El arpa de hierba
Capítulo 5
El día siguiente, que era miércoles y primero de octubre, no lo olvidaré jamás.
Todo empezó mal: Riley me despertó al pisarme los dedos y Dolly, que ya estaba despierta, insistió en que le pidiera disculpas por maldecirlo. La cortesía, me dijo, es mucho más importante por la mañana que a cualquier otra hora del día, sobre todo cuando se convive en un alojamiento tan reducido como el nuestro. El reloj del juez, que continuaba pendiendo de la ramita como una pesada manzana de oro, nos dijo que eran las seis y seis.
No sé quién tuvo la idea, pero desayunamos naranjas, galletas saladas y salchichas frías. El juez afirmó con un gruñido que nadie puede sentirse completamente humano antes de haber tomado una taza de café caliente.
Estuvimos de acuerdo en que el café era precisamente lo que todos más echábamos de menos. Riley se ofreció voluntario para ir en su coche a la ciudad y traerlo; al mismo tiempo, tendría oportunidad de fisgonear un poco y enterarse de lo que pasaba. Sugirió que podía acompañarlo.
—Nadie podrá verlo si se agacha y se queda escondido en el asiento.
Aunque el juez objetó que aquello era una locura, Dolly intuyó que yo deseaba ir. Siempre ansié acompañar a Riley en su coche; ahora que la oportunidad se me ofrecía me sentía excitadísimo, pese a la perspectiva de que nadie lo vería.
—No me parece mal que vayas —dijo Dolly—. Pero tienes que cambiarte la camisa. En el cuello de la que llevas podrían plantarse nabos.
La pradera estaba sin voz, ni rumor de faisanes, ni agitación furtiva alguna. Las puntiagudas hojas de la hierba estaban aguzadas y tenían el color rojo sangre de las flechas tras una batalla, y se rompían bajo nuestros pies con un crujido seco cuando rodeábamos la colina hacia el cementerio.
Desde allí la vista era magnífica. La temblorosa superficie sin límites del bosque de River y, más allá de la esbelta torre del edificio de los tribunales y de las chimeneas humeantes del pueblo, casi cien kilómetros de tierras cultivadas, ondulantes, salpicadas de molinos de viento. Me detuve junto a las tumbas de mis padres. No solía visitarlas con frecuencia, me deprimían las lápidas, frías, pétreas... tan distintas de todo lo que yo recordaba de ellos, su vitalidad, los lloros de mi madre cuando mi padre se marchaba a vender sus frigoríficos, cómo él corrió desnudo a la calle cuando ella murió.
Me hubiera gustado tener flores para ponerlas en los jarrones de terracota que estaban tristemente vacíos sobre el mármol rayado y sucio. Riley me ayudó; cortó unos capullos de un rosal de China, y mientras contemplaba cómo yo los arreglaba me dijo:
—Me alegro de que tu madre fuera una mujer tan buena. No encuentras más que zorras por todas partes.
Me pregunté si se refería a su propia madre, la pobre Rose Henderson, que lo obligaba a saltar en una pierna por el jardín de su casa recitando la tabla de multiplicar, aunque me parecía que Riley había superado ya esos duros días. Tenía un coche que se decía que había costado unos tres mil dólares. De segunda mano, claro. Era un coche extranjero, un Alfa Romeo deportivo (el Alfa de Romeo, bromeaban), que le había comprado en Nueva Orleáns a un político que fue a parar a la cárcel.
Corrimos en el coche por la carretera sin pavimentar en dirección al pueblo. Yo no perdía la esperanza de que alguien nos viese, de que hubiera algún testigo que pudiese confirmar que había ido con Riley en su coche.
Hubiera dado todo mi corazón porque determinadas personas me hubiesen visto. Pero era demasiado temprano para que nadie estuviera por las calles; el desayuno seguía todavía al fuego y el humo salía de las chimeneas de las casas junto a las que pasábamos. Giramos en la esquina de la iglesia, atravesamos la plaza y estacionamos en el sucio callejón que discurre entre los establos de Cooper y la panadería Katydid. Allí me dejó Riley, con órdenes de no moverme. No tardaría más de una hora en volver, me dijo.
Así que, tumbado sobre el asiento, escuché el bullicio de los gorriones que picoteaban en el heno del establo, respiré el aroma del pan recién cocido y traté de adivinar de qué eran los otros olores que salían por la puerta de la panadería. El matrimonio dueño de aquella panadería —su apellido era County: el señor y la señora C. C. County— tenía que comenzar su jornada a las tres de la mañana para estar listos y poder abrir las puertas de su establecimiento a las ocho. Era un negocio próspero y limpio. La señora County podía permitirse comprar los vestidos más caros que vendía Verena.
Mientras estaba en el coche, disfrutando de aquellos buenos olores, se abrió la puerta de atrás de la panadería y el señor County, escoba en mano, barrió los restos de harina hacia el callejón. Supongo que se sorprendió al ver estacionado allí el coche de Riley y más aún al verme en su interior.
—¿Qué haces por aquí, Collin?
—Nada de particular, señor County —le respondí mientras, internamente, me preguntaba si estaba enterado de nuestros problemas.
—Me parece que vamos a tener un excelente octubre —dijo frotando el aire con sus dedos como si pensara que el frío que se tejía en él fuera una tela que se pudiera tocar—. Hemos tenido muy mal tiempo este verano.
Aquí dentro, con el horno, el calor se hacía insoportable. Mira, hijo, en la tienda hay un bollo de jengibre esperándote; así que entra y acaba con él.
El señor County no era la clase de hombre capaz de hacerme entrar en su tienda para llamar al sheriff.
Su esposa me recibió cariñosamente, junto al horno, caliente y aromático, como si no pudiera haber para ella cosa más placentera que mi visita. Muy pocas serán las personas que no sientan cariño y simpatía por la señora County. Una mujer fuerte y nada amiga de cumplidos, con tobillos de elefante, brazos bien desarrollados y un rostro musculoso, permanentemente encendido y en el cual destacaban sus ojos azules como las aguas heladas; su cabello daba la sensación de que acababa de meter la cabeza dentro de un barril de harina. Llevaba un delantal que le llegaba hasta la punta de los pies. Su esposo también llevaba uno; en más de una ocasión, con el delantal puesto, lo había visto cruzar la calle para tomarse una cerveza y descansar un rato charlando con los otros hombres que se reunían en la esquina del Café de Phil: parecía un payaso pintado, torpe, empolvado y elegantemente anguloso.
La señora County despejó un lugar de su mesa de trabajo y me puso delante una taza de café y unos bollos de canela todavía calientes, de aquellos que tanto le gustaban a Dolly. El señor County sugirió que tal vez yo prefería otra clase de dulces en vez de los bollos.
—Le había prometido... ¿qué te había prometido? ¡Ah, sí! Un bollo de jengibre de esos que tienen forma de hombre.
Su mujer sacudió un trozo de masa.
—Eso es para niños, Collin es ya un adulto, o casi. ¿Cuántos años tienes, Collin?
—Dieciséis.
—Los mismos que Samuel —dijo refiriéndose a su hijo, al que todos llamaban el Mulo, pues no podía decirse que fuera una lumbrera.
Les pregunté cómo estaba, porque el otoño anterior, después de haber repetido tres veces el octavo curso, marchó a Pensacola y se alistó en la Marina.
—Está en Panamá, eso es lo último que sabemos de él —dijo la señora County estirando la masa hasta convertirla en una fina capa de pasta para empanadillas—. No recibimos muchas cartas. Le he escrito diciéndole que o escribe más a casa o seré yo quien le escriba al presidente diciéndole exactamente la edad que tiene. ¿No lo sabes?, se alistó en la Marina con datos falsos. Cuando lo supe me puse furiosa y le eché las culpas al señor Hand en la mismísima escuela. La razón de que se fuese era que no podía aguantar estar siempre en el octavo curso, tan alto y mayor, entre aquellos chiquillos pequeños. Pero ahora me doy cuenta de que el señor Hand tenía razón: no sería justo para los demás que dejara pasar a Samuel a otro curso o lo aprobara si no sabía lo suficiente. Al fin y al cabo, quizá esto sea lo mejor para él. C. C., enséñale a Collin la fotografía.
Estaba retratado sobre un fondo de palmeras y de mar auténtico, con otros tres marineros, de pie y tomados del brazo. Al pie de la fotografía había escrito: “Dios bendiga a papá y mamá. Samuel”. Me irritó pensar que el Mulo estaba viendo mundo y a mí se me ofrecía un pastelillo como si fuera un crío. Cuando les devolví la foto, el señor County me dijo:
—Soy partidario de que un muchacho sirva a su patria. Lo peor de todo es que, precisamente, Samuel iba a estar pronto en condiciones de poder echarnos una mano aquí. No me gusta en absoluto depender de la ayuda de jornaleros negros, siempre mintiendo y robando. Nunca sabes si van a hacer las cosas bien o mal.
—No entiendo cómo C. C. puede hablar de ese modo —dijo su mujer apretando los labios—. Sabe que me pone furiosa. Las gentes de color no son peores que los blancos. En algunos casos incluso son mejores. Yo he
tenido ocasión de decírselo así a mucha gente del pueblo. Es como ese asunto de la vieja Catherine Creek. Me da náuseas. Es posible que esté un poco chiflada y sea un tanto rara, pero es una buena mujer, si las hay. Lo que me hace recordar que había pensado enviarle una bandeja de comida a la cárcel. Apostaría a que el sheriff no le ofrece una buena mesa.
Las cosas, cuando cambian, por poco que sea, ya no vuelven a ser lo que fueron: el mundo ya nos conocía; nunca más volveríamos a disfrutar del calor hogareño. Me pareció ver el invierno aproximándose a un árbol frío; lloré, lloré y me sentí atrapado, rechazado, como un viejo trapo destrozado y empapado por la lluvia. Desde que abandonamos la casa había estado deseando llorar. La señora County me pidió perdón por si había dicho algo capaz de disgustarme. Me secó el rostro con su delantal de cocina lleno de manchas y nos echamos a reír, no tuvimos más remedio que hacerlo, al comprobar el estado en que había quedado mi cara gracias a la masa, la harina y mis lágrimas; me sentí, como se suele decir, mucho mejor, como si me hubiera quitado un peso del corazón. Por razones de orgullo varonil que comprendo, pero que no me avergüenzan, el señor County se sintió mortificado por mi explosión sentimental y se había retirado a la parte delantera de la tienda.
La señora County se sirvió un poco de café y se sentó.
—No pretendo saber lo que pasa —dijo—. Por lo que he oído, la señorita Dolly ha dejado de ocuparse de la casa porque tuvo ciertas desavenencias con Verena, ¿no es así?
Me hubiera gustado decirle que la situación era más complicada, pero cuando traté de poner en orden los acontecimientos, acabé preguntándome si realmente lo era.
—Es posible que esto suene como si estuviera hablando contra Dolly, pero no es así —continuó pensativa—. Sólo digo lo que siento: sería mejor
que volvierais a casa, y Dolly debería hacer las paces con Verena. Eso es lo que ha estado haciendo toda su vida, y ahora ya es mayor para cambiar las cosas. Además da mal ejemplo al pueblo: dos hermanas que se pelean y una de ellas se va a vivir a un árbol... ¡Y el juez Charlie Cool! Por primera vez en mi vida siento pena al pensar en sus hijos. Los ciudadanos más destacados de una población deben saber comportarse, pues, si no es así, la comunidad se desmorona. Hablando de otra cosa, ¿has visto la carreta que hay en la plaza? ¿No?, pues no estaría de más que le echaras una mirada. Se trata de una familia de vaqueros. C. C. dice que son evangelistas. Todo lo que sé es que han causado gran revuelo y también hablan de Dolly. —
Enfadada, sopló en una bolsa de papel para abrirla.— Quiero que le digas que vuelva a casa. Aquí tienes, Collin, unos cuantos bollos de canela. Ya sé lo mucho que le gustan a Dolly.
Cuando dejé la panadería el reloj de los tribunales daba las ocho, lo que quería decir que eran las siete y media. Ese reloj siempre iba media hora adelantado. En una ocasión trajeron a un experto para que lo arreglara. Al cabo de casi una semana de intentos de repararlo su recomendación fue que lo volaran con dinamita. El concejo votó que debía pagarse al relojero como si hubiera hecho su trabajo, pues se había despertado en todos una especie de orgullo al ver que el reloj se mostraba tan incorregible.
En torno a la plaza varios comerciantes se preparaban para abrir sus establecimientos. Se barrían las entradas, y el ruido de algunos barriles al ser hechos rodar rompió el silencio de las calles frías y parsimoniosas, como un gato perezoso. En Early Bird, una tienda de comestibles mejor que la de Verena, Jitney Jungle, dos muchachos de color estaban decorando el escaparate con latas de piña hawaiana. En la parte sur de la plaza, tras los bancos de mimbre donde en todas las estaciones del año se sentaban pacíficos ancianos cada día más cerca de la muerte, pude ver la carreta de la
que me habló la señora County; en realidad era un viejo camión con una cubierta de lona para darle el aspecto de las antiguas carretas del Oeste. Su solitaria presencia en medio de la plaza vacía resultaba melancólica y absurda. Un cartel de fabricación casera sobresalía encima del vehículo como la aleta dorsal de un tiburón; en él podía leerse: “Deja que el Pequeño Homer Honey capture con su lazo tu alma para el Señor.” En el otro lado se había pintado una cabeza agresiva, verdosa y gesticulante, coronada por un enorme sombrero de vaquero. No se me hubiera ocurrido pensar que tratase de representar nada humano, pero según decía debajo aquello era el “Niño Prodigio Pequeño Homer Honey”. Sin nada más que ver, pues no había nadie en torno al camión, me dirigí hacia la cárcel, un edificio cúbico de ladrillo situado en la misma calle, al lado de la Ford Motor Company. Había estado dentro en una ocasión. Me llevó Eddie Stover, el Largo, con una docena más, entre chicos y hombres. Entró en la droguería y dijo: “Venid a la cárcel si queréis ver algo bueno.” La atracción era un muchacho gitano, guapo y esbelto, a quien habían apresado viajando de polizón en un tren de mercancías. Eddie el Largo le dio un cuarto de dólar y le dijo que se bajara los pantalones: nadie podía creer el tamaño de su miembro, y uno de los hombres dijo:
—Muchacho, ¿cómo es posible que te tengan encerrado teniendo una palanca como ésa?
Durante semanas pudo saberse cuáles eran las chicas que habían oído el chiste: cuchicheaban y reían entre dientes cada vez que pasaban delante de la cárcel.
Un emblema poco corriente decoraba uno de los muros laterales de la cárcel. Le pregunté a Dolly qué era, y me dijo que recordaba que en su juventud aquello fue un anuncio de caramelos. Si fue así, ahora las letras habían desaparecido: lo que quedaba era una especie de cálido tapiz con dos
ángeles de color rosado como las patas de un flamenco, que parecían nadar tocando sus trompetas sobre un enorme cuerno de la abundancia lleno de caramelos como una cesta navideña; bordado en los ladrillos, parecía un desvaído mural, un ligero tatuaje, y los rayos del sol hacían revolotear a los ángeles aprisionados como si fueran las ánimas de los delincuentes.
Sabía el riesgo que corría al acercarme allí, poniéndome al descubierto, pero pasé y dejé atrás la cárcel y después volví a pasar, silbé y llamé en voz baja, “Catherine, Catherine”, esperando que esto la hiciera asomarse a la ventana. Reconocí en seguida cuál era la de su celda: en el alféizar, reflejando la luz al otro lado de los barrotes, pude ver la redonda pecera con los peces de colores que, como supimos después, había pedido que le llevaran a la cárcel. El resplandor anaranjado de los peces nadando en torno al castillo de coral me hizo pensar en la mañana en que ayudé a Dolly a buscar el castillo y las cuentas. Ése fue el principio; con un escalofrío repentino al pensar en cuál podría ser el final si Catherine se asomaba y miraba abajo, rogué a Dios que no se asomara a la ventana: de haberlo hecho, no hubiera visto a nadie, porque di media vuelta y salí corriendo.
Riley me tuvo esperando en el coche durante más de dos horas. Para cuando regresó, estaba de un mal humor tal que no me atreví a mostrarle el mío. Al parecer había ido a su casa y se encontró a sus hermanas, Anne y Elizabeth, y a Maude Riordan, que había pasado allí la noche, todavía en la cama y sin hacer nada; y no sólo eso, sino que la sala de estar estaba llena de botellas de refresco vacías, y de colillas. Maude cargó las culpas sobre sí misma y confesó haber invitado a algunos chicos a oír música y bailar. Sin embargo, las castigadas fueron sus hermanas. Las sacó de la cama y las azotó. Le pregunté qué significaba realmente eso de que las había azotado.
“Las puse sobre mis rodillas y les pegué con una zapatilla de tenis”, me respondió. No pude imaginarme gráficamente la escena, que no concordaba
con mi idea de la dignidad de Elizabeth. “Eres demasiado duro con esas chicas”, dije, y añadí, vengativo, que Maude era la peor. Me tomó en serio y me dijo que tenía razón y que también había intentado pegarle a ella, aunque sólo fuera porque le había dedicado unos insultos que no le hubiera permitido a nadie. Pero no pudo hacerlo porque se escapó por la puerta de atrás. Pensé en mi interior que quizá Maude había conseguido por fin que mordiera el anzuelo.
El pelo generalmente descuidado de Riley estaba bien peinado y pegado con brillantina; el chico olía a agua de lilas y polvos de talco. No tuvo necesidad de decirme que había estado en la peluquería ni por qué.
Por aquella época llevaba la peluquería un tipo excepcional, que ya está retirado: Amos Legrand. Algunos hombres, como el sheriff, y desde luego también Riley Henderson, y muchos otros, cuando se referían a él lo llamaban “el viejo marica”. Pero lo hacían sin mala intención, pues a la mayor parte de la gente Amos le caía bien y no le deseaban nada malo. Era tan bajo que tenía que subirse en un cajón para poder cortar el pelo, bullicioso y parlanchín como un par de castañuelas. Llamaba “cariño” a todos sus clientes, hombres o mujeres, sin hacer diferencias.
—Cariño —solía decir—, ya era hora de que te cortaras el pelo; estaba a punto de regalarte un paquete de horquillas.
Amos tenía un tremendo don: podía hablar y hablar de temas que interesaban tanto a los hombres de negocios como a las chicas de diez años... Hablaba de cualquier cosa, desde el precio que había obtenido Ben Jones por su cosecha de maníes hasta quién sería invitado a la fiesta de cumpleaños de Mary Simpson.
Resultaba comprensible y natural que Riley hubiera ido a su barbería para enterarse de las últimas novedades. Desde luego, me las repitió con
pelos y señales, pero yo podía imaginarme a Amos, con su voz como el zumbar de las alas de un colibrí:
—Ya lo ves, cariño, eso es lo que ocurre cuando uno deja su dinero tirado por ahí. Y tenía que ocurrirle precisamente a Verena Talbo, de quien todos pensábamos que tan pronto tenía un dólar corría a meterlo en el banco.
Doce mil setecientos dólares. Y parece que esto no es todo; se dice que Verena y el doctor Ritz iban a hacer algún negocio juntos y por esa razón adquirieron la vieja fábrica de conservas. Y resulta que Verena le había dado otros diez mil dólares para que comprara maquinaria, ¡Dios sabe qué!, y al parecer no se gastó ni un solo centavo. Se lo metió todo en el bolsillo.
Y nadie ha encontrado ni rastro de él. Ya debe de estar en Sudamérica, y dudo mucho que den con él. Nunca me atrevería a insinuar que hubiera nada entre ellos, pero Verena Talbo estaba últimamente un tanto rara.
Cariño, ese judío es el peor caso de caspa que he visto en una cabeza humana. Una mujer tan lista como ella y a lo mejor estaba loca por él. Y
encima todo ese jaleo con su hermana. No me extraña que el doctor Carter tenga que ponerle tantas inyecciones. Pero lo más raro es lo de Charlie Cool, ¿por qué se le habrá ocurrido irse así, como si quisiera adelantar su muerte?
Nuestro coche volaba cuando dejamos el pueblo. Plum, plum... los insectos reventaban contra el parabrisas. El día azul, seco y almidonado, silbaba a nuestro alrededor, no había ni una sola nube; sin embargo, yo sentía en los huesos el presagio de una tormenta. Ésa es una molestia propia de los viejos, pero bastante rara entre los jóvenes: es como si el ruido apagado de un trueno te resonara en las coyunturas. Por el dolor que sentía, tenía que estar aproximándose un huracán cuando menos, y así se lo dije a Riley, que me respondió: “¡Vamos, hombre, estás loco, mira el cielo!”.
Estábamos haciendo una apuesta cuando, al tomar la curva peligrosa que
llevaba al cementerio, Riley se asustó y pisó fuertemente el freno.
Patinamos el tiempo suficiente para pasar detallada revista a nuestras vidas.
No fue culpa de Riley; en el centro de la carretera y marchando con la lentitud de una vaca paralítica estaba el camión del Pequeño Homer Honey.
Con un ruido de maquinaria que se derrumba, se produjo una brusca detención. En un momento el chofer descendió: era una mujer.
No era joven, pero había cierta gracia en el contorno de sus caderas y sus senos rozaban y se movían contra la blusa de color melocotón de modo subyugante. Llevaba una falda pantalón de gamuza y botas vaqueras con tacón alto, lo cual era un error, pues todo parecía indicar que sus piernas, si hubieran estado completamente expuestas, serían la mejor parte de su cuerpo. Se apoyó en la portezuela del camión. Sus párpados cayeron como si no pudieran soportar el peso de las pestañas; con la punta de la lengua se humedeció los labios, muy rojos.
—¡Buenos días, muchachos! —nos dijo, y su voz era grave, lenta y casi sin inflexiones—, quisiera que me indicarais una dirección.
—¿Qué demonios le pasa? —exclamó Riley, que había recuperado la confianza en sí mismo—. Ha estado a punto de hacernos volcar.
—Me sorprende que te atrevas a decir una cosa así —respondió la mujer, agitando amablemente su cabeza alargada; su pelo, de color albaricoque increíblemente artificial, estaba cuidadosamente rizado, y sus rizos, al agitarse, parecían cascabeles, pero sin música—, ibas muy deprisa, querido
—le reprochó con cierta complacencia—. Supongo que hay alguna ley que lo prohíbe. Hay leyes contra todo, especialmente aquí.
Riley le replicó:
—Debería haber una ley contra ese camión. A un montón de chatarra como ése no se le tendría que permitir circular.
—Ya lo sé, querido —se rió la mujer—, te hago un cambio si quieres, aunque me temo que no cabríamos todos nosotros en ese coche, incluso vamos ya un poco apretujados en esta carreta. ¿Me das un cigarrillo? Eres una monada, gracias.
Mientras encendía el cigarrillo me di cuenta de lo ajadas que estaban sus manos: eran ásperas y llevaba las uñas sin pintar; una de ellas estaba negra, como si se la hubiera apretado con una puerta.
—Me han dicho —añadió tras encender el cigarrillo— que siguiendo este camino podemos encontrar a la señorita Talbo, Dolly Talbo. Parece que se ha ido a vivir a un árbol. Me gustaría que tuvieras la amabilidad de indicarnos dónde...
Poco a poco, del camión fue bajando todo un orfelinato. Chiquillos que apenas podían sostenerse sobre sus piernas torcidas de bebé, con cabezas de estopa y los mocos colgando, chicas con edad suficiente para usar sostenes y un grupo de chicos, algunos con la estatura de hombres adultos. Conté hasta diez, incluyendo una pareja de mellizos bizcos y un bebé con pañales atendido por una chiquilla que no pasaba de los cinco años. Y todavía, como los conejos que surgen del sombrero de un prestidigitador, continuaron saliendo, multiplicándose hasta que la carretera estuvo densamente poblada.
—¿Todos son suyos? —pregunté ansioso, pues en un nuevo recuento llegué a los quince.
Un chico de unos doce años, con gafas de fina montura de acero, iba de un lado a otro con un gran sombrero vaquero que le hacía parecer un champiñón con piernas. La mayoría de los miembros de la familia llevaba alguna pieza de indumentaria vaquera, botas o, cuando menos, un pañuelo de rodeo al cuello. Pero era un grupo de aspecto más bien descorazonador, y enfermizo también, como si llevaran años viviendo sólo de papas cocidas y
cebollas. Se apelotonaron en torno al coche, tranquilos y apagados como fantasmas, con excepción de los más pequeños, que tocaban los faros y golpeaban los paragolpes.
—Puedes estar seguro, querido: todos míos —respondió dando un golpe con la palma de la mano en la cabeza de una de las niñas que trataba de trepar por su pierna—, aunque a veces pienso que he recogido en alguna parte uno o dos que no me pertenecen —añadió, encogiéndose de hombros, y varios de los niños sonrieron. Parecían adorarla—. Algunos de los padres han muerto, pero supongo que los demás siguen vivos... en alguna parte.
Pero eso no es asunto nuestro. Supongo que no estuvisteis en mi reunión de anoche. Soy la Hermana Ida, la madre del Pequeño Homer Honey.
Quise saber cuál de aquellas criaturas era el Pequeño Homer. Dirigió la mirada a su alrededor y señaló al muchacho de los lentes, que, vacilante bajo su enorme sombrero vaquero, nos saludó:
—¡Que Jesucristo os bendiga! ¿Queréis un silbato?
Sin esperar respuesta, infló los carrillos y sopló en un silbato.
—Con uno de ésos —explicó la madre, echando hacia atrás su cabello—, se asusta al Demonio. Además tienen un buen número de usos prácticos.
—Veinte centavos —ofreció el chiquillo. Tenía una cara preocupada y pequeña, blanca como la crema de maquillaje. El sombrero se le hundía hasta las cejas.
Le hubiera comprado uno de haber tenido dinero. Podía verse que estaban hambrientos. Riley pensó lo mismo y en seguida sacó cincuenta centavos y compró dos silbatos.
—¡Bendito seas! —dijo Pequeño Homer, que se puso la moneda entre los dientes y la mordió con fuerza.
—Es que corre mucha moneda falsa estos días —nos confió la madre como disculpando a su hijo—. En nuestro trabajo no hay demasiados
problemas de este tipo —añadió suspirando—. Bueno, si nos queréis indicar dónde... No podemos ir mucho más lejos; estamos a punto de quedarnos sin combustible.
Riley le explicó que estaba perdiendo el tiempo.
—Aquí ya no hay nadie —le dijo poniendo en marcha el motor de su coche. Otro conductor, que había quedado bloqueado detrás de nosotros, estaba tocando la bocina.
—¿No están en el árbol? —Su voz tenía un tono de súplica sobre el rugir impaciente del motor.— Entonces, ¿dónde podemos encontrarla? —Trataba de evitar con sus manos que el coche siguiera adelante.— Tenemos negocios muy importantes, nosotros...
Riley hizo arrancar el coche de un tirón. Mirando hacia atrás, los vi observándonos entre la nube de polvo que se levantaba en la carretera. Le dije a Riley, intrigado por su conducta, que deberíamos haber averiguado qué querían de Dolly.
Y él me respondió:
—Creo que ya lo sé.
Riley sabía muchas cosas, pues Amos Legrand le había informado detalladamente sobre el asunto de la Hermana Ida. Aun cuando ella no había estado en nuestra ciudad con anterioridad, Amos, que de vez en cuando hacía algún que otro viajecito, dijo que la había visto una vez en una feria, en Bottle, un pueblo no muy lejano del nuestro. Al parecer tampoco era una desconocida para el reverendo Buster, que, en el momento de su llegada, había corrido a buscar al sheriff para exigir que se le prohibiera a la
“troupe” del Pequeño Homer Honey que celebrara reunión alguna. Los llamó estafadores y añadió que la que se hacía llamar Hermana Ida era conocida en seis estados como una puta infame: ¡quince hijos y ni la menor
señal de marido! Amos también estaba seguro de que nunca había estado casada, aunque en su opinión una mujer tan industriosa merecía respeto. El sheriff respondió que ya tenía suficientes problemas. Y dijo además que tal vez aquellos locos habían tenido la idea justa, subirse a un árbol y ocuparse de sus propios asuntos... por cinco centavos estaba dispuesto a unirse a ellos. El viejo Buster le dijo que si no se sentía con fuerzas para seguir siendo sheriff lo que tenía que hacer era devolver su placa. Mientras tanto, la Hermana Ida, sin interferencia legal alguna, convocó una reunión vespertina, en la que las oraciones se mezclarían con los trucos para sacarles dinero a los espectadores bajo los robles de la plaza. Los evangelistas eran populares en nuestro pueblo por la música y porque ofrecían la posibilidad de cantar y reunirse al aire libre. La Hermana Ida y su familia tuvieron un gran éxito; incluso Amos, generalmente bastante contrario a tales espectáculos, le dijo a Riley que se había perdido algo grande; aquellos niños gritaban hasta desgañitarse, y que el Pequeño Homer Honey hacía más contorsiones que un botón bailando y retorciéndose al final de una hebra. Todo el mundo lo pasó estupendamente, menos el reverendo Buster y su mujer, que acudieron dispuestos a armar jaleo. Lo único que consiguieron fue que los niños extendieran el tendedero de Dios, una cuerda con pinzas de sujetar la ropa en la cual los asistentes podían colgar sus limosnas. Gentes que jamás dejaban una moneda de cinco centavos en el cepillo del reverendo Buster colgaron allí billetes de dólar.
Eso fue demasiado para él, así que se fue corriendo a la casa de Talbo Lane y mantuvo una breve y agitada conversación con Verena, cuyo apoyo, según se había dado cuenta, le resultaba necesario si quería entrar en acción. De acuerdo con lo que contaba Amos, el reverendo incitó a Verena contándole que una pícara evangelista describía públicamente a Dolly como una mujer pagana y enemiga de Jesús y que Verena estaba obligada, por respeto al
apellido Talbo, a hacer que aquella mujer abandonara el pueblo. Lo más probable era que la Hermana Ida jamás hubiese mencionado el nombre de Dolly ni el apellido Talbo, pero en su enfermizo estado Verena fue convencida fácilmente y se puso en acción; telefoneó al sheriff y le dijo:
“Mira, Junius, quiero ver cómo esos vagabundos cruzan la línea fronteriza y se largan de nuestro condado”. Eran órdenes, y el viejo Buster creyó su deber cerciorarse de que se cumplían. Acompañó al sheriff a la plaza donde la Hermana Ida y su prole estaban limpiando después de la reunión. Todo aquello terminó en una buena bronca, pues el reverendo acusó a Ida de conseguir ganancias ilegales y exigió que le entregara el dinero colgado en el tendedero de Dios. Y se hizo con él, aunque al mismo tiempo se ganó algunos arañazos. No sirvieron de nada los muchos presentes que se pusieron de parte de Ida: el sheriff le dijo a la Hermana que quería verla fuera del pueblo antes del mediodía siguiente. Le pregunté a Riley, tras oír su relato, por qué no había intentado ayudar a aquellas gentes a las que habían tratado tan injustamente. Nunca hubiera imaginado la respuesta que me dio: con toda seriedad me dijo que una mujer como aquélla no merecía tener ninguna relación con Dolly.
Un fuego de ramas menudas chisporroteaba bajo el árbol; Riley recogió algunas hojas para animarlo, mientras el juez, con los ojos irritados por el humo, se dedicó a la tarea de preparar nuestra comida de mediodía.
Nosotros, Dolly y yo, formábamos el grupo de los indolentes.
—Tengo miedo —dijo, mientras jugábamos a las cartas—; tengo verdadero miedo de que Verena no vuelva a ver su dinero. Y ¿sabes, Collin?, dudo que sea la pérdida de dinero lo que más le duela. Por la razón que sea Verena confió en él, en el doctor Ritz quiero decir. Sigo acordándome de lo que ocurrió con Maudie Laura Murphy, la muchacha
que trabajó en el correo. Ella y Verena tuvieron una amistad muy estrecha.
¡Dios mío, qué duro fue para ella cuando Maudie Laura se fue con aquel vendedor de whisky y se casó con él! No puedo criticarla, era normal que se casara con él si lo quería. Lo mismo ha ocurrido ahora, Maudie Laura y el doctor Ritz han sido las dos únicas personas en las que Verena depositó su confianza en toda su vida y ambas... eso es algo que puede romperle el corazón a cualquiera.
Barajó las cartas con atención y me preguntó:
—Antes dijiste algo sobre Catherine.
—De sus peces de colores. Los vi en la ventana.
—Pero no a Catherine.
—No, los peces de colores, eso es todo. La señora County fue extremadamente amable; me dijo que le mandaría algo de comer a la cárcel.
Dolly rompió uno de los bollos de canela y se comió las pasas.
—Collin, supón que dejamos que hagan las cosas a su gusto, que cedemos, quiero decir... Tendrán que dejar libre a Catherine, ¿no es así? —
Levantó los ojos hacia la copa del árbol, como si buscara un camino entre las hojas trenzadas—. ¿Crees que... que debo ceder? —añadió.
—Eso es lo que piensa la señora County, que debemos volver a casa.
—¿Dijo por qué?
—Porque... añadió... siempre estuviste allí, siempre hiciste las paces.
Dolly sonrió y se alisó la larga falda. Como a través de una criba, los rayos luminosos pusieron anillos de sol en sus dedos.
—¿Es que podía hacer otra cosa? Necesitaba la posibilidad de elegir, para saber si hubiera podido llevar otra clase de vida, basada en mis propias decisiones. Eso me habría dado paz y felicidad.
Descansó sus ojos en la escena que se desarrollaba abajo: Riley rompiendo la leña y el juez inclinado sobre el puchero humeante.
—Tenemos también al juez, a Charlie. Si cedemos tendríamos que abandonarlo, lo que no está bien. Sí —entrelazó sus dedos con los míos—, me es muy querido...
Una pausa inmensa alargó el instante; el corazón me daba vueltas, el árbol pareció plegarse en sí mismo como un paraguas que se cierra.
—Esta mañana, mientras estabais fuera, me pidió que me casara con él.
Como si la hubiese oído, el juez se irguió y un gesto de estudiante revivió la juventud de su rostro rústico. Saludó con la mano, y la expresión de arrobo de Dolly al devolverle el saludo fue algo difícil de olvidar. Era como si se acabara de limpiar un retrato familiar y al volverlo a mirar se descubrieran en sus colores nuevas tonalidades, más carnales y sensuales, hasta entonces desconocidas. Podrían pasar muchas cosas, pero Dolly nunca más volvería a ser una sombra desvaída en un rincón.
—Y ahora... no te sientas desgraciado, Collin —me dijo, reprendiéndome, creo, porque había advertido mi enojo.
—Pero ¿vas a...?
—Nunca gocé del privilegio de poder pensar por mí misma; cuando llegue a hacerlo, si Dios quiere, sabré lo que está bien. —Hizo una pausa y añadió:— ¿A quién más has visto en la ciudad?
Hubiera inventado a alguien, cualquier historia para retenerla, pues parecía que se adentraba sola en el futuro, mientras yo, incapaz de seguirla, me quedaba abandonado a mí mismo. Cuando le hablé de la Hermana Ida, se la describí, con la carreta y los hijos, le conté sus problemas y querellas con el sheriff y cómo nos la habíamos encontrado en la carretera preguntando por la señora que vivía en el árbol. Dolly y yo volvimos a hallarnos y deslizarnos unidos de nuevo, como las aguas de un río que, por un instante, quedaron separadas por una isla. Aun cuando hubiera sido muy malo para mí que Riley oyera cómo lo traicionaba, llegué hasta el extremo
de contarle lo que él me había dicho de que una mujer como la Hermana Ida no era compañía adecuada para Dolly.
Se echó a reír abiertamente al oírlo, pero en seguida añadió, con repentina seriedad:
—Ha sido una acción perversa, Collin... Quitarle el pan de sus hijos usando mi nombre para ello. ¡Debiera darles vergüenza! —Se alisó el cabello con determinación.— Collin, baja; tú y yo vamos a dar un paseíto.
Apostaría cualquier cosa a que esa gente sigue todavía en el mismo lugar en que los dejasteis. Por lo menos, vamos a ver si es así.
El juez trató de evitarlo o, cuando menos, insistió en que si Dolly quería dar un paseo, él debía acompañarnos. Me sentí bastante aliviado en mis celos rencorosos cuando Dolly le dijo que era mejor que se ocupara de sus cosas y que, con Collin a su lado, se sentía lo suficientemente segura... Sólo queríamos estirar un poco las piernas.
Como de costumbre, no había forma de hacer que Dolly se apresurase.
Era su costumbre, incluso cuando llovía, caminar despacio como si estuviese paseando ociosa por los caminos de un jardín, con los ojos siempre dispuestos a descubrir cualquier precioso tallo medicinal, una ramita de poleo, de albahaca o de menta, hierbas útiles cuyo olor impregnaba sus ropas. Era siempre la primera en descubrirlo todo y su auténtica vanidad consistía en jactarse de que por lo general era ella la que daba con cosas tales como el anillo de registro de un pájaro o un reguero de carámbanos... Siempre estaba llamando para que acudiéramos a ver la nube en forma de gato, el buque en las estrellas, el rostro de la escarcha.
De ese modo tan lento cruzamos la pradera: Dolly reunió un puñado de dientes de león secos y una pluma de faisán. Pensé que se habría puesto el sol antes de que llegáramos a la carretera.
Afortunadamente, no tuvimos que ir tan lejos: a la entrada del cementerio nos encontramos con la Hermana Ida y toda su familia acampados entre las tumbas. Un lúgubre campo de juego. Los gemelos bizcos estaban siendo sometidos a sendos cortes de pelo por sus hermanas mayores y Pequeño Homer se limpiaba las botas con escupitajos y hojas; otro chico, bastante crecidito, estaba sentado, con la espalda descansando en la lápida de una tumba, extrayendo notas melancólicas de una guitarra. La Hermana Ida daba de mamar a su bebé, que estaba apretado contra su pecho como una oreja rosada. No se levantó al advertir su presencia y Dolly le dijo:
—Creo que está usted sentada sobre mi padre.
En realidad era así, se trataba de la tumba del señor Talbo, y la Hermana Ida, dirigiéndose a la tumba (Uriah Fenwick Talbo, 1844-1922, Buen Soldado, Esposo Amado, Padre Querido), dijo:
—¡Lo siento, soldado!
Abrochándose la blusa, lo que hizo que el niño empezara a llorar, empezó a levantarse.
—No, no lo haga; sólo quería presentarme.
La Hermana Ida se encogió de hombros.
—De todos modos ya empezaba a dolerme. —Y se frotó el lugar apropiado—. Otra vez tú —dijo al verme, con expresión divertida.—
¿Dónde está tu amigo?
—Me parece que... —Dolly se detuvo, desconcertada por el montón de chiquillos que la rodeaban— quería usted verme —continuó tratando de no hacer caso de un chiquillo, no mucho mayor que una coneja, que le había levantado un poco la falda y trataba de verle las piernas—. Soy Dolly Talbo.
Cambiando al bebé de pecho, la Hermana Ida pasó un brazo por la cintura de Dolly, casi abrazándola, y le dijo, como si fueran antiguas
amigas:
—Sabía que podía contar contigo, Dolly. ¡Niños —levantó al bebé como si fuera una batuta—, decidle a Dolly que nunca dijimos nada malo de ella!
Los chiquillos movieron la cabeza negativamente y murmuraron un no ininteligible. Dolly pareció emocionada.
—No podemos irnos del pueblo —explicó la Hermana Ida, y mientras le contaba sus quejas, me hubiera gustado tener una fotografía de ellas juntas: Dolly seria, formal, pasada de moda con el sombrero de velo que cubría su rostro; la Hermana Ida con sus labios jugosos y su figura amable y divertida
—. Es cuestión de dinero: me lo han quitado todo. Debería hacer que detuvieran a ese tipo, Buster, con su cara de asco, y al sheriff como se llame, que se cree King Kong. —Aspiró profundamente; sus mejillas parecían una mancha de frambuesa.— La verdad, la pura verdad, es que estamos sin un centavo. Incluso si hubiéramos oído contar algo de ti no es nuestra costumbre hablar mal de nadie. ¡Oh!, ya sé que ése fue solamente el pretexto, pero creía que podrías aclarar las cosas y...
—Yo soy la persona menos adecuada... ¡pobre de mí! —dijo Dolly.
—Pero ¿qué se puede hacer con apenas tres litros de combustible, si es que llega, quince bocas que alimentar y un dólar y diez centavos?
Estaríamos mejor en la cárcel.
—Tengo un amigo —anunció Dolly con orgullo—, un hombre brillante que conocerá la respuesta. —Por la placentera convicción que había en su voz tuve la seguridad de que lo creía al ciento por ciento.— Collin, adelántate y dile al juez que esperamos invitados a comer.
A toda velocidad, saltando más que corriendo, crucé el prado con la hierba azotándome las piernas; no podía esperar para ver la cara del juez al saber la noticia. No mostró desencanto.
—¡Santo Dios de la Justicia! —exclamó balanceándose atrás y adelante
—. ¡Dieciséis personas! —Al contemplar la pequeña cantidad de estofado que hervía en el fuego, sacudió la cabeza.
Para calmar a Riley, le dije que yo no tenía nada que ver con el encuentro de Dolly con la Hermana Ida; Riley se quedó quieto, sin decir nada, pero sin dejar de mirarme con sus ojos escrutadores, y, seguramente, hubiera habido algo más que buenas palabras entre nosotros si el juez no nos hubiera obligado a entrar en acción. Animó el fuego; Riley fue a buscar agua y en el estofado pusimos sardinas, salchichas, hojas de laurel verde y, en realidad, todo lo que teníamos al alcance de la mano e incluso un bote de galletas que el juez dijo que ayudaría a espesar el guiso; algunas otras cosas fueron a parar al potaje, por ejemplo, granos de café. Tras conseguir ese estado de euforia nerviosa de los cocineros en las reuniones familiares, tuvimos las agallas de apartarnos del fuego y congratularnos mutuamente. Riley estaba dándome un codazo de camaradería y perdón cuando el primero de los chicos hizo acto de presencia y el juez los asustó con la fortaleza de su bienvenida.
Ninguno de ellos se atrevió a adelantarse hasta que todo el grupo se hubo reunido, tras lo cual Dolly, aprensiva como una mujer que ofrece los resultados de una tarde en una subasta, los hizo adelantarse para ser presentados. Los críos fueron diciendo sus nombres: Beth, Laurel, Sam, Lillie, Ida, Cleo, Kate, Homer, Harry... al llegar aquí la melodía quedó rota porque una de las chiquillas se negó a dar su nombre y dijo que se trataba de un secreto. La Hermana Ida dijo que si la niña pensaba que era un secreto, debía continuar siéndolo.
—Son todos tan asustadizos —dijo, impresionando favorablemente al juez con su voz grave y sus pestañas largas como tallos de hierba.
El juez prolongó el apretón de su mano y se excedió en su sonrisa, lo cual me molestó y me pareció una conducta un tanto rara en un hombre que no hacía siquiera tres horas le había pedido a otra mujer que se casara con él.
Confié en que si Dolly se daba cuenta de ello, le daría calabazas. Pero Dolly se dirigía ya a la Hermana Ida:
—¡Claro que tienen que estar asustados, y hambrientos hasta no poder más!
El juez, con una palmada cordial y un gesto expresivo, les señaló el guiso y les prometió que muy pronto estaría listo. Mientras tanto, insinuó, sería una buena idea que los niños se encaminaran al arroyo y se lavaran las manos. La Hermana Ida añadió que deberían lavarse algo más que las manos. Y los chicos, podría jurarlo, respondieron con un gesto afirmativo.
Surgió un problema cuando la pequeña que había querido conservar su nombre en secreto se negó a ir, a menos que su papá la llevara a cuestas.
—Tú también eres mi papá —le dijo a Riley, que sin contradecirla se la puso sobre los hombros; la chica se sujetó a él como si fuera muerta de miedo.
Durante el camino hasta el arroyo, la niña le fue poniendo las cosas cada vez más difíciles y por fin le tapó los ojos con sus manitas, lo que hizo que Riley tropezara con una raíz. Enfadado, le dijo que ya tenía bastante y que se bajara de sus hombros, y eso hizo que la niña desgarrara el aire con su llanto hasta que, finalmente, le ofreció:
—Por favor, si me llevas, te diré mi nombre secreto.
Más tarde le pregunté a Riley cuál era su nombre, y resultó ser Gasolina Texaco, porque estaba formado por dos palabras muy bonitas.
En el arroyo el agua no llegaba nunca por encima de la rodilla. Brillantes bancos de musgo verdeaban las orillas, y en primavera, bajo las gotas de nieve del rocío, florecían violetas enanas que se ofrecían como alimento a
las nuevas abejas cuyas colmenas colgaban en los remansos del río. La Hermana Ida buscó un lugar adecuado para supervisar el baño desde la orilla.
—Nada de trucos... quiero veros a todos en acción.
Y lo hicimos. De repente, muchachas en edad de casarse corrieron de un lado a otro tal como su madre las trajo al mundo; los muchachos, pequeños y mayores, hicieron lo mismo, y todos se bañaban juntos, desnudos como polluelos. Menos mal que Dolly se había quedado atrás con el juez; me hubiera gustado que Riley tampoco hubiera venido, porque su azoramiento me embarazaba. Hasta hoy no he comprendido, al ver el hombre que ha llegado a ser, la razón de su paradójico exceso de escrúpulo en aquella época: deseaba tanto ser una persona respetable, que la falta de respeto hacia sí mismo en los demás parecía, en cierto modo, recaer sobre él.
Esos famosos paisajes de juventud y riachuelos en el bosque... Cuántas veces, en los años que siguieron, al recorrer las frías salas de los museos, me he detenido frente a un cuadro que me traía a la memoria aquellos momentos intensamente vividos, aquella escena pasada que recordaba, no como realmente fue, un grupo de chicos y chicas con la piel de gallina, chapuzándose en un riachuelo otoñal, sino como el cuadro la representaba: muchachos robustos y chicas como diamantes de agua jugueteando en el río. Y nunca dejo de preguntarme a qué parte del mundo habrá ido a parar aquella extraordinaria familia.
—Vamos, Beth, mete la cabeza en el agua. Deja de salpicar, Laurel, también me refiero a ti, Buck, para de incordiar. Esto va para todos, lavaos detrás de las orejas, sólo Dios sabe cuándo tendréis otra vez una oportunidad como ésta...
Pero poco después Ida, más calmada, dejó en libertad a los críos.
—En un día como éste... —Se sentó sobre el musgo y miró a Riley con toda la luminosidad de sus ojos.— Hay en ti algo especial: la boca, las orejas separadas... ¿tienes un cigarrillo, querido? —le preguntó, sin molestarse por el disgusto que Riley demostraba ante ella. Una mueca agradable recorrió su rostro y le devolvió por un momento su aspecto juvenil—. En un día como éste...
”... pero en un lugar más triste, sin árboles dignos de este nombre, una casa en un trigal y solitaria como un espantajo. No es que me queje: allí estaban papá y mamá y mi hermana Geraldine, y teníamos de todo, animales domésticos y un piano, y nuestras voces eran agradables. No quiero decir que las cosas fueran fáciles con todo aquel pesado trabajo y sólo un hombre para hacerlo. Y por si fuera poco papá siempre estaba enfermo. Era muy difícil conseguir jornaleros, pues nadie quería quedarse mucho tiempo en un lugar tan apartado; encontramos a un tipo de edad del que esperamos mucho, pero se emborrachó y trató de incendiar la casa.
Geraldine tenía dieciséis años, uno más que yo, y era muy bonita, las dos lo éramos, y se le ocurrió casarse con un hombre para que compartiera el trabajo con papá. Pero donde estábamos no había muchas posibilidades de elección. Fue mamá quien nos enseñó lo poco que sabíamos, pues el pueblo más próximo y la escuela estaban a más de quince kilómetros. El pueblo se llamaba Youfry, bautizado con el apellido de una familia: se hallaba en una montaña y en verano acudía allí mucha gente bien a pasar las vacaciones.
Así que aquel verano del que hablo Geraldine consiguió trabajo de camarera en el Hotel Lookout de Youfry. Yo solía hacer dedo los sábados y me iba a pasar la noche con ella. Era la primera vez que salíamos de casa. A Geraldine no le importaba la vida de la ciudad, pero yo esperaba la llegada de los sábados como si cada uno de ellos fuera Navidad y mi cumpleaños era un solo día. Había un pabellón de baile que no costaba un centavo, la
música era gratuita y había luces de colores. Ayudaba a Geraldine en su trabajo, para poder marcharnos antes, y tomadas de la mano corríamos calle abajo. Empezaba a bailar antes de haber recuperado la respiración por la carrera. Nunca tuve que esperar mucho para que me sacaran, pues había cinco chicos por cada chica y, además, mi hermana y yo éramos las más bonitas. A mí los chicos no me volvían loca, lo que me gustaba era bailar...
En ocasiones la gente se ponía de pie para verme bailar un vals. Yo nunca le dedicaba más de una mirada a mi compañero, pues lo cambiaba con rapidez. Los chicos nos seguían después hasta el hotel y nos llamaban desde debajo de la ventana: “¡Vamos, vamos, salid un rato!”, y los estúpidos se ponían a cantar... Eso estuvo a punto de costarle el empleo a Geraldine.
Bien, nos acostábamos y, sin dormirnos, nos poníamos a considerar la noche de modo práctico. Mi hermana no tenía nada de romántica; lo que a ella le interesaba saber era cuál de nuestros cortejadores estaba en condiciones de ayudarnos mejor en la casa. Decidió que era Dan Rainey.
Era mayor que los demás, veinticinco años, no era guapo, tenía orejas de soplillo, pecas y un mentón más bien hundido, pero a su manera era inteligente y, sobre todo, lo suficientemente fuerte como para echarse al hombro un saco de cien kilos. A finales del verano vino a casa a ayudar a papá a recoger la cosecha. A papá le cayó bien desde el principio y mamá, pese a que dijo que Geraldine era aún muy joven, no se opuso demasiado.
Yo lloré en la boda, pero creo que fue porque pensaba en que se habían acabado mis noches de baile y porque Geraldine y yo jamás volveríamos a acostarnos juntas y charlar perezosamente en la cama. Tan pronto como Dan Rainey se hizo cargo de las cosas, todo pareció ir bien; consiguió sacar lo mejor del campo y quizá también lo mejor que había en nosotros.
Excepto cuando llegó el invierno y nos sentábamos junto al fuego y en ocasiones el calor hacía que me sintiera desvanecer. Me iba al patio sin más
abrigo que mi vestido y era como si no pudiera sentir frío por haberme convertido en parte de él, y cerraba los ojos y me ponía a bailar dando vueltas de vals. Una noche, no lo oí llegar, Dan Rainey me tomó entre sus brazos y en broma se puso a bailar conmigo. Pero realmente no fue una broma. Sentía algo por mí. Volviendo atrás con el pensamiento sé que lo supe desde el principio. Él no me lo dijo y yo tampoco se lo había preguntado nunca, y no hubiera pasado nada si Geraldine no hubiera perdido a su bebé. Ocurrió en la primavera. Geraldine tenía miedo cerval de las serpientes, y fue la vista de una de ellas lo que provocó el aborto.
Geraldine estaba recogiendo huevos y la serpiente era muy pequeña, pero mi hermana se llevó tal susto que echó al mundo a su bebé con cuatro meses de antelación. No sé lo que le pasó a partir de ese momento, pero se volvió agresiva y mezquina y pareció que ya no le interesaba nada. Dan Rainey tuvo que soportar lo peor; procuraba apartarse de ella, y llegó al extremo de llevarse una manta e irse a dormir al trigal. Yo sabía que podía pasar algo si continuaba allí... así que me fui a Youfry y tomé el empleo que antes tenía Geraldine en el hotel. La sala de baile era la misma que el verano anterior y yo estaba incluso más bonita: un joven casi mató a otro al disputar por invitarme a una naranjada. No puedo decir que no me divirtiera, pero la verdad es que mi mente no estaba allí. En el hotel me preguntaban dónde tenía la cabeza, pues llenaba el azucarero con sal y les daba a los clientes una cuchara para que cortaran la carne. En todo el verano no fui a casa ni una sola vez. Cuando llegó el momento... fue un día como éste, un día de otoño azul como la eternidad... No les había avisado de mi llegada; bajé del coche y anduve cinco kilómetros entre los haces de trigo, hasta que me encontré con Dan Rainey. No me dijo una palabra; sólo se dejó caer al suelo y lloró como un niño pequeño. Sentía profunda pena por él y lo amaba más de lo que los labios pueden decir.
Se le había acabado el cigarrillo. Parecía haber perdido el hilo del relato; o quizá, algo peor, había decidido no terminarlo. Me hubiera gustado patear y silbar como lo hacen los gamberros en el cine cuando de repente se rompe la película y la pantalla se queda a oscuras. Riley, aunque no tan afectado como yo, también estaba impaciente. Frotó una cerilla para encenderle a Ida un nuevo cigarrillo. El sonido del raspar de la cerilla le hizo recobrar la voz, pero fue como si, en la pausa, ella se hubiese ido muy lejos.
—Papá juró que le pegaría un tiro. Más de cien veces dijo Geraldine:
“Dinos quién ha sido, y Dan tomará una escopeta e irá por él.” Me echaba a reír hasta que acababa llorando; otras veces sucedía al revés. Bien, les dije que no tenía la menor idea de quién era el responsable, que había estado con cinco o seis chicos en Youfry y ¿cómo podía saberlo? Mi madre me abofeteó en la cara cuando dije eso. Pero acabaron por creerlo, y diría que al cabo de algún tiempo incluso el propio Dan Rainey se lo creyó... o al menos eso quería el pobre chico, tan desgraciado. Durante muchos meses la casa estuvo revuelta y entretanto murió papá. No quisieron dejarme asistir al entierro, pues estaban avergonzados de que alguien pudiera verme en mi estado. Ocurrió ese día, cuando todos estaban en el entierro y me habían dejado sola en casa y un viento arenoso soplaba con la fuerza de un elefante; fue entonces cuando tuve mi primer contacto con Dios. Yo no me merecía en modo alguno ser Elegida: hasta entonces mamá había tenido que forzarme a aprender los versículos de la Biblia; a partir de aquel día logré memorizar más de mil en menos de tres meses. Bien, estaba practicando una melodía al piano cuando de repente se rompió una ventana, toda la habitación pareció dar la vuelta sobre sí misma y cuando de nuevo adquirió su posición inicial me di cuenta de que había algo conmigo: el espíritu de mi padre, pensé. El viento se apaciguó suavemente, como en la primavera...
Él estaba allí y yo de pie, como él me había hecho, abrí los brazos para
recibirlo. Eso ocurrió hace veintiséis años, que se cumplieron el tres del pasado febrero. Yo tenía diecisiete y ahora tengo cuarenta y dos, y nunca he vuelto a dudar. Cuando fui a dar a luz a mi bebé no llamé a Geraldine ni a Dan Rainey ni a nadie, sino que me eché en la cama, empecé a susurrar los versículos uno tras otro y nadie se enteró de que Danny había nacido hasta que lo oyeron gemir. Fue Geraldine quien le puso ese nombre. Era su hijo, o al menos eso es lo que todo el mundo debía creer, y la gente de las granjas vecinas vino a ver a su hijo; algunos trajeron regalos y los hombres dieron palmadas cariñosas en las espaldas de Dan Rainey y lo felicitaron por tener un niño tan hermoso. Tan pronto como estuve en condiciones de hacerlo me trasladé a Stoneville, a unos cincuenta kilómetros de distancia, una población dos veces mayor que Youfry y donde hay un gran campo minero.
Otra chica y yo abrimos una lavandería e hicimos un buen negocio porque en la mina la mayor parte de los hombres eran solteros. Dos veces al mes regresaba a casa para ver a Danny; así me pasé siete años yendo y viniendo; las visitas a Danny eran mi único placer: un niño tan precioso que no encuentro palabras para describirlo. Pero Geraldine se ponía furiosa, de muerte, cuando lo tocaba; si me veía besarlo saltaba indignada. La actitud de Dan Rainey no era muy distinta, y además parecía temer que decidiera no marcharme sola. La última vez que estuve en casa le pregunté si podíamos vernos en Youfry, pues durante mucho tiempo, en mi locura, se me ocurrió una idea: si podía vivir de nuevo lo anterior, si volvía a llevar un bebé en mi vientre, éste sería como un hermano gemelo de Danny. Pero me equivocaba al pensar que podía tener el mismo padre. Hubiera nacido muerto. Me quedé mirando a Dan Rainey (era un día glacial, estábamos sentados en la sala de baile vacía y recuerdo que ni una sola vez sacó las manos de los bolsillos del pantalón) y dejé que se marchara sin decirle por qué le había pedido que viniera. Después pasaron años en que busqué
cualquier parecido con él. Uno de los mineros de Stoneville tenía las mismas pecas y los ojos amarillos; un chico de buen corazón, que me hizo a Sam, el mayor de mis hijos. Al que mejor recuerdo es al padre de Beth, que era un duplicado de Dan Rainey, pero como Beth es una chica no se parece tanto a Da nny. He olvidado deciros que vendí mi parte en la lavandería y me fui a Texas... Trabajé en restaurantes de Amarillo y Dallas. Pero hasta conocer al señor Honey no me había dado cuenta de que el Señor me había elegido y cuál debía ser mi misión. El señor Honey estaba en posesión de la Verdadera Palabra; tras oírlo predicar la primera vez fui a verlo.
Llevábamos hablando sólo unos veinte minutos cuando me dijo “Voy a casarme contigo, si es que no estás casada ya”. Le dije que no, que no estaba casada, pero que tenía un poco de familia; la verdad es que para aquel entonces ya eran cinco. Eso no le importó en absoluto. Una semana después nos casábamos, el día de San Valentín. No era un hombre joven y no se parecía en absoluto a Dan Rainey; si se quitaba las botas apenas me llegaba al sombrero; pero el Señor había hecho que nos encontráramos y Él, ciertamente, sabe lo que hace: tuvimos a Roy, después a Pearl, Kate, Cleo y Pequeño Homer... la mayor parte de ellos nacidos en el camión que habéis visto. Recorrimos el país llevando Su Palabra a gentes que no la habían oído antes, al menos no del modo como se la transmitía mi marido. Ahora debo mencionar una triste circunstancia: perdí al señor Honey. Ocurrió una mañana, en la parte más remota de Louisiana, en la tierra de los cajunes; se alejó un poco de la carretera para comprar víveres: nunca más volvimos a verlo. Desapareció realmente en el aire. No me importa un comino lo que dijo la policía: no era la clase de hombre que abandona a su familia; no, señor, no; tuvo que ocurrirle algo malo.
—O amnesia —dije yo—. Se olvida uno de todo, incluso del propio nombre.
—¿Un hombre que se sabía la Biblia de memoria? ¿Puedes creer que un hombre así llegue a olvidar su propio nombre? Uno de los cajunes debió de matarlo para robarle su anillo de amatistas. Naturalmente, he vuelto a tener otros hombres después, pero no amor. Lillie Ida, Laurel y los otros niños nacieron así. En cierto modo parece como si yo no pudiera continuar viviendo sin llevar otra vida latiendo bajo mi propio corazón: si no es así me siento floja y perezosa.
Cuando los niños estuvieron vestidos, algunos de ellos con las ropas del revés, regresamos al árbol, donde las chicas mayores se aproximaron al fuego para secarse y peinarse el cabello. En nuestra ausencia Dolly se había ocupado del bebé y ahora no parecía dispuesta a dejarlo.
—Quisiera que una de nosotras tuviera un niño, mi hermana o Catherine.
La Hermana Ida dijo que sí, que era una satisfacción y un entretenimiento. Finalmente nos sentamos en círculo en torno al fuego. El guiso estaba demasiado caliente como para saborearlo, a lo cual, quizá, se debió su éxito general. El juez tuvo que servirnos por turno, pues sólo había tres platos, y bromeó e hizo una serie de tonterías que divirtieron y pusieron contentos a los niños. Gasolina Texaco decidió que había cometido un error y que su papá era el juez y no Riley. El juez la recompensó con un viaje a la luna y algunas piruetas, es decir, la alzó por encima de su cabeza y la movió de un lado a otro: Algunas bandadas vuelan al Sur, otras van al Oeste, tú te irás volando siguiendo tu suerte. ¡Ahí vas, ahí vas...!
Ida dijo: “Es usted muy fuerte”. “Claro”, presumió el juez, y todos quisieron tocar sus músculos. Cada quince segundos volvía la cabeza con disimulo para ver si Dolly lo estaba admirando.
El sordo canto de una paloma torcaz se deslizó entre las últimas largas lanzas de los rayos de luz. Un frío verde se filtró en el azul del aire como si
un arco iris se hubiese disuelto a nuestro alrededor. Dolly tuvo un escalofrío:
—Se acerca una tormenta. He tenido esa premonición todo el día.
Miré a Riley con aire triunfal, ¿no se lo había dicho yo?
—Y se está haciendo tarde —dijo la Hermana Ida—. Buck, Homer, muchachos, id a vigilar el camión. Dios sabe quién puede pasar por allí y aprovecharse de las circunstancias. No —añadió mientras seguía con la vista a sus hijos hasta que se desvanecieron por la senda oscurecida—, no es que tengamos muchas cosas, salvo mi máquina de coser. Y bien, Dolly,
¿has...?
—Hemos discutido el asunto —dijo Dolly volviéndose hacia el juez en busca de confirmación.
—Ganaría su pleito en un tribunal, de eso no hay la menor duda —dijo con tono muy profesional—. Por una vez la ley puede estar del lado justo.
Pero tal y como están las cosas, sin embargo...
Dolly intervino:
—Tal como están las cosas...
Puso en la mano de la Hermana Ida los cuarenta y siete dólares que componían nuestro capital en metálico y, además, le entregó el pesado reloj de oro del juez.
Al ver los regalos, la Hermana Ida movió la cabeza como si pensara que debía rechazarlos.
—Está mal, pero muchas gracias.
Un débil trueno resonó por el bosque; en la calma ominosa que le siguió, Buck y Pequeño Homer aparecieron a todo correr por el sendero, como al frente de una carga de caballería.
—¡Vienen, vienen! —gritaron al unísono, y seguidamente Pequeño Homer, tras echarse atrás su gran sombrero, se esforzó en hablar venciendo
la agitación de su carrera—. ¡Hemos venido corriendo todo el camino...!
—Vamos, muchacho, explícate, ¿quién viene?
Pequeño Homer aspiró una bocanada de aire:
—Esos tipos. El sheriff y otros, no sé cuántos más. Están cruzando la pradera. Y llevan armas.
De nuevo sonó un trueno. El viento jugueteó con nuestra hoguera.
—De acuerdo, muchachos —dijo el juez haciéndose con el mando—.
Que no pierda nadie la cabeza.
Era como si hubiera estado planeando aquel momento y se enfrentara a él, tengo que reconocerlo, gloriosamente.
—Las mujeres y vosotros, los más pequeños, subíos a la casa del árbol.
Riley, cuídate de que los demás se repartan por esos árboles de allí con una buena carga de piedras.
Cuando todos nosotros cumplimos sus instrucciones, él siguió solo en el suelo; con las mandíbulas apretadas se quedó allí, de pie, escrutando el tenso silencio del atardecer, como un capitán que no está dispuesto a abandonar su barco que se hunde.
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