Crónicas. Volumen I
5. Rio de Hielo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Ése era el efecto que las canciones de Woody estaban obrando en mí; ejercían su influjo en cada uno de mis pasos, en lo que comía y en cómo vestía, en el interés que sentía o dejaba de sentir por conocer a alguien. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, la rebelión juvenil empezaba a hacer ruido, pero aquel panorama no me atraía, al menos no de manera irresistible. No tenía un perfil definido. La actitud del rebelde sin causa no me parecía práctica; para mí, incluso una causa perdida valía más que ninguna. Para los beatniks el demonio eran las convenciones burguesas, la hipocresía social y el hombre del traje de franela gris.
Las canciones folk se oponían directamente a la esencia de todo aquello, y las de Woody estaban en contra incluso de eso. En comparación con ellas, las demás resultaban unidimensionales. Las melodías de folk y de blues ya me habían imbuido de un concepto propio de cultura, y las canciones de Guthrie habían catapultado mi corazón y mi cabeza hasta otro rincón cosmológico de aquella cultura. El resto de las culturas del mundo estaba bien, pero por lo que a mí respectaba, aquella en la que había nacido valía por todas, y las canciones de Woody lo trascendían todo.
El sol me iluminaba el camino. Me sentía como si hubiera traspasado el umbral y no hubiera nada a la vista. Cantar las canciones de Woody me permitía mantenerme a una distancia prudencial de cuanto me rodeaba. No obstante, esta fantasía no duró mucho. Convencido de que lucía el uniforme más elegante y las botas más relucientes, de pronto noté una sacudida y algo me paró en seco. Era como si me hubieran arrancado un trozo. John Pankake, un purista entusiasta del folk y profesor ocasional de literatura, amén de cinéfilo consumado, que había estado siguiendo mis actuaciones, se encargó de comunicarme que mi artimaña no le había pasado inadvertida. «¿Qué te crees que estás haciendo? No haces más que cantar canciones de Guthrie», me acusó, hincándome el dedo en el pecho como si estuviera hablando con un idiota. Pankake destilaba autoridad, por lo que costaba tomarse a broma lo que decía. Era de dominio público que contaba con una amplia discoteca de auténticos álbumes folk y que podía hablar durante horas sobre ella. Formaba parte de la policía folk; era su comisario jefe, y los nuevos talentos no le impresionaban. Para él nadie estaba dotado de verdadera maestría, nadie que osara probar suerte con el material tradicional tenía las menores garantías de éxito. Sin duda Pankake estaba en lo cierto, pero él mismo no tocaba ni cantaba. No se exponía al juicio de otros.
También hacía sus pinitos como crítico cinematográfico. Mientras otros individuos de corte intelectual se dedicaban a discutir las diferencias poéticas entre T. S. Eliot y E. E. cummings, Pankake elaboraba argumentos para explicar por qué John Wayne era mejor vaquero en Río Bravo que en Arenas de muerte. Se explayaba en sus teorías sobre directores como Howard Hawks y John Ford, que a diferencia de otros sabían captar la esencia de Wayne. Quizá Pankake tenía razón, quizá no. Tampoco importaba mucho. Por lo que se refiere a Wayne, lo conocí a mediados de los sesenta. El Duque era la gran estrella cinematográfica masculina del momento y se hallaba rodando una película sobre Pearl Harbor, Primera victoria, en Hawai. Una amiga mía de Minneapolis, Bonnie Beecher, se había hecho actriz y había conseguido un papel secundario. Mi grupo, The Hawks, y yo habíamos hecho escala ahí de camino a Australia y ella me invitó al escenario del rodaje, un barco de guerra. Me presentó al Duque, que iba completamente uniformado de militar y estaba rodeado de gente. Lo vi rodar una escena, y luego Bonnie me llevó hasta él.
—Dicen que eres cantante folk —comentó, y asentí con la cabeza—. Canta algo.
Saqué la guitarra y canté Buffalo Skinners. Él sonrió, se volvió hacia Burgess Meredith, que estaba sentado en una silla de lona y me miró de nuevo a mí.
—Me gusta —dijo—. Con que «dejé los huesos del arriero secándose al sol», ¿eh?
—Sí.
Me preguntó si me sabía Blood on the Saddle. La conocía, o como mínimo una parte, pero me sabía mejor High Noon. Acaricié la idea de cantarla y quizá, si hubiera estado ante Gary Cooper, lo habría hecho. Pero Wayne no era Gary Coopero No sé si le habría gustado. El Duque era una figura imponente. Parecía un tronco macizo, y daba la impresión de que nadie podía plantarle cara. Al menos en las películas. Pensé en preguntarle por qué algunas de sus películas de vaqueros eran mejores que otras, pero habría sido una locura. O quizá no…, quién sabe. En cualquier caso, cuando me encontraba en Minneapolis, frente a frente con Jon Pankake, no soñaba siquiera con que un día me vería en un acorazado, en algún lugar del Pacífico, cantando para el gran vaquero John Wayne…
—Le pones ganas, pero nunca serás Woody Guthrie —sentenció Pankake clavando en mí una mirada altiva, como si algo hubiera violentado su instinto. Con Pankake no me divertía. Me ponía nervioso. Echaba fuego por la nariz—. Más vale que pienses en otra cosa. Lo que haces no tiene ningún sentido. Jack Elliott pasó por la etapa en la que estás y la superó. ¿Lo conoces? No. Jamás había oído hablar de él. Era la primera vez.
—No sé quién es. ¿Qué tal suena?
John dijo que me pondría sus discos y que me iba a llevar una sorpresa.
Pankake vivía en un apartamento situado encima de la librería McCosh, especializada en libros viejos y eclécticos, textos de la antigüedad, panfletos político-filosóficos del siglo XIX en adelante. El establecimiento, frecuentado por los intelectuales y los beatniks del barrio, ocupaba la planta baja de una vieja casa victoriana a unas pocas manzanas de donde estábamos. Me encaminé hacia allí con Pankake y, efectivamente, tenía un montón de discos increíbles que yo nunca había visto ni sabría dónde conseguir. Era sorprendente que semejante colección obrase en poder de alguien que no cantaba ni tocaba. El primero que seleccionó y me puso era Jack Takes the Floor, del sello londinense Topic; un disco importado, una verdadera rareza. Probablemente no había más que diez copias en todo el país, o quizá Pankake tenía la única existente. No lo sé. Lo más seguro es que si Pankake no me lo hubiera puesto jamás lo habría escuchado. El disco empezó a girar, y la voz de Jack atronó la habitación. Visto y no visto, San Francisco Bay Blues, Ol’ Riley y Bed Bug Blues sonaron una detrás de otra. «Joder —pienso—, este tío es brutal. Suena como un Woody Guthrie más escueto y perverso. Y las canciones no son de Guthrie». Me sentí arrojado a un infierno repentino.
Jack era un maestro de los trucos musicales. La carátula del disco era misteriosa, pero no siniestra. En ella aparecía un personaje de grácil desenvoltura y aire desenfadado, un apuesto trotamundos vestido de vaquero. Canta en un tono de voz agudo, centrado y penetrante, arrastrando las palabras con tal seguridad que te pone enfermo. Además, toca la guitarra sin esfuerzo, manejando la púa con destreza y fluidez. Su voz brinca perezosamente por toda la sala hasta cobrar una sonoridad explosiva en el momento deseado. Se nota que domina al dedillo el estilo de Woody Guthrie y que ha ido más allá. Por añadidura, ameniza con gracia el espectáculo, algo que la mayoría de los músicos folk no suelen molestarse en hacer. Casi todos esperan que el público acuda a ellos. Jack te agarra de las solapas. Elliott, nacido diez años antes que yo, había viajado con Guthrie, había aprendido sus canciones y su forma de interpretadas de primera mano y las había asimilado completamente.
Pankake tenía razón. Elliott me llevaba mucha ventaja. Había otros discos de él. En uno de ellos colaboraba con Derroll Adams, un colega de Portland que tocaba el banjo como Bascom Lamar Lunsford y cantaba con un ingenioso estilo seco y lacónico que le venía como anillo al dedo a Jack. Juntos sonaban como caballos al galope. Interpretaban More Pretty Girls Than One, Worried Man Blues y Death of John Henry. Pero Jack lo superaba en solitario. En la cubierta de Jack Takes the Floor, casi se le ven los ojos. Están diciendo algo, pero no alcanzo a dilucidar qué. Pankake me lo dejó escuchar repetidas veces. Suponía una inspiración para mí, pero también un lastre. Pankake había declarado antes algo así como que Jack era el rey de los cantantes folk, al menos de los urbanos. Al escucharlo, no dudé de que andaba en lo cierto. No sé si Pankake estaba tratando de iluminarme o de desanimarme. No importaba. Efectivamente, Elliott había ido más allá de Guthrie y yo todavía no había llegado. Yo no tenía nada comparable al aplomo que había escuchado en aquel disco.
Abandoné la casa con el rabo entre las piernas y deambulé por las frías calles. Sentía que no tenía adonde ir, como un zombi que vaga por las catacumbas. Habría sido imposible impedir que el tipo que acababa de escuchar influyese en mí. Pero tenía que ahuyentarlo de mi cabeza, olvidarlo, persuadirme de que no lo había oído, de que no existía. De todos modos, estaba en Europa, en un exilio voluntario. Estados Unidos no estaba listo para él. Mejor. Ojalá se quedara allí. Yo continuaría a la caza de canciones de Woody.
Unas semanas después, Pankake me vio tocar de nuevo y no tardó en señalar que yo a él no lo engañaba, que había estado imitando a Guthrie y ahora imitaba a Elliott, y que cómo se me ocurría equipararme con él. Pankake me sugirió que volviese a tocar rock and roll; sabía que a eso me dedicaba antes. No sé cómo se había enterado, quizá también era un espía, pero en cualquier caso yo no estaba tratando de engañar a nadie. Me limitaba a hacer lo que podía con lo que tenía en el sitio donde estaba. Pero a Pankake no le faltaba razón. No puedes tomar cuatro clases de baile y creerte Fred Astaire.
Jon era uno de los clásicos esnobs del folk tradicional. Despreciaban cualquier cosa que oliera a música comercial y no dudaban en decírtelo. Los esnobs del folk tradicional consideraban carroñeros sacrílegos a grupos como The Brothers Four, Chad Mitchell Trio, Journeymen y Highwaymen. Bueno, a mí tampoco me producían cosquillas de placer, pero no los veía como una amenaza, así que me daba igual. Buena parte del mundillo del folk ponía por los suelos el folk comercial. Para el gran público, la música folk consistía en canciones como Waltzing Matilda, Little Brown Bag y The Banana Boat Song. Todo eso me gustaba años atrás, y no sentía necesidad de cargármelo. En honor a la verdad, debo decir que del otro bando también había esnobs; esnobs del folk comercial. Estos miraban por encima del hombro a los cantantes tradicionales, como si estuviesen fuera de onda y envueltos en telarañas. Bob Gibson, un cantante de folk comercial relamido que venía de Chicago, gozaba de una popularidad considerable y vendía bastantes discos. Si se dejaba caer para verte tocar se ponía en primera fila. Después del primer o segundo tema, si tu estilo le parecía poco comercial, demasiado crudo o áspero, se levantaba sin el menor disimulo, armaba cierto revuelo y te dejaba con un palmo de narices. No había término medio: por lo visto todos eran esnobs de una u otra tendencia. Yo me esforzaba por guardar cierta distancia.
Me daban igual las opiniones de la gente, ya fueran buenas o malas; no me comía la cabeza con aquello. Por otro lado, no tenía un público concreto en mente. Lo que me interesaba era seguir recto hacia delante, y eso hice. El camino por recorrer siempre está plagado de seres sombríos con los que hay que lidiar de un modo u otro. Ahora acababa de sumárseles otro más. Ahora yo sabía que Jack existía y había interiorizado lo que Pankake había dicho de él. Era verdad. Jack era el rey de los cantantes folk.
En cuanto a la reina, ésa era Joan Baez. Joan nació el mismo año que yo, y nuestros caminos acabarían cruzándose, pero habría sido ridículo pensar en ello por entonces. El sello Vanguard había sacado un disco suyo llamado Joan Baez, y la había visto en la tele. Había aparecido en un programa de música folk que emitía la CBS desde Nueva York para todo el país. Por allí también pasaron Cisco Houston, Josh White y Lightnin' Hopkins. Joan interpretó algunas baladas por su cuenta y luego se sentó con Lightnin’ y cantaron algo a dúo. Yo no podía dejar de mirarla. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Ella tenía un aspecto espectacular, con su lustrosa cabellera negra que caía hasta la curva de unas caderas estrechas, y sus pestañas lánguidas, ligeramente curvadas hacia arriba. Era lo más alejado posible de una muñequita de trapo. Me quedé embobado frente a la pantalla. Además, estaba su voz. Una voz que ahuyentaba los malos espíritus. Parecía de otro planeta.
Sus discos se vendían muy bien, y era comprensible. Hasta ese momento, las cantantes folk más emblemáticas eran Peggy Seeger, Jean Ritchie y Barbara Dane, intérpretes que no acababan de encajar en el mundo actual. Joan no se les parecía en nada. Faltaban algunos años para que Judy Collins o Joni Mitchell aparecieran en escena. Me gustaban las viejas cantantes como Aunt Molly Jackson y Jeanie Robinson, pero no poseían aquella cualidad incisiva de Joan. También había escuchado a algunas de las antiguas cantantes de blues como Memphis Minnie y Ma Rainey y, en cierto modo, Joan se asemejaba más a ellas. No adolecían de aquel aire aniñado, y Joan tampoco. Tan escocesa como mexicana, ella se me figuraba un icono religioso, alguien por quien te ofrecerías en sacrificio, y cantaba con una voz dirigida directamente a Dios… Además, era una instrumentista consumada.
El disco de Vanguard no era ninguna chorrada. Casi asustaba: un repertorio impecable de marcado corte tradicional. Parecía muy madura, seductora, intensa, mágica. Todo lo que hacía funcionaba. El hecho de que tuviera la misma edad que yo casi me hacía sentir inútil. Por ilógico que parezca, algo me dijo que era mi alma gemela, que era la cantante con la que mi voz podía armonizar perfectamente. Sin embargo, en esa época mediaba un abismo entre nosotros. Yo seguía atascado en el patio de atrás. Pero tenía la extraña corazonada de que tarde o temprano nos conoceríamos. No sabía mucho de ella. No sospechaba que siempre había sido un ave solitaria, un poco como yo, aunque había dado muchas vueltas y vivido en todas partes, desde Bagdad hasta San José. Tenía mucho más mundo que yo. Aun así, pensar que era quizá más como yo que yo mismo habría parecido algo excesivo.
Nada en sus discos inducía a pensar que estuviese interesada en cambios sociales o cosas así. La consideraba muy afortunada por haber elegido el estilo justo de música folk hacía tiempo y haberse empapado de él; se había convertido en una intérprete experta, por encima de toda crítica o intento de catalogación. No había nadie más como ella en su promoción. Era remota e inalcanzable, como Cleopatra en un palacio italiano. Cuando cantaba, te quedabas boquiabierto. Al igual que John Jacob Niles, era extremamente rara. Pensaba que me sentiría intimidado ante su presencia, como si fuese a clavarme los colmillos en el cuello. No quería conocerla, pero sabía que estaba escrito. Iba en la misma dirección que ella, aunque muy por detrás, todavía. Yo estaba convencido de que el fuego que ardía en su interior era igual que el mío. Para empezar, yo podía interpretar las mismas canciones que ella: Mary Hamilton, Silver Dagger, John Riley, Henry Martín. Podía tocarlas de forma que todas las piezas encajaran, como ella, pero de manera distinta. No todo el mundo puede cantar esas canciones de modo convincente. El cantante tiene que conseguir que el público se crea lo que está oyendo, y Joan sabía hacerlo. Creía que la madre de Joan mataría a alguien a quien amaba. Lo creía. Estaba convencido de que se había criado en el seno de una familia de ese tipo. Tienes que creer. La música folk, ante todo, debe convertir a sus oyentes en seres crédulos. También me creía a Dave Guard de The Kingston Trio. Me creía que mataría o había matado ya a la pobre Laura Foster. También creía que mataría alguien más. No pensaba que estuviera fanfarroneando.
En la ciudad había otros cantantes, pero no muchos. Estaba Dave Ray, un chico del instituto que interpretaba temas de Leadbelly y Bo Diddley con su guitarra de doce cuerdas, quizá la única que había en todo el Medio Oeste; estaba Tony Glover, un armonicista que a veces tocaba conmigo y con Koerner. Cantaba algunas canciones, pero básicamente tocaba la armónica, ahuecando las manos a la manera de Sonny Terry o Little Walter. Yo también la tocaba, pero con soporte…, quizá el único soporte de armónica que había en el Medio Oeste en aquellos tiempos. Los soportes eran imposibles de encontrar. Durante un tiempo utilicé una percha invertida, pero no funcionaba del todo bien. El soporte auténtico lo encontré en una tienda de música de la avenida Hennipen, en una caja sin abrir desde 1948. En cuanto al modo de tocar, tendía a lo sencillo.
No podía tocar como Glover o alguien así, ni lo intentaba. Me limitaba a imitar en la medida de lo posible a Woody Guthrie y ya está. El estilo de Glover era conocido, y en la ciudad todo el mundo hablaba de él, pero nadie decía una palabra del mío. Jamás oí un comentario sobre mi manera de tocar sino hasta unos años más tarde, en la habitación de un hotel del bajo Broadway, donde se hospedaba John Lee Hooker. Sonny Boy Williamson, que también estaba allí, me oyó tocar y dijo: «Chaval, vas muy deprisa».
Al final, llegó la hora de marcharme de Minneapolis. Al igual que Hibbing, las Ciudades Gemelas empezaban a venirme pequeñas y ya no me quedaba mucho por hacer allí. El mundo de la música folk era demasiado cerrado, y la ciudad se había convertido para mí en una charca repleta de barro. Nueva York era el sitio donde quería estar, así que un día, al alba, después de dormir en la trastienda de la pizzería Purple Onion en Saint Paul, donde Koerner y yo tocábamos, recogí mi maleta, en la que había metido cuatro harapos, la guitarra y el soporte de la armónica, me encaminé a las afueras de la ciudad bajo la nieve que caía y me puse a hacer autostop para viajar al Este en pos de Woody Guthrie. Él seguía siendo el amo. Hacía un día gélido, y aunque quizá no me había aplicado a fondo en algunas cosas, mi mente estaba entrenada, en orden, por lo que no sentía el frío. Poco después, recorría en un coche las llanuras nevadas de Wisconsin, con las sombras de Baez y Elliott a mis espaldas, pero cerca. En realidad, el mundo al que me dirigía, aunque iba a experimentar muchos cambios, era el de Jack Elliott y Joan Baez. A pesar de ello, yo blandía un machete para abrirme camino hacia donde la vida prometía algo más, donde sintiera que mi voz y mi guitarra casaban con el entorno.
Nueva York en mitad del invierno de 1961. Lo que estaba haciendo, fuera lo que fuese, iba bien, y pretendía mantener el rumbo, pues intuía que me acercaba a algo. Tocaba regularmente en el Village Gaslight, el club principal de la festiva calle MacDougal. Cuando empecé a trabajar allí, el Gaslight estaba regentado por John Mitchell, un renegado y narrador, hijo de Brooklyn. Lo vi sólo unas pocas veces. Era belicoso y combativo y tenía una novia de aire exótico en la que Jack Kerouac había basado una novela. El Village estaba en buena medida en manos de italianos, y Mitchell no había cedido un ápice ante los mafiosos locales. Era bien sabido que no aceptaba chantajes por principio. Los jefes de bomberos, la policía y los inspectores de sanidad acostumbraban a presentarse de improviso en el local. Sin embargo, Mitchell tenía sus abogados, que llevaron sus batallas hasta el ayuntamiento, y el establecimiento permaneció abierto. Mitchell solía llevar una pistola y. una navaja. También era maestro carpintero. Durante mi estancia allí, alguien de Misisipi compró el local sin verlo siquiera. Había topado con un anuncio publicado en una revista sureña. Mitchell no le avisó a nadie que lo vendía ni que el sitio cambiaría de amo. Cobró su dinero y abandonó del país.
Aquel club de folk gótico estaba en un sótano, pero no lo parecía porque fuera habían rebajado el nivel de la acera. De la noche a la mañana se alternaban entre seis y ocho intérpretes. La paga era de sesenta dólares a la semana, al menos para mí. Quizá algunos sacaban más. Trabajar allí representaba un progreso gigantesco respecto de los antros del barrio donde recaudabas propinas.
El maestro de ceremonias era Noel Stookey, que luego pasaría a formar parte de Peter, Paul and Mary. Era imitador, cómico, cantante y guitarrista. Durante el día trabajaba en una tienda de fotografía. De noche, se enfundaba un pulcro traje con chaleco. Alto y delgado, siempre iba bien acicalado y tenía una perilla pequeña y perfil romano. Algunos lo describirían como huraño. Presentaba el aspecto de alguien surgido de las páginas de una vieja revista. Era capaz de imitar prácticamente todos los sonidos: tuberías atascadas, la cadena del retrete, barcos de vapor y aserraderos, el tráfico, violines y trombones. Incluso imitaba a cantantes imitando a otros cantantes. Era muy gracioso. Uno de sus números más delirantes era Dean Martin imitando a Little Richard.
Hugh Romney, que luego se convertiría en el payaso psicodélico Wavy Gravy, también actuaba allí. Cuando todavía era Hugh Romney, tenía la apariencia más conservadora del mundo; iba elegantemente vestido, normalmente con traje gris de Brooks Brothers. Era monologuista y pronunciaba largos e íntimos sermones contra el orden establecido. Como entornaba los ojos, nunca sabías si los tenía abiertos o cerrados, como si padeciese algún problema de la vista. Salía al escenario, fijaba la mirada en el foco azul y empezaba a hablar como si acabara de llegar de un largo viaje a un reino distante, Constantinopla o El Cairo, y estuviera a punto de revelar al público un misterio arcano. La gracia no residía tanto en lo que decía como en el modo en que lo decía. Había otros que se dedicaban a lo mismo, pero Romney era el más conocido. Romney acusaba influencias de Lord Buckley, pero no estaba en absoluto al mismo nivel.
Buckley era el eminente predicador bebop que escapaba a todas las etiquetas. No se trataba de un poeta beatnik amargado, sino de un cuentacuentos entusiasta que pronunciaba soliloquios acerca de cualquier cosa, desde los supermercados hasta las bombas, pasando por la crucifixión. Hacía críticas mordaces de personajes como Gandhi y Julio César. Incluso había organizado algo denominado la Iglesia del Swing Vivo (una confesión jazzística). Buckley tenía un modo mágico de hablar, con palabras alargadas. Dejó huella en mucha gente, incluido yo. Murió un año antes de que yo llegara a la ciudad, así que nunca llegué a verlo, pero escuché sus discos.
Otros músicos del Gaslight eran Hal Waters, que interpretaba canciones folk con cierto refinamiento, John Wynn, que tocaba la guitarra con cuerdas de tripa e interpretaba composiciones folk con voz de cantante de ópera. Unos con un temperamento más próximo al mío eran Luke Faust, que tocaba un banjo de cinco cuerdas y cantaba baladas de los Apalaches, y otro tipo llamado Luke Askew, que luego se convirtió en actor de Hollywood. Luke era de Georgia y entonaba canciones de Muddy, Wolf y Jimmy Reed. No tocaba la guitarra, pero lo acompañaba un guitarrista. Luke era un blanco que sonaba como la Bobby Blue Band.
Len Chandler también tocaba en el Gaslight. Len, que provenía de Ohio, era un músico de verdad que había tocado el oboe en una orquesta de su ciudad natal y sabía leer, componer y hacer arreglos de música sinfónica. Cantaba material de tinte folk con un toque comercial y era enérgico, tenía aquello que la gente llama carisma. Sus actuaciones resultaban avasalladoras, y su personalidad eclipsaba el repertorio. También componía canciones sobre temas de actualidad, basadas en los sucesos que salían en primera plana.
Paul Clayton también hacía bolos ocasionales allí. Todas sus canciones eran adaptaciones de textos antiguos. Conocía cientos de temas y debía de tener una memoria fotográfica. Clayton era único, elegíaco y principesco, mitad caballero yanqui, mitad disoluto dandi sureño. Vestía de negro de la cabeza a los pies y a menudo citaba a Shakespeare. Como viajaba regularmente de Virginia a Nueva York, acabamos por trabar amistad. Sus colegas eran de fuera de la ciudad y, al igual que él, pertenecían a «otra casta»; tenían una postura ante la vida, pero sólo ellos la conocían; definitivamente no componían una camarilla folk. Eran verdaderos inconformistas, perros callejeros, pero no de la corriente de Kerouac, no llevaban una existencia errante ni sabías muy bien en que andaban. Me caía bien Clayton, y me caían bien sus amigos. A través de Paul conocí aquí y allá a gente que no tenía inconveniente en acogerme en su apartamento durante el tiempo que quisiera.
Clayton también cultivaba la amistad de Van Ronk, el músico que yo ardía en deseos de conocer. Era muy bueno en disco, pero mejor aún en persona. Se había criado en Brooklyn, tenía licencia de marino, un espeso bigote de marsopa y una melena castaña lacia que le tapaba media cara. Convertía cada canción en un drama surrealista, en una pieza teatral cargada de suspense hasta el final. Dave iba al fondo de las cosas. Era como si dispusiese de una provisión infinita de veneno, y yo quería un poco…,necesitaba una dosis periódica. Van Ronk parecía salido de otra época, curtido en mil batallas. Cada noche yo sentía que me sentaba al pie de un monumento desgastado por el tiempo. El hombre cantaba canciones folk, temas clásicos de jazz y de las bandas sureñas, baladas de blues, todo ello sin ningún orden específico ni un solo detalle superfluo en el repertorio. Eran canciones delicadas, expansivas, personales, históricas y etéreas, todo a un tiempo. Lo mezclaba todo en la chistera y —voilá!— sacaba algo nuevo. Supuso una importante influencia para mí. Cuando grabé mi primer álbum, la mitad del material consistía en versiones de canciones que interpretaba Van Ronk. No lo había planeado así, pero así es como salió. Inconscientemente, confiaba más en sus cosas que en las mías.
La voz de Van Ronk era como metralla oxidada, lo que no le impedía arrancarle matices sutiles, delicados, suaves, ásperos, explosivos, a veces todos en una sola canción. Podía evocar cualquier cosa: expresiones de terror y de desesperación. También era un guitarrista experto y, además, estaba dotado de un humor sardónico. Van Ronk significaba para mí algo distinto que el resto de las grandes figuras, pues me había abierto el redil, y cada noche yo era feliz tocando junto a él en el Gaslight. Era un auténtico escenario con público de verdad, y allí estaba la acción. Van Ronk también me ayudó de otras maneras. Su apartamento en Waverly Place tenía un sofá donde me dejaba tumbarme siempre que quisiera. Además, me paseó por las guaridas de Greenwich Village, sobre todo por clubes de jazz como el de Trudy Heller, el Vanguard, el Village Gate y el Blue Note. Tuve ocasión de contemplar a los grandes del jazz de bien cerca. Como músico, había algo más en Van Ronk que me intrigaba.
Uno de sus efectos teatrales característicos era el de quedarse mirando fijamente a alguien del público. Le clavaba la vista como si sólo cantara para esos ojos, susurrándoles algún secreto, confesándoles el hilo del que pendía su vida. Además, nunca fraseaba un verso del mismo modo. A veces, lo escuchaba tocar una canción que había interpretado en una actuación anterior y me impactaba de manera completamente distinta. Tocaba algo y era como si no lo hubiera oído nunca antes, o al menos no coincidía con lo que yo recordaba. Sus temas eran perversamente complejos y a la vez muy simples. Lo tenía todo controlado y podía hipnotizar a la audiencia, aturdirla o hacerla aullar y gritar. Lo que fuera. Era corpulento como un leñador y un gran bebedor, no hablaba mucho y había demarcado su territorio, para tirar adelante, a toda máquina. David era el gran dragón. Si ibas a la calle MacDougal al atardecer para ver tocar a alguien, él era la primera y última opción esencial de la noche. Presidía las calles como una mole, pero nunca se convertiría en una gran estrella. No era ése su objetivo. No estaba dispuesto a venderse ni a dejarse tratar como un pelele. Era grande, llegaba hasta el cielo, y yo lo admiraba. Venía de tierra de gigantes.
La mujer de Van Ronk, Terri, no era en absoluto un personaje de segunda fila, se encargaba de las contrataciones de Dave, especialmente las de fuera de Nueva York, y trató de echarme una mano. Era igual de franca y tenaz en sus opiniones que Dave, sobre todo en lo tocante a la política, no tanto la política general como las pomposas ideas teológicas que hay detrás de los sistemas políticos. Se trataba de una política de corte nietzscheano, una política solemne, pesada. Intelectualmente, era difícil estar a la altura. Si lo intentabas, acababas en territorio desconocido. Ambos eran antiimperialistas y antimaterialistas. «Qué chorrada, un abrelatas eléctrico —comentó Terri una vez, al pasar ante el escaparate de una ferretería en la calle Ocho—. ¿Qué clase de idiota compraría una cosa así?»
Terri se las había arreglado para que contrataran a Dave en sitios como Boston y Filadelfia…, incluso en un lugar tan lejano como Saint Louis, en un club de folk llamado Laughing Buddha. Esa clase de bolos quedaba totalmente fuera de mi alcance. Como mínimo necesitabas haber sacado un disco, aunque fuera editado por un sello pequeño, para poder tocar en esos clubes. Terri me consiguió alguna cosilla en sitios como Elizabeth, Nueva Jersey, y Hartford; una vez en un club folk de Pittsburgh, otra, en un local de Montreal. Cosas sueltas. En general, yo andaba siempre en Nueva York. No deseaba realmente salir de la ciudad. De lo contrario, no habría venido a Nueva York de entrada. Tenía suerte de contar con mi número fijo en el Gaslight, y no pensaba perder el tiempo buscando otras cosas lejos de allí. Podía respirar. Era libre. No me sentía atado a nada. Entre actuaciones, merodeaba por el bar, bebía chupitos de whisky Wild Turkey y cerveza Schlitz en el Kettle of Fish Tavern, que estaba aliado, o jugaba a cartas en el cuarto de arriba del Gaslight. Las cosas iban sobre ruedas. Aprendía todo lo que podía y lo pasaba bien. Una vez, Terri se ofreció a llevarme a conocer a Jac Holzman, que gestionaba Elektra Records, una de las discográficas que editaban los discos de Dave.
—Puedo conseguirte una cita ¿Quieres sentarte a charlar con él?
—La verdad es que no me apetece mucho sentarme a charlar con nadie.
La idea no me atraía mucho. Tiempo después, en el verano, Terri consiguió introducirme en un megamusical folk en vivo emitido por la radio desde Riverside Church en Riverside Drive. Las cosas estaban a punto de cambiar nuevamente para mí. Iban a dar un giro de lo más extraño.
Tras el escenario, la humedad iba en aumento. Los intérpretes entraban y salían, esperaban su tumo y se arremolinaban por ahí. Como de costumbre, el auténtico espectáculo estaba entre bambalinas. Yo estaba hablando con una chica morena, Carla Rotolo, a la que conocía un poco. Era la asistente personal de Alan Lomax. Carla me presentó a su hermana. Se llamaba Susie, pero pronunciaba su nombre como si se llamase Suze. y ya no pude quitarle la mirada de encima. Era la cosa más erótica sobre la que jamás había posado los ojos. De tez clara y cabello dorado, pura sangre italiana. El aire se llenó súbitamente de hojas de banano. Nos pusimos a charlar, y la cabeza me empezó a dar vueltas. La flecha de Cupido ya había pasado zumbando junto a mis oídos con anterioridad, pero esta vez me acertó en el corazón, y su peso me hizo caer por la borda. Suze tenía diecisiete años y era de la Costa Este. Había crecido en Queens, en el seno de una familia de izquierdas. Su padre había trabajado en una fábrica y acababa de morir. Estaba metida en el ambiente artístico de Nueva York, pintaba y hacía ilustraciones para varias publicaciones, realizaba trabajos de diseño gráfico y participaba en producciones teatrales del Off-Broadway, además de colaborar en comités por los derechos civiles. Estaba metida en un montón de cosas. Conocerla fue como adentrarse en los cuentos de las Mil y una noches. Tenía una sonrisa capaz de iluminar una calle atestada y poseía una vitalidad asombrosa, amén de un tipo peculiar de voluptuosidad: un Rodin viviente. Me recordaba a una heroína libertina. Era mi tipo.
A lo largo de la semana siguiente pensé mucho en ella; no podía sacármela de la cabeza y esperaba encontrármela de nuevo. Sentía como si me hubiera enamorado por primera vez en la vida y percibía su vibración a cincuenta kilómetros, quería tener su cuerpo a mi lado. Ahora. Ya mismo. Las películas siempre habían representado una experiencia mágica para mí, y los cines de Times Square, los que parecían pagodas, eran el mejor lugar para verlas. Recientemente, había visto Quo Vadis y La soga, y ahora me disponía a ir a una sesión doble: La Atlántida, el continente perdido y Rey de reyes. Necesitaba despejarme la cabeza, apartar mi pensamiento de Suze por un momento. En Rey de reyes actuaban Rip Torn, Rita Gam y Jeffrey Hunter, que encarnaba el papel de Cristo. El megaespectáculo de la pantalla no bastó para captar mi atención. Con la segunda, La Atlántida, el continente perdido, la cosa no fue mejor. Aparecían cristales de rayos letales, submarinos en forma de peces gigantescos, terremotos, volcanes, maremotos y demás. Puede que fuera la película más entretenida de todos los tiempos, ¿quién sabe? No logré concentrarme.
Como dicta el destino, me topé con Carla y le pregunté por su hermana.
—¿Te gustaría verla?
—Claro, no sabes cuánto —respondí.
—Oh, a ella también le gustaría —aseguró.
Pronto concertamos una cita y empezamos a vernos cada vez más. Con el tiempo, nos volvimos inseparables. Aparte de mi música, estar con ella me parecía lo más importante del mundo. Quizá éramos almas gemelas.
Su madre, Mary, que trabajaba como traductora para revistas médicas, no opinaba lo mismo. Mary vivía en un ático en Sheridan Square y me trataba como si tuviera gonorrea. Si de ella hubiera dependido, me habrían encerrado en la cárcel. La madre de Suze era una mujer menuda y enérgica, voluble, de ojos penetrantes y negros como el azabache, y con un fuerte instinto protector. Siempre te hacía sentir que habías hecho algo mal.
Pensaba que me ganaba la vida de un modo vergonzoso y que jamás sería capaz de mantener a nadie, pero creo que su aversión obedecía a causas más profundas. Sospecho que aparecí en el peor momento.
— ¿Cuánto te costó esa guitarra? —preguntó una vez.
—No mucho.
—Ya sé que no mucho, pero algo.
—Casi nada —dije.
Me fulminó con la mirada, sin sacarse el cigarrillo de la boca. Siempre intentaba provocarme para que me enzarzara en una discusión con ella. Mi presencia le resultaba sumamente desagradable aunque yo jamás le había causado problemas. No era culpa mía que Suze hubiera perdido a su padre. Una vez le solté que no pensaba que estuviera siendo justa conmigo. Me miró fijamente a los ojos como si oteara algún objeto distante y me dijo: «Hazme un favor. No pienses cuando esté cerca». Suze me dijo tiempo después que no tenía malas intenciones. Pero lo cierto es que las tenía. Hizo todo lo que estuvo en su mano para separamos, y a pesar de todo seguimos viéndonos.
Este ambiente opresivo resultaba muy incómodo, y yo empecé a sentir la necesidad de tener casa propia, con su cama, cocina y mesa. Ya tocaba. Supongo que podría haberme encargado de ello antes, pero me gustaba alojarme en casa de otra gente. Para mí era más fácil, comportaba menos complicaciones y responsabilidades; me dejaban ir y venir libremente, a veces con mi propia llave, ponían a mi disposición cuartos con cantidad de libros de tapa dura sobre los estantes y pilas de discos antiguos. Cuando no andaba ocupado en otra cosa, hojeaba los libros y escuchaba los discos.
El hecho de no tener mi propia casa comenzaba a exacerbar mi susceptibilidad, de modo que aproximadamente un año después de llegar a la ciudad, alquilé un apartamento en un tercer piso de una finca sin ascensor en el 161 de la calle 4 Oeste, por sesenta dólares al mes. No era gran cosa: dos habitaciones situadas encima del restaurante italiano Bruno’s, que estaba entre una tienda de discos y otra de muebles. El apartamento constaba de un pequeño dormitorio que más bien semejaba un armario grande, una cocinilla, una sala con chimenea y dos ventanas que daban a las escaleras de incendio y a un patio pequeño. Apenas había espacio para una sola persona, y al oscurecer apagaban la calefacción, de modo que para calentarme encendía los quemadores a todo gas. El piso estaba vacío y, poco después de trasladarme, pedí prestadas unas herramientas y construí algunos muebles: un par de mesas —una de las cuales serviría también como escritorio—, una cómoda y el armazón de una cama. Todas las piezas de madera las saqué de la tienda de abajo, y las uní entre sí con los chismes metálicos que venían incluidos: clavos, aldabas, bisagras, tornillos, escuadras de hierro forjado, cobre y latón. No tuve que ir lejos para conseguir todo eso; lo encontré en el mismo edificio donde vivía. Utilicé sierras, formones de acero y destornilladores. Incluso fabriqué un par de espejos con planchas de cristal, mercurio y papel de estaño, aplicando una vieja técnica que había aprendido en la clase de manualidades del instituto.
Además de tocar música, me gustaba hacer ese tipo de cosas. Compré un televisor de segunda mano, lo coloqué encima de una de las cómodas, compré un colchón y conseguí una alfombra que extendí sobre el suelo de madera. Me hice con un tocadiscos en Woolworth’s y lo coloqué sobre una mesa. La diminuta habitación me parecía inmaculada, y por primera vez sentía que tenía mi propio hogar.
Cada vez pasaba más tiempo con Suze, y empecé a ampliar mis horizontes, a interesarme por su mundo, sobre todo por el circuito del Off-Broadway… Fui a ver cantidad de obras de Le-Roi Jones, como Dutchman, The Baptism… También vi una de Gelber sobre yonquis, The Connection y The Brig, montada por el Living Theater, y otras que valían la pena. Salía con ella a los sitios que frecuentaban los artistas y pintores, como el Caffe Cino, Camino Gallery y Aegis Gallery. Fuimos un par de veces a la Comedia Del’ Arte, una tienda del Lower East Side reconvertida en pequeño teatro donde marionetas tan grandes como personas se agitaban y meneaban. En una de las representaciones, una sola marioneta encarnaba a un soldado, una prostituta, un juez y un abogado. Dado su tamaño y el del recinto, los muñecos resultaban inquietantes, extraños, amenazadores…, nada parecido a Charlie McCarthy, el gracioso muñeco de ventrílocuo de Edgar Bergen, que vestía de esmoquin y a quien tanto conocíamos y amábamos.
Un nuevo panorama artístico se abría ante mí. A veces, temprano por la mañana, nos íbamos a la parte alta a visitar los museos para contemplar los gigantescos lienzos al óleo de Velázquez, Goya, Delacroix, Rubens, El Greco. También admirábamos cuadros del siglo XX: Picasso, Braque, Kandinsky, Rouault, Bonnard. El artista contemporáneo preferido de Suze era Red Grooms, y acabó siendo el mío también. Me encantaba el modo en que todo lo que hacía se contraía para configurar un mundo frágil, lleno de elementos abigarrados que, vistos desde cierta distancia, componían un conjunto definido. Las pinturas de Groom me inspiraban enormemente. Seguía sus progresos más que los de ningún otro artista. Su obra me parecía extravagante, como realizada bajo los efectos del ácido. Me gustaba cómo conjugaba todas sus técnicas (lápices de colores, acuarela, gouache, escultura, técnica mixta, collage). Su estilo era audaz, se manifestaba en detalles intensos. Había una conexión entre el trabajo de Red y muchas de las canciones que yo interpretaba. Me daba la impresión de que estábamos en el mismo escenario. Lo que expresaban las letras de las canciones folk, lo sugerían visualmente las obras de Red; todos los vagabundos y polis, el ajetreo frenético, los callejones claustrofóbicos, toda aquella actividad frenética. Red era el tío Dave Macon del mundo del arte. Incorporaba todas las cosas vivas a su obra para hacerlas gritar —todas lado a lado, creadas por una mano igualitaria—, cosas como viejas zapatillas de tenis, máquinas expendedoras, caimanes que reptaban por el alcantarillado, pistolas de duelistas, el ferry de Staten Island y Trinity Church, la calle Cuarenta y dos, el perfil de los rascacielos. Toros sagrados, vaqueras, reinas de los rodeos y Mickey Mouse cabezones, torreones y la vaca de la señora O’Leary, tipos raros, jóvenes achulados, todos sonriendo, modelos desnudas enjoyadas, rostros con expresión melancólica, imágenes desdibujadas de tristeza. Todo resultaba hilarante, pero no exactamente gracioso. También aparecían figuras históricas familiares (Lincoln, Hugo, Baudelaire, Rembrandt), trazadas con gráfica exquisitez, sumamente sugestivas y evocadoras. Me encantaba el modo en que Groom recurría a la risa como arma diabólica. De modo inconsciente: me preguntaba si era posible escribir canciones de ese modo.
Por entonces, yo mismo empecé a dibujar. De hecho, es una costumbre que copié de Suze, que era muy aficionada al dibujo. ¿Qué dibujaba yo? Pues empezaba por lo que tenía más a mano.
Me sentaba a la mesa, agarraba lápiz y papel y bosquejaba la máquina de escribir, un crucifijo, una rosa, lápices y cuchillos y chinchetas, paquetes de tabaco vacíos. Perdía completamente la noción del tiempo. A veces transcurrían una hora o dos y se me figuraba un minuto. No es que me considerara un gran dibujante, pero sentía que ponía un poco de orden en el caos circunstante; algo similar a lo que hacía Red, aunque a otro nivel. Curiosamente, notaba que esta práctica purificaba la experiencia visual, de modo que seguí dibujando durante los años venideros.