El amuleto del poder
Capítulo 33
Lara miró por la ventana y calculó que el sol saldría en una hora y media; sabía que Malcolm Oliver solía levantarse al alba. Comprobó las pistolas, se aseguró de que los cargadores estaban enteros, puso media docena de repuesto en la pistolera y después lo metió todo en la mochila.
Una vez preparada, abrió la puerta muy despacio y la cerró con cuidado tras ella. Después se dirigió en silencio al mostrador de recepción.
No había ningún recepcionista de servicio, pero el vigilante nocturno la saludó con la cabeza. Ella miró a su alrededor, encontró un trozo de papel y le escribió una nota a Oliver en la que le decía que había ido a la pista de aterrizaje de Amitie para comprar más ropa, además de algunas cosas que había olvidado traer consigo.
—Por favor, ¿podría asegurarse de que Oliver vea esto? —le dijo al vigilante—. Es el caballero de la última cabaña. —El vigilante la miró y se tocó la oreja. Ella repitió la petición en francés y él recogió la nota y comenzó a andar hacia la puerta con ella—. No —le dijo Lara en francés—.
No lo despierte. Sólo asegúrese de que la vea cuando salga para desayunar.
Seguro que me buscará; sólo dígale que volveré dentro de un par de horas.
—Oui, Mademoiselle.
—Merci.
Lara se metió en el Mercedes, arrancó el motor, subió por el largo camino de entrada y se incorporó a la carretera principal. El sol salió mientras conducía hacia la pequeña comunidad de Grand Anse, cuando ya había recorrido un tercio de la isla. Comprobó los espejos retrovisores; detrás de ella la carretera estaba vacía.
Conforme se acercaba a Grand Anse, pasó de largo tres carreteras secundarias y giró en la cuarta. Tras avanzar unos quinientos metros encontró una pequeña iglesia de ladrillos blancos con un jardín cuidado a la perfección. No había nadie a la vista.
Estacionó el coche, abrió su mochila, sacó las pistolas y las metió en la pistolera. Después salió y comenzó a andar con cuidado hacia la iglesia.
Algunos pájaros se alborotaron, pero ella los ignoró y se concentró en los laterales del edificio en busca de enemigos al acecho.
Finalmente, llegó a la puerta principal de la iglesia y entró. Un sacerdote bastante gordinflón que se encontraba junto al altar se dio la vuelta para hablar con ella.
—¿En qué puedo ayudarte, hija mía? —le preguntó.
—No puede, Padre —dijo Lara—. Pero yo puedo ayudarlo a usted.
—¿Cómo? —preguntó él con curiosidad.
—Salga de aquí.
—¿Perdona?
—Es probable que dentro de unos minutos esto se ponga feo —dijo ella muy seria—. Quiero que se vaya antes de que comiencen los problemas.
—Si va a haber problemas, este es mi lugar —protestó el sacerdote.
Lara sacó una de sus Black Demon.
— Este tipo de problemas, Padre.
Los ojos del sacerdote se abrieron mucho y el hombre tragó saliva con dificultad.
—¿Quién va tras de ti, hija?
—No tengo tiempo de explicárselo —dijo Lara—. Simplemente váyase.
Si el tiroteo comienza mientras esté aquí no podré protegerlo.
Él volvió a mirar las armas.
—Que Dios sea contigo —dijo. Después salió de la iglesia rápidamente.
Lara se acercó al altar y empezó a mover con cuidado una piedra suelta en la esquina del fondo a la derecha. De repente, alguien en el exterior rompió una rama al acercarse a la iglesia.
Lara se tensó, soltó la piedra y sacó las pistolas para apuntar hacia la puerta.
Se oyó un disparo y ella se tiró al suelo detrás del altar. Escuchó cómo unos fragmentos de cristal caían al suelo de piedra y se dio cuenta de que la bala había atravesado una de las ventanas del lateral del edificio, y no la puerta.
Lara respiró hondo, después se puso de pie y disparó ambas pistolas contra la ventana. Sonaron dos, tres, cuatro, cinco tiros de forma casi instantánea, y un hombre gritó de dolor.
Con el rabillo del ojo Lara vio movimiento y se giró hacia la puerta.
Dos hombres acababan de entrar corriendo. Volvió a disparar y le metió una bala entre los ojos al más lento. El otro se agachó tras un banco de madera.
Lara miró hacia arriba, vio un ventilador de techo que giraba perezoso sobre el hombre y disparó tres veces sobre la barra que lo sostenía. La barra se rompió y el ventilador cayó sobre el hombre escondido, que gritó de dolor y sorpresa y se puso en pie de un salto. Una Black Demon le metió cuatro balas calibre .32 en el cuerpo.
Una cara apareció en otra de las ventanas. Lara le disparó una docena de veces y la cara desapareció.
Se arrodilló detrás del altar, sacó cargadores nuevos de la pistolera, los insertó y después escuchó con atención. Cuando oyó arrastrar de pies, se levantó y comenzó a disparar. Tres hombres más cayeron justo en la entrada. Un cuarto se dio la vuelta para huir, se estrelló contra el marco de la puerta, se tambaleó hacia el interior de la iglesia y pagó caro su error, porque Lara lo acribilló a balazos.
Se escondió de nuevo detrás del altar. Una vez comprobó que no se oía ni más ruido ni más disparos, se puso de pie lentamente, miró a su alrededor con cuidado y después se dirigió hacia la puerta con mucha cautela. No había nadie a la vista, sólo los cadáveres apilados junto a la puerta y debajo de las dos ventanas. Debido a su silencio durante la pelea no le cabía ninguna duda de que se trataba de Silenciosos, tal y como había esperado.
Pero si llevaba razón, era sólo el principio.
¿Me habré equivocado? , se preguntó mientras fruncía el ceño. ¿He montado todo esto para nada? ¿Dónde estás?
Pasó por encima de los cadáveres y fue hacia el altar. Tenía que haber una entrada trasera, quizá dos, pero no se atrevía a abandonar la nave principal de la iglesia. Era demasiado posible que entraran más pistoleros y tomaran posiciones defensivas detrás de los bancos.
Se quedó allí de pie, casi inmóvil, con las pistolas fijas en la puerta abierta, durante casi diez minutos. Entonces, finalmente, guardó las pistolas
y volvió a trabajar en la pesada piedra del fondo del altar.
No oyó al hombre barbudo escabullirse a su espalda. Para cuando pudo sentir su presencia y darse la vuelta, el cuchillo ya bajaba hacia ella.
—Gracias por conducirnos hasta el amuleto —dijo el hombre—. Ahora, prepárate a…
Un solo tiro retumbó en la sala, y el tipo voló hacia atrás como si una mula le hubiera dado una coz.
—Casi llego demasiado tarde —dijo Kevin Mason, de pie en la entrada, con una pistola humeante en la mano.
—Gracias, Kevin.
—No podía dejar que te robara el amuleto —contestó Kevin.
—Ya puedes bajar la pistola —le dijo Lara.
—No me has dejado terminar —dijo Mason todavía apuntando a Lara con la pistola—. No podía dejar que te robara el amuleto, porque ese es mi trabajo. Por favor, coge las pistolas muy despacio y después déjalas en el suelo. —Ella se las quitó e hizo como le ordenaba—. Ahora envíalas bajo uno de los bancos de una patada. —Ella las empujó con el pie hasta que estuvieron bajo un banco—. No pareces muy sorprendida, Lara —comentó Mason.
—No lo estoy.
—¿Por qué no te pones junto a esa pared de allí para que no te entre la tentación de saltar a por tus pistolas? Yo terminaré de extraer el amuleto.
Lara fue hacia la pared más alejada de la iglesia mientras Mason, sin dejar de apuntarla, se acercaba al altar.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Lara.
—Por supuesto. Es lo menos que puedo hacer por ti.
—¿Existe realmente un Kevin Mason Júnior?
—Ya no. Lo maté en El Cairo después de llevarte al hospital. Eso es lo que estaba haciendo cuando te dejé durante unas horas para conseguir una habitación en el Mena House.
—¿Porqué?
—Sabía que para que me condujeras hasta el amuleto tenía que convertirme en alguien en quien confiaras. El hijo de Mason era en realidad un ingeniero especializado en construir puentes. Me imaginé que nunca
habrías oído hablar de él. Si no te importa decírmelo, ¿en qué me equivoqué?
—Fueron cosas pequeñas —dijo Lara—. En esos momentos lo achaqué a que estabas bajo presión por todos los “líos clandestinos” de los que no dejabas de quejarte. Después Malcolm Oliver dijo algo en el vuelo de Kenia a Mahé que hizo que todo encajara. —Él la miró con expectación—. Dijo que puede que no supiera nada de arte, ciencia, historia o cultura, pero que si había algo de lo que sí sabía era de su propio negocio.
—Eso no es muy profundo.
—No, pero me puso a pensar. Dijiste que habías examinado cuatro iglesias, pero sólo quedaban dos de la era de Gordon. No sabías que un dhow es una faluca en Egipto. En teoría, el norte de África era tu especialidad y no sabías que Sudán se independizó en 1956. Estudiaste historia sudanesa y nunca habías oído hablar de Siwar, uno de los historiadores más importantes. Habías ido a Jartún varias veces y no sabías dónde estaba el museo que contenía la colección de tu padre. Cualquiera de esos detalles por separado podría excusarse, pero si los sumas está claro que eres un impostor. Y hay algo más. Dijiste que tus fuentes te informaron de que los hombres que nos atacaron en el camión eran mahdistas. Omar descubrió que no lo eran. Eso quiere decir que no tenías ninguna fuente en Jartún.
—Ah, pero sí que tenía fuentes en Jartún —dijo él—. Sólo que no podía revelar su existencia.
—¿Quién eres?
—Soy Khaled Ahmed Mohammed el-Shakir. Pero me puedes seguir llamando Kevin, si quieres… O, dentro de un par de minutos, Mahdi.
—No eres árabe.
—Soy circasiano —dijo él—. Seguro que has oído hablar de nosotros.
—Los árabes de piel clara.
Él asintió.
—Mis padres emigraron a Inglaterra cuando tenía tres años. Crecí allí, me escolaricé allí, hasta me puse un nombre inglés, aunque por supuesto no era Kevin. Pero siempre supe que mi destino, un destino grandioso me esperaba en otra parte. Oí hablar por primera vez del Amuleto de Mareish
hace casi dieciséis años. Entonces me uní a los mahdistas. Cuando supe que la famosa Lara Croft estaba en Edfu, en el Templo de Horus, me imaginé que lo estabas buscando. Entonces, después de buscar entre los escombros sin encontrarlo, me di cuenta de que o me habías vencido o estaba escondido en otro sitio. De cualquier modo, tenía que rescatarte. Si lo habías encontrado, te lo quitaría y te mataría; si no, me haría pasar por el hijo de Mason y te dejaría pensar que éramos socios mientras tú lo buscabas. —Hizo una pausa—. Debo admitir que nunca pensé que estaría en las Seychelles. ¿Cómo sabías que estaría justo aquí, en esta iglesia, dentro de este altar?
—Encontré insinuaciones en las cartas de Gordon a Burton y pistas escondidas en su diario y en los mapas que dibujó. Lo único que hice fue juntar las piezas.
—Me está bien merecido por no leer libros —dijo él. Miró el altar durante un instante y después volvió a mirar a Lara—. Se me ocurre que si uso las dos manos para mover esta piedra tendré que soltar las pistolas. No me gustaría animarte a cometer una imprudencia así que, ¿por qué no vienes aquí y mueves tú la piedra? —Dio unos cuantos pasos atrás—. Soy muy consciente del daño que puede causar ese precioso cuerpo tuyo.
Procura recordar que estoy fuera de tu alcance y que te apunto con una pistola.
—¿Por qué no dejaste que tus secuaces mahdistas lo cogieran por ti?
Él se rió.
—En primer lugar, los has matado a todos. Y, en segundo, no eran mis secuaces. Todos los atentados contra mi vida en El Cairo y Sudán fueron reales. Los Silenciosos me perseguían por la misma razón que a ti. En cuanto a los mahdistas… me encargaron que me acercara a ti, que me ganara tu confianza. Pero no que reclamara el amuleto para mí. —Hizo una pausa y dejó de sonreír—. Al final se dieron cuenta de que pensaba traicionarlos y convertirme en el nuevo Mahdi, en vez de entregarle el amuleto al que ellos eligieran. Ahora mueve la piedra, por favor.
Lara fue hacia allí, puso ambas manos sobre la piedra, afianzó los pies en el suelo y tiró. La piedra cedió y finalmente salió del altar para revelar un amuleto de bronce del tamaño de un posavasos, puede que de unos ocho
centímetros de diámetro. Khaled Ahmed Mohammed el-Shakir lo miró con una profunda fascinación y dio un paso hacia él. Pero cuando se puso a su alcance, Lara lanzó la piedra a la mano que sostenía la pistola. El arma cayó al suelo, y cuando el-Shakir intentó cogerla Lara le dio una patada que la lanzó al otro lado de la iglesia.
—No me obligues a matarte —dijo él en tono amenazador—. Tengo otros planes para ti.
—No te preocupes —dijo ella—. No vas a matarme.
El-Shakir se lanzó contra Lara, pero ella era demasiado rápida para su rival. Se agachó para esquivar sus brazos extendidos y saltó con facilidad sobre un banco. Él giró sobre sí mismo y corrió de nuevo hacia ella; esta vez todo lo que consiguió a cambio de sus esfuerzos fue un izquierdazo al estómago y un derechazo furtivo que le aplastó el cartílago de la nariz.
Él rugió de rabia y le encajó un golpe oblicuo en el hombro. El golpe hizo que Lara girara la cabeza, y el-Shakir le dio un fuerte gancho de izquierda en la mandíbula.
Pensando que el golpe la frenaría lo bastante como para recuperar la pistola, el-Shakir empezó a correr hacia ella, pero Lara vio lo que intentaba hacer. Saltó sobre un banco, corrió por él y se lanzó por el aire. Con los brazos extendidos logró alcanzar lo que quedaba de la barra que sostenía el ventilador que se había soltado antes y se balanceó todo lo que pudo; después se soltó.
Los pies de Lara aterrizaron sobre la espalda de el-Shakir y lo lanzaron de cara contra la pared de la iglesia. Él se tambaleó y después se dio la vuelta para enfrentarse a ella, justo a tiempo para ver cómo volvía a poner la pistola fuera de su alcance de una patada.
Esta vez se acercó a Lara con más cuidado, observando tanto sus manos como sus pies, pero de nuevo ella se le adelantó y le dio una patada en las costillas que lo mandó de espaldas contra la pared.
Cuidado, se dijo a sí misma. Estás demostrándole demasiadas habilidades. Será mejor que le dejes darte unos cuantos golpes o nunca se creerá lo que tienes planeado.
Colocó bien los pies en el suelo y lo esperó. En cuanto se puso a su alcance, bajó la guardia, no mucho, sólo unos cuantos centímetros, pero lo
bastante para ofrecerle una barbilla desprotegida. Él le encajó un amplio derechazo que la mandó dando vueltas hasta chocar con un banco. Se aseguró de que caía sobre él y no se dio prisa en volver a levantarse.
Lo hizo justo a tiempo de recibir una patada en la cabeza; lanzó un par de golpes flojos que dieron en el blanco pero no causaron mucho daño, y se preparó para el fuerte puñetazo que veía venir.
Casi perdió la consciencia cuando el puño se estrelló contra su cara. Tal y como estaba, cayó al suelo y no tuvo que fingir que se encontraba demasiado débil y mareada para volver a ponerse de pie.
—¡Eso ha sido muy estúpido! —dijo él enfadado. Fue hacia el altar, recogió el amuleto y se lo colocó alrededor del cuello—. ¡Por fin!
—Tú ganas —murmuró Lara, todavía en el suelo.
—Y no volveré a perder —frunció el ceño—. Sabes, había algo entre nosotros, algo real. Lo podía sentir —él la miró fijamente mientras ella se limpiaba la sangre de la boca—. Podría haberte convertido en mi reina. —
Puso la mano sobre el amuleto—. Todavía puedo. Ven aquí. —Ella se puso de pie con dificultad y se le acercó—. Me odias, ¿verdad? —dijo él con una sonrisa divertida—. Puedo verlo en tus ojos. —Ella no respondió—. Ahora rodéame con tus brazos y bésame —le ordenó—. Y siéntelo de verdad. —
Ella le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso largo y apasionado—.
Sí —dijo él cuando se separaron—, está claro que no mentían sobre sus poderes carismáticos.
—¿Seré tu reina?
—Me temo que no —dijo él—. Todavía me odias. Nunca podría darte la espalda.
—Te quiero —insistió ella.
—Es el amuleto quien habla. Pero algún día me lo quitaré, para ducharme o para dormir o por cualquier otra razón, y entonces no solo descubrirás que siempre me has odiado, sino que también intentarás encontrar la forma de matarme antes de que me lo vuelva a poner. —La miró con atención—. Pero es cierto que tú me has llevado hasta él. Te debo algo por eso. Di que me aceptas como el Esperado y te recompensaré dejándote vivir.
—Reconozco que eres el Esperado.
—De acuerdo —dijo él—. Has sido la que anunciará a mi Mesías. No te causaré más daño hoy y nada puede dañarme a mí. Partiré hacia Sudán esta misma mañana. Lo mejor será que nunca regreses aquí, porque si nos volviéramos a encontrar te consideraría mi enemiga mortal. —La miró y un brillo fanático pareció extenderse por su hermosa cara—. El Mahdi te da su solemne palabra de honor.
Dicho esto, Khaled Ahmed el-Shakir salió de la Iglesia de Grand Anse con su premio al cuello, dispuesto a reclamar la propiedad del mundo y a limpiar su camino de ascensión al trono con la sangre de todos los que se le opusieran.
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