El águila en la nieve
Capítulo XIX
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
Capítulo XIX
Atacaron al amanecer, y sólo los graznidos sobresaltados de los cuervos, perturbados en su horrible festín, nos advirtieron de su llegada. En aquella ocasión fueron más cautelosos, decididos a fatigarnos, como una manada de lobos que acosara a un ciervo. Oleadas de flechas, una carga rápida, lanzamientos de hachas, una retirada, silencio y otra vez una oleada de flechas. Rodearon nuestras defensas, buscando los puntos débiles. Un ataque repentino a los flancos que sólo pudo ser detenido por una carga de la caballería, un golpe contra el centro que las carroballistae contuvieron con dificultades. Hora tras hora mantuvieron aquel ritmo, y hora tras hora mis hombres permanecieron en la empalizada hasta caer o ser relevados. Al mediodía, Mario había muerto mientras dirigía un contraataque desesperado contra las barricadas enemigas, y Agilio había sido gravemente herido en el pecho. Por la tarde empezó a nevar y volvieron a atacar, figuras grises y espectrales surgiendo de la tormenta, para arrojarnos con ambas manos una lluvia de muerte, o para recibirla... todo era lo mismo.
Las zanjas se llenaron con sus muertos y heridos, y seguían atacando, una corriente constante de hombres que respiraban
odio
y
envidia
hacia
todo
lo
que
representábamos. Del cielo en penumbra surgieron flechas incendiarias, para provocar charcos de llamas que se extendían por la empalizada y se convertían en rugidos de fuego blanco si aterrizaban sobre una carreta, o hacían chillar de agonía a un caballo si le acertaban. No hubo respiro, ni ninguna clase de descanso. Mantuvieron aquella presión implacable durante todo el día y toda la noche, de
modo que los hombres que trataban de dormir no lo consiguieron a causa de los sonidos de los moribundos, los gritos exultantes del enemigo y el hedor del fuego sobre la nieve.
A medianoche celebré una reunión en la torre de señales.
—Nos hemos quedado casi sin flechas —dije.
Julio Optato asintió, muy serio.
—Se ha hecho el último reparto: treinta para cada hombre. También hemos entregado las últimas jabalinas, quince por cabeza. Quedan pocos proyectiles para las ballistae, y sólo hay treinta para cada carroballista. Cuando se terminen, no tendremos nada más que nuestras manos.
Nadie habló. Me rodeaban en semicírculo, demacrados y sin sonreír, pero estaban conmigo, y ello me alegraba.
—Fabiano, engancha las carretas y pon a los heridos a bordo. Los que puedan andar han de conducir las carretas o avanzar al lado. Que se dirijan a Treverorum y busquen refugio donde puedan encontrarlo. Sugiero que se dirijan al distrito de los templos. Allí estarán más seguros que en casas donde haya hombres y mujeres, comida y objetos de valor. Sácalos de aquí antes de que amanezca.
—¿Qué quieres que hagamos, Máximo? —dijo Quinto, con el brazo en cabestrillo—. Haremos lo que nos pidas.
—Un momento —dije. Me volví a Fredegar, que llevaba un vendaje ensangrentado en la cabeza. Ataviado con sus gruesas pieles y con su barba gris, parecía un oso fiero e indomable—. Ésta no es tu guerra. Ya no. Te sugiero que te retires con tus hombres. Pacta con el enemigo, si lo deseas, o huye a las colinas.
—¿Me estás pidiendo que me vaya? —dijo—. ¿O es una orden?
—No es una petición ni una orden —dije, poniéndole una mano en el hombro—. Sólo es una sugerencia.
—Serví con el padre de Marcomir y, desde el día en que el chico arrojó su primera lanza, estuve siempre a su izquierda. Debí haber estado allí el día que murió, pero el destino lo quiso de otro modo. —Cogió la jarra de vino y tomó un gran trago. La barba le quedó manchada de gotas de vino que parecían de sangre—. Transmitiré a mis hombres lo que has dicho, pero no creo que me escuchen.
Por lo que a mí respecta... —Se encogió de hombros—. Me quedo.
Miré a Quinto, que hizo un gesto de impotencia. Me volví a Áquila.
—¿Lamentas ahora no haberme matado aquel día en Treverorum para elegir a otro emperador?
Sonrió por un momento y dijo:
—Después me sentí avergonzado.
—Sólo puedo repetir lo que ya dije en Moguntiacum. Si algún hombre desea irse, que lo haga ahora... deprisa.
Áquila tocó el estandarte con sus grandes manos.
—He llevado esto muchas veces y durante muchos años.
En muchas ocasiones hubiera tenido derecho a avergonzarme de los soldados que lo consideraban su estandarte. Ahora no me avergüenzo. No tengo ningún deseo de convertirme en esclavo de los vándalos.
La puerta se agitó con el viento, y me acordé de la noche en que Estilicón había venido a mi tienda con un oficial, o un ordenanza, no recordaba quién. Estaba demasiado cansado.
De todos modos, no importaba. Nos había llevado a aquel...
aquel estrecho círculo de la existencia; una docena de hombres exhaustos, reunidos en una cabaña de madera durante una noche de invierno, y planeando tranquilamente la mejor forma de poner fin a sus vidas.
—Tenemos mil hombres armados a pie —dijo Áquila.
—Ochocientos jinetes —dijo Quinto.
—Cuatrocientos francos —dijo Fredegar con orgullo.
—Y yo he traído a mil quinientos hombres de la ciudad —
dijo Artorio.
Scudilio tosió sobre el dorso de su mano, y vi que tenía sangre en la boca.
—Quinientos auxiliares, en total —tartamudeó.
—Tus hombres han luchado bien hoy —dije, volviéndome hacia Artorio—. Tienes derecho a estar orgulloso de ellos.
Se palpó un corte que tenía sobre el ojo derecho y sonrió.
Su aspecto era el de un hombre en paz consigo mismo. Dijo:
—Hay algo que se me había olvidado. El obispo te envía un mensaje. Puso a la chica a salvo.
—¿Alguna otra cosa?
—Sí —dijo—. «Di a Máximo que volveré a verlo». Ése era el mensaje.
—En el cielo, sin duda. ¿Te dio la chica algún mensaje para nosotros?
—Se lo di a él —dijo Artorio, secamente. Miré a Fabiano, que sonreía. No pregunté qué decía el mensaje.
—Todavía somos casi una legión —dije. Quinto me dedicó una mirada larga y firme. Creo que recordaba, igual que yo, el día que desembarqué en la Galia y me recibió en el campamento,
cuando
nos
habíamos
sentido
tan
absurdamente orgullosos y felices por la grandeza de nuestro destino.
—¿Qué hay del Águila? —preguntó Fabiano.
—No caerá en sus manos —dije—. Eso os lo prometo.
—¿Estás seguro? —dijo Áquila ansiosamente.
—Lo juro sobre la espada de Agrícola.
Se marcharon y me quedé a solas con Quinto.
—Los dos estábamos equivocados —dije—. Nunca hubiera creído que nuestras bajas resultaran tan cuantiosas, o que nuestras provisiones se habrían acabado tan rápidamente.
Nunca hubiera imaginado que los bárbaros fueran capaces de luchar del modo que han luchado estos dos últimos días.
—Ni yo —dijo—. Pero, ¿sabes, Máximo? Tienen a sus mujeres y a sus hijos en el campamento, detrás de ellos.
Eso marca una gran diferencia. Y tampoco les importa morir; a nuestros hombres sí. Eso también constituye una diferencia.
El viento había cesado y en la luz fantasmal y gris del alba situamos a nuestros últimos hombres en la empalizada.
Arrastramos a los caballos muertos hasta las aberturas donde las vallas habían sido destrozadas o quemadas, y los cadáveres de nuestros hombres fueron retirados y tendidos en hileras en las tiendas que habían ocupado cuando aún vivían. Habíamos reunido todas las armas de reserva que pudimos encontrar y las habíamos apilado en el suelo, a nuestros pies, para mayor comodidad. Bajo el mando de Áquila, varios grupos pequeños cruzaron apresuradamente la zanja hasta el campo de batalla para recoger todas las armas y proyectiles posibles; en los flancos, la caballería ensillaba las monturas, mientras Quinto recorría la línea, comprobando las cinchas; y detrás de nosotros, en el campamento, los cocineros encendían hogueras y preparaban la comida de la mañana. Encogido contra una carroballista vi a un hombre al que reconocí.
—Fredbal —dije—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Me miró con aire desafiante.
—Regresé —dije—. Me ocupé de que tu mensaje fuera entregado. Hice lo que me ordenaste.
—Pero...
—Mataron a mi mujer y a mis hijos. De eso hace treinta años. De modo que regresé.
No había nada que decir. Le puse una mano en el hombro, sonreí y me alejé. Agilio, que estaba a mi lado, dijo de repente:
—No sabía que creyeras en demonios, mi emperador.
Me eché a reír.
—Supongo que es por haber vivido tanto tiempo con cristianos. He acabado hablando como ellos.
—Mi señor obispo conseguirá otro converso.
—Lo dudo mucho.
Nos dirigimos a la torre de señales. Me froté las manos helados, y sentí el deseo absurdo y repentino de que mi capa pudiera estar limpia en lugar de sucia. Una voz gritó de repente en la semioscuridad; se acercó una figura, y oí las palabras:
—Tregua... tregua... queremos una tregua... queremos hablar con vosotros.
—Alto el fuego —grité.
—Cuidado, puede ser una trampa —dijo Quinto, acercándose al trote.
El hombre llegó hasta la zanja exterior.
—El rey Gunderico desea hablar con vuestro general. Que venga solo hasta la zanja. Yo, su hermano, actuaré como rehén en prueba de nuestra buena fe.
—No vayas, señor —dijo Agilio—. Es un truco.
—¿Tiene algún hermano?
—Tres —dijo Fredegar—. El más joven es un cachorro llamado Gaiserico. Pero por la voz, éste es el mayor.
—No vayas, mi señor.
—¿Por qué no? —dije—. Nos dará un respiro de cinco minutos.
Se hizo una abertura en la empalizada y colocamos una plancha sobre la primera zanja. Los hombres de Gunderico se acercaron, instalaron una tabla sobre la zanja exterior y luego se apartaron.
Quinto dijo, exasperado:
—Si vas a ir, al menos coge mi escudo. Pero ten cuidado.
—Vigilad los flancos —dije a Áquila—. Matad al primer hombre que se mueva.
Me puse el escudo en el costado derecho, bajo mi capa roja, y me adelanté, con la espada en la mano izquierda.
Delante de mí, Gunderico avanzó hacia el puente, y nos encontramos a solas en la superficie dura y congelada que se extendía entre las zanjas exteriores, en los quince metros que llamábamos zona de masacre, y sobre los que habían luchado y muerto tantos vándalos. Tres cuartas partes de las zanjas estaban llenas de cadáveres, y también los había en aquella superficie, sobre la que teníamos que avanzar con cuidado para no tropezar. Gunderico y yo nos encontramos en el centro. Estaba más demacrado que nunca. Llevaba un trapo atado al brazo derecho y tenía un largo corte sobre los ojos, que parecía hinchado y lleno de sangre. Tenía el aspecto furioso y famélico de un depredador que ha perdido a su presa, y de repente tuve miedo. Podía oler el peligro de aquel encuentro por encima del sudor de mi propio pánico.
—Rechazaste nuestra oferta —dijo—. No te la volveré a hacer.
—Tampoco lo esperaba. —Era un hombre alto, pero tenía que levantar la vista hacia mí mientras hablábamos, y aquello no le gustaba—. Pero yo te haré otra oferta. —Hablé
entre dientes—: Devuélveme viva a la esposa de Marcomir, y os dejaré regresar ilesos al otro lado del Rhenus.
—Está muerta.
—¿Al modo romano?
—Sí. —Hablaba con frialdad.
—¡Ah!
—¿Ilesos, dices? —Me miró furioso, y siguió hablando en un arranque de odio—. Ilesos. Envenenaste los pozos.
Carnicero. Mi esposa y mis hijos murieron, y yo lo vi sin poder hacer nada.
—Os advertí de lo que sucedería —dijo.
—Eres un gran guerrero —dijo en voz baja, y mirándome fríamente—. Cuando sea viejo, presumiré de cómo destruí a Máximo, un general romano, que me cerraba el paso a las nuevas tierras.
—¿También contarás cuan pocos hombres te impidieron el paso, y durante cuánto tiempo?
—Por supuesto. Eso es lo que formará la historia que cantará mi pueblo. —Seguía hablando con frialdad, pero también con respeto, y aquello me sorprendió. En realidad, sabía muy poco sobre aquella gente.
—¿También contarás que te ayudaron los marcomanos, los cuados y los alanos?
Rechinó los dientes.
—La parte dura de la lucha ha sido nuestra. Su contribución ha sido muy pequeña. —Levantó la cabeza y miró al cielo—. La luna se está ocultando. Dentro de poco, serás aniquilado con todos tus hombres, y vuestros huesos blanqueados yacerán sobre la nieve. Un buen final para los guerreros, pero también un desperdicio de vidas. Déjanos pasar, y podrás llevarte a tus hombres adonde quieras. Ya
hay demasiadas esposas llorando en mi campamento. No quiero más.
—Una tarde de verano me reuní con seis reyes. ¿Siguen todos vivos, Gunderico de los vándalos? En nuestro último encuentro te dije que tu camino hasta Treverorum estaría cubierto de sangre. Tendrás que pasar también por encima de la mía antes de llegar allí.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Si todos los hombres os impiden el paso, como hacemos nosotros, ¿qué fuerza tendréis cuando lleguéis a las tierras con las que soñáis? Creo que estaréis tan débiles que, al final, también seréis aniquilados. Sólo se os recordará como a un pueblo capaz de matar. No construiréis nada duradero, ni para vosotros ni para otros pueblos.
Gruñó suavemente, como un perro, y dijo:
—Te equivocas. Me cierras el paso como a un enemigo, pero llegará el día, cuando hayas muerto, en que mis hombres y yo seremos siervos de Roma, y nos llamaremos ciudadanos suyos. ¿No te parece extraño?
—Tal vez. No lo sé. Entonces no me importará. Pero, ¿por qué necesitáis a Roma, si tanto la odiáis?
Dijo, como si hablara con un niño:
—Roma siempre ha existido. Es un gran imperio, es necesario, pero también nos necesita.
Se acarició la barba y apartó los ojos. Dijo:
—Vosotros no sois dignos de Roma. No quisiera...
—No creo, rey Gunderico...
En aquel momento el arquero disparó. Sentí un dolor horrible cuando la flecha me atravesó la capa y el escudo para clavarse en mi hombro. Caí de lado por el golpe, y
sentí que otras dos flechas se clavaban en el escudo mientras me tambaleaba y trataba desesperadamente de recobrar el equilibrio.
—¡Quinto!
Gunderico retrocedió y se movió hacia la izquierda. Con la rapidez de un gato, su mano cayó sobre la espada, que emergió con un terrible chirrido, un borrón de luz y acero. La vi centellear en el aire cuando la levantó para rematarme.
Di un paso adelante, con la espada de Agrícola apuntándole al costado derecho, y el brazo ligeramente doblado. Su espada bajó mientras yo enderezaba mi codo, y cayó de su mano por encima del borde de mi escudo. Por un momento permanecimos allí, quietos, uno frente al otro.
—Merecerías haber sido un vándalo —dijo con voz fatigada.
—Con cinco centímetros basta, incluso para un rey —dije.
Sus rodillas se doblaron y lo cogí cuando caía.
El arquero, que había permanecido emboscado junto al borde de la zanja, estaba muerto, con seis flechas incendiarias clavadas. Retrocedí por la tabla, sosteniendo ante mí al rey muerto, mientras los vándalos rugían, las flechas volaban y en ambos lados se elevaba un gran clamor de armas. Una vez hube cruzado la zanja interior me retiré tras los escudos de una docena de hombres que habían salido a ayudarme, y llegué a un lugar seguro mientras un arquero disparaba contra la tabla de la zanja exterior, que estalló en llamas.
—¿Estás bien, señor?
—Sí —murmuré.
—Era un truco. Te he avisado.
—Sí. —Me mordí el labio—. Pero un truco bueno.
—¿Qué pasará con el rehén, su hermano?
Lo miré a través de mi dolor, de pie entre los guardias, con una espada en la garganta. Caí al suelo y, mientras un ordenanza se ocupaba de mi maltrecho hombro, que sangraba profusamente, dije con curiosidad:
—¿Cómo pensabas escapar?
—Has matado a mi hermano —dijo.
—Ha intentado saltar la empalizada —dio Áquila.
—¿Y bien?
—He corrido el riesgo, y he perdido.
—Desde luego. Eres el primer vándalo que entra vivo en mi campamento.
—Mátalo —gruñó Fredegar.
—Enviadlo de vuelta junto con su hermano —dije.
—Mátalo —volvió a decir Fredegar.
—Crucifícalo —dijo Agilio, furioso.
—Callaos, amigos. Haz lo que te digo, Quinto.
Empezó a protestar, me miró a la cara y asintió.
—Por supuesto —dijo.
Apoyado en mi ordenanza, me dirigí a la empalizada.
—Pueblos del este, escuchadme. —Me puse las manos en torno a la boca—. Escuchadme, os digo. —Lentamente, el sonido se apagó y cesaron los disparos—. Pueblos del este: yo no rompo ninguna tregua, mantengo mi palabra con mi gente y con la vuestra. Regresad por donde habéis venido, o vuestras mujeres llorarán sangre por vuestros hijos no nacidos. No os entregaré la ciudad de Treverorum, ni una sola yarda más de terreno. Esta tierra es mía. —Hice una pausa y continué, en voz aún más alta—. Soy Máximo. No os daré nada más que muerte y el cadáver de vuestro rey. Os daré... a Gunderico.
—Fuego —dijo una voz. El largo brazo de la bañista se elevó y se oyó un chillido largo y agudo cuando los dos hermanos, uno vivo y el otro muerto, regresaron a la tierra y con los suyos.
Durante una hora hubo una pausa, mientras nos observaban desde detrás de las toscas defensas que habían construido al alcance de nuestras flechas. Habían empleado escudos móviles de madera áspera, montones de caballos muertos y sacos de paja, mezclada con tierra dura o nieve.
Salió el sol, y los fríos vientos volvieron a volar. El enemigo apareció por entre la nieve como una manada de lobos rugientes, y nos atacó con el mismo valor despiadado, la misma desesperación ávida, el mismo odio frío que había mostrado anteriormente. Una y otra vez, Quinto y Fabiano dirigieron salidas de la caballería. Girando hacia la derecha o la izquierda, se acercaban, formaban la línea y pasaban suavemente al trote, mientras Quinto gritaba «despacio, despacio» con toda la fuerza de sus pulmones. Luego el galope de las últimas doscientas yardas, la carga llegaba a su destino, las espadas rojas de sangre y los hombres chillaban; la ruptura de la formación, donde cada hombre tenía que preocuparse de sí mismo, y había que estar alerta al hombre que atacaba el vientre de tu caballo con un cuchillo, o al hacha que trataba de cercenarte el muslo; la apresurada reunión, mientras hombres y caballos estaban aún calientes pero aún no exhaustos; y luego la carga de regreso, cuando cada yarda te acercaba cada vez más a la seguridad. La seguridad era el viento frío, y el sudor en la cara, y el caballo respirando hacia el suelo. La seguridad era el silencio de las voces bárbaras, el blandir de las espadas, el vuelo de las hachas y el olor a sangre que estaba por todas partes.
Luchamos durante todo el día. Los hombres se retiraban al campamento por pequeños grupos, para sentarse en el suelo exhaustos y comer, con dedos temblorosos, un potaje
caliente de galleta desmenuzada, ternera cortada y judías, mientras tragaban vino con las bocas resecas de miedo.
En su segunda carga, Quinto perdió en dos minutos a tres tribunos, cuatro decuriones, cincuenta y siete hombres y treinta y nueve caballos. Y con cada carga subsiguiente, nuestras bajas crecían cada vez más. La caballería, apoyada por los francos de Fredegar, sostenía los flancos, y las cohortes y los auxiliares defendían el centro. Tratábamos de ahorrar tantas flechas y proyectiles como era posible, y en las pausas grupos de voluntarios salían precipitadamente a arrancar las flechas de los muertos, además de las lanzas que cubrían el terreno frente a la empalizada, como madera en el patio de un carpintero. Eran las únicas armas que detenían los terribles ataques de hombres furiosos y enloquecidos que arrasaban las zanjas, ya completamente llenas, trepando sobre los cuerpos de sus propios muertos, como habían hecho en Moguntiacum para alcanzarnos detrás de nuestra pobre valla. Y después de cada nuevo asalto, yo recorría la maltrecha hilera de hombres de rostros ennegrecidos por el polvo y el sudor, que se apoyaban jadeantes sobre sus espadas o sus lanzas, y hacía lo posible por animarlos con una sonrisa o una broma. Pero cada vez que lo hacía, las hileras de hombres con yelmo romano habían disminuido, hasta que quedaron muy pocos hombres de reserva, a excepción de los heridos.
Tenía el hombro derecho agarrotado y dolorido por la herida de flecha, y me costaba mucho levantar el brazo.
También tenía herido el hombro izquierdo, pero sabía que cuando llegara el momento tendría que usar la espada con la mano zurda. En aquel instante, era de muy poca utilidad como luchador. Retrocedí hasta la empalizada, y tropecé con un bulto de piel encogido en la nieve. Le di la vuelta mecánicamente y miré aquel rostro ciego e inmóvil. Era Fredbal. Había conseguido su deseo, y era feliz. Ya no estaba solo.
Frente a la torre de señales encontré a Agilio, sentado exhausto sobre los escalones. Estaba tan cansado que ni levantó la vista cuando pasé junto a él. Subí por la escalera (aquel día era la novena vez) y salí a la plataforma. Me volví y miré al oeste, con la esperanza de ver alguna señal de que las fuerzas de relevo de la Galia estaban en camino.
Pero nada se movía en aquella extensión vasta y desolada de nieve. Estaba vacía de seres humanos y de esperanza.
Descendí por la escalera, me senté en un banco, con la espada desabrochada, y acepté el cuenco de comida que me ofreció mi ordenanza. Entonces entró Quinto, sacudiéndose la nieve de los hombros. Parecía exhausto, y su barba incipiente era tan blanca como la mía. No hablamos hasta haber acabado de comer y beber. Dijo, en tono cansado:
—Flavio ha muerto. Me ha acompañado en la última carga. Al regresar, seguía sobre el caballo, con cuatro flechas clavadas. Siempre fue un buen jinete.
Asentí. Me sentía exhausto. Dije:
—Deseaba tanto ver Roma... Mi padre una vez me contó que había estado en la Curia, la sede del Senado en el foro, observando a los senadores ofrecer incienso a la estatua de Victoria antes de acudir a su asamblea. Estaba en un pedestal al extremo de la cámara, frente a la entrada, pero ahora ha desaparecido, como las mejores cosas de nuestro mundo. También me hubiera gustado verlo.
—Oh, Máximo —dijo, y me tocó el brazo.
Regresaron, y la lucha siguió como hasta entonces.
Durante una pausa en la batalla, mientras se preparaban para otro asalto con escalas y tablones, me dirigí al extremo sur de nuestras defensas, donde se encontraba Artorio, rodeado por su grupo de gladiadores maltrechos y esclavos liberados. Sostenía la espada como si le perteneciera, y sonrió y me saludó cuando me acerqué.
—Artorio.
—Señor.
Lo cogí del hombro y hablé en voz baja.
—¿Dónde están los refuerzos que nos prometiste? ¿Dónde está el ejército de la Galia? La avanzadilla ya debería estar aquí. Dímelo.
—No lo sé —respondió simplemente.
Me acerqué más a él.
—Era mentira, ¿verdad? ¿Una mentira para subir la moral?
¿Todo mentira?
—Sí —dijo. Clavó su espada en el suelo y se frotó las manos. Estaban cubiertas de sabañones y le resultaba difícil mover los dedos—. Pedimos ayuda, y cuando llegó el mensaje de que no la habría, pensamos que lo mejor era fingir que todo iría bien. Es un viejo truco de mercader, por supuesto. —Hablaba con voz tranquila y segura. Ocurriera lo que ocurriera, ya no estaba asustado.
—Hiciste bien —dije—. Deberías ser uno de mis oficiales.
Se acercó un soldado, arrastrando el pie derecho por el suelo. Dijo:
—Me envía el general Veronio. Si no necesitas el caballo, señor, ¿podría llevármelo? Vamos escasos de monturas.
—Cógelo —asentí—. Ya no me hace falta el caballo.
Me dedicó un saludo de agradecimiento, subió torpemente a la silla y desapareció entre un remolino de nieve. Entonces llamé a Áquila.
—Di a mi guardia personal que se una al general Veronio.
Necesitará a todos los jinetes que pueda reunir.
Pareció escandalizado.
—Pero, señor...
Le palmeé la espalda.
—Tú y yo, Áquila, abandonaremos este mundo a pie. Es igual de fácil.
Y entonces, durante otra pausa, mientras el enemigo recibía en sus ojos la luz del sol, ya bajo detrás de nosotros, llegó el momento que había temido a lo largo de todo el día.
Áquila se me acercó y dijo:
—Están a punto de terminarse los proyectiles. ¿Qué hacemos cuando vuelvan a atacarnos?
Fredegar, que estaba bebiendo vino, se enjuagó la boca y escupió.
—A ninguno de mis arqueros le quedan flechas. ¿Qué hago cuando vuelvan a rodear los flancos?
Recorrí la línea, deteniéndome para hacer una pregunta a cada hombre. Ya ninguno sonreía. Extendían las manos y me mostraban sus armas, y eso era todo.
—Las ballistae son ya inútiles, como mi caballo —dijo Fabiano. Empezó a hacer dibujos en la nieve con la punta de su espada. Sabía, igual que yo, que no volvería a ver a la hija de Rando, pero no habló de ello. Lo que le quedaba de vida tendría una duración tan corta como la longitud de su espada, pero me era de más valor a mí muerto que a ella vivo, aunque no se lo dije. Permanecí en silencio, pero cerré los ojos para evitar ver su joven rostro.
Quinto se me acercó, cojeando pesadamente, arrastrando a su caballo, que llevaba la cabeza baja. Había cambiado de caballo cuatro veces durante aquel día, y su montura actual era un bayo con una estrella blanca en la frente.
—Sólo puedo montar a cuatrocientos hombres —dijo en tono desolado—. Eso es todo. ¿Cuáles son las órdenes, mi general?
Abrí los ojos. El sol estaba justo sobre las colinas, y el breve día terminaría pronto.
—¿Dónde está Julio Optato? Daos prisa.
—Señor. —Se me acercó, todavía el mismo hombre bajo y alegre, lento de percepciones pero cuidadoso en sus cuentas, al que había conocido en Segontium tanto tiempo atrás. Le debía mucho por sus esfuerzos por mantenernos aprovisionados con todo lo que necesitábamos, pero no se lo dije. Sólo hubiera servido para avergonzarlo.
—¿Qué nos queda? —pregunté.
—Nada, señor —dijo, extendiendo las manos—. He repartido los últimos proyectiles y armas. —Su voz profunda se quebró por un momento—. Soy un intendente sin intendencia. Por lo menos al amigo Áquila le quedan algunos hombres. —Estaba casi llorando de rabia y frustración.
—No importa. Trae a todos los del campamento que puedan andar, y ponlos en la línea de fuego. Tú incluido.
—¿No podríamos defender el campamento, señor?
—No tenemos bastantes hombres —dije, meneando la cabeza—. ¿Has evacuado a todos los heridos capaces de andar?
—Sí, señor. Todos los que no podían luchar, pero sí andar, han estado saliendo durante todo el día. —Sonrió salvajemente—. Se pueden ver sus cadáveres, marcando el camino hasta Treverorum.
Me volví y miré la torre de señales. Ella, al menos, continuaba en pie; era una obra mía que aún aguantaba, aunque no por mucho tiempo. Todo lo que había construido se estaba cayendo a pedazos sobre la nieve húmeda.
Levanté el brazo. Agilio, Scudilio y los otros comandantes avanzaron hacia mí, expectantes. En la distancia pude ver
que Artorio se acercaba corriendo lastimosamente, con el brazo derecho, envuelto en un harapo, pegado al costado.
Me rodearon en semicírculo. Tal vez esperaban un milagro, no lo sé, pero sus rostros estaban tranquilos y relajados mientras les hablaba. Lo sabían y estaban preparados.
—Ya no hay órdenes —dije—. Aguantaremos hasta morir.
El viento levantó la nieve de la superficie; oí un leve sonido y vi una bandada de cisnes, pasando sobre los árboles de camino hacia el Mosella, que no volveríamos a ver.
—Llena un cuenco de vino y llévalo al flanco izquierdo.
Aprisa —dijo Quinto a mi ordenanza. Cogió el yelmo que llevaba al brazo y se lo colocó cuidadosamente en la cabeza. Mientras se ataba las correas bajo la barbilla, me di cuenta de que no le temblaban las manos—. Dame a todos tus hombres, Fabiano. Se están concentrando otra vez.
Cuando se acerquen, saldré a la cabeza de mi ala y trataré de detenerlos por un tiempo.
—No, no vale la pena —dijo Fabiano.
—Estás muy equivocado —sonrió Quinto—. Ha valido la pena. Que lo contrario no se te pase siquiera por la cabeza.
—Nos miró a todos por turno, dedicando a cada hombre una sonrisa y una inclinación de cabeza. Cuando se volvió hacia mí, le dije:
—Iré contigo.
Fabiano se adelantó, pero Áquila lo cogió del brazo.
Me dirigí con Quinto al flanco izquierdo y lo observé mientras impartía sus órdenes. Sus hombres montaron y formaron. Parecían tranquilos y decididos. Eran muy jóvenes, la mayoría sólo muchachos.
—¿Y bien?
Se volvió y tratamos de sonreír.
—Hice lo que pude por ser Maharbal —dijo.
—Lo sé. Y yo por ser Aníbal.
Me apretó el brazo y yo el suyo, y luego montó en su caballo. Cogió el estandarte con el banderín rojo y el Águila de plata que le había regalado Estilicón, y lo colocó junto al escudo para mayor comodidad.
—Esta vez lo llevaré yo. Es mi derecho.
Asentí. Llegó el ordenanza y tomé las copas de vino.
Entregué una a Quinto, nos miramos y bebimos.
—Ha sido mejor hacer esto que habernos vuelto gordos y viejos en el Muro.
—Siempre lo he creído.
—Máximo.
—Sí.
—Nunca me burlé.
—Lo sé —dije—. Ve ahora, querido amigo, en el nombre de Mitras, y que los hados te sean propicios.
—Y también a ti, mi general. En el nombre de Mitras. —
Arrojó la copa de vino a la nieve, saludó y se alejó.
Regresé a mi puesto. La llanura estaba cubierta de grandes hordas de hombres en movimiento. Llegaban hasta los bosques de ambos lados, y supe que nada los detendría.
El aquilifer cogió el Águila. Un hombre herido trajo un brasero al rojo para la hoguera y lo situó junto a la torre de señales.
—Cuando lleguen a la empalizada, desmonta el Águila de su estandarte y haz lo necesario —dije.
—Por mi vida —contestó.
Artorio se me acercó, con el rostro en movimiento.
Temblaba como un perro. Dijo, con la voz curiosamente tranquila:
—Éste es el fin para todos nosotros.
Asentí.
—Quería tantas cosas para mi familia... Nada de todo esto
—dijo, haciendo un gesto con su mano temblorosa.
—Eres un hombre valiente, Artorio —dije—. He conocido a hombres menos asustados que habrían huido hace rato.
—Haces que todo parezca fácil —dijo.
—Es muy fácil. Te lo prometo.
Asintió y regresó con los hombres que lo esperaban.
Se acercaron cada vez más. Sonó una trompeta, y Quinto Veronio, antiguo comandante del Ala Petriana y actual maestro de caballería de la provincia de Germania Superior, levantó su espada para que la hoja brillara a la luz del sol moribundo, y dirigió a su caballería en su última carga a través de la nieve.
La carga llegó a su destino; la masa se rompió, y los jinetes desaparecieron en un tumultuoso mar de hombres.
Vi cómo los brillantes yelmos se desvanecían uno por uno; observé muy tieso cómo el estandarte se hundía de repente, como si el Águila hubiera descendido en picado en su vuelo; entreví una capa roja lanzada a lo alto por un enemigo triunfante; y entonces los vándalos cruzaron la zanja y empezaron a golpear la empalizada con sus hachas.
Nos rodearon por los flancos, y entre ellos había caballos sin jinete con las sillas manchadas de sangre. Los francos de Fredegar retrocedieron, muriendo a cada paso. Un caballo bayo con una estrella blanca pasó a toda velocidad, resoplando de terror, mientras formábamos un círculo prieto en torno a la torre de señales, con Fabiano y Áquila a mi derecha e izquierda, y Artorio y Scudilio algo más apartados.
—Muero en buena compañía —grité entonces. Ellos se volvieron, sonrieron y levantaron las espadas en señal de
saludo. Cuando el enemigo frenó un momento y retrocedió ante las estocadas de nuestras espadas, oí, por encima de los gritos de los heridos y los chillidos ásperos de los vándalos, una voz profunda que gritaba:
—Salve y adiós.
Me volví. Vi al Águila de la Vigésima, brillante, fiera y antaño inmortal, erguida entre las llamas. Mientras la miraba, se volvió roja y luego negra, y pronto dejó de ser nada más que un montón de bronce, fundido y goteante.
Tomaron las zanjas y la empalizada. Las flechas incendiarias prendieron fuego a la torre de madera por encima de nuestras cabezas, y pude oír que los heridos del campamento gritaban mientras los bárbaros incendiaban carretas y tiendas, y masacraban todo lo que se movía.
Volvieron a acercarse a nosotros, como zorros gruñendo, una masa de escudos coloreados y espadas en movimiento.
Ataqué, paré y volví a atacar, hasta encontrarme luchando tras un montón de cadáveres; pero seguían viniendo, y el círculo se hacía cada vez más pequeño. Artorio, sollozando de rabia y luchando como un loco, cayó con tres espadas en el pecho, mientras Áquila, agonizando, mató a cuatro hombres con rápidas estocadas antes de caer empalado por una lanza de matar jabalíes. Fredegar, decapitando a dos hombres con un golpe de su enorme hacha, recibió en la cara una flecha incendiaria. Retrocedió, levantó los brazos, grito «¡Marcomir!» y desapareció bajo los pies de un jinete enemigo.
Scudilio dijo, por encima del cadáver de mi centurión en jefe:
—Siempre quise ser un ciudadano romano. Ahora es demasiado tarde.
—Has sido un amigo, lo que es aún mejor —dije.
Sonreí con amargura, vi que Fabiano yacía encogido a mis pies y sentí un dolor lacerante en el brazo derecho. Ataqué desesperadamente y noté que la espada daba en el blanco mientras aquellos rostros barbudos gruñían en torno a mí.
Oí que una voz decía:
—Da recuerdos míos a los dioses.
Cuando caí, fue Scudilio quien se derrumbó sobre mi espalda, con la sangre brotando de las jabalinas que tenía clavadas en el pecho y el cuello.
El día dieciséis de enero del año mil ciento sesenta tras la fundación de Roma, la Vigésima Legión, la última en llevar el Águila, fue aniquilada en la trigésima piedra miliar de la calzada de Augusta Treverorum.
Las últimas cohortes yacían en sus hileras triples tras la empalizada, y estaban tan quietas como en una parada militar. Pero ya no saludarían a ningún general como a su emperador, no recibirían su paga en oro, y no oirían más trompetas. Estaban más allá de toda esperanza y todo terror, y más fríos que la nieve.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada,
mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que
me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
OceanofPDF.com
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
OceanofPDF.com
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y
fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala
Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin
Acerca del Autor
Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.
Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.
»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.
»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.
«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.
Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.
«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero
cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.
«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.
Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.
»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?
»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.
»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.
»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.
»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.
»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.
Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las
tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.
Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:
—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.
«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.
«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.
Máximo se interrumpió y soltó una risita.
—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.
Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.
»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.
»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.
»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.
«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.
Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.
Máximo se puso en pie.
—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.
Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.
El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.
—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.
—Puede ser difícil de encontrar.
—Lo encontraremos.
—Estás muy seguro.
—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.
—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.
—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.
—Yo también tengo un viaje que hacer.
—¿Adonde vas?
—Con los dioses de las sombras.
El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:
—Vive en Dios, entonces.
Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.
—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.
Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.
—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto
—. Escuchad.
Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»
y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.
DIS MANIBUS
P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS
PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC
DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM
ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS
ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR
MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN
LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII
SATURNINUS AMICUS FECIT
Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima
Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos
Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión
Artorio Curator de Augusta Treverorum
Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum
*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia
*Constante Hijo de Constantino
*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión
*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente
Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta
Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir
*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania
Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria
Gallo Tribuno de la nota del Rhenus
*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial
*Godigisel Rey de los vándalos de Siling
*Gunderico Rey de los vándalos de Asding
*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos
*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión
*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum
*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más
tarde autoproclamado
emperador
Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión
*Placidia (Gala) Hermana de Honorio
*Rando Rey de los alamanes
*Respendial Rey de los alanos
*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria
Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium
Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum
Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes
Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria
Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.
367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.
368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y
reconstruye el Muro.
375 Muerte de Valentiniano I.
Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.
378 Batalla de Adrianópolis.
379 Reinado de Teodosio I.
383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,
conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.
388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.
395 Muerte de Teodosio I.
Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo
Estilicón es nombrado su tutor.
Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.
403 El godo Alarico invade Italia.
406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.
Constantino proclamado
emperador en Britania.
Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan
el Rin en Mainz e invaden la Galia.
407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.
Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas
de Britania, y se instala en Arles.
408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.
410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.
411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.
Fin