El arpa de hierba
El arpa de hierba
Truman Capote
El arpa de hierba
Traducción de Joaquín Adsuar
Debolsillo
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A Miss Sook Faulk.
En recuerdo de afectos
profundos y verdaderos.
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1
¿Cuándo oí hablar por primera vez del arpa de hierba? Bastante antes del otoño ya vivíamos en el cinamomo, así que debió de ser a principios del otoño. Y, naturalmente, fue Dolly quien me lo dijo. Nadie más pudo tener la ocurrencia de llamar a aquello un arpa de hierba.
Si al salir del pueblo se toma el camino de la iglesia, pronto se deja atrás una deslumbrante colina de lápidas blancas como huesos y oscuras flores resecas: el cementerio baptista. Nuestros parientes, los Talbo y los Fenwick, están enterrados allí; mi madre al lado de mi padre, y las tumbas de nuestros familiares, veinte o más, los rodean como las raíces de un árbol pétreo. A los pies de la colina se extiende una pradera que cambia de color con las estaciones. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta del sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastradas por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.
Tras esa pradera empieza la oscuridad del bosque de River. Debió de ser en uno de aquellos días de septiembre, mientras nos hallábamos en el bosque recogiendo raíces, cuando Dolly me dijo:
—¿Lo oyes? Es el arpa de hierba, que siempre nos cuenta algo nuevo...
Lo sabe todo de la gente de la colina, de los que vivieron antes aquí. Y
cuando nosotros estemos muertos, también contará nuestra historia.
Tras la muerte de mi madre, mi padre, viajante de comercio, me envió a vivir con sus primas, Verena y Dolly Talbo, dos hermanas solteronas. Hasta entonces ni siquiera se me había permitido ir a visitarlas. Por razones que nadie supo nunca con certeza, Verena y mi padre no se dirigían la palabra.
Probablemente, mi padre le pidió dinero prestado y ella se lo negó. Es posible, también, que Verena le hiciera un préstamo y él no se lo devolviera.
Lo cierto es que se trató de un asunto de dinero, pues ninguna otra cosa les hubiera importado tanto, sobre todo a Verena, que era la persona más rica del pueblo. La droguería, la tienda de comestibles, la mercería, la gasolinera, un edificio de oficinas, todo era suyo, y su riqueza no hacía que fuera una mujer de trato fácil, precisamente.
Bien, el caso es que papá había dicho que jamás pondría los pies en su casa. Contaba cosas terribles de las señoritas Talbo. Uno de los chismes que hizo circular, y que pronto se extendió por todas partes, fue que Verena era morfinómana. En cuanto a Dolly, lo que dijo de ella fue tan ridículo que hasta a mamá le pareció demasiado y le dijo a mi padre que debería avergonzarse de burlarse de aquel modo de dos personas tan amables e inofensivas.
Creo que mis padres estaban muy enamorados. Cada vez que él tenía que irse de viaje para vender sus frigoríficos, ella se echaba a llorar. Cuando se casaron mi madre sólo tenía dieciséis años, y murió antes de cumplir los treinta. La tarde en que murió, mi padre, sin dejar de gritar su nombre, se arrancó la ropa y se puso a correr desnudo por el jardín.
Verena vino a casa al día siguiente del entierro. Recuerdo el terror con que la vi aproximarse, andando por la acera, una mujer bonita, flaca como un palo, con el pelo corto y medio canoso, cejas oscuras casi masculinas y pómulos delicados. Abrió la puerta principal de la casa y entró en ella sin vacilar. Desde el día del funeral, papá se había pasado el tiempo
destrozando todo lo que caía en sus manos, pero no con rabia sino más bien con calma, concienzudamente. Entraba en el salón, tomaba una figura de porcelana, la observaba unos instantes, pensativo, y después la estrellaba contra la pared. El suelo y las escaleras estaban llenos de trozos de cristal y de cubiertos arrojados al azar, y un camisón de mi madre colgaba desgarrado del pasamanos.
Los ojos de Verena recorrieron rápidamente aquel caos.
—Eugene, he venido para hablar contigo —le dijo con su voz cordial, fríamente exaltada.
—Sí, Verena, siéntate. Suponía que vendrías —repuso papá.
Aquella misma tarde, Catherine Creek, la amiga de Dolly, se presentó en casa y recogió mi ropa. Papá me llevó en el coche hasta la casa impresionante y sombría de Talbo Lane. Cuando iba a bajar del coche trató de abrazarme, pero tenía miedo de él y aparté sus brazos. Ahora siento de veras que no nos abrazáramos. Porque sólo unos días después, cuando iba camino de Mobile, su coche derrapó y fue a precipitarse en las aguas del Golfo desde una altura de veinte metros. Cuando volví a verlo, le habían puesto dólares de plata en los ojos para que se le cerraran con el peso.
Excepto para comentar que era muy bajito para mi edad, nadie me había prestado hasta entonces la menor atención. Pero ahora todo el mundo me señalaba y comentaba: ¡Qué pena! ¡Pobrecito Collin Fenwick! Yo trataba de parecer apesadumbrado y triste porque sabía que eso los complacía. La gente era amable conmigo, me invitaba con helados o me regalaba cajas de golosinas. Y en la escuela, por primera vez en mi vida, obtuve notas excelentes. Así que pasó bastante tiempo hasta que me calmé lo suficiente para darme cuenta de la existencia de Dolly Talbo.
Y cuando lo hice, me enamoré.
Es fácil imaginar lo que debí de ser para ella al principio de llegar a su casa: un chiquillo de once años entrometido y ruidoso. Se ponía nerviosa al oír el sonido de mis pasos, y cuando no lograba evitarme parecía replegarse en sí misma rápidamente, como los pétalos de un tímido helecho. Era una de esas personas capaces de disfrazarse de objeto en una habitación, o de sombra en un rincón, y cuya presencia es un delicado acontecimiento.
Llevaba siempre zapatos silenciosos y vestidos sencillos y virginales que le llegaban hasta los tobillos. Pese a ser mayor que su hermana, parecía alguien que, como yo, hubiera sido adoptado por Verena. Impulsados y guiados por la gravedad del planeta Verena, girábamos los dos, en órbitas separadas, por el espacio exterior de la casa.
En la buhardilla, un desordenado museo poblado fantasmagóricamente por los viejos maniquíes de la mercería de Verena, había muchas tablas sueltas en el suelo y, separándolas un poco, yo podía mirar en el interior de casi todas las habitaciones de la casa. El cuarto de Dolly, al contrario que el resto de la casa, lleno hasta rebosar de muebles pesados y severos, sólo contenía una cama, un escritorio y una silla. Podría haber servido de celda a una monja, excepto por un detalle: todo en él, incluso las paredes y el suelo, estaba pintado de un llamativo color rosa. Siempre que me ponía a espiar a Dolly, estaba haciendo una de estas dos cosas: de pie, frente al espejo, con unas tijeras de jardinería en la mano, cortaba mechones de su pelo, rubio y canoso, que por cierto llevaba ya bastante corto; y cuando no hacía esto, escribía a lápiz en un bloc de cartas de papel grueso. Humedecía continuamente el lapicero con la punta de su lengua y, de vez en cuando, pronunciaba en voz alta una frase antes de escribirla: Las golosinas ni siquiera debe tocarlas, puede estar segura de que los caramelos o la sal acabarán, ciertamente, por causar su muerte. Ahora puedo decir que lo que escribía eran cartas, pero al principio aquella correspondencia me intrigaba.
Al fin y al cabo, su única amiga era Catherine Creek; no recibía visitas y no salía jamás de su casa, excepto un día a la semana en que se iba con Catherine al bosque de River para recoger los ingredientes de un remedio contra la hidropesía que Dolly preparaba y embotellaba. Después supe que Dolly tenía muchos clientes para ese remedio en todo el estado y que a ellos, precisamente, escribía las cartas.
La habitación de Verena, que comunicaba con la de Dolly por un corredor interior, estaba amueblada como si se tratase de una oficina. Había un escritorio de tapa de persiana, una biblioteca llena de libros de contabilidad y archivadores. Después de cenar, con una visera verde sobre los ojos, Verena se sentaba frente al escritorio y sumaba cifras y pasaba una tras otra las páginas de sus libros de contabilidad; a veces seguía incluso después de que se hubieran apagado las farolas de la calle. Aunque mantenía ciertas relaciones en términos diplomáticos y políticos con bastantes personas, la verdad era que Verena no tenía auténticos amigos.
Los hombres le temían y ella parecía temer a las mujeres. Algunos años antes mantuvo relaciones bastante estrechas con una joven rubia y alegre llamada Maudie Laura Murphy, que durante cierto tiempo trabajó en la oficina de correos y acabó casándose con un viajante de licores de San Luis.
La boda pareció sentarle bastante mal a Verena, que no tuvo pelos en la lengua y llegó a decir públicamente que aquel hombre era una nulidad. Por eso sorprendió a todos que, como regalo de boda, le pagara a la pareja su viaje de luna de miel al Gran Cañón. Maudie y su marido no regresaron.
Abrieron una estación de servicio en las proximidades del Gran Cañón y, de vez en cuando, enviaban a Verena algunas instantáneas suyas. Estas fotos eran para Verena, al mismo tiempo, un placer y una pena. Había noches en que Verena no abría los libros de contabilidad pero igualmente se sentaba frente al escritorio, con la cabeza apoyada en las manos, y contemplaba la
serie de fotos que había extendido sobre la mesa. Después de recogerlas, se ponía a pasear de un lado a otro por su habitación, con las luces apagadas, y a veces dejaba escapar un sonido, una especie de grito de dolor repentino y contenido, como si hubiera tropezado y caído en la oscuridad.
La parte de la buhardilla desde cuyo suelo hubiese podido ver la cocina, estaba protegida contra mi curiosidad, pues se encontraba llena de pesados baúles, grandes como balas de algodón. Y en aquellos días la cocina era, precisamente, el lugar que más me hubiera gustado espiar: era, en la práctica, la sala de estar de la casa, y allí Dolly se pasaba la mayor parte del tiempo charlando con su amiga Catherine. Huérfana desde niña, Catherine fue contratada por Uriah Talbo, y las tres, ella, Dolly y Verena, habían crecido juntas. Catherine llamaba a Dolly Corazoncito, pero Verena era simplemente Ésa para ella. Catherine vivía en el jardín trasero de la casa, en una pequeña casita de tejado de cinc que relucía como si fuera de plata, situada entre girasoles y rodeada de espalderas con espesas matas de habichuelas. Proclamaba que era india, lo que hacía que la gente se sonriera burlona, pues era tan negra como los ángeles de África. Por lo que yo sé, su afirmación podía ser cierta, y la verdad era que vestía siempre como si fuera india. Llevaba al cuello un collar de cuentas de color turquesa y en sus mejillas, que brillaban como las luces traseras de un automóvil, había colorete más que suficiente para hacerte entornar los ojos. Le faltaba la mayor parte de los dientes y se rellenaba los carrillos con algodón en rama.
Verena solía decirle: “Maldita sea, Catherine, si no eres capaz de pronunciar un sonido comprensible, ¿por qué diantre no bajas a ver al doctor Crocker para que te ponga algunos dientes en la boca?”.
La verdad es que costaba mucho trabajo comprender lo que decía Catherine, y sólo Dolly estaba en condiciones de entender y traducir las palabras oscuras y entrecortadas de su amiga. A Catherine le bastaba con
que Dolly la entendiera: siempre estaban juntas y todo lo que tenían que decir se lo decían entre ellas. Pegando la oreja a una grieta del suelo de la buhardilla podía escuchar el exasperante murmullo de sus voces como un espeso jarabe que se filtrara a través de la vieja madera.
Para alcanzar la buhardilla había que utilizar una escalera de mano en el cuartito de la ropa, en el techo del cual había una trampilla. Un día, cuando iba a subir, vi que la trampilla estaba abierta, me puse a escuchar y oí ese curioso rumor que suelen hacer las niñas cuando juegan solas. Iba a dar media vuelta cuando el murmullo cesó y una voz dijo:
—¿Catherine?
—Soy Collin —respondí, y aparecí ante ella.
El copo de nieve que era el rostro de Dolly mantuvo su forma; por una vez no se disolvió.
—Vaya, conque es aquí donde te metes... Estábamos intrigadas.
Su voz era frágil y arrugada como un tejido de papel. Tenía los ojos de una persona bien dotada, amables y transparentes, luminosos y verdes como jalea de menta. Al mirarme en la semipenumbra de la buhardilla parecía admitir que no temía daño alguno de mi parte.
—¿Vienes a jugar aquí, a la buhardilla? Ya le había dicho a Verena que te sentirías solo. —Se detuvo un momento y siguió hurgando en las profundidades de un barril.— Acércate —continuó—, puedes ayudarme buscando en este otro barril. Trato de encontrar un castillo de coral y una bolsa con cuentas de colores. Creo que esto le gustará a Catherine, una pecera..., ¿no te parece? Para su cumpleaños. Teníamos una pecera con peces tropicales... Unos diablos, eso es lo que son. Se comen los unos a los otros. Recuerdo perfectamente el día que los compramos, fuimos todos hasta Brewton... Cien kilómetros, nada menos. Nunca me había alejado tanto de aquí. Y no creo que vuelva a hacerlo. ¡Ah, aquí está el castillo!
Poco después encontré las cuentas, que eran como granos de maíz o pequeños caramelos de colorines, y le dije:
—Toma un caramelo.
Le ofrecí la bolsa.
—¡Muchas gracias! Me gustan los caramelos aun cuando sepan a piedra.
Nos hicimos amigos Dolly, Catherine y yo. Tenía once años y de repente tuve dieciséis. Aunque no conseguí notas demasiado brillantes, fueron unos años muy agradables.
Nunca invité a nadie a casa ni tuve ganas de hacerlo. Una vez acompañé a una chica al cine, y cuando volvíamos me preguntó si podía entrar un momento en casa para tomar un vaso de agua. Si hubiera pensado que era cierto que tenía sed, le hubiera dicho que sí, pero sabía que estaba fingiendo y que lo único que deseaba era entrar, como todos, de modo que le dije que era mejor que esperara hasta llegar a su casa. Ella me dijo:
—Todo el mundo sabe que Dolly Talbo está chiflada, y tú también lo estás.
La chica me caía bien, desde luego, pero eso no evitó que le diera un buen empujón; ella me dijo que su hermano me ajustaría las cuentas, y vaya si lo hizo: aquí exactamente, en la comisura de la boca, tengo todavía una cicatriz en el lugar donde me golpeó con una botella de refresco.
Yo ya sabía lo que se decía por ahí: que Dolly era la cruz de Verena y que en la casa de Talbo Lane ocurrían cosas que nadie podía imaginar. Es posible. Pero fueron unos años muy agradables y felices.
En las tardes de invierno, tan pronto como regresaba de la escuela, Catherine abría presurosa un tarro de conserva, mientras Dolly colocaba en el hogar una enorme cafetera y metía una fuente de bizcochos en el horno, y éste, al abrirlo, dejaba escapar la fragancia de la vainilla caliente. Y es que
Dolly, que se alimentaba casi exclusivamente de dulces, siempre estaba haciendo pasteles, bizcochos o cualquier clase de repostería. Dolly jamás tomaba verdura, y la única carne que le gustaba eran los sesos de pollo, del tamaño de un guisante y que desaparecen antes de haberles tomado el gusto.
Gracias al horno y al hogar de leña, la cocina estaba caliente como una estufa. Lo más que conseguía el invierno era helar por fuera los cristales de las ventanas con su azulado hálito glacial. Si algún mago me ofreciera hacer realidad un deseo, le pediría una botella llena de las voces que resonaban en aquella cocina, de los murmullos y el crepitar del fuego, una botella llena a rebosar del olor dulce y mantecoso de la pastelería... Aun cuando, todo hay que decirlo, Catherine olía como una cerda en primavera. Más que una cocina, parecía una acogedora sala de estar, con un felpudo de punto en el suelo y mecedoras, fotografías de gatitos, una de las manías de Dolly, en las paredes, una maceta de geranios que florecían una y otra vez a lo largo del año, y los peces de colores de Catherine en su redonda pecera, sobre la mesa cubierta con un mantel de hule, asomando sus colas como estandartes por las puertas del castillo de coral. A veces jugábamos a completar rompecabezas, dividiéndolos en secciones, y Catherine escondía algunas piezas si se daba cuenta de que íbamos a terminar antes que ella. O me ayudaban en mis deberes escolares, lo que siempre acababa en el mayor desorden.
Las cosas de la naturaleza no tenían secretos para Dolly. Poseía la misteriosa inteligencia de una abeja que sabe siempre dónde encontrar las flores más dulces; era capaz de avisar de la llegada de una tempestad con un día de antelación, predecir la cosecha de la higuera, dar con setas y colmenas silvestres o hallar un nido escondido con huevos de pintada.
Miraba a su alrededor y sentía lo que no veía. Pero en lo que se refería a mis deberes escolares, era tan ignorante como Catherine.
—América ya tenía que llamarse América antes de la llegada de Colón.
Es lógico. Si no, ¿cómo supo que era América?
Y Catherine asentía:
—Claro. América es una vieja palabra india.
De las dos, Catherine era la peor: insistía en su infalibilidad y si yo no escribía exactamente lo que ella me explicaba, se agitaba y derramaba el café o lo que fuera. Pero no volví a hacer caso de lo que me decía después de su afirmación de que Lincoln era medio negro y medio indio y sólo tenía una pequeña porción de sangre blanca. Hasta yo sabía que eso no era cierto.
Pero estoy muy agradecido a Catherine, pues de no haber sido por ella, que lo sabía todo mejor que nadie, ¿hubiera crecido hasta alcanzar las medidas normales de un ser humano corriente? A los catorce años yo no era mucho más alto que Biddy Skinner, y la gente siempre estaba comentando las ofertas que recibía para exhibirse en un circo. Catherine me dijo: “No te preocupes, cariño, lo único que necesitas es que te estiren un poco.” Y
tiraba de mis brazos, de mis piernas e incluso de mi cabeza, como si fuera una manzana sujeta firmemente a la rama. Lo cierto es que al cabo de dos años de estirones me hizo pasar de un metro cuarenta y cinco centímetros a un metro setenta, y esto lo puedo probar gracias a las marcas que con el cuchillo de cortar el pan hacíamos en la puerta de la despensa, pues incluso ahora que ya han pasado y desaparecido tantas cosas, cuando sólo queda el viento en la chimenea y el invierno invade la cocina, esas cicatrices, cada vez más separadas del suelo, están allí como un testimonio.
Pese al efecto, generalmente benéfico, del remedio de Dolly en aquellos que escribían pidiéndolo, de vez en cuando llegaban cartas que decían:
“Estimada señorita Talbo, no necesitaremos de ahora en adelante más medicina contra la hidropesía, porque la pobre prima Belle (o quienquiera que fuese) pasó a mejor vida la semana pasada. Que su alma descanse en
paz.” En tales ocasiones la cocina se convertía en un velatorio; con las manos juntas y las cabezas bajas, mis dos amigas recordaban sombrías las circunstancias del caso hasta que Catherine acababa diciendo: “Bien, hicimos todo lo que pudimos, Corazoncito, pero el buen Dios tenía otros planes.” También Verena podía entristecer la cocina, pues siempre estaba tratando de introducir alguna norma nueva o forzarnos a cumplir una antigua: haz eso, no lo hagas, deténte, empieza; era como si nosotros fuéramos relojes a los que había que vigilar para comprobar si nuestra hora coincidía con la suya; ¡pobres de nosotros si íbamos diez minutos adelantados o con una hora de retraso! Verena se disparaba como un cuco.
“¡Ésa!”, decía Catherine; y Dolly le respondía “¡Cállate, cállate!”, como si quisiera tranquilizar no a Catherine sino a un propio murmullo interno de rebeldía. Creo que en el fondo de su corazón Verena deseaba venirse a la cocina y ser parte de ella, pero se sentía igual que un hombre solo en una casa llena de mujeres y niños, y el único modo como podía establecer contacto con nosotros era mediante explosiones de energía con que manifestar su autoridad: “Dolly, líbrate de ese gatito, ¿es que quieres empeorar mi asma?”, “¿Quién ha dejado abierto el grifo en el cuarto de baño?”, “¿Quién de vosotros ha roto mi paraguas?”. Su mal humor se expandía por toda la casa como una niebla amarilla y agria. “¡Ésa!”
“¡Cállate, cállate!”
Una vez por semana, casi siempre en sábado, íbamos al bosque de River.
Para la excursión, que duraba todo el día, Catherine freía un pollo y hervía una docena de huevos, y Dolly se llevaba una tarta de chocolate y una buena cantidad de otros dulces. Pertrechados con todo eso y con tres sacos vacíos, marchábamos por el camino de la iglesia, dejábamos atrás el cementerio y atravesábamos la pradera. Justo a la entrada del bosque había un cinamomo de tronco doble; en realidad se trataba de dos árboles, pero
sus ramas estaban tan estrechamente unidas entre sí que podía pasarse de un árbol al otro. Además estaban enlazados por una cabaña construida en sus ramas, una casa arbórea, espaciosa, firme, un magnífico ejemplar de cabaña que era como una balsa flotando sobre un mar de hojas. Los chicos que la construyeron, suponiendo que todavía estuvieran vivos, tenían que ser muy viejos. La cabaña debía de tener entre quince y veinte años la primera vez que Dolly la vio, y eso fue un cuarto de siglo antes de que me la enseñara.
Llegar a ella resultaba más sencillo que subir unas escaleras, pues en la arrugada corteza había suficientes puntos donde apoyar los pies y una fuerte enredadera a la que sujetarse; incluso Catherine, que era bastante gruesa de caderas y se quejaba de reumatismo, no tenía problemas para subir. A Catherine la casa del árbol no le gustaba. No sabía lo que Dolly me confió: que se trataba de un barco y que sentarse en ella era hacerse a la vela a lo largo de la costa brumosa de todos los sueños.
—Fijaos en lo que os digo —dijo Catherine—, las tablas son demasiado viejas, los clavos están resbaladizos como gusanos, se va a partir por la mitad y os romperéis la cabeza, si lo sabré yo.
Almacenábamos nuestras provisiones en la casa del árbol y nos adentrábamos en el bosque por separado, llevando cada uno de nosotros un saco de grano vacío que había que llenar con hierbas, hojas y extrañas raíces. Nadie, ni tan siquiera Catherine, sabía todo lo que se mezclaba en la medicina, puesto que se trataba de un secreto que Dolly guardaba para ella sola y nunca nos permitía que miráramos lo que había recogido en su saco: lo mantenía firmemente sujeto, pegado a su cuerpo como si en él hubiera capturado a un niño de cabellos azules, a un príncipe encantado. Ésta era su historia:
“Hace mucho tiempo, cuando todavía éramos niñas (Verena aún tenía sus dientes de leche y Catherine no era más alta que el palo de una cerca), los
gitanos abundaban como las moscas en un tarro de miel, no como ahora que sólo se ve pasar a algunos una o dos veces al año. Llegaban con la primavera, de repente, como florece el cornejo en los campos, e iban de un lado para otro, por los caminos y el bosque. Pero nuestros hombres odiaban su presencia y papá, es decir, tu tío Uriah, afirmaba que le pegaría un tiro a cualquiera de ellos que sorprendiera en nuestras tierras. Así que, cuando veía a los gitanos sacar agua del riachuelo o recoger las nueces de pacana que se habían caído al suelo, nunca se lo decía. Una tarde, era abril y estaba lloviendo, entré en el establo donde Fairybell había tenido un ternero y me encontré a tres gitanas, dos de ellas viejas y la otra joven, que estaba tumbada, desnuda, y se retorcía sobre un montón de hojas de maíz. Cuando vieron que no tenía miedo, que no iba a salir corriendo para dar la alarma, una de las viejas me preguntó si podía llevarles una luz. Me fui a casa a buscar una vela y cuando regresé al establo la mujer que me mandó a buscarla tenía tomado de los pies y cabeza abajo a un bebé llorón y enrojecido mientras la otra ordeñaba a Fairybell. Las ayudé a lavar al pequeño con la leche caliente de la vaca y envolvimos a la criaturita en una bufanda. Entonces una de las dos ancianas tomó mi mano y me dijo:
‘Quiero hacerte un don que va contenido en una rima.’ Era una rima que hablaba de corteza de encina, helechos y todas esas cosas que ahora vamos a buscar al bosque. Hiérvelo hasta que se haga oscuro durante todo el día, si quieres un remedio contra la hidropesía. Por la mañana se habían marchado ya del establo. Las busqué por los campos y la carretera, pero no había ni rastro de ellas. Salvo la rima, que aún estaba en mi cabeza.”
Llamándonos unos a otros, silbándonos como búhos extraviados en la luz del día, trabajábamos toda la mañana en distintos lugares del bosque. Poco después del mediodía, con nuestros sacos ya llenos a rebosar de cortezas, tallos y raíces retorcidas, trepábamos por la verde tela de araña del árbol y
extendíamos nuestra comida. Llevábamos agua fresca del arroyo en una jarra de barro o, si hacía frío, un termo lleno de café caliente y usábamos las hojas para limpiarnos las manos de la grasa del pollo o de la pegajosa crema del pastel de chocolate. Después nos decíamos la buenaventura con flores o hablábamos perezosamente de cualquier cosa y era como si flotáramos sobre la tarde en la balsa del árbol. Nos sentíamos parte de aquel lugar, tanto como los chotacabras que vivían allí o como las hojas plateadas por el sol.
Aproximadamente una vez al año suelo ir a la casa de Talbo Lane y paseo por el jardín. Estuve allí el otro día y me tropecé con un viejo balde de hierro, caído boca abajo entre la hierba como si fuera un meteoro negro: Dolly... Dolly inclinada sobre el balde con nuestros sacos en la mano y vertiendo su contenido en el agua hirviendo y agitando y agitando, con una escoba reservada para esos menesteres, aquella mezcla de color marrón que parecía tabaco de mascar. Ella sola combinaba los ingredientes de la mezcla curativa, mientras Catherine y yo la contemplábamos como si fuéramos aprendices de brujo. Más tarde todos ayudábamos en el embotellado, y como aquello producía un vapor que hacía saltar los tapones de corcho ordinarios, mi trabajo consistía en hacer tapones enrollando trozos de papel higiénico. El promedio de ventas era de seis botellas a la semana a dos dólares cada una, lo que hacía doce dólares. El dinero, decía Dolly, nos pertenecía a los tres, y la verdad era que nos lo gastábamos tan pronto como lo recibíamos. No nos cansábamos de hacer pedidos de cosas que veíamos anunciadas en las revistas: “Dedíquese a la xilografía.”, “El parchís: un pasatiempo para jóvenes y viejos.”, “Todo el mundo puede tocar la chicharra.” En una ocasión encargamos un libro de francés. Fui yo quien tuvo la idea de que si aprendíamos francés conoceríamos un idioma secreto
en el cual ni Verena ni nadie nos entendería. Dolly se mostró dispuesta a probar, pero “Passez-moi una cuchara” fue lo máximo que logró aprender, y después de saber decir “Je suis fatigué”, Catherine no volvió a abrir el libro ni una sola vez. Nos dijo que aquella frase era todo lo que necesitaba saber.
Verena comentaba con frecuencia que podríamos tener un disgusto si alguien se envenenaba, aunque por lo demás no mostraba demasiado interés por la cura contra la hidropesía. Pero un año hicimos nuestras cuentas y nos encontramos con que habíamos ganado lo suficiente como para tener que pagar impuestos. Entonces Verena empezó a hacernos preguntas. El dinero era para ella un gato montés; seguía su pista con el afán de un sabueso y vigilaba con cien ojos todas sus huellas. Quiso saber qué era lo que poníamos en el medicamento y Dolly, presuntuosa, casi riéndose entre dientes, le decía: “Bien, esto y aquello, nada especial”.
Verena pareció olvidar el asunto, pero con frecuencia, cuando estábamos sentados para cenar, sus ojos se detenían inquisitivos en Dolly, y en una ocasión, cuando nos reunimos en el jardín en torno al balde en que se cocía la mezcla, levanté los ojos y pude ver a Verena, que nos observaba fijamente desde una ventana; supongo que para aquel entonces ya había esbozado su plan, pero no hizo el primer movimiento hasta que llegó el verano siguiente.
Dos veces al año, en enero y agosto, Verena iba de compras a San Luis o Chicago. Aquel verano, el verano en que cumplí los dieciséis años, se marchó a Chicago, de donde regresó al cabo de dos semanas acompañada de un hombre llamado doctor Morris Ritz. Naturalmente, todos nos sentimos intrigados y nos preguntamos quién podría ser el doctor Morris Ritz. Llevaba corbata de lazo y trajes llamativos, sus labios eran azulados y sus ojos, pequeños y de expresión ordinaria, no dejaban de moverse. En conjunto tenía el aspecto de un ratón desagradable y vulgar. Oímos decir
que vivía en la mejor habitación del Hotel Lola y comía opíparamente en el Café de Phil. Cuando andaba por la calle se pavoneaba con engreimiento y saludaba, inclinando su brillante calva, a todos los que se cruzaban en su camino. No hizo amigos y no se lo veía en compañía de nadie, a excepción de Verena, que nunca lo llevó a casa y no mencionó su nombre hasta que un día Catherine tuvo el valor de decir:
—Señorita Verena, ¿quién es ese ridículo y pequeñajo doctor Morris Ritz?
Y Verena, palideciendo en torno a los labios, replicó:
—Bien, a mí no me parece tan ridículo como muchas otras personas que podría mencionar sin ir muy lejos.
La gente, escandalizada, comentaba la forma en que Verena se comportaba con aquel mezquino judío de Chicago: ¡veinte años más joven que ella! Lo que se contaba era que estaban haciendo algo en la vieja fábrica de conservas que se hallaba al otro extremo del pueblo; después quedó en claro que así era, pero no lo que la gente pensaba. Más de una tarde pudo verse a Verena y al doctor Morris Ritz encaminándose a la fábrica de conservas, un ruinoso edificio de ladrillos con las ventanas rotas y las puertas medio caídas. Hacía una generación que nadie se acercaba por allí, excepto algunos adolescentes que se escondían para fumar cigarrillos y desnudarse juntos. A primeros de septiembre, por un anuncio en el periódico, el Courier, nos enteramos de que Verena había comprado la fábrica; pero no se decía nada del destino que pensaba darle. Poco después de eso Verena le dijo a Catherine que matara dos pollos, pues el doctor Morris Ritz iba a comer en casa el domingo.
En los años que yo llevaba viviendo allí, el doctor Morris Ritz era la primera persona invitada a comer en la casa de Talbo Lane. Había muchas razones, pues, para considerar el hecho como un auténtico acontecimiento.
Catherine y Dolly hicieron limpieza general: sacudieron las alfombras, bajaron la vajilla de porcelana de la buhardilla y todas las habitaciones olían a cera y al limón del pulimento para limpiar los muebles. Íbamos a comer pollo frito y jamón, arvejas, papas, bollos, un budín de banana y dos clases distintas de pasteles, y helado de tutifruti que encargamos en la tienda. El domingo a mediodía Verena bajó a echar un vistazo a la mesa, que con su centro lleno de rosas color melocotón y una exhibición de cubertería de plata daba la sensación de estar puesta para veinte personas. Realmente, se habían colocado sólo dos sillas. Verena, sin embargo, hizo poner dos más, y Dolly, al verlo, dijo débilmente: “Bien, si Collin quiere comer con vosotros en la mesa...”, pero ella pensaba quedarse en la cocina con Catherine.
Verena objetó abiertamente:
—No juegues conmigo, Dolly. Esto es importante. Morris viene expresamente para verte. Y algo más, te agradecería que mantuvieras la cabeza erguida; me da mareos ver que te cuelga así.
Dolly tuvo un susto de muerte. Se escondió en su habitación y bastante después de la llegada del invitado me mandaron a buscarla. Estaba tumbada en su cama de color rosa con una toalla mojada sobre la frente y Catherine se sentaba a su lado, pulcra y pulida, con sus mejillas rojas como tomates y las mandíbulas rellenas con más algodón que nunca. Le advirtió:
—Corazoncito, creo que no debes tumbarte así... Vas a arrugar este precioso vestido.
Era un traje de percal que Verena trajo de Chicago. Dolly se sentó, se alisó el vestido inmediatamente y se dejó caer de nuevo en la cama.
—Si Verena supiese lo triste que estoy... —dijo con desasosiego, así que me marché para decirle a Verena que Dolly estaba enferma.
Verena dijo que iba a ver lo que pasaba y se marchó dejándome solo en el recibidor con el doctor Morris Ritz.
¡Oh, el tipo era odioso!
—Vaya, así que tienes dieciséis años —me dijo guiñando primero uno y después el otro de sus ojos pícaros—. Y zascandileando de un lado a otro por ahí, ¿eh? Dile a la vieja que te lleve con ella la próxima vez que vaya a Chicago. Allí hay muchas cosas que ver.
Chasqueó los dedos y dio unos pasos de baile, haciendo taconear sus finos zapatos como si llevara el compás de una música inaudible. Podía haber sido un bailarín de claqué o un camarero de cafetería, de no ser por la cartera de mano, que sugería una ocupación más seria. Me pregunté qué clase de doctor era. Estaba a punto de preguntárselo cuando Verena regresó trayendo a Dolly del brazo, casi a rastras.
No pudo fundirse con las sombras del recibidor ni con el mobiliario tapizado; antes de alzar los ojos levantó la mano, y el doctor Ritz se la estrechó con tanta violencia y la sacudió con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.
—¡Hola, señorita Talbo! Es un honor conocerla —dijo mientras se arreglaba la corbata de moño.
Nos sentamos a comer y Catherine entró con los pollos. Sirvió a Verena, después a Dolly y cuando le tocó el turno al invitado, éste le dijo:
—La verdad es que el único trozo de pollo que me gusta son los sesos.
Supongo que no los habrá dejado en la cocina, ¿eh, mamá?
Catherine bajó los ojos como si se mirara la punta de la nariz, hasta tal punto que bizqueó. Y con su lengua envuelta en trozos de algodón le respondió:
—Todos los sesos están en el plato de Dolly.
—¡Jesús, estos acentos del Sur! —comentó realmente impresionado.
—Le ha dicho que tengo los sesos en mi plato —le aclaró Dolly con las mejillas tan rojas como el colorete de Catherine—. Pero permítame que se
los pase.
—Si de veras no le importa...
—No, no le importa en absoluto —intervino Verena—. Sólo come dulces, nada más. Dolly, sírvete un poco más de budín de banana.
De pronto, el doctor Ritz empezó a estornudar.
—Las flores... esas rosas... Me dan alergia.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Dolly, que vio una oportunidad para escapar a la cocina; tomó el centro de mesa con las rosas, pero se le resbaló, el cristal se rompió, las rosas fueron a caer en la salsera y la espesa salsa nos salpicó a todos.
—Ya ven que no hay nada que hacer —dijo como hablando consigo misma, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Es desesperante.
—No hay que desesperar por nada, Dolly, siéntate y acábate el budín —le aconsejó Verena con voz aguda y firme—. Además tenemos una pequeña y agradable sorpresa para ti. Morris, enséñale a Dolly esas etiquetas tan bonitas.
Murmurando “¡No tiene importancia!”, el doctor Ritz dejó de frotarse las manchas de grasa que habían caído en su manga y se dirigió al recibidor, de donde regresó poco después con su cartera de mano. Sus dedos buscaron entre un montón de papeles y después sacó a la luz un grueso sobre que le pasó a Dolly.
En el sobre había unas etiquetas engomadas, de forma triangular, con letras de color naranja: “Remedio de la Reina Gitana contra la Hidropesía”, más un borroso dibujo de una mujer con un pañuelo en la cabeza y grandes zarcillos de oro.
—De primera categoría, ¿eh? —dijo el doctor Ritz—. Impresas en Chicago. Un amigo mío ha hecho el dibujo: un pintor de verdad.
Dolly barajó las etiquetas con expresión aprensiva y de sorpresa, hasta que Verena le preguntó:
—¿No te gustan?
Las etiquetas temblaron en las manos de Dolly.
—No acabo de entenderlo.
—Claro que lo entiendes —dijo Verena sonriendo débilmente—. Resulta obvio. Le conté a Morris tu vieja historia y piensa que se trata de un nombre estupendo.
—“Remedio de la Reina Gitana contra la Hidropesía”, muy atrayente —
intervino el doctor—. Queda muy bien en los anuncios.
—¿ Mi medicina? —exclamó Dolly con los ojos todavía bajos—. No necesito etiquetas de ninguna clase, Verena. Yo misma escribo las mías.
El doctor Ritz chasqueó los dedos.
—Eso está muy bien. Podemos hacer imprimir las etiquetas como si estuvieran escritas de su propio puño y letra. Muy personal, ¿eh?
—Hemos gastado ya muchísimo dinero —le dijo Verena con brusquedad; entonces se volvió a Dolly y añadió—: Morris y yo iremos a Washington esta semana para registrar la propiedad de las etiquetas y la patente de la medicina, declarándote a ti como la inventora, desde luego. Bien, la cuestión es que debes escribirnos la fórmula completa para poder patentarla.
El rostro de Dolly se difuminó hasta perder toda expresión y las etiquetas se desparramaron por el suelo. Apoyando las manos sobre la mesa se alzó lentamente de su silla; poco a poco sus facciones volvieron a reaparecer en su cara y formaron su expresión de siempre. Levantó la cabeza, miró furtivamente al doctor y después a Verena.
—No voy a hacerlo —dijo con calma. Se dirigió a la puerta y puso la mano sobre el picaporte—. No, no voy a hacerlo, porque no tienes ningún derecho, Verena. Ni usted tampoco, señor.
Ayudé a Catherine a levantar la mesa: las rosas empapadas de salsa, los pasteles sin cortar y las verduras que nadie había tocado. Verena y su invitado salieron juntos de la casa. Desde la ventana de la cocina los observamos cuando, a pie, emprendieron el camino hacia el pueblo, moviendo de un lado a otro sus cabezas. Después cortamos unos trozos del pastel y se los llevamos a Dolly, que estaba en su habitación.
—¡Cállate, cállate! —dijo Dolly cuando Catherine comenzó con su
“¡Ésa!”. Pero fue como si su rebelde murmullo interior se hubiera convertido en una voz ronca, un oponente al que tuviera que silenciar—.
¡Cállate, cállate!
Al fin Catherine tuvo que pasar sus brazos en torno al talle de Dolly y repetir con ella “¡Cállate, cállate!”.
Fuimos a buscar un mazo de cartas de tarot y las extendimos sobre la cama. Naturalmente, Catherine tuvo que aguarnos la fiesta al recordarnos que era domingo. Nos dijo que quizá nosotros dos, Dolly y yo, podríamos permitirnos otra marca negra en el Libro del Juicio, pero que ella ya tenía bastantes detrás de su nombre. Tras pensarlo un poco, decidimos cambiar de juego y decirnos la buenaventura. A eso del anochecer Verena regresó a casa. Oímos sus pasos en el recibidor y abrió la puerta del cuarto de su hermana sin llamar; Dolly, que estaba adivinando mi futuro, apretó sus dedos sobre mi mano. Verena se volvió hacia nosotros y nos dijo:
—Collin, Catherine, haced el favor de dejarnos solas.
Catherine quiso seguirme cuando trepé por la escalera para subir a la buhardilla, pero no lo hizo porque llevaba puestas sus mejores ropas. Subí solo. Había una buena grieta justo encima de la habitación rosa. Verena estaba directamente debajo y lo único que podía ver era su sombrero, que conservaba puesto, el mismo que se colocó al salir de casa. Era una pamela de paja decorada con un ramo de frutas de celuloide.
—Éstos son los hechos —estaba diciendo y las frutas se agitaron y brillaron en la azulada semipenumbra—. Dos mil dólares por la vieja fábrica; Bill Tatum y cuatro carpinteros trabajando allí a ochenta centavos la hora; siete mil dólares vale la maquinaria que he encargado... Sin contar lo que me está costando un especialista como Morris Ritz. ¿Y todo para qué...?
¡Todo por ti, sólo por ti!
—¿Todo por mí? —La voz de Dolly sonó triste y mortecina como el atardecer. Vi su sombra cuando se movió de un lado a otro de la habitación
—. Tú eres de mi propia carne y te amo tiernamente, en el fondo de mi corazón te quiero. Podría probarlo ahora, dándote la única cosa que ha sido mía en toda mi vida. También la tendrías tú, Verena, como todo. Por favor
—dijo con voz entrecortada—, deja que eso me pertenezca.
Verena encendió la luz.
—Hablas de dar —su voz fue tan hiriente como el súbito resplandor—.
Todos estos años he trabajado como un peón. ¿Qué es lo que no te he dado?
Esta casa, esa...
—Me lo has dado todo —la interrumpió Dolly con suavidad—. Y a Catherine y a Collin. Excepto que nos hemos ganado un poco lo que nos dabas. Hemos cuidado y mantenido en orden la casa para ti, ¿no es verdad?
—¡Oh, una casa muy cuidada! —comentó Verena quitándose el sombrero con brusquedad. Su rostro estaba congestionado—. Tú y ese tonto escandaloso. ¿No te extraña que nunca invitara a nadie a venir a casa? Pues había una razón muy simple. Estoy avergonzada de vosotros. Mira lo que ha pasado hoy.
Pude oír el profundo suspiro que se le escapó a Dolly.
—Lo siento —dijo débilmente—. De veras que lo siento. Siempre pensé que nuestro lugar estaba aquí, que de un modo u otro nos necesitabas.
Ahora todo se arreglará, Verena. Nos marcharemos.
Verena suspiró:
—¡Pobre Dolly! ¡Pobrecita infeliz! ¿Adónde vais a ir?
La respuesta, que tardó un poco en llegar, fue frágil como el vuelo de una polilla:
—Conozco un sitio.
Después esperé en mi cama a que Dolly viniera a darme el beso de buenas noches. Mi habitación, al otro lado del salón, en un apartado rincón de la casa, había sido la de su padre, el señor Uriah Talbo. Cuando a causa de la edad empezó a chochear, Verena se lo trajo de su finca en el campo, y fue allí donde murió sin saber dónde estaba. Aunque hacía ya diez o quince años que había muerto, el olor a orina y a tabaco que había dejado el anciano todavía saturaba el colchón y el armario; en un estante de éste se hallaba el único objeto personal que se trajo del campo: un pequeño tambor amarillo. Cuando era un chico de mi edad, desfiló en un regimiento sudista tocando su pequeño tambor y cantando. Dolly decía que, cuando era pequeña, al despertar en las mañanas de invierno le gustaba oír cómo su padre iba encendiendo los fuegos de la casa mientras cantaba; al envejecer su padre, e incluso después de su muerte, ella oía a veces el eco de sus canciones en la pradera. “Es el viento”, le decía Catherine. Y Dolly le respondía: “Pero el viento somos nosotros... reúne y recuerda todas nuestras voces y después las envía charlando y contando sus cosas entre las hojas y los campos. He oído a papá con tanta claridad como que ahora es de día”.
Aquella noche, estábamos en septiembre, los vientos del otoño harían curvarse la tersa hierba roja y dejarían ir todas las voces desaparecidas; me pregunté si estaría cantando entre ellas el anciano en cuya cama estaba a punto de quedarme dormido.
En seguida pensé que Dolly había venido, por fin, a darme las buenas noches, pues me desperté al sentirla cerca de mí en la habitación. Pero estaba a punto de amanecer: las primeras luces del alba eran como follaje florido en las ventanas y los gallos cantaban en los corrales distantes.
—Chist, Collin —murmuró, inclinándose sobre mí. Traía puesto un traje de chaqueta de lana y un sombrero adornado con un velo de viaje que le caía sobre el rostro ensombreciéndoselo—. Sólo quería que supieras adónde nos vamos.
—¿A la casa del árbol? —dije, y tuve la sensación de que estaba hablando entre sueños.
Dolly afirmó con la cabeza.
—Sólo de momento. Hasta que encontremos un lugar mejor y hayamos hecho planes.
Se dio cuenta de que estaba asustado y colocó su mano en mi frente.
—Tú y Catherine... ¿Por qué no yo? —Me sobrecogió un escalofrío—.
No podéis marcharos sin mí.
El reloj del pueblo estaba dando la hora. Dolly pareció esperar a que terminara antes de tomar una decisión. Sonaron cinco campanadas y cuando la última nota murió a lo lejos, yo ya había saltado de la cama y me estaba poniendo mis ropas.
Dolly dijo tan sólo:
—¡No te olvides el peine!
Catherine se nos unió en el patio. Iba inclinada bajo el peso de una brillante bolsa de hule de gran tamaño. Tenía los ojos hinchados, había estado llorando, y Dolly, extrañamente tranquila y segura de lo que estaba haciendo, le dijo:
—No te preocupes, Catherine, no tiene importancia; una vez que hayamos encontrado un lugar, podremos mandar a buscar tus peces de
colores.
Las ventanas cerradas y tranquilas de Verena nos parecieron sombrías y las dejamos atrás caminando con cuidado; y en silencio cruzamos la puerta del jardín. Nos ladró un foxterrier, pero no había nadie en la calle. Nadie nos vio cruzar el pueblo, excepto un preso desvelado que miraba entre las rejas de la cárcel. Llegamos a la pradera en el mismo instante que los rayos del sol. El velo de Dolly se agitaba movido por la brisa matinal, y una pareja de faisanes posados en nuestra senda echaron a volar ante nosotros; sus alas de metal agitaron la hierba roja como la cresta de un gallo. El árbol parecía un cuenco lleno de todas las fragancias del septiembre verde y dorado. “Se va a caer, nos vamos a romper la cabeza”, dijo Catherine, y a nuestro alrededor las hojas se sacudieron las gotas de rocío.
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