Desde el país de los blancos
11. Volver a casa convertido en un blanco
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Volver a casa convertido en un blanco
En Occidente el tiempo es muy valioso, hay que aprovechar cada minuto,
cada segundo. En África, en cambio, es muy relativo, no es tan importante,
es más lento, se estira como un chicle. Me atrevería a decir que la gente
prefiere que te dediques a visitarla, saludarla y mostrarle respeto a que le
hagas cualquier regalo material. En realidad, el tiempo también es valioso
en Ghana, pero de otra manera.
Cuando viajo a mi país sufro un poco de estrés. Tengo que dedicarme a
las tareas relativas a la ONG, pero también hay muchísima gente que debo
visitar y que quiere reunirse conmigo. Siempre hay que ir a visitar al
forastero, sobre todo si regresa del País de los Blancos. Además, has de
darles una propina, unos diez euros, y eso que hay que saludar a un montón
de personas. Eso me ha dicho mi hermana que hay que hacer, que es quien
conoce mejor la cultura: no se pueden ir con las manos vacías. De alguna
manera, cuando voy a Ghana, mi hermana ejerce como jefa de prensa, o
algo así, me lleva de un lado para otro y me va diciendo a quién tengo que
ver:
—Ousman, tienes que ver a tus tías, y luego vendrán los vecinos, que
están deseando saludarte. Ah, y acuérdate de fulano, que es el primo de la
madre del nieto del vecino de menganito. Él te conoce.
¿Qué me pregunta la gente sobre mi vida? Pues muchas cosas. Las más
habituales son las que tienen que ver con los ciclos vitales: quieren saber
cuándo me voy a casar, cuándo voy a tener hijos, etc. En Ghana la cultura
es diferente y a mi edad lo normal es haber formado una familia; en España
las cosas se retrasan mucho —o muchísimo— más. Muchas veces mi hermana miente y dice que estoy felizmente casado y soy padre de tres hijos
para no tener que dar explicaciones. Cuando viene Mónica, mi novia, es
mejor decir que es mi mujer, porque allí no se comprende que uno ande
viajando con una mujer con quien no está casado. Así no hay que detenerse
en explicar las diferencias culturales.
En Ghana circulan muchos mitos sobre el País de los Blancos, algunos
de los cuales me llevaron a iniciar mi viaje (que la riqueza chorrea en
Europa por todas partes, que los blancos son todos médicos o ingenieros y
que conocen brujerías increíbles, que nadie te invita a comer, etc.). Otra de
las cosas que me gusta hacer en mis visitas es tratar de acabar con esos
mitos entre la gente que me rodea.
—¿Es verdad que si estás casado con una mujer blanca y tienes una
amante, tu mujer saca una pistola y te mata? —me preguntan.
Piensan que esto ocurre y que, si no te mata, al menos trata de dejarte
inválido disparándote de cintura para abajo.
Y así me paso los días y las semanas; parece que el flujo de personas a
visitar o por las que ser visitado no cesa nunca. Muchas de ellas saben de
mí, o de mi padre, o de mi abuelo, pero yo no sé nada de sus vidas, apenas
las conozco. Además, es algo frustrante: por mucho que hagas, por mucho
que te esfuerces, siempre consideran que no haces suficiente.
La primera vez que regresé a mi país después de asentarme en España
fue muy duro. Ocurrió en agosto de 2012 y habían pasado más de quince
años desde mi partida, desde el inicio de mi largo viaje. Fue muy chocante
emocionalmente: yo había crecido y me habían sucedido muchísimas cosas.
Mi manera de entender el mundo había cambiado completamente. Regresar
al lugar donde te criaste, donde están tus recuerdos familiares y de niñez,
donde están los lugares en los que te formaste como persona y donde
jugaste siempre supone una especie de revisión vital, de inspección sobre
uno mismo, de reflexión sobre tu existencia, sobre el pasado y el futuro. Las
cosas habían cambiado. Cuatro años antes había muerto mi padre y no había
podido ir al entierro.
De hecho, tenía un miedo tremendo a volver. Había mucha gente,
muchos amigos, que me decían que tenía que regresar a Ghana, hacer una
visita, pero yo siempre lo iba postergando. No quería ir todavía. Además, tenía que estudiar, sacarme la carrera, y pensaba que si volvía a casa y veía
otra vez la pobreza en la que vivía mi familia no sería capaz de regresar a
España, tampoco de concentrarme en los estudios. No pensaba volver hasta
acabar la universidad.
Cuatro años después de la muerte de mi padre consideré que había
llegado el momento oportuno para hacerlo. No sé muy bien la razón, tal vez
porque había dos amigos españoles, Gerard y Laura, que me querían
acompañar. Me hizo ilusión ver de nuevo a mi gente. De hecho, intenté no
avisar a nadie de mis intenciones, ni siquiera a mi hermano Banasco, con el
que hablaba muy a menudo, para darles una sorpresa. Le dije que iban a
visitarle Gerard y Laura, de los que había oído hablar mucho, pero omití
que yo también iba en ese viaje.
¿Por qué se lo creyó? Porque en 2008, al poco de morir mi padre, mi
amigo Tino y otra amiga habían ido a Ghana y habían visitado a mi familia
en mi pueblo. Le había dado una foto de carnet mía para que se identificase
como mi amigo y la pudiera ver mi familia. Luego me mandó algunas fotos
de ellos. Fue una situación muy curiosa ver a Tino en mi pueblo, en un
contexto extraño y a la vez familiar.
El día que llegamos al aeropuerto de Acra, la capital, le había dicho a
Banasco que fuera a recoger a Gerard y a Laura. Pero ese mismo día, poco
antes, mi hermano me estaba telefoneando y por alguna razón mi teléfono
no funcionaba (claro, yo estaba en el avión). De modo que empezó a
sospechar que yo también iba con ellos. Pero no dijo nada. Así que cuando
llegamos Acra, yo me iba escondiendo por el aeropuerto, entre el gentío,
tras las columnas, detrás de mis amigos. Hasta que apareció Banasco. Me
sorprendió ver lo que había crecido en aquellos años, era mucho más alto
que yo. Estaba hecho todo un hombre y tenía un aspecto muy elegante:
estaba ya en la universidad y llevaba camisa, pantalones planchados y
zapatos en vez de bambas. Entonces aparecí ante él y le di yo la sorpresa.
Fue muy emocionante poder abrazarlo después de tantos años. En cuanto
me vio, me dijo: «¡Lo sabía!, ¡lo sabía!».
Yo no conocía mucho Acra. Había vivido cerca, en el puerto, llamado
Tema, donde reparaba camiones y veía llegar los tesoros del País de los
Blancos (que, en realidad, era chatarra que en Europa nadie quería), pero nunca en la capital. Así que me gustó conocer un poco más la ciudad. Había
mucho ajetreo, gente y coches por todas partes, tiendas callejeras, mucha
vida. Empezaba a haber edificios bonitos, altos, grandes construcciones,
que convivían con aquel caos total tan africano. Se veían indicios de
modernización, las cosas estaban cambiando. El centro se estaba
occidentalizando, pero a cuatro pasos, en las zonas más periféricas,
colapsaban las chabolas, la masificación, se veía la pobreza más extrema.
Estar allí suponía recibir muchos inputs a la vez. Me gustaba estar en mi
país, sentir que allí nadie me podía llamar «inmigrante». Aunque, como
descubriría luego en mi pueblo, tampoco era ya totalmente de allí; para
ellos también era un inmigrante.
Cogimos un autobús que tardó seis horas en llegar a Techiman y un taxi
para recorrer los veintiocho kilómetros hasta mi pueblo. Quería aparecer
por sorpresa en mi casa, sin que nadie me esperara, por eso me bajé antes
del coche para no llegar al mismo tiempo que Banasco y mis amigos
españoles. Otro de mis hermanos mayores estaba esperando en la calle
principal del pueblo, merodeando en busca de Banasco. Me bajé allí con mi
macuto, pantalones cortos, zapatos sencillos, una camiseta normal y
corriente, tratando de no llamar la atención. Siempre que vuelvo a Ghana
trato de no hacer ostentación y me visto como los ghaneses, me siento en el
suelo como ellos, hago las mismas cosas. En el pueblo todo se había
transformado, nada permanecía en su sitio: la mezquita ya no estaba donde
la recordaba y las casas tampoco, pues al estar construidas con barro, es
fácil que caigan y haya que reconstruirlas. Me costó ubicar la mía también.
Caminé por la calle con el suelo de tierra, con la selva asomando al
fondo, en el calor, entre los niños que jugaban, tratando de orientarme, hasta
que mi hermano mayor, el que estaba por la calle principal, me reconoció.
—¿Ousman? ¡Ousman! ¡Qué haces aquí! ¿Por qué no dijiste que
venías?
—Calla, calla, que es un secreto.
Corrió a abrazarme y luego me acompañó a casa. Yo iba con la cabeza
agachada para que no me reconociesen. Mi casa era grande y cuadrada, con
un gran patio en el medio. La puerta principal estaba igual, aunque había
otras partes que se habían reformado. Mi madre estaba tan tranquila, atareada en sus cosas, extendiendo maíz en el suelo para que se secara, que
cuando entramos le preguntó a mi hermano:
—¿Quién es este amigo tuyo? No le conozco.
—Es un amigo del pueblo. ¿No te suena? Es un amigo de toda la vida.
—Ah, vale. Pues no me suena.
Se volvió para continuar con sus tareas. Luego se giró de nuevo para
mirarme bien, algo extrañada, y en un segundo vistazo, un rayo de luz
iluminó su cara. Ahora sí que me había reconocido. Se abalanzó sobre mí,
llena de alegría y temblor, llenándome de besos. Fue muy emocionante. Eso
sí, que regreses a tu casa y tu madre no te reconozca de primeras también te
produce una sensación dura y extraña. Había pasado mucho tiempo, había
crecido, había cambiado mucho… Luego llegaron los familiares, los
amigos, hicimos una gran celebración y los típicos rituales de
agradecimiento a los dioses.
Un detalle que para mí fue definitivo de que yo ya no era de allí es que
al beber agua del río, la misma que consume mi familia a diario y que yo
había bebido tantos años, me sentó mal en el estómago, como les suele
pasar a los turistas cuando viajan a países lejanos. Ese turista ahora era yo.
Mi cuerpo se había adaptado a una nueva realidad. Hay cosas, además, a las
que ya me he acostumbrado a la vida española, como es lógico. Por
ejemplo, no es lo mismo un lavabo occidental, con agua corriente, azulejos
y limpieza, que una letrina ghanesa en el bosque. Uno ya no está
acostumbrado a esa precariedad. La comida picante, muy común en Ghana,
tampoco les sienta demasiado bien a tus tripas, aunque siempre trato de
volver a probar esas comidas, que son con las que me crie y me traen
recuerdos.
Después de aquella visita comencé a viajar a Ghana con más frecuencia.
Ahora voy prácticamente cada año, porque, además, tengo que resolver
sobre el terreno asuntos de la ONG. Aunque, como digo, siempre hay
muchos compromisos familiares y vecinales que atender. A veces,
demasiados.
Una cosa que me resulta muy curiosa es que en Ghana hay gente que ya
no me llama «negro», me llama «blanco». Y eso que el color de mi piel,
evidentemente, no ha cambiado. Pero hay cosas que sí han cambiado, y mucho. Algunos de los que me llaman «blanco» son de mi propia tribu o de
mi propia familia. Soy el que viene de fuera, el que piensa distinto, el que
se ha transformado, el que ya no se acuerda de cómo hacer ciertas tareas del
campo, el que tiene nuevas costumbres y nueva ropa. No lo dicen para
hacer daño, lo dicen en plan de broma, sin mala fe, pero no deja de ser un
poco doloroso. Les hace gracia, por ejemplo, que use albornoz: ¿por qué
usar un vestido para ir de la habitación a la ducha? No tiene sentido para
ellos. Se parten de risa. Pero tengo que aceptarlo, porque la realidad es esa:
en España nunca seré blanco, pero en Ghana tampoco volveré a ser negro.
Si no lo acepto, el dolor puede ser más grande.
Cuando vi la película Green Book me sentí muy identificado con el
protagonista. Es un prodigioso pianista negro que viaja por el sur de
Estados Unidos en los años sesenta dando conciertos. Los negros no le
consideran como tal porque viste como un blanco y sus costumbres son
como las de los blancos. Y para los blancos, por supuesto, tampoco forma
parte de su sociedad porque su piel es oscura. Así que, vaya adonde vaya, se
siente desplazado. No pertenece a ningún lugar. Así me siento yo muchas
veces. ¿De dónde soy? Es una sensación un poco extraña porque, por un
lado, por la parte física y burocrática, eres ghanés, te has criado allí, tienes
el pasaporte, pero, por otro, la parte cultural y emocional, ya no eres
completamente ghanés, sobre todo por el choque que sientes al volver: ya
no piensas igual, ya no sientes igual, ya no ves la vida igual. Y eso
repercute mucho en mí cuando me reencuentro con mis amigos de la
infancia. No puedo mantener largas conversaciones con ellos porque
nuestros intereses y preocupaciones ya no son los mismos. Siento que ya no
encajo en su mundo.
Muchas veces pienso que así nos sentimos todos los que hemos
emigrado, sea de la manera que sea. Te conviertes en una persona nueva, ya
no perteneces al lugar del que provienes, pero, en el fondo, tampoco al
lugar donde vives. Es como si te hubieras quedado a medio camino entre
dos mundos, y no pertenecieras del todo a ninguno de los dos.
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