El águila en la nieve
Capítulo IX
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
Capítulo IX
Dos días más tarde recibí la visita de Guntiaros, el rey de los burgundios, que cruzó el río para reunirse conmigo en Bingium según un acuerdo previo. Era bajo y moreno, y me hizo pensar en un cernícalo a punto de emprender el vuelo.
Pero era un cernícalo anciano, y me pareció más fiero de apariencia que de hechos. Como todo su pueblo, se ponía grasa en el cabello, que le llegaba a la base del cuello y, al ser un día caluroso, pude olerlo antes de que llegara.
Muchos de nuestros auxiliares eran burgundios, y existía una antigua disputa entre ellos y los alamanes a causa de ciertos manantiales de agua salada que ambas tribus reclamaban como propios. Recé a Mitras, por indigna que fuera mi oración, para que la disputa continuara.
Le mostré el campamento y, aunque habló poco, pareció impresionado.
—Esto es sólo la avanzadilla —dije—. Pronto tendré un gran ejército. Roma no olvida a las provincias que necesitan ayuda.
—¿Es que necesitáis ayuda? —preguntó astutamente.
—No —mentí—. Pero no puedo permitir cruzar el río a más gente. Eso es lo que deseaba decirte.
Pareció preocupado. Dijo:
—Las cosas han cambiado desde que Estilicón y yo nos dimos las manos sobre la sal. Mi gente se ha multiplicado, y las cosechas han sido malas. La tierra es demasiado pobre para mantener a tantos.
—Entonces tendréis que dedicar más tiempo a cultivar la tierra, y menos a criar caballos.
—No es lo mismo.
—Roma os puede ayudar con plata, si no sois demasiado orgullosos para aceptar el regalo. —Hice una pausa y él me miró—. No deseamos que vuestros niños mueran de hambre.
Vaciló.
—Sigo siendo el rey de mi tierra —murmuró.
—Eso queda claro. Y como rey de tu tierra, la defenderás contra aquéllos que intenten arrebatártela. —Volví a hacer una pausa para mirar a un pelotón de hombres desfilando—.
Mis soldados defienden a los aliados de Roma, además de a los ciudadanos de la Galia.
Se llevó una mano a la boca.
—Los alamanes...
—No son tan fuertes como les gustaría que creyéramos —
dije.
Continuó vacilando.
—Plata —dije—. Pero nada de tierras.
—Mi pueblo está contento con las tierras que tiene —dijo, de mala gana.
No sonreí.
Aquella noche dimos una fiesta en su honor y se emborrachó.
—Tengo unas hijas muy guapas —dijo—. Son jóvenes, fuertes y complacientes. Te enviaré a una para que sea tu esposa, en señal de que somos amigos.
—Me haces un gran honor —dije.
Se marchó a la mañana siguiente, todavía empapado del agua que sus sirvientes le habían arrojado para quitarle el dolor de cabeza. Esperaba que olvidara su promesa. No deseaba otra esposa.
Más tarde, crucé el río en Bingium con una gran escolta, y me adentré en las oscuras colinas verdes que se extendían entre los burgundios y la llanura desolada que pertenecía a los alamanes. En un bosque denso, lleno de sombras oscuras y rayos de sol huidizos, nos encontramos de repente rodeados de hombres armados. Levanté las manos para advertir a mis hombres que mantuvieran las suyas quietas y sobre las sillas. Luego me dirigí al líder, que montaba en una yegua ruana tan silenciosa como él mismo.
—Príncipe Marcomir —dije.
—Sí. —Me saludó al estilo franco.
—¿Me conoces?
—Sí. —Era más alto que Guntiaros y lo bastante joven para haber sido mi propio hijo. De repente sonrió—. Mi pueblo no habla de otra cosa desde que tus soldados llegaron al río. Y ya era hora —añadió sombríamente.
—¿Es que también deseáis cruzar el Rhenus? —dije.
—Tengo un territorio muy pequeño que me cuesta defender. —Sonrió—. Mis problemas no disminuirían si lo aumentara.
—¿Puedo contar con tu apoyo?
—¿Por qué no? —Hablaba con voz suave—. Todos necesitamos ayuda.
—Hubo un tiempo... —empecé.
—Pero no es ahora —me interrumpió rápidamente—. No te preocupes, excelencia. Hice un pacto con Estilicón. Es todo un hombre. Tengo cierta amistad con Guntiaros, y los alamanes me toleran porque estoy entre ellos y los
burgundios. —Rió en silencio pero sin diversión—. Así que, como ves, mi fuerza reside en no ser fuerte.
Lo miré, sentado en su caballo, semidesnudo, con el sudor trazando dibujos sobre las cicatrices de su pecho y brazos.
Era joven, fuerte y tenía sentido del humor. Me cayó bien, y tuve la impresión de que era un hombre en quien podía confiar.
—Pasé algún tiempo en la Galia —dijo—. Como rehén para garantizar el buen comportamiento de mi padre. Treverorum es una ciudad hermosa. Muy rica. Demasiado rica —añadió en tono lúgubre.
—¿Conoces bien a los alamanes?
—Conozco sus espadas —dijo, muy serio.
—Dime lo que sepas. Me será de gran utilidad.
Desmontamos de los caballos y nos dirigimos hacia el tronco de un árbol caído.
—Necesitamos más hombres —dijo Quinto—. Nos hace falta el doble de auxiliares.
—Tal vez podríamos reclutarlos en la Galia.
—¿Lo crees de veras? —Lanzó un resoplido despectivo.
—¿Dónde, si no? Estoy de acuerdo contigo respecto al número de hombres. Llevo un peso en el estómago desde que llegó la carta de Estilicón.
—Se supone que en la Galia hay un ejército de treinta mil hombres —dijo.
—Sí, en los archivos de Mediolanum. Y no hay dinero suficiente en el tesoro provincial para pagar ni a una tercera parte de ese número.
—¿Qué hacemos entonces, mi general?
—Creo que lo mejor será que vaya a Treverorum y hable con el curator. Si hemos reclutado a todos los hijos de
veteranos y soldados disponibles, y no hay más voluntarios, habrá que emplear otros medios. También veré a Gallo.
Ahora tendrá tiempo suficiente para construir sus barcos. En cualquier caso, hay que hacer algo para suavizar nuestras relaciones con los funcionarios de allí. Tendrán que soportarnos durante un año más, les guste o no.
—Tal vez más tiempo —dijo, con el ceño fruncido—.
¿Quieres que venga?
—Por supuesto. Lucilio puede tomar el mando. Es digno de confianza y la experiencia le irá bien.
Hubo una llamada a la puerta y apareció el centurión principal.
—Es por lo de los baños, señor. Me está costando mucho que los hombres los utilicen.
—¿Por qué, Áquila? ¿Es que no les gusta lavarse?
—Sí, señor, pero prefieren hacerlo en el río —dijo, sonriendo.
—Cuando yo era joven, el baño se usaba como club.
Jugábamos a los dados y nos apostábamos la paga.
—Prefieren hacer eso en la ciudad, señor —dijo pacientemente.
—Las costumbres cambian, ¿no es así? Sí, por supuesto.
Lo importante es que no quiero problemas con las mujeres locales. Esta gente tiene unas ideas muy estrictas, y si nuestros hombres dejan a las mujeres embarazadas habrá peleas. El mes pasado tuve que sobornar a todo un poblado cuando un joven estúpido de la segunda cohorte se puso demasiado amable con la hija del jefe. Necesito el oro para cosas más importantes.
—Ya lo sé, señor.
—Muy bien, Áquila. A ver qué puedes hacer. Encuentra algún otro modo de que se diviertan en su tiempo libre.
—¿Vas a ir a Treverorum? —preguntó.
—Sí. ¿Por qué? ¿Quieres que te traiga un regalo?
—No, señor —dijo, sonriendo—. Pero está el asunto de aquel legionario que se mató hace una semana.
—Lo recuerdo. Estaba en la cohorte del cuartel general. Su nombre era Flavio Betto, ¿no es así?
—Era un brigante, señor —asintió Áquila—. Estaba preocupado por su familia. Quería licenciarse.
—Todos queremos licenciarnos —dije—. Rechacé su petición, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
—¿Cuál es el problema?
—Es por su propiedad, señor. Su padre era el dueño de una gran finca cerca de Eburacum. La compró con lo que ahorró trabajando como herrero.
—Sí, recuerdo que por entonces la tierra era muy barata.
—El padre murió hace un mes y se lo dejó todo.
—¿Algún pariente cercano?
—Una hermana, pero podría estar muerta.
—¿Hizo testamento nuestro chico?
Áquila miró al frente.
—No hemos encontrado ninguno, señor.
Sabía qué estaba pensando. Si no había testamento y ningún pariente cercano, su propiedad pertenecía a la legión. Estábamos escasos de fondos. Incluso una pequeña finca de Britania podía aportarnos algún ingreso.
—Lo mejor será que intentéis encontrarlo —dije, moviendo la cabeza—. Dame sus documentos y pondré el asunto en manos del magistrado. Que lo resuelva él.
—¿No te olvidarás de las botas?
—No, no me olvidaré de las botas.
Hicimos un viaje lento hasta Treverorum, deteniéndonos para inspeccionar los postes de señales a lo largo del camino y estableciendo contacto con los nuevos auxiliares que los manejaban. En dos ocasiones encontramos destacamentos de hombres que regresaban de permiso, porque yo no les permitía viajar solos, y en una ocasión una patrulla de caballería surgió de repente de la espesura; su comandante, el joven Marco Severo, nos explicó en tono de disculpa que nos había usado como blanco para un ejercicio de emboscada.
—Bien hecho —dijo Quinto bruscamente—, pero no os desperdiguéis tanto. Y trenzad las crines de esos caballos.
Ya te lo había dicho antes.
De nuevo en la ciudad, nos instalamos en Rómulo y enviamos a buscar al curator y su personal. Le comuniqué rápidamente la noticia. Se puso pálido al saber que nuestra estancia se prolongaría indefinidamente.
—¿Qué
podemos
hacer
por
ti?
—preguntó
cautelosamente.
—En primer lugar, está el tema de la deshonestidad en el comercio. Mi intendente firmó un contrato con unos cuantos zapateros de aquí para el suministro de botas. Tenían que fabricarse en tamaños estándar, y cada una tenía que contener cuatro capas de cuero en la suela. Cuando nos las entregaron y las repartimos, descubrimos que sólo tenían dos capas de cuero. Aquí tienes un par como prueba.
Artorio hizo girar la bota en su mano.
—Éste es un asunto para los tribunales.
—No tengo tiempo de ir a los tribunales y demandar a este hombre por fraude. Necesito las botas ahora, no dentro de cuatro meses.
—¿Cómo puedo ayudarte? —dijo nerviosamente.
—No voy a pagar otra vez por una nueva remesa. Quinto Veronio te dará los detalles. Una palabra tuya, y algo de presión, y el asunto se resolverá. Será mejor que avises a los gremios de que mi legión tiene un intendente poco corriente, uno que es honrado. Ni se queda con el dinero para él ni permite que otros saquen provecho a su costa.
Todo lo que pedimos es valor por valor.
Asintió sin hablar. Poseía dos grandes fincas al sur de la ciudad, y criaba rebaños de ganado y cabras que proporcionaban gran parte del cuero para toda la zona. Y
sabía que yo lo sabía.
—Otra cosa. El suministro de grano que recibimos la semana pasada, y por el que pagamos, tenía dos libras menos de peso en cada saco. Lo sé, porque los pesé yo mismo. Quinto Veronio también se ocupará de ello.
Hice una pausa y contemplé los rostros silenciosos y hostiles que me rodeaban.
—Y ahora —dije suavemente—, quiero hombres para el ejército.
El curator se tensó y vi que sus nudillos se ponían pálidos.
Pero se contuvo admirablemente, y dijo en tono de disculpa:
—Verdaderamente, no creo que...
—Un momento —dije. Extraje de mi túnica una carta enrollada que ni siquiera Quinto había visto—. La recibí hace una semana. Es de un viejo amigo, un hombre llamado Saturnino, que me sucedió en el mando de Borcovicum, un fuerte en el Gran Muro donde serví mucho tiempo. ¿Os gustaría saber lo que dice?
Había captado su interés, y Quinto me miraba con algo parecido a su antigua expresión, que no había visto desde los tiempos en que servíamos con Estilicón.
—El Muro ha sido abandonado por completo, las setenta millas enteras. ¿Sabéis qué significa eso? Las guarniciones
han partido y la gente de allí usa las piedras para construir casas. Las grandes puertas han quedado abiertas, y se balancean con el viento hasta que caigan al suelo cuando se rompan los goznes oxidados. Nada se mueve a lo largo de los caminos de guardia, excepto los gatos monteses, mientras los cernícalos sobrevuelan las torres vacías y ensucian los tejados donde nuestros centinelas habían montado guardia. Los fuertes se desmoronan bajo la lluvia, y las tejas caen del tejado de la casa donde viví una vez. —
A mi lado, Quinto se sobresaltó violentamente, y, por el rabillo del ojo, vi que sus nudillos palidecían al apretar los puños. De modo que él también tenía sus recuerdos...—. Ya sólo quedan las inscripciones para recordar a los hombres que sirvieron allí...
Me interrumpí para volverme y contemplar la calzada que llevaba al norte, donde esperaba mi legión con las armas preparadas. ¿Qué le habría ocurrido a la lápida de mi esposa? ¿Permanecería erguida, o estaría tirada en el suelo húmedo, cubierta de malas hierbas? ¿Y qué importaba, de todos modos?
Pensé en las palabras que había grabado en la lápida.
«Murió, pero no por completo». Me las había sugerido Saturnino. Era lo que ella creía, y tal vez tenía razón. Pero a veces me resultaba difícil pensar que podía ser así. Me volví y dije:
—Incluso Corstopitum se ha convertido en una cáscara vacía. Y Eburacum, donde la Sexta Legión proclamó una vez a un emperador de Roma, también está desierta. Las tropas se han trasladado al sur, y el gran cuartel general es un barracón abandonado, ocupado sólo por los ratones. ¿Es eso lo que queréis que ocurra aquí? ¿Queréis que vuestra ciudad se hunda en el suelo y que las aves salvajes aniden en los arbustos que cubrirán sus ruinas? Porque si es así, cogeré a mi legión y me iré, y que los alamanes hagan lo que quieran.
Un senador, propietario de más de la mitad de los viñedos de la zona, dijo, en tono exasperado:
—¿Qué quieres exactamente?
—¿Qué quieres tú, Estaticio? —pregunté educadamente—.
¿Te lo digo yo? Paz. Naciste aquí, como tu familia antes que tú. Tus antepasados nunca habían conocido la paz ni la seguridad hasta la llegada de Roma. La paz implica soldados; los soldados implican paga; la paga implica impuestos.
—Oh, si se trata de más dinero... —Estaticio bostezó.
—No.
El curator, con el rostro pálido, dijo ásperamente:
—¿Cómo podemos ayudar más de lo que hemos ayudado ya?
—Quiero hombres, hombres jóvenes, dispuestos a convertirse en soldados. Y necesito jóvenes educados a los que pueda entrenar para que sean sus futuros oficiales.
¿Acaso es pedir demasiado que la gente de la Galia se defienda a sí misma?
—Esto es... esto es un asunto del Magister Equitum per Gallias.
—No me preocupa el ejército de papel de un general de papel.
—¡Oh! ¿Cuántos, entonces?
—Todos los que podamos conseguir. Quiero tropas bajo mi mando. Por lo menos necesito mil doscientos hombres, sólo para la flota. Y quiero a quince mil hombres en el Rhenus.
—No podemos obligarlos a tomar las armas —dijo Artorio
—. El reclutamiento se hace anualmente, cada año en un distrito diferente. Este año no es el turno de la ciudad.
—Esto es una emergencia, y, si es necesario, los reclutaré yo mismo. Pero con vuestra ayuda puede que no haga falta.
—El reclutamiento no puede imponerse sin el permiso del prefecto pretor —respondió testarudamente.
—Cuando he pasado esta mañana por el foro he visto grandes colas de pobres, que esperaban para recibir la ración gratuita de pan y tocino que la ciudad les da cada día. —Miré hacia un lado cuando se abrió la puerta y Mauricio, obispo de Treverorum, entró en la habitación—. Es una verdadera obra de caridad. Pero no todos los pobres eran niños o ancianos. Podrían ganarse esa comida, y, al mismo tiempo, ser mucho más útiles. Son hombres libres.
—Es un pecado que los cristianos tomen las armas contra otros cristianos —dijo el obispo.
—Tú —dije—. Vives en un mundo donde puedes fabricar pecados. No serías feliz sin ellos, ¿verdad?
—Lo prohibiré desde el pulpito.
—¿Qué quieres exactamente de nuestro Imperio? —le pregunté.
—Roma es el hogar de la cristiandad, y por nuestras obras nos conocerán. Igual que todos, rezo para que, gracias al milagro obrado por el bendito Constantino, veamos a la Roma eterna ascender a los cielos en una bola de fuego.
—Si no tenéis cuidado, veréis cómo Augusta Treverorum asciende del mismo modo. Pero antes de lo que creéis. —
Hice una pausa—. ¿Quién tiene influencia en esta ciudad, además de nuestro obispo? ¿Quién está interesado en la vida y no en la muerte?
—Juliano Séptimo —dijo Artorio con nerviosismo.
—¿Quién es?
—Ocupaba mi puesto en tiempos de Valentiniano. Ahora es anciano, pero es rico, y vive al otro lado del río, a seis
millas calzada arriba. Tiene dos hijos y una hermosa casa.
—¿Me ayudaría?
—Es pagano —dijo el obispo.
—Entonces probablemente sí.
Dejé a Quinto para que leyera mi proclamación en el foro mientras yo me ponía en marcha por la calzada que serpenteaba entre las colinas para visitar al hombre que había conocido a Valentiniano. El día era caluroso; las colinas boscosas absorbían el calor, y notaba el sudor de mi caballo a través de la manta que me protegía los muslos.
Avancé por un desfiladero protegido del sol, giré a la derecha para vadear una corriente pedregosa de agua burbujeante, y entré en un camino que conducía, entre viñedos a la izquierda y tierras labradas a la derecha, hasta una gran villa, baja y rectangular, cuyo tejado amarillo parecía resplandecer con el calor. Desmonté, los criados se encargaron de mi caballo, y, como en un sueño, seguí a un esclavo descalzo a través de un patio donde borboteaba una fuente y dos niñas reían mientras jugaban con una pelota bajo el sol filtrado por las hojas. Mi anfitrión estaba en la gran sala de recepción del ala norte, y permanecí allí un instante, admirando el intrincado mosaico del suelo y las paredes enyesadas, junto a las cuales se veían los bustos de antepasados muertos sobre pedestales. No pareció sorprenderse al verme y, mientras bebíamos vino y hablábamos educadamente de todo y de nada, pensé en mi desolada habitación de Moguntiacum y en cómo había soñado con poseer una casa como aquélla.
—Creo que he empezado con mal pie con el consejo —dije educadamente—. No les gustan los soldados.
—Eso he oído —dijo, con una débil sonrisa cruzándole la cara—. Los soldados y los impuestos siempre van juntos —
añadió en tono críptico.
—¿Qué pasa con ese joven que ahora es el curator? Me resulta difícil hablar con él. ¿Le conoces bien?
—¿Artorio? No mucho. Es joven, ambicioso e impaciente.
Tengo entendido que su abuelo fue un liberto.
—Entonces se las ha arreglado bien.
—Supongo que sí. Desde luego, su padre consiguió llegar a pertenecer a la clase curial. Pero eso es muy propio de una ciudad como Mediolanum. —Hablaba con un toque de desprecio.
—¿Procede de allí? Creí que...
—Oh, sí. Hubiera dicho que resultaba evidente por su acento. Tengo entendido que estudió para abogado, ocupó uno o dos puestos menores y luego consiguió un empleo en el servicio imperial, algo relacionado con las finanzas.
Entonces vino aquí. Su nombramiento fue poco corriente, por decirlo suavemente, incluso irregular. Porque, como sabes, normalmente el curator sale del consejo local. —Hizo una pausa para beber delicadamente su vino—. Pero ya sabes cómo van las cosas. Tenía influencias poderosas. Yo estaba en contra de su nombramiento, pero no se puede discutir con el prefecto pretor. Sin embargo, parece eficiente, por lo que cuentan mis viejos amigos —añadió con reticencia.
—No comprendo por qué quiso venir aquí —dije, desconcertado.
—Oh, eso es fácil de explicar. —Sus labios se curvaron un poco—. Deseaba escapar de su propio pasado. Ésta sigue siendo una ciudad importante, y, bajo la protección del prefecto, puede llegar lejos. Puede conseguir grandes cosas, desde su modesta perspectiva.
—Se interesa mucho por el comercio —dije, sonriendo.
—Oh, sí, y también por las tierras. Ese joven ha ganado mucho dinero. Y lo ha invertido con prudencia. Una villa
modesta para su familia, según tengo entendido. Aunque no la he visto, por supuesto.
—Por supuesto.
—Todo el mundo quiere tierras. Piensan que significan seguridad. Tal vez antes era así. —Hizo una pausa y tomó otro sorbo de vino—.
Claro que ahora las cosas son muy diferentes, y más difíciles. Mis campesinos, como marca la costumbre, pagan una décima parte de sus cosechas, pero son perezosos y cada vez me cuesta más cobrarles las rentas. No trabajan tanto como antes. Huyen cuando no pueden pagar y es difícil encontrar a otros que trabajen las tierras en su lugar.
La comida también escasea. —Mordisqueó una uva—. Antes recibíamos grano de Britania, pero ahora las entregas son muy inciertas. En temporada de caza, por supuesto, tenemos cisnes y patos asados. Ya es algo.
—Los tiempos eran más duros cuando ocupabas tu cargo en la ciudad.
—El gobierno central era más fuerte entonces —dijo, con los ojos brillantes—. Teníamos a un Valentiniano, y no a un Honorio. Fue horrible durante un tiempo, pero los expulsamos y la prosperidad regresó lentamente.
—Podría volver a ocurrir.
—Esos francos no son mala gente. Lo mejor que hizo ese extranjero, Estilicón, fue permitir que se establecieran a este lado del río. Con todos los esclavos que huyen, necesitaremos jóvenes para trabajar en las granjas.
—¿Lo hacen?
En lugar de responderme, dijo:
—¿Y qué es lo que quieres? ¿Hombres para tu ejército?
—Sí.
—Bueno, si no se alistan voluntariamente, sólo puedes reclutarlos.
—Sí, puede que tenga que hacerlo. Pero también me gustaría tener voluntarios. Tenía la esperanza de que pudieras persuadir... usar tu influencia... eres muy respetado y la situación es peligrosa.
—Oh, eso es lo que siempre dicen. Pero nunca pasa nada.
Unos pocos ataques, tal vez, pero que hacen poco daño.
—¿Qué pasa cuando te atacan a ti?
—Oh, les doy algo de plata y se marchan. Es curioso. No les interesa el oro. Mejor así. Estaría arruinado si les interesara.
—Todos corremos un grave peligro —dije—. Acuérdate de la otra vez. Entonces un ejército entero, bandas armadas, saqueó el país. Ahora será peor. No se limitarán a robar y asesinar para luego marcharse. Robarán y matarán, sí, pero se quedarán.
—Podemos ir a Italia —dijo—. Si la situación es realmente tan mala como dices. Tengo propiedades allí, en el sur.
También tengo primos en África. Una tierra muy rica. Dicen que mucha gente está emigrando allí. El clima es mucho mejor.
—Los ricos —dije.
—Naturalmente. Los artesanos y campesinos no podrían permitirse hacer el viaje.
—Necesito
hombres
desesperadamente.
Tenía
la
esperanza de que tus hijos...
—Mis hijos ya son hombres maduros. —Sonrió—. Soy un anciano. Tengo nietos, por supuesto.
—Me servirían. Me irían muy bien. Necesito a alguien que dé ejemplo. Quiero alas auxiliares con jóvenes como tus nietos para dirigirlas.
—No estoy seguro...
—¿Se lo pedirías? —insistí—. El servicio militar es honorable. A los jóvenes les gusta la aventura.
—Pero no la muerte —respondió secamente.
—Es mejor que el deshonor —dije con suavidad.
Pareció encogerse en su silla.
—¿Se lo pedirás? —dije. Él vaciló—. ¿Permitirás que se lo pida yo, pues? Debo hacerlo.
—Tu
determinación...
—dijo—.
Me
recuerdas
a
Valentiniano, el emperador, por supuesto.
—¿Lo conociste?
—Sí. Era mi amigo. —Lo dijo en tono de orgullo.
—Me alegro —dije—. Verás, conocí a su padre.
Sus manos empezaron a temblar. Dijo:
—Creo que es mejor que te vayas. Estoy muy cansado.
—Has dicho que podría ver a tus nietos.
—No están aquí. Ahora que me acuerdo... han salido a montar. Lo había olvidado.
—Puedo esperar.
—Puede ser que no regresen hasta... —Se interrumpió cuando sonaron voces en la terraza del exterior, y dejó caer las manos sobre el regazo en un gesto de impotencia. Se oyeron risas y pasos, y entró un joven moreno, seguido por un muchacho en su tercer año de llevar la toga. Eran chicos guapos, desde luego. Me habría sentido orgulloso si hubieran sido mis hijos.
Al verme se callaron y se detuvieron tímidamente en la entrada. Miraron mi atuendo de montar y el yelmo que llevaba bajo el brazo, y en sus rostros había una curiosa expresión, una mezcla (hubiera podido jurarlo) de miedo y
odio. Esperé muy tieso a que Juliano Séptimo me los presentara. No dijo nada, pero oí un jadeo, y la copa de vino cayó al suelo con un fuerte golpe. El chico moreno se adelantó, gritando:
—¡Abuelo!
Instintivamente alargó la mano derecha, con los dedos extendidos, como si hubiera atrapado la copa de haber llegado a tiempo. Fue entonces cuando me di cuenta de que le faltaba el pulgar derecho. La piel rugosa estaba sonrosada y recién cicatrizada. Era una verdadera lástima.
El chico había sufrido un terrible accidente. Era un muchacho muy atractivo. Vio mi mirada y dejó caer bruscamente la mano.
—No pasa nada —dijo el abuelo débilmente—. Nadie ha sufrido ningún daño. Metello puede limpiar esto en un minuto. Tengo un invitado. Salid, y regresad cuando esté libre.
Los chicos se inclinaron hacia mí, muy tiesos, y se volvieron para salir. Cuando lo hicieron, vi claramente las manos del chico rubio. Él también había sufrido un accidente, exactamente igual que su hermano. Recordé el día que había entrado en Treverorum, y los jóvenes con las manos vendadas que había visto entre la multitud.
Entonces lo comprendí.
Me volví bruscamente y me llevé la mano a la boca. Me sentía físicamente enfermo, y el vino que había bebido tenía un sabor agrio en mi garganta. La piel del dorso de las manos me escocía de sudor, y me notaba la frente fría.
Comprendí entonces la vergüenza, el horror y la degradación de todo aquello.
—¿Quién los hizo pasar por eso? —susurré—. ¿Fuiste tú?
Tú, el amigo del hijo de mi Teodosio, el amigo de
Valentiniano, que luchó por reconstruir la provincia tras sus años de desastre y miseria.
No me respondió. Volvió la cabeza, pero por el ángulo de su mandíbula me di cuenta de que le temblaba el rostro.
—¿Quieres yacer empalado al sol como un criminal condenado, mientras tu villa se quema detrás de ti, con los esclavos dentro? ¿Ver a tus hijos asesinados por el oro, tus nietos convertidos en esclavos, sirviendo a sus amos bárbaros con la rodilla en tierra? ¿Ver cómo tus nietas tiemblan mientras las desnudan para el placer de unos conquistadores apestosos? ¿Morirás satisfecho, sabiendo que has contribuido a que ocurran esas cosas?
No me respondió.
—Tu familia lleva un nombre honorable. Posees tierras fértiles, ricos tesoros y una hermosa casa. Tienes todo lo que la mayoría de los hombres desearían, nada de lo que rechazarían.
—Basta —gritó—. ¿Cómo te atreves?
—¿Atreverme? Sólo soy un hombre pobre. No me sobra nada, excepto coraje, e incluso eso tengo que ganármelo.
Cada día tengo que ganármelo de nuevo, igual que un campesino suda para ganarse su comida. No es fácil ganarse lo que necesito para hacer lo que tengo que hacer.
Pero tú... tú lo tienes todo, excepto sólo una cosa. —Le di la espalda y me dirigí a la puerta abierta—. Sólo te falta tener a los hunos como invitados.
Regresé a la ciudad, y temblé durante todo el trayecto como si tuviera fiebre. Era como si el calor hubiera desaparecido del sol, y toda la brillantez dorada del día no fuera más que una ilusión.
Frente a Rómulo había un caballo sudoroso atado en el patio que separaba las puertas dobles, y un mensajero me esperaba en mi habitación con un pergamino sellado,
escrito dos días atrás en Moguntiacum. Las cejas de Quinto estaban enarcadas, trazando una pregunta silenciosa.
—La familia de Séptimo se ha unido a los jóvenes sin pulgares —dije.
—Evitando así el servicio militar, igual que los otros —dijo con desprecio—. Deberías multarlos, como hizo Augusto.
Rompí los sellos y leí el mensaje dos veces para asegurarme de que lo entendía correctamente.
—Los alamanes han enviado un embajador al otro lado del río. Su rey, Rando, desea un encuentro para discutir ciertos asuntos.
—En la orilla este, supongo, precedido por un banquete con chicas de su tribu para entretenernos —dijo Quinto sardónicamente.
—Me pregunto qué querrá. Es curioso. Los alamanes deben de haberse trasladado al norte.
—No irás a verlo, supongo. Puede ser una trampa.
—Debo ir. Quiero saber sus intenciones.
—Creí que ya estaban bastante claras.
—Demasiado claras, tal vez. Prepararé un encuentro en una de las islas frente a Moguntiacum.
—Eso será interesante. Mi caballería te será de gran ayuda si nos atacan.
—Me alegro de que hayas dicho «nos».
Se echó a reír y empezó a desabrocharse las botas de montar.
—Nunca he visto a un rey de los germanos. Siento curiosidad por saber cómo será.
Aquella tarde bajé al muelle para ver a Gallo. Nuestro barco convertido estaba en mitad de la corriente y, a juzgar por los chapoteos, se estaba empleando para entrenar a
nuevos remeros. Quinto observó, con tristeza, que sólo servían para asustar a los cisnes, y me sentí inclinado a darle la razón. En el muelle había hombres construyendo los nuevos barcos de guerra. Se habían terminado las quillas de tres barcos, y los carpinteros estaban ocupados instalando los mástiles en uno, las costillas en otro y las planchas en el tercero. El cuarto barco estaba a punto de terminarse. El aire apestaba; los artesanos calafeteaban las planchas con cuerdas alquitranadas, al mismo tiempo que un grupo de hombres semidesnudos, que sólo un mes antes habían estado sin empleo, se esforzaban para instalar los dos timones. Otro grupo estaba aserrando palos para construir remos, mientras otro alisaba la superficie de las palas, después de lo cual un muchacho y un anciano las engrasaban cuidadosamente y las apoyaban en un cobertizo para que se secaran al sol.
—Esta vez todo irá bien, señor —dijo Gallo alegremente—.
Estamos trabajando según los planos originales de la antigua flota del Rhenus. Envié a un hombre a Colonia, y el curator de allí los encontró en la sección de archivos navales.
—¿Qué es eso? —preguntó Quinto, señalando un enorme bloque de roble que estaba siendo pulido por dos muchachos.
—Eso es para instalar el mástil, señor. Fue una suerte poder conseguir tanta madera en buen estado. Pero nos faltan sogas decentes, aunque nos han prometido que mandarán una remesa desde Colonia. Debería llegar a final de semana.
—¿Y el armamento? —pregunté.
—Tendrá una ballista ligera en proa capaz de disparar a trescientas yardas, y una pequeña carroballista en popa.
Pero el verdadero problema son los remeros.
—¿Cuánta tripulación necesitas? Le he dicho al curator que mil doscientos hombres. ¿Es correcto?
—Casi, señor. Doscientos veinte, incluyendo a los arqueros, para cada barco. De ellos, ciento cincuenta serán remeros, sentados en veinticinco bancos de a tres. Eso hace un total de mil trescientos sin contar las reservas. Hay que prever enfermedades, heridas y otras cosas.
—¿Y no has recibido más reclutas?
Gallo se frotó la nariz con irritación.
—Ésos son mis reclutas, la tripulación de ahí fuera, que chapotea con tan poca gracia. La mayor parte desearía no haberse alistado.
—Lástima que no podamos usar esclavos, ¿verdad?
—¿Esclavos, señor? —Parecía escandalizado—. No podemos hacer eso.
—Ya lo sé. Supongo que no.
—Pero, ¿por qué? —dijo Quinto—. Se ha hecho antes.
—¿En la flota, señor? Sólo se permiten hombres libres en la armada imperial.
Quinto cogió un farol y empezó a juguetear con él.
—Sí, precisamente; hombres libres o liberados. —Dejó el farol sobre un montón de planchas—. Si la memoria no me falla, me parece haber leído en uno de esos tediosos libros de Apiano que el cesar Augusto, aunque entonces era Octavio, alistó a veinte mil esclavos para sus campañas contra el hijo de Pompeyo.
—¿Estás seguro? —dije, con el ceño fruncido.
—Oh, sí. Primero los liberó y después pidió voluntarios.
—Bueno, ésa es la respuesta, entonces.
—Suerte que hay alguien que lee —dijo con una sonrisa.
—¿Pero podríamos conseguir suficientes esclavos sin tener problemas con sus dueños? —dijo Gallo—. Los que se venden en el mercado de Treverorum suelen ser de muy poca calidad.
—Necesitaremos un edicto, firmado por el prefecto, por supuesto —dijo secamente Quinto.
—Lo dudo —dije a Gallo—. Pero podríamos reclutar convictos. Sí, Quinto, el prefecto pretor tendrá que autorizarlo. Le escribiré. Pero habrá que pagarles, alimentarlos y vestirlos.
—Arriba los impuestos, señor —sonrió Gallo.
—¿Cuánto falta para que los barcos estén listos?
—Treinta días, señor.
Lancé un juramento.
—Los querías para impresionar a los alamanes —dijo Quinto.
—Hubiera ayudado.
—Nos las arreglaremos sin ellos. —Quinto sonrió a Gallo—.
Pueden ser una sorpresa para más adelante. Dime, ¿has probado ya el fuego líquido?
Envié un mensaje a casa del obispo, pero no estaba allí, y averigüé que se encontraba en una iglesia en construcción en el distrito de los templos. Salí a su encuentro y me fijé en que las mujeres que sacaban agua de las fuentes públicas se detenían en su labor y se apartaban al verme. El lugar estaba bastante alejado de las tiendas, y la hierba crecía en las grietas del pavimento que formaba la calzada. Todo estaba descuidado, abandonado y desierto. Cuando llegué, Mauricio estaba observando el trabajo de un grupo de albañiles, que encajaban fragmentos de cristal coloreado en la esquina de un gran dibujo que se había trazado en el suelo, para instalar un mosaico en el centro de la nave.
Como de costumbre, estaba hablando, dando instrucciones sobre el modo en que los dibujos debían encajarse unos con otros. Nunca lo había oído hablar con tanta elocuencia o sensatez. Pero tampoco asistía a sus sermones.
Me saludó con una inclinación de cabeza mientras entraba en la zona en obras.
—¿Has venido a convertirte? —En su voz no había intención ofensiva, y me pregunté si habría considerado prudente declarar una tregua. Él tenía detrás a su iglesia y al emperador, pero yo tenía a Estilicón.
—¿Puedo hablar contigo, aquí o fuera? —pregunté.
—¿Por qué no aquí? Él nos oirá igual de bien que al aire libre.
—He visto a Séptimo.
—¿Y?
—Creo que tenéis un dicho, mi señor obispo, que sirve de gran consuelo a los que quieren evitar problemas.
—¿A qué te refieres? —preguntó, con los ojos semicerrados.
—«Si en una ciudad os persiguen, huid a otra» —dije.
—Es muy fácil retorcer las palabras y cambiar los significados —dijo.
—Lo es. Pero aún más importante: ¿es eso lo que crees?
—Dependería de las circunstancias —dijo con cautela.
—Conoces muy bien las circunstancias. El peligro que corre esta ciudad no es pequeño. Necesito hombres para el ejército para evitar ese peligro. Si no recibo voluntarios, tendré que usar la ley para reclutarlos. Así y todo, necesitaré algunos voluntarios.
—¿Y esperas que te ayude en esa tarea?
—¿Por qué no? ¿O prefieres que los seguidores de una herejía se apoderen de tu tierra y celebren su herejía en tu iglesia?
—No he dicho eso. Estás tratando de atraparme —dijo, furioso.
—Si te niegas a ayudarme sí que puedo atraparte. Tal vez el consejo de obispos no interprete tu negativa a ayudarnos como auténtico celo en la defensa de tu fe.
—Quieres usar tu influencia contra la mía —dijo, sonrojándose—. ¿Cómo te atreves a insinuar que no sé cuál es mi deber?
—No soy yo quien insinuará nada, mi señor obispo.
Honorio es un verdadero hijo de tu fe: ¿crees que desearía que una herejía se expandiera más? Y también es emperador: ¿crees que desearía perder toda una provincia?
—Tus problemas no son los míos. —Hablaba fríamente, pero en su voz había una nota de ansiedad.
—Estás muy equivocado. En este asunto, mi señor obispo, tanto si nos gusta como si no, aguantaremos o caeremos juntos.
Parpadeó.
—Necesito tu ayuda, y si no la consigo escribiré a Ravenna y diré, en frases breves, exactamente lo que pienso.
—No te atreverías.
—Honorio es gobernante primero y cristiano después.
Creo que descubrirás que prefiere a un pagano que cumple con su deber antes que a un cristiano que no lo cumple.
—Ya conoces las leyes relativas al reclutamiento —dijo en tono gélido—. Aplica esas leyes si tienes que hacerlo. No esperes que te ayude. No es mi competencia.
—No quiero que todos sean reclutas, como te he dicho antes.
—Claro que no. Quieres un sacrificio voluntario, ¿no es eso?
—Sí —asentí—. ¿No es eso lo que tú también quieres?
Nos medimos por un instante con la mirada.
—¿Acaso me temen tanto?
—Sí —respondió—. Te temen a ti y a lo que representas.
—En el nombre de... del dios que escojas —dije exasperado—, usa tu influencia. Diles que no... es demasiado horrible.
—Horrible. Claro que es horrible. El miedo siempre es horrible.
—También es despreciable.
—Para un soldado, tal vez.
Molesto por el tono de su voz, repliqué:
—Ya tengo bastantes problemas sin añadir eso.
—¿Por qué te preocupa? —Me miró intensamente y, aunque por supuesto era absurdo, por un momento me pareció que trataba de meterse en mi mente, intentando apoderarse de la única cosa que no había comentado con nadie durante todos los años que había vivido con ella: la cabeza de zorro bajo mi túnica.
—Algunos de ellos ya lo habían hecho antes de mi llegada
—dije ásperamente—. No todas las heridas eran recientes.
—No, no todas.
Mientras hablábamos, habíamos avanzado lentamente, casi sin darnos cuenta, hasta el espacio abierto donde estarían las puertas de la iglesia. A través del montón de material de construcción, contemplé un templo sin techo algo alejado. Nadie se atrevería a entrar en él, excepto a solas y de noche.
—Fueron las personas que daban culto en templos como ése las que crearon la Roma de la que tanto te enorgulleces
—dije.
—Era un estado sin dios, profano, bárbaro y cruel. No fue hasta la llegada del bendito Constantino...
—No sigas —dije—. No estoy de humor para sermones.
—Tú te lo pierdes, entonces.
Me volví hacia él, furioso.
—Estás muy seguro de tener razón. Eso no me molesta.
Pero sí me molesta que te empeñes en imponer tus convicciones a otros, que se las impongas quieran o no.
—La verdad debe prevalecer —dijo tranquilamente—.
Dices que no te importa ser perseguido, pero fuimos nosotros los que una vez sufrimos las amenazas del fuego, la tortura y la muerte.
—Pero no se os perseguía por vuestra fe, sino por tratar de situaros por encima del estado.
—Hay un poder superior.
—¿Acaso yo lo niego?
—Lo que tú llamas culto es una blasfemia a ojos de mi iglesia. Nos imitáis, y al imitarnos os burláis de nuestros rituales sagrados.
—Mi señor obispo, la certeza de un cristiano sólo es comparable a la del pueblo judío. Enseñáis humildad, según creo. Os iría bien recordar que para los judíos, al menos para los que he conocido, vuestra fe es igual de... inusual.
—Es un punto de vista. —Sonrió de repente—. Dime, ¿en cuántos dioses crees?
—En menos que tú. Mi dios no está dividido en tres.
—Tu esposa era cristiana, creo —dijo.
—Sí.
—Eso pensé. —Vaciló como si fuera a decir algo más y permaneció en silencio.
—Si tu iglesia aún fuera perseguida —dije—, ¿tendría tu gente el valor de enfrentarse al martirio por su fe?
—No lo sé. Me gustaría pensar que sí. Pero... debo ser honesto contigo... lo dudo.
—¿Por qué?
—El valor, como deberías saber, es algo que todos los hombres creen poseer, aunque pocos lo tienen de veras —
dijo secamente—. Tienen otras cualidades, que confunden adrede con los atributos del valor. ¿Realmente esperas encontrar coraje en un esclavo al que han marcado por golpear a un amo injusto? ¿O en un campesino al que expulsarán para que muera de hambre si no puede pagar los impuestos? ¿Por qué ibas a esperar encontrar más en los hijos de hombres ricos, que han sido mimados durante toda su vida, que viven entre placeres y que ignoran el deber?
—Pero tu iglesia... —dije.
—Estás pensando en nuestros mártires, tal vez. Claro que tuvimos algunos. Aunque me temo que no tantos como decimos a veces. Los hombres olvidan el significado de los números en su entusiasmo. Debes recordar que, entre los primeros doce, once lo abandonaron en el momento de crisis, mientras que el decimosegundo lo traicionaba.
—No ofreces demasiado consuelo.
—Tú tampoco. —Sonrió débilmente—. Te has llevado nuestra riqueza para pagar a tus hombres, y ahora quieres llevarte también a nuestros ciudadanos más jóvenes.
—Sí. Puedes decir a tu congregación, por si acaso, que impondré impuestos especiales a las familias donde haya hombres sin pulgares.
—Eres un hombre duro —dijo.
—No, sólo desesperado.
—No huiré —dijo—. Pero tendré en cuenta tus palabras.
Sólo los estúpidos se oponen a lo que no pueden cambiar.
—Eres un hombre prudente.
—No, sólo un obispo.
Nos miramos.
—¿Quieres también que te incluya en mis plegarias? —dijo irónicamente—. Al menos, ésas son gratuitas.
—No reces por mí —dije—. Reza sólo porque el invierno sea suave, la nieve no llegue y el río no se convierta en hielo.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero
cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las
tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin