El águila en la nieve

Wallace Breem · Capítulo 23 de 26

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El águila en la nieve

Capítulo XVII

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

Capítulo XVII

Cuando llegamos a la piedra miliar donde había ordenado a las dos centurias que defendieran el camino procedente del río, estaba nevando de nuevo. Allí, junto a un montón de cabañas quemadas que una vez había sido un pueblo, encontré a Quinto, apoyado en la espada desnuda y con los pies separados. Contemplé la empalizada destrozada, la torre de señales quemada, los cadáveres armados y los cuerpos inertes, colgados de árboles a los que habían sido clavados mientras aún vivían. Un hombre a quien no pude reconocer estaba sentado sobre un tronco caído, vestido con una capa y una capucha. Por su actitud parecía tener la cabeza apoyada en las manos. A mi alrededor podía oír movimientos, como si hubiera hombres en la oscuridad del bosque,

esperando

en

silencio,

pero

moviéndose

ligeramente para evitar el frío intenso que nos azotaba a todos.

Quinto levantó la cabeza, pero no sonrió. Dijo al tribuno que lo acompañaba:

—Di a los hombres que continúen. No deben hablar ni hacer ningún ruido. Ya les diremos adonde deben ir.

Bajé del caballo y miré a mi alrededor; vi a pequeños grupos de legionarios, con las espadas desnudas en la mano, vigilantes y algo amenazadores, situados en un amplio círculo en torno a nosotros. Sentí que el vello se me erizaba en la nuca.

—¿Qué sucede, Quinto? —dije.

No se movió. Dijo, con voz fatigada:

—Eso debes juzgarlo tú. Cuando he llegado aquí con la vanguardia, puede decirse que las dos centurias todavía luchaban. La mitad de nuestros hombres había sido aniquilada, y la otra mitad empujada al otro lado del camino. La calzada estaba barrada por unos dos mil marcomanos. También había otros. Francos y alanos. —Hizo una pausa y siguió hablando con cautela—. Debes entender que era difícil ver quién luchaba contra quién. El resto de los marcomanos todavía estaba junto al río, saqueando el pueblo nativo que hay allí. Lo incendiaron al amanecer, según me ha dicho un soldado herido. Los marcomanos llevan todo el día cruzando el río. Su número ya debe de estar más cerca de los diez mil que de los cinco mil. Los bosques están llenos de bárbaros. He cargado con mis hombres y los hemos dispersado, pero creo que volverán. —

Se detuvo y luego volvió a hablar, con una voz completamente inexpresiva—. Entonces me he encontrado con Goar y un puñado de hombres suyos. Él me ha contado el resto.

—¡Goar!

—Sí, ahora está aquí con nosotros.

El hombre que estaba sentado en el tronco se levantó y se apartó la capucha. Entonces pude reconocerlo: era Goar, con una espada en la mano y un corte en la cara, y una expresión en el rostro que nunca le había visto antes.

—Así que cruzaste el río después de todo —dije—. ¿Qué ocurrió, amigo? Cuéntame.

—No conseguimos contenerlos en la orilla este. Nos obligaron a retroceder de nuevo a las colinas. Di un rodeo y traté de cruzar por Bingium y venir en tu ayuda en la orilla oeste. Hace dos días, frente a Bingium, capturamos a un hombre. Era un franco, auxiliar del fuerte. Llevaba mensajes del comandante para Guntiaros. —Hizo una pausa y vi que estaba sudando—. Lo torturamos hasta que habló. Entonces

crucé de noche y me escondí en los bosques, esperando a que llegaras. Sólo tengo conmigo a unos cuantos hombres.

—Vaciló y siguió hablando lentamente—. Hicimos lo que pudimos. Te había dado mi palabra.

—Parece que Scudilio ha entregado Bingium a los bárbaros —dijo Quinto—. Para ponerlos a prueba y... y demostrar que Goar tenía razón, he enviado a una patrulla a la ciudad con órdenes de regresar. De eso hace tres horas, y no han vuelto.

—Puede que hayan caído en una emboscada, o tal vez se han retrasado.

—No, Máximo.

Permanecí en silencio. Tenía razón. Sabía que no era eso lo que les había ocurrido a los hombres que habían emprendido el camino de Bingium. Habían sufrido una emboscada y habían muerto en el interior del campamento, no fuera de él.

—¿Dónde está ahora la legión?

Contestó en voz baja:

—En un valle, aproximadamente a una milla carretera abajo, junto a un caminito que se desvía a la izquierda. He dicho a Áquila que se quede allí y espere tus órdenes.

Los miré y dije:

—Tienen todas las provisiones que necesitamos: comida, armas, agua, todo.

—Lo sé —dijo Quinto—. Todo.

—¿Cuándo nos traicionaron?

—No lo sé. —Hablaba con voz extraña y supe, por su manera de mirarme, que aún había otro problema.

—¿Eso es todo?

—Parecería suficiente, pero de hecho no es todo.

—Continúa.

—Tenemos a un prisionero aquí, un franco. Cuenta una historia curiosa. ¡Centurión!

Me trajeron a rastras a un anciano, con las manos atadas a la espalda. Tenía el cabello y la barba grises, y lo reconocí.

Era Fredegar, el hermano de armas de Marcomir, a quien no había visto desde la noche en que había emprendido aquel viaje precipitado y sin esperanza para evitar una catástrofe, y había fracasado.

—¿Qué haces aquí? —dije.

Me contestó con voz ronca:

—No te preocupaste por nosotros cuando nuestro príncipe murió y nos derrotaron. Nunca preguntaste qué había sido de nosotros y nuestras familias.

—¿Y qué ocurrió, anciano? Olvidas que Marcomir rompió la palabra que me había dado.

—Permitiste que ese hombre se apoderara de nuestras tierras. —Señaló con un gesto a Goar, que lo observaba con desprecio—. Entonces era tu aliado. Nosotros no importábamos.

—Ve al grano, anciano, o te obligaré yo mismo, y será peor de lo que crees.

—Los alanos se apoderaron de nuestra tierra, nuestros poblados y nuestras jóvenes. Pero, pese a que tú no pensaste en nosotros en ningún momento, nosotros permanecimos leales. Marcomir lo hubiera querido así.

Cuando empezó la lucha, tratamos de ayudar. Los alanos no nos quisieron. Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, cruzamos el río para reunimos contigo y encontramos a los marcomanos atacando vuestro Limes. Hemos luchado contra ellos, y entonces han llegado tus hombres. Éste de aquí —señaló a Quinto con la barbilla— nos ha tomado por el enemigo y nos ha atacado. Cuando me han capturado le

he dicho lo que sabía, pero no ha querido creerme porque este hombre había hablado antes con él.

—¿Qué podías decir que mi amigo no creyera?

—Que los vándalos trataron de sobornar al comandante de Bingium y fracasaron. Luego, cuando empezó la batalla, los alanos se mantuvieron al margen. Fuimos nosotros quienes atacamos a los vándalos al amanecer de aquel primer día, porque tú habías dicho a Marcomir que querías que destruyera las carretas. Los alanos no empezaron a luchar de vuestro lado hasta más tarde, cuando pareció que ibais a detenerlos. —Escupió—. Son un pueblo que sólo permanece leal al más fuerte. Después, cuando las cosas empezaron a iros mal, se retiraron a las colinas, dejaron que los marcomanos cruzaran el río, y aniquilaron a la caballería que enviasteis a la orilla este mientras fingían ser sus amigos. Yo mismo vi a su mensajero llevar la cabeza del Didio a los reyes vándalos. —Hizo una pausa y siguió hablando en voz aún más alta—. Han cruzado el río en Bingium y han avanzado hacia el campamento, fingiendo hacer una cosa pero haciendo otra, y cuando el comandante los ha dejado entrar han atacado el campamento y matado a tu guarnición. Todo eso ha ocurrido hoy. Y lo seguiría diciendo aunque me quemaras en una hoguera.

:—Por supuesto, es mentira —dijo Goar tranquilamente—.

Bingium ha sido traicionada por un hombre que tenía sangre alamana. —Se volvió hacia mí, exasperado—. ¿Acaso no te advertí del riesgo que corrías? No te culpo por ello. Sólo los traidores y los idiotas hacen quedar en ridículo a los hombres inteligentes. Pero eso no les sirve de consuelo.

—Gracias —dije.

Me dirigió una sonrisa tensa.

—Yo también he cometido errores —dijo—. Tu caballería fue de gran ayuda. Pero había demasiados vándalos. No

pudimos contenerlos, como tampoco vosotros. Y sois soldados profesionales. Nosotros no.

Me volví a Fredegar.

—Goar de los alanos era hermano de sangre de tu príncipe muerto. Hizo un juramento muy poderoso. Es peligroso jugar con los dioses. ¿Crees que lo rompería? ¿Lo romperías tú?

—Es un mentiroso —dijo amargamente el franco.

—No puedo ocuparme de vuestras peleas —dije fríamente

—. No son asunto mío.

—¿Y qué lo es, entonces? Pregúntale por qué ha cruzado el río después de decirte que no podría.

Goar dijo furioso:

—He cruzado para comunicar al general lo que había hecho. Mis hombres siguen en la orilla este. Pero hemos luchado juntos y le debo mucho. De modo que he venido a verle y desearle suerte.

—Miente —dijo una voz en la oscuridad.

Me volví. Forzando los ojos, pude ver una sombra recortarse contra un árbol, y luego la sombra se convirtió en un hombre, una silueta oscura en la blanca nieve. Avanzó lentamente hacia nosotros, como un anciano, encorvado y débil, hasta que pudimos verle la cara. Era Scudilio, el comandante de los auxiliares de Bingium. Llevaba su uniforme y su casco. Se cogía el hombro derecho con la mano izquierda, sobre la que pude ver sangre. Su rostro tenía un color enfermizo, y oí que su respiración era jadeante, como si sufriera un gran dolor. Nadie se movió ni habló. Avanzó hasta encontrarse casi cara a cara con Goar.

El alano no se alteró.

—Traidor —escupió.

Scudilio continuó allí, tambaleándose sobre sus pies. Dijo en un susurro:

—Si lo soy, dime de quién es la flecha que llevo clavada a la espalda.

Se volvió y cayó al suelo de costado. De su hombro salía una gran flecha, que temblaba ligeramente cada vez que el herido luchaba por respirar. Quinto dio un paso al frente, se arrodilló y tocó la flecha. Entonces me miró y dijo suavemente:

—Es una flecha como la que fabrican los alanos. Mira las plumas, y esta pluma de gallo coloreada que usan como guía para apuntar.

—Después de traicionar a Bingium han debido de salir del campamento y encontrarse con algunos de mis hombres —

dijo Goar.

Scudilio gimió. Me arrodillé a su lado y dijo en un susurro:

—Nos han rodeado los burgundios y nos hemos retirado.

Más tarde, algunos han cruzado el río. Entonces han llegado los alanos, gritando que los marcomanos estaban cruzando el río más arriba y que nos reforzarían a cambio de comida y armas. He sido un estúpido. Los he dejado entrar. Pero Goar iba con ellos, y sabía que confiabas en él. Nos han atacado dentro del campamento. Eran demasiados. Hemos resistido y tratado de escapar. He incendiado el campamento.

Algunos hemos logrado salir. Entonces nos hemos topado con los marcomanos. He dado a mis hombres un punto de encuentro y les he dicho que huyeran y se ocultaran, y que nos reuniríamos más tarde, en la oscuridad. Nos hemos separado. Me han herido y me he perdido. He tratado de llegar a la calzada. Es todo lo que sé.

—Éste dice la verdad —dijo Fredegar—. Los alanos llevaban lanzas con las cabezas de los hombres que habías

mandado al otro lado. —Me miró y sonrió—. No conoces a tus amigos.

—¿Y qué romano los conoce? —dije amargamente—.

¿Cuántos hombres tienes?

—He cruzado el río con dos mil. Algunos han muerto.

Algunos están prisioneros en tus carretas, más abajo. Los otros se han desperdigado. Pero regresarán.

—¿Cuántos, Scudilio?

Jadeó de dolor y susurró.

—No lo sé. Tal vez trescientos.

—Que se ocupen del herido —dije bruscamente.

Me volví hacia Goar, que estaba en pie, muy erguido y callado, con el rostro gris bajo la luz de la luna y la espada desnuda en la mano. Hacía mucho frío, pero vi cómo las gotas de sudor le resbalaban por la cara mientras esperaba.

—Esto fue planeado. ¿Quién lo planeó? —dije ásperamente.

—¿Acaso importa ahora? —dijo Quinto con impaciencia.

—Oh, sí —dije mirando fijamente a Goar—. Importa.

Guntiaros no es tan listo. Respendial nunca pactaría con los que lo han traicionado, aunque fueran sus hermanos, y Gunderico tiene una lengua demasiado viperina. Talien era inteligente, pero ha muerto. —Hice una pausa—. Hace falta alguien más, alguien que me conociera bien y que supiera cómo podría pensar y planear mi campaña, alguien que hubiera hecho algo así antes...

Scudilio murmuró:

—Se me acercaron para tratar de sobornarme, pero no acepté.

—Debiste decírmelo.

—No me atrevía. Confiabas muy poco en mí. Lo supe cuando diste la orden de quemar el puente al tribuno y no a mí. Tenía miedo.

—Él vino a ti, ¿no es cierto? —dije a Goar—. A la muerte de Marcomir, empezó a trabajar contigo. Me fuiste leal sólo mientras creíste que podía acabar siendo el vencedor, pero tras la batalla de la orilla este, ya no te sentiste tan seguro.

Pensaste que podía perder, y tuviste miedo. De modo que empezaste a cambiar de bando, y prometiste traicionarme cuando llegara el momento. Oh, lo escogiste muy bien. Fue brillante; cogiste al niño y se lo devolviste a su padre para asegurarte la retirada, y luchaste un poco para que quedara bien. Incluso podías haber permanecido de mi lado si hubiera impedido que cruzaran el río. Pero, ¿cómo iba a hacerlo, si dejaste pasar a los marcomanos y asesinaste a mis hombres? Fueron estúpidos sólo porque confiaron en ti por orden mía.

Le di la espalda y monté en mi caballo. Quinto me miró con aire interrogante. Dije:

—Montad. Tenemos que continuar. Ya hemos perdido demasiado tiempo en un asunto de tan poca importancia.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —dijo Goar con voz ronca.

—Si fueras un hombre, daría a Scudilio el privilegio de matarte. Pero no eres un hombre; no eres nada. Deja esa espada antes de que te hagas daño con ella.

Vio que Quinto había montado a caballo y lo observaba atentamente. Dejó caer la espada sobre la nieve. Miré a mi alrededor y luego a los ojos de Quinto. Teníamos todo lo necesario. Pensábamos lo mismo.

—Eres cristiano, según creo.

Se esforzó por tragar saliva. Se lamió los labios y vi que la barba roja le temblaba, pero no de frío.

—Sí, lo soy —murmuró—. ¿Qué te importa eso?

—En tal caso, te daré un final digno de un buen cristiano.

—Volví la cabeza—. Centurión, que crucifiquen a este hombre.

Estaba saliendo la luna y nos movíamos en silencio; nuestros caballos iban al paso, uno tras otro, con sus jinetes encorvados en las sillas. Cerré los ojos en un intento estúpido de ignorar el horror de lo que había descubierto.

No sentía nada por el hombre que había dejado atrás, en la oscuridad. Sólo pensaba en la traición final, en la destrucción de Bingium y en Scudilio, en quien no había confiado lo suficiente.

—Pero nos separamos como amigos —dije—. ¿Por qué, Juliano? ¿Por qué?

Seguimos avanzando hasta el lugar donde la legión descansaba en la nieve. Ya se habían acostumbrado al frío.

No tiritaban; dormían. Los comandantes de cohortes se pusieron en pie y se reunieron en torno a mi caballo. Les conté lo que había ocurrido.

—No podemos atacar Bingium, o lo que queda de ella, con los marcomanos en la retaguardia. Si esperamos hasta mañana, habrán cerrado la calzada y sus hombres habrán llegado al Nava. Nuestra única posibilidad es ganarles la delantera... ahora. Rodearemos las colinas de Bingium y avanzaremos junto al río. Hay un vado algo más arriba, y un caminito que nos llevará de nuevo a la calzada de Treverorum. Uno de los hombres de Scudilio nos guiará. —

Carraspeé—. Quinto, quiero que un destacamento de cinco hombres de confianza se dirija a Treverorum y se encargue de que transporten sin demora todas las armas y provisiones disponibles a la trigésima piedra miliar. Además, quiero que los acompañen dos escuadrones para patrullar por la calzada de Bingium. Si entran en contacto con el enemigo, tienen que avisar al instante. Quiero saber qué torres de señales siguen siendo nuestras. Las del enemigo

han de ser capturadas o quemadas, lo que resulte más fácil.

Y que otros jinetes salgan a buscar comida. Los hombres tendrán que pasar con medias raciones a partir de esta noche. —Áquila asintió—. Que alguien busque a Fredbal, el herrero. Quiero hablar con él. Ahora, en marcha.

Llegó a los pocos momentos y permaneció ante mí con la cabeza gacha y la espada apretada entre las manos. La marcha lo había fatigado, y parecía viejo y enfermo. Tal vez yo también se lo parecí a él.

—Ésta no es tu guerra —dije—. Pagaste tus deudas hace mucho tiempo. Quiero sacarte de aquí. Necesito a un hombre que acompañe a los mensajeros hasta Treverorum y lleve una carta que he escrito. —Mientras hablaba, escribía torpemente sobre una tablilla—. Dale esto al obispo. Son instrucciones sobre la seguridad del cofre del tesoro de la legión. Él sabrá qué hacer. Y esto —le entregué una segunda tablilla—, es para el curator. Tiene que ordenar al ejército de la Galia que se dé prisa, o llegará demasiado tarde.

—¿Por qué confías en mí y no en tus hombres? —

preguntó. Hablaba como con un igual.

—Hay treinta razones, y todas son años. Se te da bien odiar —dije con suavidad.

Asintió y dijo:

—Preferiría quedarme y matar a algún vándalo. —Hablaba con dolor y fiereza.

—Ya lo sé. Aún tendrás la oportunidad, créeme.

Se guardó las tablillas en la túnica.

—Iré —murmuró—. Puedes confiar en mí.

—Sólo confío en tu odio —dije, meneando la cabeza—.

Ahora ve con los otros.

Me dedicó la parodia de un saludo y se perdió en la oscuridad.

Marchábamos en silencio, de modo que sólo se oía el tintineo de algún arnés y el golpear rítmico de las sandalias claveteadas sobre la dura nieve. La luna ya estaba muy alta, de modo que no era difícil ver el camino. Recé porque los alanos de dentro de Bingium y los marcomanos de fuera creyeran que habíamos acampado para pasar la noche, en algún lugar entre las dos huestes, y porque no tuvieran patrullas de guardia. Finalmente, llegamos al pie de las colinas en forma de cuña, en cuyas laderas yacía el campamento en ruinas en el que había cifrado todas nuestras esperanzas. Allí la calzada iba en línea recta hacia el Nava y el fuerte, y también allí estaba el caminito que debíamos seguir, curvándose a la izquierda hacia el vado que había mencionado Scudilio antes de que lo acostáramos en la carreta con los demás heridos. En aquel cruce la columna se detuvo, de forma lenta e insegura, y un jinete se acercó trotando para decir que la avanzadilla se había topado con una patrulla nocturna de marcomanos y que se había entablado un combate encarnizado, pero que el general tenía las cosas bajo control.

Los hombres se quedaron a un lado de la calzada, y yo permanecí relajado, montado en el caballo, esperando.

Llamé en voz baja a un decurión de caballería.

—Entérate de cómo está el comandante Scudilio, y envíame al franco que hicimos prisionero. —Me saludó y se alejó columna abajo.

Al cabo de media hora la columna se puso en marcha de nuevo, y avanzamos por encima de la nieve teñida de sangre. Vimos cadáveres en una zanja y a dos de los nuestros con flechas en el pecho. Pocos minutos después se encendió una señal en las colinas a la derecha, y supe que los vigías de las montañas nos habían visto, y que pronto se daría la alarma. Aceleramos el paso y descendimos por una empinada pendiente entre pinos altos y doblados por la nieve, mientras oíamos el sonido de agua corriente en algún

lugar de delante. Las carretas tuvieron dificultades y hubo que asignar hombres que las ayudaran a superar los peores trechos. Llevaban nuestras tiendas, los utensilios de cocina, las estacas para empalizadas, las herramientas de cavar, el forraje para los caballos, el equipamiento médico, los heridos y las armas de repuesto. Eran esenciales para la continuidad de nuestra vida como legión, y sin ellas estaríamos perdidos. Cada hombre llevaba sus armas y raciones para cinco días; ésa era toda la comida que teníamos, y habría que compartir una parte de ella con los hombres que habían escapado de Bingium y que no habían podido traer consigo nada más que sus armas. También había otros a los que alimentar: los francos leales a Fredegar, los restos de la guarnición de Moguntiacum y las secciones de las torres de señales, que se iban uniendo a nosotros a medida que pasábamos junto a ellas. No sabía cuántos hombres éramos. Dejaba aquellos asuntos a mi intendente. Pronto me informaría.

Habíamos aflojado el paso a causa del mal camino. Los hombres sudaban, a pesar del frío, y caminaban encorvados para protegerse de los copos de nieve. En algún momento antes de medianoche hicimos otra parada, y en el silencio pude oír chillidos de caballos, el golpear de espadas y gritos de hombres. En aquella ocasión la pausa fue mucho más larga, y un mensajero avanzó por la columna para decirme que la caballería había tenido que desmontar a causa de lo empinado de la otra orilla del Nava, y que una cohorte había entrado en acción contra un grupo de bárbaros.

—¿Son muchos?

—El general cree que unos ochocientos. Van armados con arcos y hachas, y están bien situados.

—¿Me necesitáis?

El soldado sonrió.

—No, señor. Me dijeron que no debía molestar al legado.

El comandante del ala tiene las cosas bajo control.

—¿Qué ala?

—La Cuarta.

—¡Ah! Mario. Muy bien.

Sin embargo, pasaron dos horas antes de que la posición enemiga fuera capturada, y se necesitó la asistencia de una cohorte.

El Nava era ancho pero poco profundo, lo que resultó una suerte, porque el hielo no aguantó, y tuvimos que vadear torpemente a través del agua gélida que nos llegaba a la cintura y que nos aturdía de frío. Luego hubo que trepar durante dos millas y media por un caminito empinado y retorcido que apenas se veía entre la creciente cortina de nieve. Fue un trabajo duro, avanzar con las botas mojadas por una superficie que nos hacía resbalar hacia atrás a cada paso. Hubo que guiar a los caballos, y empujar y tirar de las carretas a mano, diez hombres por carreta. Y durante todo el tiempo sentíamos los estómagos vacíos y los ojos fatigados, y el viento nos atravesaba las capas, de modo que estábamos empapados de nieve por fuera y de sudor por dentro. Pero nadie se detuvo ni se quejó.

Una vez arriba, la marcha resultó más fácil, y avanzamos a través de un bosque de pinos que nos protegió un poco del eterno golpear del viento. Llevábamos veintidós horas sin dormir, y nuestro paso era mecánico. La agonía de la marcha era preferible a lo que nos ofrecería el enemigo si caíamos vivos en sus manos. Dos millas más adelante descendimos por una leve pendiente y recorrimos el borde de un acantilado que flanqueaba un riachuelo estrecho y serpenteante. No había ningún camino visible, y los hombres marchaban en parejas, de modo que pudieran ayudarse unos a otros mientras empujaban y tiraban de las carretas entre un árbol y el siguiente. Luego abandonamos

el riachuelo y encontramos un camino que estaba lleno de agujeros bajo la nieve traicionera de la superficie. Estaba amaneciendo, y podíamos vernos los rostros: ojos oscuros, sin afeitar y mortalmente cansados. Dos horas después, caminando como sonámbulos, con los pies llagados, los músculos agarrotados y los hombros en carne viva por la fricción de la armadura, llegamos a la calzada que llevaba a Treverorum. Ante mí se elevaba un pilar liso y redondo, casi tan alto como yo, y con la parte superior cubierta de nieve.

Era una de las piedras miliares instaladas por el emperador Adriano, y recuerdo que la inscripción grabada sobre ella estaba tan desgastada que era apenas legible. Después de verla por primera vez, me había quejado a las autoridades de Treverorum, pero se habían limitado a encogerse de hombros y no habían hecho nada. A la derecha de la piedra dormía un retén de caballería protegido por las cabezas de los caballos, que tenían los arneses puestos, y un fatigado centinela se tambaleaba sobre sus pies, apoyado en su lanza ante las ascuas de un fuego de leña.

Desperté al comandante del escuadrón de un puntapié, y él bostezó en mi cara, con aire de disculpa.

—Las torres de señales desde aquí a Bingium están en manos enemigas, señor. He quemado las primeras cuatro y hemos matado a sus hombres cuando trataban de buscar refugio. En la quinta torre, el enemigo vigilaba la calzada, de modo que nos hemos retirado. Sin embargo, las primeras tres torres de la calzada siguen siendo leales.

—¿Podremos defender la calzada aquí? —preguntó Quinto.

Miró el alto margen del camino con los espesos bosques que se elevaban hasta el horizonte—. Es una posición fuerte y fácil de defender.

—Tal vez. Estoy demasiado cansado para pensar. Los hombres también están muertos de agotamiento. Lo mejor es acampar aquí, junto a la carretera. Instalad las carretas

en el paso frente a la torre. Es una pena haber tenido que quemarla.

El comandante del escuadrón ahogó una carcajada.

—No hemos podido penetrar nuestras propias defensas, señor.

—Sí, estaban bien instaladas. Que monten guardia, de todos modos, y enviad un grupo a reparar la empalizada.

Dormimos durante cuatro horas, y nos despertó una nueva nevada que caía de un cielo negro. El enemigo más cercano había llegado a tres millas de nosotros mientras dormíamos, y la fuerza principal estaba a seis millas, en Bingium, donde sólo los alanos, si no se habían emborrachado demasiado con el vino de la guarnición, estarían en condiciones de marchar. De haberlo hecho, ya nos habrían atacado. Pero pensé que era más probable que se quedaran allí y dejaran las cosas a cargo de los marcomanos. Los alanos se habían quedado sin su líder, y tenían que preocuparse por sus propias tierras. Los marcomanos, al mando de Hermerico, eran el enemigo más cercano. Hasta el momento, habían resultado ser torpes, lentos y estúpidos. Estaba seguro de que Gunderico no me hubiera dejado llegar tan lejos. La hueste de los vándalos era otra historia. Necesitaban comida desesperadamente, y había muy poca en el campo que nos rodeaba, con su lastimoso puñado de aldeas y su tierra devastada. Se dirigirían a Bingium, donde sabían que había comida, pero no suficiente. Habría discusiones entre los jefes, y peleas entre los hombres. Todo ello nos daría un poco de tiempo.

—Tenemos unas tres horas, posiblemente cinco, Quinto.

Durante ese tiempo hemos de talar árboles, construir empalizadas y cavar zanjas. No tenemos ballistae dignas de mención. —Miré la calzada. Se retorcía y giraba, como el Mosella, entre altas colinas cuyas empinadas pendientes estaban cubiertas de árboles—. Todo lo que tienen que

hacer para rodearnos es trepar por los bosques. Esta calzada parece fácil de defender, pero no lo es. Y la caballería aquí no me sirve de nada.

Un hombre barbudo, que había estado dibujando líneas en la nieve con un palo, dijo en voz baja:

—¿Es prudente seguir luchando como un soldado?

Era Fredegar. Contesté, con la voz igual de baja:

—Es el único modo de luchar que conozco. Los contuvimos durante siete días en Moguntiacum porque luché como un soldado.

—Comprendo —dijo.

—¿Cuántos de los tuyos están ahora con nosotros?

—No he podido contarlos a todos —dijo con calma—.

Todavía estoy esperando a que lleguen más. Unos tres mil.

El hombre con quien había hablado la noche anterior se acercó y saludó. Dijo:

—El comandante, Scudilio, se pondrá bien, según dice el médico. Le han quitado la flecha sin demasiada pérdida de sangre. Está tratando de levantarse y bajar de la carreta, pero los ordenanzas se lo impiden.

—Que siga allí. Ya se moverá cuando se encuentre bien, y no antes. Áquila, ¿cuántos de sus hombres están con nosotros?

—Doscientos cuarenta, señor.

—¿Incluyendo a los heridos?

—Son todos los que pueden luchar.

—Déjame defender el paso por ti —dijo Fredegar—. Dame a dos centurias de tus hombres. También a unos cuantos auxiliares. Sostendré esta posición durante dos días mientras vosotros os retiráis y preparáis nuevas emboscadas en cada poste de señales de la calzada.

Déjame a una tropa de jinetes, para que actúen como mensajeros y luchen en la retaguardia. De este modo los frenaremos un poco y conseguiremos tiempo para que lleguen tus ballistae.

Vacilé. Él inclinó la cabeza y sonrió.

—Ya no soy joven, pero soy un buen guerrero.

—Bien. Haremos lo que sugieres.

En aquel momento un centinela gritó, y vimos que un caballo se acercaba al trote por la calzada de Treverorum.

Quinto se cubrió los ojos y blasfemó en voz baja. Al principio creí que el caballo iba sin jinete, pero cuando se acercó vi que había un hombre tumbado sobre el cuello del animal. El caballo se me aproximó, respirando vapor, y se quedó quieto frente a nosotros, con los flancos hinchados y la cabeza baja. Su jinete resbaló de la silla y cayó al suelo de costado antes de que nadie pudiera sostenerlo. Era uno de los cinco hombres que había enviado a Treverorum la noche anterior.

Estaba vivo, pero tenía sangre en el cuello y en el muslo izquierdo.

Parecían

heridas

de

lanza.

Sangraba

profusamente y no tenía color en el rostro. Me arrodillé y lo cogí en brazos. Dijo en un susurro:

—Avanzamos seis millas por la calzada hasta la gran curva. Allí encontramos a los supervivientes de la guarnición de Boudobrigo. —Se atragantó—. Agua, por favor. —Un soldado corrió a buscarla. Tragó saliva—. El fuerte cayó hace dos días. Los persiguieron por las colinas. —escupió sangre, volvió a atragantarse y quedó en silencio. Al poco rato abrió los ojos y siguió hablando—: Hay burgundios en el camino de Treverorum. Nos alcanzaron. Dos consiguieron escapar.

Los cubrimos. Los demás murieron. Yo escapé. —Me miró fijamente, con los ojos asustados. No era más que un chiquillo—. Guntiaros ha desplegado a sus huestes. Son miles. —La sangre brotaba ya muy débilmente de la herida

de su muslo, pese a los esfuerzos del auxiliar médico que se había arrodillado junto a mí. El herido pareció levemente desconcertado, y habló en un susurro—: No sabía que era tan fácil. —Miré al auxiliar, que negó con la cabeza.

Finalmente la sangre dejó de fluir por completo, y lo recosté en la nieve.

—Yo no podría haber cabalgado ni doscientos metros con una herida así —dijo Quinto en voz baja.

—Sigamos con mi plan —dijo Fredegar con calma—.

Todavía es el único posible. Pero quédate con la caballería.

Los necesitarás a todos. Déjame sólo unos cuantos caballos.

—Como desees.

—Bueno, mejor será que vaya a sacar a esos burgundios de la calzada —dijo Quinto.

—Sí.

Sonó la trompeta y dije a Fredegar:

—Reúnete con nosotros en cuanto puedas.

Se acarició la barba y respondió:

—Si no puedo reunirme con vosotros, estaré con Marcomir.

En cualquier caso, me sentiré satisfecho.

Le apreté el brazo y luego subí al caballo. Él me miró y sonrió con fiereza.

—Tengo muchas cosas que vengar.

Los francos se estaban desplegando por las pendientes junto a la calzada; empezaron a talar árboles y a enderezar la empalizada que rodeaba la torre mientras yo partía al frente de mi legión. Delante de nosotros, Quinto y su caballería se perdieron de vista entre una nube de nieve. Me envolví en la capa y mordisqueé una galleta seca. Estaba mareado de fatiga y preocupación.

Avanzamos. Cada dos millas, una doble centuria se separaba para preparar defensas y tender una emboscada.

Tres horas más tarde llegamos a la escena de la batalla. Los burgundios habían bloqueado la calzada con árboles caídos, habían quemado viva a la guarnición de la torre y se habían desplegado por las pendientes de cada lado de la calzada.

Quinto no había conseguido pasar; había llevado a los caballos a la retaguardia y estaba tanteando la posición enemiga con sus exploradores. El grueso de sus tropas estaba fuera de la calzada y de la vista. Estábamos a media tarde y detrás de nosotros, en la distancia, podíamos oír un murmullo distante que era el sonido de Fredegar y sus hombres en la batalla ya entablada.

Al anochecer no habíamos conseguido desalojar a los burgundios, y fue entonces, cuando estábamos sentados, exhaustos, en torno a una pequeña hoguera, cuando llegó un mensajero para informar de que Fredegar estaba en dificultades.

—Nuestra gente no puede contenerlos —dijo, en su atroz latín—. Luchan contra las cinco tribus a la vez, y pronto estarán rodeados. Hemos gastado las últimas flechas. —Me puso la mano en el brazo—. Mi jefe no pide esto, pero yo sí.

Es un anciano, y una vez fue un gran guerrero. ¿No puedes ayudarlo? Está dispuesto a morir, no por tu emperador, sino por ti y por mantenerse fiel a Marcomir.

—Quinto, hemos de rodear a esos burgundios —dije, frotándome los ojos—. Intenta flanquearlos por la izquierda con una cohorte, aunque tardes toda la noche. Envía a cincuenta jinetes campo a través para que lleguen a la calzada por su retaguardia. Que sean hombres de voces fuertes y capaces de tocar las trompetas. Han de fingir que son refuerzos. Si les atamos leña a las sillas, levantarán mucha nieve. Está lo bastante seca.

—Ese truco no funcionará dos veces —dijo.

—Sí funcionará. No lo hemos usado nunca con ellos. Que los hombres se muevan ahora. Y envía a otro destacamento en ayuda de Fredegar. Que también lleven trompetas. Que los vándalos piensen que los burgundios han sido derrotados y que les hemos enviado ayuda. —Me volví al franco—. Di a tu jefe que pida una tregua. Se la concederán.

Ya han perdido a bastantes hombres. Fredegar puede decir lo que quiera, pero mientras lo dice, el grueso de sus hombres ha de retroceder por la calzada hasta aquí. De este modo podrá escapar.

—Pero no es honorable.

Tendí la mano y lo agarré del hombro.

—No estoy luchando por honor —dije—. Estoy luchando por la vida de esta provincia, y emplearé cualquier medio para protegerla. Ahora ve y haced lo que he dicho.

—¿Qué pensarán los vándalos? —murmuró entristecido.

—¿Qué me importa lo que piensen? ¿Qué significan para mí los marcomanos y los vándalos? Mi honor está en mis manos, no en las suyas.

El engaño funcionó. Era un viejo truco, aunque nunca lo había puesto en práctica. Gunderico y Hermerico se negaron a parlamentar al principio, pero Respendial, herido en su orgullo por el cambio de bando de su primo, insistió en una tregua. Si podía conseguir que otra tribu se pasara a su bando, recobraría su autoestima y su posición a ojos de los demás. El encuentro tuvo lugar al amanecer y, mientras Fredegar hablaba, sus hombres empezaron a abandonar en silencio sus posiciones, permaneciendo en el bosque y sin bajar a la calzada hasta encontrarse fuera de la vista del enemigo. Surgieron dificultades respecto a los términos, y Fredegar dijo (por supuesto, era mentira) que estábamos acampados muy cerca en la calzada, que era necesario que me asegurara que podía defender su posición, y que, para asegurar la victoria, los vándalos debían pasar a través de

sus líneas aquella noche. Entonces podrían lanzar un ataque nocturno y cogernos desprevenidos. A cambio de ello, los francos, bajo su mando, podrían regresar al Rhenus y quedarse con las tierras de ambas orillas, entre Bingium y Moguntiacum. Era hora de desayunar, de modo que ambas partes se separaron para comer en sus propios campamentos y considerar los términos. Todo ello me lo contó Fredegar cuando se reunió con nosotros.

—¿Cuánto tiempo han tardado en descubrir el engaño?

—No lo sé —dijo alegremente—. Hemos vigilado muy bien, pero no hemos visto que nos siguieran. ¿Qué tal os va a vosotros?

—Nuestro truco también ha funcionado. Los burgundios se han retirado al norte por las colinas.

—Bien —dijo—. ¿Y qué hacemos ahora?

—Marchar —dije—. No hay nada que se interponga entre nosotros y Treverorum, salvo el cansancio. Ése es el peor enemigo de todos los que tenemos que vencer.

La retirada continuó. Habíamos pasado la peor parte de las colinas, pero avanzábamos todo el tiempo hacia una altiplanicie que nos exponía a las inclemencias del tiempo.

Sin embargo, el viento había amainado y ya no nevaba; el brillo del sol nos elevó los ánimos. A intervalos iba dejando grupos mixtos de soldados y francos para que tendieran emboscadas y, en cada caso, mis órdenes eran las mismas.

—Mantened la posición hasta que parezcan a punto de arrollaros. Entonces incendiad la torre de señales, si la hay, retiraos hasta la siguiente emboscada y uníos a la retaguardia. Las bajas deben ser las mínimas posibles. No tratéis de ser valientes. Ya habrá tiempo para eso más tarde.

Avanzábamos lentamente y en silencio voluntario. Sólo se oía el eterno rumor de las ruedas de las carretas, el golpear

monótono de los utensilios de cocina que llevaban, el fatigado movimiento de pies y el gemido ocasional de algún herido, obligado a soportar hasta más allá de la resistencia humana. Los soldados llevaban las lanzas invertidas sobre los hombros, con las hojas envueltas en tela para mantenerlas secas, y los centuriones avanzaban impasibles detrás de sus hombres, blasfemando en voz baja si un soldado daba signos de ir a caerse. En una ocasión, un hombre muerto de sed tomó un puñado de nieve y se lo llevó a la boca. Lo golpeé en la espalda con mi bastón.

—Si lames la nieve congelada, te llagarás la lengua, idiota. Ten paciencia. Espera a la próxima parada.

Los jinetes iban a pie, guiando a sus caballos. Cada hora nos deteníamos diez minutos, y los comandantes de sección hacían circular un frasco de vinagre, para que cada hombre pudiera tragar un sorbo, mientras descargábamos las muías y les examinábamos los lomos en busca de llagas. A mediodía retrocedí hasta las carretas para hablar con Scudilio. Su rostro tenía mejor color, y me suplicó que le permitiera marchar con sus hombres.

—No —dije—. Necesitarás todas tus fuerzas en la trigésima piedra miliar.

—Te defraudé —dijo—. Todos tus planes de retirada dependían de la defensa de Bingium.

—No hubiéramos podido defenderla en ningún caso —dije, sacudiendo la cabeza—. No pienses en ello. Recuerda, yo también confié en él. Confié en él hasta el mismo final. Si hay culpa, nos corresponde a partes iguales. Pero eso ya no importa.

—Tendría que marchar con mis hombres —dijo—. Sé lo que piensas de los auxiliares. Deseaba demostrarte que te equivocabas.

—No hay nada que demostrar.

Aquella tarde, debido al estado de la calzada, recorrimos sólo seis millas, aunque tomé la precaución de seguir marchando hasta una hora después de oscurecer para mantener nuestra ventaja sobre el enemigo. Al día siguiente nos pusimos en marcha poco después del alba, como era nuestra costumbre, y envié a patrullas de caballería a recorrer el campo, en busca de granjas, cabañas o aldeas donde pudieran conseguir algo de comida, pues los hombres sufrían atrozmente con medias raciones bajo el intenso frío. Sin embargo, estaban algo más animados, y empezaron a cantar esas canciones de marcha sin melodía que cantan todos los soldados. Siempre eran las mismas, normalmente obscenas, sobre chicas o una chica, tenían muchísimos versos y parecían no terminar nunca. Pero no los había oído cantar desde la última vez que habíamos marchado al salir de Treverorum, en lo que parecía otra vida. Entonces habíamos sido una legión. Y seguíamos siéndolo; la idea me animó considerablemente.

Dos horas después se nos acercó un mensajero desde la retaguardia.

—Se oyen ruidos de combate detrás de nosotros. Nos faltan dos grupos de emboscada, señor.

—Deben de habernos alcanzado por fin. Di a tu comandante que mantenga su posición hasta haber recuperado a los dos grupos. No quiero dejar a nadie atrás.

¿Entendido?

Regresó una hora más tarde.

—Sus jinetes ya están a la vista —dijo sin aliento—.

Hemos recuperado a una patrulla, pero creemos que la otra ha sido aniquilada.

Asentí.

—Tu comandante sabe qué hacer.

A media tarde vimos a sus jinetes, avanzando por la calzada. Estaban a una gran distancia, pero se recortaban con claridad contra el resplandor blanco de la nieve. Se acercaron lentamente, pues no eran muchos, y atacaron nuestra retaguardia. Sus cargas eran salvajes y carentes de disciplina, y fueron rechazadas sin dificultad. Más tarde se les fueron uniendo cada vez más hombres, y se volvieron más osados, siguiéndonos de cerca y lanzando ataques rápidos y furibundos cuando se presentaba la ocasión.

Quinto mantenía una pantalla de caballería a cada lado de la columna, porque había mucha nieve en la calzada, y la marcha era lenta y dolorosa. Pronto los hombres se hubieron acostumbrado tanto a ver combates de caballería fuera del alcance de nuestras flechas que dejaron de prestarles atención. Ocasionalmente, algún jinete enemigo se abría paso galopando entre un remolino de nieve, y hacía un intento torpe de atacar a alguna figura cubierta con un casco que avanzaba junto a una carreta. A veces el legionario caía, sin protestar, demasiado fatigado para defenderse, y el vándalo se alejaba, blandiendo su espada en triunfo. Otras veces, sin embargo, un arquero tensaba apresuradamente su arco y soltaba una flecha, de modo que el jinete continuaba su viaje de regreso hacia sus camaradas muriendo sobre el cuello del caballo.

Tres días después de que nos alcanzaran recorrimos diez millas. Los jinetes ya nos habían rodeado por completo, en grupos que iban de una docena de hombres hasta veinte o treinta, pero no había rastro de sus columnas de infantería.

Aquella noche su caballería acampó a dos millas de nosotros, y al salir la luna nos atacaron hombres a caballo y a pie. El enemigo era una mezcla de vándalos, cuados y marcomanos, y sus intentos fueron, tal como observó despectivamente Quinto, extremadamente tímidos. Un segundo ataque, justo después del amanecer, terminó entre un fuerte viento y una intensa nevada que creó una

pequeña galerna; ambos bandos se vieron obligados a abandonar la lucha bajo tales condiciones. Aquella noche levanté el campamento en cuanto oscureció, pese a que los hombres habían marchado durante nueve horas. De nuevo fue una marcha forzada a través de la nieve reciente, con la caballería abriéndonos camino lenta y dolorosamente. Los retenes que habíamos dejado atrás para mantener las hogueras encendidas nos alcanzaron más tarde al día siguiente, e informaron de que el enemigo no había enviado patrullas al campamento hasta bien entrado el día, sin comprender que habían sido engañados hasta que se alejaron los retenes. Volvimos a marchar durante todo el día, y los hombres cantaron sus canciones sin melodía.

Fredegar cojeaba junto al aquilifer, y Quinto marchaba detrás de la columna. Como siempre, parecía ser un todo con su caballo.

Por la tarde el cielo se aclaró y pude ver el sol, un círculo de oro fundido, justo encima de las copas de los árboles que se agrupaban en el horizonte frente a nosotros.

Descendimos a una hondonada, pasamos junto a un grupo de cabañas abandonadas, y empezamos a ascender una larga pendiente. A cada lado de la calzada, la nieve yacía espesa y virgen hasta donde alcanzaba la vista de un hombre a caballo. Los legionarios empezaron a apretar el paso, y los jinetes, como si hubieran recibido una orden, montaron en los caballos. Un escalofrío de expectación recorrió la columna, y por las ranuras de las lonas de las carretas empezaron a asomar rostros. Allí, frente a nosotros, en una abertura entre los árboles, negra contra el cielo azul, se levantaba la estructura de una torre de señales, y el humo que surgía de ella se elevaba en el aire frío, como un mensaje de bienvenida para nuestra llegada. Entonces supimos que habíamos llegado a nuestro destino; la trigésima piedra miliar desde Augusta Treverorum.

Era el décimo tercer día de enero. Durante siete días habíamos defendido Moguntiacum del odio, la envidia y la codicia de cinco tribus.

Después nos habíamos retirado durante seis días a través de las colinas en unas condiciones pésimas de hielo y nieve, luchando en combates de retaguardia y en escaramuzas salvajes a lo largo de una distancia de más de setenta millas. Pero no había perdido a ningún hombre que no hubiera sido previamente herido por las espadas o hachas de los bárbaros. Seguía al frente de una legión. Cuando avanzaba para saludar al comandante del puesto, mientras mis fatigados hombres se preparaban para vivaquear tras las trincheras que habíamos preparado meses atrás, un cuervo voló sobre mi cabeza y graznó melancólicamente.

Me estremecí. En mi fuero interno, sabía que aquélla había sido la última marcha de la legión.

»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.

»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas

de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.

«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.

Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.

«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.

«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.

Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.

»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?

»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.

»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido

por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.

»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.

»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.

»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.

Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.

Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:

—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.

«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.

«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El

campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.

Máximo se interrumpió y soltó una risita.

—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.

Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.

»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.

»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.

»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.

«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.

Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.

Máximo se puso en pie.

—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.

Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.

El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.

—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.

—Puede ser difícil de encontrar.

—Lo encontraremos.

—Estás muy seguro.

—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.

—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.

—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.

—Yo también tengo un viaje que hacer.

—¿Adonde vas?

—Con los dioses de las sombras.

El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:

—Vive en Dios, entonces.

Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y

dirigió la vista al sol.

—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.

Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.

—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto

—. Escuchad.

Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»

y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.

DIS MANIBUS

P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS

PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC

DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM

ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS

ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR

MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN

LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII

SATURNINUS AMICUS FECIT

Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima

Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos

Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión

Artorio Curator de Augusta Treverorum

Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum

*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia

*Constante Hijo de Constantino

*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión

*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente

Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta

Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir

*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania

Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria

Gallo Tribuno de la nota del Rhenus

*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial

*Godigisel Rey de los vándalos de Siling

*Gunderico Rey de los vándalos de Asding

*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos

*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión

*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum

*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más

tarde autoproclamado

emperador

Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión

*Placidia (Gala) Hermana de Honorio

*Rando Rey de los alamanes

*Respendial Rey de los alanos

*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria

Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium

Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum

Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes

Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria

Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.

367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.

368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y

reconstruye el Muro.

375 Muerte de Valentiniano I.

Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.

378 Batalla de Adrianópolis.

379 Reinado de Teodosio I.

383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,

conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.

388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.

395 Muerte de Teodosio I.

Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo

Estilicón es nombrado su tutor.

Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.

403 El godo Alarico invade Italia.

406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.

Constantino proclamado

emperador en Britania.

Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan

el Rin en Mainz e invaden la Galia.

407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.

Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas

de Britania, y se instala en Arles.

408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.

410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.

411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.

Fin

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.

»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.

«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.

Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.

«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y

fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.

«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.

Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.

»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?

»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.

»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.

»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.

»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.

»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.

Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.

Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:

—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.

«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.

«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.

Máximo se interrumpió y soltó una risita.

—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.

Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala

Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.

»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.

»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.

»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.

«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.

Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.

Máximo se puso en pie.

—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.

Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.

El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.

—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.

—Puede ser difícil de encontrar.

—Lo encontraremos.

—Estás muy seguro.

—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.

—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.

—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.

—Yo también tengo un viaje que hacer.

—¿Adonde vas?

—Con los dioses de las sombras.

El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:

—Vive en Dios, entonces.

Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.

—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.

Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.

—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto

—. Escuchad.

Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»

y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.

DIS MANIBUS

P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS

PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC

DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM

ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS

ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR

MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN

LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII

SATURNINUS AMICUS FECIT

Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima

Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos

Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión

Artorio Curator de Augusta Treverorum

Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum

*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia

*Constante Hijo de Constantino

*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión

*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente

Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta

Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir

*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania

Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria

Gallo Tribuno de la nota del Rhenus

*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial

*Godigisel Rey de los vándalos de Siling

*Gunderico Rey de los vándalos de Asding

*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos

*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión

*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum

*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más

tarde autoproclamado

emperador

Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión

*Placidia (Gala) Hermana de Honorio

*Rando Rey de los alamanes

*Respendial Rey de los alanos

*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria

Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium

Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum

Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes

Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria

Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.

367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.

368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y

reconstruye el Muro.

375 Muerte de Valentiniano I.

Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.

378 Batalla de Adrianópolis.

379 Reinado de Teodosio I.

383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,

conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.

388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.

395 Muerte de Teodosio I.

Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo

Estilicón es nombrado su tutor.

Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.

403 El godo Alarico invade Italia.

406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.

Constantino proclamado

emperador en Britania.

Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan

el Rin en Mainz e invaden la Galia.

407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.

Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas

de Britania, y se instala en Arles.

408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.

410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.

411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.

Fin

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

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»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.

»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.

«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.

Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.

«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y

fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.

«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.

Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.

»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?

»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.

»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.

»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.

»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.

»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.

Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.

Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:

—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.

«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.

«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.

Máximo se interrumpió y soltó una risita.

—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.

Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala

Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.

»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.

»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.

»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.

«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.

Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.

Máximo se puso en pie.

—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.

Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.

El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.

—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.

—Puede ser difícil de encontrar.

—Lo encontraremos.

—Estás muy seguro.

—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.

—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.

—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.

—Yo también tengo un viaje que hacer.

—¿Adonde vas?

—Con los dioses de las sombras.

El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:

—Vive en Dios, entonces.

Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.

—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.

Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.

—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto

—. Escuchad.

Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»

y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.

DIS MANIBUS

P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS

PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC

DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM

ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS

ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR

MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN

LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII

SATURNINUS AMICUS FECIT

Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima

Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos

Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión

Artorio Curator de Augusta Treverorum

Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum

*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia

*Constante Hijo de Constantino

*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión

*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente

Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta

Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir

*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania

Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria

Gallo Tribuno de la nota del Rhenus

*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial

*Godigisel Rey de los vándalos de Siling

*Gunderico Rey de los vándalos de Asding

*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos

*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión

*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum

*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más

tarde autoproclamado

emperador

Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión

*Placidia (Gala) Hermana de Honorio

*Rando Rey de los alamanes

*Respendial Rey de los alanos

*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria

Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium

Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum

Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes

Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria

Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.

367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.

368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y

reconstruye el Muro.

375 Muerte de Valentiniano I.

Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.

378 Batalla de Adrianópolis.

379 Reinado de Teodosio I.

383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,

conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.

388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.

395 Muerte de Teodosio I.

Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo

Estilicón es nombrado su tutor.

Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.

403 El godo Alarico invade Italia.

406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.

Constantino proclamado

emperador en Britania.

Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan

el Rin en Mainz e invaden la Galia.

407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.

Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas

de Britania, y se instala en Arles.

408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.

410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.

411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.

Fin

Acerca del Autor

Wallace Breem, Inglaterra (1926 - 1990) Estuvo en la India como oficial de Caballería hasta 1947, año en el que se licenció. Tuvo varios trabajos hasta ser en 1950 bibliotecario de la Inner Temple Library de Londres.

Su escasa producción, es de novela histórica de ficción, desarrollada con una excelente narrativa. Sus principales novelas son, El enviado de Roma, El águila en la nieve.

»Vi al joven Constante partir en verano hacia su gran aventura. Y le deseé suerte. Necesitaría todos los favores que los dioses pudieran conceder, y así y todo, terminaría como había terminado Máximo.

»A finales de otoño pedí un caballo, salí por la gran puerta que los fantasmas habían llamado Rómulo, y avancé por el camino de Moguntiacum, un camino a ninguna parte. Me detuve en la trigésima piedra miliar, donde la calzada se bifurcaba a derecha e izquierda, y contemplé las ruinas de mi pasado. Los huesos blanquecinos de mis muertos yacían donde habían caído, pero no había ningún mensaje para mí en la alta hierba que asomaba por entre las lanzas rotas, las espadas oxidadas y los yelmos aplastados. Vi cuervos descansando sobre un fragmento de empalizada astillada, mientras un ratón de campo recorría el palo chamuscado de una carreta quemada. Empujé un brasero volcado, pero había sido usado como nido y estaba lleno de hierba seca. Ya no significaba nada para mí. Las zanjas habían sido rellenadas de cualquier manera, y la tierra desnuda estaba cubierta de matas verdes. Un viento ligero agitaba la hierba, pero eso era todo.

«Ninguna voz habló; nadie gritó ni me hizo reproches por lo que había hecho, ni por lo que no había conseguido hacer.

Miré al sol, cálido y amable en el cielo azul, y recé porque el sueño de Quinto se hubiera hecho realidad, y estuviera conduciendo los caballos que había deseado durante tanto tiempo.

«Dicen que si escuchas el tiempo suficiente y tienes el don, puedes oír los sonidos del pasado, que nunca mueren. No se si es cierto, pero al abandonar aquel lugar desolado y fantasmal, me pareció oír el débil sonido de voces que gritaban «Máximo, Máximo», como si me aclamaran. Pero

cuando miré atrás, no pude ver nada más que la hierba inclinada, ni oír nada más que el grito lastimero de un cernícalo que planeaba en el viento.

«Regresé a la ciudad sintiéndome vacío y dolorido. Subí por las escaleras de Rómulo hasta la habitación donde una vez había hecho planes y acariciado los sueños de la púrpura.

Recuerdo que me senté junto a la ventana, me apoyé la cabeza en las manos y me eché a llorar. Entonces entró el obispo y me tocó el hombro. No sabía qué decir.

»—¡No sé qué hacer! —grité entonces—. Debí haber muerto allí, con mis hombres. Oh, Mitras, dios del sol, ¿por qué no me dejaste morir?

»E1 obispo tendió la mano, y en ella había una espada que reconocí.

»—Es tuya —dijo—. La dejó para ti el hombre que te trajo a mi casa. Haz lo que desees, Máximo. Quédate aquí; no te haré preguntas. No te he dado las gracias ni te he maldecido por lo que hiciste. No me corresponde a mí juzgarte, y no lo haré.

»Lo miré desesperado, pero incluso yo me di cuenta de que parecía enfermo. También él había sufrido por culpa de mi fracaso.

»Me quedé. ¿Qué otra cosa podía hacer?

«Estaba más enfermo de lo que yo imaginaba. Antes de que llegara el invierno, Mauricio, obispo de Treverorum, había muerto, y yo estaba más solo que nunca.

»En primavera llegó un nuevo prefecto pretor, enviado por Honorio a investigar los daños sufridos. Era una época difícil.

Había guerra en el sur, Constantino maniobraba contra las

tropas imperiales, y la provincia seguía llena de bandas de bárbaros que habían desertado del grueso de su tribu.

Máximo hizo una pausa y dijo con desprecio:

—Pero lo primero que pidieron al consejo... fue carreras de cuadrigas para divertir al pueblo. Ya lo veis, nada había cambiado.

«Más tarde supe que Estilicón había caído. Las intrigas de un eunuco de la corte triunfaron donde habían fracasado los soldados bárbaros. Podía haber resistido, pero no deseaba una guerra civil. Condenado injustamente por el emperador al que tan fielmente había servido, fue a su ejecución con las manos libres.

«Entonces me sentí inquieto, y pensé: «¿Por qué no? No tengo nada que perder. Iré a Roma. Soy un anciano. Nadie me atacará. Por lo menos ésa es una ambición que puedo cumplir sin hacer daño a nadie». Cogí algo del dinero que me había dejado el obispo y me fui, pero era demasiado tarde. El campo estaba lleno de carretas y de gente que huía como si se acercara un ejército invasor. Conocía los signos demasiado bien.

Máximo se interrumpió y soltó una risita.

—Permanecí en la calzada, a una milla de distancia, pensadlo bien, a sólo una milla de la puerta de Aurelio, y vi arder Roma cuando Alarico y sus godos saquearon la ciudad a su manera.

Vi a las hordas marcharse por la calzada con su botín, y vi a una mujer asustada sobre un caballo, con los tobillos atados por debajo del animal, que era su prisionera. Era Gala Placidia, pero no la ayudé. A Honorio no le hubiera importado, y no tenía ganas de acabar mis días siendo un esclavo.

»Di la vuelta. Regresé a la Galia, y por el camino me encontré con un correo del servicio imperial, que llevaba un escrito para el gobierno de mi antigua isla. Era un viaje largo y azaroso, y no tenía estómago para emprenderlo. Me ofreció oro a cambio de que lo llevara por él. Accedí. Metí la carta en el extremo de la manga, prendida a mi muñeca amputada, para mayor seguridad.

»De modo que regresé, y fui a Londinium, donde encontré a un hombre que se hacía llamar gobernador de la ciudad.

»—Bien —dije—. Ya podéis escoger a tantos emperadores como os plazca. Honorio os ha liberado por fin. Tendréis que cuidar de vosotros mismos... si podéis.

«Luego me dirigí al norte en busca de Saturnino y le rompí el corazón con la noticia de la muerte de su hijo. Me pidió que me quedara, y de haber vivido Fabiano, lo hubiera hecho.

Pero estaba muerto, y no pude hacerlo. De modo que regresé aquí, a Segontium, donde empezó todo.

Máximo se puso en pie.

—Os he mantenido despiertos cuando debíais haber dormido.

Estáis a salvo aquí, en vuestras frías montañas.

El jefe de los oyentes se levantó y lo miró. Era un hombre alto, de ojos fríos y nariz aguileña.

—No siempre dormimos —dijo—. En algún lugar encontraremos a otros como nosotros. Y en algún lugar habrá un hombre con una espada, que tendrá un propósito, igual que tú.

—Puede ser difícil de encontrar.

—Lo encontraremos.

—Estás muy seguro.

—Sí —dijo el hombre alto—. Muy seguro.

—No tienen lápidas —dijo Máximo—. Ningún hombre de Treverorum lloró por sus muertes. —Miró a su audiencia y sonrió—. En el nombre de Mitras, mi señor, que los dioses os sean propicios en vuestro viaje.

—¿Y tú? —preguntó el hombre alto.

—Yo también tengo un viaje que hacer.

—¿Adonde vas?

—Con los dioses de las sombras.

El hombre alto asintió. Dijo solemnemente:

—Vive en Dios, entonces.

Máximo se inclinó y volvió a enderezarse, con la espada descansando en el pliegue de su brazo. Levantó la cabeza y dirigió la vista al sol.

—¿Cuál es el final de todo? —dijo—. Humo y cenizas, un puñado de huesos y una leyenda. Tal vez ni siquiera una leyenda.

Lo vieron salir por la puerta rota y escucharon sus pesados pasos sobre el camino.

—Se dirige a su templo de los bosques —dijo el hombre alto

—. Escuchad.

Hubo un largo silencio. Una voz profunda exclamó «¡Mitras!»

y el grito reverberó por las colinas. Y después el silencio se prolongó eternamente.

DIS MANIBUS

P GAIO MÁXIMO FILIO CLAUDII ARELATIS

PRAEFECTUS I COH TUNG LEG XX VAL VIC

DUX MOGUNTIACENSIS COMES GALLIARUM

ANN LVII CCCCX ET Q VERONIO PRAEFECTUS

ALAE PETRIAE PRAEFECTUS II COH ASTUR

MAGISTER EQUITUM GERMANIAE SUPER ANN

LVI CECIDIT BELLO RHENO CCCCVII

SATURNINUS AMICUS FECIT

Lista de principales personajes Los marcados con un asterisco son personajes históricos Aelia Esposa de P.G. Máximo Agilio Comandante del puesto de la Trigésima

Piedra Miliar * Alarico Príncipe de los visigodos

Áquila Centurión en jefe de la Vigésima Legión

Artorio Curator de Augusta Treverorum

Barbatio Prefecto de los auxiliares de Moguntiacum

*Chariobaudes Comandante en jefe del ejército de la Galia

*Constante Hijo de Constantino

*Constantino Jefe de estado mayor en Eburacum, más tarde autoproclamado emperador Didio Comandante de escuadrón en la Vigésima Legión

*Estilicón Jefe militar del Imperio de Occidente

Fabiano Hijo de Saturnino Flavio Comandante de la guarnición de Augusta

Treverorum Fredbal Prisionero de guerra Fredegar Hermano de armas de Marcomir

*Fullofaudes Comandante en jefe del ejército de Britania

Gayo Segundo oficial de la Cohorte Tungria

Gallo Tribuno de la nota del Rhenus

*Goar Príncipe de los alanos y primo de Respendial

*Godigisel Rey de los vándalos de Siling

*Gunderico Rey de los vándalos de Asding

*Guntiaros Rey de los burgundios Hermerico Rey de los marcomanos

*Honorio Emperador de Roma Juliano Primo de P.G. Máximo Lucilio Tribuno de la Vigésima Legión Marcomir Príncipe de los francos Mario Tribuno de la Vigésima Legión

*Mauricio Obispo de Augusta Treverorum

*Máximo (Magno) Jefe de estado mayor de Teodosio en Britania, más

tarde autoproclamado

emperador

Máximo (Paulino Gayo) Soldado romano Optato (Julio) Intendente de la Vigésima Legión

*Placidia (Gala) Hermana de Honorio

*Rando Rey de los alamanes

*Respendial Rey de los alanos

*Saturnino Centurión en jefe de la Cohorte Tungria

Scudilio Comandante de los auxiliares de Bingium

Séptimo (Juliano) Curator retirado de Augusta Treverorum

Severo (Marco) Tribuno de la Vigésima Legión Sunno Hijo de Rando, más tarde rey de los alamanes

Talien Rey de los cuados Veronio (Quinto) Oficial de caballería Vitalio Adjunto de la Cohorte Tungria

Acontecimientos históricos 353 Martino, vicario de Britania, «asesinado» por Constantino II. 364 Valentiniano I, emperador de Occidente.

367 Una conspiración de pictos, escotas, atacotos y sajones atraviesan el Muro e invaden Britania.

368 El conde Teodosio, enviado por Valentiniano I, reconquista Britania y

reconstruye el Muro.

375 Muerte de Valentiniano I.

Valentiniano II y Graciano, emperadores de Occidente.

378 Batalla de Adrianópolis.

379 Reinado de Teodosio I.

383 Magno Máximo, comandante militar proclamado emperador en Britania,

conquista Hispania y la Galia a Graciano, que muere en la batalla.

388 Magno Máximo es derrotado y ejecutado por Teodosio I.

395 Muerte de Teodosio I.

Honorio, de once años, proclamado emperador de Occidente; el vándalo

Estilicón es nombrado su tutor.

Estilicón mejora las defensas de Britania y retira parte de las tropas.

403 El godo Alarico invade Italia.

406 Estilicón derrota a Radagaisos, que invade Italia.

Constantino proclamado

emperador en Britania.

Una coalición de marcomanos, cuados y vándalos de Asding y Siling cruzan

el Rin en Mainz e invaden la Galia.

407 Los alamanes saquean Worms y se anexionan la orilla derecha del Rin.

Constantino, con su hijo Constante, se traslada a la Galia con las últimas

de Britania, y se instala en Arles.

408 Estilicón es asesinado por instigación de Honorio.

410 Saqueo de Roma por Alarico; Honorio deja solos a los britanos.

411 Constante y Constantino asesinados por las tropas de Honorio.

Fin