Desde el país de los blancos
7. Viaje a través del tiempo
7
Viaje a través del tiempo
Al día siguiente de llegar a Barcelona, estando sentado en un banco, algo
desesperado, vi pasar a una mujer y sentí el impulso de dirigirme a ella y
pedirle ayuda. Era Montse, la que se convertiría más tarde en mi madre, y
esta historia ya la conocéis. Ella me indicó cómo ir a la Cruz Roja. Debía
coger el metro y, obviamente, yo no tenía ni idea de cómo manejarme en
aquel laberinto subterráneo. Me encontraba mirando un mapa del metro
cuando una chica se acercó y me ofreció su ayuda. Se llamaba Eva y aún
recuerdo con todo detalle cómo iba vestida aquel día. Llevaba unas mallas
negras, una minifalda y un jersey. Mientras ella me daba indicaciones yo
solo podía pensar en que aquella chica llevaba una falda corta ¡y, encima,
en pleno invierno! Las mallas eran tan finas que parecía que llevara la piel
al aire. Se ofreció a acompañarme. Me resultaba provocativo y me ponía
nervioso sentarme a su lado, rozar su cuerpo; me parecía demasiado
sensual. Ahora pienso en aquella desazón que me causaba una simple
minifalda y la considero ridícula, pero es una muestra de cómo cambia la
visión de las cosas según los parámetros culturales que uno tenga.
En uno de mis últimos viajes a Ghana le mostré a Mónica, mi pareja,
cómo las personas se bañan en el río o en la playa completamente vestidas,
con sus camisetas, sus pantalones y toda clase de prendas. No se quitan la
ropa para tirarse al agua. Puede parecer práctico, porque si de pronto vas
paseando y sientes calor, no tienes más que tirarte al agua, vestido y todo, y
ya está, nadie te va a tomar por un loco. La realidad es que es muy
incómodo, pero quitarse la ropa allí no está bien visto, se considera una provocación sexual. ¿Y llevar bikini o bañador? ¡Imposible! Tampoco es
aceptable.
Cuando, dos meses después de mi llegada a Barcelona, Montse y
Armando me adoptaron y pude dejar al fin las calles, Montse me prestó una
bicicleta antigua que tenía en el garaje para que pudiera desplazarme por
Barcelona. Estaba vieja y ya no funcionaba bien, así que la llevamos a una
tienda de bicicletas que había junto al comercio de ropa que tenía mi madre.
Una vez que la bicicleta estuvo reparada, fui a recogerla. Días más tarde, el
dueño de la tienda de bicicletas pasó por donde Montse acompañado de su
hijo (si no recuerdo mal, iban a comprar un pijama). Le preguntó quién era
yo, pues me veía entrar allí a menudo y también me había visto cuando
llevé a arreglar la bicicleta a su tienda.
—Es Ousman. Le hemos adoptado —le explicó mi madre.
—¿De verdad? Qué historia tan bonita, Montse.
—No deja de decir que quiere trabajar, está muy insistente, y eso que
aún no habla bien castellano ni catalán. Si te enteras de cualquier trabajo,
avísame, por favor.
—Dile que se pase mañana por la tienda de bicicletas y le hago una
prueba, no me vendría mal algo de ayuda.
Cuando mi madre regresó a casa y me contó que tenía una prueba para
un trabajo, no cabía en mí de felicidad.
—Es en la tienda de bicicletas.
—Pero, mamá, yo quiero un trabajo de verdad —le dije, decepcionado.
Yo había trabajado desde pequeño en chapistería de maquinaria pesada.
Estaba acostumbrado a arreglar barcos enormes, camiones… De pronto, la
idea de arreglar bicis me parecía una broma.
Mi madre consiguió convencerme de que era un trabajo de lo más
normal y que me gustaría. Al día siguiente me presenté en la tienda de
bicicletas. Me hicieron una prueba y quedaron muy sorprendidos con mi
habilidad para la mecánica. Empecé a trabajar en la tienda y todo iba bien,
hasta que llegó el momento de cobrar.
—Ousman, nos tienes que dar un número de cuenta —me dijeron.
—No te preocupes, prefiero que me lo deis en metálico y lo guardo en
casa.
Pero me decían que aquello no podía ser. Yo insistía e insistía en que
quería tener mi dinero. Empezaron a desfilar por la tienda todos los
empleados de la sucursal bancaria, incluso la directora, pero ninguno
conseguía convencerme. Soy un poco cabezota cuando quiero, ya os habréis
dado cuenta. Finalmente tuvo que venir mi madre e hicimos un trato: si yo
iba al banco y de verdad no tenían mi dinero, como yo creía que ocurriría,
mi jefe me daría el dinero en mano.
En la tienda vendíamos bicicletas plegables de la marca Brompton. Yo,
además de arreglarlas, las distribuía. Me movía en una bicicleta con una
cesta muy grande delante en la que metía las bicicletas embaladas. Podía
llevar hasta tres. Un día paré en un semáforo. Iba muy cargado. Era como
esas hormigas que cargan cosas mucho más grandes que ellas. Cuando el
semáforo se puso en verde, perdí el equilibrio por el peso y me caí. El coche
que iba detrás de mí ya había arrancado y, por suerte, pudo frenar a tiempo,
pero mi cara quedó a pocos centímetros de su parachoques. Era tal el susto
que tenía en el cuerpo que fui a hacer la entrega a pie, empujando la bici por
la acera con las manos. No paraba de preguntarme: ¿de qué sirve ir
corriendo por la vida? Fue un momento importante para mí, en el que
reflexioné sobre lo rápido que pasa el tiempo y lo importante que es
disfrutar el camino. Sin duda, hay que vivir cada día con ilusión y
entusiasmo, como si fuera el último. Empecé a vivir con esa máxima vital.
Tal es así que, cuando llegó la Navidad, puse un enorme árbol y mucha
decoración en mi piso, en el que ya vivía solo. Me parecía una época
mágica y llena de felicidad, así que pensé: ¿por qué quitar el árbol? A
mediados de marzo, un día vino mi madre de visita.
—Ousman, en realidad he venido a quitar el árbol. ¡Es marzo! ¡No
puedes dejarlo todo el año!
—Pero, mamá, es tan bonito… Yo quiero vivir cada día como si fuera
Navidad.
Aquel día en que casi me atropella un coche, como hice las entregas a
pie, tardé más de lo habitual en regresar a la tienda. Cuando llegué, el dueño
me llevó aparte y me dijo que Alex, el encargado, le había dicho que yo era
demasiado lento, que tenía que ser más rápido en las entregas y que no
podía utilizar las horas laborales para mis asuntos. Me quedé bloqueado, no fui capaz de decir nada. No entendía cómo Alex, que era veinte años mayor
que yo, no había hablado conmigo directamente.
Esperé hasta que llegó un sábado en el que me tocaba trabajar con Alex,
sabía que nos íbamos a quedar a solas, y le dije:
—Si tienes algún problema conmigo, ¿por qué no me lo dices? ¿Por qué
vas a chivarte al jefe? ¿Quieres que me despidan? —A medida que le
increpaba lo hacía con más furia y rabia—. Cobras más que yo, ¿por qué
diablos quieres que me despidan? —le gritaba.
Alex rompió a llorar. Entendí que no había mala intención por su parte y
aprendí que es importante hablar las cosas sin rabia.
En la tienda también tenía un compañero holandés, llamado Jorum, con
el que me llevaba muy bien. Cuando llegó el verano, mi primer verano en el
País de los Blancos, un día me propuso acercarnos a dar una vuelta por la
playa de la Barceloneta. Él estaba acostumbrado a las nubes y a la lluvia de
su país, lo del sol y la playa le encantaba, así que lo disfrutaba siempre que
tenía ocasión. Aquel día yo iba con unos pantalones piratas y una camisa
negra. Entonces había una canción de Juanes que decía eso de «tengo una
camisa negra…». Así que allí iba yo, todo chulo. Durante nuestro paseo vi a
chicas en bikini por todas partes: paseando por la arena, bañándose en el
mar, jugando a las palas, recubiertas de crema, al sol.
—Pero ¿qué es esto? —le dije a Jorum, asustado—. ¿Qué está pasando
aquí? Esto es pornografía.
Y eso no era todo. Además, aquellas mujeres se metían debajo de las
duchas del paseo marítimo y se restregaban el cuerpo para limpiarse la
arena. Comprendedme: yo venía de un país donde la gente se bañaba
vestida como si fuese a hacer la compra o a visitar a unos amigos, y lo más
que podías verle a una chica en la playa eran los tobillos. Lo de la
Barceloneta me parecía increíble, era todo demasiado sexy. Se me cruzaban
los cables, no podía creer lo que veían mis ojos.
Yo, claro, intentaba no mirar para no parecer un pervertido, ¡pero es que
aquellas chicas estaban por todas partes! Y no era que se hubieran vuelto
locas de repente, no; es que era una costumbre local, a nadie le resultaba
chocante ni escandaloso. Luego me enteré de que en España también se
vivió el proceso de aceptar socialmente el bikini durante la dictadura franquista. Se consideraba una prenda pecaminosa que traían las
extranjeras, pero se permitió para apoyar el turismo, que es uno de los
pilares de la economía del país. Ahora se consideran como lo más normal
del mundo. Sin embargo, durante aquel paseo aún me faltaba por ver algo
aun más asombroso.
—Pero… ¿qué pasa en esta playa? ¿Por qué está todo el mundo
desnudo?
—Tranquilo, Ousman —me apaciguó Jorum—. No es nada raro. Es que
aquí muchas mujeres hacen top less para broncearse el pecho.
Mi amigo y yo nos compramos unas gafas de sol baratas, de esas que
venden en los puestos de artículos veraniegos, para que, si se nos escapaba
alguna mirada (cosa inevitable), al menos no nos tomaran por un par de
viciosos. Tengo una foto de aquel día, en la playa, haciéndome el chulo con
mi camisa negra y mis gafas de sol. Lo que no se aprecia en la foto es que
estaba muerto de vergüenza.
Cuando llegaron las vacaciones de aquel primer verano que pasé en
España, mi familia me llevó de camping. Yo no estaba nada convencido,
pues dejar la comodidad de una casa para dormir en una tienda de campaña
me parecía absurdo. Pero, encima, había una piscina, y a mí me
incomodaba mucho ver a mi hermana en su bikini rojo, así que trataba de
no coincidir con ella en la piscina. Siempre pensaba que se había
descuidado y que por eso no se había cubierto con la toalla o un pareo. Pero
no, no era un descuido; era lo habitual. Y no os quiero ni contar la
vergüenza que pasé cuando me dieron mi bañador, que era un boxer
apretado.
—Esto son unos calzoncillos, mamá. ¿Me puedes dar el bañador?
—No, Ousman, eso es el bañador.
—Pero ¿cómo me voy a poner esto delante de todo el mundo?
Yo quería uno que tapara hasta por debajo de la rodilla y tuvieron que ir
a la tienda a comprármelo, porque me negué en redondo a ponerme aquella
prenda que dejaba muy poco a la imaginación. En fin, imaginaos llegar a un
país donde no solo la gente va prácticamente desnuda en verano, sino que
además te obligan a ti a ir en cueros. Pues más o menos así me sentía yo.
Lo cierto es que, en el fondo, todo es una mecánica mental, una cuestión
cultural. Por ejemplo, un bikini cubre la misma porción de cuerpo que la
ropa interior y, sin embargo, en España a ninguna chica se le ocurre ir a la
playa en bragas y sujetador, pero sí en bikini sin ningún problema. En las
playas urbanas la gente está semidesnuda sobre la arena, a la vista de todos,
pero nadie se atreve a ir así por la calle, que está solo a un par de pasos, a
no ser que seas un nudista de esos que últimamente andan por Barcelona
como Dios los trajo al mundo. Los humanos somos unos animales muy
particulares y las cuestiones culturales muchas veces, si lo piensas con
detenimiento, son un poco absurdas.
Cuando llegué a Libia durante mi largo viaje hacia España, me di cuenta
de que había mucha gente que vestía con esa túnica blanca propia de los
árabes; la vestimenta estándar del mundo musulmán. Pero también había
mucha ropa occidental, como los pantalones vaqueros, que usaban, sobre
todo, los hombres jóvenes. A medida que iba avanzando, cuando llegué a
Argelia y Túnez, vi que algunas mujeres también llevaban pantalones y no
se cubrían tanto. En Marruecos, la mujer ya viste de manera muy
occidental. Pero España era otro mundo donde, en cuanto a la moda, casi no
había diferencias entre un sexo y otro. Me resultaba muy curioso y
fascinante observar cómo iban cambiando las costumbres de país en país. A
veces pienso que, además de en el espacio, he viajado en el tiempo, pues he
conocido costumbres de todas las épocas.
El invierno también era un problema para mí. Aunque para el estándar
español Barcelona es una ciudad cálida, cuando yo llegué me pelaba de frío.
A mis amigos les llamaba mucho la atención. «Ousman, eres una flor de
estufa», me decían, y cuando bajaba la temperatura, todo el mundo se
acordaba de mí: «El pobre Ousman debe de estar pasándolo fatal». Y era
cierto: en cuanto descendía un poco el termómetro, se me congelaban los
dedos y la humedad se me metía por todas partes. Siempre que quedaba con
mis amigos tenían que prestarme sus chaquetas para que no acabara
tiritando. Ahora ya me he acostumbrado un poco, pero sigo prefiriendo que
haga calorcito.
Un día me llevaron por primera vez a la nieve. Fui con Eduardo, el
profesor de filosofía que se ofrecía voluntario para enseñar español e informática a inmigrantes. En Ghana no teníamos noticias de la existencia
de la nieve. Si nos lo hubieran contado, nos habría parecido algo del espacio
exterior: ¿agua helada de color blanco que cae de las nubes? ¡Vamos, anda!
Menuda fantasía.
Eduardo me llevó con sus amigos al Pedraforca, una montaña cerca de
Barcelona, y me quedé atónito al ver toda la montaña nevada. Pensaba que
de pronto el mundo se había convertido en un congelador.
—Ven, Ousman, verás qué divertido —me dijeron mis amigos.
Entonces unos me cogieron por los brazos, otros por los pies y me
arrojaron a la nieve. Como estaba muy blanda, me hundí como una piedra y
salí igual que si me hubieran rebozado en azúcar. Sentí sorpresa y un poco
de susto, la verdad. «Pero ¿por qué se ha congelado la montaña?», pensaba.
«¿Es que a nadie le preocupa?». Menuda experiencia. ¡Y qué frío!
Más adelante, uno de mis hermanos blancos, Oriol, que había sido
monitor de esquí y había competido, me llevó a esquiar a Andorra, donde
vive mi hermana. Yo tenía tanto miedo a congelarme que me puse
muchísimas capas de ropa encima; parecía una cebolla. Incluso me costaba
moverme. Cuando subí al telesilla estaba sudando a chorros. «Vaya, por lo
visto en mitad de la nieve también se puede sudar como cuando hace
calor», me dije. Qué ilógico. Empecé a pensar que igual no era necesaria
tanta ropa, aunque hiciera un frío de narices. Pero al final, gracias a que mi
hermano era un profesor estupendo, acabé cogiéndole el gusto a eso de
esquiar.
Pero esas no eran las únicas costumbres sociales que me sorprendieron
al llegar a España. Me alucinó, por ejemplo, ver un día a mi padre hacer una
cosa rarísima cuando terminamos de comer.
—Papá, ¿qué estás haciendo?
—Pues ayudar a quitar los platos de la mesa, ¿no lo ves?
Verlo lo veía, pero no lo entendía. En mi pueblo, el padre es una
autoridad muy fuerte que trabaja para mantener a su familia, pero en casa
no mueve un dedo. La división de tareas entre el hombre y la mujer está
muy marcada: la mujer cuida del hogar y de los hijos, va al río a por agua y
al bosque a por leña, hace la comida, limpia los platos y calienta el agua
para lavarse; la tarea del hombre es el trabajo duro en el campo. Por eso me sorprendió tanto ver a mi padre catalán sirviendo la comida y, más tarde,
apilando los platos para llevarlos a fregar a la cocina. En mi pueblo, a un
padre ni por asomo se le ocurriría recoger sus cubiertos de la mesa después
de comer: eso es cosa de mujeres. Y, por supuesto, nadie le pide que lo haga
ni cuestiona su autoridad. En España, en cambio, los hijos a veces se
enfadan con sus padres, se pelean con ellos y les replican sin cortarse un
pelo. Eso es impensable en Ghana. Ni siquiera los puedes tocar. Una vez
uno de mis hermanos tocó a mi padre en la mesa, haciendo bromas, y fue
terrible. Me puse muy nervioso. «¿Cómo te atreves a hacer eso?», me
encaré con él. Ellos se morían de risa con mis ocurrencias, claro.
Muchas veces en Ghana se maltrata a los hijos, que son solo una
herramienta más para la familia. Creo que, en ocasiones, en España pasa
justo al revés, y eso tampoco me parece bien. Me refiero a que hay familias
que están al servicio de sus hijos: son el centro de todo, como príncipes a
los que hay que satisfacer todos sus caprichos. Yo no soy partidario de los
extremos: no creo que el niño tenga que estar el servicio de la familia, como
pasa en Ghana, ni la familia al servicio del niño, como ocurre en España.
Como en casi todas las cosas de la vida, siempre es mejor el término medio.
Me parece un gran error convertir a los hijos en pequeños tiranos a los
que hay que contentar en todo; a veces es bueno marcarles lo que tienen que
hacer. En el otro extremo está mi padre en Ghana: un hombre muy estricto,
de mano dura, que solo me daba órdenes, nada de cariño, y apenas me
dirigió la palabra hasta que me hice mayor.
En España no solo son muy diferentes las relaciones entre padres e
hijos, también resultan distintas entre hombres y mujeres. En Ghana, los
chicos y las chicas no salen por ahí a ligar ni ellos tienen varias novias, una
detrás de otra. Cuando tienes novia es para casarte. Y, por supuesto, las
familias tienen que dar su permiso. Cuando el matrimonio se lleva a cabo,
el marido se convierte en el padre de familia y gobierna el hogar con mucha
autoridad. Nadie le discute jamás.
Eso era lo que yo había vivido, y lo que veía en mi pueblo cuando era
niño. Por eso me llamó mucho la atención toda esa libertad que encontré en
España; tanto que a veces me parecía más bien libertinaje. Para mí era una
locura. Cuando mostraba mi asombro, algunos españoles me miraban con suficiencia, como diciendo: «Es que aquí estamos más avanzados, las cosas
son distintas». Pero lo cierto es que las cosas en España no fueron siempre
como ahora: en tiempos no muy lejanos la moral era más rígida y la religión
dominaba casi todos los aspectos de la vida de las personas. En ese sentido,
España no era muy diferente de Ghana.
La comida fue otro de los conflictos culturales a los que me tuve que
enfrentar. Durante mi viaje de cinco años hasta el País de los Blancos pasé
mucha hambre y aprendí a comer cualquier cosa comestible, o casi, y
cuando digo cualquier cosa me refiero a cualquier cosa. Platos como el
arroz blanco con tomate me parecían un verdadero manjar.
En la cárcel (el Centro de Internamiento de Extranjeros) nos daban de
comer, casi siempre sopas, pero aun así nos quedábamos con hambre. De
postre nos daban fruta. Una naranja. En mi pueblo, cuando tenías hambre,
subías a un naranjo y no tomabas una, te zampabas cinco, diez, las que
hiciera falta. A mí lo de comer una sola naranja se me hacía raro, era igual
que no comer nada. Además, como en Ghana no hay costumbre de tomar
postre, yo no me comía la fruta y me la guardaba para vendérsela a otros
presos hambrientos.
Tras adoptarme, mis padres decidieron organizar una comida para
presentarme a toda la familia. De primer plato sirvieron gazpacho. Fue muy
curioso, porque por Ghana circulaba el rumor de que los blancos eran
blancos porque comían comida cruda. Allí todo se cocina y se recocina; si
no está cocido, no se come. El ser humano cocina los platos para evitar
enfermedades y facilitar la digestión. En mi país es importante no caer
enfermo porque la medicina y la sanidad no están tan avanzadas.
Yo pensaba que aquella historia de los blancos y lo crudo era una
tontería… Hasta que, de repente, en aquella cena, van y plantan una sopa de
verduras crudas. «¡Madre mía!, lo que me contaban era cierto», pensé.
«Igual me vuelvo blanco si me como el gazpacho». En mi cultura es una
falta de respeto rechazar la comida porque esta es sagrada, así que tuve que
comerme el gazpacho sin protestar. Me temblaba la mano de la cuchara.
Cada bocado se me hacía bola en la boca, y eso que era líquido. Tenía un
sabor extraño que nunca había conocido. ¡Y estaba crudo!
«Pero si es como una ensalada», pensaréis algunos. «¿Es que en Ghana
no tenéis verduras?». Pues claro que sí, pero resulta que en Ghana lo de la
ensalada es una cosa relativamente novedosa, ni siquiera tenemos una
palabra en ghanés para describirla, así que utilizamos el término inglés
salad. Y, por supuesto, es comida de blancos: un lujo. En los restaurantes, si
te ponen un poco de salad y un poco de espaguetis, ya es como un banquete
regio. No se comen platos enteros de ensalada o espaguetis, son demasiado
caros, no los puedes comprar; se toma solo un poco como guarnición. Son
comidas muy apreciadas.
Resulta curioso que en España la ensalada sea incluso menospreciada
comparada con, por ejemplo, las carnes, salvo que seas vegano o
vegetariano. Aquí, de hecho, es un plato básico que cualquiera puede
prepararse en casa. En Ghana nuestro alimento básico es el arroz: aquel que
puede permitirse algún extra como una ensalada o un poco de carne es
porque le sobra el dinero.
La comida catalana me gusta mucho. Sobre todo los calçots, esas
cebollas alargadas tan tradicionales que te comes poniéndote un babero para
no mancharte y mojándolas en una salsa muy parecida a la salsa romesco.
Pero debo confesar que lo que más me gusta de las calçotades, esas fiestas
populares que se celebran desde el final del invierno hasta la mitad de la
primavera, es la carne a la brasa que se hace después. Imagino que os
habréis dado cuenta de que yo no soy vegetariano.
En Ghana tampoco comemos la carne sola, sirve para acompañar el
arroz. En realidad, cualquier cosa sirve para acompañar el arroz.
Especialmente los tubérculos o una masa que hacemos parecida al pan y
que llamamos fufu. Lo importante son los hidratos de carbono, que son los
que aportan la energía.
Otro detalle referido a la dieta española que no entendía era por qué los
españoles necesitan beber alcohol todo el rato. Se bebe mucho en España,
pero nadie parece darse cuenta, o, si se da cuenta, no lo dice, porque está
muy integrado en la cultura. Hay españoles que, cervecita a cervecita, se
pasan casi todo el día empinando el codo: que si el aperitivo, que si la
comida, que si la tapita de media tarde, que si la cena… Incluso en las
fiestas navideñas a los niños se les da un poco de cava, y esto, si os soy sincero, para mí resulta tan chocante como ofrecerles una raya de coca para
celebrar la Nochebuena.
Es que en mi país se utiliza el alcohol de otra manera. Yo lo único que
he probado de alcohol es la clara de cerveza, y con abundante limón para
que no sepa mucho a alcohol; y tampoco demasiadas, porque enseguida me
mareo. Al venir de un ambiente musulmán, la afición alcohólica de los
españoles me llamaba mucho la atención, también lo de que se comiese
tanto cerdo. ¡Si el jamón es el emblema nacional! Yo pensaba que a todo el
mundo le daba asco el cerdo, como me lo daba mí… Y cuando de pronto
llego a un país donde la gente dice eso de que del cerdo se come todo, hasta
los andares, pensé: «Madre mía, pero ¿dónde te has metido, Ousman? A
esta gente le falta un tornillo». Ahora ya no me parece tan raro, pero cerdo
sigo sin comer. «¿Ni siquiera jamón serrano, con lo rico que está?». Pues
siento deciros que no: ni jamón serrano, ni de York, ni de ninguna otra
parte; aunque reconozco que alguna vez he comido cerdo sin ser consciente
de ello.
Cuando llegué a España y empecé a ir a los supermercados, no veía
comida, veía cosas: mucho plástico, cartón de colorines, un montón de
objetos cuadrados abandonados, latas de metal… ¿Dónde estaba la
comida?, me preguntaba. Era incapaz de comprar nada. En África lo
habitual es comprar en los mercados, mercados tradicionales donde los
alimentos no están envasados, lo cual me parece importantísimo porque el
exceso de plásticos es un grave problema para el planeta. En esos mercados
el trato con los vendedores y con los otros clientes es más directo. Son
lugares con mucha vida, el alma de los pueblos y las ciudades. En España
los mercados de abastos están en decadencia, no hay tantos como en África.
Aquí los supermercados son lugares mucho más fríos y cuadriculados.
Dicen que pronto los robots sustituirán hasta a las cajeras. No me parece
una perspectiva muy agradable, la verdad.
Como cada vez que iba al supermercado me sentía perdido entre tanta
caja y tanta lata, que a saber qué cosas extrañas tendrían dentro, porque
comida me parecía casi seguro que no, mi amiga Pili tenía que ayudarme a
hacer la compra; yo solo no me apañaba.
—¿Dónde está el arroz, Pili?
—Aquí, en esta balda, ¿no lo ves?
—Es que en mi pueblo te lo venden a granel, no envuelto en plástico…
¿Y el pollo?
—En la sección de pollería.
—Pero ya está muerto y todo, y no tiene plumas. En Ghana te lo llevas
vivo a casa y lo tienes que degollar tú mismo.
—Bueno, pues aquí te lo ponen más fácil, ya ves.
—Y otra cosa, ¿en qué pasillo venden las cabras…?
OceanofPDF.com