Desde el país de los blancos
2. Querido hermano blanco
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Querido hermano blanco
Al poco de llegar a Barcelona empecé a estudiar castellano gracias a unos
cursos gratuitos de la Cruz Roja. Las clases eran de nueve a doce en un
local entre la calle Comercio y la calle de la Princesa. En esa época yo solía
dormir en las calles del Barrio Gótico para estar cerca del lugar de las
clases. Al terminar estas, iba a un local donde daban comida a inmigrantes
en la iglesia de Sant Antoni. El comedor cerraba a las doce y media y eran
muy estrictos con la puntualidad. Si pasaba un minuto de la hora, cerraban
la puerta y no podías entrar. Así que más te valía tener un buen reloj o te
quedabas fuera. Tenía que ir de un sitio a otro a toda prisa o no probaba
bocado. Si no llegabas, te quedabas sin comer, ya está.
Yo quería aprovechar las clases al máximo, aprender el idioma cuanto
antes, pero, claro, también alimentarme, así que siempre iba muy justo. Un
día, no recuerdo por qué, se me torcieron las cosas e iba con retraso. Eché a
correr por las calles. Por casualidad llevaba la mochila abierta y se me
cayeron algunos papeles.
Todo el mundo me miraba con mala cara y comprobaban si me
perseguía algún policía o una pobre anciana desvalida a la que hubiera
robado su pensión a punta de navaja, que era, supongo, a lo que creían que
me dedicaba en los descansos de mis clases de idiomas. Al final me pararon
tres policías en la plaza de Sant Jaume, donde está la Generalitat, en pleno
centro de Barcelona. Me mostraron las placas y me preguntaron qué hacía,
de dónde venía, adónde iba, y, oh, sorpresa, qué había robado. Imagino que
mediante un fino y complejo proceso deductivo llegaron a la conclusión de
que yo era un ratero peligroso. La prueba principal: que yo era negro.
Los españoles creen que la suya no es una sociedad racista. Bueno, pues
siento tener que desilusionaros, pero el racismo existe. Lo hay en España y
en todas partes, donde mucha gente sigue pensando que una persona negra
es inferior o que los negros vienen a aprovecharse o a robar. Esto es, simple
y llanamente, falta de información, ignorancia. Son opiniones que fueron
comúnmente aceptadas en otros momentos de la Historia, que ahora son
explotadas por algunos partidos políticos y que ya va siendo hora de que
empecemos a superar de una vez.
Yo lo he vivido muchas veces, nadie me lo ha contado. Cuando viajo en
el metro hay señoras que agarran el bolso con fuerza cuando me siento a su
lado, como si yo no pudiera resistir el impulso de robárselo. O las múltiples
veces, tantas que ya he perdido la cuenta, en que la policía me pide la
documentación sin ningún motivo por el delito de ser un negro que está en
la calle tomando el fresco y sin meterse con nadie. Resulta que lo que en
África es normal, aquí te convierte en un posible ladrón, violador, asesino
en serie o las tres cosas al mismo tiempo.
Muchas veces me he acercado a alguien para pedir la hora o una
dirección y la gente se piensa que les voy a pedir dinero o a venderles un
CD pirata. Esto también ocurre con los camareros de algunas terrazas. Yo
vivo en un barrio que cuenta con muchas y, a veces, cuando me siento en
alguna para pasar el rato, enseguida se me acerca alguien del local:
—Oye, que aquí no puedes estar. Vete a otro sitio a vender tus
pulseritas, tus películas o lo que sea.
No hace falta que os diga lo incómodo y humillante que resulta. Luego,
cuando el camarero se da cuenta de que ha metido la pata hasta el fondo,
tiene que cambiar su actitud y servirte como a cualquier cliente. Reconozco
que esa parte tiene su gracia. Algunos intentan quitarle hierro al patinazo
haciendo bromas, otros se avergüenzan, y a unos cuantos notas que les da
rabia. Casi puedes leerles el pensamiento: «Uy, que este no es un negro
cualquiera».
Hace unos años vino a verme un primo mío, uno muy querido que,
durante mi viaje al País de los Blancos, pagó 400 dólares para salvarme la
vida cuando yo estaba en manos de las mafias. Mi primo es un pequeño
empresario en Ghana: tiene una gasolinera, una empresa de construcción de carreteras y una tienda de electrodomésticos. No le falta el dinero. Viaja
todos los años a La Meca, algo que solo pueden hacer los que viven con
desahogo. Nunca había viajado a otro lugar que no fuera la ciudad santa, así
que le invité a visitar España.
Un día fuimos a comer a un restaurante y algo empezó a ir mal.
—Oye, llevamos aquí un buen rato y no nos atienden —dijo mi primo.
—Bueno, no te preocupes.
Nada. Pasaba el tiempo y ahí seguíamos.
—Esto es intolerable, ¿por qué no nos sirven?
—A veces pasa, solo hay que tener un poco de paciencia.
Más espera. Los camareros nos hacían menos caso que al mobiliario.
—¡Pero están sirviendo a todo el mundo menos a nosotros!
—Sí, ya… Es que aquí es normal.
Por desgracia, yo ya estoy acostumbrado a esta clase de microrracismos
y los tengo asumidos. Pero mi primo no. Él es un hombre orgulloso, de
buena posición y acostumbrado a que la gente lo trate con respeto, así que
se empeñó en que nos levantásemos y nos fuésemos. Y así lo hicimos.
Entiendo que se enfadara tanto, lo malo es que en muchas ocasiones nos
quedábamos sin comer. A un poderoso padre de familia como mi primo le
hacían hervir la sangre aquellas faltas de respeto, ¿y a quién no? Lo que
pasa es que, después de sufrir en mis carnes varios desprecios de ese tipo,
he llegado a la conclusión de que a veces no vale la pena discutir con los
camareros. Como decía mi padre: «Cuando un árbol es viejo ya no lo
puedes enderezar».
No me gusta hablar de racismo, de veras, os lo prometo (de hecho, me
encantaría que ni yo ni nadie tuviéramos que hablar de ese tema jamás
porque haya dejado de ser una realidad). Incluso la palabra «racismo» es un
término que siempre trato de evitar, porque tiene una definición difícil.
«¿Difícil?», pensaréis. «No es difícil, es muy sencillo: racismo es despreciar
a alguien por el color de su piel». Sí, ya, vale, eso lo sabemos todos. Pero
intentemos ir un poco más allá.
Una vez escuché un discurso de Barack Obama en el que, muy
emocionado, casi llorando, denunciaba todas las injusticias sufridas por la
raza negra en Estados Unidos. Lo comprendo perfectamente y a mí también me dan ganas de llorar si lo pienso. No hace tanto, en los años sesenta, la
segregación era una realidad en aquel país: los negros y los blancos se
sentaban en diferentes partes del autobús o usaban aseos separados. Eso no
ocurrió en tiempos antiguos. Fue ayer, como quien dice. Muchos de
vosotros quizá tengáis edad para haberlo vivido.
Cincuenta años después, las diferencias raciales siguen siendo
evidentes: los negros son más pobres, tienen peores trabajos, llenan las
cárceles y, como tanto se denuncia últimamente, son frecuentes víctimas de
la brutalidad policial.
Mi opinión es que el racismo no es tanto el odio hacia lo diferente como
el miedo al desconocido. Y también el miedo al pobre, la aporofobia, según
el término acuñado recientemente por la filósofa Adela Cortina. Estoy
seguro de que alguien como Will Smith no sufre el mismo racismo que un
negro en paro que viva en un barrio modesto. Ni tampoco creo que, si
alguna vez tiene la desgracia de ser detenido, la policía le ponga la rodilla
en el pecho para inmovilizarlo. ¿Porque es rico y exitoso? Probablemente.
Lo socioeconómico tiene mucho que ver en el racismo. No es lo mismo un
jeque árabe, amigo del rey Juan Carlos, que un joven marroquí perdido en
las calles de cualquier gran ciudad española. Importa conocer al otro. A mí,
cualquier persona que me conoce ya no me trata como al negrito
desgraciado.
La vestimenta tiene mucho que ver en esto. Para un negro es
fundamental cuidar su atuendo porque influye mucho en la manera en que
le ven los demás. Si yo salgo a la calle vestido con un chándal barato
porque me apetece estar cómodo o hacer deporte, es como si llevara un
cartel a la espalda que dijera: «Hola, soy Ousman, y he salido un rato para
robar y mendigar, como demuestra mi chándal de Carrefour». Ah, pero un
negro con traje ya es otra cosa, amigo. Todo son sonrisas: ya no soy el
pobre que viene en patera, estoy más cerca de Will Smith, de una estrella
del rap o de la NBA, que, básicamente, es a lo que la gente piensa que se
dedican todos los negros con dinero. Creo que por eso muchos negros tratan
de vestir bien y a la última, para que no los juzguen ni los discriminen.
He estado en contacto con muchos grupos de afrodescendientes y me
dicen que aquí en España se vive mucho racismo. Es verdad. Pero a veces creo que se enfoca desde la ira, y desde la ira no se solucionan las cosas. No
se puede, por ejemplo, seguir sacando el tema de la esclavitud, que fue algo
terrible pero que pasó hace mucho tiempo. Y es algo de lo que me siento
con derecho a opinar porque conozco de cerca ese tema: Ghana fue uno de
los puertos más importantes del tráfico de esclavos hacia América. Algunas
de las fortalezas más grandes donde se acumulaban los esclavos, como el
castillo de Cape Coast o el de Elmina, están en la costa ghanesa, la Costa de
Oro. El mío fue el primer país al que las instituciones británicas pidieron
disculpas por la esclavitud. En Ghana se habla de ello, está presente, nadie
lo ha olvidado ni quiere olvidarlo. Pero hay que mirar hacia el futuro.
También es el lenguaje un elemento clave cuando hablamos de racismo.
A veces parece que hay miedo a decir la palabra «negro», como si fuera
algo negativo (y así se ha entendido durante buena parte de la Historia). Si
tú me llamas «negro», parece que tengo derecho a ofenderme, pero si yo te
llamo «blanco», en cambio, tú no, a pesar de que, probablemente, ni tú seas
blanco como la nieve ni yo negro como la tinta china. No deja de ser
curioso. Vaya por delante que a mí no me importa que me llamen como sea
siempre que se haga con respeto. ¿Quieres llamarme «negrito»? Vale. No
hay problema: es lo que soy, un «negrito», ¿por qué diablos iba a
molestarme? Pero si me ves por la calle y me dices «hola, verdoso», eso
igual me desconcierta más porque a lo mejor pienso que me estás llamando
«lagarto» o que tienes un problema de daltonismo.
En general, me llama mucho la atención que se usen eufemismos como
«negrito» o «gente de color». Es extraño y me suena forzado, aunque
entiendo que los que dicen esto lo hacen para no faltar al respeto, para ser
educados. Se obsesionan por evitar la palabra «negro» como si fuera un
tabú, pero es que en vuestro idioma es la que tenéis. De modo que, aunque
su intención sea no ofender, consiguen lo contrario, pese a que no lo
parezca, porque la situación se vuelve incómoda. Así que, si queréis mi
consejo, dejaos de «negrito», «persona de color», «ente de piel menos clara
que la media» y otros eufemismos. Hay que normalizar las cosas: unos
somos negros, otros son blancos. Y ya está. Tu respeto hacia las personas
no se demuestra en cómo las llamas, sino en cómo las tratas.
Una historia curiosa sobre este tema. Una amiga vino un día y me dijo:
—Ousman, tengo una amiga a la que le encantan los negros, te la tengo
que presentar.
—Pues yo tengo un amigo al que le encantan las blancas… Así que
también te lo presentaré —le contesté.
Se quedó un poco extrañada. Pero es que hay algo absurdo en este
diálogo. Pensadlo. Si alguien me dice: «A mi amiga le gustan los negros,
así que te voy a presentar a uno», en el fondo está diciendo que a su amiga
—o quizá a esa misma persona que está hablando conmigo— todos los
negros le parecen iguales: no le importa que sean gordos, flacos, altos,
bajos, feos, guapos, listos, tontos, graciosos o amuermados. ¿Qué más da?
¡Todos son negros! ¡Le vale cualquiera! Si le doy la vuelta a esa idea veréis
lo ridícula que es, porque supone reducir el colectivo de las mujeres
blancas, todos los millones que hay en el mundo, a una sola mujer, mágica
y extraordinaria, a la que el color de su piel hace automáticamente atractiva:
da igual que sea una supermodelo o la versión femenina de Hitler. Pero,
vamos a ver, ¿cómo a alguien le van a gustar las blancas en general?
Dependerá de qué blanca, ¿no? Mi amiga, por supuesto, lo dijo con toda su
buena intención, sin darse cuenta, no la culpo. Pero es un ejemplo de todo
lo que tenemos interiorizado en cuanto a la raza sin reparar en ello. Muchas
veces, como digo, el racismo viene del desconocimiento, la ignorancia o el
miedo.
Siempre me acuerdo, al hilo de estas reflexiones, de unos versos de
Léopold Sédar Senghor, uno de los poetas más celebrados de Senegal. Tan
celebrado que llegó a ser jefe de Estado del país y el aeropuerto
internacional de Dakar lleva su nombre. El poema se titula «Querido
hermano blanco» y, por cierto, fue popularizado por el escritor Eduardo
Galeano, porque en Occidente muchas veces los autores negros tienen que
ser sacados a la luz por otros blancos para llegar al gran público:
Querido hermano blanco,
cuando yo nací, era negro,
cuando crecí, era negro,
cuando estoy al sol, soy negro,
cuando estoy enfermo, soy negro,
cuando muera, seré negro.
En tanto que tú, hombre blanco,
cuando tú naciste, eras rosa,
cuando creciste, eras blanco,
cuando te pones al sol, eres rojo,
cuando tienes frío, eres azul,
cuando tienes miedo, te pones verde,
cuando estás enfermo, eres amarillo,
cuando mueras, serás gris.
Así pues, de nosotros dos,
¿quién es el hombre de color?
Vi con horror en internet las imágenes de la muerte de George Floyd, el
hombre negro asesinado en Minneapolis por la policía. Me llamó mucho la
atención la indiferencia de aquellos policías a las personas que los
increpaban, ante la propia agonía del detenido. Está tumbado en el suelo,
con la mejilla apoyada en el asfalto, y uno de los agentes le pone la rodilla
encima… hasta que Floyd muere asfixiado. Algún tiempo antes, en 2014,
otro hombre negro, Eric Garner, también murió asfixiado, diciendo «I can’t
breathe» («no puedo respirar») hasta once veces, una frase tremenda que se
convirtió en un lema del movimiento Black Lives Matter, y que el propio
Floyd utilizó mientras le impedían respirar.
El movimiento Black Lives Matter se ha hecho muy potente en todo el
planeta. Pero no deja de haber contrastes e hipocresías. Muchas personas
parecen más preocupadas por los negros estadounidenses que mueren a
manos de la policía que por los africanos que mueren en la patera o que no
pueden cruzar a España y se quedan en un limbo sin salida. Será que lo
americano tiene más glamur.
Siempre me han parecido muy chocantes esas fotos que a veces se
publican en la prensa de los cadáveres de los inmigrantes que mueren en el
mar y llegan a las playas de Cádiz. El cuerpo sigue tumbado en la arena,
inerte, o quizá moribundo, y las personas de alrededor siguen bajo la sombrilla, tomando el sol, tal vez mirando extrañados a ese cuerpo venido
de otro mundo, pero sin hacer nada. Eso a mí me duele, porque es como si
consideraran a esos que llegan como menos que un ser humano, como lo
otro, lo desconocido, lo que no importa, menos incluso que un animal.
Creo que la sociedad civil, las personas en general, tenemos dos
maneras de reaccionar ante las situaciones: la racional y la emocional. La
emocional está ganando mucho terreno en el mundo actual, solo hace falta
ver la conversación furiosa en las redes sociales. La gente se deja llevar por
esa parte emocional, que es lo más fácil y lo más rápido. Pero deberíamos
ser un poco más profundos si queremos conseguir cambios reales. Si nos
quedamos en lo banal, corremos el riesgo de que cuestiones como el
feminismo o el antirracismo se conviertan en simples modas que solo
aporten «parches», soluciones que no sean duraderas.
Mi amigo de la universidad Bernardo es hijo de cooperantes de Médicos
Sin Fronteras y siempre está muy preocupado por las injusticias sociales,
supongo que le viene de casta. Hablamos una vez de una película en la que
dos chicos negros estadounidenses quieren entrar en la universidad y a uno
le deniegan la entrada por su raza. Hay manifestaciones, disturbios,
follones… En fin, que se lía una buena. El otro chico negro no asiste a las
manifestaciones y decide ir a la universidad, lo cual provoca que se le
señale como un traidor. Traidor puede, pero, en mi opinión, mucho más útil
a la causa de la igualdad que su amigo, el que se dedicaba a las
manifestaciones: el universitario, al no tomar la vía emocional sino la más
racional, práctica y profunda, logró estudiar, entender bien las leyes y
cambiarlas desde dentro para que nunca más a ningún estudiante se le
pudiera negar el acceso a la universidad por el color de su piel. Así pues,
¿quién consiguió más cambios? ¿El traidor o el agitador?
Un ejemplo parecido es el del 15M. Hubo unas grandes manifestaciones
por toda España, pero el movimiento en la calle no servía para mucho. Les
decían: «Formad un partido, participad en política». Y, finalmente, lo
hicieron. Se creó un partido al calor de aquel movimiento, aunque no es su
representante oficial. Y hoy ese partido forma parte del gobierno y tiene
capacidad de actuar sobre la realidad. Hay que pensarlo así. Lo otro es
mucho ruido y pocas nueces.
A veces la gente hace las cosas por la fachada, por quedar bien, y se
creen que poner un post en Facebook, retuitear o colgar una foto en
Instagram ya los convierte en activistas comprometidos. Y eso no es así.
Para cambiar la realidad, hace falta mucho más que un tuit.
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