Desde el país de los blancos

Ousman Umar · Capítulo 3 de 17

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Desde el país de los blancos

1. Calles de indiferencia

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Calles de indiferencia

 

Tras cinco años de viaje por África, de cruzar el desierto a pie y el mar en

patera y de pasar por el Centro de Internamiento de Extranjeros, llegué a mi

destino final, a la que sería mi ciudad, Barcelona, con diecisiete años, en

2005. Era un mes de enero y yo caminaba sin rumbo, dejándome llevar por

las calles más bulliciosas, sin ningún destino concreto, pues no sabía

adónde ir. ¿Cómo se empezaba una vida desde cero? ¿Qué camino elegir?

¿Qué hacer? Incluso la idea de afrontar ese primer día del resto de mi

existencia me parecía tarea imposible. No tenía objetivos. Estaba solo. No

tenía nada. No era nada.

Saludaba a la gente que me cruzaba por las aceras, como acto de bondad

y respeto, pues era lo que siempre había hecho en mi pueblo y me parecía lo

más natural y normal. Pero nadie contestaba, nadie me hacía caso.

«¡Buenos días!», saludé efusivo a una señora. Y ella se alejó con cara de

espanto. «Qué raros son estos blancos», pensé; hasta que, de pronto, me di

cuenta de que era yo lo que le daba miedo, era de mí de quien se espantaba.

¿Cómo podía yo, un pobre tipo que no tenía ni un lugar donde dormir,

resultar amenazante a nadie? Cuando estás en una situación como esa,

aprendes con las experiencias. «Ok, Ousman, nota mental: en el País de los

Blancos no se saluda a la gente por la calle porque: a) les das un susto de

muerte y b) se creen que estás chiflado».

Aquel primer día caminé muchísimo, desde la estación de tren de

Francia hasta llegar a la plaza de España, y vi aquellas estatuas gigantes

rodeadas del bullicio de los ciudadanos barceloneses. Para mí todo,

cualquier cosa, era un contraste brutal. Cuanto veía a mi alrededor me parecía majestuoso, avanzado y modernísimo; igual que en esas películas de

ciencia ficción que presentan futuros impolutos, confortables y

superdiseñados. Decidí alejarme un poco del follón y reparé en una pequeña

plaza en la que vi por primera vez una fuente, no una de esas de adorno que

lanzan chorros, sino de las que están en la calle para que puedas beber.

Pensé que daba leche. Cuando era niño e íbamos a ordeñar las vacas, me

contaban que los blancos tenían una máquina de donde salía la leche. Me

decían que esa máquina era algo parecido a un pozo de agua como los que

había en mi pueblo de Ghana, donde mueves una palanca arriba y abajo

para recibir el agua. Y aquellas fuentes encajaban con lo que me había

imaginado. Vi a un chico joven que se acercaba a una y bebía de ella y,

cuando se alejó, le imité, esperando que cayera la leche. Fue una sorpresa

descubrir que lo que salía era agua, pero una sorpresa grata, pues ya no

tenía que preocuparme de buscar agua, resulta que podía beberla gratis por

todas partes. Aun así, en los días siguientes me acerqué a cada fuente que

vi, esperando que de alguna de ellas saliera leche. Venir de Ghana a

Barcelona era como viajar en el tiempo hacia el futuro. Lo malo de aquel

futuro era que nadie me hacía ni caso porque o bien me tenían miedo, o

bien no les resultaba más interesante que una farola o una papelera. El

futuro era muy bonito, sí, pero lleno de gente antipática.

A pesar de mi delicada situación, recuerdo que pasé mi primer día en

Barcelona contento, explorando el nuevo territorio y tratando de acercarme

a aquellos extraños seres que eran los barceloneses. Pero esa noche me di

de bruces con la realidad al caer en la cuenta de que no tenía donde dormir,

que tendría que hacerlo en la calle. Durante el tiempo que viví en Libia, al

menos, había una red de inmigrantes que se apoyaban. Te encontrabas a

negros que te decían adónde podías ir para que te acogiesen. Aunque luego

en aquellas casas viviésemos hacinados de mala manera, daba un cierto

consuelo saber que no estabas solo. Pero en Barcelona no había encontrado

a ningún africano. Más tarde descubriría que es una ciudad muy cara y los

africanos que podrían entenderme y ayudarme no vivían en ella, sino lejos,

a las afueras o en el campo. Aquella noche, mi primera noche, yo estaba

completamente solo, agotado y tenía miedo. Mirando el cielo oscurecerse,

comencé a comprender que también mis expectativas se volvían igual de oscuras. Quizá la idea preconcebida que yo tenía del paraíso, del País de los

Blancos, no se correspondía con la realidad. No iba a ser fácil, pero tenía

que conseguir sobrevivir. Cerré los ojos e intenté con todas mis fuerzas que

la primera decepción no llegase a frustrarme.

Aquella noche dormí en la avenida Meridiana, en el barrio de Navas, y

fue la primera de muchas: acurrucado en cualquier lugar, tapándome con

cartones, tratando de engañar al frío dando saltos a cada rato, asustado y

alerta y con el estómago vacío. Nunca duermes una hora seguida, con la

mella que hace eso en el estado físico y de ánimo. Siempre con un ojo

abierto. Hay gente que lleva muchos años en la calle y consigue relajarse,

ya sea por la costumbre o a base de alcohol. Yo nunca recurrí al alcohol,

pero para mucha gente es el remedio habitual para conciliar el sueño, por

eso es muy fácil, casi inevitable, acabar bebiendo demasiado cuando no

tienes hogar.

Siempre dormía inquieto por si me atacaban, por si me robaban, por si

me pasaba algo. Cualquier voz o cualquier ruido me despertaba: una

conversación entre personas que pasan cerca, los coches, las motos. Con el

tiempo te vas dando cuenta de que el ruido no es lo peor que puede ocurrirte

cuando duermes a la intemperie en la ciudad. A menudo hace frío o llueve.

O hay gente que sale borracha de las fiestas y decide tomarla con cualquiera

que esté durmiendo en un portal o en un cajero automático. «Eh, ¿sabes qué

sería estupendo para acabar la noche? Liarnos a patadas con este sintecho».

Sí, aunque cueste creerlo, existe gente así de miserable. No sé qué

pretenden demostrar haciendo eso. Por ese motivo hay personas sin hogar

que buscan pernoctar en zonas transitadas, donde la mirada de los demás los

ponga a salvo de agresiones crueles y sin sentido.

Yo prefería buscar lugares tranquilos donde no hubiera mucho tránsito o

mucho ruido; por ejemplo, la entrada de los parkings. En la bajada a los

aparcamientos suele haber un pequeño hueco. Si uno sabe buscar bien, la

ciudad está llena de agujeros como ese donde poder refugiarse unas horas,

lugares secretos donde se meten los que no son nadie, como yo.

Al día siguiente pensé que lo primero que necesitaba era un trabajo. No

tenía muy claro cómo se conseguía uno, así que empecé a pedírselo a todos

los obreros, barrenderos y demás operarios urbanos con los que me cruzaba; pensaba que así era como funcionaba la cosa. A través de señas les

intentaba transmitir qué buscaba. Algunos ponían cara de asco mientras te

hacían gestos para que te apartaras y te marcharas. Otros sonreían y tenían

caras más amigables, pero su rechazo era el mismo. En inglés me decían:

«No trabajo». «Ok, Ousman, nota mental número dos: en el País de los

Blancos el tipo que está cavando una zanja en la calle no te puede dar un

empleo porque a) él es otro currante que bastante suerte ha tenido de

encontrar el suyo y b) no te entiende ni jota». Ese era otro problema, por

cierto: que me costaba mucho esfuerzo hacerme entender por culpa del

idioma.

En Ghana el trabajo te lo das tú mismo: vas al campo y te pones a

currar, no hay más misterio. En Libia, si los inmigrantes queríamos trabajo,

nos íbamos a una rotonda a las cinco de la mañana a esperar a los

empresarios que venían en una furgoneta. Ellos nos echaban un vistazo y

decían «tú sí, tú no», luego nos metían en la furgoneta y nos llevaban a

trabajar como jornaleros. Al mismo tiempo había que esconderse de la

policía porque, si te pillaban de ilegal, te podían llevar al calabozo.

Mientras en Barcelona seguía con mi búsqueda de empleo aprendí a

sacar provecho de lo que se consideraba como «basura»: esos trastos

inservibles tirados por la calle que ya no interesaban a nadie. Así conseguí

una chaqueta marrón que me venía muy bien. La encontré colgada de un

árbol y estuve rondándola un buen rato hasta que me decidí a llevármela,

porque me daba vergüenza y temía que fuese propiedad de alguien y me

tomasen por un ladrón. Yo quería hacer las cosas bien, no fastidiarla nada

más llegar, así que tenía mucho cuidado con ese tipo de cosas. Quería ser un

ciudadano intachable. Por ejemplo, me aguantaba muchísimo las ganas de

orinar para que no me pillasen haciéndolo en la calle y me amonestasen.

Cuando llegué a Barcelona llevaba seis euros en el bolsillo. Era la suma

de lo que había ahorrado en el Centro de Internamiento de Extranjeros

vendiendo fruta extraída del comedor y la calderilla que me había dado la

mujer del centro de inmigración de Málaga. Entré en un horno de pan y me

compré unos bollos, no me quedó casi nada. Cuando vives en la calle tienes

algunas opciones para alimentarte, como los comedores sociales. Pero yo aún no sabía dónde encontrarlos. Lo cierto es que ni siquiera sabía que

existían. Pasé hambre.

Una de las primeras noches recalé en un pequeño parque delante de un

edificio, en una calle peatonal, y me refugié debajo de un tejadillo de esos

que protegen de la lluvia cuando caminas pegado a la pared. Pronto empecé

a sentir cómo algo caía sobre el tejadillo, pequeños golpes, como si

granizara. Entonces empezaron a caer una especie de cacahuetes en el

suelo. Ya estaba oscuro y ese día yo no había comido ni cenado, me moría

de hambre, así que fui gateando a ver qué era aquello. No eran cacahuetes,

pero parecía comestible. Me metí una de esas cosas en la boca. No estaba

mal, así que la seguí masticando; pensaba que era algún tipo de fruto seco.

Miré hacia arriba y vi a una señora asomada a su balcón; era la que estaba

arrojando aquello. Me dijo algo, pero yo no entendía nada. Me hacía gestos,

pero me era imposible comprenderla, así que seguí comiendo, a lo mío. La

mujer bajó al portal y me volvió a hablar. Tampoco la entendí, pero traía

algo de comida: una lata de atún, otra de maíz para hacer ensalada, otra de

aceitunas. Me lo regaló todo. Después de un rato, cuando ya se había ido la

vecina, salieron unos gatos callejeros de unos arbustos y empezaron a

comerse esas cosas que habían caído desde el balcón. Era comida para

gatos. Lo cierto es que, después de un día entero sin probar bocado, no me

resultó nada asqueroso zamparme aquello. En ciertas situaciones, incluso la

comida para gatos puede saciar el hambre de un humano.

Hay quien piensa, en esta sociedad tan competitiva e individualista, que

las personas que están en la calle son vagos, que, de alguna manera, se

merecen su destino. Eso es muy injusto. La mayor parte es gente que, por

mala suerte o malas decisiones, ha acabado de forma trágica. Podría pasarle

a cualquiera. Y os aseguro que no todo el mundo está preparado para vivir a

la intemperie. Ser un sintecho no es sinónimo de ser un holgazán; de hecho,

hay sociólogos que han señalado que la vida en la calle requiere de cierto

grado de trabajo y de creatividad. Sobrevivir no es fácil. En la calle tienes

que ser avispado para mantenerte a salvo de los peligros, de las

inclemencias del tiempo, cuidar tu salud, conseguir comida o tratar con

personas que pueden no ser de fiar. Yo nunca estaba sentado en un banco

demasiado tiempo, siempre estaba en marcha, buscando una cosa u otra. Nunca dormía dos veces en el mismo sitio, lo que me obligaba a tener que

buscar refugio cada noche.

Por otro lado, no todo el mundo está preparado para pasar tantas horas,

tantos días, a solas con uno mismo y sin nada que hacer. En esta sociedad

parece imprescindible estar ocupado continuamente, nunca en actitud

contemplativa. Incluso en los momentos de descanso, las vacaciones, los

fines de semana; la gente siente una especie de ansiedad por vivir

experiencias todo el rato, y se llega al punto de necesitar un descanso de las

vacaciones. El estrés y la ansiedad son también una pandemia. Dijo el

filósofo Blaise Pascal que gran parte de los problemas de la humanidad

vienen de que las personas no saben estarse quietas, sentadas en una silla,

sin hacer nada. Algo de razón tenía.

Cuando yo vivía sin tener nada que hacer salvo patear las calles y

resistir día a día, a menudo me esforzaba por tener claros mis objetivos, mi

destino. Quería encontrar un trabajo, proveerme de comida, conocer gente;

crear, en fin, una vida nueva y mejor para mí. Me parecía importante no

olvidarlo porque algunas personas sin hogar durante mucho tiempo y

después de perder la esperanza, se vuelven sedentarias y acaban por aceptar

su situación, lo cual hace que cada vez les resulte más difícil salir de ella.

Yo no quería eso.

Mucha gente sale de la calle y logra retomar el control de su vida; es

posible conseguirlo, pero hay que mantenerse activo para ello, tener claro lo

que deseas y no olvidarlo nunca, por mucho que cueste. Yo incluso llegué a

conocer a personas que, aun no teniendo hogar y viviendo en pensiones

baratas o pisos de acogida, habían sido capaces de encontrar un trabajo y

mantenerlo. No se rindieron.

La vida de un sintecho es una lucha constante, un campo de batalla; no

consiste en tirarse a la bartola en una esquina a ver la vida pasar. Exige una

gran fortaleza mental y física para soportarlo. Por eso hay que tener mucho

respeto a esos que se ven obligados a vivir entre los parques y las aceras

porque muchas veces no les ha quedado más remedio. La calle no es para

los vagos. Ni mucho menos para los débiles.

Viví en la calle varios meses. Cuando, por el motivo que sea, te quedas

sin familia, sin dinero, sin casa, sin ayuda, te conviertes en algo así como en un monstruo incomprendido vagando por la ciudad. También cuando llegas

completamente perdido a un nuevo país, y no conoces a nadie, y no hablas

el idioma, y solo tienes lo puesto. Hay más de 30 000 personas en esta

situación en España. La sensación de vacío es inmensa, no tienes asidero,

no tienes nada, es como si no existieses. Cuando te encuentras en esta

situación, pierdes la humanidad y te conviertes en una cosa, un objeto más

del mobiliario urbano.

 

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