El águila en la nieve
Capítulo XVIII
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
Capítulo XVIII
En el interior de la empalizada me encontré con Agilio, que ya no era el chico despreocupado que había visto poco tiempo atrás; tenía el rostro tenso y una expresión continuamente ansiosa.
—¿Está todo en orden? —pregunté.
Asintió sin expresión, con los ojos muy abiertos mientras observaba el desfile de mis fatigados hombres hacia la zona que tenían asignada para acampar detrás del fuerte. No me había creído cuando le advertí de lo que podía ocurrir; no había visualizado la posibilidad de una derrota.
—¿Está aquí Flavio?
—Sí, señor. Lleva aquí varios días.
—¿Habéis tenido alguna noticia de las guarniciones de los demás fuertes, Salisio, Boudobrigo, Confluentes?
Negó con la cabeza.
—Les mandé la señal de retirada hace días —dije—.
Deben de haberlas aniquilado. No las vimos en la calzada.
Flavio estaba en el interior de la torre, y Quinto y Fredegar se reunieron allí conmigo. Nos sentamos en los estrechos bancos de los alojamientos y bebimos en silencio el vino que nos ofreció Agilio. Estábamos tan cansados y teníamos tanto frío que nada parecía importar, excepto el sueño.
Incluso la muerte hubiera sido recibida como una amiga en aquel momento. Finalmente, hice un esfuerzo por despejarme.
—¿Cuántas provisiones tenéis?
—Todas las que pude reunir —dijo Flavio muy serio—.
Mucha gente estaba evacuando la ciudad cuando nos marchamos. Tuve que matar para llevarme lo que quería.
Tengo treinta carretas, cargadas de galletas, carne salada, trigo y vinagre, además de un poco de vino. También tengo puntas de flecha y astiles, proyectiles para las ballistae y lanzas. Eso significa comida suficiente para cinco mil hombres durante dos días a raciones completas.
—También hemos de alimentar a los francos de Fredegar, y a la gente de las torres de señales que hemos recogido por el camino. ¿Cuántos hombres trajiste?
—Las dos centurias que me dejaste y cuatrocientos hombres más.
—¿Algún caballo?
—Sesenta. Fueron todos los que pude reunir. Tuve que emplear muías para las carretas.
—¿Artillería?
—Cuatro ballistae y seis carroballistae.
—Muy bien. —Le indiqué que podía retirarse. Flavio permaneció en su sitio.
—Hay una cosa, señor. Vi al obispo antes de salir de la ciudad. Me dijo que había escrito al prefecto, en Arélate, suplicando ayuda.
—Yo también lo hice, pero no tuve respuesta.
—Pero yo tengo una carta del Magister Equitum per Gallias.
—Dámela. —Leí con atención la carta de Chariobaudes mientras los demás esperaban.
«Te ayudaría si pudiera, tal como prometí. Pero me he enterado de que los alamanes han cruzado el Rhenus en gran número y han capturado otras dos ciudades, además de Borbetomagus. Eso significa que tienen abierto el camino
de Divodurum. Por lo tanto, resulta obvio que mi primera obligación es proteger esa ciudad; de lo contrario el enemigo tendrá el paso franco hasta el corazón de la Galia.
El prefecto pretor ha ratificado esta decisión. Te suplico que no pienses demasiado mal de mí. Tengo la certeza de que todo te irá bien. Treverorum es una ciudad con defensas muy fuertes, y estos pueblos bárbaros no están preparados para un asedio.»
La leí hasta el final y se la arrojé a Quinto.
—No tendremos la ayuda que nos prometió. El prefecto puede escapar en barco, por supuesto. No arriesga nada ni olvida nada, salvo su deber.
—Desde el punto de vista de Chariobaudes, tiene razón —
dijo Quinto con cautela.
—Por supuesto. Sólo que no se da cuenta de que los alamanes no tienen ninguna intención de avanzar tierra adentro. Se quedará allí con sus hombres, y no ocurrirá nada.
Quinto miró a los demás, uno por uno.
—No revelaréis a nadie el contenido, de este mensaje.
¿Entendido? —Asintieron, y Quinto se volvió hacia mí tras una pausa—. Pero la carta contiene un buen consejo. Si llevamos la legión hasta Treverorum, podremos resistir fácilmente. Si nos quedamos aquí, corremos el riesgo de que nos aniquilen.
—Llamad a Áquila.
Éste se presentó, sacudiéndose la nieve de los hombros al entrar.
—Está nevando otra vez —dijo.
—Áquila, ¿podrían marchar los hombres otras treinta millas hasta la ciudad?
Vaciló.
—¿Si saliéramos al amanecer? ¿Podrían?
Negó con la cabeza.
—No lo creo —dijo lentamente.
—Hay mucha nieve entre este punto y la ciudad —dijo Flavio—. Me costó mucho pasar con las carretas.
—Los hombres necesitan descansar un poco, señor —dijo Áquila.
—Sólo son treinta millas —dijo Quinto. Hizo una pausa, mientras entraba un ordenanza a encender la lámpara. Se recostó en la silla y se desperezó—. Tampoco podrán descansar mucho tiempo si nos quedamos aquí.
—Están cansados, como nosotros, e igual de hambrientos.
Pero detrás de estas zanjas estaremos a salvo hasta que nos ataquen —dijo Fredegar, mirándome con ironía.
—Mantuve las zanjas limpias de nieve como ordenaste, señor, aunque no fue fácil —dijo ansiosamente el comandante del puesto.
Le sonreí.
—Nada ha sido fácil para ninguno de nosotros.
—Los bárbaros querrán apoderarse de Treverorum. Si la defendemos, no podrán tomarla. Sin comida, morirán —dijo Quinto.
—Lo comprendo, señor —dio Áquila. Me miró—. Los hombres saben que tenías intención de luchar aquí. Están llenos de confianza. La perderán si les pedimos que vuelvan a marchar. Por lo que a mí respecta... —Vaciló.
—¿Sí?
—Avanzan más rápido que nosotros. Pese a nuestra ventaja, su caballería ya nos ha alcanzado.
La puerta se abrió de golpe y entró Mario.
—Una de mis patrullas acaba de llegar —dijo—. La columna principal de los vándalos acaba de llegar a aquella aldea del valle.
—¿Van a acampar?
—Sí, señor, pero hemos visto a algunas patrullas de caballería en el exterior, a unas cuatrocientas yardas de la empalizada.
Miré a Quinto, que sonrió y se encogió de hombros.
—Está decidido, pues —dije—. Poned una guardia doble; ahuyentad a las patrullas enemigas y estableced retenes, a quinientas yardas del campamento. Que tengan hogueras preparadas, para poder enviar señales con rapidez. Ahora, durmamos un poco.
Pero tuvimos muy poco descanso. Había que reorganizar las unidades para compensar las bajas, distribuir alimento y dar tiempo para reparar el equipamiento dañado y las botas rotas. Los armeros tenían que encender sus fuegos; había que encajar las puntas de lanza en los nuevos astiles, renovar las cuerdas de los arcos y preparar las flechas.
Tuvimos que limpiar las zanjas, parcialmente cubiertas por la nevada de la noche a pesar de los esfuerzos de Agilio, e instalar la artillería en plataformas construidas a toda prisa.
Vaciamos las carretas de provisiones y las instalamos en posiciones estratégicas de los flancos, para crear una barricada contra un ataque por infiltración; también reforzamos la empalizada con troncos y leña.
El campamento era el cuadrado habitual, de doscientas yardas de lado, rodeado por una empalizada de madera y una fortificación de tierra construida el año anterior. Las dos esquinas que miraban al enemigo fueron reforzadas con más carretas, además de plataformas en las que instalamos dos carroballistae. A cincuenta yardas de la puerta estaba la torre de señales, rodeada por un triple círculo de zanjas y una empalizada. Frente a ella, extendiéndose a derecha e
izquierda, se elevaba otra barrera de poco más de un metro de altura, hecha de tierra y bien cimentada, tras la que la legión lucharía a la defensiva. Para protegerla teníamos la triple línea de zanjas de costumbre, con los fondos llenos de ramas afiladas. Además, había hecho que cavaran una zanja amplia y zigzagueante. Medía cinco metros de anchura y casi tres de profundidad, con aberturas estrechas en los extremos más cercanos a nuestra posición. Cualquier enemigo que se aproximara se vería obligado a concentrar los ataques en puntos muy concretos frente a las aberturas.
Sin embargo, nosotros podríamos concentrar el fuego en esas aberturas y destruirlo cuando intentara atravesar la zanja. De esa manera esperaba reducir el efecto de la enorme superioridad numérica del enemigo. Nuestros flancos quedarían protegidos por escuadrones de caballería y arqueros, y no tenía ninguna duda de que podríamos defender nuestra posición mientras nos quedaran soldados suficientes y proyectiles que lanzar.
Los hombres trabajaron durante toda la mañana, mientras Quinto y yo explorábamos cuidadosamente el terreno sobre el que lucharíamos. Mirando al este, desde la torre de señales, vi que el terreno era plano durante doscientas yardas. Luego se inclinaba suavemente hacia los árboles en la distancia. Junto a la calzada, el suelo bajaba hacia un gran bosque de abetos que protegía nuestro flanco. A la izquierda, el terreno descendía durante aproximadamente media milla, para luego ascender en una suave pendiente hasta el horizonte. En la llanura se veían grupos de arbustos esparcidos aquí y allá. Un poco a la derecha de la calzada de Bingium había un bosquecillo en el que tenía intención de ocultar a una centuria para que preparara una emboscada. La nieve era dura bajo la superficie, y no parecía haber peligro de socavones. Quinto pareció satisfecho, y finalmente regresamos al campamento.
A mediodía, mientras comía un cuenco de gachas calientes, vimos a sus jinetes en la distancia. Llegaron hasta cien yardas de nuestros retenes más lejanos. Rodearon el terreno lentamente pero sin atacarnos. Finalmente se alejaron, y por la tarde los hombres que no estaban de servicio se lavaron y se sentaron frente a las tiendas. El viento había amainado, el sol brillaba débilmente, y los soldados reían mientras tiraban los dados y se apostaban la paga que tantos de ellos no recibirían nunca. Parecían menos cansados después del largo sueño; sonreían, bromeaban, se contaban historias picantes y algunos cantaban.
Justo antes de anochecer un centinela informó de que había hombres en el camino de Confluentes. Subí a la torre y pude verlos, una columna oscura y dispersa que avanzaba lentamente hacia nosotros. Los vándalos también la vieron, y sus hombres se desplegaron y cabalgaron en su dirección.
Quinto formó apresuradamente a tres escuadrones y los dirigió en una salida para interceptar a los vándalos. Una hora después, mientras a su espalda tenían lugar sangrientas escaramuzas de caballería, la columna alcanzó la seguridad de la empalizada. Consistía en trescientos hombres, heridos, hambrientos y exhaustos, todo lo que quedaba de la guarnición de Confluentes y las dotaciones de las torres instaladas a lo largo de su línea de marcha. No había noticias de los soldados de Boudobrigo y Salisio, y entonces tuve la certeza de que nunca llegarían. Habrían sido aniquilados en las colinas por los burgundios, al mando de su rey, Guntiaros, cuyo orgullo le había impedido llamarse aliado de Roma.
Me dirigí a la torre de señales. Allí me lavé y me vestí cuidadosamente. Tenía la barba casi totalmente blanca, y me alegré de verla desaparecer. Me estaba secando con una toalla cuando entró Quinto.
—¿Qué vas a hacer, Máximo? —preguntó—. Si quieres mi consejo, lo mejor sería defender aquí nuestra posición. Que se estrellen contra la empalizada, como hicieron en Moguntiacum. A la defensiva, perderemos menos hombres, y ellos pasarán hambre y se debilitarán cada vez más sobre la nieve.
—Tenemos provisiones para muy pocos días —dije—. Ya no llegará más ayuda de Treverorum. ¿Qué haremos cuando se nos acaben la comida y los proyectiles? ¿Pedir clemencia?
Permaneció en silencio.
—Ahora tendríamos que estar en los cuarteles de invierno, con las campañas ya terminadas para esta temporada. —
Sonreí con amargura—. Pero ésta no es una guerra civilizada; es una lucha a muerte.
—Todavía tienes una legión —dijo en voz baja—. ¿Vamos a apostarlo todo a una sola tirada, entonces?
Arrojé la toalla sobre la cama.
—Oh, Quinto, esto siempre ha sido un juego. Lo que Estilicón propuso aquella noche era un juego. Lo he sabido desde siempre.
—¿Y entonces?
—Podríamos contenerlos, como tú dices, en la empalizada.
Si los hombres estuvieran frescos, me sentiría seguro de ello. Pero, en cualquier caso, las batallas no se ganan luchando a la defensiva.
Me miró fijamente y dijo:
—Lucharás contra ellos en la llanura, en una batalla campal. —Era una afirmación, no una pregunta.
—Sí. Dudo mucho de que podamos derrotarlos. Pero hagamos lo que hagamos, se trata de un juego de azar. Ya no sobreviviríamos a una retirada a Treverorum. Todos los
generales, en última instancia, son jugadores en el fondo de su corazón. Lo apostaré todo a una última tirada.
—En cierto modo, me alegro —dijo, con un largo suspiro—.
Es mejor intentarlo y fracasar que no intentarlo en absoluto.
—Oh, te aseguro que lo voy a intentar.
Al anochecer recorrimos el campamento, charlando con los hombres e inspeccionando cuidadosamente las defensas.
—¿Bien? —dijo Quinto cuando hube terminado—. ¿Qué opinas?
—Incluso si nos derrotan, les habrá costado mucho más de lo que piensan —dije—. No habremos fracasado del todo.
En la oscuridad, permanecimos sobre la plataforma de la torre de señales y observamos las luces de sus hogueras; chispas pequeñas que parpadeaban sobre la nieve. Más tarde hubo un breve choque de armas cuando una de sus patrullas se encontró por error con una de las nuestras.
Ambas se retiraron de inmediato y no hubo bajas. Aquella noche me acosté temprano; dormí bien y sin pesadillas.
Al amanecer, la legión abandonó el campamento, dejando atrás solamente a los heridos. Los hombres marcharon en fila, centuria por centuria, cohorte por cohorte, dando la espalda a la empalizada mientras yo los inspeccionaba. La luz brillaba sobre los estandartes escarlata, sobre la armadura pulida de los oficiales y sobre las capas blancas de la caballería. Entonces uno de los jinetes, que afirmaba haber sido sacerdote, los bendijo. Permanecí sobre el caballo, con Quinto a la derecha y Fabiano a la izquierda, y les hablé. Sería la última vez, lo sabía. No me hacía ilusiones.
—Os alegrará saber que hemos dejado de huir. Lo que los generales llamamos una retirada estratégica y vosotros una marcha endiablada ha terminado por fin. —Se oyó un
murmullo y algunas risas. Continué—: El tribuno Flavio me ha dicho que recibiremos ayuda dentro de pocos días. El ejército de la Galia viene en nuestro auxilio. Como vosotros, creo que han salido demasiado tarde, pero mejor tarde que nunca. Vuestro antiguo general, Estilicón, ha cumplido su promesa. Sabía que no nos fallaría. —Hubo un vítor entusiasta y prolongado—. Ya los habéis contenido durante catorce días, y podéis contenerlos cuatro o cinco días más.
Ellos también tienen hambre y frío, y están agotados.
Además, no tienen provisiones, como las que nosotros hemos recibido de nuestros valientes amigos civiles de Treverorum. —Se echaron a reír. Hice una pausa—. Ahora vamos a librar nuestra batalla. Esta vez no lucharé desde detrás de las zanjas. Vamos a derrotarlos, como derrotamos una vez al enemigo en Pollentia. Sólo os pido que luchéis duro una sola vez, y todo habrá terminado. —Volví a hacer una pausa y seguí hablando en voz muy alta—: Una vez quisisteis nombrarme emperador y me negué. Ganad ahora esta batalla para mí y no me negaré si me lo volvéis a pedir.
Os prometí oro cuando acabara esta campaña, y cumpliré mi promesa, si vosotros cumplís la que me hicisteis a mí—.
Me volví y señalé al Águila, portada por el aquilifer a mi espalda. El bronce desgastado de aquella cabeza feroz y aquellas alas extendidas ya había sido antes testigo silencioso de discursos como aquél. Bajo la estatua, en la placa, estaban grabadas las letras que habían llegado a todos los rincones del Imperio: S.P.Q.R—. Hay muchas personas débiles que piensan que el Imperio está muriendo.
Eso es lo que opinan los alamanes de Sunno, los cuados, los marcomanos de Hermerico, los alanos de Respendial y los vándalos de Gunderico. —A mi señal, el aquilifer levantó el Águila, de modo que el sol de la mañana refulgió sobre el metal bruñido—. Demostradme ahora, en nombre del Senado y el pueblo de Roma, y del Águila de la Vigésima, que se equivocan.
Normalmente, me vitoreaban al final de un discurso, pero en aquella ocasión permanecieron en silencio, y me sentí sorprendido y preocupado. Tosí para aclararme la garganta.
Por un momento, casi me había creído lo que les decía. Su silencio empezaba a asustarme. Para mi sorpresa, Quinto adelantó a su caballo, y se situó de costado frente a la primera fila. Desenvainó la espada, aquella espada hermosa y curvada que le había regalado Estilicón, y la levantó en el aire.
—¡Os presento a un nuevo emperador! —gritó—. Os presento al emperador de la Galia, y también de Britania, si los dioses son propicios. Os presento al nuevo emperador de Occidente. ¡Os presento... a Máximo!
Entonces gritaron mi nombre, tres veces, y empezaron a golpear los escudos con las lanzas. Y cuando el rugido de
«¡Máximo!» llegó a mis oídos, levanté mi mano en señal de saludo, y se me nubló la vista.
La legión se desplegó rápidamente en el terreno helado frente a las zanjas. Mi centro estaba formado por una mezcla de cohortes pesadas y ligeras, de tres hombres de profundidad, para proporcionar la mayor amplitud posible a nuestra línea frontal. Había una carroballista para cada centuria, algo adelantada para tener un mejor alcance de fuego. En cada flanco había un ala de arqueros, con las líneas inclinadas en ángulo. Detrás del centro, en dos hileras de profundidad, estaban los auxiliares, al mando de Scudilio, y mezclados con ellos, para dar una apariencia de más solidez a la línea, estaban los auxiliares de caballería, en hileras de tres hombres, alineados por tropas y no por escuadrones. En el ala izquierda, más allá de los arqueros y un poco por detrás de ellos, estaban los francos de Fredegar, que tenían órdenes estrictas de impedir que el enemigo los rodeara. Tras el ala derecha de arqueros, y bien desplegados, estaban los marineros y los auxiliares de los postes de señales, un grupo débil pero reforzado por un
puñado de legionarios y comandado por Mario. Tenían que rodear el flanco enemigo cuando se presentara la oportunidad. Lejos de la línea de batalla, a derecha e izquierda, estaba la caballería regular, desplegada en forma de media luna. La banda izquierda estaba dirigida por Quinto y la derecha por Fabiano. En el bosquecillo que se extendía entre Mario y Fabiano había ocultado a un pequeño grupo liderado por Flavio. Estaba compuesto por todos los hombres que había traído desde Treverorum. Estaban descansados y decididos, y Flavio era un buen soldado.
Había depositado mucha confianza en su capacidad de actuar en el momento apropiado. Instalé el puesto de mando tras el centro de la tercera hilera de la línea de combate. Agilio y Áquila estaban conmigo, y mi guardia personal, a pie, se desplegó detrás de mí a la espera de mis órdenes. Julio Optato estaba a cargo del campamento y las escasas reservas que había dejado allí para defenderlo. Era el responsable de enviarnos caballos de repuesto y proyectiles en cuanto los necesitáramos, y del traslado y cuidado de los heridos.
Los bárbaros, al ver que teníamos intención de luchar a campo abierto, avanzaron en sus enormes columnas, formadas como de costumbre por grupos en forma de cuña, cada uno al mando de un jefe local. Los marcomanos estaban a nuestra izquierda, los cuados y alanos a nuestra derecha, y la gran hueste formada por las dos tribus de vándalos se encontraba en el centro. Su caballería avanzaba por delante de la infantería, una serie de líneas desiguales que se separaron y se abrieron a derecha e izquierda en cuanto vieron el emplazamiento de nuestros jinetes. Una hueste de infantería las seguía a la carrera. Quinto, que defendía la izquierda, entró el primero en combate y se encontró tratando de luchar contra una mezcla de soldados a caballo y a pie, todos armados con arcos. Cruzó sin dificultades la línea de caballería enemiga y cargó contra la
infantería. En los treinta segundos que tardó en cruzar las doscientas yardas que los separaban, el enemigo disparó cuatro oleadas de flechas que derribaron a la mitad de su primera línea. Incapaz de pasar a través de las lanzas enemigas, retrocedió y retiró a sus escuadrones en buen orden. El resto de los marcomanos sufrió unas pérdidas terribles intentado llegar hasta los arqueros del ala, mientras un grupo trataba de rodearlos a la desesperada.
Fredegar, chillando, cayó sobre ellos con sus hombres, y se entabló una terrible lucha cuerpo a cuerpo.
A la derecha, Fabiano había atacado el flanco enemigo, pero los cuados, en lugar de quedarse quietos y esperar a ser masacrados, abrieron sus filas, se hicieron a un lado y arrojaron lanzas y hachas a nuestros hombres cuando pasaban junto a ellos. Sin embargo, aquello resultó un error, porque los auxiliares de Scudilio, que ya habían frenado con sus flechas a la caballería enemiga, los atacaron a pie antes de que hubieran podido reagruparse, y los empujaron de nuevo hacia la caballería de Fabiano, que los arrolló sin dificultad. Los cuados retrocedieron en desorden, y Scudilio empezó a rodearlos lentamente.
En el centro, los vándalos se acercaron corriendo en una densa masa. Los proyectiles de las carroballistae abrieron grandes agujeros en sus filas, pero no los detuvieron. Las líneas de combate se adelantaron y lanzaron sus jabalinas, una tras otra; nueve oleadas de flechas dieron en el blanco, pero siguieron avanzando por encima de sus propios muertos, y hubo un tremendo choque de armas cuando se encontraron las dos vanguardias de infantería. Nuestra línea se dobló por un momento y aguantó. Durante media hora se libró un combate encarnizado, sin que ningún bando cediera terreno, y entonces Quinto cayó sobre su flanco derecho con setecientos jinetes. Un minuto después, Fabiano atacó la izquierda, justo cuando los hombres de Scudilio empezaban a cansarse, y las alas de los vándalos se derrumbaron
cuando los hombres empezaron a soltar las armas y huir. Di la señal a mi guardia personal para que montara, y los dirigí a la derecha, con la intención de reforzar a Fabiano. En aquel momento, los francos de Fredegar se hundieron bajo el peso de los marcomanos, que habían recibido los refuerzos de grupos de hombres de reserva llegados de su campamento. Los marcomanos empezaron a rodear la retaguardia del ala de Quinto, que en aquel momento estaba casi quieta, en medio de una enorme masa de hombres que se debatían y chillaban. El estruendo era increíble. Grité; mi trompetero vio que mi boca se movía y tocó las dos notas que significaban «cambio de dirección».
Di la vuelta y crucé la retaguardia de nuestro centro justo cuando los marcomanos, mezclados con los vándalos, empezaban a caer sobre él. Mis hombres nos oyeron llegar y retrocedieron
rápidamente
mientras
nosotros
nos
infiltrábamos por la abertura de nuestra línea y atacábamos. Fue una carga prieta, controlada y compacta, y el enemigo retrocedió frente a nosotros. A una orden mía, la trompeta volvió a sonar, y la línea frontal se retiró, volviendo a formar mientras lo hacía. El enemigo, agradecido por el respiro, hizo lo propio. Por el momento, también habían tenido suficiente.
—No cargues contra una masa de ese tamaño —dije a Quinto—. Es como intentar atravesar con el puño un barril de cola. Rodéalos y atácalos por el perímetro.
—Lo siento. Me ha parecido que valía la pena intentarlo. —
Se secó el sudor de los ojos y golpeó con rabia la empuñadura de su espada—. Con sólo dos alas más los hubiera hecho pedazos.
—Si pensamos así, seremos nosotros los que nos haremos pedazos —dije con paciencia.
Hubo una larga pausa en la batalla, mientras los heridos se dirigían a la retaguardia y sus lesiones se endurecían por
el frío. Repartí una ración de galletas y vinagre a todos los hombres, y dos horas más tarde volvimos a intentarlo. Situé a los francos de Fredegar con el ala izquierda de los arqueros, dividí a mis reservas en dos mitades y las envié a los flancos, y luego ordené a toda la línea que avanzara hasta establecer contacto con la caballería. De ese modo ganamos unas cuatrocientas yardas de terreno, mientras el enemigo nos observaba inmóvil desde la distancia.
Entonces hice que avanzaran las carroballistae, que abrieron fuego a doscientas yardas, apoyadas por una pantalla de arqueros que tenían órdenes de disparar al aire, para que sus flechas cayeran en el centro enemigo. Cuando los proyectiles de veinte centímetros empezaron a atravesar estómagos y destrozar costillas y espinas dorsales de un solo golpe, los vándalos retrocedieron de mala gana. Ordené el avance, y las primeras líneas de las cohortes se movieron al trote. Las dos hileras se encontraron, vacilaron y resistieron. La caballería enemiga esperaba en los flancos, observando a nuestros jinetes, mientras la alejábamos de nuestras alas con fuego de flechas. Hice que sonara la trompeta, y Fredegar y Scudilio avanzaron para atacar al enemigo por los flancos. Del campamento enemigo empezaron a salir más hombres, que formaron a la retaguardia de su centro. Las carroballistae de mis alas abrieron fuego, derribando a un jinete enemigo con cada disparo. Furiosos, los bárbaros avanzaron hacia donde mi caballería esperaba pacientemente mis órdenes. Esperé hasta que se hubieron alejado del grueso de su ejército, y ordené que sonara la trompeta. Nuestra caballería cargó, y todo acabó en tres minutos. La mitad de los vándalos fue aniquilada, y la otra mitad huyó en dirección al campamento. Sin caballería que se les opusiera, las dos alae, dirigidas por Quinto y Fabiano, cayeron sobre los flancos enemigos y empezaron a rodear a los vándalos, abriéndose paso hacia el interior, cada vez más cerca del centro. Lentamente mi línea frontal avanzó de nuevo. Pero
se acercaban más y más hombres corriendo por la llanura para ayudar a las huestes enemigas. Eran sobre todo arqueros y, desde su posición en la retaguardia, empezaron a disparar, sin mirar si alcanzaban a nuestra caballería o a sus propios hombres. Nuestros soldados, que habían luchado todo el día en furioso silencio, empezaron a gritar, como si percibieran que la victoria estaba a su alcance.
—Ahora —dije a Áquila, y las dos reservas de los flancos entraron en acción. Al mismo tiempo, Flavio salió del bosquecillo y sus hombres pasaron a través de los de Scudilio para dirigirse al debilitado flanco izquierdo de los cuados, que empezaron a ceder terreno rápidamente. Di la señal de avanzar y ordené montar a mi guardia.
—Van a huir —grité a Agilio con emoción—. Van a huir en cualquier momento.
En aquel momento nos llegó un lamento repentino, que incluso yo pude oír por encima de los gritos y del estrépito terrible y familiar del hierro sobre hierro. Nuestra caballería se detuvo (y fue un espectáculo increíble) y empezó a retroceder, como vencida por el terror y el pánico. El sentimiento se contagió a la infantería, que vaciló y empezó a ceder terreno. Por una abertura entre un grupo de jinetes, distinguí una figura con capa roja, tumbada sobre el cuello de su caballo, que era escoltada al trote hacia la retaguardia. Traté desesperadamente de reunir a la infantería, pero ésta retrocedía de modo imparable, cada hilera retirándose a través de la siguiente.
—¡Vamos! —grité a Agilio. Galopamos a través de nuestros propios hombres (oí cómo nuestra infantería gritaba «atención al caballo») y pude ver sus expresiones sobresaltadas mientras quedaban atrás. Nos encontramos avanzando al galope en mitad de una horda de ruidosos vándalos. La fuerza y lo inesperado de nuestra carga nos permitieron llegar al el otro lado de sus líneas, dejando una
estela de cuerpos moribundos y destrozados a nuestro paso.
Dimos la vuelta rápidamente, por entre los sobresaltados arqueros de su retaguardia, derribando a todo el que podíamos alcanzar, volvimos a formar y cargamos de nuevo. No hay nada que desmoralice tanto como un ataque por la retaguardia. Los vándalos y sus aliados no fueron una excepción a esa regla. Se apartaron de nosotros, y su avance se convirtió en fragmentos aislados de hombres solos, exhaustos y desafiantes. Cuando nos hubimos alejado y las cohortes hubieron formado de nuevo, el enemigo se volvió y se retiró lentamente a su campamento, recogiendo a los heridos que encontraba a su paso. Pocos minutos después di la señal de retirada, y las fatigadas centurias retrocedieron por la nieve ensangrentada hasta la seguridad de las zanjas, la empalizada y el campamento.
Entregué el caballo a mi ordenanza y me dirigí a la torre de señales. Todos los hombres con quienes me cruzaba me dedicaban un saludo, una sonrisa o algún tipo de señal, y casi todo el mundo parecía estar herido. Me sentía agotado y mareado. Habíamos estado a punto de triunfar; habíamos estado a punto de fracasar.
Una voz gritó mi nombre, y Fabiano se me acercó montado en su caballo, abriéndose paso cuidadosamente entre los grupos de hombres que se dirigían a sus tiendas.
—Ya vienen —dijo—. Los refuerzos están en camino.
—Debes de estar loco —dije, meneando la cabeza.
—No —dijo muy excitado—. Hay una columna de infantería a media milla por la calzada de Treverorum.
Salí con él y vi que la excitación se extendía a mi alrededor a medida que la noticia pasaba de un herido a otro. Mario se unió a mí, limpiando su espada con un trozo de trapo. Llegó Áquila, cojeando a causa de una herida en el muslo. También estaba allí Scudilio, y Fredegar con él, con su terrible hacha de guerra sobre los hombros.
La oscura columna, con la cabeza inclinada para protegerse del azote del viento, avanzaba a paso lento. Al frente iba un hombre a caballo. Dos comandantes de cohorte se acercaron lentamente para unirse a nosotros, uno de ellos llevando al otro prácticamente a cuestas. El hombre herido era Flavio, con el brazo izquierdo envuelto en sucios
vendajes.
Permanecimos
allí,
sonriendo
estúpidamente, y esperando. Podíamos estar seguros de la victoria. El alivio fue tan grande que me sentí casi feliz.
—Mitras —dije en voz alta—. Mis plegarias han sido escuchadas.
Volví la cabeza y vi que Flavio me observaba, con una expresión incrédula y sobresaltada en su cara pálida.
—Es... No puede ser la... Veo la retaguardia de la columna desde aquí.
—Será la avanzadilla, entonces —dije alegremente—. A mí me basta. Vamos a recibirlos. Han llegado a tiempo.
Nos encontramos con el líder en el camino de detrás del campamento. Desmontó antes de tiempo cuando vio que nos acercábamos.
—Artorio —dije.
El curator de Treverorum se sonrojó al oír mi tono. Luego se irguió y saludó torpemente. Llevaba túnica, calzón y yelmo de cuero. Atada a su cintura vi una larga espada. Sus ojos pasaron de rostro a rostro, y luego me miró con firmeza.
—He venido a poner mi espada a tu servicio —dijo.
Hablaba precipitadamente, como un hombre que ha ensayado lo que tiene que decir. También tenía un aire desafiante, como si pensara que podía burlarme de él. Sus hombres se habían detenido. Iban equipados de modo similar; ninguno llevaba armadura, pero todos tenían lanzas o espadas.
—¿Qué pasa con el ejército de la Galia? —pregunté ásperamente.
—Está... está en camino.
—No lo creo. Chariobaudes me escribió...
—Cambió sus órdenes —dijo rápidamente Artorio. Sus ojos se movieron y, por un momento, se fijaron en el herido Flavio—. El ejército se dirige a Treverorum, en nuestra... en tu ayuda.
—¿Y tú te has adelantado? —Estaba demasiado exhausto para pensar en el problema de Chariobaudes y sus cambios de opinión.
—Sí. —Miró a su alrededor con miedo y curiosidad. Estaba acostumbrado al bullicio del foro, no a la escasez y suciedad de un campo de batalla—. Sé que estoy quebrantando la ley. No tengo permiso para llevar armas, puesto que sólo soy un civil. No sé qué dirá el prefecto pretor. —Hizo una pausa, y yo permanecí en silencio—. Quiero ayudar —añadió en voz baja.
—¿Cuántos hombres tienes?
—Sólo dos mil. Algunos son gladiadores y esclavos, a quienes he concedido la libertad. Supongo que tampoco tenía autoridad para hacer eso.
La decepción me hizo permanecer callado. Se quitó el yelmo y lo sostuvo, torpemente, en el hueco de su brazo, como había visto hacer a mis oficiales.
—Hablé con el obispo. Creí... que debía hacer algo.
—Por supuesto. —Me volví. Dos mil hombres de una ciudad de ochenta mil... Me sentía demasiado asqueado para hablar. Él me siguió, perdiendo el equilibrio en el suelo resbaladizo.
—No has aceptado mi... —Se le cortó la voz y se aclaró la garganta con nerviosismo—. Queremos ayudar. Yo... —Se
interrumpió mientras trataba de esquivar a un herido—. No nos hagas regresar. Seguro que podemos ser de alguna utilidad. Además, los hombres no podrían volver ahora.
Están demasiado cansados.
—Sí, mis hombres también están cansados —dije—.
Somos soldados.
Se estremeció al oír mi voz. Dijo con desesperación:
—Ya sé que sólo soy el curator, pero creí que...
Le di la espalda. Me dirigí a la torre de señales, dejando a la columna todavía de pie en la calzada y a mis oficiales en silencio detrás de mí. Si hubiera vuelto a hablar, lo habría golpeado.
Crucé la puerta con dificultad. Me senté sobre mi manta y me apoyé la cabeza en las manos. Habíamos estado tan cerca de la victoria. Aunque Chariobaudes llegara a tiempo, tenía demasiados pocos hombres para servirnos de verdadera ayuda. Nos derrotarían igualmente. El viento agitó la puerta. Hacía mucho frío, y empecé a tiritar. Supe lo que se sentía al ser un general derrotado. Entró Fabiano.
—Me gustaría hablar contigo, señor.
—Sí —dije.
—Has sido poco generoso —dijo.
—¡Poco generoso! ¿Yo? —Me levanté y él retrocedió—. Ha tenido dos años, y en dos años ha hecho muy poca cosa, excepto a punta de espada. Ahora viene lloriqueando y ofreciendo ayuda. ¿De qué servirá esa maltrecha tropa de payasos? ¿Lo imaginas? Ayuda. Cuando es demasiado tarde.
Demasiado tarde, ¿me oyes?
—Has sido poco generoso —repitió Fabiano—. Ha venido a ayudar y tú, señor, le has dado la espalda.
—Es lo que merece.
—No estoy de acuerdo, señor —dijo con obstinación.
—¿Por qué?
Al principio no me respondió. Permaneció de pie, con los puños apretados a los lados, simplemente mirándome, fatigado y resentido. Aquélla había sido la expresión de su padre cuando le dije que el centinela que se había dormido en su puesto debía ser ejecutado.
—Porque... porque ha venido aquí para morir con nosotros, y eso lo convierte en mi amigo, si no en el tuyo.
Me puse en pie y me dirigí hacia él. No se movió.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? No creas que mi amistad con tu padre te da derecho a...
Fue entonces cuando perdió el control, y dijo furioso:
—Si me atrevo, es porque tú me enseñaste cómo hablar con un emperador cuando se equivoca.
Se volvió y salió. Lo llamé, pero no regresó.
Una hora más tarde, trasladaron a Quinto a la torre de señales. Había sufrido una herida de flecha en el cuello, y había perdido mucha sangre. Yacía en su cama, con el rostro gris y las manos, enrojecidas por el frío, inertes sobre las mantas que lo cubrían. Abrió los ojos y dijo:
—Lo siento. He arruinado el día. Mis hombres se han desanimado, los muy idiotas. —Golpeó débilmente las mantas.
—No —dije—. Hubiera ocurrido de todos modos. Son demasiado fuertes para nosotros, y estamos demasiado cansados. Unos soldados frescos podrían haberlo conseguido, estoy de acuerdo. Pero nuestros hombres... —
Me interrumpí y me senté en un taburete junto a él. ¿Qué otra cosa podía decirle?
—¿Lo volverás a intentar mañana?
—El número de bajas ha sido tremendo —dije, meneando la cabeza—. El de las suyas también, pero ellos se lo pueden
permitir. No podemos arriesgarnos a perder un solo hombre más. Flavio ha luchado muy bien. Ha calculado magistralmente el momento de la carga.
—Lo sé. —Gimió—. ¿A cuántos hemos perdido?
—Áquila está haciendo el recuento.
—Bueno, si aguantamos, ese ejército de reserva puede llegar a tiempo.
—Sí, claro. —Corté el pabilo de la lámpara de aceite, vertí agua en un cuenco y empecé a lavarme.
—Fabiano también lo ha hecho muy bien —dijo. Hizo una pausa para mirar al techo—. Agilio me ha dicho que Artorio ha traído hombres de la ciudad.
—Sí.
—Me ha contado lo que les has dicho.
Me sequé la cara con una toalla y miré mi cama, en busca de una túnica limpia. Sólo me quedaba una. Me la puse.
Luego serví dos copas de vino. Él continuó sin mirarme y dijo suavemente:
—No es buena política para un emperador volver la espalda a los que le ofrecen apoyo.
—Mi caballo es más digno de confianza —dije amargamente—. Y también más valiente.
—¿De verdad lo crees? El curator podría estar ahora mismo de camino a Arélate y la seguridad, igual que los demás. El pasado no importa. Se necesita valor, Máximo, para sentarse a solas en una ciudad presa del pánico y decidir que lo correcto es coger a unos cuantos hombres con espadas oxidadas e ir a ayudar a un hombre que te desprecia. —En aquel momento me miró—. Yo lo sé perfectamente. Y todavía se necesita más valor para admitir un error.
No le respondí y volvió el rostro hacia la pared. Finalmente dijo con voz fatigada:
—¿Cuál es el plan para mañana?
—Defender las zanjas y la empalizada. Usaré la caballería para los contraataques y para aliviar la presión, si las cosas se ponen difíciles.
—¿Máximo?
—¿Sí?
—¿Desearías ahora haber rehusado la petición de Estilicón?
Permanecí en silencio.
—¿Lo desearías?
—No tengo miedo, Quinto, si eso es lo que quieres decir.
—Levanté la vista y vi que me observaba con ojos tristes.
Sonreí—. ¿Sabes? Fui feliz en el Muro. Sí, lo digo en serio.
Aquí en Germania nunca me he sentido en casa.
—Si no hubiera ido a Eboracum aquel día... Sólo Saturnino sabía por qué fui. Le debía demasiado.
—Lo comprendo.
—Me gustaría poder creerlo —dije.
—Duerme un poco. Necesitaremos todas las horas de sueño a partir de ahora.
Más tarde hice una ronda por el campamento. Inspeccioné a los centinelas, animé a los heridos con bromas estúpidas y charlé con los comandantes de mis cohortes. A mi regreso, vi que un hombre vomitaba en la nieve. Me acerqué a él, creyendo que se trataba de un herido que había tomado demasiado caldo. Él se irguió al oír que me aproximaba y se volvió torpemente. Entonces vi que era Artorio. Llevaba la cabeza descubierta, y se tapaba la boca con las manos.
Reconocí demasiado bien la expresión de su rostro, de modo que lo llamé.
—No —dije—. Espera un momento.
Se detuvo y se volvió, impotente. Trató de ponerse firme, y supe cómo debía sentirse la bestia salvaje en la arena al acorralar a su víctima humana. Su aspecto sería el de Artorio en aquel momento.
—Algo me ha sentado mal —murmuró, añadiendo apresuradamente «señor» como si yo fuera a golpearlo por omitirlo.
—¿Estás muy asustado? —dije.
Asintió, con los nudillos en la boca. Vi que le temblaba el rostro.
—Yo también —dije—. Estoy demasiado asustado para vomitar.
Me miró con incredulidad, como si me burlara de él.
—Pero tú eres soldado —dijo.
—Oh, sí, pero eso no te impide tener miedo. Todos lo tenemos; es por la espera. No es tan malo cuando la línea de batalla ya está definida, y esperas la señal de avanzar.
Hueles tu propio sudor y el de los hombres a tu lado. Te aferras a la idea de que están allí, protegiendo tu derecha y tu izquierda. Te animas con pequeñas bromas, aunque tienes la boca seca, y ellos te responden, y finges que se trata de un juego, como las maniobras que has hecho tantas veces. Finges que lo peor que puede ocurrirte es recibir una bronca del legado y una guardia extra de algún centurión furioso. Entonces dan la señal, y la línea se mueve.
Inevitablemente, os separáis para evitar socavones o arbustos, y tus compañeros ya no están al alcance de tu brazo. Ves que el enemigo lanza sus jabalinas, y que hay hombres que gritan y caen. No te preocupa ser herido; eso es lo más curioso. Tienes la ilusión de invulnerabilidad de
todos los soldados. Siempre es el otro hombres quien acabará herido o muerto, nunca tú. Y cuantas más veces ocurre eso, aunque se trate de tus amigos, más fuerte es la sensación. Si no la tuvieras, no podrías avanzar en absoluto.
Hice una pausa. Por el momento, su rostro había perdido aquel aspecto aterrado. Estaba absorto en lo que le decía.
—Pero entonces, cuando te acercas al enemigo, te asalta un terrible sentimiento de soledad. El hombre de tu izquierda, a cinco yardas de distancia, podría estar a cinco mil. La sensación de aislamiento crece y crece, hasta que te sientes seguro de que debes de ser el único hombre que avanza en todo tu ejército. Entonces tienes miedo, y quieres volverte y huir. Sólo una especie de orgullo curioso te obliga a avanzar. Y entonces el enemigo te golpea con su lanza o su espada, y la disciplina y el adiestramiento toman el control; a partir de ese momento ya no tienes tiempo de preocuparte por el miedo o la soledad. Simplemente luchas, y sigues luchando hasta que todo termina.
—Haces que parezca muy fácil —dijo.
—A la hora de la verdad, lo es.
—Creí que tendría el valor. —Bajó la cabeza—. Me pareció tan fácil, en mi despacho de la basílica. Todo el mundo se iba, y me sentí avergonzado. Entonces comprendí que te habíamos dejado en la estacada, y que en algún lugar vosotros estabais arriesgando vuestras vidas, sólo por nosotros. Pensé... pensé que debía hacer algo, aunque fuera tan tarde. No sabía que fuera tan cobarde. —Se esforzó por sonreír—. Es humillante. Debes de despreciar a la gente como yo.
—Antes no he sido generoso —dije—. Lo lamento. ¿Podrás perdonarme? —Extendí la mano y le cogí el brazo—. Sé que no eres un guerrero. Eso no es tan importante. Pero has venido a ayudarnos. Eso sí es importante.
—¿Durará mucho? —dijo, secándose la boca—. Lo más difícil es la espera.
—Dos horas como mucho, Artorio. Si puedes resistir esas dos horas, nunca volverás a tener miedo.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había
muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados
por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero
cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las
tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin