banda de metales. Eso habría sido insuperable. Quizá grabamos cuatro o cinco versiones; en todas ellas fuimos directos al grano, y todas ellas parecían durar un instante eterno. No hizo falta retocar mucho ninguna de esas tomas.
Después escuchamos la canción a través de los grandes altavoces con el bajo a tope. Danny dijo que debíamos dejarla estar, que ya estaba bien.
—¿Tú crees?
—Sí, tiene un no sé qué… —Eso es lo máximo que puedes sacarle a Lanois. Raramente mostraba emoción por nada, a menos que anduviera revolucionado machacando guitarras. Pero eso no sucedía a menudo. La canción nos vino dada y no hubo que cambiar nada. La noche que la grabamos se desató una tormenta. Las hojas azotaban los bananos. Una mano invisible guiaba la canción hacia buen puerto. Era como si Juana de Arco estuviera allí (o Joan Armatrading). Quienquiera que fuese, alguien estaba trabajando duro ahí fuera.
Para distraerme un poco, me fui otra vez al cine, esta vez a ver Homeboy, con Mickey Rourke, que interpretaba a un vaquero tímido y raro llamado Johnny Walker. Todos los actores estaban bastante bien, pero la interpretación de Mickey era excepcional. La calidad de la peli se disparaba cada vez que salía él. Nadie le llegaba a la suela del zapato. Se limitaba a aportar su presencia, sin tener que dar explicaciones. El mero hecho de verlo actuar me inspiró para grabar las dos últimas canciones del disco.
Shooting Star era una de las canciones que había compuesto en Nueva Orleans. Me sentía como si la hubiera heredado más que escrito. Habría estado bien contar con un trompetista o dos para añadir a la canción un zumbido latente que se entremezclara con la música, pero la tuvimos que grabar con lo que había: Brian a la guitarra, Willie a la batería, Tony al bajo y Lanois al omnicordio, un instrumento de plástico que suena como un autoharpa. Yo me encargué de la guitarra y la armónica. La canción me vino completa a la cabeza, deslumbrándome como si hubiera estado marchando sobre el camino del sol y me hubiese encontrado de pronto con ella. Era una iluminación. Había avistado una estrella fugaz desde el patio trasero de casa, o quizá se trataba de un meteorito.
En la gran sala donde la grabamos no había aire acondicionado, de modo que no parábamos de salir a la calle entre tomas. Pero me gustaba así. Me molesta el aire acondicionado. Es difícil grabar en estancias donde sólo queda aire enlatado. En el patio caía una lluvia espesa y caliente, como sopa.
En Shooting Star me habría gustado combinar algo de cuerda con alguien más que se ocupara de los acordes rítmicos, pero no llegamos tan lejos. En esta canción, colocamos los micros en lugares de lo más extraño. Con ello conseguimos un sonido bastante compacto. Tampoco es que tuviéramos un número creciente de opciones para grabarla. Esperaba que una vez terminada, las diferentes partes sonaran al menos cohesionadas, que tres o cuatro instrumentos produjeran el efecto de una orquesta entera. Pero eso resulta difícil cuando se graban en pistas separadas. En una de las últimas tomas, Dan había reforzado el sonido de la caja de la batería y captado la esencia de la canción. Era gélida y llameante, melancólica. Solitaria e íntima. Encerraba en sí cientos de kilómetros de dolor.
Nueva Orleans se estaba caldeando. El grado de humedad no se había disparado aún hasta el doscientos por ciento, pero se notaba que no faltaba mucho para eso. Fui al Lion’s Den Club de la calle Gravier para oír a Irma Thomas, una de mis cantantes favoritas. No había cosechado un solo éxito desde los sesenta, pero su Fever seguía estando en las máquinas de discos de la ciudad. Actuaba a menudo en el Lion’s. Quería verla, quizá pedirle que cantara conmigo en Shooting Star e hiciese algo similar a lo que hace la chica de Mickey y Silvia. Habría sido interesante.
Enfrente del club, un hombre con gorra de visera estaba limpiando un coche con una manguera. Había gente sentada en los porches y se veía a algunas personas de parranda por la calle. «No está aquí esta noche», me informó el tipo de la gorra. En los inicios de su carrera, los Stones habían grabado una versión de Time Is on My Side parecida a la de Irma. Un periodista le preguntó una vez si eso la hacía feliz. Irma respondió que no le importaba, que ella no la había escrito. Únicamente los del negocio musical podían entender esa respuesta.
En el camino de regreso al estudio, decidí que si volvía a verme en la misma situación, me traería a alguien conmigo a Nueva Orleans, alguien a quien me uniera algo más que la profesión. Alguien que me gustara como músico, que tuviera ideas y fuera capaz de llevarlas a la práctica, que hubiera recorrido la misma senda musical que yo.
Últimamente, había estado pensando en Jim Dickinson y en lo estupendo que habría sido tenerlo allí. Dickinson estaba en Memphis. Habíamos empezado a tocar en la misma época, en 1958 o 1959, escuchábamos las mismas cosas y tocábamos y cantábamos bastante bien. Proveníamos de extremos opuestos del río Misisipi. En aquel entonces, todo el mundo odiaba y abominaba del rock and roll; el folk estaba incluso peor considerado. Dickinson dio la cara por ambos. Sus influencias, al igual que las mías, eran los grupos que tocaban con botellas y otros instrumentos improvisados, y el bebop rockanrolero de los inicios. Había participado en la grabación de Wild Horses con los Stones y había hecho otras cosas, pero ya había grabado mucho antes de eso; de hecho, el último sencillo que sacó la Sun Records de Sam Phillips era una canción suya titulada Cadillac Man. Su férrea determinación rayaba en lo patológico. Teníamos mucho en común, y me habría encantado contar con su colaboración. También tenía hijos que se dedicaban a la música, como alguno de los míos. Pero el hecho es que no pedí a nadie que me acompañase a Nueva Orleans; no me pasó por la cabeza. Ni siquiera traje conmigo al equipo. Supongo que tenía una actitud escéptica de entrada. Quería ver lo que Danny era capaz de hacer por su cuenta. Esperaba que me sorprendiera. Y lo hizo.
Grabamos Man in the Long Black Coat, y la apariencia de las cosas sufrió un cambio peculiar. Tuve un presentimiento sobre ello, y él también. La progresión de los acordes, los acordes dominantes y las modulaciones le confieren de inmediato una cualidad hipnótica que prefigura lo que la letra está por hacer. Las tenebrosas primeras notas producen el efecto de una precipitación frenética. La labor de producción es prácticamente imperceptible, como si los intervalos de la ciudad hubieran desaparecido. El tema surge de la negrura de los abismos: visiones de una mente ida, un sentimiento de irrealidad; el oneroso precio del oro en manos de cualquiera. Nada se sostiene en pie; incluso la corrupción es corrupta. Algo amenazador y terrible subyace en todo ello. La canción se hace cada vez más cercana, se acurruca en el hueco más pequeño. Ni siquiera la ensayamos, empezamos a trabajar en ella a partir de pistas visuales. Se trataba del mundo de Lanois; no podía provenir de ningún otro lado. La letra habla de alguien cuyo cuerpo no le pertenece. Alguien que ama la vida, pero a quien le está vedado vivir, y le desgarra el alma que otros puedan hacerlo. Cualquier otro instrumento que hubiésemos añadido habría dado al traste con el magnetismo. Después de completar varias tomas de la canción, Danny me miró como diciendo «ésta es la buena». Y lo era.
No estaba seguro de haber grabado alguna canción que pasaría a la historia como nos habíamos propuesto hacer, pero pensaba que probablemente nos habíamos acercado con las dos últimas. Man in the Long Black Coat era la reina. En cierto modo, significaba para mí lo que I Walk the Line debió de significar para Johnny Cash. Para mí, esa canción siempre había sido lo máximo, una de las composiciones más misteriosas y revolucionarias de todos los tiempos, una letra que pone el dedo en la llaga; las palabras certeras de un maestro.
Siempre había pensado que Sun Records y el propio Sam Phillips habían creado los discos más importantes, inspirados y potentes que jamás se habían editado. A su lado, el resto deja un regusto dulzón. En Sun Records, los artistas cantaban como si la vida les fuera en ello y sonaban como si hubieran salido del rincón más misterioso del planeta. No hubo justicia para ellos. Eran tan fuertes que te podían arrojar por encima de un muro. Si te alejabas y te volvías hacia ellos, corrías el peligro de convertirte en piedra. Los discos de Johnny Cash no eran ninguna excepción, pero tampoco lo que cabía esperar. Johnny no tenía un grito penetrante, pero diez mil años de cultura se derrumbaban ante él. Podría haber sido un habitante de las cavernas. Canta como si estuviera cerca del fuego o bajo la nieve o en un bosque fantasmagórico; demuestra la frialdad de quien es consciente de su propia fuerza, que utiliza sin vacilar, temerariamente. «Velo atentamente por este corazón mío». Eso es. Debo de haber recitado esos versos en mi fuero interno un millón de veces. La voz de Johnny era tan grande que empequeñecía el mundo, inusualmente grave; oscura y atronadora. Además, lo acompañaba el grupo perfecto que le proporcionaba el ritmo y la cadencia de un mecanismo preciso. En sus palabras latía el imperio de la ley respaldado por el poder de Dios. Cuando escuché por vez primera I Walk the Line, hace ya tantos años atrás, fue como si una voz me preguntara bruscamente: «Chico, ¿qué haces por aquí?». Yo también trataba de mantener los ojos bien abiertos.
No sé cómo habríamos grabado Man in a Long Black Coat sin Lanois. Al igual que Sam Phillips, le gusta presionar psicológicamente a los artistas hasta llevarlos al límite, y eso hizo conmigo, aunque con esta canción no fue necesario.
Nuestra colaboración estaba por tocar a su fin. Danny y yo estábamos sentados en el patio, como el día que nos conocimos. Ráfagas de viento se colaban por la puerta abierta, y otra tormenta se cernía retumbando sobre la tierra. Había un huracán a ciento sesenta kilómetros de allí. La luz se había extinguido. En los árboles, trinaba un pájaro solitario. Lo habíamos hecho como se nos había antojado, y no había más que decir. Una vez que el disco estuviera terminado, yo esperaba que plantase cara a las realidades de la vida. Quería darle las gracias a Lanois, pero a veces se puede mostrar agradecimiento sin abrir la boca, viviéndolo. Había llegado a la ciudad con un batiburrillo de ideas y lo había entregado todo sin escatimar energías bajo la vigilancia de los dioses lares. Se habían producido fricciones en algunos momentos, debido a la disparidad de caracteres, pero nada que resultara agrio ni enconado. Al final, siempre conviene que todas las partes cedan un poco para llegar a un acuerdo, y así ocurrió. En cualquier caso, vi cumplidos mis propósitos con el disco, y él también. No puedo afirmar que es el disco que ambos queríamos.
La dinámica humana siempre desempeña un papel fundamental, y conseguir lo que quieres no es siempre lo más importante en la vida.
Aunque el disco no me iba a introducir de nuevo en el panorama radiofónico, irónicamente tenía dos discos en las listas, uno de ellos entre los diez más vendidos, The Traveling Wilburys. El otro era Dylan & the Dead. El que Danny y yo acabábamos de grabar recibió buenas críticas, pero las críticas no venden discos. Cualquiera que saque un disco consigue al menos una buena crítica, pero entonces aparece una nueva hornada de discos y una nueva serie de críticas. A veces nadie quiere tus discos ni regalados. El negocio de la música es extraño. Lo maldices y lo amas.
Cuando terminamos de grabar parecía que el estudio había estallado en llamas a causa de la intensidad del trabajo que habíamos llevado a cabo allí durante el último par de meses. Lanois había producido un disco evocador, ni titubeante ni inseguro. Me había asegurado que me ayudaría a hacer un disco y no había roto su palabra. El camino daba muchos rodeos, pero habíamos llegado al final. Habíamos conseguido estar en la misma onda, aunque el sonido siempre me pareció más estridente que a él. Sé que intentaba comprenderme, pero eso es algo imposible salvo para alguien a quien le guste resolver puzzles. Y al final creo que desistió. Muchas de las canciones funcionaron espléndidamente, y he interpretado varias de ellas cantidad de veces. Me hubiera gustado darle a Lanois el tipo de canciones que deseaba, como Masters Of War, Hard Rain o Gates Of Eden, pero había compuesto esos temas bajo circunstancias distintas, y éstas jamás se repiten, al menos de forma idéntica. No podía aspirar a sacarme de la manga canciones de ese tipo, ni por él ni por nadie. Para ello, me habría hecho falta tener poder y dominio sobre los espíritus. Lo había hecho una vez, y eso bastaba. Ya aparecería alguien con esa misma facultad, alguien que pudiera penetrar en el corazón de las cosas, no sólo en sentido figurado, y desentrañar su verdad. Alguien que pudiera fundir el metal con la mirada, descubrir su esencia y revelarla con palabras duras y cruda acuidad.
Danny me preguntó a quién había estado escuchando últimamente y le contesté que a Ice-T. Se sorprendió, pero no tenía porqué. Años antes, Kurtis Blow, un rapero de Brooklyn cuyo tema The Breaks había pegado fuerte, me había pedido que tocara en uno de sus discos. Gracias a eso me familiaricé con aquel mundillo: Ice-T, Public Enemy, N.W.A., Run-D.M.C. Definitivamente, esa gente no se andaba con tonterías. Habían irrumpido en escena aporreando tambores y despeñando caballos. Eran poetas y eran conscientes de lo que ocurría alrededor de ellos. Era inevitable que apareciera tarde o temprano alguien diferente, alguien que conociese aquel mundo, que hubiese nacido y se hubiese criado en él, alguien destinado a encarnarlo y a convertirse en una figura destacada de la comunidad. Alguien capaz de mantener el equilibrio con una pierna en la cuerda floja sobre el universo y que resultara claramente reconocible cuando llegara. Sólo habría uno así. El público se entregaría incondicionalmente a él, y con razón. El tipo de música que hacíamos Danny y yo era arcaico. No se lo dije, pero es lo que pensaba. Ice-T y Public Enemy estaban poniendo los cimientos, allanando el terreno para la aparición de un nuevo intérprete, que no sería precisamente del estilo de Elvis Presley. No iba a menear las caderas, con la mirada fija en las chavalas. Pronunciaría palabras duras después de una jornada de dieciocho horas. Sun Pie me había mentado a Elvis, lo había llamado amazona y enemigo de la democracia. Por entonces, me había parecido una majadería, pero al mismo tiempo no estaba muy seguro.
Al componer una canción, uno expresa una visión del mundo, aunque a veces hay pocas probabilidades de que esa visión sea acertada. Y otras veces uno dice cosas que nada tienen que ver con la verdad de lo que se quiere expresar, o dice cosas que todos saben que son verdad. Por otro lado, al mismo tiempo uno piensa que la única verdad sobre la tierra es que no hay ninguna. Todo lo que uno dice, lo dice a voleo. Nunca hay tiempo para reflexionar. Uno echa un remiendo, plancha, hace las maletas y se larga a toda prisa.
Lanois también iba a trasladarse, a otro estudio portátil. El hombre era un concepto andante. Exudaba música. La comía. La vivía. Mucho de lo que hacía era puro genio. Manejó el disco dando muchos tumbos y sacudidas, pero lo sacó adelante. Se mantuvo en lo alto del campanario, oteando tejados y callejones. Mi visión limitada no me permitía abarcar el entorno. Había muchos discos edulcorados en el mercado, cientos de melodías sensibleras, odas al derrotismo, y ninguno de nosotros quería sumarse a sus filas. En un principio, eso es prácticamente todo lo que teníamos en común. No obstante, hay algo mágico acerca de este disco. Tal vez alguien pueda pensar que era cosa de la casa o de la sala grande, pero en la casa no había magia alguna. Lo que aportamos Lanois, Willie Creen, Daryl, Brian Stoltz y yo es lo que le confirió ese carácter. Has de jugar con las cartas que la vida te da. Tienes que pugnar para que las cosas encajen. La voz que se oye en el disco no iba a ser jamás la voz de un hombre martirizado y presa de un pesar constante. Creo que al principio a Danny le costó comprenderlo y que, una vez que renunció a esa idea, las cosas empezaron a salir bien. Nada se planeó así. Aunque yo era incapaz de tomarme en serio muchos de sus accesos emocionales, en cierto modo éramos almas gemelas. Cuando hubiese transcurrido otro millón de días, miles de millones de días, ¿qué significado tendría todo aquello? ¿Hay algo que tenga significado? Yo trato de aprovechar mi material de la manera más eficaz. Compongo mis canciones para glorificar al hombre y no a su derrota, pero todas ellas juntas ni siquiera se acercan a mi visión total de la vida. En ocasiones las cosas que más te gustan y que han significado más para ti son las que no significaron nada cuando las viste o supiste de ellas. Algunas de estas canciones encajan en esa categoría. Supongo que con ellas expreso cosas sencillas, con la máxima naturalidad posible.
Al grabar ese disco, tuve que tomar decisiones precipitadas que quizá no tenían nada que ver con la situación real. Pero no importa. Habría estado bien variar los ritmos. Hay infinidad de posibilidades. Ocho tiempos por compás, o seis o cuatro. Puedes hacer cuatro compases en ritmo de cuatro por cuatro y acentuar el primer y el tercer tiempos, y mitigar el segundo. Y puedes seguir así ad infinitum, cambiando el tempo y el ritmo. Habría estado bien que alguien prestara atención a ese aspecto, a las combinaciones rítmicas de la canción sin atender a la canción en conjunto, dejar que se las apañase sola. Dicho esto, sentía plena admiración por lo que Lanois había hecho. En buena medida, parte de ese material es único y permanente. Danny y yo nos reencontraríamos al cabo de diez años y volveríamos a trabajar juntos de forma frenética. Haríamos un disco y retomaríamos nuestra colaboración allí donde la habíamos dejado.