Desde el país de los blancos
4. El conocimiento no consiste en hallar respuestas sino en hacernos nuevas preguntas
4
El conocimiento no consiste en hallar respuestas sino
en hacernos nuevas preguntas
Cuando llegué a España no sabía ni leer ni escribir, ni sumar ni restar, y mis
conocimientos en general, más allá de aquellos que me habían ayudado a
sobrevivir en selvas y desiertos, no eran demasiado grandes. Pero, quién me
lo iba a decir, acabé yendo a la universidad. Y, además, dos veces, ojo:
primero estudié Químicas, carrera que tuve que abandonar, y después
Relaciones Internacionales.
La culpa fue de mi amigo Borja, al que conocí gracias a Gerard, de mi
grupo de castellers de Sant Cugat del Vallès. Una noche, como no tenía
ordenador en casa, yo había ido a un cibercafé del barrio de Gracia a
navegar por internet y resolver algunos asuntos. Al salir vi a alguien que me
llamaba desde la oscuridad. Era Borja, que casualmente pasaba por allí con
unos amigos. Me dijo que me uniera a ellos, pero como por aquel entonces
mi español aún no era muy bueno, le dije que mejor no.
—Tranquilo, Ousman, que estos hablan inglés —me explicó Borja—.
Vente, anda, y te tomas algo con nosotros.
Al final lo pasé muy bien con él y sus amigos, incluso conocí a una
chica que me propuso hacer sesiones de intercambio de idiomas: ella me
ayudaría a estudiar catalán y español y yo la ayudaría con el inglés.
Pero lo más importante es que en aquel grupo todos eran universitarios.
Eso para mí era nuevo. Hasta que conocí a Borja, mis pandillas de amigos
eran distintas, la verdad. Nos gustaba pasar el rato en la calle comiendo
pipas o jugando a la PlayStation; que no digo yo que eso esté mal, pero
aquella compañía no estimulaba precisamente mis ambiciones. En cambio, cuando conocí a los compañeros de Borja y vi que los universitarios eran
gente normal, accesible, exactamente iguales que yo, empecé a pensar que
quizá eso de la universidad no tenía por qué estar vedado para mí.
Con el grupo de Borja empecé a frecuentar la facultad de Economía y
Empresas de la Universidad de Barcelona: ellos estudiaban sus complejas
asignaturas y yo mis humildes idiomas. La biblioteca, ese templo del
conocimiento que en época de exámenes abría hasta la madrugada, me
parecía un lugar glamuroso y cómico al mismo tiempo. La gente estaba
nerviosa, rodeada de libros y apuntes, mordían los bolis y las uñas y se
respiraba el típico estrés de esa época de evaluaciones. Pero muchos de los
estudiantes iban allí más que nada a ligar con chicas, para qué os voy a
engañar. Y es que en algunas carreras técnicas había pocas estudiantes.
—Ousman, algún día tú también podrás estudiar aquí —me decía Borja
mientras veía pasar a las chicas como en una pasarela de modelos.
A mí eso me parecía una fantasía. ¿Cómo iba a ir yo, un negrito recién
llegado de las profundidades de África, a la universidad? Vamos, hombre.
Borja me enseñaba sus apuntes de ingeniería industrial, que me parecían
cosa de marcianos, y su compleja calculadora científica, que hacía gráficos
y todo tipo de operaciones, y me tenía alucinado. Así, en mí iba creciendo
el interés por la universidad, me iba empapando del ambiente académico.
Luego, a eso de las dos de la madrugada, Borja me devolvía a casa en
coche. Y a las siete yo tenía que estar en pie para ir a trabajar al taller de
bicicletas.
Empecé a decirles a mis padres barceloneses que yo quería ir a la
universidad.
—Primero tienes que aprender español y catalán —me decían—. Y
aprenderlos bien.
—Vale, valeee.
—Pero ¿quién te ha metido esas ideas en la cabeza?
—El Borja.
Mi hambre de conocimiento iba en aumento. Cuando aprendía A, quería
saber B. Cuando aprendía a sumar, quería saber restar; cuando sabía restar,
mi objetivo era multiplicar. Había noches en las que no podía dormir por los nervios que me producía ir a aprender algo nuevo al día siguiente. Estaba
ansioso. Y, sobre todo, estaba decidido: yo quería ser universitario.
Antes de entrar en la universidad, además de aprender los idiomas, tuve
que sacarme el graduado escolar y el bachillerato. Así que trabajaba por las
mañanas y al terminar mi jornada iba a clases nocturnas, que acababan a
eso de las diez. Me esforzaba mucho y siempre estaba cansado, pero
merecía la pena. Recuerdo que, además, les tenía mucho respeto a los
profesores. Para mí eran casi semidioses, aquellos que poseían el fuego del
conocimiento y nos lo traspasaban. El resto de los alumnos no los
respetaban tanto, claro.
Un día, cuando todavía no dominaba el idioma, la profesora me encargó
repartir los exámenes. Empecé a decir los nombres, pero me salían fatal y
decía cosas raras, como si estuviera masticando polvorones. ¿Qué nombres
eran aquellos? ¿Cómo se pronunciaban? El resto de los compañeros se
rieron de mi pronunciación, yo perdí la paciencia y me agarré un buen
cabreo. Les solté un buen rapapolvo en inglés, como una ametralladora, y
todos se quedaron callados y avergonzados porque les dije de todo menos
bonitos. Lo hice, sobre todo, porque temía que si me callaba y bajaba la
cabeza, nunca me iban a respetar. Tenía que marcar mi territorio, y echarles
una bronca en inglés resultó de lo más eficaz, porque en España hay un
fuerte complejo con eso de los idiomas, ya que muchos españoles,
presidentes del Gobierno incluidos, apenas saben hablar alguno que no sea
el suyo. Yo estaba intentando aprenderlo de buena fe, esforzándome por
integrarme conociendo su lengua. ¿Acaso merecía que se rieran de mí por
eso? Tenedlo en cuenta la próxima vez que os crucéis con un extranjero que
trata de chapurrear vuestra lengua de mala manera: lo hace por respeto a
vosotros, no se merece que respondáis a su respeto con burlas.
Lo bueno es que sacar el genio al final me granjeó el afecto de mis
compañeros. Cuando tocó elegir al delegado, todos me votaron a mí, y eso
que ni siquiera me había presentado. Hubo unanimidad. Yo flipaba: era el
chico que llega en patera, se pone a estudiar bachillerato e,
inesperadamente, acaba siendo elegido delegado de la clase. Curioso giro
de los acontecimientos. La verdad es que me sentí muy orgulloso de ello. Había tenido suerte, sin duda, pero, en el fondo, la suerte muchas veces
consiste en saber aprovechar las oportunidades que se cruzan en tu camino.
En el bachillerato tenía un profesor de filosofía al que siempre recuerdo.
Ya tenía edad para estar jubilado, pero como le gustaba tanto enseñar,
seguía al pie del cañón tratando de meternos en la cabeza el saber de los
filósofos griegos, la escolástica medieval y los ilustrados. Creo que tenía
párkinson o alguna enfermedad parecida porque su mano temblaba todo el
tiempo. Pero era un gran profesor, tenía mucha paciencia y un conocimiento
muy profundo.
—La semana que viene trataremos un tema de Platón: la existencia de
Dios —nos dijo un viernes.
Ese fin de semana lo pasé en un profundo estado de ansiedad: no podía
aguantar las ganas de que llegara el día de conocer por fin la respuesta a la
gran pregunta: ¿Dios existe? Para mí el tema de la religión era importante
porque mi padre era chamán, yo me había criado en el credo musulmán y,
además, parte de mi familia era cristiana. Un buen lío. Con ese panorama, la
idea de descubrir finalmente si Dios existía y cuál era el verdadero —si el
de mi padre, el de mi familia musulmana o el de mi familia cristiana— me
resultaba muy estimulante. Quería tener respuestas definitivas.
Llegó el viernes. Hablamos de Platón y de Dios, y resultó, por supuesto,
que la respuesta no estaba tan clara como yo esperaba. Fue un poco
frustrante para aquel pequeño Ousman de entonces, pero aprendí una
valiosa lección: a menudo el conocimiento no consiste en hallar respuestas
definitivas, sino en hacernos nuevas preguntas, en aprender a pensar de
forma crítica e independiente. Esta ambición por adquirir cada vez más
conocimientos paso a paso me ha dado muy buenos frutos. La ambición
tiene mala prensa, porque es verdad que un exceso de ella no siempre es
bueno; sin embargo, en su justa medida puede llegar a cambiarnos la vida.
Otra cosa que me fascinó fue la medicina, la ciencia médica. Cuando
descubrí las aspirinas me pareció increíble que existieran unas píldoras
mágicas que quitaban el dolor de cabeza. Tened en cuenta que, como ya he
dicho, mi padre era chamán. Yo había presenciado muchos de sus rituales y
le había visto elaborar pócimas para curar dolencias o resolver problemas.
El suyo era un trabajo lleno de misticismo y complejos rituales. Cada dolencia exigía un elaborado ungüento o brebaje para eliminarla, cuya
preparación era un secreto transmitido durante generaciones. Entonces, en
el País de los Blancos, descubro que la magia se vende en pastillas. Tratar
de comprender cómo funcionaba aquel sortilegio me quitaba el sueño por
las noches.
Me interesaba especialmente la química, y en el bachillerato discutía
bastante con el profesor de esta asignatura, Lluís Sarrado, un hombre que
me marcó mucho. Hablaba con él hasta el final de la clase y luego le
perseguía por los pasillos con mis dudas y mis opiniones, muchas veces
relacionadas con las medicinas y las pócimas chamánicas. Él me decía que
si quería entender todo aquello, el principio activo de las plantas, la
botánica, debía estudiar la carrera de Farmacia.
Cuando llegó el momento de hacer un trabajo de fin de curso, decidí
analizar una de las plantas curativas de mi padre, extraer el principio activo
y comprender por qué era capaz de curar con ella. Encargué a unos
familiares en Ghana que me mandaran aquella planta. Mi sueño era inventar
una pastilla como la aspirina que neutralizara el veneno de serpiente, que
resultaba que en mi pueblo mataba a muchas personas. A otras las salvaba
mi padre.
Al profesor le gustó mucho la idea, pero me advirtió de que en
bachillerato no teníamos los medios para hacer esas cosas. Eso sí, lo contó
en un congreso de químicos:
—Tengo un chaval en clase que no os lo podéis ni imaginar —les dijo a
sus colegas—: en vez de tener Red Bull y drogas en su nevera, tiene plantas
curativas africanas que quiere analizar… ¡Su padre era chamán!
Así, mi historia llegó a los oídos de los directivos de una conocida
empresa farmacéutica llamada Esteve y de otros peces gordos de la
industria y la universidad. Me dijeron que me podían conseguir una beca
para que en vez de estar arreglando bicicletas la mitad del día, pudiese ir a
investigar la planta de marras.
—Durante la carrera puedes ir haciendo ese trabajo —me dijeron—.
Será como tu tesis de doctorado.
Todavía no había entrado en la universidad y ya estábamos pensando en
mi tesis; era alucinante. Por desgracia, la nota de corte para Farmacia era muy alta y me quedé a solo dos décimas. Ahora bien, que a cabezota no me
gana nadie, así que repetí la selectividad al año siguiente y… nada. Otra vez
me quedé a las puertas. Como el destino parecía empeñado en racanearme
esas dos décimas que me faltaban, acabé matriculándome en Químicas en la
universidad pública. Mi idea era, después de los primeros cursos, pedir el
traslado a Farmacia, obtener mi beca y así poder trabajar en mi soñada
investigación de la medicina chamánica vista a los ojos de la ciencia.
Cuando comencé la universidad me sorprendió descubrir que muchos de
los estudiantes más jóvenes no iban allí tanto a estudiar como a vivir nuevas
experiencias. Para ellos es como descubrir un mundo diferente al que
conocen: de pronto pueden administrar su propia libertad. A muchos sus
padres los han tenido entre algodones durante tanto tiempo que cuando
salen de esa burbuja se desmadran. Adiós a la dulce seguridad familiar.
Así que había gente que por clase aparecía más bien poco, que llegaba
tarde o que trataba de refugiarse en el anonimato de las últimas filas. Las
aulas eran antiguas, enormes anfiteatros de madera vieja, y eso me gustaba
porque le daba algo así como de película de misterio. Yo me intentaba
poner en las primeras filas. Llegaba el descanso y la gente salía a la calle a
fumar. También las chicas. «¿Cómo?», pensaba yo, asombrado. «¿Chicas
fumando?». No entendía nada, eso era algo rarísimo en África. También me
flipaba que la gente se pusiera a hablar durante la lección, desaprovechando
la sapiencia de todo un profesor universitario.
Tal vez todo era una cuestión económica: cuanto más esfuerzo nos
cuesta conseguir las cosas, más las apreciamos. Yo me deslomaba
trabajando para pagarme aquellas clases, mientras que algunos de mis
compañeros no sabían ni cuánto costaba cada crédito porque lo pagaba la
familia.
Un día la profesora de biología preguntó quién tenía un buen nivel de
inglés, del cien por cien, y solo dos levantamos la mano. Era importante
porque el material de la asignatura estaba en inglés, la lengua de la ciencia.
El alumnado tenía que esforzarse en dominar el idioma que los iba a
acompañar durante su carrera académica y profesional. Al acabar la clase,
el otro chico bilingüe que había levantado la mano se me acercó.
—Oye, y tú ¿por qué tienes tan buen inglés?
—Porque soy de Ghana, y allí es el idioma principal. Fuimos colonia
británica.
Así conocí a Bernardo, que fue mi primer amigo en la facultad. Él era
español, pero nació en Nicaragua porque sus padres estaban trabajando allí
para Médicos Sin Fronteras. Luego estudió todo el bachillerato en Canadá,
donde también tenía familia. Él era uno de los que salían a fumar con las
chicas adictas al tabaco que me atormentaban.
Allí fuera, en corro y con los cigarrillos, se comentaba la actualidad.
Aquella semana unos jóvenes marroquíes habían violado a una chica. La
gente no hacía más que hablar de «moros», y yo, que desconocía el
significado de esa palabra, me hacía unos líos tremendos. Empezaron a
contar historias de marroquíes que robaban a las señoras mayores en las
Ramblas.
—Es intolerable, los moros solo vienen a delinquir.
—Y encima solo les dan ayudas y facilidades. Dichosos moros.
—Habría que parar la inmigración, devolver a los moros a sus países.
—A mí me da miedo ir por ciertas calles que están llenas de moros.
Y yo allí delante, de convidado de piedra, preguntándome qué diablos
era un moro. Por el contexto, parecía una especie de insulto, una forma
despectiva de llamar a los inmigrantes en España. Así que, ¿un chino que
tiene una tienda en Barcelona es un moro? ¿Mi amigo Bernardo, que nació
en Nicaragua, era un moro? ¿Yo mismo era un moro sin saberlo? Qué
misterio.
—Bueno —dijo Bernardo—, pues si hay que devolver a los
inmigrantes, también habrá que devolver a Ousman, ¿no? ¿No son todos
iguales? Y también a Messi, a Ronaldinho, etcétera. ¿No son «sudacas de
mierda»?
—No, pero esos juegan al fútbol, no vale.
—Ya, pero ¿no son inmigrantes?
Los demás se sintieron avergonzados. Ahí vi que Bernardo era un tío
que pensaba diferente y me pareció que nos haríamos grandes amigos,
como, de hecho, así ocurrió.
Juntos íbamos a las fiestas universitarias, que son una cosa muy loca. A
mí me encantaban porque podías conocer gente nueva, sobre todo chicas, algo que hasta el momento era impensable para mí. La historia de cómo me
convertí en indispensable para muchas de esas fiestas tiene su gracia. Todo
fue por culpa de Bernardo. Él vivía en Poble Nou y me recogía en casa cada
día para ir a la universidad, o «la uni», como solíamos decir.
—Oye, y tú ¿vives aquí? —me preguntó la primera vez que vio mi piso
en Gracia.
—Pues sí.
—¿Y dónde están tus padres?
—No, ellos no viven aquí. El piso es para mí solo.
Casi pude ver cómo a Bernardo se le encendía una bombilla encima de
la cabeza.
—Ousman, eso es estupendo. ¡Ya tenemos nuestro cuartel general para
montar fiestas!
—Bueno, ¿por qué no? Aunque ojalá fuera un poco más grande para
meter más gente. Lo malo es que mucho espacio se lo lleva la terraza.
La bombilla de Bernardo se hizo cada vez más grande.
—¿Tienes terraza?
—Oh, sí, es enorme.
A esas alturas, la bombilla ya era del tamaño de un faro. Yo ya me temía
que Bernardo estaba tramando algo, y no me equivoqué. Ese viernes,
cuando acabó el último profesor, mi amigo salió al estrado.
—Chicos, que nadie se marche. He pensado que hay que romper el
hielo, y para eso vamos a hacer una fiesta… ¡en la terraza de Ousman!
Todos estáis invitados.
Yo me levanté.
—¡Bernardo! Pero ¿qué dices? ¿Estás loco? ¡De eso ni hablar!
Os explico: no es que yo sea un muermo que odia tener invitados, lo que
ocurre es que en mi cultura, cuando uno es el anfitrión de una fiesta, no se
limita a poner su casa y ya está, qué va; tiene que ocuparse de comprar toda
la comida, la bebida y demás gastos. Y, por supuesto, no puedes ser rácano.
Tampoco puedes permitir que nadie traiga nada de su casa porque se
considera una falta de respeto al anfitrión. Así que, gracias a la ocurrencia
de Bernardo, yo de pronto tenía que pagarles una cena en casa a más de ochenta personas. Empecé a plantearme la posibilidad de vender algún
órgano para poder costear todo aquello.
—Que no, Ousman —me dijo Bernardo—. Tranqui, que aquí no es una
falta de respeto que los invitados traigan la comida y la bebida de sus casas.
No te preocupes, que tú no te vas a gastar ni un duro.
—Pues haberme avisado, hombre. Menudo susto más tonto.
Finalmente «solo» asistieron cuarenta invitados o así, pero fue una cena
apoteósica. Trajeron cosas de comer que no conocía, como el guacamole y
muchas patatas fritas de esas de bolsa. Menú de estudiantes, vaya. A mí,
que no tomo alcohol, me pareció muy gracioso ver cómo al principio la
gente estaba muy cortada y, en cierto momento, con el efecto de la bebida,
todo el mundo es amigo de todo el mundo y se quieren como hermanos. Esa
progresión me resulta curiosa. En Ghana no es tan importante el alcohol
para socializar. Mi padre, el chamán, solo utilizaba el alcohol para convocar
a los espíritus. Era algo sagrado. Pero era alcohol fortísimo, que quemaba
los labios, no para beberlo mezclado con Fanta Naranja. Allí en las fiestas
no se trata tanto de emborracharse hasta caer redondo como de encontrarse
con otras personas, tocar tambores y bailar los bailes de la tribu. En los
pueblos la gente no suele salir a beber. En la ciudad, en cambio, sí, porque
allí se imitan los usos occidentales.
Estuve dos años en la carrera de Químicas, pero lo tuve que dejar por
varias razones. Eran unos estudios muy exigentes, difíciles y con muchas
horas de prácticas de laboratorio, lo que los hacía incompatibles con
trabajar cuarenta horas semanales en el taller. En ocasiones tenía que hacer
exámenes que precisaban cuatro horas en la mitad de tiempo y luego salir
pitando para no llegar tarde a mi trabajo. La posibilidad de dejar el taller era
inviable porque necesitaba el dinero para pagarme los estudios, que eran
muy caros; y encima coincidió con la crisis económica y sus recortes, y el
dinero para la investigación empezó a faltar. Tuve que asumir que o
trabajaba o estudiaba Químicas, que las dos cosas no podían ser. Como al
final el trabajo no solo me pagaba los estudios sino también la comida, la
decisión fue dolorosamente clara: tendría que dejar aquella carrera y
renunciar a mi futura beca de investigación en Farmacia.
A lo que no pensaba renunciar de ninguna forma era a mis estudios
universitarios.
Descubrí que en la universidad privada daban más facilidades para
compaginar trabajo y estudios, así que me matriculé allí. En aquellos años
de estudiante me había dado cuenta de la importancia de la formación para
las personas y, siguiendo estas ideas, estaba empezando a formar la ONG
NASCO Feeding Minds, que pone el foco precisamente en eso, en llevar la
educación digital a los jóvenes de mi país. Así que, en vez de Químicas o
Farmacia, decidí darle un nuevo enfoque a mi orientación profesional y
obtener un título en Relaciones Internacionales, para lo cual tuve que
matricularme en Administración de Empresas, Relaciones Públicas y
Marketing. Pensé, además, que me vendría bien aprender técnicas para
contar mi historia y mi proyecto.
Un día, una profesora de la Universidad Politécnica de Cataluña,
llamada Eva María Vidal, vino a la tienda y le vendí una bici de segunda
mano. Empezamos a charlar, porque yo estaba interesado en el ámbito
universitario, y nos hicimos amigos. Aún lo seguimos siendo. Para mí la
universidad era una caja de conocimiento, así que los profesores
universitarios para mí eran las personas más respetables e importantes a
quienes podía conocer. Eva María, además, vivía en el barrio y me invitó a
la Politécnica a hablar de mi ONG, de la tecnología y su importancia en
África; también de cómo recopilar material informático que no se usa aquí
y llevarlo allí, a las escuelas de Ghana. La asignatura de Eva María, que es
ingeniera de telecomunicaciones, tenía que ver con el reciclaje de material
digital, así que la cosa encajaba perfectamente.
Yo aún no tenía experiencia en hablar en público, así que en el acto me
puse tan nervioso que empecé a hablar rapidísimo, casi no me entendía a mí
mismo. Acabé un poco avergonzado, aunque Eva María no dejaba de
repetirme que no había estado tan mal como yo pensaba. No obstante, aquel
episodio me hizo entender la importancia de saber hablar en público.
Aprendí que tener la mejor idea del mundo o los mejores conocimientos no
sirve de nada si no lo sabes transmitir.
Así fue como llegué a la Escuela Universitaria Formatic Barcelona, a
informarme de cursos para comunicarme de forma efectiva. Yo quería apuntarme a uno de tres meses y me acabaron vendiendo una carrera de
cuatro años. Esos tíos eran muy buenos: llevaban el marketing en las venas.
La universidad pública tiene que ser igual para todos, lo cual tiene
sentido en la medida en que es pública, pero en la privada se adaptan mejor
a tus horarios y circunstancias laborales. Me cambiaban fechas de exámenes
o me evaluaban de otras maneras. El precio, además, no era tan alto como
yo había temido.
La universidad privada era otro mundo; más pijo, obviamente. Nunca
conseguí reunir a un grupo de amigos tan cercano como en la pública,
porque los lazos entre alumnos eran más débiles. La causa era que todo el
mundo estaba demasiado ocupado para hacer amigos, la mayoría de los
alumnos compaginaban sus clases con otros estudios o con trabajos, igual
que yo; la gente apenas tenía tiempo para socializar. A pesar de todo, hice
buenas migas con una compañera que no podía ir mucho a clase y solía
pedirme que le explicara el temario. Yo lo hacía encantado porque me
gustaba explicar y, además, a mí me servía de repaso.
Había muchas otras chicas en esa universidad, y algunas, además, eran
azafatas o modelos. Muy monas, sí, pero no demasiado interesantes: se
pasaban mucho tiempo hablando de ropa de Mango, de Zara y otros temas
parecidos de los que yo no tenía mucha idea.
Otro aspecto de la universidad privada es que, en general, los
estudiantes eran menos aplicados. Al menos con los que me relacioné. A
menudo nos juntaban en grupos de trabajo de tres o cuatro personas y a mí
me tocaba dar el callo mucho más que a los demás, que escurrían el bulto
de mala manera. Luego, al final, la nota por la que no se habían esforzado
en absoluto era la misma para todo el grupo, lo cual era indignante, pero yo
me callaba para no ser un chivato.
Entre las clases que se impartían me llamaba mucho la atención la de
debate. Ahí había que defender primero un punto de vista y luego el
contrario. No se me daba mal del todo salvo cuando tenía que defender
posturas que no compartía. Mi problema es que no sé fingir, y no entendía
por qué había que hacer aquel teatrillo de ser abogado del diablo. Eso sí,
cuando defendía mis propias opiniones iba a muerte, con tanta pasión que todo el mundo quería estar en mi equipo. Siempre he sido muy apasionado,
sobre todo aquellos años.
OceanofPDF.com