El águila en la nieve

Wallace Breem · Capítulo 26 de 26

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El águila en la nieve

Epílogo

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

Epílogo

Máximo removió con un palo las cenizas del fuego apagado. Ya era de día, y las sombras se retiraban de las empalizadas demolidas del maltrecho campamento donde sus oyentes permanecían agazapados en silencio.

—Hay poco más que contar —dijo—. Recuerdo una tienda, una carreta, y voces que hablaban en una lengua que no comprendía. Recuerdo una voz que gritó en latín: «Es mío.

Entregádmelo a mí». Recuerdo la lona de una tienda agitándose en el viento, y un gran dolor en la muñeca y la mano. Recuerdo calor y bebidas calientes, y ratos de enfermedad y fiebre. Recuerdo poco más.

«Cuando empecé a recobrarme, estaba en una casa, y el obispo se encontraba en la habitación. Tenía una cicatriz pálida en la mejilla y el cabello completamente blanco. Me dijo que dos meses después del saqueo de la ciudad, un hombre vestido con el atuendo de los alamanes me había traído en un carro, en secreto y por la noche. Antes de marcharse, el hombre había hablado con el obispo. Le dijo:

«Si vive, cosa que dudo, dile que lo he hecho por los tiempos felices». Eso fue todo.

«Permanecí allí mucho tiempo. Estaba muy enfermo, muy débil y muy cansado. Además, la mano que había perdido me causaba un gran dolor. La ciudad era como todas las ciudades saqueadas, un lugar sucio y lleno de horror. El obispo fue muy amable, y me quedé con él, pues no tenía otro lugar adonde ir. No tenía ningún propósito. No tenía nada. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Los bárbaros devastaron la Galia, y las provincias nunca se recuperaron. Quemaron y saquearon ciudad tras ciudad y se dirigieron al sur, hacia aquella tierra de sol que les estaba vedada por altas montañas que no podían cruzar.

«Aquel verano, cuando ya me sentía más fuerte, recibimos

la

noticia

de

que

Constantino

había

desembarcado en la Galia. Vino a Treverorum y lo vi pasar por las calles con sus hombres, los restos de las antiguas Sexta y Segunda, de camino al sur. Su hijo, Constante, iba a su lado. No había cambiado. Tenía el mismo aire presumido y la barbilla levantada, y recordé que una vez había ofrecido su espada a otro hombre. Su padre, grueso y sonriente, hacía promesas, y la gente lo vitoreaba. Pero una voz gritó:

—¡Tendrías que haber venido antes para ayudar a Máximo, que ha muerto!

Me encogí contra la pared al oír aquel nombre, y me cubrí la cara con la capucha. Máximo había sido un general, el Dux

Moguntiacensis,

y

el

legado

de

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T¨šXTagçÓˆçHß`ŸÀ®Ð4x ‰ À® ">la Vigésima. ¿Qué tenía que ver Máximo conmigo, que ni siquiera era dueño de la capa que me cubría la espalda?

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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.

»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían

donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.

«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.

Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.

«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.

«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.

Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.

»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?

»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.

»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.

»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.

»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.

»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.

Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.

Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:

—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.

«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los

soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.

«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.

Máximo se interrumpió y soltó una risita.

—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.

Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.

»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.

»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.

»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.

«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.

Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.

Máximo se puso en pie.

—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.

Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.

El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.

—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.

—Puede ser difícil de encontrar.

—Lo encontraremos.

—Estás muy seguro.

—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.

—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.

—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.

—Yo también tengo un viaje que hacer.

—¿Adonde vas?

—Con los dioses de las sombras.

El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:

—Vive en Dios, entonces.

Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.

—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.

Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.

—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto

—. Escuchad.

Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»

y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.

DIS MANIBUS

P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS

PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC

DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM

ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS

ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR

MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN

LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII

SATURNINUS AMICUS FECIT

Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima

Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos

Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión

Artorio Curator de Augusta Treverorum

Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum

*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia

*Constante Hijo de Constantino

*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión

*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente

Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta

Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir

*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania

Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria

Gallo Tribuno de la nota del Rhenus

*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial

*Godigisel Rey de los vándalos de Siling

*Gunderico Rey de los vándalos de Asding

*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos

*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión

*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum

*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más

tarde autoproclamado

emperador

Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión

*Placidia (Gala) Hermana de Honorio

*Rando Rey de los alamanes

*Respendial Rey de los alanos

*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria

Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium

Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum

Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes

Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria

Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.

367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.

368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y

reconstruye el Muro.

375 Muerte de Valentiniano I.

Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.

378 Batalla de Adrianópolis.

379 Reinado de Teodosio I.

383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,

conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.

388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.

395 Muerte de Teodosio I.

Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo

Estilicón es nombrado su tutor.

Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.

403 El godo Alarico invade Italia.

406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.

Constantino proclamado

emperador en Britania.

Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan

el Rin en Mainz e invaden la Galia.

407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.

Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas

de Britania, y se instala en Arles.

408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.

410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.

411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.

Fin

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

Document Outline

  • Resumen
  • Prólogo
  • Capítulo I
  • Capítulo II
  • Capítulo III
  • Capítulo IV
  • Capítulo V
  • Capítulo VI
  • Capítulo VII
  • Capítulo VIII
  • Capítulo IX
  • Capítulo X
  • Capítulo XI
  • Capítulo XII
  • Capítulo XIII
  • Capítulo XIV
  • Capítulo XV
  • Capítulo XVI
  • Capítulo XVII
  • Capítulo XVIII
  • Capítulo XIX
  • Epílogo
  • Lista de principales personajes
  • Acontecimientos históricos
  • Acerca del Autor

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