El arpa de hierba
Capítulo 7
Durante bastante tiempo, Catherine conservó la costumbre de fechar los acontecimientos según hubieran ocurrido antes y después de su encarcelamiento. “Antes de la época en que Ésa hizo de mí una presidiaria”, comenzaba sus relatos. En cuanto al resto de nosotros, podríamos igualmente dividir la historia en términos similares; es decir, antes y después de la casa del árbol. Aquellos breves días de otoño fueron a la vez un hito y un faro que iluminaba nuevos caminos.
Excepto para recoger sus pertenencias, el juez jamás volvió a poner los pies en la casa que había compartido con sus hijos y nueras, una circunstancia que sin duda a ellos les pareció bien, puesto que nadie protestó cuando tomó una habitación en la casa de huéspedes de la señorita Bell. Se trataba de un establecimiento oscuro y solemne, que recientemente ha sido transformado en funeraria por un enterrador que se dio cuenta de que, para conseguir el efecto necesario y deseado en un local de negocios como el suyo, haría falta renovar muy poco. No me gustaba pasar por allí, pues las huéspedes de la señorita Bell, señoras más punzantes que los descuidados rosales que ensuciaban el pequeño jardín, ocupaban el porche de la mañana a la noche en una auténtica maratón de chismosa vigilancia.
Una de ellas, la dos veces viuda Mamie Canfield, se había especializado en descubrir embarazos (se supone que un tipo legendario le dijo a su esposa
“¿Para qué gastar dinero en el médico?, no tienes más que pasar por delante
de la pensión de la señorita Bell: Mamie Canfield se encargará de hacer conocer al mundo si lo estás o no”).
Hasta que el juez se fue a vivir allí, Amos Legrand era el único hombre que vivía en la pensión de la señorita Bell. Era un enviado de Dios para las otras huéspedes: el momento más sagrado del día para ellas comenzaba cuando terminaban de cenar. Amos, balanceándose en su mecedora, con sus pies que no alcanzaban a tocar el suelo, dejaba que su lengua sonara como la campanilla de un despertador. Las mujeres competían entre sí en tejer calcetines y pulóveres para él y en cuidar su dieta. En la mesa los mejores bocados iban siempre a su plato. La señorita Bell tenía dificultades para conservar a sus cocineros, porque las señoras se pasaban el día metiendo la nariz en la cocina tratando de hacer algún plato especialmente delicado que complaciera al hombrecillo que era para ellas como un querido animalito doméstico. Posiblemente hubieran hecho lo mismo por el juez, pero éste no les servía de nada, pues, para su desesperación, nunca se quedó a pasar el rato con ellas.
Como consecuencia del frío y la humedad de nuestra última noche en el árbol, yo había pescado un buen resfrío; Verena tenía otro aun peor, y Dolly se había convertido en nuestra enfermera, mientras que Catherine no parecía dispuesta a colaborar.
—Corazoncito, tú puedes hacer lo que quieras... Puedes llevar su orinal hasta que se te derrame encima. Pero no cuentes conmigo, no pienso mover ni un dedo. He dejado caer mi carga.
Levantándose a todas horas de la noche, Dolly nos traía el jarabe para apaciguar nuestra tos, y alimentaba el fuego que nos mantenía calientes.
Verena, al contrario que en ocasiones anteriores, no aceptaba aquellos cuidados como cosa lógica y que le era debida.
—En primavera —le prometió a Dolly— haremos un viaje juntas.
Podríamos ir al Gran Cañón y visitar a Maudie Laura. O a Florida. Nunca has visto el océano.
Pero Dolly estaba a gusto allí y no deseaba viajar.
—No disfrutaría con el viaje, porque las cosas que conozco quedarían empequeñecidas al compararlas con otras más notables, cosas tan tristes y vergonzosas que hemos visto.
El doctor Carter acudía regularmente a visitarnos y una mañana Dolly le pidió cortésmente que le tomara la temperatura, pues se sentía congestionada y con las piernas muy débiles. El médico la hizo meterse en la cama inmediatamente y Dolly pensó que hacía un chiste cuando le dijo que tenía una pulmonía galopante.
—Pulmonía galopante —le explicó al juez, que había acudido a visitarla
—, tiene que ser algo nuevo. Nunca había oído hablar de ello. Pero me siento como si corriera jugando subida a un par de zancos. Maravilloso —
dijo y se quedó dormida.
Durante tres días, casi cuatro, no se despertó del todo. Catherine estuvo a su lado, dormitando en una silla de mimbre y gruñendo en voz baja cada vez que Verena o yo entrábamos de puntillas en la habitación. Insistía en abanicar a Dolly con una gran estampa de Jesucristo, como si estuviéramos en verano, y era verdaderamente lamentable el poco caso que hacía de las instrucciones que le daba el doctor Carter.
—Yo no le daría eso ni a un cerdo —declaró señalando cierto medicamento que el médico había traído.
Finalmente, el doctor Carter dijo que no se hacía responsable de lo que pudiera suceder si no se trasladaba a la paciente al hospital. El más cercano estaba en Brewton, a unos cien kilómetros de distancia. Verena mandó venir una ambulancia. Podría haberse ahorrado el dinero, porque Catherine cerró
con llave, por dentro, la puerta de la habitación de Dolly y dijo que el primero que tratara de correr el pestillo necesitaría personalmente la ambulancia.
Dolly no sabía adónde querían trasladarla, pero suplicaba que, fuera a donde fuese, no se la llevaran.
—No me despertéis —suplicó—, no quiero ver el mar.
A finales de semana pudo sentarse en la cama; unos días más tarde estuvo ya lo bastante fuerte para reanudar la correspondencia con sus clientes enfermos de hidropesía. Estaba preocupada por los pedidos que no había podido atender y que se habían acumulado; pero Catherine, que presumía de que era a ella a quien se debía la curación de Dolly, le dio ánimos:
—¡Bah!, dentro de muy poco estaremos hirviendo un nuevo caldero de ese potingue.
Cada tarde, puntualmente a las cuatro, el juez se presentaba en la puerta del jardín y me silbaba para que le dejase entrar; al utilizar la puerta del jardín en vez de la puerta principal de la casa, disminuía las posibilidades de encontrarse con Verena... aunque no lo hacía porque ésta se opusiera a sus visitas, ya que más bien ocurría lo contrario, puesto que, inteligentemente, había facilitado una botella de jerez y una caja de cigarros para atender al visitante. Generalmente, el juez le llevaba a Dolly algún regalo, pasteles de la panadería Katydid o flores, crisantemos color bronce y grandes como globos que Catherine se apropiaba rápidamente de acuerdo con su teoría de que se comían todo el alimento que había en el aire. Catherine nunca supo que el juez había pedido a Dolly en matrimonio, pero intuyendo una situación que no era totalmente de su agrado, se había convertido en firme carabina que no se alejaba de la enferma mientras el juez estaba a su lado, y además de servirse generosamente del jerez destinado al juez, llevaba la voz
cantante en la conversación. Pero supongo que ni el juez ni Dolly tenían muchas cosas de naturaleza privada que contarse; se aceptaban entre sí sin excitación, como personas que han asentado firmemente sus afectos. En otros aspectos el juez era un hombre desencantado, aunque no a causa de Dolly, pues creo que ella se había convertido en lo que él deseaba: la persona única en el mundo a la que, como nos había descrito, se le podía contar todo. Pero cuando todo puede decirse, quizá no queda nada que decir. El juez se sentaba junto a la cama de la enferma, contento de estar allí y sin esperar especial atención. Frecuentemente, fatigada por la fiebre, Dolly se dormía, y si mientras lo hacía se agitaba o gemía, la despertaba y la recibía con la bienvenida de una sonrisa luminosa como el día.
En el pasado, Verena no nos permitió tener un aparato de radio; argüía que aquella música barata desordenaba la mente y, además, había que tener en cuenta el gasto. Fue el doctor Carter quien la persuadió de que Dolly debía tener una radio, pues creía que le sería muy útil para sobrellevar una convalescencia que suponía que iba a ser larga. Verena compró una y pagó un buen precio, no lo dudo, pero era una caja fea, en forma de capucha y mal barnizada. Me la llevé al patio y la pinté de rosa. Incluso así Dolly no estaba segura de quererla en su habitación, pero más tarde hubiera sido imposible sacarla de allí. El aparato estaba siempre tan caliente que en él podría haberse asado un pollo, pues tanto ella como Catherine no le daban descanso. Les gustaba, en especial, la transmisión de partidos de fútbol.
—No, no, por favor —reprendió al juez cuando éste trató de explicarle las reglas del juego—. Me gusta el misterio. Todo el mundo gritando excitado, pasándola bien; tal vez no me parecerán tan contentos y dichosos si sé el porqué.
Al principio el juez se sintió defraudado porque no podía arrastrar a Dolly a tomar partido por un equipo. Dolly creía que ambos debían ganar.
—Todos ellos son chicos estupendos, estoy segura.
Catherine y yo tuvimos una discusión una tarde a causa de la radio. Esa tarde, Maude Riordan tocaba en una emisión del concurso estatal de música. Como era lógico, yo quería oírla y Catherine lo sabía, pero el aparato estaba sintonizado en la transmisión del partido Tulane contra Georgia Tech y no estaba dispuesta a dejar que me acercase al receptor.
Enfadado, le dije:
—¿Qué te pasa, Catherine? Egoísta, insatisfecha, siempre decidida a hacer tu propia voluntad; te estás volviendo peor de lo que Verena ha sido nunca.
Era como si en vez de una pérdida de prestigio por su encuentro con la ley, tuviera que doblar su poder en casa de los Talbo: ya que no podía imponerse a nadie más, nosotros teníamos que respetar su sangre india y aceptar su tiranía. Dolly estaba dispuesta a ello, pero, no obstante, en el caso de Maude Riordan se puso de mi parte.
—Deja que Collin busque esa emisora. No sería propio de cristianos no escuchar a Maude. Es amiga nuestra.
Todos los que oyeron tocar a Maude estuvieron de acuerdo en que merecía el primer premio. Consiguió el segundo, lo que satisfizo a su familia porque significaba media beca para estudiar música en la universidad. Pero no fue justo, porque tocó maravillosamente, mucho mejor que el chico que se llevó el primer premio. Interpretó la serenata de su padre y me gustó tanto como aquel día en que, por vez primera, la oímos en el bosque. Desde ese día pasé horas y horas escribiendo su nombre, describiendo en mi mente sus encantos, su cabello de color del helado de vainilla. El juez llegó a tiempo de oír la emisión y sé que Dolly se alegró de ello, pues fue como si de nuevo nos encontrásemos reunidos bajo las hojas del árbol, con una música semejante al vuelo de las mariposas.
Unos días después me encontré con Elizabeth Henderson en la calle.
Venía del salón de belleza y su cabello estaba ondulado en pequeños rizos y se había pintado las uñas; parecía mucho mayor. La felicité por su aspecto:
—Es para la fiesta. Espero que tu traje esté terminado.
Entonces lo recordé: la fiesta del Día de Difuntos para la que ella y Maude habían solicitado mi colaboración como adivinador del porvenir.
—¡Oh, Collin, no me digas que lo has olvidado! —protestó—. Todas hemos trabajado como burras. La señora Riordan está haciendo un ponche de vino. No me sorprendería que alguien llegue a emborracharse y cosas así. Además celebramos que Maude ganara el premio y —añadió— es una especie de despedida porque se va a marchar... a la universidad, ya sabes.
Un sentimiento de soledad nos envolvió. No quise que nos separásemos y me ofrecí a acompañarla a casa.
En el camino nos detuvimos en la panadería Katydid, donde Elizabeth encargó una tarta para la fiesta. La señora C. C. County, con su delantal reluciente por los cristales del azúcar, dejó el horno para preguntarme cómo se encontraba Dolly.
—Tan bien como se pueda esperar, supongo —se lamentó—. Imagínate, una pulmonía galopante. Mi hermana también ha tenido una, pero de las corrientes, de las que se curan estando acostado. Bien, podemos dar gracias a Dios de que Dolly esté en su propia cama; me siento mucho mejor al ver que por fin habéis vuelto a casa. ¡Ja, ja...! Supongo que ahora puedo reírme de vuestra locura. Mira, acabo de sacar del horno estas rosquillas, llévaselas a Dolly con mis bendiciones.
Elizabeth y yo nos comimos la mayor parte de las rosquillas antes de llegar a su casa. Ya en la puerta, me invitó a entrar y a terminárnoslas con un vaso de leche.
Hoy se alza una estación de gasolina donde estuvo la casa de los Henderson, que consistía en unas quince habitaciones, llenas de corrientes de aire, que parecían haber sido colocadas juntas del modo más casual; un lugar que los animales extraviados habrían hecho suyo si Riley no hubiera tenido tan buenas dotes como carpintero. Había una especie de cobertizo exterior, una combinación de taller y estudio donde él solía pasar las mañanas serrando leña y colocándola ordenadamente. Había en sus paredes estanterías repletas de reliquias de sus aficiones ya pasadas: serpientes, abejas y arañas conservadas en alcohol; un murciélago que se descomponía en el interior de una botella; barcos en miniatura. Un entusiasmo infantil por la taxidermia había dado como resultado un lamentable zoológico de animales apestosos, como un conejo sin ojos con la piel verdosa por el moho y las orejas caídas como las de un perro pachón... objetos que hubiera sido mejor enterrar. Últimamente había ido a ver a Riley varias veces. La bala de Eddie el Largo le había roto la clavícula; lo peor de ello era que tenía que llevar una escayola que le picaba y que, según él, pesaba cincuenta kilos. Puesto que no podía conducir su coche ni clavar adecuadamente un solo clavo, no tenía mucho que hacer, salvo gandulear de un lado para otro con aire aburrido.
—Si quieres ver a Riley —me dijo Elizabeth—, lo encontrarás en el cobertizo. Creo que Maude estará allí con él.
—¿Maude Riordan?
Tenía motivos para estar sorprendido, porque en las ocasiones en que visité a Riley éste insistió en que fuéramos al cobertizo, donde, según me dijo, las chicas no nos molestarían, pues era un lugar en que no permitía la entrada al sexo femenino.
—Le lee. Poesía, obras de teatro. Maude ha sido realmente adorable, pese a que mi hermano jamás la trató con la más mínima educación. Ella dice
que lo pasado pasado está. Supongo que sentirse tan cerca de la muerte como estuvo él puede cambiar a una persona, hacerla más sensible y receptiva para las cosas delicadas. Se pasa las horas escuchando lo que Maude le lee.
El cobertizo, sombreado por una higuera, estaba en el patio de atrás.
Unas gallinas con el aspecto de viejas matronas andaban por los escalones picoteando las simientes de girasol caídas de las flores del pasado verano.
En la puerta una palabra escrita con letra infantil prevenía: “¡Precaución!”, y despertó mi timidez. Al otro lado de la puerta podía oír la voz de Maude...
su voz de recitadora, un canto desmayado que ciertos tipos en la escuela habían tratado cariñosamente de imitar. Cualquiera a quien se le hubiera dicho que Riley Henderson iba a acabar así, habría afirmado que la caída del sicomoro le había trastocado la chaveta. Miré por la ventana del cobertizo para ver qué hacía y descubrí que estaba absorto sacándole las tripas a un reloj y, a juzgar por la expresión de su rostro, no parecía estar escuchando nada más interesante que el zumbar de una mosca; se metió un dedo en el oído como si le picara. En el momento que decidí sorprenderlos llamando a la ventana, Riley dejó a un lado el reloj y, aproximándose a Maude por detrás, cerró el libro que ella estaba leyendo. Con una sonrisa tomó entre sus manos unos mechones de su cabello... y ella se alzó como un cachorrillo al que se levanta tomándolo por la piel del cuello. Me pareció que los envolvía una aureola cuyo brillo deslumbraba mis ojos. Podía adivinarse que no era la primera vez que se besaban.
No hacía siquiera una semana que yo, debido a su experiencia en aquellos asuntos, me había confiado a Riley confesándole mis sentimientos por Maude, y me lo pagaba así. Me hubiera gustado ser un gigante para poder tomar aquel cobertizo entre mis manos y reducirlo a escombros; llamar a la puerta y enfrentarme con ambos. Pero ¿de qué podía acusar a
Maude? A pesar de que ella no paraba de hablar mal de él, siempre supe que en el fondo de su corazón se interesaba por Riley. No era como si hubiese habido un acuerdo entre nosotros dos, ella y yo. Todo lo más que habíamos llegado a ser fue buenos amigos y, en los últimos años, ni siquiera eso. Cuando regresé, al cruzar el patio, las gallinas me siguieron cacareando burlonamente.
Elizabeth comentó:
—No te has quedado mucho tiempo. ¿O es que no estaban allí?
Le dije que no me había parecido correcto interrumpirlos.
—Los dos estaban muy ocupados en sus delicados asuntos.
El sarcasmo no estaba hecho para Elizabeth. Pese a la sutileza que prometía su apariencia espiritual, era una persona sin imaginación.
—Es maravilloso, ¿no?
—Maravilloso.
—Collin, por el amor de Dios, ¿por qué gimes de ese modo?
—No es nada. Es que estoy muy resfriado.
—Bueno, espero que no te impida venir a la fiesta. Pero tienes que ir disfrazado. Riley irá de diablo.
—Muy apropiado.
—Nos gustaría que vinieras con el traje de esqueleto. Ya sé que sólo queda un día...
No tenía intención de ir a la fiesta. Tan pronto llegué a casa me senté y me puse a escribirle una carta a Riley. “Querido Riley...” “Querido Henderson...” Borré el querido: simplemente Henderson bastaría.
“Henderson, tu traición no ha pasado inadvertida.” Llené varias páginas relatando los orígenes de nuestra amistad, su honrosa historia; gradualmente me invadió el sentimiento de que en todo aquello tenía que haber un error: un amigo tan excelente no me hubiera engañado. Hasta que al final, no sé
cómo, me puse a explicarle de un modo delirante que era mi mejor amigo, mi hermano. Así que arrojé todo lo que había escrito al fuego y, cinco minutos más tarde, estaba en la habitación de Dolly inquiriendo cuáles eran las posibilidades de que pudieran hacerme un traje de esqueleto para la noche siguiente.
Dolly no era una buena modista, ni mucho menos, y tenía dificultades incluso para hacer un zurcido. Lo mismo podría decirse de Catherine; sin embargo, ésta siempre se jactaba de su capacidad profesional en todos los campos, en especial aquellos en que en realidad era menos competente. Me mandó a la tienda de Verena a buscar seis metros de un satén negro elegido por ella.
—Con seis metros sobrarán algunos retales: Dolly y yo podremos hacernos unas enaguas.
Seguidamente hizo una exhibición de sastrería, tomándome las medidas a lo largo y lo ancho, que parecía lo adecuado, salvo que no tenía la menor idea de cómo aplicar toda aquella información a la tela y las tijeras.
—Este trozo pequeño —dijo cortando casi un metro de tela— servirá para hacer unas bragas muy bonitas para alguien. Y éste... —zis, zas—... Un cuello de satén negro le iría muy bien a mi viejo vestido estampado.
Con la poca tela que dejaron para mi disfraz no podrían haberse cubierto las vergüenzas de un enano.
—Catherine, querida, no debemos pensar en nuestras necesidades —le advirtió Dolly.
Trabajaron sin descanso durante toda la tarde. Durante su visita cotidiana el juez se vio forzado a enhebrar las agujas, un trabajo que le repugnaba a Catherine.
—Me pone la carne de gallina, igual que clavar gusanos en los anzuelos.
A la hora de la cena dijo que había llegado el momento de descansar y se fue a su casa por entre las plantas de habichuelas.
Dolly, por su parte, estaba poseída por el deseo de acabar y por las ganas de hablar. Su aguja entraba y salía en el satén y, al igual que las costuras que hacía, sus palabras se unían en una línea quebrada.
—¿Crees que Verena me dejará dar una fiesta? —me preguntó—. Ahora tenemos muchos amigos. Riley, Charlie... Podríamos invitar a la señora County, a Maude y a Elizabeth. En primavera. Una fiesta en el jardín... con unos pequeños fuegos artificiales. Mi padre tenía muy buena mano para la costura. Es una pena que yo no haya heredado de él esa disposición. En tiempos pasados muchos hombres sabían coser; había un amigo de papá que no sé cuántos premios ganó haciendo edredones de retales. Papá decía que la costura lo relajaba después del duro trabajo en el campo. Collin, ¿quieres prometerme una cosa? Yo era contraria a que vinieras a vivir aquí, pues nunca creí que fuese adecuado educar a un niño en una casa llena de mujeres. Mujeres viejas y con tantos prejuicios. Pero se hizo así y, de un modo u otro, eso ya no me preocupa; tú llegarás a donde te propongas, te abrirás camino. Lo que quiero que me prometas es lo siguiente: no te portes nunca mal con Catherine y trata de no alejarte demasiado de ella. Muchas noches me las paso despierta por completo, pensando en lo que será de ella.
Bueno, aquí está... —me mostró mi traje—, veamos cómo te va.
Me apretaba en la entrepierna y por detrás me pendía una especie de bolsa; las perneras eran anchas como las de un pantalón de marinero; una manga apenas llegaba a la muñeca y la otra me cubría hasta la punta de los dedos. La propia Dolly admitió que no era muy elegante.
—Pero cuando le hayamos pintado los huesos... —añadió—. Purpurina de plata. Hace algún tiempo Verena compró un poco para pintar un asta de bandera... antes de enfrentarse al gobierno. Tiene que haber un bote en la
buhardilla, una lata pequeña. Mira debajo de la cama a ver si das con mis zapatillas.
Tenía prohibido levantarse de la cama y ni siquiera Catherine se lo hubiera permitido.
—No me gustaría que te retaran por mi culpa —dijo, y buscó las zapatillas ella misma.
El reloj de los tribunales acababa de dar las once, lo que quería decir que eran las diez y media, una hora oscura en un pueblo en el que todas las puertas respetables se cierran a las nueve; parecía aun más tarde porque en su habitación Verena había cerrado las persianas y se había metido en la cama. Tomamos una lámpara de petróleo del cuartito de la ropa de casa y a su luz mortecina subimos la escalera de mano que llevaba a la buhardilla.
Hacía mucho frío allí. Colocamos la lámpara sobre un barril y nos acurrucamos junto a él como si fuera un hogar. Polvorientas cabezas rellenas de serrín, que antaño ayudaron a vender sombreros de San Luis, parecieron observarnos mientras buscábamos. Dondequiera que poníamos las manos causábamos un breve rumor de frágiles pies. Tiramos una caja llena de bolas de alcanfor contra la polilla, que rodaron por el suelo.
—¡Dios mío, Dios mío! —exclamó Dolly entre dientes—. Si Verena lo oye, es capaz de llamar al sheriff.
Desenterramos gran número de brochas; la pintura, que descubrimos bajo un montón de guirnaldas secas, resultó no ser de plata, sino de oro.
—Naturalmente, es mejor así, ¿no te parece? Oro, como el rescate de un rey. Además, fíjate en lo que he encontrado. —Se trataba de una caja de zapatos atada con una cuerda.— Mis tesoros —añadió abriendo la caja a la luz de la lámpara.
Me mostró a la luz un panal vacío, un nido de avispones y una naranja tachonada de clavos de olor a la que el tiempo le había robado el aroma. Me
enseñó, también, un perfecto huevo azul de arrendajo envuelto en algodón.
—Yo era demasiado escrupulosa, así que Catherine robó el huevo para mí. Fue su regalo de Navidad. —Sonrió, y su rostro me pareció una mariposilla suspendida junto a la lámpara, tan delicado, tan vulnerable.—
Charlie dijo que el amor es una cadena de amor. Confío en que lo oíste y lo entendiste. Si se ama a una cosa —sostuvo en alto el huevo azul, con la misma gracia que el juez alzó la hoja—, se puede amar a otra y eso supone una posesión, algo con lo que es posible vivir. Se puede perdonar todo. Bien
—suspiró—, vamos a acabar de pintarte. Quiero sorprender a Catherine; le diremos que mientras dormía los duendecillos terminaron tu traje. Se llevará una sorpresa.
De nuevo el reloj de los tribunales hizo flotar su mensaje, cada campanada como una bandera agitándose sobre el pueblo helado y dormido.
—Ya sé que te hago cosquillas —dijo mientras pintaba una hilera de costillas sobre mi pecho—, pero quedará hecho una porquería si no te estás quieto.
Metía la brocha en la pintura y después la pasaba por las mangas y las perneras, dibujando los huesos de los brazos y las piernas.
—Deberás recordar todas las felicitaciones, que serán muchas —dijo observando con jactancia su trabajo—. ¡Oh, querido, querido...! —Su risa alegre y divertida resonó contra las vigas del techo.— ¡No te has dado cuenta...!
Sus risas estaban justificadas, pues yo no era muy distinto del hombre que se pintó a sí mismo en una esquina. La pintura dorada aún fresca me había aprisionado dentro de mi traje, ya que resultaba imposible quitármelo sin estropear la pintura. Tenía que seguir con él puesto hasta que se secara.
Una broma pesada por la que la amenacé con el dedo extendido.
—Tienes que ponerte a dar vueltas —se burló—; si lo haces muy deprisa, te secarás antes.
Maravillada, feliz, extendió los brazos y empezó a girar en círculos lentos y desgarbados en torno a las sombras del suelo de la buhardilla; su sencillo kimono ondeó y sus delgados pies vacilaron en sus zapatillas. De repente fue como si hubiera chocado con otro bailarín: se desplomó con una mano en la frente y la otra en el corazón.
A lo lejos, en el horizonte del sonido, silbó un tren, y aquel sonido me despertó a la perplejidad que asomaba a sus ojos, a las contracciones que agitaban su rostro. La estreché entre mis brazos, sin importarme que la pintura manchara su kimono, y grité llamando a Verena:
—¡Que alguien venga a ayudarme!
—¡Cállate, cállate! —susurró Dolly.
Por la noche, las casas anuncian las catástrofes con un repentino y lastimoso resplandor. Catherine fue de habitación en habitación, encendiendo luces que no se usaban desde hacía años. Tiritando en mi deslucido disfraz, me senté en la luminosidad del recibidor compartiendo un banco con el juez, que había venido corriendo así que se puso un impermeable sobre su camisón de dormir de franela. Cada vez que se acercaba Verena, el juez apretaba sus piernas desnudas como si fuera una tímida jovencita. Los vecinos, alarmados por nuestras ventanas inusitadamente iluminadas, acudieron para preguntar con delicadeza qué sucedía. Verena habló con ellos en el porche: su hermana, la señorita Dolly, había sufrido un ataque de apoplejía. El doctor Carter consideró conveniente que nadie entrara en su habitación, y todos aceptamos su decisión, incluso Catherine, que, tras apagar las últimas luces, se quedó de pie con la cabeza apoyada en la puerta de Dolly.
En el recibidor había un perchero con muchos colgadores y un espejo.
Allí estaba el sombrero de terciopelo de Dolly. A la salida del sol, cuando las brisas matutinas recorrieron la casa, el espejo reflejó el velo tembloroso.
Entonces supe, con una seguridad como nunca había sentido, que Dolly acababa de dejarnos. Unos momentos antes había salido sin ser vista y, en mi imaginación, la seguí. Había cruzado la plaza, luego dejó atrás la iglesia, ahora llegaba a la colina. La hierba de la pradera brillaba a sus pies. Era todo lo lejos que quería ir.
Hice ese mismo viaje con el juez Cool el septiembre siguiente. Durante los meses transcurridos nos habíamos visto poco. Una vez tropecé con él en la plaza y me dijo que fuera a verlo siempre que quisiera. Tenía intención de visitarlo y, sin embargo, cada vez que pasaba por delante de la casa de huéspedes de la señorita Bell volvía la vista a otro lado.
He leído que el pasado y el futuro son una espiral cada una de cuyas vueltas contiene a la próxima y predice su forma. Quizá sea así, pero mi propia vida me ha parecido más bien una serie de círculos cerrados, de anillos que no se desarrollan con la libertad de una espiral. Para mí, pasar de uno a otro de esos círculos significa un salto, no un deslizamiento suave. Lo que me debilitaba era el intervalo entre ellos, la espera mientras no sabía hacia dónde debía saltar. Tras la muerte de Dolly estuve como suspendido, sin saber adónde saltar, durante mucho tiempo.
Mi única ambición era divertirme.
Pasaba el tiempo haraganeando en el Café de Phil, jugándome cervezas al billar romano; era ilegal servirme cerveza, por mi edad, pero Phil tenía en la cabeza la idea de que yo un día heredaría el dinero de Verena y tal vez me decidiría a invertirlo en el negocio hotelero. Me untaba el pelo con brillantina y me iba a ligar a los bailes de las localidades próximas; hacía
señas con mi linterna y tiraba piedrecitas a las ventanas de las chicas hasta bien entrada la noche. Conocí a un negro en el campo que vendía ginebra de la marca Diablo Amarillo. Me pegaba a todo el que tuviese un automóvil.
Porque no quería pasar ni un solo momento despierto en la casa de Talbo Lane. Su ambiente era demasiado denso, su aire inmóvil me oprimía. Una mujer extraña pasó a ocuparse de la cocina: una chica de color, un poco zamba, que se pasaba el día cantando las canciones moduladas de un niño que tratara de darse ánimos en un lugar tétrico. Era una pésima cocinera y dejó morir el geranio de la cocina. Yo aprobé que Verena la contratara porque pensé que eso haría que Catherine volviera al trabajo.
Pero me equivoqué. Por el contrario, Catherine no mostró el menor interés en enseñar a la nueva sirvienta. Se retiró a su casa del jardín. Se llevó consigo la radio y se encontraba cómoda y a gusto.
—He dejado mi carga y se quedará en el suelo. Lo único que quiero es mi comodidad —dijo.
La comodidad y el bienestar la hicieron engordar; se le hincharon los pies y tuvo que hacerse cortes en los zapatos. Adoptó de manera corregida y aumentada los hábitos de Dolly y, por ejemplo, desarrolló un extraordinario apetito por los dulces y las golosinas. Se hacía traer la cena de la droguería: un cuarto de kilo de helado. Los envoltorios de los caramelos se acumulaban en su regazo. Mientras no engordó demasiado lograba meterse en los vestidos de Dolly; en cierto modo, a su manera, era como si conservara con ella a su amiga.
Nuestros encuentros, cuando iba a verla, se convirtieron en malos ratos y la visitaba a disgusto, dolido de que dependiese de mí como única compañía. Pronto dejé pasar un día sin ir a verla, después tres, y finalmente una semana. Cuando volvía después de una de esas ausencias, me imaginaba que el silencio que nos rodeaba, sus maneras indiferentes,
significaban un reproche; estaba demasiado afectado por las quejas de mi conciencia para darme cuenta de la verdad: le importaba muy poco que fuese a verla o no. Una tarde me lo hizo ver, y de una manera muy simple: quitándose el algodón con el que rellenaba sus carrillos. Sin algodón, su charla resultaba tan ininteligible para mí como de ordinario lo era para los demás. Lo hizo mientras yo le estaba dando una excusa para abreviar mi visita. Abrió la puertecilla de su estufa, escupió el algodón en el fuego y sus mejillas se hundieron hasta tal punto que pareció una mujer depauperada y a punto de morir de hambre. Ahora pienso que no se trató de un gesto vengativo, sino que con él trataba de hacerme saber que yo no estaba obligado a nada: no deseaba compartir con nadie el futuro.
De vez en cuando Riley me llevaba a dar un paseo en coche, pero no podía contar demasiado con él ni con su coche desde que se había convertido en hombre de negocios. Tenía un equipo de excavadoras explanando un terreno de nueve acres que había comprado en las afueras del pueblo y en el que planeaba construir buen número de casas. Varias personas importantes de la localidad habían quedado impresionadas por otro de sus planes: se le había ocurrido que nuestro pueblo debía poner en servicio una hilandería de seda en la cual cada uno de los ciudadanos sería accionista; dejando a un lado la posibilidad de obtener beneficios directos, el tener una industria local aumentaría la población. El periódico local publicó un editorial entusiástico sobre esta propuesta y en él se llegaba a decir que nuestro pueblo debía estar orgulloso de ser cuna de un hombre tan emprendedor como el joven Henderson. Se dejó crecer el bigote; alquiló una oficina y Elizabeth pasó a ser su secretaria. Maude Riordan estudiaba en la universidad del estado y casi cada fin de semana Riley iba a verla con sus hermanas; se suponía que la razón de aquellas visitas era que las dos jóvenes añoraban terriblemente a su amiga. El compromiso matrimonial de
la señorita Maude Riordan con el señor Riley Henderson se anunció en el Courier el primero de abril, Día de los Inocentes.1
Se casaron a mediados de junio, en una ceremonia por todo lo alto. Yo fui testigo y el juez apadrinó a Riley. Con la excepción de las hermanas Henderson, las damas de honor eran muchachas de la buena sociedad, que Maude había conocido en la universidad. El Courier las llamó bellas debutantes, una caballeresca descripción. La novia llevaba un ramo de jazmines y lilas; el novio calzaba botines y se alisaba sin cesar el bigote.
Recibieron toda una mesa llena de suntuosos regalos. El mío consistió en seis pastillas de jabón de olor y un cenicero.
Después de la boda regresé a pie a casa, con Verena, bajo la sombra de su sombrilla negra. Era un día abrasador y las olas de calor vibraban como las ceremoniales campanas de la iglesia bautista. Ante mí se extendía el resto del verano, en una visión tan inmutable como aquella calle al mediodía.
Verano, otro otoño, de nuevo otro invierno; no era una espiral, sino un círculo reducido, limitado, como la sombra de la sombrilla. Si había un momento adecuado para dar un salto, era éste... Con un vuelco del corazón, lo di.
—Verena, quiero marcharme.
Habíamos llegado a la puerta del jardín.
—Lo sé. Yo también —dijo cerrando la sombrilla—. Había esperado hacer un viaje con Dolly, quería enseñarle el océano.
Verena había parecido una mujer alta a causa de su porte autoritario; ahora vacilaba ligeramente e inclinaba la cabeza. Me sorprendía recordar que hubo un tiempo en que sentí temor de ella, pues ahora se iba volviendo cada vez más femenina, asustadiza, siempre hablando de su temor a los merodeadores; reforzó las puertas de la casa con cerrojos y colocó pararrayos en el tejado. Había sido su costumbre ir cada primero de mes a
cobrar personalmente los alquileres atrasados, y cuando dejó de hacerlo se extendió por nuestro pueblo un sentimiento de incomodidad, pues la gente parecía encontrar a faltar sus enfrentamientos con ella. Las mujeres decían: Verena no tiene familia, está perdida sin su hermana; sus maridos le echaban las culpas al doctor Morris Ritz, que la había despojado de su sentido común, decían, y por grande que fuera su enemistad con Verena, siempre se ponían contra él.
Hace tres años, cuando regresé a la ciudad, mi primera tarea consistió en ordenar los documentos de la familia Talbo. Entre las posesiones particulares de Verena, entre sus llaves y las fotografías de Maudie Laura Murphy, encontré una postal. Estaba fechada dos meses después de la muerte de Dolly, en Navidad, y procedía de Paraguay: “Como decimos por aquí, Feliz Navidad. ¿Me echas de menos? Morris”.
Mientras la leía, pensé en la expresión que habían ido adquiriendo los ojos de Verena, hasta hacerse permanente: una mirada vaga, atormentada, que parecía dirigirse más hacia dentro que hacia fuera. Y recordé, también, cómo se animaron con una esperanza momentánea, húmedos bajo el brillo metálico del sol, el día de la boda de Riley.
—Podríamos hacer un largo viaje —me dijo—. He considerado la posibilidad de vender... algunas propiedades. Podríamos ir en barco. Tú tampoco has visto nunca el océano.
Tomé una ramita de la madreselva que florecía en el seto del jardín y ella me observó disgustada, como si creyera que la estaba apartando de su visión del viaje que había previsto para nosotros.
—¡Oh! —se frotó suavemente el lunar que manchaba su mejilla como una lágrima—, ¡está bien!
—Recuperó su voz práctica.— ¿Cuáles son tus ambiciones?
De todos modos, hasta septiembre no fui a visitar al juez, y fue para decirle adiós. Ya tenía hechas las maletas. Amos Legrand me cortó el cabello (“Cariño, no vayas a regresar con la cabeza calva. Lo que quiero decirte es que por esos mundos de Dios tratarán de tomarte el pelo, de engañarte siempre que les sea posible”). Me compré un traje nuevo y zapatos nuevos, y un sombrero gris de fieltro (“¡Qué elegante va usted, señor Collin Fenwick!”, comentó la señora County. “Va a ser abogado,
¿verdad? Y ya se viste como si lo fuera. No, chiquillo, no quiero darte un beso, me molestaría mucho manchar tanta elegancia con la suciedad de mi panadería. Escríbenos, ¿me oyes?”).
Aquella misma tarde el tren me llevaría traqueteando hacia el norte, me pasearía por el país en un desfile triunfal hasta dejarme en una ciudad en la que se agitarían banderitas en mi honor.
En la pensión de la señorita Bell me dijeron que el juez había salido. Lo encontré en la plaza y sentí una punzada de dolor en el corazón al ver aquella figura robusta y pulcra, con una rosa blanca abriéndose en el ojal de su solapa, en medio de aquellos otros ancianos que hablaban, escupían y esperaban. Me tomó del brazo y me condujo lejos de ellos; y mientras me daba amables consejos basados en la experiencia propia de sus días de estudiante de leyes, caminamos, hasta que dejamos atrás la iglesia, por la carretera que conducía al bosque de River. ¡Aquella carretera, aquel árbol!
Cerré los ojos para fijar en mí la imagen, porque creía que no volvería nunca; no podía prever que viajaría por aquella carretera y soñaría con aquel árbol hasta que la añoranza me hiciera regresar.
Fue como si ninguno de los dos supiera adónde nos dirigíamos. Con plácida sorpresa contemplamos la vista que se ofrecía desde la colina del cementerio; luego, tomados del brazo, descendimos hasta la pradera, quemada por el verano y bruñida por septiembre. Una catarata de color se
deslizaba por entre las hojas secas y cantarinas. Y entonces quise compartir con el juez lo que Dolly me había dicho: que la pradera era un arpa de hierba, que recopilaba y contaba; un arpa de voces que recordaban una historia. Escuchamos.
1 En los países anglosajones. (N. del T.)
OceanofPDF.com
Terminaste El arpa de hierba
Truman Capote
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