El amuleto del poder
Capítulo 20
Omar los condujo por una ruta tortuosa mientras la temperatura llegaba hasta los treinta y siete grados, señal de algo mucho peor a mediodía.
Rodearon manzanas de edificios, cortaron por callejones, entraron en el Hotel Aeropole y salieron por una entrada lateral. Después de una hora, el pequeño grupo se detuvo.
—¿Y bien? —preguntó Mason.
—Los hemos perdido a todos menos uno —anunció Omar.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora tú y Lara os vais a trabajar —Omar se volvió a Gaafar—. Ya sabes lo que hacer.
Gaafar asintió y se metió por la puerta abierta de una pequeña fábrica de telas.
—¿Simplemente andamos? —preguntó Mason.
—Correcto —respondió Omar—. Hassam y yo os acompañaremos.
—¿Y qué pasa con el hombre que nos sigue?
—No nos seguirá más cuando llegue a la fábrica de telas —dijo Omar con una sonrisa sin humor.
—Bueno —le dijo Lara a Mason—, ¿dónde quieres ir primero, a la biblioteca, al Museo Nacional o al Etnográfico?
—Supongo que no importa —respondió Mason—. Tarde o temprano tendremos que verlos todos.
—Empecemos con el Museo Nacional, entonces —dijo ella—. Es el más grande de los tres.
—Me parece bien —dijo Mason. Miró a su alrededor—. ¿Por dónde?
—¡Me tomas el pelo! —dijo Lara—. Tu padre contribuyó con el equivalente a dos salas. La Galería Kevin Mason lleva su nombre.
—Estoy desorientado —explicó—. Ha sido al despistar a esos hombres.
Ni siquiera podría decirte dónde está el Nilo.
—Sígueme —dijo Lara liderando la marcha hacia la avenida El Gamaa.
Llegaron a los Jardines Botánicos después de pasar un par de manzanas y un gran edificio de ladrillo se erguía detrás del follaje—. ¿Sabes dónde estamos ahora? —preguntó Lara.
—Por supuesto —dijo Mason.
—¿Venís con nosotros? —le preguntó Lara a Omar.
—Yo sí —dijo Omar—. Hassam vigilará la entrada.
—¿Por qué molestarse? —preguntó Mason—. No puede evitar que nadie entre.
—Te sorprendería lo que puede hacer —contestó Omar.
—Quiero decir que llamaría demasiado la atención.
—¿De quién? —preguntó Omar con una sonrisa.
—¡Ah! —dijo Mason con aprobación—. ¡Ya veo! Causará la suficiente conmoción como para advertirnos y que podamos salir por otra parte.
—De acuerdo —dijo Lara—. Si escucho pelea encontraremos otra salida.
—Y si ya están esperando dentro —añadió Mason— tengo un revólver en la pistolera del hombro, y estoy seguro de que tú llevas tus pistolas bajo esa túnica. Pero dudo que nos ataquen aquí. Tienen que haberse imaginado que, si estamos investigando a Gordon y al Mahdi, todavía no tenemos el amuleto, así que ¿por qué apresurarse cuando todavía les podemos llevar hasta él?
—Esa lógica puede funcionar con los mahdistas —dijo Lara—. Pero no con los Silenciosos.
—¿Los qué? —preguntó Mason.
Lara se lo explicó mientras subían las escaleras de la entrada principal del museo. Omar, Mason y Lara la atravesaron; Hassam se quedó atrás.
—De acuerdo —dijo Lara—. ¿Nos dividimos o lo hacemos juntos?
—Juntos —dijo Omar antes de que Mason pudiera responder—. Si os separáis no puedo vigilaros a los dos.
—Vigila a Lara —dijo Mason—. Yo puedo cuidarme solo.
—Si insistes —dijo Omar—. Nos encontraremos contigo aquí dentro de dos horas.
Mason se fue hacia el otro extremo del museo y Lara se volvió hacia Omar.
—Has aceptado muy deprisa —dijo ella—. Pensaba que querías vigilarnos a los dos.
—Sólo ha sido por buena educación —contestó Omar—. Tú eres la que nos importa, así que te protegeré a ti.
—De acuerdo —dijo ella—. Hace demasiado calor para discutir.
Déjame que mire el directorio del museo. Necesito encontrar lo que tienen de Gordon y el Mahdi y, si es posible, me gustaría ver un mapa de Jartún del año 1885.
Pronto se encontró en la Sala Gordon, que estaba llena de fotos del hombre, medallas que había ganado en China y en Sudán, una proclama que había firmado años antes del sitio en el que consiguió abolir la esclavitud en Sudán, un retrato pintado en su casa de Inglaterra un año antes de ser requerido para defender Jartún y tres manuscritos originales para unas monografías religiosas que había escrito. Su espada y su revólver estaban en vitrinas de exposición, así como tres de sus uniformes. Había hasta una caja de cristal con la silla de montar que usó cuando dirigía la Batalla de Omdurman, y otra con el telescopio con el que había estudiado a las fuerzas del Mahdi al otro lado del río durante el sitio. No había fotos del Mahdi, pero sí una daga con joyas que, decían, le pertenecía, y un par de cartas que había escrito a sus generales. Lara miró las fotografías y objetos que la rodeaban.
—Era todo un personaje, este Gordon. Es asombroso que pudiera resistir tanto tiempo sin ejército, sin artillería, casi sin comida…
—Tenía a su dios —respondió Omar—. Y dicen que su fe era tan grande como la del Mahdi.
—También contaba con el consuelo de saber que en cualquier momento llegaría una columna de relevo —dijo Lara—. La columna llegó dos días después de la caída de Jartún y a Lord Kitchener le llevó doce años recuperar la ciudad. Por supuesto, Gordon no lo sabía. Su información decía que tenía que aguantar sólo unos cuantos días o semanas más hasta que llegara la columna. Puede que perdiera, pero fue un ejercicio militar realmente extraordinario.
—Era un hombre extraordinario. Los dos lo eran. Y los dos estaban convencidos de tener la bendición de Alá.
—Bueno —dijo Lara con un suspiro—, será mejor que vea lo que puedo sacar de todo esto.
Comenzó a examinar cada objeto, cada fotografía con gran concentración. Cuando ya había repasado dos veces toda la habitación en una hora y comenzaba a examinarla una tercera vez, Omar se le acercó.
—¿Qué buscas exactamente? —preguntó—. Quizá pueda ayudar.
—Sólo intento descubrir cómo trabajaba su mente… —dijo ella negando con la cabeza—. ¿Por qué hizo esto en lugar de aquello? ¿Alguna vez dudó de sí mismo o sintió miedo? ¿Sentía respeto o compasión por sus enemigos? ¿Cuándo tuvo la certeza de que no podría salvar Jartún? Y, cuando finalmente lo supo, ¿por qué no intentó al menos salvarse a sí mismo?
—¿Y has descubierto ya algo sobre sus procesos mentales?
—Era más que un simple hombre religioso. Estaba absolutamente seguro de que hacía lo correcto, de que Dios lo dirigiría y lo protegería…
—Hizo una mueca—. Era un gran hombre, pero tenía que ser muy difícil de tratar… especialmente si no le dabas la razón.
Omar observó en silencio tres cuartos de hora más, después se le acercó y le dijo que casi era la hora de encontrarse con Mason.
—De acuerdo —dijo ella—. No hay nada más que aprender aquí.
—¿Tienes alguna idea?
—Todo lo que se me ocurre después de ver la exhibición es examinar todas las iglesias que estaban en pie en 1885. ¿Dónde si no iba a esconder un hombre con semejante fe un objeto que creía propiedad de un servidor del demonio?
—Ya las han registrado.
—Quizá no con la suficiente minuciosidad —dijo Lara—. Probaremos de nuevo. Pero primero tengo que ir a la biblioteca y al Museo Etnográfico.
Salieron al vestíbulo principal y se encontraron con Mason que los esperaba.
—¿Algo interesante? —preguntó.
—La verdad es que no. Sólo que probablemente tengamos que registrar todas las iglesias muy a fondo.
—Ya lo hice antes de ir a Edfu —dijo él—. De todas formas, no nos vendrá mal intentarlo otra vez. Y más nos vale hacerlo bien.
—Bueno, al menos nos servirá de ayuda —dijo Lara.
—¿El qué? —preguntó Mason perplejo—. No lo encontré.
—No, pero sabías dónde buscar… así que debes tener una lista con todas las iglesias construidas antes de 1885 que todavía siguen en pie y sus direcciones.
—¡Maldita sea! —Mason parecía sorprendido—. No me había dado cuenta de lo valiosa que podía resultar la lista. Como no encontré nada en las iglesias, me deshice de ella.
—No hay problema. No debería sernos difícil volver a hacerla.
¿Cuántas iglesias había?
—Cuatro —dijo Mason.
—Podemos buscarlas mañana o pasado —dijo Lara—. Por ahora, creo que deberíamos acercarnos al Etnográfico y ver si tienen algo útil… aunque tengo mis dudas. No habrá nada sobre Gordon, pero puede que tengan algo sobre el Mahdi, y sigo buscando un mapa de Jartún de 1885.
Los tres salieron del museo y Hassam se les unió de inmediato.
—¿Mahdistas? —preguntó Omar.
—Alguno que otro —Hassam se encogió de hombros—. Decidieron no pasar cerca de mí. —Se volvió hacia Lara—. ¿Ha sido productivo el museo?
—Probablemente no —dijo ella—. Tienes que entenderlo, seguimos un rastro terriblemente viejo y frío.
—Lo encontrarás —dijo él con seguridad.
—Agradezco tu confianza, pero puede que no la merezca —dijo Lara
—. Empieza a hacer mucho calor y nos queda un buen trecho hasta el siguiente museo. Vamos a tomarnos algo fresco antes de seguir.
—El restaurante Al Bustan está cerca —sugirió Hassam.
Fueron al restaurante y allí los acomodaron en una mesita. Después, el camarero les tomó nota.
—¿Dónde está Gaafar? —preguntó Lara—. ¿No debería habérsenos unido ya?
—No te preocupes por Gaafar —contestó Omar—. Probablemente esté interrogando al mahdista.
—¿Durante dos horas y media? —dijo Mason.
—Hace unas preguntas muy minuciosas —dijo Omar con una sonrisa divertida.
Llegaron las bebidas y Lara aceptó encantada un té helado.
—Se me olvidó preguntar —dijo—, ¿encontraste algo en el museo?
—La verdad es que no —contestó Mason—. Tú estabas en la Sala Gordon. Yo me limité a vagar por el resto del museo buscando… mierda, no tengo ni idea. Cualquier cosa que encajara en mi cabeza, que me diera una pista.
—Gordon y el Mahdi hacían buena pareja —dijo Lara—. Eran líderes natos, generales brillantes y los dos estaban convencidos de tener a Dios de su lado. En otras circunstancias, puede que hubieran sido grandes amigos, incluso hermanos.
—Lo dudo —dijo Mason—. No creo que ninguno de los dos pudiera tolerar que el otro hablara directamente con Dios.
—Probablemente tengas razón —dijo Lara entre risitas.
—Terminad las bebidas —dijo Omar—. Si nos damos prisa, podréis visitar el Museo Etnográfico y la biblioteca hoy, de forma que mañana podamos comenzar la búsqueda.
—Creo que estás siendo demasiado optimista —dijo Lara—. Ahora mismo sólo se me ocurre buscar en las iglesias y Kevin ya lo ha hecho.
Probablemente no saquemos nada del siguiente museo, y puede que me lleve días examinar los libros o papeles que encontremos en la biblioteca para saber si nos sirven de algo.
—¿Y si no? —le preguntó Hassam.
—Entonces seguiremos estudiando —dijo Lara—. Omdurman está a poca distancia después de cruzar el Nilo. Si no descubro nada en el lugar donde Gordon murió, puede que lo haga en el sitio donde derrotó al Mahdi.
Después de todo, si consiguió el amuleto antes de la Batalla de Omdurman,
quizá nunca lo trajo de vuelta a Jartún. Quizá esté en algún sitio al otro lado del Nilo.
—¿Realmente lo piensas? —le preguntó Omar.
—No lo sé.
—Sé cuánto significa para vosotros y cuánto deseáis encontrarlo —les dijo Mason a los dos sudaneses—, pero nunca olvidéis que, si fuera fácil de encontrar, alguien lo habría hecho ya.
Gaafar se unió a ellos en la puerta del restaurante.
—¿Cómo os ha ido la mañana? —les preguntó.
—Más o menos como esperábamos —contestó Lara—. ¿Cómo te ha ido a ti?
—Ya habíamos notado que los mahdistas saben que estás en Jartún —
dijo Gaafar—. Pero también saben el porqué. Creo que es probable que te dejen tranquila hasta que encuentres el amuleto o los conduzcas hasta él.
—Como habíamos pensado —dijo Lara—. Puede que ahora podamos relajarnos un poquito.
—Salvo por esos asesinos sin lengua de los que me hablaste —dijo Mason.
—He dicho “un poquito” —contestó Lara.
En ese preciso momento, un camión del pan apareció a toda velocidad por la esquina, casi a dos ruedas, se subió al bordillo y se lanzó sobre, ellos.
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