Desde el país de los blancos
Prólogo de Montse, madre de acogida de Ousman
Aquel era un día normal de invierno en Barcelona, como otro cualquiera: no
imaginaba ni por asomo que en unos instantes me iba a cambiar la vida para
siempre. Lo único novedoso era que estaba caminando por un barrio que no
frecuentaba demasiado, pero la casualidad quiso que aquel día fuera a
visitar el negocio que estaba montando mi hijo pequeño. Distraída como
iba, tardé en percatarme de que un chico me estaba interpelando. No me fijé
en el color de su piel, solo vi en él a un joven extranjero desorientado. No
pedía dinero, solo agitaba algunos papeles en sus manos y señalaba lo
escrito.
Hablaba un inglés muy atropellado que yo no acababa de entender, así
que llamé a mi marido, Armando, y le puse a través del teléfono móvil para
que él me explicara qué quería. Al parecer, aquellos papeles le dirigían a
una dependencia de la Cruz Roja para Ayuda al Inmigrante. Para ir hasta
allí debía ir en metro, pero imaginé que, viniendo de tan lejos (los papeles
decían: «Procedencia Málaga, en libertad por no haber cometido ningún
delito»), tendría hambre y alguna necesidad fisiológica, por lo que le invité
a desayunar en un pequeño bar. Le regalé una tarjeta multiviajes de metro y
le di mi número de teléfono por si se perdía.
Después de aquel encuentro me olvidé de él, todo quedó en una
anécdota sin importancia que conté al llegar a casa y que archivé en mi
memoria. No imaginaba que el gesto de darle mi número finalmente haría
que volviera a entrar en contacto conmigo. Sin embargo, para mi sorpresa,
empecé a recibir varios SMS ininteligibles, firmados por un tal Ousman.
Parecía una broma de mal gusto dado que, medio en catalán, medio en
inglés, aquello podía querer decir ous («huevos») de man («hombre»). Pero
el último SMS decía: «Soy el chico que encontraste en la calle y tú eres mi única amiga». En ese momento me emocioné. Entonces intervino Armando,
con plena disposición de ver qué podía hacer por esta persona que, por
carambolas del destino, había aparecido en nuestras vidas. Quedó con él y
le invitó a comer. Tras muchas conversaciones y mucha burocracia, nos
dimos cuenta de que la única solución para él era que lo acogiéramos
legalmente, ya que era menor de edad, y pasara a ser nuestro hijo. A partir
de aquí todo está contado en el presente libro, que refleja las vivencias de
Ousman como persona inmigrante en España: sus descubrimientos, sus
extrañezas, así como su evolución en esta familia y en esta sociedad.
Ousman pasó una infancia difícil. Salió cuando era muy pequeño de su
pueblo, inmerso en la selva del norte de Ghana, después de ver aviones
cruzando el cielo y empezar a hacerse preguntas sobre el mundo. Y eso le
llevó a querer viajar a lo que él llama «el País de los Blancos». Cruzó a pie
el desierto en un viaje en el que murieron decenas de compañeros («El
desierto es un gran cementerio», dice Ousman). Luego se quedó trabado en
Libia varios años, sobreviviendo como pudo. Viajó por todo el norte del
continente africano en las manos, no siempre amables, de las mafias de
traficantes de personas. Acabó embarcando en una precaria patera en la que,
después de un viaje horroroso, llegó a las costas de las Canarias. Y todo ello
sin haber cumplido la mayoría de edad. Esa peripecia, llena de sufrimiento
y peligro, la que hacen miles de personas en busca de una vida mejor, se
cuenta en su anterior libro, Viaje al País de los Blancos.
Pero Ousman fue afortunado; la suerte le persigue, quizá porque no
espera nada para él mismo y siempre está dispuesto a echar una mano a
quien lo necesite. Sin haberlo planificado, incorporamos un hijo más a
nuestra familia, así que yo pasé a ser su madre y Armando su padre,
adoptivos de corazón, que no impuestos por nacimiento. Cumplió nuestras
expectativas, como chaval trabajador y responsable. Enseguida tuvo su
primer trabajo, en el taller de bicicletas, se integró en actividades propias de
su nuevo hogar, como el grupo de castellers, y tal como me prometió, en
menos de seis meses aprendió a hablar catalán para entenderse conmigo. En
total habla un montón de lenguas, entre catalán, árabe, inglés, español y
diferentes dialectos africanos. También estudió dos carreras universitarias.
Nos salió muy listo el chico.
Pero Ousman no fue el único afortunado; nosotros también tuvimos
mucha suerte, porque siempre nos hemos sentido muy queridos por él y
hemos recibido su apoyo incondicional cuando lo hemos necesitado. Ha
sido una gran compañía en momentos tristes y nos muestra un tremendo
respeto, que debe de venir de su educación en África, donde a las personas
mayores se las considera las más sabias por su experiencia y los jóvenes
tienen la responsabilidad de ocuparse de ellas.
Gracias al encuentro de aquel día, descubrimos que tenemos unos hijos
magníficos, que lo aceptaron desde el primer momento como uno más de la
familia y que cuentan con él en todos los encuentros familiares o de ocio
que programan. Nuestros nietos y nietas son sus sobrinos y sobrinas, que lo
adoran, lo mismo que a su novia, Mónica. Así que hemos ampliado la
familia con dos miembros más, de momento… ¿Qué más puedo decir?
Ousman es una persona increíble, que merece nuestro cariño y que sabemos
que nunca nos va a fallar. Es noble, bondadoso y cariñoso. Ya no podemos
imaginarnos la vida sin él. De hecho, cuando se va a Ghana por asuntos de
la ONG que preside, siempre le decimos: «Vuelve, ¿eh? No te quedes
allí…».
Solo esperamos ser también merecedores de su amor.
MONTSE
OceanofPDF.com