Desde el país de los blancos

Ousman Umar · Capítulo 1 de 17

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Desde el país de los blancos

Prólogo de Montse, madre de acogida de Ousman

 

Aquel era un día normal de invierno en Barcelona, como otro cualquiera: no

imaginaba ni por asomo que en unos instantes me iba a cambiar la vida para

siempre. Lo único novedoso era que estaba caminando por un barrio que no

frecuentaba demasiado, pero la casualidad quiso que aquel día fuera a

visitar el negocio que estaba montando mi hijo pequeño. Distraída como

iba, tardé en percatarme de que un chico me estaba interpelando. No me fijé

en el color de su piel, solo vi en él a un joven extranjero desorientado. No

pedía dinero, solo agitaba algunos papeles en sus manos y señalaba lo

escrito.

Hablaba un inglés muy atropellado que yo no acababa de entender, así

que llamé a mi marido, Armando, y le puse a través del teléfono móvil para

que él me explicara qué quería. Al parecer, aquellos papeles le dirigían a

una dependencia de la Cruz Roja para Ayuda al Inmigrante. Para ir hasta

allí debía ir en metro, pero imaginé que, viniendo de tan lejos (los papeles

decían: «Procedencia Málaga, en libertad por no haber cometido ningún

delito»), tendría hambre y alguna necesidad fisiológica, por lo que le invité

a desayunar en un pequeño bar. Le regalé una tarjeta multiviajes de metro y

le di mi número de teléfono por si se perdía.

Después de aquel encuentro me olvidé de él, todo quedó en una

anécdota sin importancia que conté al llegar a casa y que archivé en mi

memoria. No imaginaba que el gesto de darle mi número finalmente haría

que volviera a entrar en contacto conmigo. Sin embargo, para mi sorpresa,

empecé a recibir varios SMS ininteligibles, firmados por un tal Ousman.

Parecía una broma de mal gusto dado que, medio en catalán, medio en

inglés, aquello podía querer decir ous («huevos») de man («hombre»). Pero

el último SMS decía: «Soy el chico que encontraste en la calle y tú eres mi única amiga». En ese momento me emocioné. Entonces intervino Armando,

con plena disposición de ver qué podía hacer por esta persona que, por

carambolas del destino, había aparecido en nuestras vidas. Quedó con él y

le invitó a comer. Tras muchas conversaciones y mucha burocracia, nos

dimos cuenta de que la única solución para él era que lo acogiéramos

legalmente, ya que era menor de edad, y pasara a ser nuestro hijo. A partir

de aquí todo está contado en el presente libro, que refleja las vivencias de

Ousman como persona inmigrante en España: sus descubrimientos, sus

extrañezas, así como su evolución en esta familia y en esta sociedad.

Ousman pasó una infancia difícil. Salió cuando era muy pequeño de su

pueblo, inmerso en la selva del norte de Ghana, después de ver aviones

cruzando el cielo y empezar a hacerse preguntas sobre el mundo. Y eso le

llevó a querer viajar a lo que él llama «el País de los Blancos». Cruzó a pie

el desierto en un viaje en el que murieron decenas de compañeros («El

desierto es un gran cementerio», dice Ousman). Luego se quedó trabado en

Libia varios años, sobreviviendo como pudo. Viajó por todo el norte del

continente africano en las manos, no siempre amables, de las mafias de

traficantes de personas. Acabó embarcando en una precaria patera en la que,

después de un viaje horroroso, llegó a las costas de las Canarias. Y todo ello

sin haber cumplido la mayoría de edad. Esa peripecia, llena de sufrimiento

y peligro, la que hacen miles de personas en busca de una vida mejor, se

cuenta en su anterior libro, Viaje al País de los Blancos.

Pero Ousman fue afortunado; la suerte le persigue, quizá porque no

espera nada para él mismo y siempre está dispuesto a echar una mano a

quien lo necesite. Sin haberlo planificado, incorporamos un hijo más a

nuestra familia, así que yo pasé a ser su madre y Armando su padre,

adoptivos de corazón, que no impuestos por nacimiento. Cumplió nuestras

expectativas, como chaval trabajador y responsable. Enseguida tuvo su

primer trabajo, en el taller de bicicletas, se integró en actividades propias de

su nuevo hogar, como el grupo de castellers, y tal como me prometió, en

menos de seis meses aprendió a hablar catalán para entenderse conmigo. En

total habla un montón de lenguas, entre catalán, árabe, inglés, español y

diferentes dialectos africanos. También estudió dos carreras universitarias.

Nos salió muy listo el chico.

Pero Ousman no fue el único afortunado; nosotros también tuvimos

mucha suerte, porque siempre nos hemos sentido muy queridos por él y

hemos recibido su apoyo incondicional cuando lo hemos necesitado. Ha

sido una gran compañía en momentos tristes y nos muestra un tremendo

respeto, que debe de venir de su educación en África, donde a las personas

mayores se las considera las más sabias por su experiencia y los jóvenes

tienen la responsabilidad de ocuparse de ellas.

Gracias al encuentro de aquel día, descubrimos que tenemos unos hijos

magníficos, que lo aceptaron desde el primer momento como uno más de la

familia y que cuentan con él en todos los encuentros familiares o de ocio

que programan. Nuestros nietos y nietas son sus sobrinos y sobrinas, que lo

adoran, lo mismo que a su novia, Mónica. Así que hemos ampliado la

familia con dos miembros más, de momento… ¿Qué más puedo decir?

Ousman es una persona increíble, que merece nuestro cariño y que sabemos

que nunca nos va a fallar. Es noble, bondadoso y cariñoso. Ya no podemos

imaginarnos la vida sin él. De hecho, cuando se va a Ghana por asuntos de

la ONG que preside, siempre le decimos: «Vuelve, ¿eh? No te quedes

allí…».

Solo esperamos ser también merecedores de su amor.

MONTSE

 

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