El arpa de hierba

Truman Capote · Capítulo 3 de 7

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El arpa de hierba

Capítulo 3

—Antes que nada debemos conocer nuestra posición, para defenderla.

Ésta es la regla más importante. Así pues, ¿qué es lo que nos ha unido?

Problemas. La señorita Dolly y sus amigos tienen problemas. Tú, Riley, y yo también tenemos problemas. Pertenecemos a este árbol o, de no ser así, no estaríamos aquí. —Dolly guardó silencio ante el tono lleno de confianza que había en la voz del juez, que continuó:— Hoy, cuando salí del pueblo con el grupo del sheriff, yo era un hombre convencido de que mi vida se acabaría sin que hubiera compartido nada con nadie y sin dejar rastro.

Ahora creo que no voy a ser tan desafortunado. Señorita Dolly, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Cincuenta, sesenta años? Fue en aquellos años en que la veía a usted, una niña tiesa y ruborosa en el carro de su padre... del que no se bajaba nunca porque no quería que nosotros, los chicos del pueblo, nos diésemos cuenta de que no llevaba zapatos.

—Ellas llevaban zapatos, Dolly y Ésa —intervino Catherine—. Era yo quien no llevaba zapatos.

—Todos estos años la he seguido viendo —siguió el juez—, pero no supe, ni podía saber, hasta hoy, lo que es usted, Dolly: un espíritu, una pagana...

—¿Pagana...? —interrogó Dolly, alarmada al mismo tiempo que interesada.

—Después; antes, un espíritu, alguien que no se puede conocer sólo con los ojos. Los espíritus aceptan la vida, dan por sentadas sus diferencias y, en

consecuencia, siempre tienen problemas. Yo quizá no debí ser juez, pues como tal he estado muchas veces en el lado equivocado: la ley no admite diferencias. ¿Recuerdan al viejo Carper, el pescador que tenía una casa flotante en el río? Lo echaron de la ciudad porque quiso casarse con una bonita muchacha negra. Me parece que ella trabaja ahora para la señora Postum. Y ella lo quería. Solía verlos cuando iba a pescar y eran muy felices juntos; la chica fue para él algo que nadie fue nunca para mí, esa persona única en el mundo a la que todo puede confiársele. Pues bien, si el pescador hubiera logrado casarse con ella, habría sido el deber del sheriff detenerlo y el mío, condenarlo. En ocasiones imagino que todos aquellos a los que he declarado culpables han pasado la auténtica culpabilidad sobre mí; esto es, en parte, lo que me lleva a desear estar, al menos una vez antes de morir, de parte de la razón.

—Ahora está en el lado justo. Ésa y el judío...

—Cállate...

—Esa persona única en el mundo... —Riley repitió las palabras del juez, con tono de interrogación en su voz.

—Quiero decir una persona a la que se le puede decir todo —explicó el juez—. ¿Es que soy un necio por querer algo así? ¡Cuánta energía desperdiciamos escondiéndonos unos de otros, temerosos de que se nos conozca, de que nos identifiquen! Pero nosotros hemos sido identificados: cinco locos subidos a un árbol. Es una gran suerte que sepamos cómo hacer uso de esta situación. No tenemos necesidad de preocuparnos por la imagen que presentamos. Tenemos libertad para averiguar quiénes somos en realidad, si estamos convencidos de que nadie puede echarnos de aquí. Es su inseguridad lo que hace que nuestros amigos conspiren para negar las diferencias. Pedazo a pedazo entregué mi corazón en el pasado a extraños que desaparecían de pronto, que se bajaban en la primera estación: puestos

todos ellos juntos quizá hubieran formado esa persona única en el mundo, pero sería como si tuviese una docena de rostros distintos moviéndose por cien calles diferentes. Ésta es mi oportunidad de encontrar a esa persona única en vosotros, en usted, señorita Dolly, en Riley, en todos ustedes.

Catherine lo interrumpió:

—Yo no soy un hombre con doce rostros. ¡Vaya idea...!

Esto irritó a Dolly, que le dijo que si no estaba en condiciones de hablar respetuosamente con el juez debía irse a dormir.

—Pero, señor juez —continuó Dolly—, no estoy segura de saber lo que quiere decir al referirse a las cosas que podemos contarnos unos a otros.

¿Secretos?

—¿Secretos? ¡No, no! —El juez frotó una cerilla y volvió a encender la vela. Su rostro se precipitó hacia nosotros con una expresión inesperadamente patética: teníamos que ayudarlo, suplicaba.— Hablando de esta noche, la verdad es que no hay luna. Lo que se diga no tiene realmente importancia, lo único que importa es la sinceridad con que se diga y la simpatía con que se reciba. Irene, mi esposa, era una mujer notable; deberíamos haberlo compartido todo y, sin embargo, nada se combinaba en nosotros, no podíamos establecer comunicación. Murió en mis brazos y al final le pregunté: “¿Eres feliz, Irene, te he hecho feliz?” “Feliz, feliz, feliz”, éstas fueron sus últimas palabras, equívocas. No llegué a entender nunca si estaba diciéndome que sí o se limitaba a responderme como un eco. Y lo hubiera sabido de haberla conocido. Mis hijos. No me aprecian y hubiera querido gozar de su estimación más como hombre que como padre.

Desgraciadamente, tienen la impresión de que conocen algo vergonzoso de mí; voy a explicarles de qué se trata.

Sus ojos viriles, en los que la luz de la vela ponía facetas brillantes, nos examinaron uno tras otro, como si tratara de someter a prueba nuestra

atención y comprobar si merecíamos su confianza.

—Hace cinco años, o quizá seis, me senté en un asiento del tren en el que algún niño había dejado olvidada una revista infantil. La tomé, me puse a hojearla, y vi en la última página las direcciones de chicos que deseaban mantener correspondencia con otros. Había una chiquilla de Alaska, cuyo nombre me llamó la atención: Heather Falls. Le envié una tarjeta. ¡Dios mío, me pareció algo totalmente inofensivo y agradable! Me respondió inmediatamente y su carta me sorprendió: era un relato muy inteligente de la vida en Alaska, con descripciones encantadoras del rancho ovejero de su padre y de las auroras boreales. Tenía trece años y me envió una fotografía suya. No era una chica guapa, pero sí de aspecto inteligente y amable.

Busqué en un viejo álbum familiar y encontré una instantánea mía, de cuando tenía quince años, hecha durante una excursión de pesca. Una foto al aire libre en la que yo sostenía una trucha en la mano. Parecía bastante reciente. Le escribí a la chica como si siguiera siendo el muchacho de la foto y le conté que me habían regalado una escopeta por Navidad, que nuestra perra había tenido cachorros y los nombres que les pusimos. Le describí también las atracciones de un circo que acababa de pasar por el pueblo. ¡Ser de nuevo un adolescente que se hace mayor y tener un amor platónico y lejano, en Alaska...! Bueno, era algo divertido para un viejo que se sienta a solas a escuchar el tictac de su reloj. Más tarde, la chiquilla me escribió diciéndome que se había enamorado de un muchacho que había conocido y sentí un auténtico ataque de celos, como le hubiera ocurrido a cualquier chico de esa edad. Pero seguimos siendo amigos. Hace dos años, cuando le escribí diciéndole que me preparaba para entrar en la Facultad de Leyes, me envió una pepita de oro: para que me trajera suerte, me dijo.

La sacó de su bolsillo y nos la mostró. Esto hizo que la chica, Heather Falls, se aproximara tanto a nosotros como si el gentil y brillante regalo que

se balanceaba en la palma del juez fuera parte del corazón de la chica.

—¿Y eso es lo que sus hijos consideran vergonzoso? —dijo Dolly, más herida que indignada—. ¿Que quisiera hacerle compañía a una chiquilla solitaria de Alaska? ¡Llueve tanto allí!

El juez Cool cerró su mano sobre la pepita.

—No es que me lo hayan dicho nunca, pero los he oído hablar por la noche, a mis hijos y a sus esposas, preguntándose qué deberían hacer conmigo. Naturalmente, espiaban mi correspondencia. Yo nunca fui de esas personas que cierran sus cajones con llave... Me parece raro que un hombre no pueda vivir sin llaves en lo que, por lo menos antes, fue su propia casa.

Pensaron que aquello era un síntoma de...

Hizo un gesto inconfundible llevándose la mano a la sien.

—Yo tuve carta en una ocasión. Collin, guapo, ponme un poco de zarzamora. —Catherine me señaló la botella—. Sí, es cierto que la recibí; aún la conservo en alguna parte, la he guardado veinte años sin dejar de preguntarme quién me la pudo escribir. Decía: “Hola, Catherine, vente a Miami y cásate conmigo. Te quiero. Bill”.

—Catherine... ¿Un hombre te pidió que te casaras con él y no me dijiste ni una palabra?

Catherine se encogió de hombros.

—Bien, Corazoncito, ¿qué acaba de decir el juez? No se cuenta todo a todo el mundo. He conocido a un montón de hombres que se llamaban Bill, pero no me casaría con ninguno de ellos. Lo que me intriga es saber qué Bill fue el que me escribió la carta. Y eso, sobre todo, porque es la única carta que he recibido en mi vida. Pudo ser el Bill que puso el tejado de mi casa; claro que en la época en que el tejado fue terminado... Dios mío, me he vuelto vieja, y hace ya tanto tiempo, que lo he olvidado. También pudo ser el Bill que vino a arar el jardín, en la primavera de 1913: ¡qué surcos tan

rectos araba! O el Bill que hizo el gallinero: se marchó a trabajar en el ferrocarril. Sí, es posible que fuese él quien me escribió la carta. O Bill...

no, no, ése se llamaba Fred... Collin, cariño, este zumo es estupendo.

—Yo también tomaría otro traguito —dijo Dolly—. Esta Catherine me ha dado tal...

—Ejem... —dijo Catherine.

—Si hablaras más despacio o mascaras menos... —El juez creía que el algodón con que Catherine se rellenaba las mejillas era tabaco de mascar.

Riley, que se mantenía a cierta distancia de nosotros, se aproximó un poco, aunque con la mirada fija en la poblada oscuridad. “Pi, pi, pi...”, gritó un pájaro.

—Yo... Está usted equivocado, señor juez —dijo.

—¿Cómo es eso, hijo?

La expresión de intranquilidad que yo asociaba con Riley invadió su rostro.

—Yo no tengo problemas: no soy nada... ¿o diría usted que ése es mi problema? Me paso horas echado, despierto, pensando en las cosas que sé hacer: cazar, conducir un coche, hacer el tonto de un lado para otro... Y me asusta de veras el pensar que es posible que esto sea lo único que haga en toda mi vida. Otra cosa. No siento nada por nadie, excepto por mis hermanas, lo que es algo distinto. Por ejemplo, he estado saliendo con esa chica de Rock City cerca de un año, el tiempo más largo que he salido con una chica. Creo que fue hace una semana cuando explotó y me dijo:

“¿Dónde tienes el corazón?”. Y añadió que si no la amaba se moriría. Así que detuve el coche en la vía del tren. “Bien”, le dije, “vamos a quedarnos aquí, sentados en el coche. Dentro de veinte minutos pasará el expreso, el Crescent.” No separamos los ojos el uno del otro y todo lo que pensé fue: te estoy mirando y no siento nada, excepto...

—¿Excepto vanidad? —interrumpió el juez.

Riley no lo negó.

—Si mis hermanas hubieran sido mayores, si hubieran tenido la edad suficiente para ocuparse de sí mismas, no me hubiera importado quedarme allí y esperar que el tren pasara sobre nosotros.

Sentí que el estómago me dolía al oírlo hablar de ese modo. Tuve ganas de decirle que él era todo lo que yo deseaba llegar a ser.

—Antes se refirió usted a esa persona única en el mundo. ¿Por qué no pude yo pensar así de esa chica? Era lo que yo deseaba. No soy bueno. Tal vez si alguien llegara a importarme de veras podría hacer planes y llevarlos a cabo: comprar ese terreno más allá de Parson Place y construir casas en él... Podría hacerlo si me asentara.

De repente el viento separó las hojas y partió las nubes nocturnas. Las estrellas nos hicieron llegar la lluvia de su luz. Nuestra vela, como intimidada por la incandescente intromisión de aquel cielo cuajado de estrellas, tembló y pudimos ver, desnuda encima de nosotros, una luna menguante invernal que era como un copo de nieve; y criaturas cercanas y alejadas de nosotros parecieron llamarla: sapos jorobados con ojos de luna, un gato salvaje con voz desgarrada. Catherine tomó el edredón rosa e insistió en que Dolly se envolviera en él. Después pasó sus brazos en torno a mí y me rascó cariñosamente la cabeza hasta que la dejé descansar en su regazo. “¿Tienes frío?”, me preguntó, y yo me apreté más contra ella. Era tan amable y cálida como nuestra vieja cocina.

—Hijo, yo diría que empezaste mal las cosas —dijo el juez subiéndose el cuello de la chaqueta—. ¿Por qué había de importarte una chica? ¿Te ha importado alguna vez una hoja?

Riley, sin dejar de escuchar al gato salvaje, con la mirada intensa de un cazador, apartó las hojas que el viento arrastraba junto a nosotros como

mariposas de medianoche, vivas, temblorosas, como si quisieran escapar y volar. Una se quedó atrapada entre sus dedos. También el juez tomó una hoja, que pareció tener más valor en su mano que en la de Riley.

Apretándola suavemente sobre su mejilla dijo distante:

—Estábamos hablando del amor. Una hoja, un puñado de simiente...

Empieza con eso, aprende un poco lo que es el amor. Primero una hoja, la caída de la lluvia, después alguien que pueda recibir lo que la hoja te enseñó, lo que maduró la lluvia. No es un proceso fácil, compréndelo: puede exigir toda una vida, como me ocurrió a mí, y aún no he logrado dominarlo ni creo que lo haga nunca... Sólo sé esta verdad tan grande: que el amor es una cadena de amor del mismo modo que la naturaleza es una cadena de vida.

—Entonces —dijo Dolly con una profunda inspiración—, yo he estado enamorada toda mi vida. —Se sumergió en el edredón.— Bueno, no —y su voz se hizo más débil—, supongo que no. Nunca he amado a un... —

mientras buscaba la palabra, el viento jugó caprichosamente con su velo—

caballero. Puede decirse que nunca tuve la oportunidad. Excepto papá. —

Hizo una pausa como si creyera que había hablado demasiado. El resplandor de las estrellas la envolvió más estrechamente que el edredón; algo, los sapos que croaban, el vibrar de voces que llegaban del campo de hierba, la convenció, la persuadió de que debía seguir:— Pero he amado a todo lo demás. Por ejemplo, al color rosa. Dibujaba gatos rosas, árboles rosas... Durante treinta y cuatro años he vivido en un cuarto rosa. Tenía una caja, que debe de estar en algún lugar de la buhardilla; tengo que pedirle a Verena que haga el favor de dármela. Será agradable volver a ver mis primeros amores: un panal seco, un avispero vacío, y otras cosas, como una naranja tachonada de clavos de olor y un huevo de arrendajo... Cuando amaba, el amor se acumulaba en mi interior de tal modo que me hacía volar

de un lado a otro como un pájaro en un campo de girasoles. Pero es mejor no demostrarlo demasiado, pues se diría que es una carga para los demás y, no sé por qué, parece hacerlos desgraciados. Verena se burla de mí por lo que considera mi manía de ocultarme en los rincones, pero es que tengo miedo de asustar a la gente si demuestro que me intereso por ellos. Como con la mujer de Paul Jimson. Cuando el marido se puso enfermo y fue incapaz de seguir repartiendo los periódicos, ¿lo recordáis?, ella se hizo cargo del trabajo. Pobrecita, tan poquita cosa, cargada con aquel saco de periódicos. Una tarde muy fría se presentó en el porche de casa con la nariz mojada y los ojos llenos de lágrimas de frío... Dejó el periódico y yo le dije:

“Espera un poco”. Saqué el pañuelo para secarle los ojos. Sólo deseaba decirle que lo sentía mucho y que la quería y mi mano rozó su mejilla.

Escapó corriendo, escaleras abajo, con un débil grito. A partir de entonces, siempre tira el periódico desde la calle y cuando lo oigo golpear en el porche es como si diera contra mis huesos.

—¡La mujer de Paul Jimson...! ¡Mira que preocuparte por basura como ésa! —exclamó Catherine alzando la boca con el resto de la zarzamora—.

Yo tengo una pecera con peces de colores, pero que me gusten los peces no significa que quiera a todo el mundo. Amar causa un montón de líos,

¡diablos! Puedes decir lo que quieras, pero no harás más que daño sacando a relucir lo que sería mejor olvidar. La gente debería ser más reservada, guardar sus cosas para sí. La parte más profunda de uno mismo es la mejor de todas. ¿Qué queda de un ser humano que va por ahí contando sus intimidades? El juez ha dicho que todos nosotros estamos aquí porque tenemos algún problema. ¡Tonterías! Estamos aquí por razones muy simples. Una, que ésta es nuestra casa del árbol. Dos, que Ésa y el judío trataron de robarnos algo que nos pertenece. Tres, ustedes están aquí, cada uno de ustedes, porque quieren estar, porque así se lo pide la parte más

profunda de su ser. Esto último no me afecta a mí. Me gusta tener un techo sobre mi cabeza. Corazoncito, dale al juez una parte del edredón, está tiritando como si estuviésemos en el Día de Difuntos.

Tímidamente, Dolly abrió un poco el edredón y le hizo señas de que se tapara con él. El juez, no tan tímido, se metió debajo inmediatamente. Las ramas del árbol se mecían como enormes remos que se hundieran en un mar agitado y enfriado por las estrellas lejanas, lejanas. Un poco abandonado de todos, Riley estaba sentado, hecho un ovillo, como un huérfano digno de compasión.

—¡Acércate un poco, cabezota, tienes tanto frío como los demás! —dijo Catherine, ofreciendo el mismo lugar a su derecha que yo ocupaba a su izquierda.

No pareció querer aceptar; quizá se había dado cuenta de lo mal que olía Catherine o pensó que era poco varonil acurrucarse de aquel modo. Yo le dije:

—Acércate, Riley, Catherine es buena y cálida, mejor que el edredón.

Al cabo de un momento Riley se acercó a nosotros. Todo quedó en silencio durante tanto tiempo que creí que dormíamos. De pronto advertí que Catherine murmuraba:

—Se me acaba de ocurrir quién me escribió la carta: Bill Nadie. Fue Ésa, Ésa. Tan seguro como que me llamo Catherine Creek. Ésa se encargó de que algún negro echara la carta en Miami, pensando que me largaría corriendo de aquí y no volvería a oír hablar de mí.

—¡Cállate, cállate! —dijo Dolly, medio dormida—. No hay nada que temer, tenemos hombres que cuidan de nosotras.

El viento sacudió una de las ramas. La luz de la luna prendió en el árbol.

Vi que el juez tomaba la mano de Dolly. Eso fue lo último que vi.

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