El amuleto del poder

Mike Resnick · Capítulo 24 de 36

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El amuleto del poder

Capítulo 23

Alguien llamó a la puerta de Lara.

—¿Estás despierta? —Era la voz de Mason.

—Un minuto —dijo ella mientras se levantaba del sofá en el que se había quedado dormida leyendo un libro. Fue a la puerta y la abrió.

—Son las tres de la tarde —dijo Mason—. ¿Pensabas pasar el día durmiendo?

—Estuve en pie toda la noche leyendo —dijo ella—. ¿Has salido?

—Sí —dijo Mason—. Me he comprado una pequeña Beretta calibre 22; la tengo escondida en el cinturón.

—Si disparas a alguien con eso, sólo conseguirás ponerlo furioso —dijo Lara—. ¿Por qué no escogiste un AK-47? Los venden en casi todos los callejones de la ciudad.

—Porque no podía esconderlo bajo el abrigo —admitió él incómodo.

—No queremos meternos en una guerra a tiros con un millón de mahdistas —siguió ella—. El único propósito de tener una pistola es asustar a la gente o hacerles pensar en las consecuencias de dispararte. Si no pueden verla, difícilmente servirá como elemento disuasivo.

—No estoy de acuerdo —dijo Mason—. No me interesan los elementos disuasivos portátiles. El único propósito de una pistola es matar a tus enemigos.

—Si empiezo a matar a mis enemigos, en dos minutos convierto esta megalópolis en el pueblo más pequeño que hayas visto nunca —dijo Lara.

—Nadie te hará daño —dijo Mason—. No dejé que pasara en Egipto y no dejaré que pase aquí en Sudán.

—En El Cairo no podía defenderme —contestó Lara—. Quien me ataque ahora sabrá lo que es estar en una pelea.

—No me cabe duda —dijo Mason—. Pero me parece una lástima…

—¿El qué?

—Atacarte.

—Lo tomaré como un cumplido.

—Lo era —dijo Mason.

—Gracias.

Él la miró fijamente durante unos momentos.

—Si permites que te lo diga —comenzó—, creo que eres…

—Para —lo interrumpió ella levantando una mano—. No puedo manejar más de un cumplido al día cuando hay gente intentando matarme.

Él se rió.

—De acuerdo. Pero, cuando esto acabe, creo que podría enseñarte lo romántico que puede llegar a ser un arqueólogo.

—Cuando esto acabe, puede que me interese averiguarlo —contestó Lara.

Se produjo un silencio incómodo. Después Mason siguió hablando.

—Entonces, ¿qué lectura te ha mantenido despierta toda la noche?

—Una serie de cartas de Gordon a Sir Richard Burton.

—¿El explorador?

—Y el hombre que tradujo “Las mil y una noches” —dijo ella—. En cualquier caso, Gordon se refiere más tarde a una de las cartas y menciona que lo que dijera en ella le había hecho pensar, y hasta había escrito un artículo sobre ello. Esperaba que fuera algo sobre su lugar preferido de Jartún, algo que nos pudiera llevar hasta el amuleto.

—¿Pero no lo era?

Ella negó con la cabeza.

—Por lo que veo era sólo un folleto religioso, nada que ver con Jartún.

Todavía lo estoy buscando… pero estos libros son realmente gordos. Este

—sostuvo en alto el libro que había robado— tiene mil trescientas páginas y dos de los otros ni siquiera tienen índices.

—Si es sólo un panfleto religioso, ¿por qué molestarse?

Porque el amuleto me dijo que lo hiciera. Pero si lo digo en voz alta, los creyentes me matarán y los no creyentes me encerrarán en el loquero.

Hablaron unos minutos más para decidir cuál sería la siguiente investigación, qué partes de la ciudad debían explorar. Mason volvió a mencionar que pensaba visitar la Oficina de Información para intentar conseguir una lista de todas las estructuras de Jartún anteriores a 1885.

—Sería imposible hacerse con una lista así en la mayoría de las ciudades del tercer mundo —dijo Mason—. Pero 1885 fue el año más importante de la historia de Jartún, así que puede que haya un registro en alguna parte.

—Por lo que me ha contado Omar, creo que él piensa que el año más importante fue 1956 —sugirió Lara.

—¿Por qué 1956? —preguntó Mason.

—La independencia.

—Oh, claro. —Mason se puso de pie—. Bueno, si voy a conseguir esa lista será mejor que empiece ya. —Fue hacia la puerta y después se dio la vuelta—. ¿Cena?

—Estaré demasiado ocupada leyendo.

Él parecía decepcionado.

—Te veré mañana, entonces —dijo antes de dejar la suite.

Lara volvió a coger el libro y pasó unas cuantas horas más leyendo y releyendo la correspondencia entre Gordon y Burton, sin darse cuenta de que no sólo se había pasado el desayuno y el almuerzo durmiendo, sino que además también se había saltado la hora de la cena. Quizá por decimoquinta vez desde que volviera de su visita nocturna a la biblioteca, leyó la carta del 3 de junio de 1883.

No lo entiendo, pensó con frustración. ¡Aquí no hay nada! Sólo habla de religión. No dice ni una palabra sobre Jartún ni sobre ti.

Y la respuesta llegó del viento, a través de las contraventanas abiertas: Piensa, Lara Croft. Usa el cerebro y piensa.

Volvió a coger el libro y leyó la carta una vez más. Pero esta vez, mientras leía, parpadeó varias veces, frunció el ceño, apartó la mirada y volvió a leerla… Y, de repente, cogió los otros libros y comenzó a pasar páginas hasta que encontró lo que buscaba.

—Vaya, ¿qué te parece? —murmuró cuando acabó de leerlo—. ¡Ese astuto demonio de Gordon! Ahí está, en blanco y negro, donde todo el que lo leyera pudiera averiguarlo y nadie lo logró nunca —sonrió triunfante—.

¡Hasta esta noche!

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