El arpa de hierba

Truman Capote · Capítulo 2 de 7

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El arpa de hierba

Capítulo 2

De no haber sido por Riley Henderson, dudo que nadie hubiera sabido, o al menos tan pronto, que estábamos en el árbol.

Catherine había llenado su bolsa de hule con todas las sobras de la cena del domingo y estábamos disfrutando de un desayuno de pasteles y pollo cuando en el bosque resonaron unos disparos. Nos quedamos inmóviles y el pastel se secó en nuestras bocas. Debajo de nosotros apareció un perro perdiguero muy delgado, seguido de Riley Henderson, que llevaba al hombro una escopeta y en torno al cuello una guirnalda de ardillas ensangrentadas y atadas por la cola. Dolly se bajó el velo del sombrero como si tratara de camuflarse entre las hojas.

Riley se detuvo no lejos del árbol, con expresión de atención en su rostro juvenil y atezado. Se echó la escopeta a la cara como si esperara un blanco sobre el que disparar tan pronto se presentara. La tensión fue excesiva para Catherine, que gritó:

—¡Riley Henderson, no te atrevas a disparar sobre nosotras!

La escopeta se movió y el chico se volvió. Las ardillas oscilaron como un collar suelto.

—Hola, Catherine Creek; hola, señorita Talbo. ¿Qué hacen ustedes ahí arriba? ¿Huían de algún gato salvaje?

—Simplemente estamos aquí sentadas —respondió Dolly con rapidez, como si tuviera miedo de que Catherine y yo nos adelantáramos a su respuesta—. Vaya una buena colección de ardillas.

—Tome un par de ellas —dijo soltando dos—. Anoche nos comimos algunas para cenar y eran muy tiernas. Espere un minuto, se las subiré.

—No tienes que molestarte, déjalas ahí abajo, en el suelo.

Riley dijo que las hormigas se encargarían de ellas y trepó por el árbol.

Su camisa azul estaba manchada de sangre y también había gotas de sangre seca en su pelo áspero de color de cuero; olía a pólvora y su rostro simpático y de facciones regulares estaba tostado por el sol y tenía el color de la canela.

—¡Vaya, si hay una cabaña en el árbol! —dijo mientras golpeaba con el pie las tablas del suelo como para cerciorarse de su resistencia.

Catherine le advirtió que aún era una casa arbórea, pero que pronto dejaría de serlo si seguía pataleando sobre ella. Riley preguntó:

—¿La has hecho tú, Collin?

Tuve una agradable sorpresa al darme cuenta de que había pronunciado mi nombre. Pensaba que yo no era más que una mota de polvo para Riley Henderson. Pero yo sí lo conocía a él.

Nunca en nuestro pueblo nadie había dado tanto que hablar como Riley Henderson. Las personas mayores hablaban de él en voz baja y los que tenían su misma edad o menos, como yo, nos sentíamos felices llamándolo vil y duro, pero eso se debía a que nos permitía envidiarlo, pero no apreciarlo ni ser amigos suyos.

Todo el mundo sabía la historia de Riley Henderson.

Había nacido en China, donde su padre, misionero, fue asesinado en una revuelta. Su madre era de nuestro pueblo y se llamaba Rose; aunque yo no la conocí, la gente decía que fue una mujer muy bonita hasta que empezó a usar gafas. Además era rica, pues recibió una gran herencia de su abuelo.

Cuando regresó de China se trajo con ella a Riley, que entonces tenía cinco años, y a dos hijas más pequeñas; se fueron a vivir con un hermano de

Rose, el juez de paz Horace Holton, un solterón fornido y con el cutis amarillo como un membrillo. En el curso de los años siguientes Rose se fue volviendo un poco rara. Había amenazado con denunciar a Verena por haberle vendido un vestido que encogió al lavarlo; para castigar a Riley por sus travesuras lo hacía saltar en un solo pie por el jardín de la casa recitando la tabla de multiplicar; pero por lo demás le dejaba hacer lo que le viniera en gana, libre como un gato salvaje, y cuando el ministro presbiteriano le hablaba de ello, ella le respondía que odiaba a sus hijos y deseaba verlos muertos. Y es posible que fuera cierto, porque una mañana de Navidad, cerró por dentro la puerta del cuarto de baño y trató de ahogar en la bañera a sus dos hijitas. Se decía que Riley rompió la puerta con un hacha, lo que significa una difícil tarea para un chico de nueve o diez años, que era la edad que debía de tener por aquel entonces. Después de aquello, Rose fue enviada a un lugar en la costa del Golfo, un sanatorio para enfermos mentales, y lo más probable es que siga viviendo allí; al menos no he oído decir que hubiese muerto.

Riley y su tío Horace Holton no se llevaban bien. Una noche Riley robó el Oldsmobile de Horace y se fue a un baile de mala fama con Mamie Curtiss, una chica que se las sabía todas y era como unos cinco años mayor que él, que por aquel entonces debía de rondar los quince. Horace se enteró de que estaban en aquel baile y se fue a buscar al sheriff para que lo sacara de allí. Dijo que iba a hacer que lo detuvieran para darle una lección. Pero Riley le dijo al sheriff: “Usted se ha equivocado de persona”. Y allí mismo, en medio de la multitud, acusó a su tío de haberse apropiado de dinero que pertenecía a Rose y que debía pasar a Riley y sus hermanas. Se mostró dispuesto a solucionar el asunto allí mismo, de hombre a hombre, con su tío, y cuando Horace dio unos pasos atrás, se acercó a él y le hinchó un ojo.

El sheriff metió a Riley en la cárcel, pero el juez Cool, un viejo amigo de

Rose, empezó a investigar el asunto y quedó claro, sin lugar a dudas, que Horace había estado sustrayendo dinero de Rose y poniéndolo en su propia cuenta bancaria. Horace se limitó a hacer las maletas y tomó el tren para Nueva Orleáns, donde, según oímos decir, encontró empleo: celebraba matrimonios en un barco turístico que hacía excursiones nocturnas por el Mississippi y se hacía llamar el Ministro del Amor. A partir de ese momento, Riley fue su propio dueño. Con un préstamo que consiguió con la garantía de la herencia que un día habría de recibir, se compró un coche de carreras rojo y recorrió la región llevando a todas las chicas fáciles del pueblo. Las únicas buenas chicas que se vieron en aquel automóvil fueron sus dos hermanas, cuando algún domingo por la tarde las llevaba a dar un paseo, lento y respetable, en torno a la plaza. Sus hermanas eran dos chicas bastante bonitas, pero no salían mucho, pues su hermano las vigilaba de cerca y los muchachos no se atrevían a acercarse demasiado. Una mujer de color, digna de confianza, se ocupaba de la casa, pero por lo demás vivían los tres solos. Una de las hermanas iba a mi curso y obtenía las mejores notas, siempre sobresalientes. Riley, por su parte, había dejado la escuela, pero no era uno de esos tipos que se pasan el día en los billares, ni se mezclaba con esa clase de chicos. Durante el día se dedicaba a pescar o iba de caza. Hizo muchos arreglos en la vieja casa de Holton, pues era buen carpintero y también buen mecánico. Entre otras cosas, hizo un claxon especial para su coche, que sonaba como una sirena de tren, y por las noches se lo podía oír carretera abajo cuando dejaba el pueblo para irse a bailar a alguna localidad vecina. ¡Cuánto me hubiera gustado ser amigo suyo! Y no me parecía del todo imposible, pues sólo era dos años mayor que yo. No puedo olvidar la única vez que habló conmigo. Luciendo unos pantalones blancos de franela, se dirigía al baile del club local y se detuvo en la droguería de Verena, donde a veces yo ayudaba los sábados por la

noche. Quería un paquete de Shadows, pero yo no sabía con certeza qué era aquello, así que tuvo que pasar al otro lado del mostrador y tomarlos él mismo de la estantería. Y se echó a reír, sin mala intención, lo que me molestó más que si se hubiera burlado abiertamente de mí: se había dado cuenta de que yo era un estúpido, y nunca podríamos ser amigos.

Dolly dijo:

—Toma un pastelillo, Riley.

Nos preguntó si solíamos ir de excursión a horas tan tempranas y añadió que le parecía una idea estupenda salir de buena mañana para desayunar en el campo.

—Es como nadar por la noche —comentó—. Yo suelo venir cuando todavía es de noche y nado en el río. La próxima vez que vengan a almorzar a estas horas de la mañana, avísenme para que sepa que andan por aquí.

—Serás bien recibido cada mañana —dijo Dolly levantándose el velo—.

Creo que nos quedaremos aquí algún tiempo.

Riley pensó sin duda que se trataba de una extraña invitación, pero no dijo nada. Sacó un paquete de cigarrillos y lo hizo circular; Catherine tomó un pitillo y Dolly dijo:

—Catherine Creek, no has probado el tabaco en tu vida.

Catherine lo admitió, pero como quien piensa que tal vez se ha estado perdiendo algo.

—Tiene que ser reconfortante, puesto que tantas personas hablan en su favor. Y, Corazoncito, cuando se llega a nuestra edad hay que buscar algo que nos reconforte.

Dolly se mordió el labio.

—Bien, supongo que no hay ningún mal en ello —admitió, y también ella aceptó un cigarrillo.

Hay dos cosas que pueden hacer que un chico se vuelva loco (según el señor Hand, que en cierta ocasión me sorprendió fumando en los lavabos de la escuela), y yo había renunciado a una de ellas, a los cigarrillos, dos años antes. No porque creyera que fueran a volverme loco, sino porque suponía que impedían mi crecimiento. Ahora había alcanzado una estatura normal.

Riley no era más alto que yo, aunque lo parecía porque se movía con el aire desmañado de un vaquero larguirucho. Tomé un cigarrillo, y Dolly, que fumaba sin tragarse el humo, dijo que tal vez acabaríamos poniéndonos todos enfermos, pero no nos ocurrió nada malo, y Catherine manifestó que la próxima vez le gustaría probar una pipa, pues olían muy bien. Entonces Dolly, sin que nadie la presionara, nos confesó que Verena fumaba en pipa, algo que yo nunca me habría imaginado.

—No sé si sigue haciéndolo, pero solía tener una pipa y una lata de Prince Albert con media manzana dentro. Aunque no debes decírselo a nadie —añadió de repente, al darse cuenta de la presencia de Riley, que se echó a reír a carcajadas.

Normalmente, cuando se lo veía por la calle o pasaba con su automóvil, Riley tenía una expresión tensa, casi agresiva; pero allí, con nosotros, en la casa del árbol, parecía mucho más relajado y sus frecuentes sonrisas enriquecían su rostro como si deseara ser al menos amistoso, si no un amigo. Dolly, por su parte, parecía tranquila, como si gozara de su compañía. Ciertamente, no le tenía miedo: tal vez porque estábamos en la casa del árbol y la casa del árbol era suya.

—Muchas gracias por las ardillas —le dijo cuando Riley se dispuso a marcharse—. Y no olvides volver a visitarnos.

El muchacho bajó del árbol y desde el suelo preguntó:

—¿Quieren que las lleve a alguna parte? Mi coche está junto al cementerio.

Dolly le dijo:

—Gracias, es muy amable por tu parte, pero no tenemos adónde ir.

Con un guiño, alzó su escopeta y nos apuntó. Y Catherine gritó: “Te mereces unos azotes, muchacho”; pero él se echó a reír, nos saludó agitando la mano y se alejó corriendo, siguiendo a su perdiguero, que ladraba delante de él. Dolly dijo alegremente:

—Fumemos otro cigarrillo.

Y tomó uno del paquete que Riley había olvidado.

Cuando Riley llegó al pueblo, la noticia de nuestra fuga en plena noche zumbaba por el aire como una colmena de abejas. Aunque ni Catherine ni yo lo sabíamos, Dolly había dejado una nota, que Verena encontró a la hora del desayuno. Por lo que yo creí entender, esa nota decía simplemente que nos marchábamos y que ninguno de nosotros volvería a molestarla nunca más. Inmediatamente, Verena corrió a ver a su amigo Morris Ritz al Hotel Lola y juntos se dirigieron a visitar al sheriff. Éste había logrado su elección gracias al apoyo de Verena; era un tipo descarado, expeditivo, joven, con una mandíbula brutalmente agresiva y la mirada escurridiza de un jugador fullero. Se llamaba Junius Candle y, ¿pueden ustedes creerlo?, es el mismo Junius Candle que en la actualidad ha llegado a senador. Se organizó una patrulla de búsqueda con los ayudantes del sheriff y se enviaron telegramas urgentes a los sheriffs de las ciudades vecinas. Muchos años después, cuando hubo que poner en orden los asuntos de los Talbo, encontré el original escrito a mano de ese telegrama, redactado, según creo, por el doctor Ritz:

Se buscan las siguientes personas que viajan juntas. Dolly Augusta Talbo, blanca, de sesenta años de edad, pelo rubio claro y encanecido, delgada, estatura un metro sesenta, ojos verdes, posiblemente perturbada,

pero no es peligrosa; debe ponerse su descripción en las pastelerías, pues le gustan mucho los dulces. Catherine Creek, negra, finge ser india, edad unos sesenta años, desdentada, habla confusamente, baja y fuerte, es posible que sea peligrosa. Collin Talbo Fenwick, blanco, de dieciséis años de edad, pero con aspecto de ser más joven, un metro setenta, ojos grises, delgado, desgarbado, cicatriz en la comisura de la boca, carácter desabrido. Los tres se buscan como fugitivos.

“Pues no han ido muy lejos”, comentó Riley en la oficina de correos, y la administradora, la señora Peters, se apresuró a tomar el teléfono para avisar que Riley Henderson nos había visto en el bosque junto al cementerio.

Mientras en el pueblo ocurría esto, nosotros estábamos intentando tranquilamente hacer lo más confortable posible nuestra casa sobre el árbol.

De la gran bolsa de Catherine sacamos un edredón hecho con retales rosas y dorados; también teníamos un mazo de cartas, jabón, rollos de papel higiénico, naranjas y limones, velas, una sartén, una botella de zumo de zarzamora y dos cajas de zapatos llenas de comida. Catherine se jactó de haber saqueado la despensa sin dejar siquiera una galleta para el desayuno de Ésa.

Después fuimos al arroyo y nos lavamos los pies y la cara en las frías aguas. Había muchos arroyos en el bosque de River, tantos como venas en la hoja de un árbol: claros, susurrantes, se abrían camino descendiendo hacia el pequeño río que reptaba entre el bosque como un caimán verde.

Dolly tenía realmente un aspecto raro con la falda de su traje de invierno subida y el velo que la molestaba como una nube de mosquitos.

—Dolly, ¿por qué llevas ese velo? —le pregunté.

Y ella me respondió:

—¿No es lo más apropiado que una señora se ponga un velo cuando va de viaje?

Regresamos al árbol, nos hicimos un jarro de deliciosa naranjada y hablamos del futuro. Todo lo que poseíamos eran cuarenta y siete dólares en metálico y algunas joyas, entre las que destacaba un anillo de alguna asociación estudiantil, de oro, que Catherine encontró en los intestinos de un cerdo mientras hacía salchichas. Según Catherine, cuarenta y siete dólares serían suficientes para adquirir billetes de autobús hasta cualquier parte. Conocía a alguien que había llegado a México por quince dólares.

Tanto yo como Dolly nos oponíamos a ir a México por una razón: no conocíamos el idioma. Además, dijo Dolly, no debíamos aventurarnos fuera del estado y adondequiera que fuéramos tendríamos que estar cerca de un bosque, pues de otro modo, ¿cómo íbamos a preparar el remedio contra la hidropesía?

—Si queréis que os diga la verdad, me parece que deberíamos asentarnos aquí mismo, en el bosque de River —opinó, mirándonos especulativamente.

—¿En este árbol viejo? —dijo Catherine—. Ya puedes quitarte esa idea de la cabeza, Corazoncito. —Y continuó:— ¿No recordáis que leímos en el periódico que un hombre compró un castillo al otro lado del océano y se lo trajo a casa, piedra a piedra? Bien, podemos poner mi casita en un carro y traerla aquí.

Dolly objetó que la casa pertenecía a Verena, y por lo tanto no era nuestra y no podíamos llevárnosla. Catherine le respondió:

—¡Estás equivocada, querida! Si alimentas a un hombre, lavas su ropa y pares a sus hijos, estás casada con ese hombre y ese hombre es tu marido. Si barres una casa, enciendes su fuego, llenas su estufa y hay amor en ti durante todos los años en que haces esas cosas, entonces estás casada con esa casa y la casa es tuya. Del modo como yo lo veo, las dos casas de allá abajo nos pertenecen a nosotros; a los ojos de Dios podríamos echar de allí a Ésa con toda razón.

Yo tuve una idea: río abajo, no lejos de nosotros, había un barco vivienda abandonado, verde por el moho que lo invadía a causa de la humedad, medio hundido; había sido propiedad de un viejo que se ganaba la vida pescando siluros y tuvo que huir del pueblo porque pretendió casarse con una chica negra de quince años. Mi idea era: ¿por qué no arreglábamos la casa flotante y nos íbamos a vivir a ella?

Catherine dijo que, de ser posible, deseaba pasar el resto de su vida en tierra firme.

—Donde el Señor nos puso.

Catherine respetaba muchas otras de Sus intenciones, una de ellas era la de que los árboles se habían hecho para los monos y los pájaros. De pronto se quedó silenciosa y nos dio unos codazos señalándonos sorprendida un lugar donde el bosque se abría hacia la pradera.

Por allí, caminando solemnes y majestuosos, rígidos, se aproximaba un grupo de personajes distinguidos: el juez Cool, el reverendo Buster y su esposa, la señora Macy Wheeler y, al frente de todos, el sheriff Junius Candle, que llevaba botas altas de cordones y una pistola bamboleándose en su cadera. El polvillo iluminado por el sol los envolvía como mariposas doradas, las zarzas arañaban sus almidonadas ropas de ciudad y la señora Macy Wheeler, asustada por una liana que se enredó entre sus piernas, dio un agudo chillido y saltó hacia atrás. Me eché a reír.

Al oírme alzaron la vista hasta nosotros; había una expresión de horror y perplejidad en algunos rostros: era como si fueran visitantes de un zoológico que sin querer hubieran entrado en una de las jaulas. El sheriff Candle se adelantó con la mano sobre la culata de la pistola. Se nos quedó mirando fijamente, con los ojos entornados como quien mira al sol.

—Eh, vosotros... —empezó, pero fue interrumpido por la señora Buster, que dijo:

—Sheriff, estábamos de acuerdo en dejar esto en manos del reverendo.

Era una norma suya que su marido, como representante de Dios, tenía que ser siempre el que dijera la primera palabra en cualquier asunto. El reverendo Buster carraspeó y se frotó las manos, que parecían las secas antenas de un insecto.

—Dolly Talbo —dijo. Su voz era sonora, a pesar de venir de un hombre tan delgado—, te hablo en nombre de tu hermana, una mujer tan bondadosa y amable...

—Sí que lo es —coreó su esposa, y la señora Macy Wheeler le hizo eco como un loro.

—... que ha sufrido en este día un golpe doloroso.

—Lo ha sufrido —cantaron las dos mujeres con sus voces habituadas al coro.

Dolly miró a Catherine y tocó mi mano, como si quisiera preguntarnos qué significaba la presencia de aquel grupo que nos contemplaba con ojos excitados, como perros rodeando un árbol donde se hubieran refugiado unas zarigüeyas. Inadvertidamente, supongo que porque necesitaba ocupar las manos en algo, tomó uno de los cigarrillos que Riley se había dejado.

—Debería darte vergüenza —berreó la señora Buster, agitando su pequeña cabeza medio calva. Los que la llamaban majadera y chismosa no se referían sólo a su carácter sino también a su aspecto de buharro: aparte de una fea cabeza, desproporcionadamente pequeña, tenía la espalda jibosa y un cuerpo enorme—. He dicho que debería darte vergüenza. ¿Cómo puedes haberte alejado de Dios hasta el extremo de sentarte en un árbol como un indio borracho... chupando un cigarrillo como una vulgar...

—Cualquiera.

—... cualquiera, mientras tu hermana sufre y se siente desgraciada?

Tal vez tenían razón al calificar a Catherine de peligrosa, pues se irguió y le gritó:

—Señora predicadora, no llame a Dolly ni a ninguno de nosotros una cualquiera o bajaré de aquí y la tumbaré de una bofetada.

Afortunadamente, ninguno de ellos la entendió, pues de haberlo hecho es posible que el sheriff le hubiera atravesado la cabeza de un tiro. Sin exageración: muchos de los blancos del pueblo hubieran opinado que hizo bien.

Dolly pareció sorprendida y al mismo tiempo dueña de sí misma. Se sacudió el polvo de la falda y dijo:

—Piense un momento, señora Buster, y se dará cuenta de que nosotros estamos más cerca de Dios que usted... unos cuantos metros.

—Eso está muy bien, señorita Dolly. A eso le llamo yo una buena contestación.

Quien hablaba era el juez Cool; juntó las manos y se sonrió entre dientes apreciativamente.

—Claro que están más cerca de Dios —dijo sin dejarse afectar por los rostros severos y críticos que lo rodeaban—. Ellos están en el árbol y nosotros en el suelo.

La señora Buster giró sobre sí misma para mirarlo.

—Pensaba que eras cristiano, Charlie Cool. Mis ideas sobre lo que debe ser un cristiano no incluyen reírle las gracias y darle ánimos a una pobre loca.

—Ten cuidado con tus palabras, Thelma —objetó el juez—. Tampoco creo que sea muy cristiano llamar loca a la gente.

El reverendo Buster abrió fuego:

—Respóndeme a esto, juez. ¿Para qué has venido con nosotros si no es para que se haga la voluntad de Dios, en espíritu de caridad?

—¿La voluntad de Dios? —exclamó el juez incrédulo—. Tú no la conoces mejor que yo. Es posible que el Señor les haya pedido a esas personas que vivan en un árbol; o al menos tendrás que admitir que Él no te ha ordenado que vengas a hacer que se bajen de él. A menos, claro está, que Verena Talbo sea el Señor, una teoría que muchos de vosotros parecéis aceptar, ¿verdad, sheriff? No, señor, yo no he venido aquí para imponer la voluntad de nadie, sino para hacer la mía propia, lo cual quiere decir que he venido simplemente a dar un paseo... El bosque es muy bello en esta época del año.

Tomó unas cuantas violetas de color tostado y se las puso en el ojal.

—¡Al diablo con todas estas tonterías! —comenzó el sheriff, de nuevo interrumpido por la señora Buster, que dijo que no permitiría que se soltaran tacos, ¿verdad, reverendo?, y el reverendo contestó que maldita sea si iba a permitirlo.

—Esto es cosa mía —informó el sheriff, adelantando su agresiva mandíbula de pendenciero—. Esto es asunto de la ley.

—¿Qué ley, Junius? —inquirió el juez con tranquilidad—. Recuerda que llevo veintisiete años en los tribunales, es decir, más de los que tú tienes.

Ten cuidado. No tenemos el menor derecho legal a interferir en las acciones de la señorita Dolly.

Sin dejarse intimidar, el sheriff trepó un poco por el tronco del árbol.

—Bien, no me creéis más problemas —dijo con un tono de falso halago, y pudimos ver sus aguzados caninos—. ¡Vamos, bajad de ahí todos vosotros!

Al ver que seguíamos sentados, igual que pájaros en su nido, nos mostró algo más de su dentadura y, como si tratara de hacernos caer del árbol, empezó a mover furiosamente una rama.

—Señorita Dolly, usted siempre fue una persona pacífica —dijo Macy Wheeler—. Por favor, véngase a casa con nosotros, no querrá perderse el almuerzo.

Dolly respondió, como sin darle importancia, que no teníamos hambre,

¿verdad que no?

—Tenemos un muslo de pollo para quien lo quiera —añadió.

El sheriff Candle volvió a tomar la palabra:

—Me lo está poniendo todo muy difícil, señora. —Y trepó un poco más.

Una rama crujió bajo su peso y todo el árbol se sacudió como por los efectos de un trueno triste y cruel.

—Si os pone las manos encima, dadle una patada en la cabeza —

aconsejó el juez—, o lo haré yo —añadió desafiante.

Como una rana inspirada, dio un salto y tomó una de las botas del sheriff, ya medio encaramado en el árbol. El sheriff, a cambio, me sujetó por los tobillos y Catherine tuvo que sostenerme por la cintura. Íbamos resbalando, de manera que parecía inevitable que todos viniéramos a dar en el suelo; la tensión era inmensa. Entonces Dolly empezó a verter la naranjada que aún nos quedaba en el jarro sobre la nuca del sheriff, que de repente soltó un taco y me dejó ir. El sheriff y el juez dieron con sus cuerpos en tierra, el sheriff sobre el juez y los dos encima del reverendo Buster, al que derribaron. La señora Macy Wheeler y la señora Buster aumentaron el desastre echándose sobre ellos para ayudarlos mientras lanzaban gritos que parecían graznidos de cuervo.

Conmovida por lo que había ocurrido y la parte que tuvo en ello, Dolly se quedó tan confusa que arrojó el jarro vacío, el cual fue a caer sobre la cabeza de la señora Buster con un ruido sordo.

—¡Perdón! —se disculpó, aunque en medio de aquel escándalo nadie la oyó.

Cuando cesó la confusión bajo el árbol, los que habían sido afectados por ella se separaron desconcertados y palpándose cuidadosamente. El reverendo parecía bastante estropeado, pero no se apreció ningún hueso roto. Sólo la señora Buster, en cuya cabeza casi pelada se iba levantando un chichón piramidal, podía lamentarse de haber resultado herida. Y así lo hizo:

—Me has atacado, Dolly Talbo, no lo niegues, todos los presentes han visto cómo me tirabas el jarro de barro a la cabeza. ¡Junius, deténla!

El sheriff, sin embargo, estaba más interesado en resolver sus propias diferencias. Con las manos en las caderas, contoneándose, se inclinó sobre el juez, que estaba reemplazando las violetas del ojal de su chaqueta.

—¡Si no fuera usted tan viejo, lo tumbaría de un puñetazo!

—No soy tan viejo, Junius, sólo lo suficiente para pensar que dos hombres no deben pelearse en presencia de señoras —le respondió el juez.

Era un hombre alto, de anchos hombros y cuerpo erguido. Pese a estar cerca de los setenta años, tenía el aspecto de tener poco más de cincuenta. Apretó los puños, peludos y fuertes como dos cocos. Y añadió—: De todos modos, si estás dispuesto, aquí me tienes.

A decir verdad, creo que sus fuerzas estaban niveladas. Ni siquiera el sheriff parecía seguro de sí mismo; con aire bravucón se escupió entre los dedos y dijo que nadie iba a acusarlo de golpear a un anciano.

—O de no poder defenderse de uno —ironizó el juez—. ¡Vamos, Junius, métete los faldones de la camisa y vuelve corriendo a casa!

El sheriff se dirigió a nosotros:

—Os evitaréis muchos problemas si bajáis y venís ahora conmigo.

Arriba no nos movimos, salvo Dolly, que se echó el velo sobre la cara como si con ese gesto quisiera correr un telón sobre todo el asunto. La

señora Buster, cuyo chichón crecía hasta casi convertirse en un cuerno, dijo jactanciosamente:

—No importa, sheriff. Les hemos dado su oportunidad. —Dirigió su mirada a Dolly y después al juez. Y añadió:— Quizá crean que se han salido con la suya, pero déjenme decirles algo: no olviden que todo tiene su retribución y no sólo en el cielo, sino también aquí en la tierra.

—Aquí en la tierra —coreó la señora Macy Wheeler.

Se marcharon por donde habían venido, erguidos y altivos como el cortejo de una boda, y al entrar en la luz del sol la hierba roja, ondulada por el viento, pareció tragárselos.

Un tanto decaído, debajo del árbol, el juez nos sonrió con una pequeña inclinación de cortesía y nos dijo:

—¿Recuerdan que ofrecieron un muslo de pollo al que lo quisiera?

Bien hubiera podido decirse que el juez estaba hecho con distintas partes del árbol: su nariz era como una astilla, sus fuertes piernas semejaban dos viejas raíces y sus cejas, ásperas e hirsutas, parecían hechas con trozos de corteza. En las ramas más altas del árbol había un moho plateado que recordaba el color de su pelo peinado con raya al medio. Las anchas hojas que descendían desde un gran sicomoro vecino de nuestro árbol tenían el color de sus mejillas. Pese a sus ojos astutos, como los de un viejo gato, el aspecto general de su rostro era el de una persona tímida y rústica. Por lo común, el juez Charlie Cool no era una persona que gustara de hacerse valer, y eran muchos los que se aprovechaban de su modestia para subírsele a las barbas. Y sin embargo, ninguno de ellos podía jactarse, como hubiera podido él, de ser un graduado de la Universidad de Harvard y haber viajado dos veces por Europa. Pese a todo, había quienes estaban resentidos con él y lo acusaban de presunción. ¿No se decía de él que cada mañana, antes de

desayunar, leía unas páginas de griego clásico? ¿Qué clase de hombre era, que siempre llevaba flores en el ojal? Si no era un engreído, se preguntaba mucha gente, ¿por qué tuvo que ir nada menos que a Kentucky para encontrar esposa, en vez de casarse con una de nuestras mujeres? No recuerdo a la señora del juez, que murió antes de que yo tuviera edad suficiente para darme cuenta de su existencia; consecuentemente, todo lo que diga de ella será de segunda tinta: la gente del pueblo nunca sintió mucho entusiasmo por Irene Cool, al parecer, por su culpa. Para empezar, las mujeres de Kentucky son tercas, nerviosas y pícaras, e Irene Cool, que había nacido en Bowling Green y cuyo apellido de soltera era Todd (Mary Todd, una prima lejana, se casó con Abraham Lincoln), no dudaba en dejar ver con toda claridad a quienes tenían tratos con ella que los consideraba pueblerinos y vulgares; no recibía en su casa a ninguna de las señoras del pueblo, pero la señorita Palmer, que cosía para ella, hizo correr la noticia de cómo había transformado los gustos y el estilo de vida del juez, con alfombras orientales y muebles antiguos y valiosos. Iba y venía de la iglesia en un Pierce-Arrow con las ventanillas subidas y en el templo se llevaba con frecuencia un pañuelo impregnado de colonia a la nariz: el olor de Dios no es lo suficiente bueno para Irene Cool. Por si eso fuera poco, nunca permitió que los médicos locales atendieran a su familia, pese a que estaba medio inválida: una leve dislocación de una vértebra la obligaba a dormir sobre tablas. Corrían muchos chistes sobre el juez con el cuerpo lleno de astillas. De todos modos, logró engendrar dos hijos, Todd y Charles Junior, ambos nacidos en Kentucky, adonde marchó su madre con tiempo suficiente para que sus hijos pudieran presumir de haber nacido en el estado de los grandes pastizales. Quienes propalaron que el juez era una víctima de la irritabilidad de su esposa y un hombre desgraciado, nunca tuvieron mucho en que basarse, y después de que Irene murió, incluso sus más duros

críticos tuvieron que admitir que el viejo Charlie parecía haber amado de veras a su esposa. Durante los dos últimos años de la vida de Irene, cuando estaba muy enferma e irritable, su esposo se retiró de su cargo de juez de distrito y se fue con ella de viaje para recorrer de nuevo los lugares que visitaron en su luna de miel. Irene no regresó: está enterrada en Suiza. No hace mucho tiempo Carrie Wells, una maestra de nuestro pueblo, fue a Europa en un viaje en grupo; lo único que conecta a nuestro pueblo con aquel continente son las tumbas: las tumbas de nuestros soldados y la de Irene Cool. Carrie, provista de una cámara instantánea, fue a visitarlas todas, pero por mucho que buscó en un cementerio entre montañas, cubierto de nubes durante toda una tarde, no pudo encontrar la tumba de la esposa del juez; resulta irónico pensar que Irene Cool, que reposaba ya para siempre y serenamente en aquel camposanto, aún seguía negándose a recibir a las señoras de nuestro pueblo.

Cuando el juez regresó no tuvo mucho que hacer en la región. Políticos como Meiself Tallsap y su banda se habían hecho con el poder, y esos tipos no podían permitir que Charlie Cool volviera a los tribunales. Resultaba triste ver al juez, un hombre de buen aspecto, que vestía trajes bien cortados, con una banda de seda negra en la manga y una rosa blanca en el ojal, sin tener nada que hacer salvo ir de vez en cuando al correo o a hacer una corta visita al banco. Sus hijos trabajaban en el banco. Eran dos hombres reservados y prudentes que podrían haber pasado por gemelos, pues los dos eran pálidos como un merengue, caminaban cargados de espalda y tenían los ojos siempre húmedos. Charles hijo perdió el pelo cuando todavía estaba en la universidad y había llegado a ser vicepresidente del banco. Todd, el hijo menor, era el jefe de cajeros. No se parecían en absoluto a su padre, excepto en que también ellos se casaron con mujeres de Kentucky. Las nueras se habían hecho cargo de la casa del juez, la

dividieron en dos apartamentos, con entradas separadas, y se llegó al acuerdo de que el padre viviera alternativamente con cada uno de sus hijos.

No es de extrañar que le gustara pasear por el bosque.

—Muchas gracias, señorita Dolly —dijo limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Éste es el mejor muslo de pollo que he comido desde que dejé de ser un niño.

—Es lo menos que podíamos hacer por usted, un muslo de pollo. Ha sido usted muy valiente.

En la voz de Dolly había un temblor de emoción, femenino, que me causó la impresión de ser inconveniente y estar desprovisto de dignidad; por lo visto, lo mismo le ocurrió a Catherine, que dedicó a Dolly una mirada de reproche. Sin embargo, Dolly volvió a dirigirse al juez:

—¿Quiere algo más, un trozo de pastel?

—No, señora, muchas gracias, he tenido más que suficiente.

Sacó de su chaleco un reloj de oro y desabrochó la cadena, que después colgó de una fuerte rama por encima de su cabeza. El reloj pendió como un adorno en un árbol de Navidad; el apagado sonar de su tictac podría haber sido el latido del corazón de algo delicado, una luciérnaga o una rana.

—Oír pasar el tiempo hace que el día sea más largo. He aprendido a apreciar los días largos.

Acarició a contrapelo la piel de las dos ardillas, que estaban encogidas en un rincón, como si estuvieran simplemente dormidas.

—En medio de la cabeza. Buen tiro, muchacho.

Naturalmente, pasé la alabanza a quien se la merecía.

—Vaya, conque fue Riley Henderson —comentó el juez, quien añadió que había sido precisamente Riley quien había descubierto dónde estábamos—. Pero antes han debido de gastarse cien dólares en telegramas

—nos dijo con una risita, sólo de pensarlo—. Creo que ha sido el pensar en todo ese dinero lo que ha hecho que Verena cayese enferma.

Con el ceño fruncido, Dolly comentó:

—No tiene el menor sentido que estén tan enfadados con nosotros y nos traten así. Parecían lo bastante furiosos como para matarnos, aunque no veo la razón, ni qué tiene que ver todo esto con Verena; sabía que íbamos a irnos para dejarla tranquila. Se lo dije e incluso le dejé una nota. Pero ¿está enferma, señor juez, de veras está enferma? Nunca lo había estado.

—Ni un solo día —corroboró Catherine.

—Está disgustada, eso es todo —dijo el juez con cierta satisfacción—.

Pero Verena no es mujer que se deje vencer por nada que una aspirina no pueda curar. Recuerdo perfectamente cuando quiso reformar el cementerio para construir en él una especie de mausoleo para ella y todos vosotros, los Talbo. Una de las señoras que andaban por allí se me acercó y me dijo:

“Juez, ¿no cree usted que Verena es una de las personas más morbosas del pueblo, al pensar en construir una tumba tan grande para ella?” Y yo le respondí: “No, lo único morboso en todo esto es que esté gastando su dinero en una cosa así cuando ni por un momento se le ha ocurrido pensar que pueda llegar el día que también ella se muera”.

—No me gusta oír hablar mal de mi hermana —dijo Dolly—. Ha trabajado muy duramente y se ha ganado el derecho a tener las cosas que desee y como las desee. Es culpa nuestra. En cierto modo le hemos fallado, así que ya no había lugar en su casa para nosotros.

El algodón que Catherine tenía en las mandíbulas le daba la expresión de estar mascando tabaco.

—¿Habla mi Corazoncito o una condenada hipócrita? Es un amigo y deberías decirle la verdad, que Ésa y el mezquino judío querían robarnos nuestro medicamento...

El juez pidió que se le tradujeran las palabras de Catherine, pero Dolly dijo que no eran más que tonterías que no valía la pena repetir y, para apartarlo del tema, le preguntó si sabía cómo despellejar a una ardilla.

Moviendo la cabeza afirmativamente, con aire soñador, dirigió su mirada lejos de nosotros, por encima de nosotros, escudriñando con sus ojos como bellotas las hojas que sobre nuestras cabezas se combinaban con el cielo y eran agitadas por la brisa.

—Es muy posible que ya no quede sitio para nosotros en ninguna parte.

Pero seguiremos confiando en encontrarlo, y si lo conseguimos, aunque sólo sea por un momento, podremos considerarnos benditos de Dios. Éste puede ser vuestro lugar... —dijo temblando, como si las alas abiertas del cielo le hubieran hecho pescar un enfriamiento—. Y el mío.

Con la misma sutileza con que el reloj dejaba caer el sonido del tiempo, la tarde se curvaba hacia el atardecer. La neblina del río, el aliento del otoño, el color de la luna mezclado con el del bronce, los árboles azules... y un halo, una imagen del invierno, rodeaba al sol. Pero el juez no se decidía a marcharse.

—Dos mujeres solas con un muchacho, a merced de la noche... Y Junius Candle, cuya estupidez sólo Dios sabe hasta dónde llegará... Me quedo con ustedes.

De nosotros cuatro el juez era, con toda seguridad, el que mejor se había adaptado al árbol. Estaba como en su casa. Era un placer observarlo, tembloroso como el hocico de una liebre, sintiéndose de nuevo un hombre, más todavía: un protector. Despellejó las ardillas con su navaja, mientras que en la penumbra yo busqué leña y, bajo el árbol, hice un fuego para la sartén. Dolly abrió la botella de zumo de zarzamora; lo justificó mencionando el frío vientecillo, que daba escalofríos. Las ardillas resultaron muy tiernas, y el juez comentó orgulloso que deberíamos probar

su siluro frito. Bebimos en silencio, el olor de las hojas y del humo del mortecino fuego nos trajo el recuerdo de otros otoños y suspiramos hondamente, al escuchar, semejantes al rugido del mar, los cantos de la pradera. La vela tembló en el jarro de barro y las pequeñas mariposas que volaban en torno a la llama parecían llevar bufandas amarillas entre las ramas negras.

Entonces notamos algo: no fue ruido de pasos, sino más bien una nebulosa sensación de intrusión; podría haberse tratado simplemente de la salida de la luna. De no ser porque no había luna, ni estrellas. La noche era tan oscura como el zumo de las zarzamoras.

—Creo que hay alguien... algo... ahí abajo —dijo Dolly expresando lo que sentíamos todos nosotros.

El juez alzó la vela. Algunos animales nocturnos se alejaron sorprendidos por la luz, y un búho de las nieves voló entre los árboles.

—¿Quién anda por ahí? —preguntó el juez con el tono desafiante de un soldado—. ¡Responda! ¿Quién anda por ahí?

—Soy yo, Riley Henderson.

Era él, en efecto. Salió de entre las sombras y su rostro, al alzarse hacia nosotros, al ser envuelto por la luz de la vela, pareció adquirir un gesto retorcido.

—Sólo quería saber cómo les iba. Espero que no estén enfadados conmigo. No hubiera dicho dónde estaban de haber sabido de qué se trataba.

—Nadie te reprocha nada, hijo —le respondió el juez. Recordé que había sido precisamente él quien patrocinó la causa de Riley contra su tío Horace Holton. Había, por lo tanto, un mutuo entendimiento entre ellos—. Estamos tomando un poco de zumo de zarzamora. Me parece que la señorita Dolly se sentirá contenta si te unes a nosotros.

Catherine se quejó de que no había sitio suficiente. Un kilo más de peso y las viejas tablas cederían. Pese a todo, nos apretamos un poco más para hacerle sitio a Riley. Apenas estuvo a nuestro lado, Catherine le dio un buen tirón de pelo.

—Éste es por habernos apuntado esta mañana con tu escopeta, como si fuéramos un no sé qué —dijo mascullando, pero habló con la suficiente claridad como para que se la entendiese. Inmediatamente, le dio un nuevo tirón—: Y éste, por haber mandado al sheriff contra nosotros.

La conducta de Catherine me pareció impertinente, pero Riley gruñó y, sin perder sus buenas maneras, le dijo que quizá tendría mayores motivos para tirarle del pelo a alguien antes de que pasara la noche. En el pueblo los ánimos estaban excitados y las gentes se reunían como si fuera sábado por la noche. El reverendo Buster y su señora estaban atizando el fuego. La señora Buster se había sentado en el porche de su casa y les enseñaba a todos el enorme chichón de su cabeza. El sheriff Candle, dijo, había persuadido a Verena para que lo autorizara a expedir una orden de arresto contra ellos, alegando que al salir de casa le robaron algunos objetos de su propiedad.

—Y, además, señor juez —continuó explicando Riley, con actitud grave y un tanto perpleja—, se les ha ocurrido la idea de detenerlo a usted también, por perturbar la paz y obstruir la acción de la justicia, según he oído. Tal vez no debiera decírselo, pero me tropecé con uno de sus hijos, Todd, cuando salía del banco. Le pregunté qué pensaba hacer si de veras trataban de detenerlo. Me dijo que no haría nada, que ya hacía tiempo que esperaba que usted acabara haciendo algo así.

Echándose hacia adelante, el juez sopló la vela y la apagó. Fue como si pensara que en su rostro iba a aparecer una expresión que no deseaba que viésemos nosotros. En la oscuridad alguien se puso a llorar, y al cabo de un

momento todos supimos que se trataba de Dolly; el sonido de su llanto provocó una serie de explosiones de amor silenciosas que, describiendo un círculo completo, nos unieron unos a otros profundamente. El juez dijo:

—Cuando vengan debemos estar preparados para recibirlos. De momento, escuchadme todos...

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