El amuleto del poder
Capítulo 12
Cuando Gaafar y Hassam llevaban ya una hora remando contra la corriente, se levantó viento y Omar colocó rápidamente la vela en el pequeño mástil de la faluca. Su velocidad aumentó considerablemente y los tres hombres tomaron un sorbo de agua de sus cantimploras.
—Al menos no tenemos que preocuparnos por el agua durante el resto del viaje —dijo Omar.
—Es un pensamiento reconfortante —coincidió Lara—. Pero tengo una pregunta: ¿qué haremos con la comida?
—Hay cañas de pescar y redes en el fondo del bote. Cogeremos peces por el camino.
—¡Menos mal que me gusta el sushi! —dijo Lara. De repente, vio unas ondas en el agua y se las señaló a los demás—. ¿Qué es eso? Parece demasiado grande para ser un pez.
—El Nilo es un río grande —Omar se encogió de hombros—, así que tiene peces grandes.
—¿Qué hay de los cocos?
—¿Cocos?
—Cocodrilos. ¿Hay algunos por aquí?
—No —respondió Omar—. A los últimos los mataron hace mucho tiempo.
—Qué extraño —comentó Lara—. He visto cocodrilos enormes, algunos hasta de cinco metros y medio, en el lago Turkana al norte de Kenia, y en el Tanganika, y todos se refieren a esa especie como cocodrilos del Nilo.
—Tiempo atrás había decenas de miles de ellos aquí —respondió Omar
—. A la mitad los mataron por ser una amenaza para los aldeanos que vivían junto al Nilo, y a la otra mitad para hacer zapatos para los delicados pies de los caballeros y damas europeos.
—Me han dicho que todavía están en la sección del Nilo que va desde Uganda al lago Victoria —dijo Gaafar.
—Sí, es cierto —le confirmó Lara—. Los he visto allí.
—Eres toda una viajera, Lara Croft —comentó Omar.
—Me muevo por ahí.
—Eso es una subestimación —dijo Omar con una sonrisa.
—Quizá —Lara miró el lago—. ¿Qué hay de los hipos? —preguntó—.
¿También han desaparecido?
—Dicen que quedan unos pocos, pero nunca he visto uno —dijo Omar
—. Una vez fueron tan numerosos en el Nilo como los cocodrilos. Los llamaban caballos de río, aunque nunca nadie les puso ni una silla ni una brida.
—Siempre me he preguntado por qué les dieron ese nombre —dijo Lara
—. Deberían llamarse cerdos de río. Están mucho más relacionados.
—Son bestias imponentes y nobles —le explicó Hassam—. El caballo es noble, mientras que el cerdo es impuro.
—Me has explicado por qué los egipcios y los sudaneses mataron a los cocodrilos y tiene sentido —dijo Lara—. Pero si pensáis que los hipopótamos son criaturas nobles, imponentes y parecidas a los caballos,
¿por qué matarlas también?
— Nosotros no lo hicimos —respondió Gaafar.
—No estaréis sugiriendo que los cazadores europeos mataron a todos vuestros hipos, ¿no?
—No, fue el clima —dijo Omar—. Hace siglos, el norte de África era una tierra de clima templado, con fuertes lluvias y una vegetación frondosa.
Con el tiempo se fue convirtiendo en un desierto, hasta quedar como lo ves ahora, con el noventa y cinco por ciento de la población egipcia y sudanesa viviendo a lo largo del Nilo, la única fuente de vida en esta tierra árida. —
Hizo una pausa—. El hipopótamo pasa sus días en el agua, porque el agua protege su sensible piel de los rayos del sol. Pero no come dentro del agua.
Cada noche sube a la superficie y come forraje en tierra firme, hasta ciento cincuenta kilos de vegetación, antes de volver al agua —señaló la orilla con un gesto—. Mira a tu alrededor. Nada crece a tres kilómetros del río. Hasta con las acequias de riego, todo lo que encontrarás a ocho kilómetros del
Nilo (o de lo que solía ser el Nilo antes de que crearan el lago Nasser) es desierto. Una vez desaparecida toda la vegetación, sólo era cuestión de tiempo, un tiempo muy corto, que los hipos desaparecieran también.
Algunos murieron de hambre, otros migraron al sur… pero ninguno se quedó.
—Quizá el que descubra el Amuleto de Mareish pueda hacer que la tierra vuelva a ser verde —sugirió Hassam.
—Lo más probable es que la vuelva roja… de sangre —contestó Gaafar.
—¿Qué aspecto tiene el amuleto? —preguntó Lara—. Si voy a ir tras él, tengo que saber qué es lo que busco.
—Es así de grande —dijo Omar, juntando el pulgar con el índice en un círculo de unos ocho centímetros de diámetro—. Sabemos que está hecho de bronce y que lleva grabadas una cimitarra, una daga y una representación del sol… aunque nadie está completamente seguro de qué aspecto tiene. Lo que te he dicho es la descripción que hace el Mahdi, escrita de su propia mano en sus diarios privados. Colgaba de su cuello en una cadena de plata, pero no tenemos ni idea de si la cadena está todavía unida al amuleto.
—¿Hay algún dibujo de él? —preguntó Lara.
—Muchos —respondió Omar—. Pero todos están hechos a partir de descripciones escritas. Ninguno a partir del modelo real. Ningún artista ha visto de verdad el amuleto.
—¿Lo mencionó alguna vez el Coronel Gordon?
—No que yo sepa —dijo Omar—. Pero escribió un gran número de monografías y cartas, así que es posible que lo mencionara o incluso que lo describiera, y que nosotros todavía no hayamos encontrado ese escrito.
—No va a ser tarea fácil —dijo Lara—. Tienes un amuleto que ninguna persona viva ha visto, que nadie en el pasado ha fotografiado o dibujado de manera precisa. Puede estar unido o no a una cadena de plata que tampoco ha sido descrita. Y está probablemente escondido en un país que es más grande que Inglaterra y Francia juntas, más buena parte de España, para completar. Y algunos de los mahdistas intentarán matarme antes de que lo encuentre, mientras que otros intentarán matarme desde el momento en que lo haga. —Hizo una pausa—. Está Claro que sabes cómo hacer que una chica se sienta querida.
—Tendrás la ayuda de Kevin Mason —dijo Omar.
—Seamos honestos —contestó ella—: ni siquiera habíais oído hablar de él. La única razón por la que piensas que será de ayuda es que yo te dije que esta es su especialidad.
—¿Por qué nos ibas a mentir? —le preguntó Hassam—. Somos todo lo que se interpone entre los mahdistas y tú.
—Sois los tipos más reconfortantes y alentadores que he conocido nunca —dijo Lara.
—¿De verdad? —contestó él, notablemente más animado.
Ella suspiró y decidió no explicarle la noción de sarcasmo.
A mediodía del día siguiente alcanzaron el Gran Templo de Ramsés II en Abu Simbel, con sus cuatro estatuas del faraón sentado de veinte metros de altura cada una. Todo lo que se construía en el antiguo Egipto era a escala gigante y, excepto las pirámides, el Gran Templo era la construcción más gigantesca e impresionante de todas. Y resultaba aún más impresionante pensar que los ingenieros de la UNESCO habían desmontado y trasladado hasta allí toda la estructura desde su localización original, ahora sumergida bajo el Nilo, junto con el Templo de Hathor, un monumento casi tan impresionante como el primero, construido en honor de la consorte de Ramsés, la Reina Nefertiti.
Por allí se arremolinaban los cientos de turistas de siempre, y Lara supuso que habría otros cien dentro del Gran Templo con sus guías locales.
Se sentía muy expuesta, porque no había más botes de ningún tipo cerca de ellos. Los barcos de los turistas nunca llegaban más al sur de la Gran Presa; los grupos que querían visitar la zona volaban desde Asuán.
—¿Veis algo sospechoso? —les preguntó Lara mientras observaba con atención la orilla.
—Todo me parece normal —dijo Omar.
—Pero me dijisteis que habría mahdistas esperando en Abu Simbel —
continuó ella.
—Probablemente los haya —coincidió Omar—. Pero están esperando a tres hombres y una mujer que llegarán al Gran Templo en camello. No
buscan a cuatro pescadores que flotan sin prisa en una faluca.
—Espero que tengas razón —dijo Lara—, pero…
—¿Pero qué?
—Pero creo que los estáis considerando más tontos de lo que probablemente son.
—Mira la gente de la orilla —dijo Hassam—. No nos prestan atención.
—Si fuera a disparar a cuatro personas en un bote desde la orilla, no lo haría delante de cien turistas —dijo Lara—. Lo haría desde lo alto de uno de los templos o detrás de una de esas furgonetas aparcadas.
—Nos estamos alejando cada vez más de los templos —dijo Gaafar—.
Creo que si nos fueran a disparar, lo habrían hecho ya.
—Entonces, ¿dónde están? —preguntó Lara.
—Quizá no estén aquí, después de todo —sugirió Hassam.
—Vuestra información ha sido precisa hasta ahora —dijo Lara negando con la cabeza—. ¿Por qué ibais a fallar esta vez? Los mahdistas tienen que saber desde hace más de un día que no morimos en el oasis.
—No tengo respuestas —dijo Omar—. Sólo me alegro de que nuestra información fuera incorrecta. En otros tres o cuatro minutos estaremos fuera del alcance de los rifles y entonces no cabrá duda de que no nos estaban esperando.
—Mantén los ojos abiertos —dijo ella sin dejar de examinar la orilla.
Pero pasaron cinco minutos sin ocurrir nada y, finalmente, hasta Lara comenzó a relajarse—. Es muy extraño. No aterrizan aviones entre Asuán y Abu Simbel. Dudo incluso que haya pistas de aterrizaje para aviones privados. El tren no transita desde El Cairo hasta Jartún al menos hasta dentro de una semana. Tienen que saber que estamos vivos y saben que las únicas dos rutas hacia Jartún pasan por Abu Simbel, una por tierra y otra por agua. Entonces, ¿por qué no nos estaban esperando?
—No querían dispararnos delante de testigos —dijo Gaafar.
—No me creo eso ni por un segundo —descartó Lara.
—¿Por qué no?
—Digamos que tres hombres barbudos cubiertos casi por entero con las mismas túnicas que lleva todo el mundo por aquí disparan a cuatro personas en un bote y huyen en un vehículo diez segundos después. ¿Cuántos turistas
se darían cuenta de lo sucedido? ¿Y cuántos de ellos serían capaces de identificarlos? Ni la policía ni el ejército llegarían muy lejos buscando a tres hombres con barba en el sur de Egipto.
—Entonces, ¿por qué piensas que nos dejaron pasar? —le preguntó Gaafar.
—Quizá han decidido que Lara Croft es su mejor oportunidad para encontrar el amuleto y que matarla sería, como dicen los británicos, contraproducente —dijo Omar.
—Intentaron matarnos hace solo un par de noches —contestó Lara—.
No han cambiado tanto las cosas.
—Eres una mujer muy recelosa —dijo Gaafar.
—También soy una mujer viva —dijo Lara—. Ambas cosas van de la mano. —Mientras hablaba, vio una onda en el agua, mayor que la que había visto el día anterior. La miró con curiosidad y entonces vio tres más a unos cuantos metros de distancia. Y, un instante después, vio algo más—. No hay más caballos de río en esta zona, ¿verdad? —dijo.
—Así es —respondió Omar.
—Eso es lo que pensaba.
De repente, sacó sus Black Demon y, en menos de dos segundos, ya había disparado veinte tiros al agua, que pronto se tiñó de rojo con la sangre. Cuatro cadáveres emergieron lentamente a la superficie, todos con traje de buzo, escafandra autónoma y una pistola de tridente colgada al hombro.
—Podéis dar gracias a Wilkes and Hawkins —dijo Lara—. ¿Quién más podría darme balas calibre .32 que vayan directas al blanco a través de metro y medio de agua?
—¿Quiénes son? —preguntó Hassam tras observar los cadáveres.
—Ratas de río —dijo Lara mientras introducía de nuevo las Demon en su pistolera—. Una especie que acaba de extinguirse.
—¿Pero por qué…? —comenzó Omar.
—No les asustaban los testigos —dijo Lara—. Les asustaba fallar los disparos y alertamos de su presencia. Estos cuatro iban a disparar a quemarropa. —Se volvió para mirar al Gran Templo, que ahora era apenas visible—. Llévanos más lejos de la orilla —le pidió a Omar—. No pueden
haber visto lo que ha pasado. Si nos ponemos tan lejos que no puedan vernos, puede que piensen que hemos muerto y quizá hayamos matado a nuestros asesinos. Eso podría ganarnos algo de tiempo.
Omar ajustó la vela y la proa del bote se giró ligeramente hacia la izquierda, moviéndose cada vez más lejos de la línea de costa.
—¿Cómo lo has sabido? —le preguntó Omar a Lara—. Podrían haber sido biólogos marinos. Siempre hay científicos estudiando el Nilo. No serían los primeros en aparecer por aquí.
—Vi uno de los tridentes —respondió Lara—. Las únicas cosas para las que se necesitaría un arma tan grande son los cocodrilos y los hipos… y los hombres. Y tú mismo me dijiste que no quedaban ni cocodrilos ni hipos en estas aguas.
—Sí que lo hice —dijo Omar, sorprendido.
—Por eso le dejamos hablar tanto —dijo Gaafar con una risita—. Puede que nos aburra a muerte, pero de vez en cuando dice algo que nos salva la vida.
— Él no nos salvó la vida —le corrigió Hassam—. Ella lo hizo… por tercera vez. Espero que pretendas vivir más que el Matusalén de los hebreos, porque nos llevará todo ese tiempo pagarte nuestra deuda.
—Exageras —dijo Lara con una sonrisa—. Estoy segura de que no os llevará más que un par de siglos.
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