Desde el país de los blancos

Ousman Umar · Capítulo 4 de 17

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Desde el país de los blancos

2. Querido hermano blanco

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Querido hermano blanco

 

Al poco de llegar a Barcelona empecé a estudiar castellano gracias a unos

cursos gratuitos de la Cruz Roja. Las clases eran de nueve a doce en un

local entre la calle Comercio y la calle de la Princesa. En esa época yo solía

dormir en las calles del Barrio Gótico para estar cerca del lugar de las

clases. Al terminar estas, iba a un local donde daban comida a inmigrantes

en la iglesia de Sant Antoni. El comedor cerraba a las doce y media y eran

muy estrictos con la puntualidad. Si pasaba un minuto de la hora, cerraban

la puerta y no podías entrar. Así que más te valía tener un buen reloj o te

quedabas fuera. Tenía que ir de un sitio a otro a toda prisa o no probaba

bocado. Si no llegabas, te quedabas sin comer, ya está.

Yo quería aprovechar las clases al máximo, aprender el idioma cuanto

antes, pero, claro, también alimentarme, así que siempre iba muy justo. Un

día, no recuerdo por qué, se me torcieron las cosas e iba con retraso. Eché a

correr por las calles. Por casualidad llevaba la mochila abierta y se me

cayeron algunos papeles.

Todo el mundo me miraba con mala cara y comprobaban si me

perseguía algún policía o una pobre anciana desvalida a la que hubiera

robado su pensión a punta de navaja, que era, supongo, a lo que creían que

me dedicaba en los descansos de mis clases de idiomas. Al final me pararon

tres policías en la plaza de Sant Jaume, donde está la Generalitat, en pleno

centro de Barcelona. Me mostraron las placas y me preguntaron qué hacía,

de dónde venía, adónde iba, y, oh, sorpresa, qué había robado. Imagino que

mediante un fino y complejo proceso deductivo llegaron a la conclusión de

que yo era un ratero peligroso. La prueba principal: que yo era negro.

Los españoles creen que la suya no es una sociedad racista. Bueno, pues

siento tener que desilusionaros, pero el racismo existe. Lo hay en España y

en todas partes, donde mucha gente sigue pensando que una persona negra

es inferior o que los negros vienen a aprovecharse o a robar. Esto es, simple

y llanamente, falta de información, ignorancia. Son opiniones que fueron

comúnmente aceptadas en otros momentos de la Historia, que ahora son

explotadas por algunos partidos políticos y que ya va siendo hora de que

empecemos a superar de una vez.

Yo lo he vivido muchas veces, nadie me lo ha contado. Cuando viajo en

el metro hay señoras que agarran el bolso con fuerza cuando me siento a su

lado, como si yo no pudiera resistir el impulso de robárselo. O las múltiples

veces, tantas que ya he perdido la cuenta, en que la policía me pide la

documentación sin ningún motivo por el delito de ser un negro que está en

la calle tomando el fresco y sin meterse con nadie. Resulta que lo que en

África es normal, aquí te convierte en un posible ladrón, violador, asesino

en serie o las tres cosas al mismo tiempo.

Muchas veces me he acercado a alguien para pedir la hora o una

dirección y la gente se piensa que les voy a pedir dinero o a venderles un

CD pirata. Esto también ocurre con los camareros de algunas terrazas. Yo

vivo en un barrio que cuenta con muchas y, a veces, cuando me siento en

alguna para pasar el rato, enseguida se me acerca alguien del local:

—Oye, que aquí no puedes estar. Vete a otro sitio a vender tus

pulseritas, tus películas o lo que sea.

No hace falta que os diga lo incómodo y humillante que resulta. Luego,

cuando el camarero se da cuenta de que ha metido la pata hasta el fondo,

tiene que cambiar su actitud y servirte como a cualquier cliente. Reconozco

que esa parte tiene su gracia. Algunos intentan quitarle hierro al patinazo

haciendo bromas, otros se avergüenzan, y a unos cuantos notas que les da

rabia. Casi puedes leerles el pensamiento: «Uy, que este no es un negro

cualquiera».

Hace unos años vino a verme un primo mío, uno muy querido que,

durante mi viaje al País de los Blancos, pagó 400 dólares para salvarme la

vida cuando yo estaba en manos de las mafias. Mi primo es un pequeño

empresario en Ghana: tiene una gasolinera, una empresa de construcción de carreteras y una tienda de electrodomésticos. No le falta el dinero. Viaja

todos los años a La Meca, algo que solo pueden hacer los que viven con

desahogo. Nunca había viajado a otro lugar que no fuera la ciudad santa, así

que le invité a visitar España.

Un día fuimos a comer a un restaurante y algo empezó a ir mal.

—Oye, llevamos aquí un buen rato y no nos atienden —dijo mi primo.

—Bueno, no te preocupes.

Nada. Pasaba el tiempo y ahí seguíamos.

—Esto es intolerable, ¿por qué no nos sirven?

—A veces pasa, solo hay que tener un poco de paciencia.

Más espera. Los camareros nos hacían menos caso que al mobiliario.

—¡Pero están sirviendo a todo el mundo menos a nosotros!

—Sí, ya… Es que aquí es normal.

Por desgracia, yo ya estoy acostumbrado a esta clase de microrracismos

y los tengo asumidos. Pero mi primo no. Él es un hombre orgulloso, de

buena posición y acostumbrado a que la gente lo trate con respeto, así que

se empeñó en que nos levantásemos y nos fuésemos. Y así lo hicimos.

Entiendo que se enfadara tanto, lo malo es que en muchas ocasiones nos

quedábamos sin comer. A un poderoso padre de familia como mi primo le

hacían hervir la sangre aquellas faltas de respeto, ¿y a quién no? Lo que

pasa es que, después de sufrir en mis carnes varios desprecios de ese tipo,

he llegado a la conclusión de que a veces no vale la pena discutir con los

camareros. Como decía mi padre: «Cuando un árbol es viejo ya no lo

puedes enderezar».

No me gusta hablar de racismo, de veras, os lo prometo (de hecho, me

encantaría que ni yo ni nadie tuviéramos que hablar de ese tema jamás

porque haya dejado de ser una realidad). Incluso la palabra «racismo» es un

término que siempre trato de evitar, porque tiene una definición difícil.

«¿Difícil?», pensaréis. «No es difícil, es muy sencillo: racismo es despreciar

a alguien por el color de su piel». Sí, ya, vale, eso lo sabemos todos. Pero

intentemos ir un poco más allá.

Una vez escuché un discurso de Barack Obama en el que, muy

emocionado, casi llorando, denunciaba todas las injusticias sufridas por la

raza negra en Estados Unidos. Lo comprendo perfectamente y a mí también me dan ganas de llorar si lo pienso. No hace tanto, en los años sesenta, la

segregación era una realidad en aquel país: los negros y los blancos se

sentaban en diferentes partes del autobús o usaban aseos separados. Eso no

ocurrió en tiempos antiguos. Fue ayer, como quien dice. Muchos de

vosotros quizá tengáis edad para haberlo vivido.

Cincuenta años después, las diferencias raciales siguen siendo

evidentes: los negros son más pobres, tienen peores trabajos, llenan las

cárceles y, como tanto se denuncia últimamente, son frecuentes víctimas de

la brutalidad policial.

Mi opinión es que el racismo no es tanto el odio hacia lo diferente como

el miedo al desconocido. Y también el miedo al pobre, la aporofobia, según

el término acuñado recientemente por la filósofa Adela Cortina. Estoy

seguro de que alguien como Will Smith no sufre el mismo racismo que un

negro en paro que viva en un barrio modesto. Ni tampoco creo que, si

alguna vez tiene la desgracia de ser detenido, la policía le ponga la rodilla

en el pecho para inmovilizarlo. ¿Porque es rico y exitoso? Probablemente.

Lo socioeconómico tiene mucho que ver en el racismo. No es lo mismo un

jeque árabe, amigo del rey Juan Carlos, que un joven marroquí perdido en

las calles de cualquier gran ciudad española. Importa conocer al otro. A mí,

cualquier persona que me conoce ya no me trata como al negrito

desgraciado.

La vestimenta tiene mucho que ver en esto. Para un negro es

fundamental cuidar su atuendo porque influye mucho en la manera en que

le ven los demás. Si yo salgo a la calle vestido con un chándal barato

porque me apetece estar cómodo o hacer deporte, es como si llevara un

cartel a la espalda que dijera: «Hola, soy Ousman, y he salido un rato para

robar y mendigar, como demuestra mi chándal de Carrefour». Ah, pero un

negro con traje ya es otra cosa, amigo. Todo son sonrisas: ya no soy el

pobre que viene en patera, estoy más cerca de Will Smith, de una estrella

del rap o de la NBA, que, básicamente, es a lo que la gente piensa que se

dedican todos los negros con dinero. Creo que por eso muchos negros tratan

de vestir bien y a la última, para que no los juzguen ni los discriminen.

He estado en contacto con muchos grupos de afrodescendientes y me

dicen que aquí en España se vive mucho racismo. Es verdad. Pero a veces creo que se enfoca desde la ira, y desde la ira no se solucionan las cosas. No

se puede, por ejemplo, seguir sacando el tema de la esclavitud, que fue algo

terrible pero que pasó hace mucho tiempo. Y es algo de lo que me siento

con derecho a opinar porque conozco de cerca ese tema: Ghana fue uno de

los puertos más importantes del tráfico de esclavos hacia América. Algunas

de las fortalezas más grandes donde se acumulaban los esclavos, como el

castillo de Cape Coast o el de Elmina, están en la costa ghanesa, la Costa de

Oro. El mío fue el primer país al que las instituciones británicas pidieron

disculpas por la esclavitud. En Ghana se habla de ello, está presente, nadie

lo ha olvidado ni quiere olvidarlo. Pero hay que mirar hacia el futuro.

También es el lenguaje un elemento clave cuando hablamos de racismo.

A veces parece que hay miedo a decir la palabra «negro», como si fuera

algo negativo (y así se ha entendido durante buena parte de la Historia). Si

tú me llamas «negro», parece que tengo derecho a ofenderme, pero si yo te

llamo «blanco», en cambio, tú no, a pesar de que, probablemente, ni tú seas

blanco como la nieve ni yo negro como la tinta china. No deja de ser

curioso. Vaya por delante que a mí no me importa que me llamen como sea

siempre que se haga con respeto. ¿Quieres llamarme «negrito»? Vale. No

hay problema: es lo que soy, un «negrito», ¿por qué diablos iba a

molestarme? Pero si me ves por la calle y me dices «hola, verdoso», eso

igual me desconcierta más porque a lo mejor pienso que me estás llamando

«lagarto» o que tienes un problema de daltonismo.

En general, me llama mucho la atención que se usen eufemismos como

«negrito» o «gente de color». Es extraño y me suena forzado, aunque

entiendo que los que dicen esto lo hacen para no faltar al respeto, para ser

educados. Se obsesionan por evitar la palabra «negro» como si fuera un

tabú, pero es que en vuestro idioma es la que tenéis. De modo que, aunque

su intención sea no ofender, consiguen lo contrario, pese a que no lo

parezca, porque la situación se vuelve incómoda. Así que, si queréis mi

consejo, dejaos de «negrito», «persona de color», «ente de piel menos clara

que la media» y otros eufemismos. Hay que normalizar las cosas: unos

somos negros, otros son blancos. Y ya está. Tu respeto hacia las personas

no se demuestra en cómo las llamas, sino en cómo las tratas.

Una historia curiosa sobre este tema. Una amiga vino un día y me dijo:

—Ousman, tengo una amiga a la que le encantan los negros, te la tengo

que presentar.

—Pues yo tengo un amigo al que le encantan las blancas… Así que

también te lo presentaré —le contesté.

Se quedó un poco extrañada. Pero es que hay algo absurdo en este

diálogo. Pensadlo. Si alguien me dice: «A mi amiga le gustan los negros,

así que te voy a presentar a uno», en el fondo está diciendo que a su amiga

—o quizá a esa misma persona que está hablando conmigo— todos los

negros le parecen iguales: no le importa que sean gordos, flacos, altos,

bajos, feos, guapos, listos, tontos, graciosos o amuermados. ¿Qué más da?

¡Todos son negros! ¡Le vale cualquiera! Si le doy la vuelta a esa idea veréis

lo ridícula que es, porque supone reducir el colectivo de las mujeres

blancas, todos los millones que hay en el mundo, a una sola mujer, mágica

y extraordinaria, a la que el color de su piel hace automáticamente atractiva:

da igual que sea una supermodelo o la versión femenina de Hitler. Pero,

vamos a ver, ¿cómo a alguien le van a gustar las blancas en general?

Dependerá de qué blanca, ¿no? Mi amiga, por supuesto, lo dijo con toda su

buena intención, sin darse cuenta, no la culpo. Pero es un ejemplo de todo

lo que tenemos interiorizado en cuanto a la raza sin reparar en ello. Muchas

veces, como digo, el racismo viene del desconocimiento, la ignorancia o el

miedo.

Siempre me acuerdo, al hilo de estas reflexiones, de unos versos de

Léopold Sédar Senghor, uno de los poetas más celebrados de Senegal. Tan

celebrado que llegó a ser jefe de Estado del país y el aeropuerto

internacional de Dakar lleva su nombre. El poema se titula «Querido

hermano blanco» y, por cierto, fue popularizado por el escritor Eduardo

Galeano, porque en Occidente muchas veces los autores negros tienen que

ser sacados a la luz por otros blancos para llegar al gran público:

 

Querido hermano blanco,

cuando yo nací, era negro,

cuando crecí, era negro,

cuando estoy al sol, soy negro,

cuando estoy enfermo, soy negro,

cuando muera, seré negro.

 

En tanto que tú, hombre blanco,

cuando tú naciste, eras rosa,

cuando creciste, eras blanco,

cuando te pones al sol, eres rojo,

cuando tienes frío, eres azul,

cuando tienes miedo, te pones verde,

cuando estás enfermo, eres amarillo,

cuando mueras, serás gris.

 

Así pues, de nosotros dos,

¿quién es el hombre de color?

 

Vi con horror en internet las imágenes de la muerte de George Floyd, el

hombre negro asesinado en Minneapolis por la policía. Me llamó mucho la

atención la indiferencia de aquellos policías a las personas que los

increpaban, ante la propia agonía del detenido. Está tumbado en el suelo,

con la mejilla apoyada en el asfalto, y uno de los agentes le pone la rodilla

encima… hasta que Floyd muere asfixiado. Algún tiempo antes, en 2014,

otro hombre negro, Eric Garner, también murió asfixiado, diciendo «I can’t

breathe» («no puedo respirar») hasta once veces, una frase tremenda que se

convirtió en un lema del movimiento Black Lives Matter, y que el propio

Floyd utilizó mientras le impedían respirar.

El movimiento Black Lives Matter se ha hecho muy potente en todo el

planeta. Pero no deja de haber contrastes e hipocresías. Muchas personas

parecen más preocupadas por los negros estadounidenses que mueren a

manos de la policía que por los africanos que mueren en la patera o que no

pueden cruzar a España y se quedan en un limbo sin salida. Será que lo

americano tiene más glamur.

Siempre me han parecido muy chocantes esas fotos que a veces se

publican en la prensa de los cadáveres de los inmigrantes que mueren en el

mar y llegan a las playas de Cádiz. El cuerpo sigue tumbado en la arena,

inerte, o quizá moribundo, y las personas de alrededor siguen bajo la sombrilla, tomando el sol, tal vez mirando extrañados a ese cuerpo venido

de otro mundo, pero sin hacer nada. Eso a mí me duele, porque es como si

consideraran a esos que llegan como menos que un ser humano, como lo

otro, lo desconocido, lo que no importa, menos incluso que un animal.

Creo que la sociedad civil, las personas en general, tenemos dos

maneras de reaccionar ante las situaciones: la racional y la emocional. La

emocional está ganando mucho terreno en el mundo actual, solo hace falta

ver la conversación furiosa en las redes sociales. La gente se deja llevar por

esa parte emocional, que es lo más fácil y lo más rápido. Pero deberíamos

ser un poco más profundos si queremos conseguir cambios reales. Si nos

quedamos en lo banal, corremos el riesgo de que cuestiones como el

feminismo o el antirracismo se conviertan en simples modas que solo

aporten «parches», soluciones que no sean duraderas.

Mi amigo de la universidad Bernardo es hijo de cooperantes de Médicos

Sin Fronteras y siempre está muy preocupado por las injusticias sociales,

supongo que le viene de casta. Hablamos una vez de una película en la que

dos chicos negros estadounidenses quieren entrar en la universidad y a uno

le deniegan la entrada por su raza. Hay manifestaciones, disturbios,

follones… En fin, que se lía una buena. El otro chico negro no asiste a las

manifestaciones y decide ir a la universidad, lo cual provoca que se le

señale como un traidor. Traidor puede, pero, en mi opinión, mucho más útil

a la causa de la igualdad que su amigo, el que se dedicaba a las

manifestaciones: el universitario, al no tomar la vía emocional sino la más

racional, práctica y profunda, logró estudiar, entender bien las leyes y

cambiarlas desde dentro para que nunca más a ningún estudiante se le

pudiera negar el acceso a la universidad por el color de su piel. Así pues,

¿quién consiguió más cambios? ¿El traidor o el agitador?

Un ejemplo parecido es el del 15M. Hubo unas grandes manifestaciones

por toda España, pero el movimiento en la calle no servía para mucho. Les

decían: «Formad un partido, participad en política». Y, finalmente, lo

hicieron. Se creó un partido al calor de aquel movimiento, aunque no es su

representante oficial. Y hoy ese partido forma parte del gobierno y tiene

capacidad de actuar sobre la realidad. Hay que pensarlo así. Lo otro es

mucho ruido y pocas nueces.

A veces la gente hace las cosas por la fachada, por quedar bien, y se

creen que poner un post en Facebook, retuitear o colgar una foto en

Instagram ya los convierte en activistas comprometidos. Y eso no es así.

Para cambiar la realidad, hace falta mucho más que un tuit.

 

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