El arpa de hierba

Truman Capote · Capítulo 6 de 7

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El arpa de hierba

Capítulo 6

Cinco de nosotros trepamos al sicomoro que se alzaba sobre la senda.

Allí estaban Pequeño Homer y su hermano Buck, un chico ceñudo con las manos llenas de piedras. Al otro lado del camino, en torno al tronco de otro sicomoro, podíamos ver a Riley rodeado por las chicas mayores; en la luz, profundamente bruñida, sus rostros blancos brillaban como linternas mágicas. Creí apreciar una gota de lluvia, pero se trataba de una perla de sudor que había resbalado por sus mejillas. Calma, pese al sonido de los truenos; el olor de la lluvia se mezclaba con el de las hojas y el del humo y los hacía más intensos. La casa sobre el árbol, demasiado cargada, emitió un ominoso crujido; desde mi punto de observación sus ocupantes parecían una sola criatura, una araña con múltiples patas y numerosos ojos sobre cuya cabeza el sombrero de Dolly se alzaba como una corona de terciopelo.

En nuestro árbol todos los ocupantes hicieron sonar silbatos como los que Riley le había comprado a Pequeño Homer: excelentes para asustar al Diablo, había dicho la Hermana Ida. Pequeño Homer se quitó su enorme sombrero y sacó de su interior lo que posiblemente sería el tendedero de Dios, una gruesa cuerda, con la que hizo un lazo corredizo. Mientras probaba su eficacia, apretando y aflojando el nudo, sus diminutas gafas de montura de acero brillaron de manera tan amenazadora que, alejándome poco a poco, puse entre nosotros una rama más de distancia. El juez, que patrullaba por abajo, nos dijo que dejáramos de movernos: fue la última orden antes de que comenzara la invasión.

Los propios invasores no mostraban la menor cautela. Balanceando sus rifles con el cañón hacia el suelo, como si fueran cortadores de caña, con aire fanfarrón, se adelantaban por el camino, nueve, doce, veinte de ellos.

Primero Junius Candle con su estrella de sheriff brillando en la penumbra; detrás de él Eddie el Largo y sus ojos estrábicos que buscaban posibles escondites me recordaron esos pasatiempos de los periódicos que consisten en descubrir cinco muchachos y una lechuza dibujados disimuladamente entre las ramas de un árbol. Pero para resolverlos hace falta alguien más inteligente que Eddie Stover, el Largo. Me miró directamente y pareció atravesarme como si fuera transparente. No había muchos en aquel grupo que pudieran preocupar a nadie por su inteligencia: la mayoría de ellos no servía más que para apurar un vaso de cerveza y soltar maldiciones. Había, con todo, una excepción, pues entre ellos reconocí al señor Hand, el director de la escuela, un hombre lo suficientemente honesto en términos generales como para pensar que no sería capaz de mezclarse con tan mala compañía y en un asunto tan vergonzoso como aquél. La curiosidad explicaba, sin duda, la presencia de Amos Legrand, pues allí estaba, excepcionalmente silencioso. No me sorprendió demasiado ver que Verena lo usaba como bastón y se apoyaba con la mano sobre la cabeza del peluquero, que apenas si le llegaba a la cintura. Un severo y hosco reverendo Buster sostenía ceremoniosamente su otro brazo. Al ver a Verena revivió en mí el sombrío terror que sentí cuando, tras la muerte de mi madre, fue a casa para reclamarme. Pese a su aparente torpeza, se movía con su acostumbrada autoridad y, acompañada por su escolta, se detuvo bajo nuestro sicomoro.

El juez no cedió una pulgada. Las puntas de sus pies tocaban las del sheriff y se mantuvo en su terreno como si existiera una línea divisoria que nadie debía atreverse a cruzar.

Fue en ese momento cuando advertí las intenciones de Pequeño Homer que, gradualmente, estaba dejando descender su lazo, abierto como las mandíbulas de una fiera y cimbreándose como una serpiente. Con la destreza de un experto, dejó caer el lazo en torno al cuello del reverendo Buster, cuyo grito de terror fue apagado cuando Pequeño Homer le dio un brusco tirón a la cuerda.

Sus amigos no tardaron mucho en darse cuenta de la peligrosa situación del viejo Buster, que tenía el rostro congestionado y los brazos caídos, pero no pudieron dedicarle demasiada atención, pues el éxito de Pequeño Homer inspiró un ataque general: las piedras comenzaron a llover sobre ellos bajo un coro de silbidos, agudos y chillones como el graznar de pájaros salvajes; los hombres del sheriff, empujándose entre sí, trataron de refugiarse donde pudieron, principalmente bajo los cuerpos de sus compañeros ya caídos al suelo. Verena tuvo que tirar de la oreja de Amos cuando éste trató de esconderse bajo su falda. Hay que decir que ella fue la única que se comportó como un verdadero hombre: amenazó con sus puños hacia los árboles y nos colmó de maldiciones.

En plena escaramuza resonó un disparo, como cuando se cierra de golpe una puerta de hierro. Su eco interminable nos calmó a todos, pero en el barullo subsiguiente oímos el ruido de la caída de un peso entre las ramas del sicomoro enfrente del nuestro.

Era Riley que caía y caía, lentamente, relajado, como un gato muerto.

Cubriéndose los ojos, las chicas gritaron cuando Riley golpeó contra una rama y la desgajó, arrastrándola en su caída, en un revoltijo ensangrentado que golpeó el suelo.

Finalmente, fue el juez quien se aproximó al herido:

—¡Muchacho, mi querido muchacho! —Y como en trance cayó de rodillas y acarició la mano desmayada de Riley.— Ten piedad, ten piedad,

hijo, responde.

Otros hombres, aborregados y asustados, los rodearon; algunos ofrecieron consejos que el juez parecía incapaz de comprender. Uno tras otro fuimos bajando de los árboles y los chiquillos preguntaban en voz baja, como un susurro: “¿Está muerto?, ¿está muerto?”, un murmullo ronco como el de los cuernos marinos. Quitándose los sombreros respetuosamente, los hombres abrieron paso a Dolly, que estaba tan conmovida que no fue capaz de prestarles la menor atención, ni tampoco a Verena, ya que pasó a su lado como si no la viera.

—Quiero saber —dijo Verena en un tono que provocó la atención general

— quién ha sido el idiota que ha disparado su arma.

Cautamente los hombres se miraron unos a otros y la mayoría de las miradas se fijaron en Eddie el Largo. Sus quijadas temblaron y se pasó la lengua por los labios.

—¡Demonios, no era mi intención herir a nadie, estaba cumpliendo mi deber, eso es todo!

—No, no lo es. Lo considero a usted responsable, señor Stover.

Al oír esas palabras, Dolly se volvió en redondo, y su mirada, difuminada por el velo, se fijó en Verena de un modo que parecía querer excluirnos a todos los demás sin excepción.

—¿Responsable? No lo es nadie salvo nosotras.

La Hermana Ida había reemplazado al juez junto a Riley; le había quitado completamente la camisa.

—Puede dar gracias a su buena estrella, ha sido en un hombro —dijo, y el suspiro de alivio de Eddie el Largo hubiera bastado para hacer volar un barrilete—. Pero ha recibido un buen golpe y está conmocionado. Lo mejor que pueden hacer es llevarlo en seguida a que lo vea un médico.

Detuvo la hemorragia de Riley con una venda que hizo desgarrando la camisa del muchacho. El sheriff y tres de los hombres hicieron una camilla para llevar a Riley. Pero no era éste el único al que había que llevar, pues el reverendo Buster también había sufrido bastante daño; sin fuerzas en piernas y manos, demasiado débil para quitarse el lazo que aún apretaba su garganta, necesitó que varios hombres lo ayudaran a levantarse y a continuar el camino. Pequeño Homer salió corriendo tras él:

—¡Eh, oiga, devuélvame mi cuerda!

Amos Legrand esperó para acompañar a Verena, pero ésta le dijo que se fuera sin ella, pues no estaba dispuesta a marcharse a menos que Dolly...

Vacilante, se quedó mirándonos, en particular a la Hermana Ida.

—Me gustaría hablar con mi hermana a solas.

Con un gesto orgulloso de la mano, como si Verena la tuviera sin cuidado, la Hermana Ida dijo:

—No se preocupe, señora. Nosotros nos íbamos ya. —Abrazó a Dolly.—

¡Bendita seas, te queremos mucho! ¿No es así, chicos?

Pequeño Homer dijo:

—¡Vente con nosotros, Dolly, verás qué bien lo pasamos! Te regalaré mi cinturón de fantasía.

En cuanto a Gasolina Texaco, se arrojó en los brazos del juez rogándole que también él fuera con ellos. Por lo que a mí respecta, no parecía despertar el interés de nadie.

—Siempre recordaré que me lo habéis pedido —dijo Dolly, y sus ojos pasaron rápidamente de uno a otro, como si tratara de guardar en su recuerdo los rostros de los chicos—. ¡Buena suerte! Y ahora daos prisa —

alzó la voz para que pudieran oírla por encima de un nuevo trueno—, está empezando a llover.

Era una lluvia fina, suave como una cortina de gasa, y cuando todos, la Hermana Ida y su familia, desaparecieron entre sus pliegues, Verena preguntó:

—¿Debo entender que has confraternizado con esa... mujer? ¡Después de que se burló de ti y ridiculizó nuestro apellido!

—No creo que puedas acusarme de confraternizar con nadie —respondió Dolly con serenidad—. Y menos con gentes que —perdió un poco el control— roban a los niños y encierran a mujeres ancianas en la cárcel. No veo cómo honra su apellido quien emplea tales métodos. Me parece una burla.

Verena recibió la reprimenda sin inmutarse.

—No eres la misma —se limitó a decir como si se tratara de un diagnóstico clínico.

—Es mejor que vuelvas a mirar: soy yo, la misma. —Dolly pareció cuadrarse para pasar revista. Era tan alta como Verena y se mostraba tan segura de sí misma como ella; no había nada de equívoco o incompleto en su actitud.— He seguido tu consejo y he dejado de agachar la cabeza, eso es lo que quiero decir. Decías que mirarme te mareaba. Y no hace muchos días

—continuó— añadiste también que estabas avergonzada de mí. Y de Catherine. Te dedicamos una parte tan grande de nuestras vidas que resultó muy doloroso comprender que las habíamos desperdiciado de ese modo.

¿Sabes qué es eso, la sensación de haber desperdiciado algo tan importante?

Con voz apenas audible, Verena respondió:

—Sí, lo sé.

Fue como si sus ojos cerrados estuvieran contemplando una visión interna, un paisaje pétreo. Era la expresión que había visto en su rostro cuando la espiaba desde la buhardilla, ya bien entrada la noche, inclinada sobre las instantáneas de Maudie Laura Murphy, su esposo y sus hijos.

Vaciló y puso una mano sobre mi hombro; de no haberlo hecho quizá se hubiese caído.

—Creí que tendría que soportar el dolor de esas palabras hasta el día de mi muerte. No será así. Pero he de reconocer, Verena, que no es ningún consuelo poder decir que yo también estoy avergonzada de ti.

Se había hecho de noche; ranas, insectos cantarines celebraban la lluvia que caía lentamente. Nos oscurecimos como si la humedad hubiera borrado la luz de nuestros rostros. Verena se recostó contra mí.

—No me encuentro bien —dijo con voz sepulcral—, soy una mujer enferma, de veras, Dolly.

No muy convencida, Dolly se aproximó a Verena, hasta llegó a tocarla, como si con sus dedos pudiera apreciar la verdad.

—Collin —me dijo—, juez, por favor, ayudadla a subir conmigo al árbol.

Verena protestó diciendo que no podía trepar a los árboles, pero así que se hizo a la idea subió con bastante facilidad. La casa del árbol, semejante a una balsa, parecía flotar sobre aguas vaporosas, misteriosas y siniestras. El interior de la casa estaba seco porque la suave lluvia no había penetrado en el parasol de hojas. Nos arrastró una corriente de silencio hasta que Verena dijo:

—Tengo que decirte algo, Dolly. Y lo haría más fácilmente si estuviéramos solas.

El juez se cruzó de brazos.

—Me temo que tendrá que contar conmigo, señorita Verena. —Su tono era enfático, aunque no beligerante.— Tengo interés en las consecuencias de lo que tenga usted que decir.

—Lo dudo. ¿Por qué habría de tenerlo? —preguntó recobrando hasta cierto punto sus maneras exaltadas.

El juez encendió un cabo de vela y nuestras sombras repentinas se detuvieron sobre nosotros como espías escondidos.

—No me gusta hablar en la oscuridad —dijo el juez.

Lo erecto y orgulloso de su postura tenía una razón de ser: con ello intentaba, según creo, probar a Verena que estaba tratando con un hombre, un hecho que pocos habían conseguido imponerle. Aquello le pareció imperdonable.

—¿Te acuerdas, Charlie Cool, verdad que sí? Hace cincuenta años, quizá más, tú y algunos de tus amigos vinisteis a robar moras a mi casa. Mi padre atrapó a tu primo Seth y yo te atrapé a ti. Te llevaste una buena paliza aquel día.

El juez recordó, se sonrojó, sonrió y dijo:

—No peleaste con limpieza, Verena.

—Sí que lo hice —le respondió secamente—. Pero tienes razón... puesto que no nos gusta a ninguno de los dos, no hablemos en la oscuridad.

Francamente, Charlie, tu presencia no me es grata. Mi hermana no hubiera llegado a hacer una estupidez como ésta si tú no la hubieras alentado. Así que te agradecería que nos dejases, lo que tengamos que decirnos no tiene por qué ser asunto tuyo.

—Pero lo es —dijo Dolly—, porque el juez Cool, Charlie... —Se encogió y por primera vez pareció dudar de su audacia.

—Dolly quiere decir que le he pedido que se case conmigo.

—Eso... —Verena se las arregló para continuar después de unos segundos llenos de tensión— es... —dijo mirándose las manos enguantadas— algo muy notable. Mucho. Nunca hubiera creído que ninguno de vosotros dos tuviera tanta imaginación. ¿O es que soy yo quien lo está imaginando? Lo mismo que estoy soñando que me encuentro en un árbol mojado en una

noche de tormenta. Pero nunca tengo sueños, o quizá sea que los olvido. Y

éste es uno que sugiero que todos debemos olvidar.

—Sería mejor que esto fuera un sueño, Verena. Porque una persona que no sueña es como una que no suda: conserva en sí gran cantidad de veneno.

Verena lo ignoró. Toda su atención estaba centrada en Dolly, y la de Dolly, en ella; podían haber estado juntas a solas, dos personas en los extremos más alejados de una inhóspita habitación, comunicándose mudas, con un excéntrico lenguaje de signos, con sutiles movimientos de ojos; así fue como Dolly le dio la respuesta, una respuesta que lavó todo el color del rostro de Verena.

—Ya veo. Lo has aceptado, ¿no es así?

La lluvia se había espesado, hasta tal punto que un pez podría haber nadado en el aire; como una escala profunda de notas de piano golpeaba sus cuerdas más negras y tamborileaba en un aguacero que, aunque amenazador de momento, no nos alcanzaba; la lluvia se filtraba entre las hojas, pero la casa del árbol se mantenía seca como una semilla en una planta empapada.

El juez puso una mano protectora delante de la vela; esperó, tan ansioso como Verena, la respuesta de Dolly. Mi impaciencia igualaba a la de ambos, aunque me sentía apartado de la escena, exiliado, espiando de nuevo como lo hiciera por las rendijas del suelo de la buhardilla; aunque parezca curioso, mis simpatías no estaban con nadie: sentía una ternura general, por los tres, que discurría junta, como las gotas de lluvia. No podía separarlas y se expandían en una singularidad humana.

Lo mismo le ocurría a Dolly. No podía separar al juez de Verena. Por último exclamó penosamente, reconociendo fracasos por encima de todo cálculo:

—No puedo. Dije que llegaría a saber lo que es justo, pero no ha sido así.

No lo sé, ¿lo saben otros? Una elección, pienso; para tener una vida

formada por mis propias decisiones...

—Pero nosotras hemos tenido nuestras vidas —dijo Verena—. En la tuya no ha faltado nada. No creo que quisieras más de lo que has tenido; la verdad es que siempre te envidié. Vuelve a casa, Dolly. Deja para mí las decisiones: como has visto, ésa es mi vida.

—¿Es cierto, Charlie? —preguntó Dolly, como lo haría un niño que preguntara dónde caen las estrellas que se desprenden del cielo. Y añadió

—: ¿Hemos tenido nosotros nuestras vidas, Charlie?

—No estamos muertos, querida —le contestó, pero era como si el niño curioso le hubiera respondido que las estrellas caen en el espacio, una respuesta irrefutable, pero insatisfactoria. Dolly no podía aceptarla.

—No hay por qué estar muerto. En casa, en la cocina, tenemos una maceta de geranios que florece durante todo el año, una y otra vez. Otras plantas, sin embargo, sólo florecen una vez, eso es todo, y no les sucede nada más. Viven y han tenido su vida.

—Tú no —dijo el juez, y aproximó su rostro al suyo, como si deseara que sus labios rozaran los de Dolly, pero sin osar hacerlo.

La lluvia había abierto túneles entre las ramas y caía con todo su peso; del sombrero de Dolly se deslizaron arroyuelos y el velo se pegó a sus mejillas; con un estremecimiento, la vela se apagó.

—Yo no —dijo Dolly.

Una sucesión de relámpagos palpitaron como venas de fuego y Verena, iluminada por el continuado resplandor, no se parecía en absoluto a nadie que yo conociera, sino a una mujer desconsolada, desgastada, con los ojos volcados, una vez más, hacia dentro y la mirada fija en un territorio interno, un país estéril; cuando los relámpagos cedieron y el murmullo de la lluvia nos encerró en sus múltiples sonidos, Verena habló y su voz llegó tan débil, desde tan lejos, como si no esperara ser oída en absoluto.

—Te envidio, Dolly. Tu dormitorio rosa. Yo sólo he llamado a las puertas de esas habitaciones, no con demasiada frecuencia, pero sí lo suficiente para saber que ahora no hay nadie más que tú que pueda dejarme entrar en ellas.

Porque el pequeño Morris, el pequeño Morris me ayudó, lo amé, sí, lo hice.

No como una mujer; fue, lo admito, porque éramos espíritus semejantes.

Nos mirábamos uno a otro a los ojos y veíamos la misma maldad, pero no nos asustábamos; era algo... gozoso, placentero. Pero él me superó en listeza; sabía que podía hacerlo y confiaba en que no lo hiciera, pero lo hizo. Ahora la soledad resulta demasiado prolongada como para aceptarla para toda la vida. Paseo por la casa y nada es mío: tu habitación rosada, tu cocina, la casa es tuya y de Catherine también, pienso. Pero no me dejes, déjame vivir contigo. Me siento vieja y quiero tener a mi hermana.

La lluvia, al sumar su voz a la de Verena, levantó entre ellos, Dolly y el juez, un muro transparente a través del cual éste observó cómo ella perdía sustancia, retrocedía ante él, igual que antes pareció retroceder para alejarse de mí. Más que eso: era como si la casa del árbol estuviera disolviéndose.

Un viento arrollador arrastró fuera de la casa los empapados restos de nuestros juegos de cartas, nuestro papel de envolver, las galletas hechas un amasijo informe; los jarros de barro llenos de agua rebosaban como surtidores; el precioso edredón de Catherine estaba hecho un desastre, tan mojado que parecía un charco. Todo era arrastrado igual que las casas flotantes de los ríos, condenadas a muerte por la inundación. Como si el juez hubiera quedado atrapado allí, saludándonos con un agitar de manos, como si nosotros, supervivientes, hubiéramos quedado a salvo en la orilla.

Porque Dolly había dicho:

—¡Perdóname, yo también quiero tener a mi hermana!

Y el juez no pudo alcanzarla, ni con sus brazos ni con su corazón. La petición de Verena era demasiado terminante.

A eso de medianoche la lluvia aflojó y después cesó por completo; el viento se arremolinó y sacudió los árboles haciendo escurrir el agua. Una tras otra, como invitados que llegan tarde a un baile, las estrellas comenzaron a jalonar el cielo. Era hora de marcharnos. No nos llevamos nada con nosotros: dejamos el edredón para que se pudriera, las cucharas para que se oxidaran; y la casa del árbol y el bosque se los cedimos al invierno.

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