El cerco
Introducción
EL CERCO
Ismaíl Kadaré
OceanofPDF.com
Introducción
Ismaíl Kadaré escribió Rrethimi (El cerco) en 1969, que apareció en su primera versión albanesa, en 1970, bajo el título de Kështjella (La fortaleza) a propuesta del editor, con el fin de poner énfasis en la resistencia, en la parte de la historia que en el relato mismo aparecía menos destacada: los albaneses mismos. En realidad, el título concebido originalmente para la edición albanesa por el autor era Kasnecet e shiut (Los tambores de la lluvia), pero aceptó la sugerencia, sabedor de los recelos que la narración despertaría, con el fin de garantizar su supervivencia. De hecho, Kadaré salía con esta novela de una profunda crisis creativa: después de haber publicado su arriesgada y experimental El monstruo, casi ignorada por la crítica oficial y marginada de inmediato, escribió y publicó Dasma (La boda), aplaudida por esa misma crítica y considerada por el autor su única obra «dogmática» (según su propia calificación), una concesión a la doctrina literaria imperante o una cesión a la presión estética ambiental. Después de ello, Kadaré consideró seriamente la posibilidad de abandonar la literatura y se sumió en el decaimiento. Según él mismo ha contado con posterioridad, en ese estado de apatía se topó con el texto de un viejo relato corto, propio, acerca de un bajá turco que se quitaba la vida después de que los tambores de la lluvia anunciaran el fin, y el fracaso, de su asedio a una fortaleza albanesa. Estos tambores militares tan peculiares se los había encontrado a su vez, en su época de estudiante de literatura en Moscú, en un viejo relato «ornamentalista» de Leonid Leonov, de título Tautamura, de acuerdo con el nombre de un caudillo mongol que dirigía una expedición a través del desierto y en cuyo ejército aparecía un destacamento especial de tambores cuyo específico cometido consistía en anunciar sonoramente la lluvia… De acuerdo con rememoraciones del propio autor, la recuperación de ese relato le devolvió el impulso y el deseo de escribir, y de este modo nació esta novela que, después de El general del ejército muerto y Crónica de piedra, contribuyó a consagrarle en Europa como un novelista de gran talla y al margen de encasillamientos «ideológicos» y estilísticos. Siempre según sus propias revelaciones, la novela apareció en su edición francesa de 1972 (Hachette) bajo el título original (traducido) de Les tambours de la pluie, merced a un «feliz descuido» del traductor, su compatriota Jusuf Vrioni: en el texto albanés utilizado por este aparecía el título original, y con él fue a parar a la imprenta… Sea esto completamente cierto o no, así fue como, con arreglo al procedimiento de la época en que la versión francesa se tomaba en términos generales como punto de partida para otras traducciones, la novela apareció titulada en otras lenguas, incluida la primera versión española, debida a Juan José del Solar, traducida del francés y aparecida en 1974, bastante antes de que quien firma estas líneas y la actual traducción iniciara su trabajo con la obra del ahora internacionalmente reconocido escritor albanés.
Pero Kadaré no solo estaba insatisfecho con el título, incluso del debido a la feliz equivocación, sino sobre todo con los recortes y concesiones debidos a la censura del momento en su país. En 1994, establecido en París después de su exilio voluntario en 1990 y aprestado a la sazón a la reedición de su obra anterior para su publicación bilingüe a cargo de Fayard, publica en el tomo II, con el mismo título de Les tambours de la pluie, una versión sustancialmente transformada y ampliada de la aparecida originalmente. Además de la revisión estilística a que sometió a varias otras novelas de ese y otros periodos, Kadaré transformó en este caso el texto primigenio en varios sentidos principales: inclusión explícita de referencias religiosas, que bajo el régimen del Enver Hoxha le estaban vedadas; pasajes de manifiesto contenido sexual bajo idéntica amenaza, y referencias y comentarios de orden político en lo relativo a la relación de los albaneses con los otomanos, de Scanderberg con la Sublime Puerta y otras; además de referencias más explícitas a determinados actos violentos y de barbarie entre otros detalles… Así pues, hacía tiempo que estas transformaciones introducidas por el autor, junto con la necesidad de entregar a los lectores una versión directa del albanés, acuciaban a este traductor a encontrar la oportunidad y los medios de una nueva edición. La ocasión, propiciada por el propio aumento del renombre de Ismaíl Kadaré y el incremento en la difusión de su obra, se ha presentado, después de que, por un lado, El cerco (Rrethimi), título definitivo adjudicado por el autor a su novela de común acuerdo con el traductor de esta al inglés, David Bellos, cosechara un amplísimo y contundente éxito de crítica y público en los países anglosajones, y, por otro, de que el propio Kadaré diera a la luz en albanés (en la serie Vepra — Obras— que se viene publicando en la actualidad en Tirana) a una última versión de nuestra novela, con algunos, escasos esta vez, cambios respecto a las aparecidas con anterioridad, incluido el relativo al título.
No quisiera dejar de presentar esta narración: es una novela que habla de hechos más o menos históricos acaecidos en el siglo XV, poco antes del cerco definitivo y caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos. Es una novela de guerra, y la guerra, en la versión, frecuente entonces, del asedio a una ciudadela albanesa es la protagonista principal. Curiosamente, los albaneses casi no aparecen: la acción está localizada en el propio campo turco. Y está cargada de elementos que la excluyen, por su concepción y su desarrollo, de su encasillamiento en la «novela histórica». Kadaré toca todos los palos narrativos, pero nunca ha escrito novelas «de género». Esa ha sido y es su elección, y su medio para proponernos historias que, dondequiera y cuando quiera que se apoyen, nos hablen de nosotros mismos, o de lo que tenemos de todos nuestros antecesores, o de aquello con lo que a él se le antoja confrontarnos en cada una de sus visiones o creaciones. Se podría, por otro lado, referir cuál era el ambiente de la Albania en que apareció, el momento histórico (nada menos que la versión local de la Revolución Cultural china), las implicaciones en lo relativo al juicio oficial de la historia pasada, a las relaciones de los Balcanes con «su» imperio correspondiente y secular. Pero no figura nada de eso entre las tareas que me atribuyo. Solo advertiré, para escépticos y poco informados, que el poderoso e inmenso Imperio Otomano emprendió veintiséis campañas contra ese pequeño país; que dos grandes emperadores, Murat y su hijo Mohamed II, se estrellaron personalmente en el intento de subyugarlo; que el asedio ficticio que aquí se relata es uno entre las decenas de ellos que tuvieron lugar realmente, siendo el más famoso el de la ciudad de Shkodër, del que sí quedó para la historia una crónica: De obsidione Scodransi, Venice, 1504, debida al albanés Marin Barleti…
Es esta, en todo caso, toda una obra literaria de alto nivel. Este traductor ha debido asumir con ella muchos, laboriosos y arriesgados retos. La aventura, incluida la estrictamente lingüística, ha sido emocionante. Espero que, como poco, provoque un efecto parecido en el lector. Estoy seguro de que lo merece.
RAMÓN SÁNCHEZ LIZARRALDE
Madrid-Soto de Agues, 2009-2010
OceanofPDF.com
Hacia el final del invierno, cuando los enviados del sultán turco partieron, comprendimos que la guerra era inevitable. Ellos habían recurrido a toda suerte de presiones con el fin de que aceptáramos convertirnos en feudatarios o vasallos, como dicen los latinos, de la Puerta. Tras las lisonjas y las promesas de permitirnos participar en el gobierno de su imperio ilimitado, nos acusaron de renegados, de habernos vendido a los francos, dicho de otro modo a Europa. Finalmente, como era de esperar, llegaron las amenazas. Tenéis mucha confianza en los muros de vuestras fortalezas, dijeron, pero aun cuando fueran tal como las imagináis, nosotros las cercaremos con un anillo de hierro, el de la sed y el hambre. Nosotros haremos que, cuantas veces retorne el tiempo de la siega y los días de la trilla, cuando miréis a lo alto creáis ver en el cielo un campo sembrado, y en la luna una hoz.
Luego partieron. Durante todo el mes de marzo sus correos, corriendo como el viento, llevaron mensajes a los vasallos balcánicos del sultán para que nos hicieran cambiar de idea o nos volvieran la espalda. Como era de esperar, ellos se vieron en la obligación de tomar este segundo partido.
Una vez solos, sabíamos que vendrían tarde o temprano. Nosotros ya habíamos afrontado el ataque de diferentes huestes enemigas, pero esperar al ejército más poderoso del mundo era otra cosa. Nuestras cabezas estaban en perpetua ebullición, de modo que puede imaginarse lo que sucedía en la de nuestro príncipe, Jorge Castriota. Todas las fortalezas, tanto las del interior como las de las zonas costeras, recibieron la orden de reparar sus torres y sobre todo de acopiar armas y provisiones. Aún se ignoraba por qué lado penetrarían, y solo a comienzos de junio llegó la noticia de que se habían puesto en marcha siguiendo la antigua vía Egnacia, lo que significaba que se dirigían hacia nosotros.
Una semana más tarde, ya que el destino había querido que nuestro castillo fuera el primero en oponerse a la invasión, de la gran iglesia de Shkodër nos hicieron llegar el icono de la Virgen, el mismo que hace doscientos años proporcionó fuerzas a los defensores de Durres para rechazar a los normandos. Dimos todos gracias a Nuestra Señora Inmaculada y sentimos entonces nuestros espíritus más sosegados y más fuertes.
Su ejército avanzaba lentamente. A mitad del mes de junio atravesó la frontera. Dos días más tarde, Jorge Castriota, acompañado por el conde Musaka, vino a inspeccionar por última vez la plaza y a desearnos buena suerte. Tras haber impartido las últimas instrucciones, abandonó nuestro castillo en la tarde del domingo seguido de su escolta y de las mujeres y los hijos de los oficiales, a los que debía dejar en un refugio en las montañas.
Les acompañamos un trecho del camino en silencio. Luego, después de despedirnos con efusión, regresamos al castillo. Desde lo alto de las torres los seguimos con la mirada hasta que se perdieron de vista en la Meseta de la Cruz, después los vimos reaparecer en la Pendiente Maliciosa hasta que, por fin, se internaron en la Garganta del Viento. Cerramos entonces las pesadas puertas y la fortaleza se nos antojó muda, privada ahora de las voces de los niños. Condenamos asimismo las segundas puertas interiores y nos dejamos invadir por el silencio.
En la mañana del 13 de junio, hacia el amanecer, sonó a rebato la campana de la capilla. El centinela de la torre oriental anunció que una nube amarillenta se divisaba en la distancia. Era el polvo de su ejército.
OceanofPDF.com