
La barraca
de Vicente Blasco Ibáñez

Darío tenía cuarenta años y media Europa recorrida cuando este libro salió en Madrid, en 1907. Llega después de Cantos de vida y esperanza, y se nota que lo armó un poeta que ya no necesita demostrar nada: metros de todo tipo, poemas escritos con años de distancia entre sí, un tono que salta del himno público a la confidencia. Conviven aquí la «Salutación al Águila», dirigida al ave de los Estados Unidos, el volcán nicaragüense de «Momotombo», el reproche a Colón por lo que fue de su América, el «Nocturno» del insomnio y la larga «Epístola a la señora de Lugones». Abre el volumen «Dilucidaciones», un prólogo en prosa donde contesta a sus críticos y explica qué entiende por poesía. Se lee a saltos, deteniéndose en lo que suena.