El amuleto del poder
TERCERA PARTE: «Kenia»
TERCERA PARTE:
«Kenia»
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25
Nadie esperaba a Lara en la terminal cuando se bajó del avión. Enseñó su pasaporte al oficial de inmigración y después fue a recoger su equipaje.
En parte esperaba que su bolsa de piel no lograra pasar, pero estaba allí, esperándola.
Miró a su alrededor en busca de Malcolm OH ver, no pudo encontrarlo y finalmente decidió coger un taxi al Hotel Norfolk. Cuando cruzaba las puertas que llevaban desde la zona de recogida de equipaje hasta la entrada del aeropuerto, un hombre bronceado de pelo blanco, con camisa y pantalones cortos color caqui, avanzó hacia ella y le dio un abrazo.
—¡Bienvenida de nuevo! —dijo Malcolm Oliver—. Ha pasado algún tiempo.
—Me alegro de verte —respondió Lara—. Esperaba encontrarte en la puerta.
—Vuelo internacional —dijo él—. No se nos permite reunimos con los pasajeros hasta que hayan pasado por inmigración y la aduana.
—Por supuesto —dijo ella—. Se me olvidó. He tenido muchas cosas en la cabeza últimamente.
—Bueno, ven conmigo y me lo cuentas en la cena. —La miró y frunció el ceño—. Has perdido peso.
—Un poco —reconoció ella.
—El mensaje que recibí era bastante misterioso —dijo Oliver mientras la llevaba hasta su coche—. Un árabe me telefoneó, me explicó que era el tío de Omar (como si esperara que yo supiese quién es Omar) y me dijo que tu vida corría peligro y que me encontrara contigo aquí. Después encontré tu télex, que era mucho menos melodramático pero, por otro lado, nunca habías venido avisando con tan poca antelación. ¿Qué está pasando?
—Hablaremos en el coche o durante la cena —dijo Lara—. No quiero que nos oigan.
—Lo que tú digas.
Llegaron a su Land Rover verde y él le abrió la puerta.
—Coche nuevo, por lo que veo —comentó ella.
—El mismo que el viejo, pero con muchos menos safaris a sus espaldas
—respondió Malcolm—. Capota desmontable, tracción a las cuatro ruedas… —metió la mano bajo el asiento y sacó con cuidado una Magnum
.44—. Y esto.
Ella sonrió.
—¿Por qué iba a ser yo la única con armas ilegales?
—Oh, yo voy de legal —respondió él—. Pasé un año en la policía allá por el setenta y ocho, justo después de que acabaran con la caza. Nunca llegué a dimitir del todo, así que tengo permiso para llevarla.
—¿Qué quieres decir con que nunca dimitiste del todo? —preguntó ella mientras salían del aeropuerto y se metían en la calle Langata.
—No era lo bastante corrupto para esa administración en concreto —
contestó él—. Así que, después de que arrestara a algunos políticos, me pidieron que me tomara un permiso. Ya ha pasado un cuarto de siglo y nadie me ha llegado a despedir, así que sigo estando oficialmente dentro del cuerpo. Hasta he llegado a hacer algún arresto ocasional en el Northern Frontier District, cuando unos bandidos somalíes pararon mi coche para intentar robar a mis clientes.
—Mantenla cargada —dijo ella con un gesto hacia la pistola—. Puede que tengamos que enfrentarnos a peores cosas.
—Con mucho gusto —dijo Oliver—. Me podrás decir a qué cosas dentro de un momento.
—¿Por qué frenas? —le preguntó ella—. El Norfolk está a quince o veinte minutos de aquí.
—Necesitas poner más carne en esos huesos tuyos —le dijo Oliver—.
Vamos a parar aquí.
—¿Dónde es aquí?
—El Carnivore —dijo él—. Te traje aquí en tu último safari,
¿recuerdas?
—Sí —dijo ella—. Me encantó. Pero fuimos por la noche. No sabía que estuviera tan cerca del aeropuerto.
Oliver estacionó y la acompañó hasta una mesa en el exterior. Había un enorme asador de estilo brasileño y al menos doce piezas de caza de distintos tipos cocinándose sobre él. Olía tan bien y llevaba tantos días hambrienta que Lara temía empezar a babear.
—¿Qué quieres beber? —le preguntó Oliver mientras se acercaba el camarero.
—Sólo un refresco de cola o de naranja. —Él pidió dos gin-tonics y una Coca-Cola, y el camarero se acercó al bar a pedirlo—. ¿Dos? —dijo ella levantando una ceja.
—La otra es para ti, por si acaso cambias de idea.
—No va a pasar. No bebo… e incluso si lo hiciera, necesito tener todos mis sentidos alerta.
—Quizá vaya siendo hora de que me digas de qué va todo esto —dijo Oliver—. Tenía la esperanza de que intentaras alistarme para ir en busca de las Minas del Rey Salomón, como estuvimos hablando.
—Quizá la próxima vez —dijo ella.
Después comenzó a contarle todo lo que había sucedido desde que Kevin Mason la encontrara enterrada entre los escombros bajo el Templo de Horus y la llevara al Hospital de El Cairo. Tuvo que interrumpirse bastantes veces, porque los camareros iban y venían de la mesa, cada uno con un tipo de carne diferente en una brocheta. Ella escogió impala, gacela de Thomson y hartebeest, de los que se fueron cortando tajadas por turnos, pero pasó de la cebra y el cocodrilo. Terminó su historia más o menos a la vez que terminaban de comer. Oliver pagó la cuenta, se levantó y fue con ella hasta el coche de safari. Poco después conducían por el centro de la gran ciudad, pasando por el Centro Internacional de Conferencias Kenyatta, el Hotel New Stanley y el Tribunal Supremo, todos los sitios que le resultaban familiares.
—Es difícil de creer que Nairobi no fuera más que un par de chabolas de hojalata en 1895 —comentó Lara—. Me pregunto si alguna otra ciudad habrá crecido tanto en tan poco tiempo.
—Era diminuta por aquel entonces —coincidió Oliver—. El problema es que ahora es demasiado grande. Todos vienen aquí en busca de trabajo.
Aquí viven unos tres millones de personas y el suministro de agua y el
sistema de alcantarillado se construyeron para soportar menos de la mitad de esa cantidad.
—¿Qué pasa entonces?
—Lo que pasa es que muchos de esos pobres bastardos viven en una miseria que no se merece nadie —dijo él con un suspiro—. Ojalá pudiera ayudar pero, ¿qué puede hacer un guía de safaris?
—Bueno —contestó Lara—, si alguna vez vamos en busca del tesoro de Salomón y lo encontramos de verdad, podrás darle un buen uso a tu parte.
—Supongo que cosas peores se podrían hacer con ella —coincidió él.
Oliver giró por la calle Harry Thuku y se detuvo delante del venerable Norfolk un momento después. Le abrió la puerta a Lara y después le dio una propina a un mozo para que le estacionara el coche.
—Creo que tienen una habitación para mí —dijo Lara al llegar al mostrador de recepción—. Mi nombre es…
—La recuerdo de su última visita, Memsaab Croft —dijo el recepcionista—. Y tenemos una cabaña para usted, no una habitación. Con dos dormitorios, como el señor Oliver solicitó.
Ella miró a Oliver sorprendida.
—No sabía cuál era el problema —dijo él—. Pero sabía que no venías de safari. Vivo en Ngong Hills, a unos dieciséis kilómetros de aquí. Si vas a necesitar ayuda urgente, puedo quedarme aquí.
—Eso ha sido muy considerado por tu parte —dijo ella—. Pagaré todos tus gastos.
—Demasiado tarde —contestó él con una sonrisa—. Ya he pagado tres noches.
—¿Qué más puede hacer una chica? —dijo Lara—. Tú ganas. —
Apareció un botones e intentó cogerle el bolso de viaje—. Lo llevaré yo misma —dijo ella.
—Pero… —comenzó el hombre.
—Te daremos tu propina de todas formas —dijo Oliver en suahili—.
Pero la señorita siempre lleva su propio bolso.
El portero los miró como si estuvieran locos, pero finalmente se encogió de hombros y los condujo a través de un patio, pasando un aviario, hasta su cabaña.
—Cabaña número cinco —anunció él—. Se la conoce como la Cabaña de los Escritores. Muchos autores famosos se han alojado aquí: Ernest Hemingway, Robert Ruark, Daniel Mannix…
—Seguro que será perfecta —dijo Lara antes de que pudiera continuar con su letanía de escritores.
El botones abrió la puerta, los hizo pasar y se paseó por la cabaña para enseñarles dónde estaban los interruptores de la luz y de los ventiladores, hasta que Oliver le dio su propina y se marchó.
—¡Qué placer estar de vuelta aquí! —dijo Lara mientras se dejaba caer en una silla tamaño extra—. Un vuelo sin incidentes, una gran comida y ahora estoy en el Norfolk. No me había sentido tan segura en mucho tiempo.
—No estás tan segura —dijo Oliver.
—¿De qué estás hablando, Malcolm? —preguntó Lara—. ¡Esto es el Norfolk! No sé nada sobre los escritores, pero aquí se han alojado los presidentes americanos y la realeza británica desde los días de Teddy Roosevelt. ¿Dónde vamos a encontrar más seguridad?
—Supongo que no sabías que la parte delantera de este lugar voló en pedazos cuando unos fanáticos colocaron una bomba en el día de Año Nuevo de 1981 —dijo Oliver—: Lo reconstruyeron para que tuviera el mismo aspecto de siempre, pero no es precisamente a prueba de ataques. De hecho, me siento un tanto incómodo aquí porque te has registrado con tu verdadero nombre. Los chicos malos ya deben de saber dónde estás.
—Te lo dije: los chicos malos no me molestarán hasta que encuentre el amuleto —dijo ella—. Son los chicos buenos los que intentan matarme.
—Esa es mi Lara —dijo él—. Lo único que he hecho yo es cazar elefantes furiosos, leones devoradores de hombres y demás. Tú eres la que lleva una vida emocionante.
—En estos momentos podría conformarme con un poco menos de emoción.
—Bueno, con un poco de suerte tendrás tres días para descansar y relajarte antes de salir hacia las Seychelles.
—Ojalá sea así —dijo ella.
Dieron una vuelta y hablaron de los viejos tiempos durante otra hora, después fueron a la tienda de regalos a comprar los muy necesarios útiles de baño. Cuando regresaron a la cabaña, Lara encontró el albornoz que suministraba el hotel, lo puso sobre la cama y después se llevó al cuarto de baño la pasta de dientes y los cepillos que habían comprado.
—Me quedo con el azul —dijo ella—. Tú puedes quedarte con el rojo.
—Lo que tú digas —contestó Oliver desde la otra habitación.
Ella puso los cepillos de dientes en el armario de las medicinas, se lavó las manos y la cara, se volvió hacia la puerta… y se quedó helada.
—Malcolm —dijo en voz muy baja.
—Habla más alto —contestó él—. No te oigo.
—Malcolm, ven aquí… ¡rápido! —Él se levantó y fue hacia el baño, que todavía tenía la puerta abierta—. ¿Es peligrosa? —le preguntó Lara.
Oliver miró a la serpiente enrollada en el suelo entre ellos.
—¡No te muevas! —dijo él con brusquedad.
—¿Qué es?
—Una mamba negra —contestó él—. Es la serpiente más mortífera de África. —La serpiente, molesta por sus voces, comenzó a levantar la cabeza. Lara miró a sus fríos ojos reptiles, casi hipnotizada durante un segundo—. ¡Será mejor que coja la Magnum! ¡No la pongas nerviosa!
Salió por la puerta antes de que Lara pudiera decirle que le pasara las pistolas que guardaba en el bolso. La mamba siseaba y levantaba la cabeza cada vez más. Lara, muy lentamente, empezó a agacharse. La cabeza de la serpiente descendió para mantener los ojos al mismo nivel que los de ella.
Cuando vio que podía alcanzar su bota sin hacer ningún movimiento brusco, Lara bajó la mano derecha y sacó el Escalpelo de Isis con mucha suavidad. Se enderezó y de nuevo la mamba levantó la cabeza. La serpiente estaba a poco más de medio metro de distancia, dentro de su rango de tiro.
Pero yo también estoy dentro de su rango de tiro, pensó.
Levantó la mano izquierda muy despacio. La serpiente la observó sin pestañear. Había una caja de pañuelos en el lavabo. Con muchísimo cuidado, sacó uno de ellos de la caja y lo movió lentamente hacia la mamba hasta que esta volvió a sisear. Entonces se tensó y soltó el pañuelo. El pañuelo revoloteó hacia el suelo y la mamba atacó… y mientras los
mortíferos colmillos de la serpiente atravesaban el papel, Lara la cogió por detrás de la cabeza con la mano izquierda y le clavó la daga con todas sus fuerzas bajo la mandíbula. La hoja atravesó la lengua de la mamba y le salió por la parte superior de la boca, cerrándosela. Comenzó a retorcerse entre sus manos, pero era incapaz de clavarle los colmillos. Lara golpeó la cabeza de la serpiente una y otra vez contra el duro filo de esmalte del lavabo.
Llegado cierto punto se dio cuenta de que el reptil llevaba muerto algunos segundos y sólo se sacudía espasmódicamente. Salió a la puerta de la cabaña, le sacó el Escalpelo de Isis y tiró la mamba muerta al patio de piedra. Oliver llegó menos de un minuto después con la Magnum en la mano y vio la serpiente muerta.
—Lo siento —dijo—. Esos bastardos me dejaron el coche a una manzana de distancia.
—No es posible que haya llegado hasta aquí arrastrándose sola,
¿verdad? —preguntó Lara haciendo un gesto hacia la mamba.
Oliver negó con la cabeza.
—No se han visto mambas en la ciudad desde hace años. De hecho, cada vez son más difíciles de encontrar. —Levantó el cuerpo de la serpiente
—. Será mejor que la tire a la basura antes de que todos los huéspedes huyan aterrados. —Cogió la mamba y se la llevó; volvió unos minutos después—. En fin, nada bueno nos va a pasar aquí —dijo—. Saben dónde estás. Será mejor que cojas tu bolso de viaje. Si quieren tener una segunda oportunidad primero tendrán que encontrarte, y conozco este país mejor que nadie.
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